Fernando es un escritor tan bueno que hasta se le perdona lo imperdonable, a saber, que le guste el fútbol y que sea tan joven (casi nació en el 80, lo dice uno que nació en el 61), él está prácticamente en la ‘acmé’ de la vida; es decir, como se explica en el libro, está en el momento de mayor esplendor.Últimamente uno se siente como un pez fuera del agua presentando novelas. Se hace con gusto porque son muy buenas novelas (y además muy hermosas, y cinceladas a conciencia, como esta Herida y ventana) pero es como pedirle a un esprínter que hable de las cualidades y pormenores de una carrera de maratón. Porque Fernando Parra Nogueras es de esos autores a los que le mueve un deseo de totalidad. Acostumbrado como está uno a la concisión, el pulimento, la concentración y la velocidad de meteorito del relato, resulta difícil aprehender todo un mundo, abarcar la pujanza de la vida incluso con sus sombras, describir un universo cuajado de una infinitud de detalles, un vórtice donde prosperan por igual las listas de la compra y la mitología grecolatina, la ITV y la Divina Comedia, Jekyll y Hyde y los blíster de pastillas, la pena negra y Spotify, los arcones y las cigarras, el diazepam y el fútbol, Clavileño y Lazarillo de Tormes, los gallos que cantan a todas horas y el iPhone, la tristeza y los quesos de oveja con mermelada, los ojos de los alumnos y las marcas de coches, las estadísticas y los cementerios, los sofás, las televisiones, los rencores, las vigas, la muerte súbita, la pizza casera de pepperoni, la soledad, un viaje a Grecia, las canciones de Manolo Tena y Danny Daniel. Todo un caleidoscopio maravillosamente bien organizado, todo un panorama estroboscópico, todo un mäelstrom a la vez ordenado y tempestuoso, sinestésico y balbuceante en la mente del protagonista, un profesor de instituto -y escritor de tercera según él-, de baja por depresión, un ser menguado ahora, que se abandonó al deseo de consumirse, que se retiró del mundo para sanar en soledad, que viajó a la vieja casa de sus abuelos al final de la calle de ese finis mundi que es El Noguero, donde -en sesiones de escritura terapéutica- escribe su propia “Montaña mágica” para soportar la carcasa que es, proyectando en la oscuridad “el cinerama de lo vivido” durante el frágil equilibrio conquistado con la medicación. Aunque en realidad parece que escribe esta “ficción autoinflingida” más para su mujer, Bea, que para él, como Dante para Beatrice. Para la altruista y maternal Bea, para la Bea dolorida Teresa de Calcuta, para la Bea marsupial, con sus estrategias para cuidar de este “rehén de las sombras”, protegiendo a su esposo como a un niño, como a un polluelo en “el nido de sus palmas”, para velarlo en su “proceso narcótico de agotamiento”.
Por otro lado, resulta admirable que esta
profunda inmersión en lo personal la presente Fernando de manera discreta,
llevando en sí el negro sol de la melancolía del que habló Gérard de Nerval,
pero al mismo tiempo de un modo tremendamente creativo, sin caer en los
peligrosos abismos del morbo: como decía Pascal -el pensador de la razón y del
corazón, el gran moralista-, el yo es odioso.
Y resulta curiosa la conexión de esta novela
de Fernando con otra reciente de mi ‘hermano’ Miguel A. Zapata, Poética del ermitaño, que tuve el placer
de reseñar: la similitud temática de esta y otras obras me lleva a pensar que
tal vez nuestra época alienta cada vez más (y no me extraña nada dado el estado
de cosas) el apartamiento, la reclusión, el enclaustramiento, ese síndrome de
Hikikomori, como llaman los japoneses al aislamiento social. ¿Debe dar la
espalda la literatura a lo que sucede? se pregunta -tutelado por figuras
femeninas- el protagonista de esta magnífica novela. Dejemos la respuesta al
arbitrio de cada autor y de cada lector. Lo verdaderamente importante (y por
eso no me ha importado hacer algún espóiler antes) es el placer estético que
procura Herida y ventana, con una voz, con una corriente de conciencia que -más
ordenadamente de lo que parece- va sacando cerezas enlazadas del cesto de su
mente, recuerdos y acciones que llevan prendidas, como al desgaire, de forma
natural, referencias literarias, musicales, pictóricas, futbolísticas,
históricas o turísticas. Aunque Fernando, por boca del protagonista, declare
que “las palabras no se dejan conducir”, que son caballos desbocados, y que “es
posible que este libro me venga grande”, aunque hable de “la facundia estéril
de la literatura”, a lo largo de la obra desvela su interés, su fruición por
las etimologías, por la lexicografía, por los neologismos y hasta por los
juegos de palabras. Especial gracia y acierto tiene cada vez que se complace en
arrimar la mitología, la literatura épica y la clásica a las cosas más
prosaicas. El lector podrá encontrar numerosos ejemplos del arte fernandino de
adecuar la palabra a un propósito literario.
Para ir terminando -pues es al artífice de
esta espléndida novela al que habéis venido a escuchar-, Fernando Parra
Nogueras, con su estilo prístino, inteligente, entre Gabriel Miró y Faulkner,
con su costumbrismo transfigurado por un yo herido, pertenece a una minoría de
autores españoles que, como si de una irreductible resistencia literaria se
tratara, aún miman la expresión, aún respetan el lenguaje, aún lo enriquecen
creativamente, aún se esfuerzan en lograr ese hermoso ideal, la fusión de lo cotidiano
humano -y sus sombras- con la armonía del mundo.
Ángel
Olgoso

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