viernes, 17 de febrero de 2017

352. 'La vida negociable'



Conforme uno va cumpliendo años, cada vez cuesta menos comprender a aquellos lectores que apuestan sobre seguro, siguiendo aquella máxima hipocrática de la ars longa, vita brevis. Y es que nada hay más enojoso que acabar un libro con la sensación de haber perdido un tiempo precioso que podría haberse invertido en lecturas de más enjundia. Claro que, siempre está uno a tiempo de abandonar el bodrio emprendido si no fuera porque hay quienes le tenemos fe a los libros y pensamos, con Cansinos-Assens, que no hay libro malo que no atesore algún mérito.
Los que no comulguen con la cofradía de Cansinos leerán, por ejemplo, y con buen criterio, a Luis Landero y se dejarán de mamarrachadas. Y harán bien. Porque Landero es un garante literario indiscutible. Pero no con esta novela.

Luis Landero es un narrador formidable. Debe de serlo, sin duda, para que uno pueda aguantar sin demasiado esfuerzo la nadería de su última novela. Su lenguaje, que por momentos remite a la elegantísima elocuencia cervantina, enamora a los buenos catadores de la palabra; su ritmo no decae y lleva en volandas al lector a lomos de ese clavileño estilístico que nos seduce en cada párrafo. Y así, como quien no quiere la cosa, sin apenas darnos cuenta, resulta que llevamos ya la novela mediada. Esa virtud sólo está en manos de unos pocos grandes escritores. Pero la virtud se convierte ya en sublimidad si esa misma eficiencia es capaz de ser igual de solvente con un argumento vacuo hasta la exasperación.
Quizás estaba en el ánimo del autor la constatación de esa materia inane; quizás fue premeditado. Hugo Bayo, el protagonista de La vida negociable, es un personaje cuya existencia se halla en punto muerto. Sus aspiraciones, sus propósitos de enmienda, sus nobles intenciones, su rebeldía, su vindicación, tienden siempre a una fatalidad que le sitúan, de nuevo, en el punto de partida, que quizás no sea otra cosa que el punto de llegada. Esta circunstancia confiere a sus avatares vitales una circularidad que lo mismo asfixia al personaje en su abulia resultante como al lector que asiste impotente a ella. Nada hay en la trama de la novela que resulte memorable, nada, más allá de la excelencia narrativa (polisíndeton aparte), que pueda dejar un poso en el lector. El argumento va dando bandazos sin demasiada lógica o se presenta en una espiral repetitiva que llega a hastiar. Es inevitable comparar ese bucle infecundo con el torrente narrativo de El azar y viceversa, de Benítez Reyes, cuyo personaje resulta inolvidable. También Landero aspira a una suerte de novela picaresca pero se queda en sucedáneo. Quienes me conocen saben que no soy partidario de la mera acción desaforada ni de la concatenación trepidante de lances, pero eso es una cosa y otra bien distinta que los sucesos de una novela rocen la banalidad más estéril. Sólo al final del libro, una pequeña intriga detectivesca parece animar el relato. Hugo Bayo dice entonces: “Por fin me pasaba algo interesante”. El problema de esa declaración es que es la misma que formularía el lector a esas alturas del libro. Por fin algo interesante, aunque un poco tarde. La resolución del suspense final, tan poco trascendente y falto de epopeya, me vienen a ratificar, que la intención de Landero era precisamente esa, la de constatar la intrascendencia de la vida en sí misma, la futilidad de los sueños y de las grandes palabras, la mediocre finitud y levedad de la existencia. Y es ese ejercicio nihilista del que nos hace eficaz y premeditadamente partícipes lo que salvaría la novela.

En fin, ya se ve que hasta para el crítico, la vida y la literatura, son también negociables.

viernes, 10 de febrero de 2017

351. 'Tuyo es el mañana'



Qué refrescante resulta toparse de repente con una voz narrativa distinta que se desmarca del abotargamiento literario, tejido siempre de las mismas hechuras, y que rompe su vivificante oleaje artístico sobre este Acantilado nuestro desde cuya hermosa escarpadura de libros, los amantes de la literatura llevamos saltando a su sugestivo abismo durante casi veinte años. Porque mira que es difícil hallar en el catálogo de la editorial Acantilado algún libro malo desde que en 1999 ese exquisito editor que fue el tarraconense Jaume Vallcorba la fundara para deleite de los lectores más exigentes.
Si con El anarquista que se llamaba como yo, Pablo Martín Sánchez sorprendió a propios y extraños con una de las mejores primeras novelas de la última década, con Tuyo es el mañana, el autor reusense consolida su condición de escritor, mostrándonos un desparpajo y una soltura de narrador maduro, que se maneja con aparente sencillez y comodidad por vericuetos no tan fácilmente domeñables. Es esa sensación de inercia narrativa, ligera y alada, la que hace más meritoria una novela, cuya estructura argumental no hace precisamente fáciles tales desenvolturas.
La novela narra las historias de 7 personajes: un neonato, una niña, un profesor universitario, una estudiante de Periodismo, un empresario, un cuadro y un perro. Las 7 historias acabarán cruzándose y dando sentido a los relatos particulares. Es precisamente la promesa de esa confluencia la que mantiene en vilo al lector, que aguarda con curiosidad la forma en que elementos tan dispares puedan completar el puzzle. Y, sin embargo, hay momentos en que el lector puede permitirse el lujo de olvidarse de la prometida encrucijada de los relatos atrapado como está por la autonomía de las distintas historias que valen por si mismas sin necesidad del asidero unificador porque funcionan bien ellas solas como entes narrativos independientes; de tal manera, que la convergencia de las 7 historias acaba siendo, más que un objetivo deseado por el lector, la genialidad final que pone el broche a una experiencia lectora que ya había sido grata sin la necesidad perentoria de esa concurrencia.
Es también estimable, el dominio de los diferentes registros que demandan los distintos personajes. Y no me refiero sólo a los registros lingüísticos, a los idiolectos, sino al tono expresivo, al timbre, que los individualiza. Especialmente memorables son las intervenciones de María Dolores desde su cuadro, que a mí me han recordado por momentos, con todas las reservas que se quieran, a la Menchu de Delibes en Cinco horas con Mario.
El marco temporal de todas estas historias son las 24 horas que preceden al 19 de marzo de 1977, hecho que permite al autor jalonar su relato con acontecimientos de la época, algunos entrañablemente cotidianos, otros más generales, dando buena cuenta de aquella España convulsa que desmiente el idílico relato que sobre la Transición se ha ido vertiendo hasta hoy. Especial relevancia en la historia tiene el deleznable episodio de los bebés robados. El trabajo documentativo tiene, pues, su relevancia, especialmente en el acopio de aquellos detalles más relacionados con la vida de a pie de las personas, lo que permite hallazgos curiosísimos que contribuyen eficazmente a construir el sabor de época.
En cuanto a los rasgos estilísticos, más allá de la soltura reseñada más arriba, destaca el gusto por el detallismo, esa especie de zoom tan del gusto del autor que recupera de su ostracismo literario a los objetos y actos más comunes.

Si con su primera novela, Pablo Martín Sánchez partió de un personaje real que se llamaba como él, en esta segunda lo hace partiendo del año en que nació. Su próxima novela, anunciada por él mismo, que debiera completar esta suerte de trilogía genésica de su yo trascendido, partirá del lugar donde nació: Reus. Y será, lo sabemos, pétalo en su rosa heráldica.

viernes, 3 de febrero de 2017

350. 'Todo esto te daré'



Qué bien le sienta siempre a una novela la falta de prisas, el cincel cuidadoso de la palabra, la plácida demora en una descripción, la construcción sosegada del alma de los personajes, la clepsidra de la trama dosificando su goteo moroso, el veneno de la intriga inoculado subrepticiamente en el incauto lector. Dolores Redondo ha compuesto su novela como si dispusiera de mil años para escribirla y ha vivido en ella como la perla que se sabe secreta e ignorada en el fondo de un mar abisal, allá donde germina la creación. Y, claro, el resultado es un libro redondo, sin aristas, pulimentado a base de manosearlo. Quizás también ahí resida su defecto, en su demasía autocomplaciente que pide una poda sutil pero que apenas menoscaba el concienzudo ejercicio literario.
La novela narra la historia de Manuel, a quien notifican que, Álvaro, su marido, ha fallecido en un accidente de tráfico. La anomalía de esta muerte estriba en que Álvaro debía estar, supuestamente, en Barcelona y no en Lugo, donde se ha producido ese accidente. Álvaro viaja entonces hasta Galicia para reconocer el cadáver y, a partir de ahí, se ve inmerso en una oscura trama que desvela el pasado desconocido de su marido. Aunque la autora ha declarado haber querido huir de los tintes mágicos, la novela no puede sustraerse a la atmósfera taumatúrgica de la Ribeira Sacra. Así, aunque el lector esté seguro siempre de la explicación lógica de determinados sucesos, a éstos se les adhiere la pátina sobrenatural que el paisaje gallego sugestiona. De este modo, las gardenias aparecidas misteriosamente en el bolsillo de Manuel, el niño que llora en la pensión, los ojos del perro donde Manuel cree ver a Álvaro, acaban adhiriéndose al misterio como el musgo a un camposanto abandonado.
Jalonando la trama argumental, un tanto desequilibrada por su condensación vertiginosa en los últimos capítulos, aparecen temas como el caciquismo, la corrupción eclesial, la búsqueda de la afirmación personal al amparo de la persona amada, la ambición por el poder, las oscuras pasiones y los inescrutables caminos del arraigo, más allá de la tierra que nos ha visto nacer, cuyo trasunto podría hallarse en los largos pasajes de los viñedos gallegos. Especialmente interesante, aunque no lo suficientemente explotado, es el tema de la metaliteratura. Manuel es escritor y sus reflexiones acerca del acto de creación resultan muy sugestivas, sobre todo al usufructuar el ejercicio literario a la vida misma. La literatura redime al personaje pero también lo ordena ontológicamente.
Respecto a los personajes destaca la cuidada construcción de los mismos, perfectamente diferenciables por la verdad de sus registros; si acaso, nos chirría un tanto la madre de Álvaro, a cuya maldad se han cargado tanto las tintas que resulta rayana en el maniqueísmo. Por el contrario, el inspector Vidal, tan rico en matices, enseguida se configura como uno de esos personajes que se salen de la novela para participar del imaginario literario de todos.

En definitiva,  en Todo esto te daré el lector queda atrapado a partes iguales tanto por la intriga de la trama como por esa ambientación envolvente a la que la niebla y la llovizna gallegas tan bien contribuyen. Una novela negra, atenta a los cánones del género pero también a la sensible introspección en el alma de los personajes y sus tortuosidades que es, a la postre, el misterio más irresoluble de todos. 



Con Dolores Redondo tras la cena de gala del Premio Planeta