No
sabemos a ciencia cierta si Óscar Restrepo, el protagonista de la nueva
película de Simón Mesa, es un buen o un mal poeta. A tenor de los pocos versos
revelados en la cinta, aventuramos que no atesora la suficiente calidad. Efectivamente,
el poema dedicado a su hija, que la exesposa de Restrepo le lee a la niña en
una de las secuencias del filme, se antoja remilgado y ñoño. Pertenece a un
libro, La noche y tú, ganador de un premio nacional cuando su autor contaba
apena con quince años, y que el poeta blande como ejecutoria de hidalguía
poética en currículums y festivales. Solo que Restrepo supera ya la cincuentena
y, desde aquel galardón de la adolescencia, el cultivo de la poesía no le ha
reportado la gloria prevista. Antes bien, los cenáculos literarios lo tratan
con humillante condescendencia y lo invitan por pura lástima. Hay quien observa
que obra en menoscabo de la película la caída en el cliché del poeta maldito.
Efectivamente, Restrepo, incapacitado para la vida práctica encarnada en su
hermana, no sabe ni quiere hacer otra cosa que triunfar como poeta, aunque su
contumacia lo aboque a la pobreza, el alcohol, el divorcio, la pérdida del amor
de su hija, la depresión o el ridículo patetismo. Apoyaría la tesis de quienes
así opinan si no fuera porque el lugar común deja de serlo cuando la realidad
se encarga de recordarnos que existen personas de ese perfil; que un repaso a
la historia marginal de nuestra literatura arroja decenas de casos similares; y
que yo mismo conozco y trato a algunos de estos poetas irredentos, cuya
vocación insobornable me merece el máximo de los respetos. Sobre todo, porque,
mala o buena, la poesía de estos escritores no se ha prostituido aún a los
clichés –estos sí– de la poesía-espectáculo cultivada por sobreactuados
activistas sociales o performers de TikTok. Precisamente ese es uno de
los grandes aciertos de Simón Mesa. Cuando Restrepo conoce la afición de una de
sus alumnas a la poesía y quiere redimir su fracaso catapultando el talento de
ella, la niña ingresa en una de esas instituciones literarias que, enseguida,
adulteran las sencillas pero honestas piezas poéticas de la menor para
convertirla en un subproducto ideológico lleno de hipocresía que solo busca el
impacto mediático auspiciado por el origen humilde de la alumna,
instrumentalizándolo demagógicamente. El propio director de Poesía Viva,
que así se llama la organización cultural, es un falso redomado que, entre
bambalinas, y fuera del foco, le pregunta a Restrepo, mientras orinan en los
mingitorios, si ha descubierto entre sus alumnas alguna que tenga buenas tetas
y buen culo. Luego, durante las sesiones poéticas defenderá, claro, la dignidad
de las mujeres. La tiranía de la superficialidad también se aprecia en el éxito
de un tal Fausto, cantante que lidera las listas de éxitos musicales a través
de canciones con letras y estilos de muy baja estofa, mientras Restrepo, que se
deja el alma en cada verso, vive su gris anonimato. Se erige entonces en
símbolo la figura de José Asunción Silva (1865-1896), poeta colombiano que se
mató de un disparo en el pecho a los 30 años y autor de cabecera de Restrepo,
cuyo modelo literario y vital parece querer imitar, sugestionado por el
prestigio póstumo de los suicidas. Sirvan los versos de Silva en su poema
«Poeta de corte», inserto en Gotas amargas como colofón al fracaso de
todos los Restrepos del mundo: «Soñó con los laureles del renombre /con el
aplauso de la muchedumbre /y hoy es tan solo un infeliz que esconde /su
desencanto y su honda pesadumbre».









