CESÓ TODO Y DEJÉME. Blog literario

domingo, 14 de junio de 2026

731. Virolai

 


La visita del Papa a Barcelona ha vuelto a colocar en el epicentro de la literatura catalana el himno del Virolai, compuesto en 1880 por Jacinto Verdaguer con motivo de la conmemoración de los mil años desde el hallazgo de la talla de La Moreneta en una de las cuevas de Montserrat. La celebración de esa misma efeméride es la que sacó a concurso la musicalización del texto del poeta folgarolense, que acabó ganando el músico Josep Rodoreda. La versión que escuchamos el pasado miércoles en las voces del coro de la Escolania de Montserrat es justamente la que compuso Rodoreda. El Virolai pronto se convirtió no solo en el himno de la patrona de Cataluña, sino también, provisionalmente, en el himno político de los catalanes, sobre todo durante las dictaduras de Primo de Rivera y de Franco, cuando fue prohibido Els Segadors. El texto de Verdaguer, depositado su manuscrito desde 1979 en la Biblioteca de Catalunya, parece inspirado en otro del siglo XIV, en concreto en el que aparecía en las primeras páginas del Llibre Vermell. En ellas se describían algunas de las danzas, llamadas birolay, que los peregrinos de Montserrat bailaban en honor a la Virgen. Uno de ellos comienza con las palabras «Rosa plasent, soleyl de resplendor,/ Stela lusent, yohel de sanct amor». La versión de Verdaguer comienza, no por casualidad con el verso «Rosa d’abril». La palabra birolay procede del francés (Lai viré) y designa un género poético-musical que ya bailaban los catalanes en el siglo XIII. Según Gregori M. Suñol, el vocablo está formado por las palabras virer (girar) y lay (canción), que ilustran muy bien su carácter dancístico. En puridad, el Virolai de Verdaguer no es propiamente un birolay, sino que se ajusta más bien al patrón del himno. El texto obtuvo una gran acogida debido a su sencillo sentimiento religioso y catalanista, aunque algunos entendidos en musicología lo recibieran con cierto menosprecio.

Respecto a la letra, además de las consabidas peticiones de protección a la Virgen, destacan algunos versos de iconografía medieval, como aquellos en los que se dice que la Virgen puso a su pies a la luna, en una clara alusión a la primacía cristiana sobre la musulmana, cuyos rayos tejieron el vestido con que ahora se viste. También llama la atención la voluntad de Verdaguer de distinguirse del resto de españoles sin menoscabo de que la Virgen atienda a unos y a otros con igual magnanimidad: «Dels catalans sempre sereu Princesa, / dels espanyols Estrella d’Orient». Curiosamente, el Papa, en su discurso del miércoles, citó estos versos del Virolai, aunque se tomó la licencia de modificarlos: «Dels catalans sempre sereu la Princesa, dels espanyols i de tot el món l’amor; Digueu-nos: Sou el meu tresor, jo sóc la vostra mare, no tingueu por». Emocionantes son los versos en que la Virgen se convierte en el consuelo de aquellos que abandonaron la patria: «Doneu consol a qui la pàtria enyora /sens veure mai els cims de Montserrat; /en terra i mar oïu a qui us implora,/ torneu a Déu els cors que l’han deixat»

El Virolai de Verdaguer entronca con la tradición himnográfica dedicada a la Virgen, pero su sencillez y su cándida plegaria lo emparentan con el latido popular que se percibe, por ejemplo, en los Milagros de Nuestra Señora, de Gonzalo de Berceo o en las Cantigas de Alfonso X. Alejada de las inaccesibles alturas teológicas, estos poemas, de encantadora ingenuidad, quizás sean los que mejor expresan la fe del pueblo llano, su verdad cercana y humilde, lejos de la doctrina remachada de oropel, lejos de aquellas cúpulas y columnas  que Lorca denunciaba, los «anillos y teléfonos de diamantes» que ignoran «el misterio de la espiga».

domingo, 7 de junio de 2026

730. Hijos de un amanecer postrado

 


La recuperación editorial de Noche entreabierta, de Manuel Valero, a cargo de la editorial Averso no solo supone la restauración de un importante hito en la producción literaria de nuestro poeta alicantino y, por extensión, en el panorama poético español, sino que su oportunidad lo convierte ahora, también, en un libro necesario. Efectivamente, Noche entreabierta, publicado en 2015 por Ediciones La Manzana Poética tras recibir el Premio de Poesía Joven del mismo nombre, se coció en un caldo de cultivo propicio para el verso combativo, arengador, descorazonado y sufriente. Estaba reciente la eclosión del Movimiento del 15-M y de las plazas rebosantes de indignación ciudadana que, hoy, después de quince años, y a la vista de las penosas circunstancias políticas y sociales que nos asolan, rememoramos con la nostalgia de quienes creyeron, tal vez ingenuamente, que un nuevo horizonte era posible. Este libro de Valero parece haber renacido en aquella misma coyuntura rediviva, pero sus poemas, siendo los mismos, son ahora más hirientes porque al ardor de su mensaje parece faltarle el fuelle de aquella generación en estado de efervescencia, hoy cansada, anestesiada, sodomizada. Moribunda. Noche entreabierta es la solitaria cruzada del poeta que escribe en una estancia vacía el dolor de los otros. El poeta que pasea por la ciudad desierta y nocturna de camino al hogar donde esperan las facturas y el pasillo oscuro. El poeta que recorre, tanteando las paredes, ese mismo pasillo oscuro, símbolo recurrente en el poemario, para lavarse la cara frente al espejo, en donde se reconoce en su propia derrota, mientras el lenitivo del amor duerme, desnudo, en el dormitorio. El hombre tiranizado por la vida burocrática, tan alejada de la literatura, que timbra el cansancio de vivir. El hombre que se unce al yugo de un nuevo día –desterrado de la noche y del amor– y que en las ruinas del beso, acaso el único bálsamo, evoca la vida de aquellos a quienes acucia la miseria cuando las matemáticas arrojan su algoritmo de corrupción política y precariedad laboral. El hombre que contempla con desazón la mendicidad de algunos de sus conciudadanos («conocen la ciudad que tú conoces») y que se llaman Manuel, Antonio o Carlos, María, Celeste o Adela, pero que entre sus cartones se llaman, en realidad, «historia, explotación y muerte / plusvalía, democracia y hombre»).

Hay en el libro un tono arengador en la evocación del «tú» al que se interpela, ya sea para mover su conciencia individualista, con sus pequeños e insignificantes problemas cotidianos, hacia esa otra historia «de explotación y muerte / de llanto hambre y desventura»; o para lanzar su soflama a las clases desfavorecidas, hijas  «de un amanecer postrado». En cualquier caso, hay una clara vocación de mensaje colectivista que, a veces, como en el poema «Tratado de amistad» usa la otredad como reverso del espejo. En la coda última el poeta se pregunta si en este final de partida, es él quien está jugando o si solamente es, él mismo, las cartas que otro maneja, tahúr de la indecencia.

Los versos de Valero, impetuosos, torrenciales a veces, con sus anáforas incisivas, su tono imprecatorio y su compromiso ético, zarandean las conciencias dormidas. Imposible no acordarse del Poeta en Nueva York de Lorca, sobre todo en su acerada tesis anticapitalista con la que claramente emparenta, pero también en la contorsión de la imagen, que si no llega al surrealismo lorquiano, sí atesora una mirada alucinada, la única posible ante la sinrazón y la injusticia.