lunes, 24 de enero de 2022

558. Sonaba la Séptima de Bruckner

 


A los que nos dedicamos a hablar de Literatura no nos resulta sencillo reseñar libros como el que hoy nos ocupa. Con los pies por delante, de Carles Canals, recoge veintidós breves reflexiones que son, a la vez, veintidós hermosísimas despedidas de alguien –el propio Carles– que en el fondo se sabe desahuciado de la vida tras recibir el diagnóstico de un cáncer de páncreas. El diario, alojado previamente en un blog y ahora rescatado del limbo digital para la venerabilidad del libro por la editorial Sloper, es un testimonio lúcido e inteligente,  a veces cruel, otras divertido, y nunca victimista de los últimos tres meses de vida del polifacético periodista mallorquín.

Decía al principio que no resulta fácil abordar desde la crítica literaria libros como este; uno se siente algo imbécil y pretencioso aplicando el escalpelo cuando el contenido del texto que analiza trasciende toda consideración academicista, y los juicios literarios se antojan extemporáneos y hasta impertinentes ante la terrible y palmaria realidad vital que se impone durante su acongojada lectura. Y no obstante, el libro de Carles Canals es una joyita literaria, lamentablemente inconclusa, cuya calidad artística no pasa desapercibida ni siquiera cuando uno, respetuosamente, decide que se va a quitar las gafas del crítico. Porque si es abrumadora su verdad experiencial, también lo es su verdad literaria, nunca menoscabada por el presumible y disculpable patetismo de quien está contando su muerte. Y es que en el libro de Canals, si algo no hay, es justamente patetismo ni autocompasión. Canals sujeta con admirable prestanza la brida de su desolación y sus textos nunca caen en el morbo fácil ni en el sensacionalismo. Hay en todo momento una conciencia clara del ejercicio de la escritura, de los resortes narrativos, y aunque –como decíamos– nadie le hubiera reprochado al autor algún acceso dramático, Canals siempre antepone su oficio como escritor o, al menos, lo tiene muy presente. Incluso en el pasaje más emotivo del libro, que para mí es aquel en el que la medicación le hace perder a Carles el sentido del tacto y no puede, por tanto, sentir la piel de Pepi, su mujer, al abrazarla (lo que no deja de ser otra forma de muerte), incluso ahí -–digo– con todo su riesgo sentimental, se me antoja el pasaje una de las más bellas y tristes declaraciones de amor a las que yo haya asistido en la literatura últimamente.

Por el libro desfilan el humor negro, la crítica social, la generosidad en medio del dolor propio, la esperanza en la vida exprimida con pundonor hasta el último momento, el amor al arte y tantos otros detalles emocionantes escritos con titánico esfuerzo sobre un teclado de madrugada cuando los dedos ya no atinan sobre las teclas.

Dice la nota final del libro que en el momento de la muerte de Canals sonaba en la habitación la Séptima Sinfonía de Bruckner. Se dice que el músico austríaco compuso el tema principal del Adagio al conocer que su maestro Wagner agonizaba en Venecia, introduciendo como homenaje las tubas wagnerianas usadas durante el lamento fúnebre. Cuando Bruckner murió se inscribió en el pedestal de su tumba la frase final de su Tedeum «Nunca estaré perdido». Este libro que edita ahora Román Piña es esa tuba wagneriana y es también ese hermoso epitafio de amistad del túmulo de Bruckner.

lunes, 17 de enero de 2022

557. 'Klara y el Sol'

 


Tras ser galardonado en 2017 con el premio Nobel, Kazuo Ishiguro regresa al panorama literario con una novela de ciencia ficción en la que se aborda el tema de la inteligencia artificial. Si bien pudiera pensarse que es un tópico algo manido ya, trabajado con frecuencia en la literatura y en el cine, el escritor de origen japonés ha sabido crear una obra fresca, narrada desde la perspectiva de Klara, una AA (Amiga Artificial) que se encargará del cuidado de Josie, una chica de catorce años que se encapricha del androide cuando lo ve en el escaparate de la tienda. He aquí uno de los aciertos de Ishiguro, pues elegir a Klara como narradora de la historia le permite hacer un análisis de la realidad cargado de ingenuidad, de curiosidad y de inteligencia. Klara es como una niña que observa el mundo con ojos entusiastas, que está ávida de conocimiento, de aprender los sentimientos, de explorar territorios ignotos que van más allá de lo que puede ver desde la tienda en la que se encuentra al inicio de la obra. Klara y su compañera Rosa, dialogarán sobre el futuro que les inquieta y darán pinceladas de cómo es el mundo de los humanos del que ansían formar parte: dominado por las prisas, por la polución, en el que hay mendicidad, desempleo, atascos, individualidad, egoísmo y en el que los trabajadores de élite han sido sustituidos por la inteligencia artificial, lo que ha provocado una fractura social que no augura nada bueno.

El cometido de Klara será acompañar a Josie en los años previos a ir a la universidad y paliar de alguna forma su soledad. Los jóvenes estudian desde casa y hay una tajante división entre los que han sido mejorados genéticamente y los que no, lo que acentúa la soledad y la desigualdad, dos de los temas principales de la novela. Josie se refugiará en Klara y en su amigo no mejorado Rick, personaje marginado socialmente que está condenado a tener más dificultades para progresar en un mundo que parece estar hecho solo para quienes han confiado en la manipulación genética. Este es el caso de Josie, si bien para asegurarle el éxito en la vida su madre ha puesto en juego la salud de la niña, pues esta padece una enfermedad imprecisa que hace tambalearse la vida de la familia. Resulta muy interesante el contraste entre las madres de Rick y Josie, cómo han adoptado posturas opuestas para cuidar a sus hijos y cómo las defienden a lo largo de la obra.

Otro tema fundamental de la novela es la búsqueda de la inmortalidad, la negación de la muerte como parte natural de la vida. La madre de Josie trama un plan moralmente cuestionable por si su hija acaba falleciendo en el que Klara desempeñará un papel clave. Las reminiscencias al mito de Prometeo son evidentes, al igual que a otros referentes como Pinocho o Frankenstein. Los seres humanos juegan a ser dioses que insuflan vida a la materia inerte, en este caso a las máquinas, pero algunos van más allá al considerar que la inteligencia artificial podrá suplir la desaparición física de las personas. El debate ético queda planteado al lector desde la objetividad del escritor, que no muestra en ningún momento su postura.

Dice Ishiguro que esta obra nació como un cuento infantil. Efectivamente, el autor ha creado una historia aparentemente sencilla en la que la protagonista es una “niña” androide que está descubriendo el mundo. A través de su empatía, de su capacidad para detectar el sufrimiento y de su sensibilidad, Ishiguro nos muestra el futuro oscuro que le espera a la especie humana. Al igual que las máquinas -la misma Klara es un modelo de androide antiguo y teme no encontrar un humano al que hacer compañía porque ya existen otros robots más modernos que ella-,  muchos seres humanos sufren la obsolescencia, sienten que no sirven para nada en un mundo dominado por los avances tecnológicos que los desplazan, que les hacen sentirse fuera de lugar, unos inadaptados en una realidad que va más deprisa que su capacidad de aceptación de ese nuevo modo de vivir que parece imponérseles como un gigante que les acabará engullendo. Esta obsolescencia produce que no solo la tecnología se quede desfasada sino que también el humano se sienta inútil en un mundo que ya no reconoce como propio.

Hay, por tanto, en la novela un mensaje pesimista con un fuerte trasfondo filosófico lleno de interrogantes. ¿Es Klara más humana que los verdaderos seres humanos? ¿Se está deshumanizando la sociedad? En muchas ocasiones son las personas quienes  parecen autómatas mientras que los robots aparecen como los depositarios de los sentimientos y de los rasgos más humanizadores. En este sentido, destaca la esperanza y el afán de lucha de Klara por salvar a Josie. Nuestra protagonista, que precisa de la energía solar para recargarse, considera que el Sol también podrá curar a su amiga. El astro rey aparece como una deidad a la que Klara ofrecerá un peculiar sacrificio que resulta tremendamente interesante: en una sociedad cada vez más incrédula, una máquina demuestra un profundo fervor religioso al Sol, el cual aparece aquí como el único dios verdadero capaz de generar vida. Este rito, de raigambre ancestral, acentúa de nuevo el juego de contrastes sobre el que se asienta la novela.

En definitiva, Ishiguro ha sabido construir con Klara y el Sol una metáfora de la vida en la que, como en los buenos cuentos tradicionales, se nos invita casi sin darnos cuenta a reflexionar sobre qué es la condición humana y hacia dónde estamos avanzando como sociedad. La ciencia ficción sirve como pretexto o como marco para plantear al lector un debate filosófico profundo y tremendamente necesario.

lunes, 10 de enero de 2022

556. 'Sacramento'


Afirmar que Sacramento es para mí la mejor novela de 2021 sería absurdo, pues no he leído todas y cada una de las novelas publicadas durante el pasado año. Tomen nota de ese pequeño detalle quienes confeccionan esas listas anuales en términos absolutos. Pero apuesto a que, de ser posible tal proeza lectora, el libro de Antonio Soler ocuparía la misma consideración de marras. No sé si en Málaga son conscientes de que tienen en su tierra a uno de los mejores escritores españoles de nuestro tiempo. El elogio no es gratuito: basta con leer este último trabajo del autor de Sur para darse cuenta del prodigio literario que constituye su magisterio narrativo.

Sacramento ha sido editado por Galaxia Gutenberg, sello que está liderando, junto a Libros del Asteroide o Candaya, lo que otrora representase Anagrama para los lectores exigentes y ávidos de novedades estimulantes. Una gran noticia este modelo editorial que aquí celebramos con alborozo e ilusión. El hilo argumental del libro se basa en la historia real de Hipólito Lucena, quien fuera párroco de la Iglesia de Santiago, en Málaga, y que protagonizó una oscura y ambigua relación de abusos a determinadas feligresas (las llamadas hipolitinas) a través del pergeño de una suerte de misticismo sexual, cuyo marco teórico de aspiraciones legitimistas va inculcando el cura durante las sesiones de confesionario. El libro comienza con una primera parte de tono cronístico, donde Soler recuerda la anécdota que tantos años más tarde daría lugar a la presente novela. El autor explica cómo, todavía joven y poco reconocido, se le ofrece la posibilidad de participar en una revista cultural auspiciada por algunos popes de la vida literaria malacitana y cómo, al principio, se siente algo decepcionado al recibir para la misma el encargo de escribir sobre la vaga y poco motivadora historia del tal Hipólito. Le sirve a Soler esta primera parte para reflexionar sobre hermosos aspectos de metaliteratura y para recordar la precariedad de sus primeros tiempos de escritor, simbolizada en ese Callejón de las Puercas donde vive. Tras ese preámbulo llega, al fin, la novela y aquí halla el lector todo el portentoso despliegue literario de Soler. En esos primeros apuntes de la biografía documentada de Hipólito, dirigida por un narrador omnisciente o por el estilo indirecto libre, destacan algunos primeros rasgos de su personalidad, que ya adelantan las atrocidades del futuro: Hipólito pugna denodadamente contra el dominio de la carne que le lacera y que entra en conflicto con su vocación religiosa. Esa lucha, con la culpa como eje conductor, deja algunos de los pasajes más brillantes y estremecedores del libro. Luego, cuando el Hipólito ya cura asume su claudicación, trata de conciliar ambas facetas de su naturaleza e inventa una teología del sexo que él mismo acaba creyéndose para tratar de justificar sus aberraciones. Entretanto, el narrador traza un friso de la España de la inmediata posguerra y de las décadas siguientes, cuya ironía recuerdan al mejor Marsé. La mezcla de sexo y marco religioso resulta fascinantemente turbadora y su atmósfera evocan a la literatura decadentista de principios del siglo XX. La prosa es deslumbrante: desde el preciosismo levítico (e irónico) de un Gabriel Miró o la prosa alucinada de un José Donoso, pasando por un dominio extraordinario del lenguaje conversacional. Magistral es también la distancia del narrador respecto de las abominaciones de Hipólito. Efectivamente, el narrador nunca juzga las acciones del cura, con la dificultad que eso debe de entrañar, y hasta a veces se atisba algo parecido a la compasión para con su personaje, a la postre otra víctima de sí mismo. El lirismo displicente de los pasajes más escabrosos son tan extáticos como las pasión mística de las hipolitinas. Si la literatura es también un sacramento, la oblea con la que comulgar debe de ser muy parecida a esta novela admirable.

lunes, 27 de diciembre de 2021

555. 'Malvivir'

 


Siempre recordaré la primera vez que escuché a Álvaro Tato hablar sobre su profesión. Había en el tono entusiasta de su voz, en el brillo de sus ojos, en aquellas palabras casi atropelladas que bullían con los borbotones de una pasión encendida, había, hecho carne, todo lo que yo ya había visto antes en sus obras. Y entendí enseguida que todo lo grande que un creador puede dar a la vida no nacerá sino de esa autenticidad visceral, de ese amor incondicional, de esa entrega radical por lo que uno hace. Allí no estaba disertando solamente el profesional, sino alguien a quien le iba la vida en cada una de sus pulsiones artísticas. Pero también estaba el talento, la formación, el exigente bagaje de lecturas, el trabajo duro a prueba de cualquier sinsabor, la constancia del amante y la humildad y respeto ante los grandes maestros que le asisten cada día en su trabajo. Creo, sinceramente, que la recuperación de los clásicos y, en particular de la literatura áurea, no había alcanzado tales cotas de excelencia y honestidad intelectual y emocional desde la fundación de la Compañía Nacional de Teatro Clásico, a la que veo ya algo institucionalizada. Y ese es justamente el hecho diferencial que aporta Álvaro Tato, ya sea a través de Ron Lalá o mediante sus propios proyectos personales: esa frescura ajuglarada de sus propuestas, que escapan del anquilosamiento pero que, a la vez, no sucumben al vanguardismo gratuito sino a la innovación perfectamente ensamblada en el espíritu clásico.

Malvivir es el último montaje del dramaturgo, poeta y actor madrileño. La obra pretende homenajear la literatura picaresca española, centrándose en los personajes femeninos. Porque si existieron Lázaro de Tormes, don Pablos o Guzmán de Alfarache, no le van a la zaga las pícaras. En este caso, la obra, interpretada por ese dúo salvajemente teatral que forman Aitana Sánchez Gijón y Marta Poveda, y dirigida por otro grande como es Yayo Cáceres, rescata sobre todo la figura de Elena de Paz, protagonista de La hija de Celestina, de Alonso Jerónimo de Salas Barbadillo, aunque también se adereza la pieza con algunos pocos fragmentos de La niña de los embustes, de Alonso de Castillo Solórzano, La pícara Justina, de Francisco López de Úbeda, y tres letrillas de Quevedo.

La estructura de la obra es inteligentísima y muy dinámica. Elena de Paz, ya ejecutada por la justicia y arrojada en un barril al mar, cree estar en el útero materno a punto de nacer, lo que no deja de constituir un hallazgo poético y filosófico tremendamente sugestivo. Ese equívoco permite a la protagonista hacer una semblanza de las vicisitudes de su difícil vida desde su nacimiento. Mediante habilísimas transiciones, que se valen entre otros géneros, del teatro del guiñol, y del intercambio de papeles entre las dos actrices, asistimos sin parpadear a los lances argumentales en un prodigio de dominio de los espacios escénicos y con un variadísimo repertorio interpretativo de enorme calidad.

Entre los muchos méritos de la obra, quiero destacar el de introducir elementos románticos, si se me permite el anacronismo terminológico. La literatura de la picaresca, tan asida al realismo y pragmatismo más crudos, concede aquí treguas espirituales, casi metafísicas, como la escena de la contemplación a la intemperie de las estrellas, solo barruntada en el libro de Salas; el sentimiento amoroso y contradictorio entre Elena y Montúfar; o la promesa del mar, que Elena perseguirá toda su vida tras la bella descripción que su padre hace de él y que, paradójicamente, alcanzará ella en su muerte.

Emocionante es, también la enumeración de las pícaras ilustres de nuestra literatura, con Celestina a la cabeza, que Elena lleva a cabo durante su encarcelamiento. Con ellas comparte prisión en la escena, como comparte ahora su gloria literaria.

lunes, 20 de diciembre de 2021

554. Viejóvenes

 


Hay un poema de Tomás Soler Borja, incluido en esta Antología de poesía viejoven que hoy reseñamos que me parece muy representativo respecto al posicionamiento ético y estético que constituye esta compilación. El poema podría perfectamente defender la coherencia del poeta ante los embates del oportunismo y del adocenamiento que impone el mercado editorial. Eso sí, ser coherente significa, como en el poema, recibir muchas hostias. Ahora que los criterios de las grandes editoriales han dejado de ser literarios para rendirse al oportunismo de un feminismo mal entendido y a la tiranía de la juventud como un valor añadido, libros como este son más necesarios que nunca. El pasado mes de octubre, el periodista y escritor Juan Soto Ivars entrevistaba en El Confidencial al escritor Sergi Puertas. La entrevista es espeluznante. Sergi Puertas, después de enviar su novela a multitud de editoriales y de recibir el silencio más absoluto, decide hacerse pasar por una mujer joven. A partir de ese momento, a Puertas empiezan a lloverle las ofertas. La novela es la misma. Pero ahora él ya no es Sergi, de 50 años de edad, sino Lidia, de 25. Enrique Redel, director de la editorial Impedimenta, se pone en contacto con Sergi-Lidia y, entusiasmado, le ofrece publicar la novela. Pero hay un momento en que Sergi Puertas ya no puede sostener más la argucia y revela su verdadera identidad haciendo que Redel monte en cólera y se niegue a publicar el libro. Luego rectificará, imagino que porque no hacerlo habría supuesto delatar su indecente cribado. La nobilísima empresa de reparar el silencio al que durante años han sido sometidas las mujeres en el campo de la literatura nunca puede justificar estos réditos coyunturales, entre otras cosas porque, junto a voces femeninas interesantísimas y refrescantes que están haciendo las delicias de los lectores más exigentes, también se están colando y en mayor número, autoras tremendamente mediocres. ¿Dónde queda entonces la Literatura? Otro tanto ocurre con la edad (y aquí las víctimas son tanto hombres como mujeres). Ni las editoriales ni la prensa se interesan ya por autores que superen la cuarentena a no ser que ya sean escritores consagrados que pegaron su pelotazo a tiempo. De lo contrario, tras los cuarenta, no existes. Curiosa paradoja, si pensamos, con lógica, que es tal vez en la edad madura cuando un autor autoexigente, curtido ya por su bagaje literario o por sus lecturas, está en el momento idóneo para crear su mejor obra o para protagonizar un buen debut. Esta antología viene a desagraviar a todos esos escritores, ajenos a los circuitos oficiales del mercado. Recopila versos de 20 poetas nacidos entre 1956 y 1985.

Por el libro desfilan los grandes asuntos de la poesía universal, eso sí, tamizados por la muy particular cosmovisión de sus autores que es lo que le da al libro su valor añadido al reformular los motivos recurrentes de la tradición literaria desde un prisma novedoso, a veces rupturista, sorprendente y en ocasiones también desconcertante. Uno de los temas más prolíficos que jalonan esta antología es el de la infancia. La necesidad de contemplar el mundo siempre desde el asombro del niño, la nostalgia de las comidas familiares de unos viernes retratados ya en sepia en el calendario de la memoria; el olor a Brumol ejerciendo de magdalena proustiana; o el deseo de preservar la inocencia en esa niña que sigue dándole puntadas a la aurora con la esperanza de llegar siempre a Aldebarán. A veces la infancia se mezcla con el mundo adulto como en aquella partida de un juego de mesa cualquiera, cuya interrupción es trasunto de una relación amorosa encallada. Y el amor, claro, está también muy presente entre los poemas del libro, casi siempre desde una perspectiva pesimista: hilos sumergidos en el mar del recuerdo de los que no se quiere tirar por si solo traen una bota vieja o un calcetín; amores evocados en el fondo de una copa de Gin tonic; sumisiones mendicantes que ajuglaran al trovador vasallo del amor cortés para degradarlo a saltimbanqui; entregas apasionadas, casi desesperadas, que se visten de crucigramas para ser resueltas, que se desprenden de su envasado al vacío para ser por fin consumidas; amores geométricos y amores reducidos a química; pero también deudas sentimentales agradecidas. Hay asimismo muchos poemas metaliterarios: hay quien defiende la poética de la literalidad para decir el sentimiento; hay versos antiguos que vuelven un día para cumplir su función catártica, y hay otros que siguen buscando poema; se dice que los poetas son aquellos que no caben en las dimensiones establecidas o que una fuente de agua dice su llanto solo para las almas insoportablemente poetas; o que un poema consiste solamente en cebar un anzuelo. En general el tono de los poemas suele ser desazonador y esa pesadumbre se inserta en el marco de contextos urbanos hostiles y casi apocalípticos donde se enseñorean la depresión, la frustración, la mera desidia de vivir y donde los pocos accesos de alegría son, en realidad, una trampa. Una metafísica nihilista donde solo somos «polvo cósmico», cubitos de hielo deshaciéndose en el vaso. La cotidianidad gris se impone en los espejos, en la vorágine del mundo ajena a la soledad de los suicidas, en las listas de la compra, que son también versos de la supervivencia. A veces, el resultado son algunos poemas turbadores, hijos casi de la locura, donde suenan teléfonos de madrugada, el poeta tiene dos cadáveres en la garganta o se recrea en la contemplación de un cadáver; o los versos alucinados del poema «A las ventanas». Los poetas tratan de huir de todo eso a través del viaje interior pero también mediante el viaje real, como aquel poema en el que el poeta busca en la India el espacio auroral que le salve «de la desilusión de tanto ahora»; pero el tiempo marca su ley y se descubren los sueños incumplidos «en un estropajo escurrido».

Junto a estos poemas desesperanzados, resisten unos pocos poemas optimistas: cajas azules que guardan aún el cordel con que amarrar estrellas recién nacidas; la búsqueda de la paz en cada batalla diaria; las hojas que perseveran asidas a su frágil pedúnculo; el anhelo de retener la alegría sin hacerla presa; la fantasía como refugio; la garganta para el canto. Incluye también la antología temáticas sociales: por eso hay cunetas irredentas; facturas que empiezan a menguar solamente cuando uno ya es viejo; presiones sociales ante las que la coherencia del poeta resiste como un saco de boxeo; prejuicios que etiquetan y condicionan vidas; y «la sed de quien solo conoce el desierto». Ante toda esta miseria existencial, un dios impotente de cera que llora al acercarle la llama de un mechero, en su derretirse estéril. No faltan las referencias culturalistas, como el Joker o el poema que homenajea a la literatura norteamericana pero siempre manteniendo ese sesgo nacido del desamparo y de la vulnerabilidad, tal vez el mismo desamparo y vulnerabilidad que estos poetas viejóvenes sienten en ese exilio voluntario, en ese limbo de los escritores que no tienen fotografía

 

NÓMINA DE ESCRITORES INCLUIDOS:

Gema Albornoz

Luis Amézaga

Txema Anguera

Ramón Bascuñana

María Beleña

Pilar Cámara

Javier Castro

Lydia Ceña

Fco Javier Gallego Dueñas

Esther García

Almudena López Molina

José Luis Martínez Clares

Mercedes Márquez

Óscar Navarro

Julia Navas

Antonio Palacios

Jackie Rivero

Elena Román

Tomás Soler Borja

Alfonso Vila Francés

lunes, 13 de diciembre de 2021

553. Petiscos literarios de Lisboa

 


Dicen que Lisboa es, ante todo, un estado de ánimo. Pero querer hallar la tan traída saudade en vísperas de la Navidad, con los turistas copando sus calles, se antoja poco menos que imposible. Más si es la primera vez que se acude a la capital portuguesa y el viajero quiere, claro, visitar los lugares emblemáticos de la ciudad. Antonio Muñoz Molina, que tiene residencia en Lisboa desde hace tiempo, se permitió, por eso mismo, escribir un artículo en El País titulado «Los márgenes de Lisboa» donde describe la otra Lisboa alejada de los circuitos masificados. Bea y yo lo leímos la semana pasada mientras cenábamos en un restaurante del Chiado y añoramos, sin visitarlos, los espacios que evocaba el autor ubetense.

Como la cabra siempre tira al monte, durante nuestro primer viaje a la capital lusa hicimos gala de la costumbre, casi fetichista, de engrosar nuestro álbum de fotografías con efigies de escritores. Pessoa tiene su famosa estatua en el Café A Brasileira, que tango frecuentó. Hacerse la foto sentado a su mesa tiene algo de lacerante concesión al carnaval turístico. Pessoa, aunque algo contradictorio en su relación con las personas, es ante todo un misántropo que no quiere serlo. Aborrecería, con total seguridad, el desfile de turistas hiriendo su querida soledad. Ni siquiera en el monasterio de los Jerónimos, donde tiene su humilde tumba, halla reposo frente a la tiranía de los flashes. También puede visitarse la mesa que aún se le reserva en el Restaurante Martinho de Arcada, colindando con la Praça do Comérçio con su vaso de absenta y algunos libros, o el edificio de la Rua dos Douradores, donde vivió y en el que ubicó la oficina donde trabajaba su heterónimo Soares como tenedor de libros.

 El barrio del Chiado debe su nombre a António Ribeiro, apodado «Chiado», poeta satírico del siglo XVI que nos recibe jocoso inmortalizado en su estatua de la Rua Garrett. Contemporáneo de Ribeiro es Luís de Camões, el Cervantes de las letras portuguesas, autor de la famosa Os Lusiadas, cuya estatua se levantó algo más arriba, en la plaza que lleva su nombre, y que es la más antigua (1867) después de la de José I. A Camões le acompañan en el mismo conjunto escultórico otros intelectuales de su tiempo, pero curiosamente no Gil Vicente, cuyo vínculo con la corte castellana debió parecerle al escultor Víctor Bastos demasiado improcedente en mitad de la atmósfera nacionalista de la época. Para hallar a Gil Vicente hay que acudir a la Plaza de Rossio, donde se levanta el Teatro Nacional, cuyo frontispicio preside el dramaturgo. El cenotafio de Camões se encuentra también en los Jerónimos.

Sin dejar el barrio del Chiado, algo escondida en el Largo do Barão de Quintela, se levanta la hermosa estatua de Eça de Queiroz, el gran escritor realista portugués, aunque de un realismo sui generis, que se resume en la cita del pedestal: «Sobre a nudez forte da Verdade o manto diáphano da phantasia», extraída de su libro A Reliquia. Quieroz sujeta la figura semidesnuda de la Verdad, que se le entrega voluptuosa. La cita recoge bien el ideario de Queiroz: la verdad puede hallarse en la fantasía, y en ello se distanció del resto de realistas portugueses, pues a diferencia de estos, Queiroz inventa muchos de los espacios de sus novelas.

En la Rua dos Bacalhoeiros, se halla la Casa dos Bicos, ahora sede de la Fundación Saramago. Enfrente, encontramos el olivo bajo el que reposan las cenizas del autor.

Merece también la pena visitar la Librería Bertrand, la más antigua de Lisboa, aunque sobrepasada por su fama, ha perdido su encanto y existen muchas otras (sobre todo las de viejo) más sugestivas.

En Alfama no se pierdan la representación de Amália Rodrigues por el artista urbano Vhils, un mosaico sobre la calzada cuya factura permite que en los días de lluvia, se deslice el agua desde los ojos de la figura: es Amália llorando.

A las 5 de la mañana, el taxi que nos regresaba al aeropuerto atravesaba las calles vacías y mojadas de Lisboa. Tal vez la ciudad quiso despedirnos, ahora sí, con la saudade que no hallamos durante los días de nuestra estancia. La lluvia repiqueteaba en la chapa metálica del taxi, como si una guitarra portuguesa estuviera entonando los primeros acordes de un fado.

lunes, 6 de diciembre de 2021

552. El luto como exhibición

 


La triste pérdida de Almudena Grandes y toda su repercusión mediática me han recordado, por contraste, otros decesos literarios ilustres que casi pasaron desapercibidos en su tiempo, pero también aquellos que acabaron convirtiéndose poco menos que en funerales de Estado. Entre los primeros, me viene a las mientes, por ejemplo, el entierro de Mariano José de Larra, el 15 de febrero de 1837, cuyo sepelio estuvo a punto de llevarse a cabo mediante el llamado «entierro de misericordia», fórmula usada para dar sepultura a los indigentes, si no hubiera sido por la mediación de la Juventud Literaria, que costeó la inhumación en un nicho del Cementerio del Norte, en Madrid. Es ya recurrente mencionar la intervención de un entonces joven José Zorrilla, que leyó unos versos dedicados al gran Fígaro durante la ceremonia. La lista de escritores célebres cuya muerte apenas trascendió en la sociedad de su tiempo daría para una larga nómina doblemente luctuosa: Cervantes, Poe, Salgari, Melville…

Otros, como Benito Pérez Galdós, compensaron la miseria de sus últimos años de vida con una respuesta unánime de la ciudadanía al conocerse su fallecimiento. Veinte mil personas acompañaron el cortejo fúnebre camino del cementerio; los teatros suspendieron sus funciones, el Senado celebró una sesión de pésame, el Estado costeó el enterramiento y a él acudieron los máximos representantes de las instituciones públicas del país. Su presencia, no obstante, no me permite olvidar las palabras de Ortega y Gasset, que ya había denunciado el ostracismo a que el escritor canario había sido relegado por parte de los organismos oficiales. La asistencia al sepelio de estos mismos servidores públicos, que no se habían acordado de la figura del más grande de los escritores de su época, se antojaba entonces hipócrita e interesada. Hoy se diría que acudieron simplemente para la foto. El pueblo, en cambio, que en su limpia espontaneidad sí entendió la magnitud de la pérdida, se congregó en masa para despedirse de su escritor más querido. Es esa misma reacción franca, sincera, espontánea y natural la que ha llenado las redes sociales de fotografías de Almudena Grandes y de frases de cariño por parte de sus lectores. Otros, en cambio, han utilizado la muerte de la escritora madrileña para ostentar un luto impostado de plañideras egipcias, que solo pretenden, como los políticos de marras, estar en la foto, y no pocas veces sacar tajada de la coyuntura para reivindicarse al mencionar lo mucho que la escritora admiraba las obras de estos últimos.

Hay una exhibición impúdica y obscena del luto que resulta sonrojante para quienes asistimos a ella desde los márgenes. A Elvira Lindo y a Sergio del Molino alguien les ha reprochado que no hayan escrito su panegírico. En el caso de Lindo, se le afeó que el día después del fallecimiento de Almudena Grandes, publicase un artículo en su columna de El País sobre las sopas portuguesas, lo que demuestra una ignorancia supina sobre el funcionamiento de las columnas periodísticas, muchas veces programadas con días de antelación, cuando nadie esperaba la fatal noticia. Pero es que tampoco existe la obligación de escribir ningún homenaje. Como si el dolor íntimo y privado no fuera tanto o más sincero que el que se exhibe públicamente por los elegíacos profesionales. Esa imposición moralista recuerda mucho a los devotos de pacotilla que se persignaban apasionadamente en las misas y con los que tanto ironizaba Galdós en sus novelas. Por no hablar del derecho al silencio del que nada tiene que decir. Tampoco yo escribí nada. Pero aún recuerdo nuestro viaje accidentado por las cuestas imposibles de Fuensanta, en Jaén, para visitar el pueblo donde se desarrollaba la trama de El lector de Julio Verne. Fue en lo primero en que pensé cuando supe de la muerte de Almudena Grandes. Se me esbozó en la boca una sonrisa melancólica y ese fue mi obituario.

lunes, 22 de noviembre de 2021

551. Doña Emilia 'noir'

 


Desde 1971, han sido varias las iniciativas que han tratado de sacar a la luz una novela inédita de Emilia Pardo Bazán hallada en el interior de uno de los baúles que la hija de la escritora coruñesa había donado por decisión testamentaria a la futura sede de la Real Academia Gallega ese mismo año. En los baúles, además de mobiliario y documentación diversa, hallábase lo que la hispanista Nelly Clemessy consideraba «una tentativa frustrada de novela policíaca», cuyo mal estado –la novela estaba incompleta y algunas cuartillas eran ilegibles– hacían prácticamente impublicable la obra pese al entusiasmo inicial que su hallazgo suscitó en el profesor Varela Jacome, a la sazón el primero que trató de poner orden en aquel caos. Tal ha sido la dificultad para editar la novela, que solamente ahora, transcurridos 40 años desde su descubrimiento, se ha podido dar a la imprenta gracias al apasionado trabajo de los escritores José María Paz Gago y Alfredo Conde, y el del editor de Ézaro Ediciones, Alejandro Diéguez. La publicación de esta obra convierte a Emilia Pardo Bazán en la primera mujer en cultivar el género policíaco, anticipándose a Agatha Christie, quien publicaría su primera novela en 1920, un año antes del fallecimiento de doña Emilia. No obstante, la autora de Los pazos de Ulloa ya había coqueteado con el género en su novela corta o relato largo La gota de sangre, publicada en vida de la escritora en Los contemporáneos, en el número 128 del 9 de junio de 1911 donde ya se perfila su protagonista principal, el detective Ignacio Selva, un diletante, castizo, cosmopolita, algo impertinente, misógino y con una natural propensión a convertirse en sospechoso de los crímenes que justamente quiere resolver, y que ayuda a la policía en la investigación de un asesinato. La gota de sangre aparece también publicada en la actual edición de Paz Gago y su inclusión no es baladí, pues en la novela inédita que le sigue –y que los editores han titulado simplemente Selva– hay multitud de referencias a la resolución del crimen de marras.

Desde luego, esta novela inédita de Pardo Bazán no es, ni de lejos, lo mejor de la producción literaria de la escritora. El propio Chema Paz Gago reconoce en el prólogo que quizás la decisión de doña Emilia de no publicar el libro respondiera a las serias dudas que la calidad de la novela suscitara en la propia autora. Paz Gago, le afea, además, la inclusión de algunas digresiones intelectuales que, a su parecer, restan dinamismo a la acción. En esta segunda aventura de Selva, el detective se ve involucrado en la investigación de una serie de robos de obras de arte. Pero, efectivamente, la estructura es algo deslavazada –ignoro si algo tendrá que ver también la necesaria y complicada labor de ensamblaje y relleno de sus editores– y la trama resulta previsible y algo tediosa. Descartado, pues, el disfrute argumental (más sugestiva, por cierto, en La gota de sangre), interesan sobre todo los elementos coyunturales: el contexto histórico de los robos de piezas artísticas (con el robo de la Gioconda en el Louvre en 1911, aún reciente); el desprecio institucional por el patrimonio nacional; la moda, las costumbres y la cotidianidad aristocrática del momento, pintadas con sorprendente frescura; y sí, también las digresiones de la Pardo Bazán sobre la naturaleza criminal humana y sobre la metaliteratura policiaca, de cuyas obras critica justamente el inverosímil embrollo folletinesco llegando a la conclusión de que las motivaciones humanas y psicológicas para el crimen suelen ser siempre mucho más simples y prosaicas que lo que proponen las tramas urdidas por la novela policiaca al uso.

En definitiva, una rareza curiosa sin más que bien está conocer en este año conmemorativo de los cien años del deceso de doña Emilia.

lunes, 15 de noviembre de 2021

550. 'Ciudad mori'

 


Uno de los mejores libros del año 2020 fue, sin duda, Ciudad Mori, del palmense Sergio Mayor, publicado por Karima Editora. Sin embargo, como suele ocurrir siempre con la literatura heteróclita, seguro que no vieron ustedes el título figurando en esas absurdas listas de mejores libros del año diseñadas por los palmeros de los grandes sellos cuyo criterio literario quedó hace tiempo arrumbado en el estercolero de la indignidad y sustituido por otros intereses espurios que únicamente alimentan el bochornoso adocenamiento al que está sometiendo la crítica oficialista a la literatura. Sucede, no obstante, que el libro de Sergio Mayor se abrió paso por esos otros circuitos de la resistencia literaria y su noticia llegó secretamente a los conciliábulos de los lectores subversivos donde –aquí sí– Ciudad Mori ha sido acogida con verdadero entusiasmo y hasta con algo de culto reverencial. Hay algo de autocomplacencia en esa marginalidad estética de Sergio Mayor ya desde la misma solapilla del libro, que solamente reza: «Nació en Las Palmas de Gran Canaria. Vive retirado en Gorafe, Granada», tan lejos del exhibicionismo obsceno de quienes tienen que llenar largas solapas bio-bibliográficas para compensar quién sabe qué otras carencias. Se diría que Sergio Mayor es cofrade de eso que Paul Valéry llamó «renuncia al sufragio del número». Y la alusión al poeta simbolista francés no es baladí; hay en Ciudad Mori una suerte de malditismo literario y vital (¿acaso no son lo mismo?) que lo hace emparentar con aquella bohemia finisecular. Efectivamente, leer Ciudad Mori es algo parecido a entablar una conversación de madrugada, ebrios de absenta, en el más abyecto tugurio parisino, con Baudelaire, Rimbaud, Verlaine, Villiers y Nouveau pero todos al mismo tiempo. Una prosa alucinada o alucinógena que deslumbra y abruma por sus referencias cultas y su torrente de intertextualidad ante el que se corre el riesgo (doy fe) de salir algo acomplejado. En mitad de todo eso, una ciudad, Granada, y una aparición, la donna angelicata que se le presenta epifánicamente al narrador en la Calle Tablas, y que vertebrará, aunque difusamente, la espina dorsal de esta pantagruélica miscelánea intelectual y emocional, llena de abismos, bajadas a los infiernos (pero siempre Beatrice), resurrecciones, rebeldía altanera, provocación, subversión, ironía, ebriedad, autoafirmación en la heterodoxia, herejía, misticismo laico y laicismo teológico. Cualquier página de este festín literario valdría como muestra pero permítanme que cite, aunque extensa para una reseña, la bellísima evocación del genius loci granadino, esa suerte de aura de la ciudad que alcanza en la Alhambra su más significativa y telúrica revelación: «La Alhambra comenzó a nacer cuando la tierra estuvo preparada. Hablo de una fuerza orgánica, una conclusión ontogénica, una sedimentación de arcillas, sales naturales y hierros revenidos en un aura que hizo de alambique […] Idea, la Idea más alta de templo, la efigie de un dios en su forma mineral y funeraria […]. El hombre que llega al Paseo de los Tristes es mirado por algo parecido a los ojos del más grande de los muertos. La Alhambra, desde el Paseo de los Tristes, debe ser meditada a la manera de un místico frente a una talla. Se trata de prestar atención a lo que en la obra de arte no es observable; el aura, el ritmo, la forma quieta del incendio». Alguien que escribe esto, y lo que sigue, debiera estar en cualquier antología de la Literatura con mayúsculas. Yo he bebido la absenta de Ciudad mori a pequeños sorbos para salir medio lúcido y poder escribir esta reseña que no le hace justicia. De haberla bebido del tirón, me habrían hallado sobre mi escritorio, con los ojos delirantes, con un no sé qué que queda balbuciendo, incapaz de ordenar en un texto tantísima dolorosa belleza.

lunes, 8 de noviembre de 2021

549. Cunqueiro en Elsinor

 


El 30 de julio de 1970, Álvaro Cunqueiro escribía para el Faro de Vigo una crónica titulada «No hay almenas en Elsinor». El artículo recogía, en parte, la experiencia del escritor gallego durante su viaje a la ciudad portuaria danesa, famosa por hallarse en ella el Castillo de Kronborg, escenario en el que Shakespeare ubicó la tragedia de Hamlet. Cunqueiro, cuya admiración por la obra del dramaturgo inglés está bien documentada, había publicado en 1958 O incerto señor don Hamlet, príncipe de Dinamarca, su obra teatral más conocida; en 1965 escribió un texto titulado «O Castelo de Elsinore», cuya prosa evocadora da fe de la fascinación que el escritor de Mondoñedo sentía por el mítico espacio shakesperiano; y todavía en 1967 soñaba con fundar una sociedad de Amigos de Shakespeare en toda Galicia. Se entenderá, pues, que Cunqueiro sintiera la necesidad de viajar hasta Dinamarca y conocer de primera mano aquellos sugestivos espacios literarios. La visita se realiza aproximadamente un mes y medio antes de la publicación del artículo de marras, es decir, el 12 de junio de 1970. Le acompañaron dos amigos catalanes: el periodista Néstor Luján, especializado en la crónica de viajes y gastronómica cuyos artículos en el semanario Destino tuvieron tan buena acogida en su momento, y el doctor Joan Obiols, a la sazón catedrático de Psicología en la Universidad de Santiago de Compostela, defensor del psicodrama, la terapia artística y la musicoterapia, y que moriría curiosamente en Cadaqués mientras atendía a Salvador Dalí, en julio de 1980.

Cuando Cunqueiro llega Elsinor constata que, efectivamente, el Castillo de Kronborg no tiene las famosas almenas en las que Hamlet era atormentado por el fantasma de su padre: «del más antiguo castillo solamente quedan el foso de la parte Este, y algunos basamentos del muro exterior de defensa. Y no hay una sola almena, ni es posible pasear, ni lo es siquiera a un fantasma, entre las torres más altas». De su viaje a Elsinor, Cunqueiro, gran aficionado a la colección de hojas secas, se llevó una ramita de un árbol situado al pie del foso del castillo y, para dar naturaleza de autenticidad al souvenir, extrajo de ella una pequeña hoja doble que pegó en un encarte en cuyo dorso hizo firmar a sus compañeros de viaje, Luján y Obiols, el testimonio fehaciente de dicha autenticidad: «No soy notario, mas es verdad», certifica Obiols; y «Doy fe», remata Luján antes de firmar. El curioso documento se halla en la actualidad en la Fundación Penzol, en Vigo.

En el año 2020, coincidiendo con los 50 años de la visita de Cunqueiro a Elsinor, la Casa-Museo Álvaro Cunqueiro, editó un cuadernito desplegable que recoge el facsímil del documento con la hoja elsinoriana. El cuaderno incluye, además, una explicación de Armando Requeixo, coordinador de actividades y publicaciones de la Casa-Museo, y la reproducción fotográfica del artículo de Cunqueiro. La publicación es una de esas preciosas joyitas bibliográficas, editadas con mimo, pasión y amoroso afán, tan a propósito para quien desee realizar un regalo literario original y entrañable, y se suma a los actos conmemorativos que se están llevando a cabo con motivo de los 40 años desde el deceso del escritor. A veces, estos pequeños accesos de cotidianidad en la vida de un escritor, al margen –si es que esto es posible– de su obra artística, sirven también para hacer más cercanos a los autores y hacernos partícipes de su humanidad, alejados de la visión mitificadora del escritor en su mesa de trabajo. A la postre, que el castillo de Hamlet no tenga almenas, en nada resta a la sugestión que su inexistente barbacana sigue produciendo en los lectores de Shakespeare.