Solamente
le pondré un «pero» a esta Marcela llevada a las tablas por la Sociedad
Cervantina, y lo despacharé pronto para centrarme cuanto antes en las
indiscutibles virtudes del montaje. El reproche es el mismo que el que afeo a
muchas otras obras de corte feminista, que es el de exagerar los agravios para
justificar la oportunidad del proyecto. Me explico. Las primeras palabras del
texto teatral hacen referencia a los supuestos prejuicios que el público
alberga sobre la figura cervantina de Marcela. Según sus palabras, Marcela
tiene una reputación infame, es una devoradora de hombres, sin escrúpulos y
homicida salvaje. Pero es que eso no es verdad. Quien haya leído el monólogo de
Marcela en el capítulo XIV de la primera parte del Quijote sabrá que, merced a Cervantes, Marcela se defiende ella
sola y deja clara una inocencia de la que ningún lector en su sano juicio
dudará. Es decir, Marcela sale del Quijote
fortalecida y reparada y no necesita a Leticia Dolera para restitución alguna.
Por no hablar de lo ofensivo que puede resultar para el público que ocupa el
patio de butacas que se sugiera su desconocimiento del texto cervantino.
Pero,
superado ese primer resquemor, la obra es toda una delicia. La actriz, Celia
Freijeiro, se echa a las espaldas los dos personajes que interpreta con una
actuación inolvidable. Especialmente reseñable es su capacidad para combinar
dos registros tan antagónicos –el de la frívola mujer que ejerce de narradora y
el de la propia Marcela, encarnación ésta que alcanza cotas de enorme
intensidad y plasticidad al pie del cadáver de Grisóstomo. El monólogo,
declamado íntegramente, suma a la belleza reivindicativa del texto de
Cervantes, la emocionante dicción de Freijeiro, su dolor ante una muerte de la
que todos la hacen injustamente responsable y el alegato sobre su libertad a la
hora de elegir a quién ama y a quién no sublimada por su presencia asilvestrada
de hermosa serrana inaccesible. La función de la narradora, por su parte, es la
de traer a la actualidad el mensaje de Marcela, rompiendo la cuarta pared e interpelando directamente al público para reflexionar
sobre el machismo que inculpa a una mujer el sufrimiento del amante desdeñado y
cuya responsabilidad sigue adherida cuatrocientos años después del mismo modo
o, peor aún, pues el amante rechazado ya no solo se limita a suicidarse lanzándose
desde una peña como Grisóstomo, sino que también se lleva con él a su Marcela
de hoy. El estigma de la mujer cruel, que Cervantes no soluciona al erigirse el
epitafio de Gristóstomo («Yace aquí de un amador /el mísero cuerpo helado, /que
fue pastor de ganado, /perdido por desamor. /Murió a manos del rigor / de una
esquiva hermosa ingrata, / con quien su imperio dilata la tiranía de Amor»), se
ilustra con una selección de canciones recientes, muy asentadas ya en el
imaginario popular, que demuestran cómo las letras de desamor siguen cargando
las tintas sobre la crueldad de la mujer, que no corresponde como debiera los
desvelos del amador. La playlist es
demoledora: desde C. Tangana, pasando por el «Como yo te amo», de Raphael o el
«Déjate querer», de José Manuel Soto, que reproducen el consabido martirologio
masculino por el amor de una mujer (el último guiño a Danny Daniel es mío).
Hoy, 8 de marzo, la voz de Marcela se levanta desde el vórtice del tiempo y
apela a la cordura de don Quijote, quien tras escuchar la sólida invectiva de
la bella mujer montaraz, prohibió a los pastores perseguirla por los riscos y
dejarla en paz, pues «ella ha mostrado con claras y suficientes razones la poca
o ninguna culpa que ha tenido en la muerte de Grisóstomo, y cuán ajena vive de
condescender con los deseos de ninguno de sus amantes; a cuya causa es justo
que, en lugar de ser seguida y perseguida, sea honrada y estimada de todos los
buenos del mundo, pues muestra que en él ella es sola la que con tan honesta
intención vive».









