lunes, 10 de junio de 2024

653. "Abre tu rosa en mi carne..."

 


Hay en el último trabajo del dramaturgo Javier Ballesteros un afán por querer contar demasiadas cosas a la vez, lo que, desgraciadamente, da como resultado un cúmulo de asuntos, todos ellos de gran interés, que no acaban, sin embargo, de superar su condición de mero esbozo. A veces, menos es más, y hubiera bastado con menguar la ambiciosa empresa para desarrollar con más profundidad una selección de los temas, cuya naturaleza trascedente exigía, tal vez, mayor detenimiento.

Con todo, la pieza reúne algunas virtudes que conviene señalar, sobre todo en lo formal. La reformulación paródica de la tragedia griega, con su coro y su oráculo, es una divertida transmutación que, pese a su ejecución irónica, mantiene su función original, la de glosar el trasunto de la obra y la conciencia de los personajes. La flauta de fondo, tocada por  Isabel Arranz, contribuye a la atmósfera telúrica. También resulta jovial el uso de los ripios a través de un lenguaje cotidiano y muy poco poético que deconstruye, caricaturizándolo, el estilo solemne del género trágico. En medio, no obstante, se cuela alguna hermosa imagen de ascendencia lorquiana, sobre todo cuando se aborda el tema de la maternidad.  Y he aquí la materia central de la obra: una serie de mujeres internadas en un balneario con el objeto de solucionar su infertilidad, y que entronca con la tradición literaria de la maternidad frustrada que ya abordaran Lorca en Yerma o Unamuno en La tía Tula, por nombrar solo algunos títulos con los que la obra parece estar emparentada. Pero aquí el contrapunto estriba en una crítica acerada respecto a esa obsesión: mujeres que cifran su feminidad en la condición de convertirse en madres, asumiendo el rol que la sociedad les impone con esa idea falaz de la mujer incompleta, como si las mujeres no pudieran sentirse realizadas a través de la infinidad de alicientes que su vida práctica, intelectual y espiritual les ofrece más allá de la maternidad. También se deja amarga constancia de los cambios que acaecen en la vida de estas mujeres una vez han sido madres, la planicie de su horizonte vital (antes rico, frondoso, escarpado y estimulante) en pro de un principio igualmente capcioso como es el de la entrega altruista y desinteresada que las mujeres no-madres, consideradas egoístas al anteponer su propia libertad, jamás podrían entender, y arrogándose con ello una autoridad moral del todo intransigente e hipócrita.

La obra aborda también otros temas, como el aborto o la eutanasia, este último  encarnado en el personaje de Fernanda, cuyo papel desempeña muy notablemente la actriz María Jaimez (la cucaracha del título, enferma de cáncer), y que deviene en la antítesis perfecta para poner en la palestra la vieja dicotomía entre Eros y Tánatos. Hay también, en el personaje de Federico, director del balneario interpretado por el propio Ballesteros, la alusión al ansia de perdurabilidad del ser humano, resuelto con un final inesperado que conviene no desvelar por si alguien tuviera aún la oportunidad de asistir al teatro a disfrutar del montaje.

En definitiva, Cucaracha con paisaje de fondo es una pieza incómoda y valiente, que se atreve a poner el centro del debate la incuestionabilidad de la maternidad, aunque evita pontificar desde las tablas gracias a su formato fresco y cómico que pone freno a la catarsis categórica de la tragedia que en realidad es.

lunes, 3 de junio de 2024

652. Romper la crátera

 


El último libro de Nelo Curti se aparta de los parámetros habituales de los poemarios al uso gracias a un ensamblaje inteligente que de como resultado una obra de ascendencia dramatúrgica, perfectamente representable sobre unas tablas.

Efectivamente, Penélope de la Habana, parece estar emparentado con la labor performativa que el multidisciplinar artista uruguayo lleva a cabo desde hace tiempo a través de su espectáculo Afterpoesía. La deuda de este libro con ese concepto escenográfico se aprecia, por ejemplo, en el hibridismo genérico o en la incorporación de las nuevas tecnologías, que rompen «la cuarta pared» y permite la interacción con el «público-lector». Así, el último poema del libro es un código QR que nos remite a través de los dispositivos móviles a la coda necesaria del poemario. También contribuyen a ese guion la canción popular de los elefantes, intercalada entre los poemas, cuyo crescendo es proporcional a la vida rutinaria y gris de Penélope, la «protagonista» del libro; o la mutilación progresiva de un parlamento de Telémaco en la Odisea, donde Nelo Curti parece quebrar la crátera griega de la tradición para quedarse sólo con aquellos fragmentos que, otra vez unidos, alumbrarán ingeniosamente a la nueva Penélope del siglo XXI. La admirable distribución de todos esos elementos es la que confiere, junto al «argumento» de los poemas, su carácter casi escénico.

Penélope de la Habana, ganadora del Premio de Poesía David González de la editorial Páramo, es una deconstrucción del mito odiseico en relación a Penélope. Como la heroína homérica, Penélope también espera algo de la vida, pero sus días se deslizan monótonos y precarios. El desamor, el descreimiento de todo, la falta de fe en el otro y una existencia sin alicientes jalonan la supervivencia de esta Penélope de la gran urbe, aunque ella constituya más bien una isla que nunca es Ítaca porque es incapaz de encontrarse a sí misma, de «regresarse». Se barruntan en los poemas los trabajos de nuestra protagonista, de menos lustre que los trabajos de Hércules, porque ella no es Hércules como tampoco es la leona, epíteto épico que cierto hembrismo mal entendido otorga al empoderamiento femenino y que ella rechaza apelando a su derecho a sentirse frágil. Pero tampoco es la cantidad de clichés y roles que desde siempre, generación tras generación, se ha ido imponiendo a las mujeres: la tela de araña que soporta a los elefantes, otra vez como metáfora. Penélope es solo Penélope que espera mientras trabaja como camarera, como limpiadora, aunque el mundo siga igual de sucio. Las vicisitudes de Penélope permiten una visión crítica de nuestra sociedad: las tiranías de nuestro tiempo (trabajo, religión, familia, éxito, felicidad, patria); la hipocresía; el patriarcado (representado en esa estatua ecuestre de la plaza que señala el horizonte, bajo cuya sombra juegan unas niñas que, al crecer, también se sentirán zafiamente señaladas); la miseria oculta de las ciudades y la tragedia de los noticiarios. Y Penélope espera. Pero ya no tiene la necesidad de tejer y destejer su vestido de novia, prototipo de fidelidad, hasta la vuelta de Ulises –Circe mediante, no lo olvidemos–: ella misma es capaz de matar a los pretendientes a golpe de dedo índice en Tinder.

El poema QR final, casi una reformulación digital de la Pitia o de los oráculos griegos, trae la coda necesaria: la carta de Ulises. Porque los hombres son, también, víctimas de lo que les hicieron creer que eran, de su posición en el mundo, y necesitamos, por responsabilidad, achicar el agua acumulada de las cóncavas naves que naufragaron de sí mismas.

Huyendo de paternalismos y de la demagogia facilona de determinados mantras, Nelo Curti nunca pontifica, solo constata desde un profundo humanismo, la necesidad de hacer añicos la crátera donde se bebe, desde hace demasiado tiempo, un vino, que de tan añejo, sabe ya a rancio.

lunes, 27 de mayo de 2024

651. Buscas a Roma en Roma

 


Es fácil quedarse a vivir en esta nueva novela de Ricardo Lladosa, sobre todo si asumimos la muelle rutina de su protagonista en Roma, sus gustos refinados, su hedonismo sofisticado y sin estridencias, y, en definitiva, el placer del dolce far niente de quien tiene la Ciudad Eterna a su alcance y todo el tiempo del mundo para disfrutarla. Efectivamente, Piero, que ha heredado la fortuna de su tía, decide instalarse en la casa de ésta, abandonando su trabajo como cirujano cardíaco en Milán. Ya en Roma, retoma su amistad con Lionetta, antigua compañera de instituto, reencuentro sobre el que se cimentará una ambigua relación amorosa, no del todo sólida, que ilusionará al recién llegado. Hasta aquí, todo parecería apuntar a una historia de amor más o menos convencional, si no fuera porque Lladosa es capaz de construir unos personajes cuyo desnorte vital acaba erigiéndose en el verdadero leit motiv de la novela. Así, sabemos que Piero huye de algunos fantasmas de su pasado, tanto del reciente como del más antiguo, y Lionetta, que es profesora en La Sapienza, vive sujeta a los cuidados de su padre enfermo. Del dolce far niente al spleen baudeleriano hay solo un paso. Tanto es así que Piero acaba cifrando su precario equilibro metafísico a los caprichos del azar: su casa linda con el Cementerio protestante donde están las famosas tumbas de Keats y Shelley, pero Piero se fija en la lápida de un poeta olvidado de nombre Jimmy White. Espoleado por la curiosidad, decide buscar información en Internet, pero la red arroja poca luz sobre este escritor proscrito por el tiempo y, en cambio, encuentra a un Jimmy White, profesor de surf en España. Solamente la insatisfacción vital de Piero podría justificar la decisión del todo impulsiva y peregrina, por no decir desesperada, de marcharse a España a aprender surf con este White, atendiendo a una suerte de confianza ciega en la casualidad de su misterioso descubrimiento en el cementerio. Arrastrará, además, a Lionetta en su capricho, lo que dará lugar, ya en España, a un triángulo amoroso, también equívoco y apenas insinuado, con el profesor de surf que es, además, un escritor medio fracasado, que irradia el magnetismo del estigma malditista.

Son, pues, dos partes de la novela bien diferenciadas (más una coda), estructuradas a través de las notas que Piero toma en sus libretas de bolsillo, motivo del cual se extrae el título del libro. La primera parte tiene el encanto del flâneur, ligero y curioso, dispuesto a perderse en la belleza de la ciudad, lo que nos regala algunas estampas muy sugestivas de la Roma más oculta (imposible no acordarse de Anita Ekberg y Marcello Mastroianni en la Fontana di Trevi, cuando Piero y Lionetta visitan a escondidas la Pirámide de Cayo Cestio que ilustra la cubierta). Aparecen también numerosas referencias culturales, que trufan el texto de interesantes notas intelectuales. Tiene, además, la presencia de los familiares desheredados de la tía Fabrizia, que conforman un elenco de lo más pintoresco e histriónico, y que recuerdan a algunos personajes del cine neorrealista italiano. La segunda parte, sin embargo, cambia el tono; la tensión latente del triángulo amoroso (a la manera de Bowles en El cielo protector)  y un desencanto paulatino que parecer propiciar el calor, el finis terrae del mar y la ausencia del elemento artístico, ofrece un inflexión más amarga.

Con un estilo sobrio, pero elegante, y una notable capacidad sugestiva, Ricardo Lladosa ha escrito un libro amable, cuya lectura se desliza apacible, aunque, a la vez, vaya dejando en el lector su pequeño poso de melancolía al reconocer en todos sus personajes la fragilidad que los constituye. Porque, parafraseando al poeta, a veces buscamos en Roma a Roma y en Roma misma a Roma no la hallamos.

lunes, 20 de mayo de 2024

650. Adéu, Diari

 


El recuerdo más vivo que atesoro de aquel 2009, tras rubricar en el despacho de Josep Ramon Correal, a la sazón director del Diari de Tarragona,  mi participación como nuevo colaborador del periódico, es el de emprender ufano, casi exultante, Rambla Nova arriba, el camino que conducía hasta el Balcón del Mediterráneo. Me sentía reconciliado al fin con la ciudad y, en cierta medida, ya parte de ella. Mi condición de charnego, habitante de un barrio de emigrantes de la periferia, había obrado en mi relación con la capital un desarraigo que no solo venía motivado por cierto prurito de pedigrí del catalanismo más excluyente, sino también por el constructo identitario que aquel barrio, por compensación, había cimentado en mi conciencia de injerto extraño. Hasta la distancia que mediaba entre el barrio y el centro de la ciudad –cinco kilómetros por carretera nacional– parecía corroborar la existencia de dos mundos casi antagónicos. Colaborar con el periódico de mi ciudad y de la provincia entera y hacerlo con una columna propia constituían la forma de alcanzar la deseada integración cultural y me permitía, además, dar testimonio desde el altavoz de sus páginas de la pluralidad de la que yo y tantos otros formábamos parte.

El artífice de todo fue el ya mítico Antoni Coll, que por aquel entonces ostentaba un puesto casi honorífico, el de director de publicaciones. A Antoni le habían llamado la atención algunos de los artículos que Bea y yo escribíamos por pura diversión en nuestro blog, y nos sugirió trasplantarlos a las páginas del Diari, manteniendo al final de cada escrito la referencia a nuestra bitácora. «Ya te ha liado Antoni», recuerdo que dijo Correal al verme aparecer por la puerta de su despacho.

El nombre de la columna nos trajo de cabeza. Las primeras ideas fueron aberrantes como aquella de «Florilegio literario» o «El espía del Parnaso». Qué horror. Felizmente se impuso la cervantina «El cura y el barbero», tan a propósito para la crítica literaria y el «donoso escrutinio» que iba a llevar a cabo como comentador de libros.

El primer artículo apareció el domingo 21 de febrero de 2010, en una pequeña esquinita de la sección cultural. Aprovechando el retorno de los tranvías a las grandes ciudades españolas, metí con calzador un pequeño comentario sobre Tranvía a la Malvarrosa, de Manuel Vicent. Pronto, Isaac Albesa, jefe de cultura, me propuso una colaboración semanal (hasta entonces había sido quincenal) y la ampliación de los artículos hasta llegar a los 3500 caracteres con espacios (una media plana). La periodicidad semanal me obligaba a leer con demasiada premura los libros que reseñaba, de modo que se me ocurrió intercalar entre reseña y reseña unos artículos que yo llamaba «de transición» y que acabaron por convertirse en el verdadero sello de identidad de la columna. Cabía allí todo lo que tuviera que ver con la reflexión literaria, con la premisa de imbricar siempre literatura y vida y apostando por un estilo casi lírico que permitía leer la columna, no como un texto meramente periodístico sino como un artefacto con vocación artística. Enseguida conseguí ganarme la confianza de los redactores jefes y no tuve problemas en ampliar a mi antojo los temas y la extensión de mis artículos. Nunca nadie me impuso reseñas ni coartó mi libertad ni se vetaron artículos polémicos.

La obligación de mandar una artículo semanal me reportó una disciplina que luego se antojó decisiva para mi labor como escritor. Muchas veces apuraba hasta el último día para mandar el artículo porque trabajaba mejor bajo presión temporal. Del mismo modo, creo que la extensión relativamente breve de los capítulos de mis novelas se debe a la influencia del formato periodístico.

La columna y su difusión me granjearon una gran cantidad de amistades, algunas de las cuales yo creía inalcanzables. También algunos enemigos. Es lo que tiene la exposición pública. Hay alguna anécdota entrañable como la de aquel lector que recortaba todos mis artículos y los coleccionaba en un álbum de fundas. Y, claro, hay otras experiencias igualmente preciosas que el pudor me obliga a callar.

"El cura y el barbero" quedó hasta 3 veces finalista del Premio de Periodismo Literario Francisco Valdés. Fue un orgullo colar una columna de provincias entre los finalistas de periódicos de tirada nacional. También estuvo entre las candidatas a hacerse con el Premio del Fomento de la Lectura del Ministerio. Ha habido tentativas de publicar en libro una antología de los artículos, pero no han acabado nunca de cuajar. Todo se andará. O no. Qué más da. 

Pero tras casi 15 años y más de 600 artículos, ha llegado el momento de poner punto y final. Nadie tiene la culpa. Es solo que el nuevo enfoque de la sección cultural ya no me seduce. Sirvan estas últimas palabras para despedirme de los lectores tarraconenses, cuya fidelidad, semana tras semana, ha sido tan reconfortante, sobre todo porque uno no sabe, cuando manda sus palabras, si habrá alguien al otro lado. Pero me consta que sí. Mi gratitud. Solo deseo que estos años les hayan reportado entretenimiento, placer estético y el poco rédito cultural que soy capaz de ofrecer. Si es así, me doy por bien pagado. Hasta siempre.

miércoles, 15 de mayo de 2024

649. Estercolero literario

 


En su Comedia, Dante coloca a los envidiosos en la llamada segunda grada del Purgatorio. Allí, los penitentes tienen los ojos cosidos con alambre, pues en vida han sentido placer al ver caer en desgracia a aquellos cuyas vidas habían codiciado. Por lo general, el envidioso es también un hipócrita, porque, por amor propio, suele ocultar su inquina, pero también porque acostumbra a proferir falsos halagos al envidiado solamente para ganarse su favor pensando que con ello podrá aspirar también al estatus que ambiciona. A los hipócritas, Dante los castiga en la bolsa sexta del círculo octavo del Infierno, ataviados con capas que parecen de oro pero que son de plomo, y que arrastran con dificultad; a su vez, a los aduladores, los ubica en la bosa segunda del mismo círculo, hundidos en estiércol. Y, en fin, ya he llegado a donde quería llegar: al estiércol. Porque si algo he aprendido en los pocos años que llevo metido en el mundo de la literatura, es que, como en todos los ámbitos de la vida, junto a unas pocas personas que descuellan por su bonhomía y dignidad, hay también muchas otras que nutren el hedor de un inmenso estercolero. Esta misma semana, quien ahora escribe estas líneas, ha sido salpicado con la porción de mierda con que todos, alguna vez, nos manchamos. Al hilo de una publicación en Facebook, entré al trapo para secundar una de esas afirmaciones irónicas y ofensivas con que el personal se refocila por estos lares. Pensando que la persona aludida (que no nombrada) en la publicación era otra, apoyé el escarnio, utilizando, además, la brocha gorda de las palabras, registro en el que, por cierto, no me desenvuelvo demasiado bien, y en la que se corre el riesgo de que la impericia en el lenguaje tabernario sobrepase la fina frontera que existe entre el exabrupto ingenioso y la vulgaridad. Inclúyaseme en la segunda de esas variables. El caso es que la persona aludida no era el escritor que yo barruntaba, alguien de quien se ha solido hablar más de una vez en ese foro y, para más señas, alguien por quien fui ofendido vilmente y con quien tuve un rifirrafe muy desagradable en una conversación privada. El comentario original, además, encajaba perfectamente con una de sus más deleznables cualidades, la del narcisismo y la del prurito de superioridad.  Sin embargo, el aludido era, sin yo saberlo, otra persona por la que profeso, en cambio, gran respeto, admiración y el afecto propios de la camaradería literaria, esa que no es necesario alimentar cada día, pero que se da por sentada entre quienes nos reconocemos en una forma de ser y de estar en el mundo. Este escritor, al que aprecio, al leer mi comentario, se entristeció al comprobar el supuesto concepto denigratorio que yo le atribuía, y me escribió en privado para mostrarme su decepción. No hubo reproche, ni recriminación, ni bajó nunca al barro. Al contrario, fue una lección de caballerosidad, de saber estar, de altura de miras y de humanidad, a pesar de saberse herido. Un ditirambo a la elegancia. Y todo ello creyendo él que yo había participado conscientemente de su afrenta. Tuve que aclarar al momento el malentendido y confiar en que esta persona le tuviera fe a mi palabra. Si no se la tuviere, tampoco yo podría reprocharle nada. Pasé una tarde entera angustiado y dormí mal. Y, tras la angustia, llegó el enojo. Pero el enojo conmigo mismo, que es el que menos consuelo tiene. Porque todo ese embrollo hubiera sido perfectamente evitable si uno hubiera tenido la lucidez y el equilibrio emocional de no participar en linchamientos (aunque estos vayan dirigidos a las personas más odiosas) ni acompañar trifulcas patibularias que a nada conducen, salvo a embarrarlo todo y a mostrar la dimensión más aborrecible de la condición humana. Pero participé y el equívoco no es exculpatorio porque, en esencia, nada cambiaba salvo la persona afectada. La hermosa contestación privada que ese escritor me ofreció, aun sabiéndose erróneamente la diana de mi comentario ofensivo, es una de las lecciones más contundentes que he recibido jamás y que redundará, estoy seguro, en mi forma de relacionarme con las redes sociales y en la vida, en general. Entretanto, ando buscando asilo en alguno de los círculos del Infierno de Dante donde mi estupidez encuentre su acomodo y su penitencia.

lunes, 6 de mayo de 2024

648. Literatura recién inventada

 


Nunca conocí en persona a José Óscar López. Todo lo que sé de él me ha ido llegando a través de los comentarios, entusiastas y cariñosos, de quienes tuvieron la suerte de compartir su amistad, algunos de ellos, también amigos míos. Esto convierte a José Óscar para mí en una especie de compañero a no sé cuántos grados de distancia de consanguinidad, pero compañero, a la postre. Lo sé bien porque, tras su reciente pérdida, sentí cercano el dolor de todos aquellos que se volcaron en las redes para dejar el testimonio de su desconsuelo. Fue entonces cuando me urgió la necesidad de escoltar en mi pequeño bote el navío de José Óscar hasta su llegada a las islas, estén éstas en donde quiera que estén, siguiendo la cartografía del misterio que somos.

A propósito de su libro de relatos, Los monos insomnes, el escritor Pedro Pujante decía que era «literatura como recién inventada, proveniente de un país indefinido y fascinante». No creo que exista mejor definición para la obra de José Óscar López. Así me ha parecido también su Llegada a las islas, una suerte de reformulación del movimiento creacionista de Huidobro donde el lector se adentra como en una tabula rasa y sin coordenadas en un mundo acabado de estrenar. Ya los poemas que abren el libro constituyen una especie de poética: si existe la imposibilidad de decir algo porque todo está ya dicho tal vez «esta nada apacible, hospitalaria, constituyese una nueva y paranoide Eneida, formulación nueva y a la vez antigua». Prácticamente todo el poemario es una búsqueda de caminos nuevos para saber decir: la desmitificación de la inspiración decimonónica; la relación del escritor con su soledad creativa; ensayos de estampas poéticas; el atisbo de la idea («No conocí jamás la torre, pero oí / el canto de la torre y / ya no pude olvidarla»); imágenes en ciernes «como peces temblando fuera del agua»; la verdad literaria, lejos de la impostura del éxito («no pedí el laurel, sino aleteos, la verdad»); la inevitable vanidad, que es también autoexigencia («¿para qué ser cristiano si se pude ser cristo?» o «sé justo porque sé que no serás benévolo»); la peregrinación de un Judas Iscariote que vaga por Tracia, Siria y Jonia en busca de nuevos sortilegios pero que resulta partícipe de la «enésima generación de héroes mandados de vuelta a casa», como el hoplita renegado que vuelve a Elea o el regreso sin la espada de quien ha perdido Britania; aferrarse al trozo de ébano y «conservar los pedazos de aquello que nos salva»; las ideas desechadas como «chatarra galáctica»; la libertad creativa entendida como un ejercicio para nadie («como un arquitecto que comete / su trabajo sin la carga de que nadie tenga que vivir allí»); la importancia de la mirada («quien observa […] es quien lo aporta casi todo»), pues solo el poeta puede presagiar esencias trascendentes en la cotidianidad. Todo ello jalonado por diferentes y sugestivos guiños culturales procedentes de la cultura pop, de la música y del cine.

Pero ese mundo «a años luz, arriba lejos / muy lejos de cualquier planeta habitado», sucumbe a veces al prosaísmo de la realidad pura y dura: «los ángeles de la mañana bostezan en las paradas de autobuses»; salir de la ensoñación de un cine; la soledad rodeado de gente; la expectativa de los demás; un acoso escolar; las tardes de verano ociosas e improductivas; y algunas vicisitudes de orden personal que se integran dosificadamente en el libro.

Llegada a las islas es la epopeya de una búsqueda y José Óscar su intrépido (y vulnerable) argonauta. Los que hemos leído a José Óscar ahora sabemos con certeza que finalmente su nave arribó con éxito a la Cólquida. Y que se hizo con el vellocino de oro.

lunes, 29 de abril de 2024

647. El día que Olga Martínez me compró un peine

 


Depare lo que me depare esta chaladura de andar por el mundo escribiendo libros, siempre podré decir que, al menos una vez en la vida, tuve la oportunidad de vivir la experiencia de una Ruta Candaya, así en mayúsculas, porque las Rutas Candaya hace ya mucho tiempo que tomaron carta de naturaleza en la mitología literaria y necesitan sus buenas mayúsculas que rubriquen la leyenda. Habíamos trazado un itinerario que nos llevaría por varias ciudades del norte (Tarragona, Barcelona, Bilbao, Santander, Gijón, La Coruña, Santiago y Madrid). Así que mi editora –Olga Martínez– y un servidor nos lanzamos a la carretera con el maletero lleno de libros y de ilusión, y partimos desde Vilafranca del Penedès. Nuestro añorado Paco Robles no nos acompañó esta vez por sentirse algo cansado pero, a cambio, me regaló la ocasión de ser testigo de excepción del trabajo diario de ambos, ese que no se ve y del que nace el milagro de su catálogo. Efectivamente, mientras yo conducía, Olga y Paco aprovechaban para tratar por teléfono los pormenores de un libro en ciernes sobre el que Paco albergaba algunas dudas acerca de la conveniencia de su publicación. Olga, en cambio, había apostado fuerte por él. La discusión tuvo sus momentos de acalorado –y apasionado– debate. Al colgar Olga, sin aparente consenso, le pregunté cómo se resolvían estos casos. «Si el libro nos gusta a los dos, se publica; si le gusta a uno y al otro no, no se publica; si le gusta a uno y al otro no, pero este último halla algún mérito en el libro, se publica». Y yo, por pudor, me mordí la lengua para preguntar cómo había sido la cosa con el mío. Después me leyó varios poemas de un manuscrito que pensaban publicar, pidiéndome mi parecer sobre algunos versos. La lectura, así recitada en voz alta, tenía algo de acontecimiento auroral: las palabras que aún no son libro y que pronto lo serán. El viaje transcurrió después con una Olga infatigable y pertinaz que tiraba de agenda para ponerse en contacto con los medios de comunicación de cada una de las ciudades en las que íbamos a recalar, buscando la cobertura informativa del acto, y avisando individualmente a los leales acólitos de la tribu Candaya esparcidos por toda España para que acudieran a apoyar las presentaciones. Su tesón era colosal. Hubo también momentos para las confidencias, algunas de ellas muy personales a pesar de mi timidez y apocamiento, lo que da buena cuenta del vínculo humano que se establece entre Olga y sus escritores y hasta dónde puede llegar la complicidad que la literatura propicia. En Bilbao nos alojamos en la casa de unos amigos de Olga, un locus amoenus en mitad de Laiñomendi, que significa ‘Monte de la Niebla’, aunque sus anfitriones sean todo luz. Allí se dejó Olga su cargador del móvil y un ejemplar de Tres senderos hacia el lago, de Inceborg Bachmann, que estaba leyendo. Yo había ido despeinado al acto de Bilbao porque no encontraba mi peine por ninguna parte. En Santander, Olga me compró uno. ¿No resulta enternecedor? La ruta tuvo un éxito desigual. Olga sufría más por mi propia autoestima que por otra cosa. Pero hubo momentos maravillosos en Santiago, cuando mi Bea se pegó un viaje odiseico para estar conmigo en la Librería Cronopios, llena a rebosar. Podría escribir líneas y líneas con anécdotas de aquel periplo. Pero lo importante es que Candaya cumple ahora 20 años. Y Olga ha sacado fuerzas de donde no las hay para conmemorar el aniversario sin su compañero de vida. Es lo que Paco habría querido. El legado de Candaya es su impresionante catálogo: libros arriesgados, de incuestionable calidad literaria, que zarandean e interpelan, diferentes, comprometidos con su tiempo y, a la vez, destinados a perdurar, con vocación de universalidad. Candaya cumple 20 años y hay que ponerse guapos para celebrarlo. Ante el espejo, paso por mi cabellera, cada vez más rala, el peine que me compró Olga.

lunes, 22 de abril de 2024

646. Actores de reparto en el teatro de la vida

 


En la página 93 de la nueva novela de Luis Landero, el autor extremeño escribe: «Hay muchas historias que, cada una a su manera, cuentan siempre la misma historia: el caso singular de un vano intento, de un sueño que tarde o temprano acaba desembocando en la inmisericorde realidad». El pasaje de marras podría sintetizar, aunque parcialmente, el argumento de este último trabajo suyo, La última función (Tusquets), pero atiendan bien a que digo «parcialmente» porque, aunque las aspiraciones más o menos idealistas de los personajes que desfilan por sus páginas se dan, efectivamente, de bruces con el prosaísmo de la vida común, en modo alguno puede hablarse de fracaso, pues el camino trazado por cada uno de ellos nace de la propia iniciativa y la libre voluntad, y el resultado final, aunque no sea de relumbrón, certifica, a su manera, la hazaña de ser y de estar en el mundo porfiando por la coherencia personal y los principios de un estilo de vida elegido por ellos mismos. Así, el principal protagonista, Tito, se rebela contra la disposición de su padre de trabajar en la asesoría jurídica que éste regenta, y renuncia a la vida acomodada –pero también gris y mecánica de ese empleo– para lanzarse a la aventura de ser actor, aprovechando las portentosas cualidades de su voz, que a todos maravilla. Paula, por su parte, que es la otra protagonista del libro, es una muchacha desnortada, apasionada por las Bellas Artes, pero sometida, sin saber muy bien cómo, a la inercia de una existencia sin incentivos; será el azar quien ponga a su disposición el vuelco que su vida necesita y que ella, íntimamente, anhela. Es el azar, precisamente, otro de los asuntos de la novela, el mecanismo inescrutable de sus hilos y la tabula rasa que su inopinado advenimiento regala a los personajes para superar su estancamiento vital.

La novela está narrada por una primera persona del plural que se identifica con los viejos habitantes de San Albín, uno de tantos pueblos perdidos de la España rural. El retorno de Tito a San Albín, tras muchos años de ausencia, y envuelto aquel en un falso halo de prestigio debido a sus discretos éxitos artísticos, espolean el ánimo de sus habitantes que, recordando la memorable interpretación que Tito hizo de una leyenda local cuando era niño, le invitan a rescatar la historia y dirigir su representación con la esperanza de convertir el evento en un atractivo turístico para un pueblo que está próximo a la desaparición. La aparición fortuita de Paula completará los designios. Al hilo de lo expuesto anteriormente, hay que destacar el tema de la despoblación de la llamada España vaciada que, en la novela, se aborda con la desesperanza de lo que está abocado a la extinción.

Pero más allá de los dos personajes principales, la novela es un precioso repertorio de figurantes, cada cual con sus propias peculiaridades, y todos vinculados por su papel secundario en el teatro de la vida, que es, a la postre, el papel que desempeñamos el común de los mortales. Hay en el tratamiento de estos personajes una ternura, una compasión y un respeto, que entronca con el mejor humanismo filantrópico, a la manera machadiana con que el poeta sevillano se autorretrataba en su famoso poema. Este enfoque fraterno, indulgente y conmiserativo me ha parecido, junto a la habitual elegancia de la prosa, el aspecto más meritorio de la novela. Personas anónimas que viven su vida y comen su pan y no hacen daño a nadie, y que un día mueren sin dejar rastro de su paso por el mundo tras interpretar la última función.

lunes, 15 de abril de 2024

645. Bronce y sueño, los gitanos

 


Raúl Quinto ha quedado finalista del Premio Andalucía de la Crítica con su último libro, Martinete del rey sombra (Jekyll & Jill), aunque la excelente calidad literaria de la novela, así como el indudable interés y oportunidad del tema abordado, podrían haberlo aupado con toda justicia hasta la consecución del galardón. Sí obtuvo, en cambio, el prestigioso Premio Cálamo que otorga la famosa librería zaragozana. (Adenda de urgencia: al acabar esta reseña, acabo de enterarme de que Raúl Quinto ha ganado el Premio de la Crítica a nivel nacional. ¡Bravo!)

Nada más ingresar en las páginas de Martinete, uno toma conciencia inmediata de que está atravesando el atrio de la gran literatura. Una preciosa estampa del rey Fernando VI en su lecho de muerte, repleta de imágenes líricas y sugestivas, bordadas con la solemnidad de una prosa elegíaca, adelantan el tono general del libro, insobornable a la palabra precisa, al hallazgo poético y al cuidado, en suma, del lenguaje literario, sintagma este último que en los tiempos que corren ha pasado de resultar una obviedad –la que constata que la literatura debiera preocuparse por elevar las palabras a categoría artística– a convertirse en una rara y pertinaz muestra de supervivencia de una forma de entender el hecho literario.

El principal tema de la novela es la crónica novelada del execrable episodio conocido como La Gran Redada, que tuvo como objetivo el exterminio de la etnia gitana en España durante la segunda mitad del siglo XVIII. El plan, auspiciado por Zenón de Somodevilla,  ministro de Fernando VI, más conocido como marqués de la Ensenada, persiguió y reprimió a familias enteras de gitanos, separando a hombres de mujeres con la voluntad genocida de que no pudieran reproducirse. Es imposible soslayar el parentesco entre el segundo capítulo de la novela y el «Romance la Guardia Civil Española» de Federico García Lorca, cuando las autoridades entran a saco en los poblados gitanos para iniciar la represión. Los guiños intertextuales no son solo evidentes, sino un emocionante homenaje a la poesía lorquiana. El propio título del libro evoca, como evoca el género romancístico, la veta popularizante del martinete, palo flamenco procedente de los forjadores, que se acompañaban del martillo para su cante (el herrero, por cierto, es símbolo gitanesco por antonomasia en la poesía de Federico). Pero más allá del género, entronca con el ideario del propio Raúl Quinto y su compromiso ideológico, siempre del lado de las clases menos favorecidas o marginales.

A partir de ahí, el libro narra con descarnado lirismo y pasajes naturalistas, las terribles vicisitudes de los represaliados, alternando estos capítulos con aquellos en los que se retrata con acerada ironía las semblanzas de los personajes de alto copete que habitan la corte, las connivencias e intereses, y sus intrigas palaciegas, con especial atención a la subida y caída del marqués de la Ensenada. Singular interés suscitan los análisis psicológicos de Fernando VI y de su esposa consorte, la reina Bárbara de Braganza, títeres del poder de terceros y humanizados en su vulnerabilidad.

Raúl Quinto, que sabe que no está escribiendo un tratado histórico sino una novela, reduce la parte documental a su mínima expresión, lo que le obliga a veces a comprimir sobremanera los marcos contextuales de carácter historicista con una acumulación algo atropellada de los datos (no siempre necesarios) que lastran un tanto la lectura, pero que tampoco estorban del todo al conjunto.

Martinete del rey sombra es una novela necesaria, en lo literario y en lo colectivo, porque dispone la conciencia estética al servicio de la conciencia ética y social, y pocas veces como en estos tiempos oscuros y mediocres que vivimos, ambas premisas habían sido tan necesarias. Que suene, pues, alto y grande,  el quejío de Raúl Quinto.

lunes, 8 de abril de 2024

644. Un jumento hace ciento



 

La compañía Ay Teatro rinde en su quinta producción un hermoso y merecido homenaje a la figura del burro, animal que ha estado íntimamente unido al ser humano desde la antigüedad pero que no ha sido considerado como compañero sino como mero instrumento de trabajo. De hecho, en torno al burro hay en nuestra lengua infinidad de refranes, frases hechas y canciones populares que conviven con los significados peyorativos que se han ido adhiriendo, como una segunda piel, a la palabra burro. Y es que si el asno puede reflejar los puntos débiles del ser humano –la simpleza, lo instintivo, la estupidez…– también es símbolo de altos valores –la ternura, la capacidad de sacrificio, la inocencia, la inteligencia…–. La reivindicación de su figura, por tanto, está más que justificada.

Con este objetivo, Yayo Cáceres dirige una original pieza magistralmente ensamblada por el buen hacer del dramaturgo Álvaro Tato, quien despliega sus profundos conocimientos filológicos para realizar un excelente trabajo de selección y de reelaboración de textos de diferentes épocas que van completando el armazón argumental: un burro, ante la inminencia de un incendio que está arrasando el bosque y que pronto llegará al lugar en el que él permanece atado y olvidado, le relata a su sombra la historia de su especie. Las escenas del presente, en las que el protagonista hace referencia al fuego y a su complicada situación, se alternan con absoluta naturalidad con el relato de fragmentos que conforman un apasionante viaje por la literatura de todos los tiempos, desde los cuentos indios del Pachatantra, las fábulas de Esopo y Fedro, El asno de oro de Apuleyo, la Disputa del asno de fray Anselmo de Turmeda, la Misa del asno, Don Quijote de la Mancha –inolvidable la conversación entre el rucio de Sancho y Rocinante–, La Burromaquia, hasta las fábulas de Iriarte y Samaniego y un largo etcétera. Y con la huella inconfundible de un bello lenguaje poético y de un amoroso respeto por la literatura que son ya señas propias de Tato. Ante el miedo, nuestro burro opta por el recuerdo y así rememora desde el momento en que se conocieron sus padres, burros salvajes, pasando por las antiguas Roma y Grecia, la Edad Media, el Siglo de Oro, la Ilustración hasta la época moderna en la que destaca un precioso tributo a Platero y yo y a su autor, J. R. Jiménez. En esta narración, se alternan momentos de humor con otros tiernos o dramáticos, sin soslayar la crítica política, que configuran una tragicomedia poética capaz de pellizcar hasta al espectador más frío.

Carlos Hipólito deslumbra con su impecable interpretación del pollino. Su voz delicada, con una prosodia perfecta, se mece en la más absoluta veracidad tanto en los momentos cómicos como en los más dramáticos. Hipólito rebuzna y sus manos se convierten en pezuñas con una total naturalidad (alejado del histrionismo o de la artificiosidad que podría entrañar dar vida a un burro) e, incluso, canta. Y es que la música en directo no podía faltar en un espectáculo de Ay Teatro. Hipólito está acompañado en el escenario por el guitarrista M. Lavandera y por los actores y músicos Fran García e Iballa Rodríguez, quienes interactúan con él en numerosos momentos. La escenografía es casi minimalista: un arnés con correa, una plataforma con rampas y unos fardos de heno que los actores van cambiando de posición para sugerir diferentes lugares. Sencillez para ponderar la palabra, para jugar con el poder sugestivo del teatro, para que el espectador no se pierda con artificios decorativos y ponga todos sus sentidos en esta historia que no es sino una reflexión de la propia condición humana. Al terminar, con el último rebuzno del protagonista, es inevitable preguntarse quién es más burro, si el ser humano o el animal. Juzguen ustedes mismos.