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lunes, 24 de marzo de 2025

683. Expurgo

 


La biblioteca de la Universidad de Alicante realiza periódicamente una limpieza de su fondo bibliográfico tras un cribado que llaman «expurgo» y que acaba con los libros proscritos colmando unos fríos anaqueles dispuestos extramuros de las salas nobles. Pasarán en el purgatorio una breve temporada después de la cual, si nadie se ha interesado por ellos, el inquisidor mayor, que es el tiempo, decidirá eliminarlos definitivamente a través de quién sabe qué horrible holocausto libresco.

La semana pasada me encontré cara a cara con uno de estos libros expatriados en unas estanterías fronteras a los lavabos. Era un ejemplar de la Editorial Aguaclara y, efectivamente, allí estaba, desposeído de su tejuelo, como un general degradado a quien han arrancado de la casaca la insignia de su autoridad. Se trataba de un libro de poesía titulado Innumerable sonrisa escrito por Nemesio Martín. El guiño a Esquilo, quien se refería así –«sonrisa innumerable»– a las olas marinas en su Prometeo encadenado, me pareció la llamada de auxilio definitiva: la poesía es un titán que nos ha dado el fuego y yo un Heracles de biblioteca que no puede permitir tamaño agravio.

Pido disculpas: no conocía a Nemesio Martín. Mi todavía corta vida en Alicante no me ha permitido aún acceder a la genealogía de los ilustres locales. Pero desde el mismo momento en que rescaté el libro, supe que éste pasaría de su condición de expurgado a vivir en la nobleza de la página cultural de un periódico: esta misma página. Hay quien llama a estas cosas karma, aunque nosotros preferimos llamarlo «justicia poética». Buceé por la vida de Nemesio Martín y conocí entonces su incorruptible vocación por la enseñanza de la literatura y por su difusión. Suyo es, entre otras muchas obras, el guion del Lope enamorado, que emitió TVE en 2019 y que él ya no pudo ver, pues fallecía en mayo del año anterior. No quiso participar del sortilegio la efeméride con su cifra redonda, tampoco la de la fecha de publicación del libro rescatado, que es de 1988. Pero tanto da. Aquí está Nemesio Martín, restituido de su balda de expurgados.

¿Procede ahora realizar una reseña de un libro de hace 37 años solo porque al columnista de turno le parece bien jugar con la anécdota? Pues algo habrá que decir, aunque sea brevemente. Porque es que, además, Innumerable sonrisa es un libro soberbio. Con prólogo de José Carlos Rovira, que entonces contaba con 39 años, e ilustraciones (las llamadas «aguadas») de Francisco Calvo (fallecido hace solo dos años), el poemario es un bellísimo canto al mar llevado a cabo por un mesetario (Nemesio Martín era natural de Medina de Rioseco) y esta paradoja parece sublimar, en el descubrimiento del gran azul, los versos del poeta, al contemplar, casi epifánicamente ese «intenso fulgor de vastedades, pulsos de espuma que embridan las arenas», «tálamo incesante de la luz y del agua», que él podía divisar desde la atalaya de su casa. El libro, alterna versos de corte popularizante que recuerdan a la primitiva lírica castellana, con versos cultos de enorme calado poético que evocan, en su esencia, el mismo mar de Pedro Salinas o de Juan Ramón Jiménez, ese absoluto que el poeta desea abrazar «hasta sentirse el pecho de cristal» y fundirse con él.

Hoy Innumerable sonrisa está bien acogido en la biblioteca de mi casa y nuestro Rogelio Fenoll seguro que ha colocado en la maquetación de este artículo una foto entrañable de Nemesio y todo está donde tiene que estar. Y todo está en orden. Y todo está bien.

lunes, 17 de febrero de 2025

679. Veinte años en el vértigo

 


Mi relación con la Editorial Funambulista se remonta al año 1991. Yo era un adolescente de 14 años, cursaba 1.º de BUP y la Editorial Funambulista no existía. Pero sí existía Mario Lacruz, al que aún le quedan nueve años de vida, y también existía (y espero que aún exista) la profesora que tuvo la feliz idea de prescribir la lectura de El inocente, la novela de Mario Lacruz considerada por muchos la precursora del género negro en España. La edición que manejábamos era la de la colección «Tus libros», de la Editorial Anaya, fácilmente reconocible por sus tapas duras de color blanco y la icónica silueta sombreada de la parte superior que cambiaba según el género de la novela. La lectura de El inocente fue un alumbramiento para aquel joven lector que todavía estaba construyendo su propio canon literario. No es extraño, pues, que pasado los años, retomara su lectura, ahora ya con el criterio más sólido de quien acumula un amplio bagaje literario. Y, claro, me encandiló aún más. Así que decidí bucear por la obra de Mario Lacruz con igual encantamiento, y descubrí, además, que Mario Lacruz había sido uno de los editores más importantes de España y que sus obras habían dormido el sueño de los justos en varios legajos ocultos en un armario de su despacho hasta que los hijos descubrieron, a su muerte, el gran secreto del padre y empezaron a publicar póstumamente su obra. Uno de ellos, Max Lacruz, fundó en 2004 una editorial con la primera intención de continuar, humildemente, el legado de su padre. La editorial se llamó Funambulista, tomando la cita de Roger Callois quien, comentando el Zaratustra de Nietzsche, dijo del equilibrista que este «sólo logra su objetivo confiando en el vértigo y no intentando resistirse a él». En 2010, coincidiendo con el décimo aniversario de la muerte Mario Lacruz, escribí un artículo homenaje que, ya no recuerdo cómo, llegó a manos de Max, lo que me valió un breve período como colaborador, valorando manuscritos en la editorial. Siete años después, yo había acabado mi primera novela, e ignorante absoluto del mundo editorial, acudí a Max para que me ayudara a publicarla. La novela apareció en 2019. En 2023, publiqué, también con Funambulista, mi tercer libro, donde convertí a Mario Lacruz en uno de los personajes de la trama, cerrando con ello mágicamente un círculo que había comenzado 32 años antes en un instituto de la periferia de un barrio de Tarragona, cuando leí por primera vez El inocente desde mi pupitre de bachiller.

Durante estos 20 años, Funambulista ha devenido una editorial de referencia en el panorama literario español. No sólo por su arriesgada apuesta por las nuevas voces (un 20% del catálogo anual) sino también, y sobre todo, por la recuperación o el descubrimiento de numerosos clásicos inéditos. Con una edición primorosa, casi artesanal, sus bellas cubiertas, sus páginas limpias y su pequeño formato cuadrado, hacen inconfundible este sello, que cuenta con la profesionalidad de Gian Luca Luigi, verdadero maestro en la sombra de la maquetación, las correcciones y las jugosas sugerencias y enmiendas argumentales. Un prodigo de supervivencia en los tiempos de las grandes editoriales policéfalas que amenazan con fagocitar la resistencia del pensamiento independiente en favor de criterios meramente mercantilistas. Soplan fieros vientos sobre el alambre de la literatura, pero nosotros blandimos, con orgullo, arrojo y contra el abismo, del funambulista la indomable pértiga.

lunes, 20 de mayo de 2024

650. Adéu, Diari

 


El recuerdo más vivo que atesoro de aquel 2009, tras rubricar en el despacho de Josep Ramon Correal, a la sazón director del Diari de Tarragona,  mi participación como nuevo colaborador del periódico, es el de emprender ufano, casi exultante, Rambla Nova arriba, el camino que conducía hasta el Balcón del Mediterráneo. Me sentía reconciliado al fin con la ciudad y, en cierta medida, ya parte de ella. Mi condición de charnego, habitante de un barrio de emigrantes de la periferia, había obrado en mi relación con la capital un desarraigo que no solo venía motivado por cierto prurito de pedigrí del catalanismo más excluyente, sino también por el constructo identitario que aquel barrio, por compensación, había cimentado en mi conciencia de injerto extraño. Hasta la distancia que mediaba entre el barrio y el centro de la ciudad –cinco kilómetros por carretera nacional– parecía corroborar la existencia de dos mundos casi antagónicos. Colaborar con el periódico de mi ciudad y de la provincia entera y hacerlo con una columna propia constituían la forma de alcanzar la deseada integración cultural y me permitía, además, dar testimonio desde el altavoz de sus páginas de la pluralidad de la que yo y tantos otros formábamos parte.

El artífice de todo fue el ya mítico Antoni Coll, que por aquel entonces ostentaba un puesto casi honorífico, el de director de publicaciones. A Antoni le habían llamado la atención algunos de los artículos que Bea y yo escribíamos por pura diversión en nuestro blog, y nos sugirió trasplantarlos a las páginas del Diari, manteniendo al final de cada escrito la referencia a nuestra bitácora. «Ya te ha liado Antoni», recuerdo que dijo Correal al verme aparecer por la puerta de su despacho.

El nombre de la columna nos trajo de cabeza. Las primeras ideas fueron aberrantes como aquella de «Florilegio literario» o «El espía del Parnaso». Qué horror. Felizmente se impuso la cervantina «El cura y el barbero», tan a propósito para la crítica literaria y el «donoso escrutinio» que iba a llevar a cabo como comentador de libros.

El primer artículo apareció el domingo 21 de febrero de 2010, en una pequeña esquinita de la sección cultural. Aprovechando el retorno de los tranvías a las grandes ciudades españolas, metí con calzador un pequeño comentario sobre Tranvía a la Malvarrosa, de Manuel Vicent. Pronto, Isaac Albesa, jefe de cultura, me propuso una colaboración semanal (hasta entonces había sido quincenal) y la ampliación de los artículos hasta llegar a los 3500 caracteres con espacios (una media plana). La periodicidad semanal me obligaba a leer con demasiada premura los libros que reseñaba, de modo que se me ocurrió intercalar entre reseña y reseña unos artículos que yo llamaba «de transición» y que acabaron por convertirse en el verdadero sello de identidad de la columna. Cabía allí todo lo que tuviera que ver con la reflexión literaria, con la premisa de imbricar siempre literatura y vida y apostando por un estilo casi lírico que permitía leer la columna, no como un texto meramente periodístico sino como un artefacto con vocación artística. Enseguida conseguí ganarme la confianza de los redactores jefes y no tuve problemas en ampliar a mi antojo los temas y la extensión de mis artículos. Nunca nadie me impuso reseñas ni coartó mi libertad ni se vetaron artículos polémicos.

La obligación de mandar una artículo semanal me reportó una disciplina que luego se antojó decisiva para mi labor como escritor. Muchas veces apuraba hasta el último día para mandar el artículo porque trabajaba mejor bajo presión temporal. Del mismo modo, creo que la extensión relativamente breve de los capítulos de mis novelas se debe a la influencia del formato periodístico.

La columna y su difusión me granjearon una gran cantidad de amistades, algunas de las cuales yo creía inalcanzables. También algunos enemigos. Es lo que tiene la exposición pública. Hay alguna anécdota entrañable como la de aquel lector que recortaba todos mis artículos y los coleccionaba en un álbum de fundas. Y, claro, hay otras experiencias igualmente preciosas que el pudor me obliga a callar.

"El cura y el barbero" quedó hasta 3 veces finalista del Premio de Periodismo Literario Francisco Valdés. Fue un orgullo colar una columna de provincias entre los finalistas de periódicos de tirada nacional. También estuvo entre las candidatas a hacerse con el Premio del Fomento de la Lectura del Ministerio. Ha habido tentativas de publicar en libro una antología de los artículos, pero no han acabado nunca de cuajar. Todo se andará. O no. Qué más da. 

Pero tras casi 15 años y más de 600 artículos, ha llegado el momento de poner punto y final. Nadie tiene la culpa. Es solo que el nuevo enfoque de la sección cultural ya no me seduce. Sirvan estas últimas palabras para despedirme de los lectores tarraconenses, cuya fidelidad, semana tras semana, ha sido tan reconfortante, sobre todo porque uno no sabe, cuando manda sus palabras, si habrá alguien al otro lado. Pero me consta que sí. Mi gratitud. Solo deseo que estos años les hayan reportado entretenimiento, placer estético y el poco rédito cultural que soy capaz de ofrecer. Si es así, me doy por bien pagado. Hasta siempre.

miércoles, 15 de mayo de 2024

649. Estercolero literario

 


En su Comedia, Dante coloca a los envidiosos en la llamada segunda grada del Purgatorio. Allí, los penitentes tienen los ojos cosidos con alambre, pues en vida han sentido placer al ver caer en desgracia a aquellos cuyas vidas habían codiciado. Por lo general, el envidioso es también un hipócrita, porque, por amor propio, suele ocultar su inquina, pero también porque acostumbra a proferir falsos halagos al envidiado solamente para ganarse su favor pensando que con ello podrá aspirar también al estatus que ambiciona. A los hipócritas, Dante los castiga en la bolsa sexta del círculo octavo del Infierno, ataviados con capas que parecen de oro pero que son de plomo, y que arrastran con dificultad; a su vez, a los aduladores, los ubica en la bosa segunda del mismo círculo, hundidos en estiércol. Y, en fin, ya he llegado a donde quería llegar: al estiércol. Porque si algo he aprendido en los pocos años que llevo metido en el mundo de la literatura, es que, como en todos los ámbitos de la vida, junto a unas pocas personas que descuellan por su bonhomía y dignidad, hay también muchas otras que nutren el hedor de un inmenso estercolero. Esta misma semana, quien ahora escribe estas líneas, ha sido salpicado con la porción de mierda con que todos, alguna vez, nos manchamos. Al hilo de una publicación en Facebook, entré al trapo para secundar una de esas afirmaciones irónicas y ofensivas con que el personal se refocila por estos lares. Pensando que la persona aludida (que no nombrada) en la publicación era otra, apoyé el escarnio, utilizando, además, la brocha gorda de las palabras, registro en el que, por cierto, no me desenvuelvo demasiado bien, y en la que se corre el riesgo de que la impericia en el lenguaje tabernario sobrepase la fina frontera que existe entre el exabrupto ingenioso y la vulgaridad. Inclúyaseme en la segunda de esas variables. El caso es que la persona aludida no era el escritor que yo barruntaba, alguien de quien se ha solido hablar más de una vez en ese foro y, para más señas, alguien por quien fui ofendido vilmente y con quien tuve un rifirrafe muy desagradable en una conversación privada. El comentario original, además, encajaba perfectamente con una de sus más deleznables cualidades, la del narcisismo y la del prurito de superioridad.  Sin embargo, el aludido era, sin yo saberlo, otra persona por la que profeso, en cambio, gran respeto, admiración y el afecto propios de la camaradería literaria, esa que no es necesario alimentar cada día, pero que se da por sentada entre quienes nos reconocemos en una forma de ser y de estar en el mundo. Este escritor, al que aprecio, al leer mi comentario, se entristeció al comprobar el supuesto concepto denigratorio que yo le atribuía, y me escribió en privado para mostrarme su decepción. No hubo reproche, ni recriminación, ni bajó nunca al barro. Al contrario, fue una lección de caballerosidad, de saber estar, de altura de miras y de humanidad, a pesar de saberse herido. Un ditirambo a la elegancia. Y todo ello creyendo él que yo había participado conscientemente de su afrenta. Tuve que aclarar al momento el malentendido y confiar en que esta persona le tuviera fe a mi palabra. Si no se la tuviere, tampoco yo podría reprocharle nada. Pasé una tarde entera angustiado y dormí mal. Y, tras la angustia, llegó el enojo. Pero el enojo conmigo mismo, que es el que menos consuelo tiene. Porque todo ese embrollo hubiera sido perfectamente evitable si uno hubiera tenido la lucidez y el equilibrio emocional de no participar en linchamientos (aunque estos vayan dirigidos a las personas más odiosas) ni acompañar trifulcas patibularias que a nada conducen, salvo a embarrarlo todo y a mostrar la dimensión más aborrecible de la condición humana. Pero participé y el equívoco no es exculpatorio porque, en esencia, nada cambiaba salvo la persona afectada. La hermosa contestación privada que ese escritor me ofreció, aun sabiéndose erróneamente la diana de mi comentario ofensivo, es una de las lecciones más contundentes que he recibido jamás y que redundará, estoy seguro, en mi forma de relacionarme con las redes sociales y en la vida, en general. Entretanto, ando buscando asilo en alguno de los círculos del Infierno de Dante donde mi estupidez encuentre su acomodo y su penitencia.

lunes, 30 de octubre de 2023

626. Los muertos somos nosotros

 


Pasado mañana es el Día de Todos los Santos. Siempre que se acercan estas fechas, recuerdo a Mariano José de Larra y aquel artículo suyo, publicado en El Español, el 2 de noviembre de 1836, en el que zarandeaba las conciencias de los españoles, haciéndonos ver que los muertos no se hallaban en el cementerio, que los muertos, en realidad, éramos nosotros mismos. Escribió su artículo poco después de perder su escaño como diputado por Ávila tras el Motín de la Granja de San Ildefonso, tal vez la última oportunidad de cambiar desde dentro la política de un país desnortado. Tampoco iban bien las cosas en lo personal, tras su enésima discusión con su amante, Dolores Armijo, quien alternó con él momentos de apasionada efusividad con otros de absoluto desdén. En su columna, Larra imaginaba un cementerio dentro de Madrid: los nichos eran los de la Constitución, el del Palacio Real, el del periodismo o el del Ministerio, cuya lápida rezaba: «Aquí yace media España; murió de la otra media». Y denunciaba la pasividad de la ciudadanía ante los desorbitados impuestos, la obligatoriedad del servicio militar, la opresión contra la disidencia o la falta de libertad de imprenta, entre otros males del país. Los muertos, que no estaban sometidos a tales represiones, eran más libres y estaban más vivos que los que ese día iban a ofrecer flores a sus familiares. Poco menos de un año después de escribir su artículo, Larra se descerrajaba en su despacho un tiro en la sien. Descubrió el cadáver su hija Adela, de seis años, cuando se disponía a darle las buenas noches.

Casi dos centurias después, los muertos seguimos siendo nosotros. Tenemos un presidente del gobierno que miente compulsivamente, ya sin pudor ni disimulo, y a quien se le sigue votando a pesar de lo sonrojante que resulta repasar la hemeroteca; tenemos una oposición a la deriva con la capacidad intelectual de un niño del parvulario y un partido extremista, enemigo de la cultura; en la literatura triunfan los escribanos pero no los escritores; mis alumnos se adhieren a una huelga para protestar contra la guerra en Palestina pero solo lo hacen para saltarse las clases de ese día, para arañarle unas horas de sueño más a la almohada o para jugar a los videojuegos. A estos chavales les compensan las muertes diarias en Gaza si con ello duermen un poco más; les compensa el sacrificio de quienes se dejaron la vida para que hoy ellos disfruten de su derecho a huelga, aunque desprecien ese derecho ganduleando en casa. Los sátrapas megalómanos siguen mandando a otros hombres a la guerra por un pedazo más de tierra. Mientras escribo estas líneas, me entero de que ha muerto Armita Garavand, apaleada por la policía de la moral iraní en un metro por no llevar bien puesto el velo; entretanto, aquí, un feminismo mal entendido estigmatiza la cortesía de un hombre confundiéndola puerilmente con un acoso. También leo que un informe del Defensor del Pueblo cifra en más de 400.000 víctimas, los casos de pederastia de la Iglesia española. El sistema educativo coloca a los estudiantes en su cadena de producción del analfabetismo, con la connivencia de los inspectores educativos, para que los gobiernos puedan dormir tranquilos teniendo alienados a los futuros ciudadanos. Pero las gentes –esos muertos vivos– solo saldrán a la calle para manifestar su descontento por la mala gestión de la directiva de su equipo de fútbol. Valores como la amistad se revelan falaces y uno se da cuenta de lo solo que se encuentra en el mundo cuando las cosas van mal: uno descubre que solo tuvo buenos compañeros de ocio para tomar unos vinos, pero no amigos. Las redes sociales son los nuevos paredones para las lapidaciones. Se mira de soslayo la tragedia migratoria. Y así, dadas las circunstancias, se entiende mejor la desazón de aquel Larra abatido cuya sensibilidad e inteligencia no encajaban con el mundo en el que vivía. Quizás es lo que haya que hacer: pegarse uno un balazo y mandarlo todo a la mierda. Anuncio clasificado: ¿alguien vende por ahí alguna pistolita de contrabando?

lunes, 18 de septiembre de 2023

621. Suicidas literarios

 


La semana pasada conocíamos a través de los datos facilitados por el Instituto Nacional de Estadística el número de suicidios registrado durante el año 2022 en España. La cifra es estremecedora y va al alza: 4.097 personas se quitaron la vida en nuestro país, 84 de las cuales son menores de 20 años. Hay algo chocante entre esa sociedad que exhibe su hedonismo como principio fundamental de la vida y los problemas de salud mental de los que el suicidio es solo la punta del iceberg. Según la OMS, unos 280 millones de personas sufren depresión en el mundo, unos 2 millones en España. Y aunque, obviamente, la casuística individual es muy variada, es como si el actual desprestigio del conocimiento y de su consiguiente sustrato espiritual hubieran socavado las almas de las personas y dejado un vacío que el materialismo y la superficialidad, de naturaleza siempre fungible, no pudieran llenar. No es de extrañar que la Literatura, siempre atenta a las cuestiones de su tiempo, esté abordando esta problemática. Conviene, eso sí, diferenciar la literatura de calidad y necesaria, de aquella otra que apuesta por el oportunismo coyuntural con el único objeto de medrar en el mercado editorial.

Claro que el tema del suicidio no es nuevo en Literatura, empezando por la luctuosa nómina de autores que decidieron acabar con sus vidas y pasando por la no menos triste lista de personajes literarios abocados a la misma fatalidad. Y digo no menos triste, aunque se trate de vidas ficticias, porque para muchos lectores algunos personajes son más reales que su propio autor y porque, en no pocas ocasiones, sus historias fueron trasunto de experiencias reales.

El personaje suicida más célebre de la Literatura ha sido, sin duda, el joven Werther, cuya historia produjo una oleada de suicidios por amor tan preocupante, que muchos países prohibieron la venta del libro de Goethe. Pero hay muchos otros que no caben en este espacio. Así, a vuelapluma, aquí van unos cuantos. Píramo, al ver el velo de Tisbe ensangrentado por el hocico de un león que volvía de cazar, creyó que su amada había sido devorada por el animal; a su suicidio le siguió el de Tisbe, al ver muerto a Píramo. El equívoco le pudo servir a Shakespeare para idear las muertes de Romeo y Julieta, y más tarde, a Hartzenbusch para su intrincada versión de Los amantes de Teruel. Dido no pudo superar el abandono de Eneas en la Eneida y Melibea no sabe vivir sin Calisto. Espectacular es el suicidio de don Álvaro, en el drama del duque de Rivas, con toda su impresionante tramoya romántica. Benito Pérez Galdós creó a dos suicidas memorables: Marianela y, sobre todo, Ramón de Villaamil, que queda cesante a escasos dos meses para jubilarse con los cuatro quintos del sueldo regulador; no recuerdo un final más triste en una novela. También es triste el desenlace de Emma Bovary y de Anna Karenina, víctimas del corsé moral de su tiempo; el suicidio de Anna, arrojándose a las vías del tren (el mismo lugar donde había conocido a su amor Vronsky) no puede ser más simbólico. Augusto Pérez, en Niebla, muere mediante el suicidio inducido por su propio creador, Unamuno. Terrible es también la muerte de Tonet en Cañas y barro que, abrumado por la culpa, se dispara con la escopeta en mitad de la Albufera; su padre, que había dedicado una vida entera a ganarle terreno a la laguna para cultivar arroz, nunca habría imaginado que la tierra conquistada iba a servir de sepultura para su hijo. Andrés Hurtado, el personaje de Pío Baroja en El árbol de la ciencia, lector de Nietzsche y de Schopenhauer, no podrá superar su vacío existencial. Virgilio Delise, el inolvidable personaje de Mario Lacruz en El inocente, nos deja atónitos con su suicidio: «tenía vocación de culpable», dice el narrador. Más recientemente, Aurora, protagonista de Lluvia fina, de Luis Landero, se lanza contra la carretera, cansada de escuchar y mediar en los problemas de los demás y que nadie haya estado atento a su propia desazón.

El lector, seguro, podrá añadir a este catálogo muchos otros ejemplos. Lo importante es que no los siga en su derrota.

lunes, 4 de septiembre de 2023

619. Besar a una mujer

 


Cuando yo iba al colegio y después al instituto, la mayoría de mis compañeras de clase iban vestidas con feos y holgados chándales ochenteros y enfundadas en blusas que llegaban casi hasta el mentón. Con aquellos atavíos, uno nunca podía hacerse una idea cabal de sus siluetas y contornos femeninos. Por aquel entonces no se veían en las aulas los shorts nalgueros ni los escotes generosos que hoy abundan sin recato por los pasillos de los centros educativos y que no dejan lugar a la imaginación. Si uno se encandilaba de una chica, lo hacía sin más remedio de una mirada hermosa, de unas facciones delicadas, de la grácil lasitud de una melena, de una sonrisa luminosa, del dulce timbre de una voz, del aroma subyugante de un perfume. Vetadas a los ojos las presumibles turgencias de nuestra compañera de pupitre, quedaba neutralizada de antemano cualquier posibilidad de examen concupiscente o libidinoso y uno solo podía enamorarse espiritualmente de una donna angelicata. Quizás por eso, el cuerpo de una mujer ha sido desde siempre para mí un bellísimo misterio. Y aunque después la vida me ha permitido demorarme, ya sin restricciones, en cada milímetro de piel, sigo siendo aquel niño para quien el cuerpo de una mujer era un templo guardado por una vestal y el ingreso en él, un privilegio inmerecido que se ofrece a un hombre, siempre neófito, siempre aprendiz y siempre turbado ante el arcano, sempiternamente inédito, de la intimidad de una mujer. Y si ha habido audacia u osadía en mis lances amorosos, siempre ha sido con la vocación de reintegrar con lo mejor de mí la deuda que debía más que por complacer mi propio deseo.

Si el cuerpo de una mujer es un templo, entonces su boca y la promesa del beso es el primer atrio que conduce a su sagrario. Por eso a mí, que tengo la extravagancia de situarme a menudo en las regiones periféricas de las polémicas, lo que me ha sorprendido del beso de Rubiales no es tanto el beso mismo como la zafiedad con que lo ha pedido. He tenido la oportunidad de besar y ser besado por muchas mujeres (no es jactancia –tampoco es que yo sea precisamente un Adonis– sino agradecida constatación del regalo, seguramente injusto, con que me ha ofrendado la vida) y siempre me ha electrizado el contacto con unos labios y el húmedo vértigo con que, al cerrar los ojos, cae uno en su abismo y su asombro. Ese milagro, que es el beso de una mujer, Rubiales lo ha degradado, incluso semánticamente: «un piquito» lo ha llamado. Y su modo de agarrar la cabeza de Jenni Hermoso y plantarle los morros en la boca tiene para mí algo de profanación que va más allá de todo el debate jurídico y moral que se ha dirimido durante estos días. Lo que quiero decir es que lo que a mí me deja perplejo de verdad es que un hombre, cuya expectativa del beso de una mujer debiera tenerlo temblando, lo tome así, sin más, como quien recoge coles.

No me olvido de que esto es una columna sobre literatura. Ahora voy. Escribe Cortázar en Rayuela: «Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua». Rubiales no ha leído, claro, a Cortázar. Pero tampoco ha leído La Regenta. De haberlo hecho sabría que su beso, tan distinto del de Rayuela, emparenta más bien con el beso de sapo de Celedonio a Ana Ozores.

lunes, 1 de mayo de 2023

606. ¿Es Vicente Valero una persona real?

 


La semana pasada Antoni Coll se hacía eco en su «Plumilla» del Diari de Tarragona de la entrevista que recientemente ha concedido Vicente Valero al programa Crims, de TV3. Valero fue, entre 1982 y 1988, gobernador civil de Tarragona, y protagonizó uno de los capítulos más célebres de la criminalística tarraconense al verse involucrado, como mediador, en el atraco con rehenes al Banc de Sabadell en Valls, en 1985. De ahí el interés del programa de Carles Porta por obtener su testimonio. Al parecer, Valero fue requerido por el atracador, Juan Manzanares, como interlocutor, junto al entonces ministro de Interior, José Barrionuevo. Solamente Valero y el alcalde de Valls, Pau Nuet, accedieron a entrar en el banco. El suceso terminó con Valero gravemente herido: el atracador le disparó a bocajarro y la bala atravesó la tráquea y las cuerdas vocales. Las imágenes que emitió el programa son estremecedoras. Valero sale del banco por su propio pie y manando sangre, y es conducido hasta la ambulancia, donde llega tambaleándose, próximo a perder ya la conciencia. Afortunadamente, salvó la vida.

Dos años más tarde, se produjo el atentado terrorista de ETA en el complejo petroquímico de Tarragona. Mientras toda la población abandonaba en coche la ciudad, solamente un vehículo se dirigía hacia las llamas. Era Vicente Valero, que acudía al lugar de los hechos para evaluar la situación. Yo tenía entonces 9 años; Valero, 38. En mi primera novela, Persianas, convertí a Valero en un personaje de ficción. En las páginas 137 y 138 del libro recojo aquella imagen, casi épica, de Vicente internándose en la ciudad mientras todo el mundo huía en dirección contraria. Quizás nos cruzamos aquella noche aciaga en la carretera. ¿Quién le iba a decir a aquel niño atemorizado que acabaría novelizando el pánico de aquella madrugada? Y ¿cómo iba a saber don Vicente que ese niño anónimo, uno de tantos que escapaban del fuego, lo iba a convertir en personaje literario? ¿Y quién les iba a decir a ambos que 23 años después se abrazarían con tanta ternura e intercambiarían sus libros en una muestra fotográfica sobre libélulas?

Así es. En enero de 2020, se inauguró en Alicante la exposición «Agua… Libélulas y Fotografías», de Teodoro Martínez y Ricardo Menor. Valero, que entonces (y ahora) reside en Villena, presentaba el acto, y había conocido, gracias al profesor Ángel Luis Prieto de Paula, que yo había escrito una novela en la que él aparecía como personaje. Así que se puso en contacto conmigo y me conminó a asistir al evento para conocernos en persona. En la inauguración, Valero leyó un texto precioso, de su propia creación, sobre las libélulas. Y al finalizar el acto, pudimos al fin encontrarnos y  darnos un abrazo. Él acababa de publicar La huella del Ángel, una espléndida novela histórica situada en la Castilla de los siglos XIII y XIV. Me pidió que trajera yo también mis Persianas para intercambiarnos los libros. Así que allí estaba yo, abrazando a mi personaje de ficción, que había querido, legítimamente, corporeizarse en persona real.

Pero yo aún tengo mis dudas. Alguien que entra en un banco para salvar la vida de ocho rehenes; que sobrevive a un disparo en la tráquea; que se dirige con su coche a la peligrosísima zona cero del atentado en las petroquímicas; que aparece de repente en mi vida en un acto donde lee un texto sobre libélulas… No sé, no sé. Yo creo que Vicente Valero no existe. O que lo he soñado. Yo creo que Vicente Valero tiene que ser, por fuerza, un personaje de ficción.

lunes, 16 de enero de 2023

593. Engañar a los alumnos





Los que nos dedicamos a la enseñanza de forma vocacional ejercemos de profesores durante todo el tiempo. También en vacaciones. Los últimos días del año los pasé en Soria, y no hubo día en que mi mente no anduviera maquinando las posibles actividades didácticas que ofrecía cada rincón de la ciudad. Qué bonito sería –decía para mis adentros– conseguir el Pasaporte de las Ciudades Machadianas que expide la oficina de turismo y recorrer con los estudiantes las huellas de don Antonio: la casa de huéspedes donde se alojó cuando visitó en verano la ciudad antes de incorporarse a su puesto de profesor; la pensión donde conoció a Leonor; la iglesia de Nuestra Señora de la Mayor donde se casó con ella; el aula del instituto donde enseñaba Francés; la campana del reloj de la Audiencia… Y qué hermoso sería –continuaba efervescente mi cabeza– recitar sus poemas a la ribera del río, «por donde traza el Duero su curva de ballesta en torno a Soria», grabar en los álamos nuestros nombres de enamorados de la Literatura, subir hasta la Laguna Negra… O recitar los versos de Gerardo Diego inspirados en Soria, en Calatañazor, en San Baudelio; leer, tendidos en el césped del claustro de San Juan de Duero, una leyenda de Bécquer con el monte de las Ánimas a nuestras espaldas; visitar la Casa de los Poetas del antiguo casino; pasear por la Numancia en ruinas; estudiar el románico ante la preciosa fachada de la iglesia de Santo Domingo… Total, que en un santiamén tenía yo ya proyectado un viaje de estudios de lo más atractivo. Hasta que llegamos al cementerio de El Espino donde descansa la malograda Leonor y donde, casi a cuyas puertas, se halla también el famoso olmo seco del poema de Machado. Solo que ese olmo no es el olmo que vio don Antonio, que moriría, como todos los demás olmos, por la grafiosis. El olmo que contemplamos en la actualidad es un sucedáneo de aquel otro, al que el ayuntamiento ha colocado, junto al tronco, el poema de marras. Y allí, ante aquel olmo que no es nuestro olmo literario, llegaron mis dudas. ¿Qué les diría yo a mis alumnos si estuvieran ahora mismo aquí conmigo? Después de haber leído el poema en clase; después de narrar toda la trágica historia que lo inspiró; después de haber depositado, tal vez, unas flores sobre la lápida de nuestra Leonor, ¿les diré que ese olmo que tienen ante sí, no es el mismo olmo del poema con el que siempre se me quiebra la voz? ¿Les diré que es un árbol apócrifo? ¿Tengo derecho, como aquel San Manuel Bueno Mártir, a contarles la verdad a estos jóvenes feligreses de la Literatura? ¿De romper el hechizo? Pues miren, no. Los huesos del Cid están bajo la lápida de la catedral de Burgos y no esparcidos por media Europa; el tintero que exponen en Villanueva de los Infantes es el de Quevedo y no una réplica; el piano de Chopin de la celda de la Cartuja de Valldemossa es el piano de Chopin y no uno falso; Lorca está enterrado en el barranco de Víznar; Cervantes y Shakespeare murieron ambos, como en un sortilegio, el 23 de abril; a la muerte de Bécquer, se produjo un eclipse de sol; en el Toboso está la casa de Dulcinea y en la acrópolis de Micenas se descubrió la máscara de Agamenón. Cuando James McPherson se inventó, dándolo por cierto, el mito de Ossian, el crédulo de Goethe llegó a decir en boca de su Werther que Ossian había sustituido a Homero en su corazón. ¡Qué felices Goethe y Werther en su ingenuidad! Así que, ahora mismo, en mi imaginación, estoy junto a mis alumnos frente a este olmo centenario y hendido por el rayo, y les miento y les digo que este es el olmo de Machado, y se me antoja que se hará un silencio, unos pocos segundos tal vez, durante los cuales la literatura se habrá hecho cierta en ese olmo de la rama verdecida.

lunes, 9 de enero de 2023

592. ¿Cuándo nos robaron las palabras?

 


Cada noche, antes de cenar, me pego una buena ducha que se lleva por el sumidero las fatigas y lacerias de la jornada. Lo hago acompañado de la lista de canciones que he ido registrando poco a poco en Spotify. Como no pago la versión premium, cada cierto número de canciones irrumpen algunos anuncios publicitarios. Entre ellos, hay uno que vende las bondades de un programa informático con el que poder crear tu propia música. El anuncio dice algo así: «Soundtrap es la forma más fácil de hacer música; agrega unos jaijats sugestivos; crea un ambiente extraño con este bloquespirin quebrado y finalmente bajemos el tono y reverberemos este ladrido de perro». En serio, ¿qué coño significa todo ese galimatías? Y lo más perturbador: ¿por qué un ladrido de perro?

Desde que nos robaron las palabras, yo ya no me entero de nada. Todo el mundo llama Rosalía a una cantante que no podría nunca escribir A las orillas del Sar, y Quevedo a un tipo que canta cosas como «Ese culito me pide que lo estrelle / no me olvido del perreíto en el muelle». Dante es un jugador que hasta hace poco jugaba en el Bayern de Munich, y Carvajal no es don Antonio, sino otro que juega en el Madrid. Las licenciaturas se llaman ahora grados (¿qué mierda es un grado?) y la Filología Hispánica es, claro, un grado de Estudios Hispánicos o algo así. Yo creía que la épica estaba en los cantares de gesta y en las epopeyas homéricas y ahora es una remontada en la Champions, eso que fue la Copa de Europa de toda la puta vida. La gente perrea ahora de forma distinta a como yo perreo. Cuando yo perreo me estoy echando una siesta del copón. Los clásicos no son ya nuestros autores de los Siglos de Oro, sino un Madrid-Barça. Existen tráileres para los libros, hay runners vestidos de Robocop que yo pensaba que se llamaban corredores. Las personas tienen género, en lugar de sexo (en lo de las nuevas desinencias morfológicas de las palabras ya no entro por miedo a la lapidación). El éxito se mide por likes y existen youtubers, tittokers e instagramers. En un foro de profesores se pedía el otro día información sobre algún vídeo en Tik-Tok para enseñar Literatura en clase. Para mí tik-tok es la onomatopeya que descuenta en el segundero de nuestro mundo cuándo nos iremos a la mierda como especie. Un jeta dice que está exiliado en Bruselas. Que le pregunten a Machado lo que significa la palabra «exillio», a un judío del Holocausto lo que significa ser un «nazi» y a una víctima del gulag, lo que significa el estalinismo. Las rebajas son ahora el Black Friday o el Cyber Monday. A Michael Douglas hay que llamarlo «Daglas» y no «Duglas», no seamos palurdos. No importa que luego ese mismo cretino pronuncie «habían muchas personas en el concierto de Quevedo» o diga «motu propio» o «a grosso modo». Y sí, la ciclogénesis explosiva se llamará así, pero de toda la vida la hemos llamado «tormentazo de la hostia» y todo el mundo sabía de qué hablábamos.

Quizás sea todo esto un arrebato reaccionario de quien nota que su mundo, tal y como lo conocía, se va acabando. También nuestros padres se quejaban de la terminología ridícula que adoptaban sus hijos en los 80. (Aunque reconozcan que tiene más encanto, el «qué pasa tronco», que el «qué pasa bro».¿Bro? ¿En serio?). Habrá que ir asumiendo las cosas. Por lo pronto, voy a terminar este artículo de esta semana y me voy a ir a la ducha a seguir desentrañando cómo narices se hace un bloquespirin quebrado con ladrido de perro. 

lunes, 5 de septiembre de 2022

580. Olvidarse de leer

 


Hemos pasado los últimos días de agosto visitando a unos familiares. Como de costumbre, nos hemos alojado en su casa pero esta vez el entrañable matrimonio que nos agasajaba con su franca hospitalidad y su cariño no ha salido a recibirnos. Pepe murió hace un año y Lola ha abandonado el hogar de toda su vida para instalarse en casa de las hijas. Desde hace un tiempo ya no puede valerse por sí misma y está sufriendo lagunas en la memoria, cada vez más evidentes, que la hacen incurrir en discursos repetitivos e incoherentes.

Ha sido extraño recorrer la casa vacía y silenciosa, observados desde estanterías y aparadores por los rostros mudos de una vida en retirada. Pero de entre toda esa intimidad que parecíamos vulnerar con nuestra presencia, la que me hizo sentir mayor aflicción fue la de descubrir los libros que formaban la pequeña biblioteca de Lola. Con una formación académica básica, la educación literaria de Lola la han ido conformando sus hijas y sobrinas a lo largo del tiempo, hasta convertirla en una lectora constante y leal a los libros. Había visto esos mismos libros en los anaqueles del salón o en otras habitaciones de la casa durante nuestras anteriores visitas, pero aquellos que ahora me llamaban la atención eran unos tomos que permanecían aún sin estrenar, envueltos con esos forros de plástico con que hoy se vende la literatura y que Muñoz Molina, denunciando la actitud mercantilista de las editoriales, comparaba con embalajes de sándwiches de jamón y queso. A mí la amarga reticencia de Muñoz Molina, que también comparto, me sugirió sin embargo, en aquella casa vacía de Lola, otra triste circunstancia: la de los libros que aguardaban en vano su turno, la de las lecturas que Lola ya no iba a poder realizar.

Quizás pocas cosas calibren con mayor simbolismo el peso de la intimidad de una persona que su biblioteca. Los libros, que han sido sujetados por las manos de alguien durante el sagrado espacio de su esparcimiento privado; que han acompañado su respiración acompasada o el bisbiseo de la lectura; que han velado el sueño de quien ha sido vencido por la tibieza sedante de las páginas; que han acogido el improvisado punto de libro con la fotografía de un hijo o de un nieto; los libros, decimos, son uno de los máximos exponentes de la cotidianidad de un hogar. Lo que es una anomalía son esos libros sellados por ese plástico aséptico, como neonatos ya cadáveres, cuyas palabras, destinadas a las horas felices del recreo de Lola, nacieron abortadas porque su destinataria ha olvidado la forma de descodificarlas. Porque Lola ha olvidado cómo se hacía aquello que antes se imponía como un automatismo natural al posar los ojos sobre una página. Porque Lola se ha olvidado de leer.

Hemos visitado a Lola en casa de sus hijas. Con dificultad, reconoce los rostros, se emociona y entabla pequeñas conversaciones sencillas que pronto se entelan en su mente. En sus ojos permanece, sin embargo, aquel atisbo de lucidez e inteligencia, que sería el mismo que adoptaría al leer sus libros queridos. Cuando Lola ya no entienda el mundo en el que vive, junto a los vagos recuerdos de una vida que fue, quizás los pasajes de sus antiguas lecturas la aborden para entretenerla en su cautiverio. Y entonces tal vez Lola, que se ha olvidado de leer, continúe leyendo aquel libro que ya solo ella entiende.

lunes, 21 de marzo de 2022

565. Mártires

 


La noticia es ya muy vieja en este mundo de vorágine informativa donde el titular de ayer queda pronto obsoleto por la novedad de hoy. Tampoco es que sea una noticia especialmente relevante, pero a mí, que tengo la manía de convertir la anécdota más pueril en un tratado de filosofía, sí me pareció significativa. Ahí va: «El presentador Ramón García declara que odia la Navidad». Así, a bocajarro. Y entonces uno repasa mentalmente las imágenes de Ramón García durante las sucesivas emisiones de las campanadas de La 1, con su capa, su jovialidad, sus brindis y sus buenos deseos para el año nuevo, y esa evocación nostálgica se deshace en la retina como se deshacían en las antiguas pantallas de cine las escenas de una película cuando se ponía a arder el celuloide en las cabinas de proyección. «Intento conciliar lo que siento con lo que transmito», añade Ramontxu con su puntito de víctima sacrificial ofrecida en el ara de la Felicidad y su tiranía. En cuanto leí la entrevista, se me vinieron a las mientes los esfuerzos de aquel personaje creado por don Miguel de Unamuno, el párroco Manuel, de San Manuel Bueno, mártir que, extinguida ya su fe, seguía representando su papel ante los feligreses para no arrebatarles la esperanza de la religión, acaso el único consuelo con que las gentes de su parroquia sanaban de la herida de la existencia. Si Manuel hubiera reconocido ante los fieles la pérdida de su fe, quizás habría demolido el asidero al que muchos se agarraban y habría contribuido a su desdicha. Perpetuando el engaño, en cambio, mantenía las almas en alto de sus parroquianos, aunque a él le lacerara por dentro su esforzado y doloroso martirio. Ramón García debiera haber tomado el ejemplo del Manuel de Unamuno: hay cosas que no se deben decir. O hacer. La actriz Meg Ryan destrozó los corazones de los castísimos estadounidenses cuando, rompiendo los moldes de su figura inocente y virginal, decide desnudarse en la película En carne viva, donde desempeñaba el papel de una profesora de escritura creativa obsesionada por un extraño. Ahí se acabó la carrera de Meg. Y aún recuerdo el murmullo desconcertado de la concurrencia cuando, en 1998, coincidiendo con el acto en que se invistió a Noam Chomsky como doctor honoris causa de la Universidad Rovira i Virgili de Tarragona, el lingüista declaró ante una sala a rebosar que había dejado de creer en la gramática generativa. Muchos de mis profesores de la facultad habían dedicado una vida entera a enseñar y defender las teorías de Chomsky al respecto. A veces, pues, hace falta hacer un acto de caridad: decir que adoras la Navidad, que crees en Dios Todopoderoso, que sigues siendo la niña inocente de Cuando Harry encontró a Sally o que la gramática generativa continúa siendo el método más eficaz para delimitar el río desbocado de la Sintaxis. Imagínense, si no, qué pasaría si los escritores ramplones y sin estilo declararan algún día que sus obras son pura bazofia destinada a una ralea de analfabetos sin criterio y que solo escriben así de mal porque las editoriales les piden que no se pongan demasiado exquisitos.  ¿Cómo se sentirían entonces todos esos lectores que se creen bendecidos por su ingreso en la alta cultura, legitimados sus gustos indecentes por los grandes críticos literarios y por los prestigiosos suplementos culturales que ensalzan sin pudor la mediocridad? No, por favor. Tamaño agravio no pueden permitírselo estos escritores heroicos que inmolan en la pira de las turbas adocenadas todo su talento para el bien común de la ignorancia. Que son, como el Manuel de Unamuno, mártires de la Literatura.  

lunes, 7 de marzo de 2022

564. La tiranía del espectáculo

 


Hace unas semanas acudimos a un museo para visitar una interesante exposición sobre el mundo etrusco. Nos acompañaba un guía al que apenas podíamos escuchar, pues en cada una de las salas sonaba de fondo, como parte de la musealización, una especie de música épica a un volumen inconcebible que impedía oír los detalles de la explicación con los que el pobre cicerone se desgañitaba en vano. Luego, cuando el guía nos dejó a solas para disfrutar con más calma de las piezas, la banda sonora etrusca, que era algo así como una mezcla entre Piratas del Caribe y Gladiator, continuaba su clamor de trompetas, tambores y platillos, ante cuyo éxtasis sucumbimos, abandonando antes de tiempo el museo. Al director de la peformance musealística debió de parecerle muy apropiada toda aquella barahúnda musical. En la redacción de su proyecto seguramente diría cosas como «experiencia inmersiva», «hacer vivir al visitante su propia película histórica» o «excitar la emoción del espectador mediante la simbiosis de las piezas y la música». Con nosotros, en cambio, lo único que consiguió fue echarnos del museo. Sometido a ese desprestigio del silencio que nos asola, el director de marras no se paró a pensar que quizás era precisamente el silencio el que podría obrar, con más capacidad inmersiva que cualquiera otra parafernalia, el vínculo entre el visitante y las piezas milenarias; que la belleza de los objetos y el vértigo del tiempo que nos separa de ellos se comunican mejor con nosotros en el parentesco común del silencio que son y del silencio que seremos.

Es la tiranía del espectáculo a la que se está sometiendo toda actividad humana y también el arte. Hoy los libros se promocionan mediante esa cosa infame que llaman booktrailers, como si de películas se tratasen; en los yacimientos arqueológicos te reciben unos señores disfrazados para teatralizar la vida de nuestros ancestros; y en los institutos se enseña la Literatura proponiendo a los estudiantes que ideen Góngoras y Quevedos instagramers. Hasta la muerte es ya un espectáculo y el fiambre de turno decide chamuscarse a su gusto en los crematorios mientras suena el My way de Sinatra. Los minutos de silencio ya no se entienden si no van acompañados de alguna pieza instrumental lacrimógena y efectista; y la guerra de Ucrania se televisa también con banda sonora de película bélica en telediarios y magazines, creando en el espectador una suerte de ficción cinematográfica mientras miles de civiles mueren masacrados aquí al lado, apenas a cuatro horas de avión. Durante los días duros de la pandemia, cuando los campos de fútbol estaban vacíos, los canales de televisión introducían el sonido de público enlatado para que el aficionado pudiera crearse la ilusión de los forofos, con sus ánimos, sus cánticos y sus insultos al árbitro. Y hasta en las reivindicaciones más justas y perentorias, la peña sale a la calle de batucada, que es una cosa que debe de imponer mucho miedo a los políticos.

Como creo haberle leído alguna vez a Varga Llosa, “en la civilización del espectáculo, el intelectual sólo interesa si sigue el juego de moda y se vuelve un bufón.”. Y así andamos, perdidos, y pertrechándonos de referentes bufonescos que desvirtúan la esencia de la cultura. Porque, como cantaba Freddie Mercury, aunque sin la grandeza trágica de su canción, el espectáculo debe continuar.

lunes, 6 de diciembre de 2021

552. El luto como exhibición

 


La triste pérdida de Almudena Grandes y toda su repercusión mediática me han recordado, por contraste, otros decesos literarios ilustres que casi pasaron desapercibidos en su tiempo, pero también aquellos que acabaron convirtiéndose poco menos que en funerales de Estado. Entre los primeros, me viene a las mientes, por ejemplo, el entierro de Mariano José de Larra, el 15 de febrero de 1837, cuyo sepelio estuvo a punto de llevarse a cabo mediante el llamado «entierro de misericordia», fórmula usada para dar sepultura a los indigentes, si no hubiera sido por la mediación de la Juventud Literaria, que costeó la inhumación en un nicho del Cementerio del Norte, en Madrid. Es ya recurrente mencionar la intervención de un entonces joven José Zorrilla, que leyó unos versos dedicados al gran Fígaro durante la ceremonia. La lista de escritores célebres cuya muerte apenas trascendió en la sociedad de su tiempo daría para una larga nómina doblemente luctuosa: Cervantes, Poe, Salgari, Melville…

Otros, como Benito Pérez Galdós, compensaron la miseria de sus últimos años de vida con una respuesta unánime de la ciudadanía al conocerse su fallecimiento. Veinte mil personas acompañaron el cortejo fúnebre camino del cementerio; los teatros suspendieron sus funciones, el Senado celebró una sesión de pésame, el Estado costeó el enterramiento y a él acudieron los máximos representantes de las instituciones públicas del país. Su presencia, no obstante, no me permite olvidar las palabras de Ortega y Gasset, que ya había denunciado el ostracismo a que el escritor canario había sido relegado por parte de los organismos oficiales. La asistencia al sepelio de estos mismos servidores públicos, que no se habían acordado de la figura del más grande de los escritores de su época, se antojaba entonces hipócrita e interesada. Hoy se diría que acudieron simplemente para la foto. El pueblo, en cambio, que en su limpia espontaneidad sí entendió la magnitud de la pérdida, se congregó en masa para despedirse de su escritor más querido. Es esa misma reacción franca, sincera, espontánea y natural la que ha llenado las redes sociales de fotografías de Almudena Grandes y de frases de cariño por parte de sus lectores. Otros, en cambio, han utilizado la muerte de la escritora madrileña para ostentar un luto impostado de plañideras egipcias, que solo pretenden, como los políticos de marras, estar en la foto, y no pocas veces sacar tajada de la coyuntura para reivindicarse al mencionar lo mucho que la escritora admiraba las obras de estos últimos.

Hay una exhibición impúdica y obscena del luto que resulta sonrojante para quienes asistimos a ella desde los márgenes. A Elvira Lindo y a Sergio del Molino alguien les ha reprochado que no hayan escrito su panegírico. En el caso de Lindo, se le afeó que el día después del fallecimiento de Almudena Grandes, publicase un artículo en su columna de El País sobre las sopas portuguesas, lo que demuestra una ignorancia supina sobre el funcionamiento de las columnas periodísticas, muchas veces programadas con días de antelación, cuando nadie esperaba la fatal noticia. Pero es que tampoco existe la obligación de escribir ningún homenaje. Como si el dolor íntimo y privado no fuera tanto o más sincero que el que se exhibe públicamente por los elegíacos profesionales. Esa imposición moralista recuerda mucho a los devotos de pacotilla que se persignaban apasionadamente en las misas y con los que tanto ironizaba Galdós en sus novelas. Por no hablar del derecho al silencio del que nada tiene que decir. Tampoco yo escribí nada. Pero aún recuerdo nuestro viaje accidentado por las cuestas imposibles de Fuensanta, en Jaén, para visitar el pueblo donde se desarrollaba la trama de El lector de Julio Verne. Fue en lo primero en que pensé cuando supe de la muerte de Almudena Grandes. Se me esbozó en la boca una sonrisa melancólica y ese fue mi obituario.

lunes, 8 de noviembre de 2021

549. Cunqueiro en Elsinor

 


El 30 de julio de 1970, Álvaro Cunqueiro escribía para el Faro de Vigo una crónica titulada «No hay almenas en Elsinor». El artículo recogía, en parte, la experiencia del escritor gallego durante su viaje a la ciudad portuaria danesa, famosa por hallarse en ella el Castillo de Kronborg, escenario en el que Shakespeare ubicó la tragedia de Hamlet. Cunqueiro, cuya admiración por la obra del dramaturgo inglés está bien documentada, había publicado en 1958 O incerto señor don Hamlet, príncipe de Dinamarca, su obra teatral más conocida; en 1965 escribió un texto titulado «O Castelo de Elsinore», cuya prosa evocadora da fe de la fascinación que el escritor de Mondoñedo sentía por el mítico espacio shakesperiano; y todavía en 1967 soñaba con fundar una sociedad de Amigos de Shakespeare en toda Galicia. Se entenderá, pues, que Cunqueiro sintiera la necesidad de viajar hasta Dinamarca y conocer de primera mano aquellos sugestivos espacios literarios. La visita se realiza aproximadamente un mes y medio antes de la publicación del artículo de marras, es decir, el 12 de junio de 1970. Le acompañaron dos amigos catalanes: el periodista Néstor Luján, especializado en la crónica de viajes y gastronómica cuyos artículos en el semanario Destino tuvieron tan buena acogida en su momento, y el doctor Joan Obiols, a la sazón catedrático de Psicología en la Universidad de Santiago de Compostela, defensor del psicodrama, la terapia artística y la musicoterapia, y que moriría curiosamente en Cadaqués mientras atendía a Salvador Dalí, en julio de 1980.

Cuando Cunqueiro llega Elsinor constata que, efectivamente, el Castillo de Kronborg no tiene las famosas almenas en las que Hamlet era atormentado por el fantasma de su padre: «del más antiguo castillo solamente quedan el foso de la parte Este, y algunos basamentos del muro exterior de defensa. Y no hay una sola almena, ni es posible pasear, ni lo es siquiera a un fantasma, entre las torres más altas». De su viaje a Elsinor, Cunqueiro, gran aficionado a la colección de hojas secas, se llevó una ramita de un árbol situado al pie del foso del castillo y, para dar naturaleza de autenticidad al souvenir, extrajo de ella una pequeña hoja doble que pegó en un encarte en cuyo dorso hizo firmar a sus compañeros de viaje, Luján y Obiols, el testimonio fehaciente de dicha autenticidad: «No soy notario, mas es verdad», certifica Obiols; y «Doy fe», remata Luján antes de firmar. El curioso documento se halla en la actualidad en la Fundación Penzol, en Vigo.

En el año 2020, coincidiendo con los 50 años de la visita de Cunqueiro a Elsinor, la Casa-Museo Álvaro Cunqueiro, editó un cuadernito desplegable que recoge el facsímil del documento con la hoja elsinoriana. El cuaderno incluye, además, una explicación de Armando Requeixo, coordinador de actividades y publicaciones de la Casa-Museo, y la reproducción fotográfica del artículo de Cunqueiro. La publicación es una de esas preciosas joyitas bibliográficas, editadas con mimo, pasión y amoroso afán, tan a propósito para quien desee realizar un regalo literario original y entrañable, y se suma a los actos conmemorativos que se están llevando a cabo con motivo de los 40 años desde el deceso del escritor. A veces, estos pequeños accesos de cotidianidad en la vida de un escritor, al margen –si es que esto es posible– de su obra artística, sirven también para hacer más cercanos a los autores y hacernos partícipes de su humanidad, alejados de la visión mitificadora del escritor en su mesa de trabajo. A la postre, que el castillo de Hamlet no tenga almenas, en nada resta a la sugestión que su inexistente barbacana sigue produciendo en los lectores de Shakespeare.

lunes, 15 de febrero de 2021

519. Literatura de la víscera




La pandemia ha provocado que volvamos a poner el foco en el cuerpo, en la biología, en la fisiología. Nos hemos familiarizado con un vocabulario recurrente que conforma la isotopía de nuestra realidad y así hablamos de mutaciones microbiológicas, de sistemas inmunológicos, de antígenos, de patologías previas, de células, de coronavirus, de contagio, de disneas, de febrícula, de morbilidad y de otros tantos términos que hemos incorporado a nuestro lenguaje cotidiano y cuyo inventario detengo ahora por pura hipocondría, pues no puedo dejar de sentir cierta aprensión al verlos así enumerados, unos renglones más arriba, como dispuestos sus significantes a provocar una septicemia lexicográfica y a acabar infectando también ellos la belleza del lenguaje.

Cuando la cruda realidad se impone con sus argumentos de enfermedad y muerte, el lenguaje no está para florituras ni filosofías. Debo discrepar de aquel ingenioso diálogo que mantienen Babieca y Rocinante en el soneto que cierra el prólogo de la primera parte del Quijote. En él, el caballo del Cid le espeta al viejo jamelgo: «Metafísico estáis», a lo que Rocinante responde: «es que no como». Yo creo que justamente la necesidad del hambre, al igual que la amenaza de una enfermedad o la conmoción de una guerra, de lo que menos precisa es de ponerse uno metafísico. Ya lo dice la cita latina: «primum vivere, deinde philosophari» o su versión análoga de andar por casa que reza que no se puede filosofar con el estómago vacío.

Por eso me pregunto qué tipo de literatura nos deparará la experiencia pandémica. Y si esa focalización en el cuerpo traerá una literatura de la víscera que ponga en solfa la realidad de fluidos y humores que somos, ahora que estamos redescubriendo nuestra materialidad más inerme y finita. No sería, desde luego, nada nuevo. El Naturalismo de Zola o de Blasco Ibáñez ya cargaron las tintas sobre la enfermedad y el deterioro físico con la brocha gruesa de sus crudas descripciones. Hans Castorp, el protagonista de La montaña mágica, vive tan intensamente su tuberculosis y su conciencia fisiológica que llega a adorar la radiografía de su amada Claudia Chauchat: el amor reducido a unas costillas y unos pulmones, la irónica degradación de la manida idea que defiende que la belleza está en el interior. También recuerdo la obscenidad del cuerpo en las novelas del japonés Kenzaburō Ōe. Y más recientemente Sergio del Molino nos ha hablado de su psoriasis en La piel; Gabriela Ponce, de la resistencia del cuerpo contra el propio cuerpo en la novela de muy significativo y menstrual título Sanguínea; Rosa Montero había titulado La carne a su novela sobre el deterioro de la vejez; Andrés Neuman recorre con ingenio los intersticios del cuerpo en las estampas irónicas, denunciadoras y reivindicativas de su Anatomía sensible; la literatura de Mónica Ojeda es víscera ella misma y su prosa estomagante entronca con el arcano de la primera célula. Y tantos otros que no cito por no resultar prolijo. Si todos ellos escribieron ya estas obras antes de la pandemia, ¿cómo no exacerbar ese itinerario de la carne tras la terrible constatación de nuestra lucha por la vida en guerra abierta con la vida misma?


lunes, 19 de octubre de 2020

504. Nosotros, los desubicados


 

Cuando ando hastiado de todo y hasta de mí mismo, me da por refugiarme en las literaturas exóticas, como acostumbraban los románticos del XIX. Claro que, ellos lo hacían escribiendo y situando sus obras en lugares remotos e inusitados, y yo, en cambio, como parece que no paso de ser un pobre juntaletras, lo hago como simple lector. Da igual: tanto los escritores románticos como yo mismo buscamos idéntico objetivo: huir del feo, frustrante e insatisfactorio entorno que nos rodea. Y supongo que es mejor alternativa que suicidarse, que no deja de ser otra forma de huida. Cuando ando así –iba diciendo– suelo escoger obras de la literatura japonesa. Hay en las buenas novelas japonesas un cambio de registro, de tono, de espíritu y de referentes que me sirven de opiáceo para ver el mundo bajo los efectos de su narcótico. Me pasó, por ejemplo, con la preciosa Lo bello y lo triste, de Yasunari Kawabata, cuya muelle delicadeza obraba como morfina para el alma moribunda. Ni siquiera recuerdo ya su argumento, solamente aquel mecerme en su languidez y melancolía refocilantes. Esta vez me he acercado a otro Premio Nobel, Kazuo Ishiguro, con la esperanza de experimentar aquel anestesiante de Kawabata pero, iluso de mí, he errado el tiro, pues Ishiguro, aunque nacido en Nagasaki, pasó toda su vida en Inglaterra, y al leer Los restos del día, en lugar de encontrarme con las luces mortecinas de los farolillos japoneses y con el frufrú de las sedas de las geishas, me he topado con una prosa de lo
más británica, canónicamente británica, más británica que un británico de la grandísima Gran Bretaña. Eso sí, con una prosa límpida como pocas, no sé si mérito de Ishiguro o de la espléndida traducción de Ángel Luis Hernández Francés. Y, sin embargo, también Ishiguro ha obrado el sortilegio. Porque Los restos del día es la crónica de un desubicado. Stevens, el mayordomo protagonista, que es la viva imagen de aquel Carson de Dawnton Abbey, interpretado maravillosamente por Jim Carter, es un sirviente de la rancia casa de Darlington Hall que atesora los valores de la vieja escuela: dignidad, lealtad, sacrificio, discreción, etiqueta, protocolo, moral. Cuando lord Darlington muere y la casa es comprada por el rico norteamericano Farraday, este le sugiere a Stvens permitirse unas vacaciones que llevarán al mayordomo por diferentes lugares de Inglaterra hasta acabar en Little Compton, al oeste del país, donde vive miss Kenton, antigua empleada de Darlington y con la que el protagonista mantiene, aún, una ambigua relación. El viaje le servirá a Stevens para comprobar cómo han cambiado las costumbres de su país y para concluir, en la rememoración de la semblanza de lord Darlington, que aquella lealtad en la que tanto creía, solo valió para servir a alguien que comulgó activamente con el nazismo. Stevens es el representante de un tiempo periclitado, cuya estampa es un anacronismo como lo era don Quijote al defender la caballería cuando esta ya hacía tiempo que andaba obsoleta. Pero si a don Quijote aquella contumacia le servía para defender unos valores imperecederos y necesarios, Stevens se da cuenta de que la antigualla que lo conforma no tuvo demasiado sentido ni siquiera cuando aún seguía en vigor. Stevens es un producto desfasado, digno en su derrumbe, pero absolutamente perdido, sin presente ni futuro en una sociedad que avanza por otros derroteros. Un pecio a la deriva en un océano de incomprensión, una reliquia andante, una pieza que no encaja, una ruina que mantiene una ridícula solemnidad por la que el mundo siente la mayor de las indiferencias. Como tampoco puede agarrarse al pasado –errado tras el balance final– Stevens habita el no-tiempo en el no-lugar. Y, claro, andando como ando yo estos días, no he podido más que posar mi mano en el hombro de Stevens y quedarnos, ambos, callados, solos, contemplando el ocaso, en cómplice y silenciosa camaradería.

lunes, 5 de octubre de 2020

503. La vieja Facultad de Letras

 


Siempre he creído que la Literatura sobrevive mejor entre escombros. Hay mucha más poesía en las calles decadentes de la Lisboa de Pessoa que en los columpios y jardines versallescos del Rococó. Y hasta a estos últimos les viene bien su poquito de otoño, su pizca de hojas muertas y quebradizas, su aliño de musgo y de verdín en los estanques. Tampoco me imagino a la Literatura junto a escritorios impolutos, flexos de diseño, pelo engominado, vasos con agua de Vichy o cigarros electrónicos. Quizás haya algo de influencia malditista en esa estampa bohemia que uno ha construido de la experiencia literaria y no dejará de haber quien la aproveche para pergeñarse su peformance de escritor atormentado. Pero si el alma es una escombrera y la Literatura es un espeleólogo que se adentra por aquellas simas llenas de despojos, la escritura se sentirá más emparentada con el lenguaje del antro nocturno, del desorden de papeles, del vértigo alucinado y hacia adentro del vino, de la legaña y la ojera y el pelo revuelto.

Tal vez por todo eso, a los estudiantes de Filología que asistimos a la vieja Facultad de Letras, la Literatura nos hizo melancólicos y nostálgicos al aprehenderla entre aquellas paredes vetustas y destartaladas, desde cuyas ventanas se oía zurear a las palomas de ciudad, siempre sucias y como exiliadas, con aquel arrullo suyo que tenía algo de desesperación; aquellas ventanas cuya madera se hinchaba con la lluvia y no encajaban luego en sus marcos, como si el hisopo sagrado de la lluvia las bautizase con el evangelio de la rebelión y se negasen a los moldes impuestos. Pero quizás las ventanas no aprendieran aquella catequesis de la lluvia sino de las lecciones de Literatura que se impartían dentro del aula. Aulas de tuertos fluorescentes que derramaban su luz intermitente y lechosa con los estertores de un tiempo periclitado. Lecciones que eran conciliábulos de letraheridos donde la voz del maestro (no debieran nunca existir profesores de Literatura) resonaba con eco mortecino y sus palabras se fundían con las volutas del humo del tabaco que fumaba en los tiempos en que nadie se escandalizaba por cosas como esas. Olor a rancio en los pasillos, que se mezclaba con el del café que, huraño, preparaba Antonio en el bar de la facultad y con el de los productos químicos con que ensayaban en sus laboratorios los estudiantes de ciencias, pues allí convivíamos todos, como los sabios del Renacimiento, descubriendo lo mismo a Cervantes, que los secretos de la pirólisis. Secretos, también, los tesoros de la biblioteca, donde los pasos resonaban amortiguados en las moquetas y formaban, junto al bisbiseo de los estudiantes y el murmullo de las páginas, un refugio monacal –pero deliciosamente pecaminoso– del saber.

Cuando en 2008, la facultad cerró sus puertas para trasladarse al moderno campus, el edificio quedó presidiendo la plaza con su señorío arquitectónico ajado por el tiempo y el menosprecio de la modernidad, que hará de él algún hotel o un prosaico bloque de viviendas. El nuevo campus tiene pasarelas, proyectores de última generación y una luz blanca, limpia y aséptica que no da lugar a los matices. Todo muy pedagógico. Recuerdo al maestro Ramón Oteo, ya en la nueva universidad, conversando en una mesa de la cafetería, cuyo dueño te atiende inadmisiblemente feliz y amable, recuerdo al maestro, digo, su figura vulnerable y fuera de lugar, extraña, como una anomalía, en aquel edificio funcional y friendly. Él mismo, un poema solitario, como la facultad abandonada, diciendo su verso en la intemperie.

lunes, 27 de julio de 2020

494. La redención del impuro



Cuenta Sergio del Molino en su último libro que cuando su hijo se relaciona con otros compañeros del colegio, las diferencias raciales no condicionan la percepción de aquel en sus interacciones. El niño negro es antes niño que negro; es más, el color de la piel ni siquiera es un factor tasable, simplemente no existe. Desde la inocencia infantil, el niño es, pues, niño. Y nada más. Del mismo modo, el libro de Sergio del Molino es antes libro que otra cosa. Retrocedamos a una visión adánica de los géneros literarios y ya tenemos solucionado el engorroso asunto de las taxonomías, sin necesidad de baldosas de von Luschan que determinen la «raza» de La piel (editorial Alfaguara). Así, solo resta dejarse llevar por las palabras del autor para gozar de una deliciosa miscelánea, entretenida, a ratos divertida, siempre edificante, sazonada de un sustancioso anecdotario y, sobre todo, honesta.
Entre toda esa mezcolanza, un hilo conductor que vertebra la obra: el testimonio personal de la relación del autor con su enfermedad, la psoriasis. Asume entonces del Molino la condición metafórica del «monstruo» y emparenta su monstruosidad con otros personajes de la Historia que han sufrido también la enfermedad. Así, desfilan por el libro Stalin, Pablo Escobar, los escritores Updike y Nabokov o la cantante Cindy Lauper, Y aparecen, a colación, el negro de Banyoles, los antropólogos von Luschan y Westerman o los judíos de Qumrán en Jerusalén entre otras muchas alusiones que enriquecen el relato. Las semblanzas no son, sin embargo, meros catálogos descriptivos, sino que sus historias se entremezclan con las vivencias del autor y con reflexiones de gran calado en un ensamblaje natural en el que las soldaduras no se aprecian porque no las hay: la vida se amalgama en un todo unitario que trasciende la mera casuística personal para situarse en la esfera de los grandes temas universales, entre ellos, fundamentalmente, el de la fragilidad. Por si acaso la estructura miscelánea pudiera preocupar a su autor (preocupación baldía porque en ningún momento estorba), del Molino pergeña una ligazón muy sutil que se sustenta en la metáfora del cuento sobre monstruos que el escritor cuenta al hijo adulto desde el tiempo del hijo niño, en una suerte de fusión temporal que rompe los vórtices de la cronología.
Detrás de La piel hay un escritor con oficio, un lector curioso y voraz, un excelente contador de historias, una mente lúcida e instruida, capaz de desdoblarse con la objetividad necesaria para analizar sus tribulaciones sin caer en el patetismo, pero sin renunciar tampoco al propio testimonio que individualiza el dolor, lo hace humano y lo preña de sensibilidad. Sustituyamos aquel tópico del libro escrito a «a corazón abierto» por el del autor que lo que nos abre es su piel castigada, porque la piel es aquí una ontología, por más que esté en la superficie. Por eso mismo, porque la piel explica ella misma la vida, del Molino reivindica sus cicatrices, su jubilosa imperfección, su rebelde impureza, y abomina del cosmético o de la ortodoxia de los judíos de Qumrán, que jamás le dejarían ingresar en su secta de pieles satinadas. Porque él es un impuro, y a mucha honra, y la asunción de su impureza entregada al ara de la literatura es también su redención.

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lunes, 20 de julio de 2020

493. Leer un poema (III): "Silencio", de Octavio Paz




En el principio fue el verbo. Luego fue la verborrea. Así reza, más o menos, una de las «senectas» del viejo, el personaje creado por Gonzalo Hidalgo Bayal en esa novela sobre el silencio titulada Nemo. De la verborrea se nos ha dado buena cuenta durante todos estos meses de pandemia. Incontinencia verbal de cientos de imbéciles que ahora se arrogan la potestad de opinar sin más criterio que el de la suficiencia de su egolatría sin límites. Y así, todos ellos se erigen de repente en epidemiólogos consumados, gestores políticos infalibles, economistas reputados, togados leguleyos, policías de balcón y héroes de pantuflas y batín. ¿Por qué no os calláis la boca de una puta vez, sabios de los cojones?
Estoy con Rosalía de Castro (ahora ya hay que escribir el apellido de la poeta gallega desde que saltó a la palestra la Rosalía cantante, aunque para mí la escritora compostelana será siempre Rosalía, sin más, como una antonomasia), estoy con Rosalía –digo– en eso de que «cando unha peste arrebata / homes tras homes, non hai mais / que enterrar de presa os mortos, / baixa-la frente, e esperar / que pasen as correntes apestadas... /¡Que pasen ... que outras virán!». ¿Qué palabras caben cuando hay un peso de treinta mil muertos aplastando todos los diccionarios? «Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres (según las últimas estadísticas)», decía Dámaso Alonso en «Insomnio». Y le salió un poema de nueve versos. Muchos son. Enterrar deprisa a los muertos. Bajar la frente. Esperar.  Y callarse. No hay más. Por eso recibí con algo de alivio, que era más bien una reclamación, la elección del poema que José Sacristán leyó la pasada semana durante el funeral de Estado. El poema de Octavio Paz se titulaba significativamente (reivindicativamente), «Silencio».
Aunque el poema del escritor mexicano se compuso en otro contexto, no puedo dejar de tejer con los mimbres del presente la interpretación de sus versos. No puedo dejar de ver en esa nota musical que, tras haber dado su sonido al mundo, queda vibrando en el aire, agonizando antes de su inminente extinción, hasta que otra música la enmudece, a esas vidas frágiles que se apagaron en la soledad de un hospital mientras la música imparable del mundo proseguía su réquiem implacable. Así, esas vidas silenciadas, dan al universo otra nota: la del silencio mismo, que puede ser más atronador que todos los sonidos del orbe. Y ese silencio, que es «aguda torre, espada», porque desde su atalaya se otea la verdad que somos, y punza y hiere, sube desde el fondo de la nada para realizar su trágico trueque: al abismo de donde procede el silencio se van los recuerdos, las esperanzas y las miserias de nuestra vida. Y no hay grito que alcance a salvarlos. Desembocamos al silencio que somos en el lugar donde el silencio mismo enmudece. La paradoja es aterradora: el enmudecimiento del silencio que, por su propia naturaleza es ya mudo, intensifica el nihilismo absoluto del producto final.
Con malicia, se ha comparado la escenografía del funeral de Estado, con aquella particular disposición circular de la concurrencia en torno al pebetero ceremonial, con alguna suerte de ritual pagano. La muerte tiene siempre algo de arcano y de regresión ancestral. Entre los presentes, se aprecia a dos personas que dan la espalda a la ceremonia. Dicen que se trataba de dos intérpretes que atendían mediante lenguaje de signos a un matrimonio sordo. ¿Cómo se dice en lenguaje de signos un poema sobre el silencio? ¿Cómo entiende una persona sorda, que convive naturalmente con el silencio, la forma en que el silencio se convierte ahora en tragedia y necesidad? Y, sin embargo, nadie más cerca que ellos de la esencia ontológica de lo que somos: del silencio venimos y al silencio vamos. Y lo demás es verborrea. O literatura.