El
nuevo espectáculo del director y dramaturgo Juan Carlos Rubio sigue en la línea
de sus últimos trabajos y fabula con personajes reales que, en este caso, son
dos grandes escritores: Agatha Christie y Benito Pérez Galdós. Partiendo de un
hecho real, la estancia de la reina del misterio en Tenerife en 1927, Rubio ha
construido un texto en el que realidad y ficción se imbrican con una
naturalidad y verosimilitud tales que, si no fuera porque sabemos que Galdós
murió en 1920, casi creeríamos que ese encuentro entre ambos se produjo
realmente. La escritora inglesa llegó a la isla atormentada por el
fallecimiento de su querida madre y por la infidelidad de su esposo, buscando
un remanso de paz donde hallar un respiro a su sufrimiento.
Toda
la pieza transcurre en una habitación del hotel Taoro, donde realmente se alojó
Agatha Christie. Esta aparece en escena muy nerviosa, intentando comunicarse
por teléfono con su marido. Una tormenta, trasunto de la tempestad interior que
azota el estado de ánimo de la escritora, dificulta la comunicación, lo que
agrava su nerviosismo. Ahogada por la pena y por la desesperación, decide poner
fin a su vida con un deletéreo veneno. Mas, un golpe en la puerta de su cuarto
interrumpe sus planes. Quien llama es un elegante e invidente señor, vecino de
habitación, que tras escuchar los lamentos de la mujer acude en su ayuda. Pronto
Agatha descubre que ese hombre es Pérez Galdós, famoso escritor español del que
ella no tenía conocimiento. Poco a poco se establece un diálogo en el que los
personajes van desnudando su alma y van desgranando recuerdos pasados, sueños,
frustraciones y preocupaciones que humanizan el mito a ojos de los
espectadores. Ya no son dos reconocidos literatos, sino dos simples personas
que están conociéndose en un ejercicio de sinceridad que resulta catártico para
la escritora inglesa.
Carmen
Morales y Juan Meseguer dan vida a los personajes y ambos brillan en sus
interpretaciones. La deliciosa dicción de Morales y su naturalidad no le van a
la zaga de la magnífica interpretación de Meseguer, quien parece un Galdós
redivivo. Los dos nos regalan escenas tan entrañables como cuando simulan
surfear las olas de una playa de Gran Canaria o cuando Galdós ayuda a una
estancada Agatha a continuar el argumento El misterio del tren azul,
obra que la escritora terminó realmente durante su estancia en Tenerife.
Resulta entrañable ver a ambos escritores trazando líneas argumentales,
desechando ideas y eligiendo otras en un ejercicio de metaliteratura que nos
permite bucear por la cabeza de un autor de novelas de misterio.
Destaca
también el decorado, sencillo pero muy acertado, que simula una habitación de
hotel, con papel pintado en tonos crema, una cama, un ventanal por el que se
cuela la tormenta exterior, un escritorio con una máquina de escribir y un
crucifijo; que combinado con el juego de luces crea una sensación de ensoñación
y de misterio.
Temas
tan serios como la salud mental, el miedo al divorcio que se les había
inculcado a las mujeres de principios del siglo XX, el suicidio o la
minusvaloración de las personas aparecen en escena combinados con otros asuntos
más ligeros y con toques humorísticos que contribuyen a que este espectáculo
sea un drama con tintes cómicos, con mucha ternura y con un desenlace
sorprendente que refuerza la idea de que ante la desesperación, siempre habrá
un ángel de la guarda para hacernos ver la luz tras la tormenta. Don Benito
cuidando de Agatha, qué sugestiva imagen. Y es que quizá sea cierto que la
literatura también nos salva.
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