viernes, 17 de marzo de 2017

354. 'En la orilla' del teatro.




Hace un par de semanas se produjo en el Teatro Principal de Alicante el estreno nacional de En la orilla, la adaptación para las tablas de la novela homónima de Rafael Chirbes.
El problema de adaptar para el teatro una novela de Chirbes es que Chirbes es mucho Chirbes. La densidad narrativa de sus novelas, su prosa torrencial y envolvente, exigen una purga dolorosa que acaba por ofrecer un producto necesariamente desvaído. Y todo esto, a pesar de las buenas intenciones, que lo son, de las adaptaciones de Adolfo Fernández y Ángel Solo. Una poda implica una selección y una renuncia, y no estoy seguro de que las selecciones hayan sido mejores que los pasajes descartados. Todo esto, claro está, desde el prisma de alguien que ha leído la novela. Sin ese ejercicio previo, la adaptación resulta correcta sin más, pero con la lectura en la retina, el resultado puede ser más lacerante.
Si secundamos, como lo hacemos,  la afirmación de José María Pozuelo Yvancos que coloca a Rafael Chirbes como “el cronista moral de la realidad española reciente”, se entenderá que condensar en una hora y media un texto que inspira tales atribuciones, dejará la empresa en un sucedáneo. Se podrá aducir que ese problema lo tienen todas las adaptaciones y tendrá razón quien así razone pero con Chirbes esa dificultad es exponencial dada la naturaleza de su prosa.
Como se sabe, el libro de Chirbes empieza con el hallazgo de un cadáver en el pantano de Olba. A Esteban, el protagonista, le han embargado su carpintería al endeudarse en un proyecto que tenia a medias con Pedrós, quien ha desaparecido del mapa. A su condición de víctima se le suma, a su vez, la de verdugo, pues sobre él carga la responsabilidad de los trabajadores que ha dejado en el paro. Además, Esteban debe cuidar de su padre, enfermo terminal, con quien mantiene una relación de amor-odio, y soportar la hipocresía de Justino y Francisco, triunfadores durante la época de las vacas gordas y ahora venidos a menos desde el estallido de la crisis. El recuerdo de una hiriente historia de amor con Leonor, que acabó casándose con Francisco, completa las tribulaciones del personaje. Chirbes desgrana con exhaustiva exactitud y corrosiva sinceridad la corruptela de aquellos años de la burbuja pero, además, resulta interesantísima la introspección en los debates morales y existenciales del protagonista, que en la obra de teatro quedan prácticamente fuera del discurso y que, sin embargo, son contenidos de un gran potencial dramático.
Tampoco resulta demasiado convincente el actor que representa a Esteban (César Sarachu), que bascula entre el narrador y el intérprete sin acabar de ser del todo ni lo uno ni lo otro. Del mismo modo, la interpretación de la asistenta Liliana (Yoima Valdés) parece sobreactuada y hay momentos en que resulta rayana en lo histriónico. Mucho mejor están Rafael Calatayud y Marcial Álvarez en sus papeles de Francisco y Justino, respectivamente, que dan la medida justa de la bravuconería altanera e impune de aquellos que se sintieron durante la época de la burbuja por encima del bien y del mal.
El espacio del pantano, tan simbólico en el libro, con su atmósfera asfixiante de naturaleza corrompida, trasunto de la corrupción de los hombres, que tanto recuerda a Blasco Ibáñez, aunque aparece constantemente en la adaptación teatral, no consigue convertirse en ese lugar casi cosmogónico que lo inunda todo. Con todo, la secuenciación de los pasajes del libro elegidos están bien ensamblados y tienen una coherencia dramática.

Como homenaje a Chirbes, la intención resulta noble y necesaria. Como producto artístico, en cambio, la adaptación pide algo más.

viernes, 10 de marzo de 2017

353. El whatsapp de Pepe Carvalho



Somos hijos de nuestro tiempo. Y nuestro tiempo transita bajo el imperio del hombre digital. También en literatura. A todo novelista que desee ubicar su trama argumental en el siglo XXI le debe de costar dios y ayuda sustraerse a las innovaciones tecnológicas que dominan nuestras vidas y prescindir de todo aquello que se nos ha vuelto cotidiano. Es como si a Galdós se le pidiese que evitara las calesas en sus novelas. Y, sin embargo, cada vez entiendo mejor a los escritores que huyen de ésta nuestra era electrónica, y no porque no les atraiga convertirse en cronistas de una época la suya propia, sino porque la integración de todo ese endemoniado aparato de novedades digitales en una obra artística les debe de chirriar tanto como una mala ortografía.
Sólo detenerse en los meros significantes de toda esa verborrea tecnológica y ya siente uno cómo la libido literaria se va a hacer puñetas. Chat, whatsapp, twitter, facebook, instagram, wifi…, son palabras horribles desde el punto de vista estético. O la tiranía de la sigla, donde uno en lugar de hablar, parece que esté todo el día deletreando, 3g, sms, usb, mp3, jpg, gps. No digamos si alguno de esos palabrejos mancilla algún verso en un poema (que los hay).
Pero ya no es sólo por una cuestión de belleza formal. Es que con las tecnologías se ha perdido por completo el encanto de algunas novelas, sobre todo de las policíacas. Ya no se investigan los crímenes como antes, sin ese arrimo constante a lo digital, a la solución fácil, cómoda y casi sobrenatural de la informática, cuyo ascendente apenas deja margen a la pericia del investigador. ¿Dónde quedó aquella investigación artesanal, basada en la intuición genial del detective, en la acumulación de indicios que van componiendo el rompecabezas del crimen, en los avatares azarosos que alumbran una nueva pista? ¿Se imaginan al comisario Maigret escudriñando el perfil de facebook de su víctima? ¿O a Pepe Carvalho pidiéndole por whatsapp a Biscuter que le envíe el informe del forense? ¿O a Moriarty dejando sus pullas en twitter a Sherlock Holmes? ¿Y qué me dicen de las novelas de aventuras? Ya no hay aventurero que no tenga a mano el gps del móvil para no extraviarse en mitad de la selva. ¿Pero qué birria de aventurero ese ése? Robison Crusoe cazando pokemons en su isla para superar el tedio; Phileas Fogg trazando su itinerario en google maps; Gullivert usando el traductor automático para entenderse con los Houyhnhnms; Segismundo enfadado porque a su cueva no le llega el wifi que le permita ver en su tablet la serie de HBO, Prison break en full HD.

Cuando la imaginación de Julio Verne se adelantó a su tiempo, incorporando a sus novelas todos aquellos artilugios que acabaron por convertir al autor francés en un visionario, lo tecnológico era aún una posibilidad, una fantasía sugestiva. Del mismo modo, las novelas distópicas ambientadas en un futuro aún lejano, nos permiten jugar con los imposibles gadgets de un mundo nuevo y apasionante. En ambos casos, la tecnología tiene su punto de fascinación. ¿Por qué no entonces en la novela ambientada en nuestros días? Quizás no sea, en último término culpa de la tecnología misma, sino de esa necesidad de distanciarnos de nuestra cotidianeidad que, a la postre, ha sido desde siempre una de las funciones fundamentales de la literatura. Por eso, de entre toda la terminología electrónica que nos inunda, sólo incluiría una en una novela. La de la nube.