Cualquier persona que crea
albergar un posicionamiento claro y sólido sobre la guerra de Israel en Gaza debería, no obstante, acudir al teatro a ver Gigante, el magnífico
montaje de Josep Maria Mestres que, con José María Pou a la cabeza de un
elenco formidable, está de gira por las tablas españolas.
En agosto de 1983, el escritor Roald Dahl escribió
para la revista Literary Review una reseña laudatoria del libro del
periodista Tony Clifton, God Cried, que retrataba la crudeza de la
invasión de Isarel al Líbano en 1982. En su encendida defensa de la obra, Dahl
llegó a acusar al pueblo judío de pasar de «víctimas compadecidas a asesinos
bárbaros» y a comparar las acciones del ejército israelí con los crímenes de la
Alemania nazi. Las acusaciones de antisemitismo dirigidas al escritor británico
fueron casi inmediatas, incluyendo alguna amenaza de muerte, y comprometieron
la inminente publicación de su próximo libro, Las brujas.
El montaje de Mestres sobre este caso es, en realidad,
una versión del que estrenase hace dos años el dramaturgo Mark Rosenblatt en el
Royal Court Theatre de Londres, con enorme éxito. En él Roald Dahl,
interpretado por un inmenso Pou, recibe en su casa la visita de dos delegados
editoriales que le conminan, por el bien del sello y del propio escritor, a
retractarse o, cuanto menos, matizar las palabras de su reseña. Pero el talante
meramente profesional de una de ellos, encarnada espléndidamente por la actriz
Clàudia Benito, se ve alterado por su propio posicionamiento personal, pues
ella es judía. A partir de ese momento, y ya con las cartas sobre la mesa, se
lleva a cabo un apasionante ejercicio de esgrima verbal con extraordinarios
argumentos y de tal calado, que el espectador no tiene fácil tomar partido por
ninguno de los dos contendientes. La obra plantea temas como el efecto
pernicioso de las generalizaciones expresadas en términos absolutos; la
diferencia entre Israel, como constructo político y el pueblo judío como
realidad étnica; la cómplice pasividad colectiva de este ante los excesos de
sus representantes; los límites de la legítima defensa; el escudo del
Holocausto como falacia; el derecho a la disidencia; o la sorprendente asunción
del propio racismo. Pero también tienen cabida asuntos literarios como el
fenómeno de la cancelación; la dicotomía entre escritor y obra; el ciego
narcisismo del artista; las teorías conspiranoicas una vez iniciada la
polémica, como aquella en la que se quiso ver en Las brujas una alegoría
de Israel y a los niños de ese mismo libro como las víctimas palestinas; o los
intereses económicos de las editoriales por encima de sus propios criterios
morales.
Mientras asistía a la representación de la obra, estuve
recordando otra polémica que rodeó a Dahl, en este caso alrededor de la figura
de Salman Rushdie cuando este sufrió la persecución iraní por la publicación de
su controvertido libro. Aquel acusó al autor de Los versos satánicos de
ser un «oportunista peligroso» y sostuvo que buscaba deliberadamente el
escándalo y el sensacionalismo barato para lograr que un «libro indiferente»
llegara a la cima de las listas de los más vendidos. Lo explica muy bien el
autor anglo-indio en sus memorias Joseph Anton. Y yo me preguntaba cómo
alguien que llegó a sufrir en sus propias carnes las amenazas del fanatismo, pudo
mantener luego una postura tan insensible respecto a la delicada situación de
un escritor. Tal vez la respuesta se halle en el mismo final del montaje de
Mestres, tan ilustrativo como descorazonador.








