lunes, 2 de abril de 2018

398. Catálogo de lo efímero



Los lectores leales a Antonio Muñoz Molina extrañarán el nuevo trabajo del escritor jienense. Buscarán al autor de El jinete polaco entre la abigarrada maraña de palabras que conforma su nueva novela, se perderán desconcertados en su laberinto, aguardarán pacientes la aparición, al fin, de aquel hallazgo brillante de las otras veces, del reconocimiento de su universo envolvente, de las virtudes recordadas con tanta admiración y, sólo de vez en cuando, satisfarán su sed en algunos pequeños oasis, que bien pudieran ser espejismos de ese deseo, y que van demorándose conforme se pasan las páginas hasta minar la esperanza del sediento. Leer el nuevo libro de Muñoz Molina es como apurar la fruta que no acaba de presentarse dulce en el paladar y de la que nuestra boca pertinaz se empeña en extraer el sabor que conoce y que no llega.
Nada impide a un escritor cambiar de registro cuando se le antoje o atreverse con una prosa experimental. Pero Un andar solitario entre la gente (Seix Barral) está tan en las antípodas de lo que conocemos de su autor, que casi nos parece una traición o un abuso de nuestra fidelidad. Ni siquiera el estilo literario, que tantas veces salva una novela, como salva un mal guión cinematográfico la pericia de los actores, nos sirve aquí de consuelo, pues no nos atrevemos siquiera a denominar ‘estilo’ a toda esa retahíla de anuncios publicitarios o pastiches de noticias periodísticas que se van sucediendo hasta la desmesura en las páginas del libro.
La nueva obra de Muñoz Molina constituye un registro escrupuloso de lo anecdótico relevante, valga el oxímoron. De todas aquellas cosas que forman parte de nuestra cotidianidad y que, precisamente por estar tan insertas en ella, apenas las consideramos, son invisibles. Y, no obstante, configuran nuestra forma de ser y de estar en el mundo debido a su poder subliminal. El protagonista es un caminante urbano, una suerte de flâneur reformulado que anota compulsivamente en su libreta todo lo que observa. Esa compulsión por la escritura se desborda hasta el punto de que el mismo personaje confiesa, casi pidiendo disculpas, el desvarío de su obsesión. La tipografía, con los márgenes derechos sin justificar, contribuye a esa especie de notas a vuelapluma realizadas sobre un cuaderno. Las largas listas publicitarias o de noticias periodísticas quizás pretendan conscientemente abrumar al lector para crear la sensación de ese mundo vertiginoso en el que vivimos, donde los anuncios nos controlan y nos interpelan constantemente, como en una Blade Runner ya no tan lejana, y también de su estupidez, su maldad, su fealdad, su materialismo atroz. Y todo ello pergeñado con materiales de derribo, efímeros, inacabados, como el propio libro que escribe y que no parece ir a ninguna parte. Podemos secundar lo interesante del planteamiento y la justificación errática de su estructura a partir de esa tesis pero, al final, lo que el lector desea cuando adquiere un libro es literatura y esta obra, por más que en la contraportada se quiera vender como un híbrido de varios géneros, no sabemos lo que es. Tan sólo recuperamos y reconocemos al mejor Muñoz Molina en las evocaciones nostálgicas a otros escritores urbanos que han construido las ciudades como motivo literario (Benjamin, De Quincey, Budelaire, Poe, entre otros). En esas descripciones sugestivas, las papilas gustativas sí reaccionan al recuerdo de la fruta conocida. Lo demás es pura verborrea. Si Un andar solitario entre la gente pretendía ser, entre otras cosas, un catálogo de lo efímero, tendrá que empezar primero por reconocer por efímero, el recuerdo que este último libro dejará en el bagaje lector de sus admiradores.

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