Recuerdo
la gran alegría que sentí al conocerse el fallo del Premio Café Gijón a favor
de Marc Colell. Es el mismo alborozo que experimenté con el Premio Nacional de
Narrativa de Raúl Quinto o con el Setenil de Antonio Tocornal. Galardones que
reconocen «la otra literatura», esa que se mueve en los márgenes de los
circuitos independientes resistiendo los embates del mercantilismo más dañino.
He
leído, pues, Las crines con mucho
cariño, pero el afecto no ha nublado mis exigencias como lector y el resultado
ha sido más bien tibio. Las crines
narra las vicisitudes de un español que se recluye en una quinta de la pampa
argentina que le ha cedido una mujer con la que el protagonista se cartea y de
la que no conocemos nada más. Es posible que el motivo de la reclusión tenga
que ver con alguna suerte de mochila emocional, insinuada, tal vez, por algunas
breves reminiscencias a la niñez del protagonista, marcada por su estancia en
un orfanato y por convertirse, después, en depositario involuntario de las
felices expectativas de una familia de acogida. Todas estas omisiones debe
completarlas el lector, pues existe en la narración una deliberada elipsis cuya
función es sugerir más que mostrar. Este encierro promete, como reza el acta
del jurado del premio, «un ejercicio de introspección luminosa», pero la
experiencia del personaje principal va concatenando escenas triviales cuya
fútil sucesión corre el riesgo de desembocar en la más absoluta inanidad. Es
como si la novela bogara de forma errática merced a su propia inercia
narrativa, sin timonel ni cuaderno de bitácora, topándose con escenas que solo
parecen legitimadas por la mera arbitrariedad sin objeto. He tratado de hallar
una explicación a esta estructura aparentemente insustancial: el motivo
recurrente de los sapos que invaden la casa (que tanto me han recordado a los
lagartos de Antonio Tocornal en Bajamares);
el capricho del personaje por tener un caballo, desposeído muy pronto de su
potencial valor simbólico; su relación con Emilio, el pobre pordiosero que vive
en una covacha con una hija medio afásica que nunca sale de la casa, y en cuyo
auxilio puede verse alguna suerte de voluntad redentora… Pero en ese intento de
querer leer entre líneas, lo único que hallo es, quizás, una poética del
fracaso y de la soledad que la deriva narrativa, ensimismada en la anécdota,
aumenta precisamente porque no pasa nada memorable, una especie de vida
detenida trasunto del bloqueo vital del personaje. Y aquí sí cobra verdadero
sentido la otra gran protagonista de la novela, que es la propia pampa. Más
allá de las curiosas estampas costumbristas, como la de los omnipresentes festines
pantagruélicos de carne argentina, es la extensión infinita de la tierra, su
casi condición de finis mundi, su
abrumadora monotonía, la que se imbrica en la desolación del alma del personaje
como una sola cosa. Este afirma, casi al principio de la novela: «Es la tierra
lo que hay. Descomunal, abierta, sin precauciones. Ahora entiendo lo que
decías, que había que frenar el campo, que se podía comer la casa, meterse
dentro. Unas semillas, algunos insectos, la humedad…. Y la quinta
desaparecería». Esa fagocitación que ejerce la tierra –de raigambre tan gauchesca
(no es casual la cita a Don Segundo
Sombra, de Güiraldes) – es el verdadero acierto de la novela. Con todo, la
prosa de Colell va envolviendo al lector en su hipnótica intrascendencia y,
cuando uno se ha dado cuenta, ha terminado el libro. A lo mejor, es esa muelle
tibieza de los días sin cuento, en los que la abulia y la desidia de la
inacción, comprometen la esperanza y el deseo de vivir, lo que el escritor barcelonés quiso transmitir
con su novela. Dije al principio que el resultado de la lectura de Las crines me había dejado más bien
tibio. Pero es tal vez la tibieza de haber estado demasiado cerca de la
intemperie.








