Como cada año, el informe
PISA ha llegado para dar alimento a toda la consabida caterva del catastrofismo
patrio, que parece refocilarse con los males del país dando la razón a aquella
letrilla de Joaquín Bartrina, que decía: «Oyendo hablar a un hombre, fácil es /
acertar dónde vio la luz del sol: / si alaba a Inglaterra, será inglés; / si os
habla mal de Prusia, es un francés; / y si habla mal de España, es español». Es
la misma reflexión que hiciera Larra en su día cuando escribió aquel artículo
suyo titulado «En este país». A mí, que llevo ejerciendo la docencia más de
veintidós años, los juicios enfebrecidos se me entibian con el paño frío de la
experiencia, cuyo balance nunca arroja cifras absolutas e inequívocas. Durante
todo este tiempo he vivido las situaciones más variopintas, y el desencanto ha
ido alternándose con el entusiasmo, y el desaliento con la esperanza. Porque no
todo es maravilloso, pero tampoco todo es nefasto. No soy un ingenuo. Conozco
el deterioro que nuestro sistema educativo, con su buenismo pedagógico, su
desprestigio de la cultura del esfuerzo y la desautorización del profesorado,
perpetúa sin vergüenza. Pero también sé que el docente puede y debe levantar
sus barricadas en el aula, donde es soberano, y desobedecer las consignas
perniciosas de consejerías y ministerios. Y también sé que existen alumnos que
desean descollar de entre el aborregamiento en el que quieren confundirlos.
Pero yo no quería enredarme aquí con un artículo sobre
educación, aunque algo –ya lo verán– sí tiene que ver. Yo quería hablar hoy del
Centro Dramatúrgico Marino de Alicante. El pasado domingo, acudimos a la
lectura dramatizada que varios de sus estudiantes realizaron en el precioso
marco de los Pozos de Garrigós. Leyeron textos de Calderón (Eco y Narciso),
de Tirso (El burlador de Sevilla) y de Lope (La moza de cántaro).
La selección –bien inteligente– recogía pasajes relacionados con el agua, tan a
propósito para el lugar donde iban a ser recitados. Allí, los futuros actores
(Blanca T Fernández Campa, Sisi Álvarez y Luis Gimeno), bien aleccionados por el
magisterio impagable de Paco Sanguino, declamaron con gran virtuosismo los
parlamentos de sus respectivos personajes. Los tres intérpretes son
insultantemente jóvenes, pero ello no obsta para que su lectura alcanzara
grandes cotas de excelencia: la calidad vocal, fluida y clara; el timbre de sus
voces, armonioso y delicado; el diapasón de los versos, bien medido y ajustado
al corte clásico del teatro áureo; la expresividad, elocuente, vívida y
conmovedora. Pero lo más emocionante fue asistir al germen de una vocación
incipiente y que, en el contexto su generación, resulta tan insólita. ¿Qué
joven de 18 o 20 años quiere dedicarse a recitar o interpretar obras clásicas
de los Siglos de Oro? Pues la respuesta es bien sencilla: Blanca, Sisi y Luis.
Y también Pedro García y Liam Thomas y Claudia da Silva, que completan el
equipo del Centro Dramatúrgico Marino. Y entonces, ¿qué hacemos ahora con los
resultados del informe PISA? Viendo la ilusión, el primor y el esmero de estos
jóvenes actores, que hasta hace cuatro días andaban por las aulas del
bachillerato, ¿quién puede apelar ahora a las plagas bíblicas de los profetas
agoreros? Uno de los puntos del manifiesto del CDMA reza, irónicamente: «El
CDMA busca motivar y dar apoyo a las y los jóvenes que quieren introducirse en
la ficción dramática para convencerlos de que están cometiendo el error de su
vida». Y yo digo que no hay contumacia más hermosa que insistir en el error.
Porfiar en el error para hacerle una peineta al jodido informe PISA.








