miércoles, 29 de abril de 2026

Ángel Olgoso, sobre 'Herida y ventana'.




Fernando es un escritor tan bueno que hasta se le perdona lo imperdonable, a saber, que le guste el fútbol y que sea tan joven (casi nació en el 80, lo dice uno que nació en el 61), él está prácticamente en la ‘acmé’ de la vida; es decir, como se explica en el libro, está en el momento de mayor esplendor.Últimamente uno se siente como un pez fuera del agua presentando novelas. Se hace con gusto porque son muy buenas novelas (y además muy hermosas, y cinceladas a conciencia, como esta Herida y ventana) pero es como pedirle a un esprínter que hable de las cualidades y pormenores de una carrera de maratón. Porque Fernando Parra Nogueras es de esos autores a los que le mueve un deseo de totalidad. Acostumbrado como está uno a la concisión, el pulimento, la concentración y la velocidad de meteorito del relato, resulta difícil aprehender todo un mundo, abarcar la pujanza de la vida incluso con sus sombras, describir un universo cuajado de una infinitud de detalles, un vórtice donde prosperan por igual las listas de la compra y la mitología grecolatina, la ITV y la Divina Comedia, Jekyll y Hyde y los blíster de pastillas, la pena negra y Spotify, los arcones y las cigarras, el diazepam y el fútbol, Clavileño y Lazarillo de Tormes, los gallos que cantan a todas horas y el iPhone, la tristeza y los quesos de oveja con mermelada, los ojos de los alumnos y las marcas de coches, las estadísticas y los cementerios, los sofás, las televisiones, los rencores, las vigas, la muerte súbita, la pizza casera de pepperoni, la soledad, un viaje a Grecia, las canciones de Manolo Tena y Danny Daniel. Todo un caleidoscopio maravillosamente bien organizado, todo un panorama estroboscópico, todo un mäelstrom a la vez ordenado y tempestuoso, sinestésico y balbuceante en la mente del protagonista, un profesor de instituto -y escritor de tercera según él-, de baja por depresión, un ser menguado ahora, que se abandonó al deseo de consumirse, que se retiró del mundo para sanar en soledad, que viajó a la vieja casa de sus abuelos al final de la calle de ese finis mundi que es El Noguero, donde -en sesiones de escritura terapéutica- escribe su propia “Montaña mágica” para soportar la carcasa que es, proyectando en la oscuridad “el cinerama de lo vivido” durante el frágil equilibrio conquistado con la medicación. Aunque en realidad parece que escribe esta “ficción autoinflingida” más para su mujer, Bea, que para él, como Dante para Beatrice. Para la altruista y maternal Bea, para la Bea dolorida Teresa de Calcuta, para la Bea marsupial, con sus estrategias para cuidar de este “rehén de las sombras”, protegiendo a su esposo como a un niño, como a un polluelo en “el nido de sus palmas”, para velarlo en su “proceso narcótico de agotamiento”.

 Por otro lado, resulta admirable que esta profunda inmersión en lo personal la presente Fernando de manera discreta, llevando en sí el negro sol de la melancolía del que habló Gérard de Nerval, pero al mismo tiempo de un modo tremendamente creativo, sin caer en los peligrosos abismos del morbo: como decía Pascal -el pensador de la razón y del corazón, el gran moralista-, el yo es odioso.

 Y resulta curiosa la conexión de esta novela de Fernando con otra reciente de mi ‘hermano’ Miguel A. Zapata, Poética del ermitaño, que tuve el placer de reseñar: la similitud temática de esta y otras obras me lleva a pensar que tal vez nuestra época alienta cada vez más (y no me extraña nada dado el estado de cosas) el apartamiento, la reclusión, el enclaustramiento, ese síndrome de Hikikomori, como llaman los japoneses al aislamiento social. ¿Debe dar la espalda la literatura a lo que sucede? se pregunta -tutelado por figuras femeninas- el protagonista de esta magnífica novela. Dejemos la respuesta al arbitrio de cada autor y de cada lector. Lo verdaderamente importante (y por eso no me ha importado hacer algún espóiler antes) es el placer estético que procura Herida y ventana, con una voz, con una corriente de conciencia que -más ordenadamente de lo que parece- va sacando cerezas enlazadas del cesto de su mente, recuerdos y acciones que llevan prendidas, como al desgaire, de forma natural, referencias literarias, musicales, pictóricas, futbolísticas, históricas o turísticas. Aunque Fernando, por boca del protagonista, declare que “las palabras no se dejan conducir”, que son caballos desbocados, y que “es posible que este libro me venga grande”, aunque hable de “la facundia estéril de la literatura”, a lo largo de la obra desvela su interés, su fruición por las etimologías, por la lexicografía, por los neologismos y hasta por los juegos de palabras. Especial gracia y acierto tiene cada vez que se complace en arrimar la mitología, la literatura épica y la clásica a las cosas más prosaicas. El lector podrá encontrar numerosos ejemplos del arte fernandino de adecuar la palabra a un propósito literario.

 Para ir terminando -pues es al artífice de esta espléndida novela al que habéis venido a escuchar-, Fernando Parra Nogueras, con su estilo prístino, inteligente, entre Gabriel Miró y Faulkner, con su costumbrismo transfigurado por un yo herido, pertenece a una minoría de autores españoles que, como si de una irreductible resistencia literaria se tratara, aún miman la expresión, aún respetan el lenguaje, aún lo enriquecen creativamente, aún se esfuerzan en lograr ese hermoso ideal, la fusión de lo cotidiano humano -y sus sombras- con la armonía del mundo.

 

Ángel Olgoso


lunes, 27 de abril de 2026

726. Tectónica de la palabra

 


Mª Carmen Ruiz Guerrero ha creado en su último poemario una cosmología de la palabra, cuyo arjé es la palabra misma, palabra demiúrgica que nos concibe en su decir para ser –también nosotros– palabra viva y metafísica y trascendente. Y como toda ontología, requiere de su clasificación. Eso es también Palabras sedimentarias (La Garúa): una taxonomía de la palabra que, no por casualidad, imita las categorizaciones geológicas que dan nombre a los tres bloques del libro, como en una suerte de nueva tectónica del planeta-lenguaje. Y así, aparecen las palabras heridoras, que muchas veces son nuestras, «el terror en cada sílaba», que la poeta recoge, confusas y magulladas, y que son «mías, tan mías». Y está también la palabra enmudecida, aquella que espera en los libros abandonados o que rebota contra el silencio y su indiferencia. Y la palabra tabú, que se omite obviando nuestro instinto y nuestra naturaleza desde que la poeta, con ocho años, escribiera «muslo» para escándalo de su maestra. Y la palabra conformista, muñeca de porcelana, «tan blanca y tan muerta» para «mantener ahogada la revolución». Y la palabra-recuerdo, como las de las nanas de los niños muertos, la presencia de las mujeres que nos precedieron, la evocación de la infancia o las que dan título al libro, palabras convertidas en sedimento de las que la poeta, vencida, es su lecho. Y la palabra popular, evocada en los lavaderos donde aún resuenan las conversaciones del pueblo llano, la oralidad, la periferia y la usurpación del paisaje. Y la palabra esotérica, como la del tarot o la que es capaz de invocar, profética, para que la literatura se convierta en vida. Y la palabra íntima, que vive hacia adentro porque fuera es la intemperie y dentro es la inocencia, o la que el amor hila con «las palabras secretas de caligrafía invisible». Y las palabras contumaces, que quieren ser escuchadas, pero que se hallan «atoradas en la raíz de la boca» y «empujan, patean, desean que reviente la vejiga mazmorra» como crisálidas. Y la palabra que busca la verdad, aunque haya que buscarla en «la aridez deshabitada del yermo». Y la palabra estructura, que pone orden en el caos, como en el poema donde se evoca a unos muchachos conversando en el refugio de una casa abandonada: «el vacío sostenido por la forma». Y la palabra que vuela, como pájaro que guarda en el pico «la semilla del lenguaje origen» para devolverle al lenguaje su raíz, y evitar las palabras desemantizadas que adulteran su esencia significativa. Y la palabra herencia, porque somos todas esas camisas colgadas en el armario. Y la palabra posible, como la lagartija con el rabo amputado que corre libre y mutilada: «una nueva posibilidad». Y la palabra que trasciende el sema, porque «los herbarios no acarician los nombres de las plantas como lo haces tú».

Con un verso limpio y sin imposturas, Palabras sedimentarias se lee con verdadero placer y con la empatía de quien se siente seguro y, a la vez, vulnerable, en el mundo de las palabras, que son sostén y amenaza, identidad y extrañamiento, verdad anhelada y mentira mezquina. Su componente de denuncia social lo convierte también en un libro necesario, sobre todo en este tiempo nuestro donde el lenguaje ha caído en la trampa de la palabra vacía, indigente o, en el peor de los casos, manipuladora, maniquea y tendenciosa.  Mª Carmen Ruiz Guerrero, filóloga de formación, escribe, en cambio, sin estridencias, pero con el arrojo de los tímidos que aún son capaces de zarandear el mundo con el seísmo de las palabras tectónicas, aquellas que guardan su pureza en la «intimidad silenciosa del útero de la tierra».

domingo, 19 de abril de 2026

725. Los tártaros siempre llegan tarde

 


En octubre se cumplirán 120 años del nacimiento de Dino Buzzati, escritor e incombustible periodista de El Corriere della sera, cuyo reconocimiento mundial llegaría en 1940 gracias a su novela El desierto de los tártaros. Buzzati, relegado en su juventud a tareas accesorias en la redacción del periódico donde trabajó toda su vida, sufrió una crisis existencial al imaginar su vida futura anclada a la monotonía de una rutina interminable que fagocitaba sus sueños y sus deseos de realización personal. Enviado como corresponsal a Addis Abeba para cubrir la inminente guerra de su país con Etiopía, pergeñó su gran obra trasladando su sentimiento de frustración a un escenario bélico inspirado en el conflicto italo-etíope pero ubicado en unas coordenadas espacio-temporales ficticias, de las que no se ofrece especificación alguna. El protagonista, Giovanni Drogo, es destinado a una fortaleza fronteriza sobre la que se cierne una amenaza inconcreta, pues desde su fundación nunca ha tenido que repeler ninguna incursión enemiga. Drogo, que busca alcanzar la gloria militar, sueña con que su desempeño en la fortaleza le dé la oportunidad de luchar algún día contra los supuestos enemigos allende las montañas, a los que se les llama «tártaros», marbete sobre el que evidentemente el autor ha querido imprimir la categoría mítica que acentúe la condición de abstracción de los adversarios. Cuando Drogo descubre la fortaleza, su estado casi ruinoso, la desolación del entorno y la naturaleza de sus compañeros, agostados en la espera inútil y eterna de un enemigo que solo parece existir en el imaginario colectivo como una leyenda incierta, inmediatamente decide acogerse a sus derechos administrativos para pedir un traslado. Pero, llegado el momento, el magnetismo del lugar prende en su alma y decide quedarse. El paisaje es, precisamente, uno de los grandes motivos recurrentes de la novela. Aunque al lector pueden parecerle redundantes las continuas descripciones del paisaje yermo y neblinoso que rodea la fortificación, estas isotopías permiten incidir en la asfixiante atmósfera del lugar, generando un microcosmos angustiante del que queremos salir cuanto antes, pero a cuyo hipnotismo, como les ocurre a los soldados que integran la reserva, nos atrae con su fuerza telúrica y la promesa siempre presente de la deseada batalla.

La novela emparenta con las ideas nihilistas de la época, como el existencialismo de Sartre o de Camus o con el tema de la espera tratado por Kafka, por ejemplo, en El proceso. La sensación de que la vida es una estafa y de que los sueños y proyectos son solo una entelequia construida para hacer más digerible el sinsentido de la existencia se manifiestan en esa espera de Drogo que acaba obrando como una anestesia que anula la voluntad y que deja al personaje abandonado en el territorio de la abulia y la inacción, territorio del que no puede huir, pues se acaba erigiendo como patria metafísica con la que acaba identificándose. Así, cuando a Drogo se le concede un permiso para volver a su ciudad durante un tiempo, el reencuentro con la casa materna, con las amistades que dejó y con los rincones de la urbe que le vio crecer le generan un sentimiento de extrañeza, de exiliado en su propia tierra, que le obliga a volver a la fortaleza. El desierto de los tártaros, que inspirara luego a Coetzee para escribir Esperando a los bárbaros, es una de las novelas más desoladoras de la literatura europea, cercana en espíritu y atmósfera, aunque en otras latitudes, a El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad. No se sale indemne de ella y se aprende que, muchas veces, los tártaros llegan demasiado tarde.

domingo, 12 de abril de 2026

724. Alma de pampa

 


Recuerdo la gran alegría que sentí al conocerse el fallo del Premio Café Gijón a favor de Marc Colell. Es el mismo alborozo que experimenté con el Premio Nacional de Narrativa de Raúl Quinto o con el Setenil de Antonio Tocornal. Galardones que reconocen «la otra literatura», esa que se mueve en los márgenes de los circuitos independientes resistiendo los embates del mercantilismo más dañino.

He leído, pues, Las crines con mucho cariño, pero el afecto no ha nublado mis exigencias como lector y el resultado ha sido más bien tibio. Las crines narra las vicisitudes de un español que se recluye en una quinta de la pampa argentina que le ha cedido una mujer con la que el protagonista se cartea y de la que no conocemos nada más. Es posible que el motivo de la reclusión tenga que ver con alguna suerte de mochila emocional, insinuada, tal vez, por algunas breves reminiscencias a la niñez del protagonista, marcada por su estancia en un orfanato y por convertirse, después, en depositario involuntario de las felices expectativas de una familia de acogida. Todas estas omisiones debe completarlas el lector, pues existe en la narración una deliberada elipsis cuya función es sugerir más que mostrar. Este encierro promete, como reza el acta del jurado del premio, «un ejercicio de introspección luminosa», pero la experiencia del personaje principal va concatenando escenas triviales cuya fútil sucesión corre el riesgo de desembocar en la más absoluta inanidad. Es como si la novela bogara de forma errática merced a su propia inercia narrativa, sin timonel ni cuaderno de bitácora, topándose con escenas que solo parecen legitimadas por la mera arbitrariedad sin objeto. He tratado de hallar una explicación a esta estructura aparentemente insustancial: el motivo recurrente de los sapos que invaden la casa (que tanto me han recordado a los lagartos de Antonio Tocornal en Bajamares); el capricho del personaje por tener un caballo, desposeído muy pronto de su potencial valor simbólico; su relación con Emilio, el pobre pordiosero que vive en una covacha con una hija medio afásica que nunca sale de la casa, y en cuyo auxilio puede verse alguna suerte de voluntad redentora… Pero en ese intento de querer leer entre líneas, lo único que hallo es, quizás, una poética del fracaso y de la soledad que la deriva narrativa, ensimismada en la anécdota, aumenta precisamente porque no pasa nada memorable, una especie de vida detenida trasunto del bloqueo vital del personaje. Y aquí sí cobra verdadero sentido la otra gran protagonista de la novela, que es la propia pampa. Más allá de las curiosas estampas costumbristas, como la de los omnipresentes festines pantagruélicos de carne argentina, es la extensión infinita de la tierra, su casi condición de finis mundi, su abrumadora monotonía, la que se imbrica en la desolación del alma del personaje como una sola cosa. Este afirma, casi al principio de la novela: «Es la tierra lo que hay. Descomunal, abierta, sin precauciones. Ahora entiendo lo que decías, que había que frenar el campo, que se podía comer la casa, meterse dentro. Unas semillas, algunos insectos, la humedad…. Y la quinta desaparecería». Esa fagocitación que ejerce la tierra –de raigambre tan gauchesca (no es casual la cita a Don Segundo Sombra, de Güiraldes) – es el verdadero acierto de la novela. Con todo, la prosa de Colell va envolviendo al lector en su hipnótica intrascendencia y, cuando uno se ha dado cuenta, ha terminado el libro. A lo mejor, es esa muelle tibieza de los días sin cuento, en los que la abulia y la desidia de la inacción, comprometen la esperanza y el deseo de vivir,  lo que el escritor barcelonés quiso transmitir con su novela. Dije al principio que el resultado de la lectura de Las crines me había dejado más bien tibio. Pero es tal vez la tibieza de haber estado demasiado cerca de la intemperie.

sábado, 4 de abril de 2026

723. Raúl del Pozo, descalzo

 


Uno de los personajes creados por Raúl del Pozo, el juez Carlos Rico, apodado «el Media Hostia», decía que nunca había podido entender la curiosidad malsana que suscitan los muertos y los entierros. A buen seguro hoy «el Media Hostia» se retractaría algo de sus reservas, pues el muerto y el entierro son los del hombre que le dio la vida. Pero al margen de la deuda contraída con su creador, el juez Carlos Rico convendría con nosotros en que hay muertos y muertos. Y la desaparición del Raúl del Pozo, más que curiosidad, deja un hondo vacío en el mundo de la literatura y, sobre todo, en el del periodismo. Otros, mejor que yo, escribieron ya sus semblanzas, tal vez con esa urgencia que exige la necrológica en caliente. Yo, que puedo permitirme más calma, me he dedicado a releer uno de sus libros más memorables, aquel que tituló, con gracia fetichista, No es elegante matar a una mujer descalza.

Publicada en 1999, cuando el autor contaba ya 63 años de edad, la novela no se limitó a engrosar el catálogo del género negro, sino que lo hizo con una castiza singularidad que la hace descollar entre el infinito acopio del algo desgastado y manido noir. La anterior alusión a la edad del autor no es baladí. Con 63 años, Raúl del Pozo ya podía mirar con cierta distancia (e indisimulada nostalgia) los años de la inmediata Transición en la que ubica retrospectivamente su historia. Porque el cadáver que «el Media Hostia» debe levantar es hallado 20 años después de su homicidio y su cuerpo, sorprendentemente incorrupto, parece trasunto de la recuperación de un tiempo, el de 1978, que vuelve redivivo en la paradoja de aquella mujer intacta asesinada a puñaladas.

La investigación es llevada a cabo por JB, un expolicía de la vieja escuela que arrastra algunos problemas con la bebida, de ahí su alias. Todo el proceso que recoge las consabidas pesquisas parece solo un pretexto para la evocación de aquel mundo en los albores de la democracia, que el autor explora con el conocimiento que su labor de entonces joven periodista le permitió vivir desde dentro. El valor accesorio de la trama argumental se intuye en la algo errática y redundante exposición de las indagaciones policiales, cuya resolución no es, por otro lado, nada del otro mundo. En cambio, la construcción de los personajes y del ambiente es un vivo retrato de aquellos años. Algunos de estos personajes, desubicados por el cambio de régimen, parecen pecios hundidos buscando su lugar en la nueva realidad y, en no pocas ocasiones, añoran las viejas dinámicas de poder, el trabajo directo del periodista, sin cortapisas morales ni remilgos, y una relación con la autenticidad que ya no existe en un mundo lleno de imposturas. También es muy interesante la descripción de los bajos fondos madrileños, representados, sobre todo, por el personaje de la Pavana, que practicaba el travestismo en los locales de ambiente canalla, en la época del destape, anticipo de La Movida pero también de los abismos del sida y de la heroína. Raúl del Pozo nos trae toda esa remembranza como cronista que fue de los hijos de la Constitución, y su estilo, directo y a bocajarro, heredero del mejor Chandler o del mejor Hammett, es una descarga de pólvora que hace más negro el género negro y lo devuelve a sus esencias.

Levanta ahora el «Media Hostia» el cuerpo aún caliente de su creador y siente que su tiempo ya se ha extinguido, igual que se ha extinguido el tiempo en este mundo de Raúl del Pozo, aunque viva, como la mujer descalza de su novela, incorrupto e incorruptible en las palabras que nos legó.