lunes, 14 de junio de 2021

534. Pinta y colorea

 


La fotografía que acompaña a este artículo está tomada del examen de Selectividad de la Región de Murcia correspondiente a la asignatura de Historia. Analicemos su enunciado. Antes de entrar en materia, aparece una “nota importante” en negrita y en mayúsculas, advirtiendo al alumno de que el examen consta de dos partes, y de que en cada una de ellas debe contestare solamente a una de las preguntas propuestas. La advertencia figura en el encabezado y enmarcada, por si las negritas y las mayúsculas no fueran ya lo suficientemente llamativas. A continuación, se redactan nuevas instrucciones referidas ya a la parte primera del examen. En ellas se informa de que este bloque consta de dos preguntas, y aclara que estas dos preguntas son la pregunta 1.1. y la pregunta 1.2. No sé si habrá sido el caso de los muchachos, pero ahí uno debería tener la obligación de sentirse, al menos, un poco ofendido. Pero vale, de acuerdo. La pregunta 1.1. y la pregunta 1.2. Bien. Gracias. Seguidamente se advierte –otra vez– de que el alumno “debe elegir solamente una de ellas, sin mezclaras”. Este aviso aparece en negrita, subrayado y con la palabra “una” en mayúsculas. Y aclara, por si eres subnormal: “o se responde a la 1.1. o se responde a la 1.2.”. A estas alturas del enunciado, el alumno ya no debiera sentirse solamente ofendido, sino directamente insultado. Pero aún falta la traca final. Continúan las instrucciones: “En el caso de que se responda a las dos preguntas, se tendrá en cuenta solo la de mayor puntuación”. Lo que traducido a román paladino vendría a ser algo así como que si eres tan sumamente gilipollas, que tras decirte con las putas negritas, las putas mayúsculas y los putos subrayados que contestes solamente a UNA puta pregunta, y tú, pese a todo, pedazo de imbécil, contestas a las dos, no pasa nada, cariño, que te vamos a contar la de mayor puntuación, no vaya a ser que te creemos un conflicto emocional y tenga que verte la psicopedagoga con la que te confabularás para que te adapten todos los próximos exámenes a nivel border line. Así que contesta lo que te dé la jodida gana, que aquí no pasa nada. Y para ponértelo más fácil, vamos a por la pregunta 1.1. Sí, hombre la primera pregunta del bloque 1, la 1.1., ¿sí? Venga, muy bien. “En el año 711 d.C., un ejército beréber al frente de Tariq derrotó a las huestes visigodas del rey……”. ¡Juguemos a completar! ¡Gamifiquemos a los visigidos! Una pista: empieeeeezaaaa pooor “Ro”… ¿No? ¿Aún no? Venga una ayudita más: y acaaaaaba pooor “¡Do!” ¿No?  Bueeeno: y en medio es… “¡dri!”. Nooo, hombre, nooo, ¿cómo va a ser Dodriro? Ah, perdona, hijo,  que yo no sabía que eras disléxico y TDAH y no se cuántas siglas más (o que te lo haces, cabroncete; o que no tiene ni puta de idea de quiénes eran los visigodos). Si es que hay que ver las preguntas que les ponen hoy en día a los chicos en la Sele. ¡Una de visigodos! ¿A quién coño le interesan los visigodos? Si eso de la lista de los reyes godos está ya más obsoleto que las maracas de Machín. ¿Obsoleto? Sí, hombre: arcaico, desusado, caduco. No, Machín no era el de Colliure, ese es otro. Pues lo que te decía, tía, que ¿cómo les ponen esas preguntas tan chungas? Y los enunciados no estaban tan claros, ¿eh? Que más que aclarar los liaban aún más a los pobres chicos, con el estrés que llevan. Hubiera molado más una partida al Empire Total War y crear un ejército contra los moros con el Dodrigo ese al mando y todo habría sido más pedagógico y motivador. ¡O un pinta y colorea!

lunes, 7 de junio de 2021

533. El recuerdo que seremos

 


Leí en su día El olvido que seremos, de Héctor Abad Faciolince y, saturado como estaba entonces de literatura memorialística, evocaciones nostálgicas y homenajes familiares, no supe entrar bien en la novela. Reconocí, eso sí, una prosa muy limpia, cuyo mero fluir constituía por sí solo un amable placer.

La reciente adaptación cinematográfica a cargo de Fernando Trueba ha operado en el vago recuerdo de mi lectura como una alquitara donde se han destilado con enorme acierto selectivo y exquisito mimo los pasajes más hermosos del libro. Nada le falta y nada le sobra al metraje respecto de la novela –de donde se concluye la inteligente mirada de David Trueba, a la sazón guionista de la cinta– y el enfoque de la película rescata con admirable precisión emocional la esencia de su adlátere literario.

De este modo, asistimos con verdadero deleite a los grandes temas de la novela. La admiración exacerbada del niño Héctor hacia su padre, correspondida con un amor más allá de todo límite por parte de éste, se trasluce perfectamente en la mirada de Nicolás Reyes, el actor que encarna al escritor durante su infancia. Las alegres escenas familiares evocan el enorme papel aglutinador del padre, en torno a cuya figura planetaria y su influjo gravitacional puede entenderse la felicidad que rezuma toda la casa. Efectivamente, Héctor Abad padre consigue crear esa armonía a base de una transigencia de tal generosidad que resulta imposible traicionarla con el abuso, la indisciplina o el menosprecio. Todo orbita alrededor de su bondad inquebrantable, a la que la familia quiere corresponder, en un afán de no defraudar. Incluso cuando el cabeza de familia debe reprender severamente algún comportamiento (como la pedrada de su hijo al cristal de una familia judía), lo hace con una pedagogía firme pero constructiva que no se basa en el castigo. Esa actitud ilustrada, fruto de la moderación y del conocimiento, alcanza divertidas y significativas cimas en las escenas donde Héctor Abad padre debe contrarrestar las supercherías religiosas de la educación que reciben sus hijos por parte de la monja que los tutela en casa y con la que solo transige por mero respeto a las creencias de su esposa, cuya parentela está vinculada a figuras importantes de la jerarquía eclesiástica. De esa actitud dieciochesca nace también su compromiso con la ciencia como garante del progreso de Colombia respecto a las vacunas y la salubridad del agua. Y es, otra vez, la independencia que da el pensamiento propio, lo que convertirá a Héctor Abad padre en la diana de conservadores y progresistas, los unos por poner en jaque el poder establecido a través de sus diatribas, los otros por no tomar el camino radical de la violencia reivindicativa, interpretada como tibieza y hasta connivencia con los poderes fácticos. La tiranía del estás conmigo o estás contra mí, sin escala de grises, que penaliza la equidistancia y el juicio independiente. En todos esos pormenores del carácter de Héctor Abad Gómez, Javier Cámara está perfecto.

El uso alterno del color para la época feliz y el blanco y negro para el tiempo de la desgracia resulta un acierto que trastoca las atribuciones tradicionales de estas técnicas cromáticas vinculadas normalmente a criterios cronológicos, aquí vueltos del revés. Estas sutilezas técnicas intentan caminar del lado de la contención emocional para no caer en el sensacionalismo, aunque, como ocurre en el libro, la coda final en la que los hijos se van enterando del asesinato del padre me parece prescindible justamente por recrearse en el dolor. Bastaba el crimen y la elección del blanco y negro.

La obra hace buena la controvertida máxima de que bondad y cultura suelen ir de la mano. Y que la Literatura, cuando es buena y auténtica, contradice el título de la novela de Abad Faciolince, y puede regalarnos aquella segunda vida manriqueña del recuerdo. Como no todos podemos ser prohombres de la Historia ni tener hijos que perpetúen nuestra memoria con las palabras, conviene al menos saber qué tipo de recuerdo queremos legar a las dos, a lo sumo tres, generaciones que nos sobrevivan antes de ser olvido definitivo en la tierra. Trabajemos para que el recuerdo que seamos se parezca, aunque efímero, al de las personas buenas como Héctor Abad Gómez.

lunes, 31 de mayo de 2021

532. Finales literarios

 



No recordaba el final de Cañas y barro hasta que he vuelto a la obra de Blasco con motivo de mi viaje a la Albufera. Cuando Tonet se suicida, su padre Toni decide darle sepultura bajo el campo artificial que ha ido construyendo sobre la laguna para convertirla en parcela cultivable de arroz. Durante toda la novela asistimos a la lucha abnegada de Toni que, espuerta a espuerta, trata de ahogar el agua indómita del lago para su propósito. Algunas veces es el propio Tonet quien, en sus accesos de arrepentimiento y respondiendo siempre a su conducta volátil, ayuda al padre a cargar la tierra. Lo que el lector no sabe aún es que aquella tenacidad, que tiene algo de obsesión y de locura, solo servirá para construir la fosa de Tonet; que cada paletada de tierra sobre la Albufera no son más que los golpes de las azadas que cavan su tumba; que el futuro arrozal, si llega a existir, será abonado por el cuerpo putrefacto del hijo. Cuando descienden el cadáver al fondo de la fosa, ésta aún rezuma el agua de la laguna, como símbolo de un doble fracaso vital. Y finalmente, mientras, de espaldas, Toni rasga con su terrible lamento la calma del amanecer, la Borda, besa la lívida cabeza de Tonet «osando, ante el misterio de la muerte, revelar por primera vez el secreto de su vida», esto es, su amor oculto. La Borda, que es un pobre personaje secundario, una huérfana acogida por la familia de los Paloma a la que Blasco le dedica apenas unas cuantas líneas en su libro, se erige así,  al final de la historia, en el centro de la novela. Magnífico.

Me gustan estos finales efectistas, aunque alguien pueda tachar esta preferencia de fácilmente impresionable. Una antigua amiga, dedicada a la música, condescendía con desprecio cuando me emocionaba durante un concierto en el que la orquesta hacía su crescendo de percusiones y platillos. ¡Bendito lego era yo entonces! A veces creo que toda una novela puede ser un simple redoble de tambores que preludia –tachaán– el glorioso final. Asimismo, valoro mucho los remates de los capítulos, por mucho que alguien pueda afearme mi gusto por lo folletinesco.

También son hermosos los finales sencillos, plácidos, aquellos en los que la novela se va apagando poco a poco como en un fundido a negro. O los finales abiertos, cuando al cerrar la novela ésta sigue aún desarrollándose entre las cábalas del lector. Sin embargo, son más olvidables. Nadie, en cambio, puede olvidar a Ana Ozores desmayada en medio del inmenso espacio de la catedral de Vetusta; o las palabras finales de Bernarda Alba sellando de silencio su casa; o las de Yerma, que tras estrangular a su marido, dice con alaridos haber matado a su hijo. Hay finales necesarios, como la muerte de don Quijote, cuya sobrevenida cordura impide su razón de ser en el mundo (y evita más apócrifos como el de Avellaneda). Y hay finales redentores, que permiten también nuestra propia catarsis griega.

Cuando se llega al final de un libro –no sé si a ustedes les pasa igual–, el ritmo de la lectura se remansa. Uno ha leído la novela casi de corrido, pero cuando aparece la última página, sujetamos la brida y leemos lentamente, como si fuera un responso, las palabras que constituyen su epitafio. Es casi una cortesía ante el inmediato tránsito del libro moribundo. Luego se cierra su cubierta y abrazamos sobre el pecho al amigo que se ha ido. Y entonces somos también nosotros la Borda de Blasco Ibáñez besando la cabellera de Tonet.

lunes, 24 de mayo de 2021

531. Viajes literarios: la Albufera de Valencia



A mí me habría gustado contemplar la Albufera de Valencia con los ojos ebrios y ociosos del borracho Sangonera. En un hermoso pasaje de Cañas y barro, Sangonera confiesa emocionarse con la mera contemplación de la Naturaleza al atardecer, a «aquella hora del crepúsculo, que era en el lago más misteriosa y bella que tierra adentro. La hermosura del paisaje se le metía en el alma, y si la contemplaba al través de varios vasos de vino, suspiraba de ternura como un chiquillo». Hay en la confidencia que Sangonera le hace a Tonet un atisbo de redención en la belleza. De Sangonera nos reímos a lo largo de toda la novela; otras lo compadecemos; las más de las veces censuramos su parasitismo y lo despreciamos. Por eso el lector se sorprende y empieza a tomárselo en serio cuando, en medio de su peregrina –aunque plausible– exhortación filosófica acerca de la legitimidad de la pereza y de la ociosidad, Sangonera se estremece al evocar su éxtasis contemplativo. La escena es bonita porque demuestra que la Belleza es capaz de calar en las almas menos permeables a los accesos líricos, que su majestad somete incluso a aquellos hombres en los que el terreno yermo de su propia degradación parece hacer difícil la germinación de un solo sentimiento elevado.

Pero hoy resulta difícil hallar en El Palmar –ni siquiera con una copa de vino de más– las excelsitudes que la mirada asombrada de Sangonera evocaba en la novela. El Palmar es ahora un inmenso comedor donde el turista solo parece acudir para deglutir con afán de dominguero contumaz los arroces y el all i pebre que las decenas de restaurantes ofrecen cada cuatro pasos. Pareciera que el cornudo Cañamèl, ya que no con la adúltera Neleta, hubiera perpetuado su progenie en los taberneros del lugar. Nada, en cambio de Literatura, salvo en los nombres de los negocios: recuerdos al tío Paloma, a los redolins, a la Sequiòta, pero ni unos míseros carteles, repartidos estratégicamente aquí y allá, con algún extracto de la novela de Blasco Ibáñez que adornase con la palabra la desolación de esta pedanía valenciana sometida al yugo de los estómagos.

Los paseos en barca por el lago, aunque ponen en contacto al viajero con la esencia de la Albufera, pierden su prometedora sugestión: los motores de las barcas ahogan el sonido de las cañas al atravesar los canales; la canción del agua, estremecida antaño por el soñoliento movimiento de las perchas, queda apagada por el moscardón de gasóleo, igual que los animales que pueblan su abigarrada naturaleza. Aunque eso sí, la belleza del lago aturde y en su laberinto de cañas y barro, un algo telúrico entronca con el animal que somos, capaz quizás de ahogar a un bebé entre los carrizales.

Y yo,  con el Arcipreste, «como só omne como otro, pecador», también hube de los arroces gran sabor. Pero algo debo agradecerles. Durante la pertinente siesta de después, tumbado sobre el regazo de Bea, cerca de uno de los embarcaderos, en el tranco trasero de la casa sindical de colonización, cierro los ojos y oigo el murmullo del viento cimbreando las cañas. Y ya soy Blasco Ibáñez durmiendo en su barca durante su estancia en El Palmar para escribir su novela. O soy Tonet –la mano de Bea revolviéndome el pelo–, haciéndole el amor a Neleta en la oscuridad de la laguna. Para que el sortilegio permanezca, conviene ver atardecer en el mirador de La Gola de Pujol. O adentrarse en La Dehesa, donde Neleta y Tonet niños se extraviaron una noche, pasándola abrazados, mientras a lo lejos se oían los embates del mar y, quizás, el silbido de la culebra Sancha. Y es así como, al fin, me encarno en el bueno de Sangonera y la Albufera y Blasco me llenan los ojos de gratitud.

lunes, 17 de mayo de 2021

530. Salpica y chapaotea

 


En la urbanización donde vivo están ahora arreglando las teselas del suelo de la piscina. Nunca acudo a las reuniones de la comunidad pero suelo leer las actas de estos conciliábulos vecinales donde se dirimen los destinos de la vida muelle de estos aprendices de ricos que se desloman cada día para poder seguir viviendo en una urbanización con pistas de pádel y piscina. O eres rico o no lo eres. Pero ir de rico por la vida cuando tienes que levantarte todos los días antes de salir el sol tiene mucho de patético. Pero esa es otra historia. Las actas, digo, se cuelgan en el vestíbulo de la escalera y están escritas con ese lenguaje burocrático redactado por alguien con ínfulas de notario que se sentirá más importante tras colocar el documento con su chincheta en el tablón. Entre toda esa jerigonza legalista y administrativa, me llama la atención una palabra que no parece avenirse con la idiota solemnidad del escrito. Esa palabra es «chapoteo». Se dice que el presupuesto X se destinará a reparar la zona de «chapoteo» de la piscina de adultos. Y claro, yo no puedo más que imaginarme a mis vecinos adultos chapoteando ridículamente en bañador en la zona de «chapoteo» de su piscina de adultos. Porque los adultos parece ser que también «chapotean».

Enseguida asocio la palabra a otras que se suelen utilizar aplicadas al mundo adulto y que contribuyen a la infantilización social que venimos sufriendo desde hace ya varios años. Y recuerdo un artículo escrito por Miren Erroteta en el elDiario.es y titulado significativamente «Llámame vieja, no me hables como a una niña» donde denuncia el lenguaje edulcorado que se suele usar con los ancianos: «Tómate la pastillita, bonita». Si yo llego a viejo y alguien me concatena dos diminutivos seguidos, lo mando a la mierda en menos que canta un gallo como el buen vejestorio cascarrabias en que aspiro a convertirme. Me dicen que en los centros de estética las trabajadoras le piden a sus clientas que se quiten las braguitas para poder tratar mejor la grasita del culito. La grasita. La pandemia ha contribuido también a tratar a los adultos como a gilipollas. Durante meses fuimos héroes que habíamos resistido los embates del virus con responsabilidad. En los carteles y folletos donde se describían los protocolos sanitarios a seguir, salíamos dibujados con capa y antifaz, recordándonos lo bien que lo estábamos haciendo, la heroica fortaleza que demostrábamos quedándonos en casa deglutiendo series de televisión. A veces nos ilustraban con algunos dibujos animados con su música (musiquita) infantil y su sesgo pedagógico para subnormales. Todo muy dinámico, entretenido, colorista y buenrollistahappyflowers. Porque los adultos somos imbéciles a los que Epi, Blas, Coco y todos los putos teleñecos de Barrio Sésamo deben enseñarles de forma amena y divertida que hay que lavarse las manos, ponerse la mascarilla y guardar la distancia de seguridad. ¿Por qué no decir eso mismo sin tantas memeces en un sobrio catálogo de normas? ¡No! ¡Anatema! ¡Condenado a los infiernitos de los retrograditos! ¿Y qué me dicen de los aficionados al fútbol a los que hay que ponerles sonido de público enlatado como si no fueran capaces de asumir un estadio sin público? Y así nos va. Nos quieren convertir en una generación de retrasados tan mimados que a la que se levanta el estado de alarma salimos a la calle a festejarlo, coreando la palabra «libertad» convencidos de que acabamos de salir de la III Guerra Mundial. Porque nos lo merecemos, porque hemos sufrido mucho, ya lo dicen los psicólogos, la fatiga pandémica, pobrecitos los adultitos.

Así, pues, debo estar preparado y mentalizarme. En unas semanas, cuando la piscina esté reparada, volveré a ver a mi vecino del 1.º con su bañador de Los Simpson mojándose el culo en el agua. Disfrutando de su libertad. Chapoteando.

lunes, 10 de mayo de 2021

529. Hace Juan Diego Botto

 


Es ya clásica aquella evocación que hizo en su día Jorge Guillén sobre la figura de Federico García Lorca: «cuando está Federico no hace ni frío ni calor. Hace Federico». De este modo se refería el poeta vallisoletano al proverbial magnetismo que Lorca ejercía sobre cualquiera que hubiera tenido la irrepetible suerte de haberlo tratado. La otra tarde, sentados en el patio de butacas del teatro, también nosotros experimentamos y entendimos el recuerdo de Guillén. Porque la otra tarde, durante la representación de Una noche sin luna, no supimos ya si hacía frio o si hacía calor, o si lo que estábamos presenciando era una obra de teatro o no lo era, o si vivíamos en el presente o alguien nos había metido en un portal del tiempo y estábamos en 1936. Simplemente, perdimos nuestro centro de gravedad y no supimos demasiado bien qué nos estaba pasando. Y era Federico. Nos estaba pasando Federico. Hacía Federico. O hacía Juan Diego Botto.

Una noche sin luna, escrita e interpretada por el propio Juan Diego Botto y dirigida por Sergio Peris-Mencheta, recoge retazos de la vida de Lorca, extraídos del anecdotario personal y también de algunos de los textos procedentes de sus numerosas conferencias, así como de guiños poéticos. Pero el actor huye de la mera concatenación de avatares biográficos y rechaza el pedagogismo para proponernos una brillantísima y vívida miscelánea teatral que mantiene al espectador sobrecogido y sin aliento a la espera de la nueva prestidigitación dramatúrgica que Juan Diego Botto se saque de la chistera y que conviene no desvelar aquí: un portento del dominio escenográfico. La aparente espontaneidad de todo lo que ocurre sobre las tablas, acentuada por las continuas rupturas de la cuarta pared, urde en el espectador una sensación de incontestable realidad dentro de la ilusión teatral, muy parecida a la de esos sueños que nos parecen auténticos y de los que, al despertar, siguen con nosotros durante gran parte del día. Las notas del piano que tocaba Lorca, cedido por la Residencia de Estudiantes para grabar la música del montaje, incrementa de nuevo el vértigo de traspasar una suerte de vórtice temporal y refuerza la carga onírica de todo lo que se vive durante el espectáculo. Entretanto, Juan Diego Botto va construyendo sobre el escenario, casi sin darnos cuenta, el simbólico barco de Teseo que, luego lo sabremos, será trasunto de la reivindicación de la memoria histórica. Pero hasta ese momento, los juegos de atrezo van sucediéndose hasta la sugestión más epidérmica: Juan Diego-Lorca va extrayendo de la fosa donde está enterrado objetos representativos de la vida de Federico: desde unas canicas infantiles, al mono de la Barraca y, mientras, la arena cae de la las mangas de la chaqueta de Lorca, cada vez menos hombre y más polvo, como una clepsidra que anunciase el agotamiento de este tiempo de su resurrección.

Desde su marco temporal de 1936, la obra entronca con nuestra actualidad en el diálogo entre Lorca y un exaltado del público, y el espectador descubre con angustia cómo los discursos populistas de entonces son los mismos que los que escuchamos ahora: un aviso a los navegantes del barco de Teseo. Y, no obstante, Botto no se concede el recurso fácil de lo lacrimógeno y modula, incluso con el humorismo, la evidente tragedia. Cuando llega el impresionante final, todos sentimos el tiro en la sien: aún tiemblo al evocarlo. Y, sin embargo, hay una gloriosa epicidad en lo segundos finales que nos rebela hasta la esperanza y la dignidad.

Salimos del teatro conmocionados. En la calle no hace frío ni calor. Hace Federico. Hace Juan Diego Botto.  


miércoles, 5 de mayo de 2021

MANIFIESTO EN DEFENSA DE LOS ESCRITORES DE ALICANTE

 

Vaya por delante que los escritores que suscriben el presente manifiesto no aspiran a sentirse imprescindibles en ningún evento cultural. Tampoco en la Feria del Libro de Alicante.  El ejercicio de la Literatura no consiste en satisfacer la tonta vanidad de posar para el proscenio social en una mesa de firmas. Eso nada tiene que ver con la Literatura. En todo caso, ese escaparate interesará a las editoriales y a las librerías, que cifran legítimamente su sustento en la visibilidad de la mercancía, y también a los gestores culturales. Pero no es el territorio, en esencia, de los escritores. Aunque pueda parecer una verdad de Perogrullo, los escritores escriben, y es en esa sola labor donde cifran su pedacito de salvación. Si algo nos ha enseñado nuestra pasión es que la Literatura es un ejercicio de soledad y también que únicamente unos pocos pueden vivir de ella, y que la fama y el prestigio son quimeras de adolescente, a la postre accesorios en una labor que trasciende la mera exhibición pública. El escritor carga desde el inicio con el destino de los humillados. Y somos conscientes. Y ya venimos llorados de casa.

Que nadie se confunda, pues, y busque en este manifiesto egos heridos, vanidades ultrajadas, narcisismos ofendidos u otros agravios al pundonor literario. Nada de eso hallará quien se acerque a nuestra reivindicación. Porque lo que aquí se dirime es más importante que nuestros propios libros. Lo que aquí denunciamos es la instrumentalización de la Literatura misma con fines espurios y la afrenta pública sufrida por los escritores de Alicante por parte del concejal don Antonio Manresa, que tuvo la desfachatez de declarar que su vergonzante ninguneo a los autores locales para la presente Feria del Libro tenía que ver con nuestra propia desidia hacia el evento. «[Los autores] son los que son y vienen los que han querido venir», declara nuestro concejal al Diario Información. Pero para  «querer venir» hace falta que antes uno sepa si se le quiere invitar. Delegar en la supuesta falta de entusiasmo por parte de los escritores de Alicante el completo olvido y desdén en que nos ha tenido el concejal constituye una doble bajeza: la de obviar su propia responsabilidad profesional en el diseño de la Feria y la de mentir descaradamente en un medio público al culpar a los propios escritores –ajenos por completo a la confección del evento– de su ausencia en la edición de este año.

Desde el principio, la opacidad en todo lo concerniente al diseño del programa de la Feria ha sido más propia de una cacicada que de una concejalía. Muchos escritores conocimos parte del mismo a través de la prensa. Editores y autores interesados nunca hallaron formularios en los que ofrecerse para participar, como sí se hizo el año pasado, y un día cualquiera nos topamos con que la programación estaba ya prácticamente cerrada. La elección de la empresa adjudicataria para la organización recayó en la agencia malagueña Makyre, la peor valorada durante la pertinente evaluación, pero la más barata. Y eso que la concejalía contaba con uno de los mayores presupuestos de los últimos años. La agencia, ajena, como es natural, a la realidad y sensibilidad alicantinas, pergeñó un programa en el que impuso a ocho escritores malagueños; toda una promoción en nuestra ciudad de las letras malacitanas mientras los autores alicantinos eran despreciados por su propio concejal en su propia ciudad.

Ya sabíamos que uno nunca es profeta en su tierra, pero lo que ignorábamos es que los nuevos sanedrines se hallaban ahora ocupando las concejalías de cultura. Se jacta el concejal Manresa de la apertura de la Feria al resto de España. Y nos parece bien. Muchos de nosotros hemos sido críticos con la exacerbación de un localismo mal entendido que amenazaba con empobrecer, como todo pueblo que se mira el ombligo, la diversidad cultural de la ciudad. Pero esa apertura es perfectamente compatible con el cuidado de lo de aquí, como demostró la agencia encargada de la Feria el año pasado, con su buen hacer y sentido de la proporcionalidad. Españolear está muy bien siempre y cuando se entienda que españolear es también sentir como propios a los que usan el resto de lenguas oficiales del Estado, en lugar de imponer avenidas patrióticas en los callejeros, aunque sea en menoscabo de autores tan queridos como Enric Valor, como hicieron los correligionarios del señor Manresa en Mutxamel. La nómina de escritores locales que se queda fuera de la Feria este año incluye autores con una larga trayectoria literaria, prestigiosos, premiados, y cuya impronta forma ya parte del paisanaje de la ciudad. De eso, claro, nada puede saber la agencia malagueña. Pero es más sonrojante que tampoco parezca saberlo nuestro concejal. Este año, Alicante está representada en los Premios de la Crítica Valenciana con las candidaturas de seis autores. ¿No es un desatino que ninguno de estos seis escritores que aspiran al galardón de toda la Comunidad Valenciana haya tenido cabida en la Feria de su propia ciudad? Otros acaban de publicar recientemente sus obras; algunas ciudades españolas acogerán las presentaciones de sus libros pero no la Feria de la ciudad donde viven. Otros no han publicado este año pero su magisterio perenne bien merecía su presencia, siempre edificante. El concejal tampoco conocerá el libro solidario que catorce escritores de la provincia han publicado recientemente y cuyos fondos serán destinados a menús gastronómicos para todas aquellas familias vulnerables afectadas por la pandemia.

Dudamos de que el concejal haya leído alguno de los libros que los autores de su ciudad o de su provincia publican. No nos engañemos: tampoco a aquellos de relumbrón de los que tanto presume cuando repasa satisfecho y fanfarrón su Feria de Alicante sin alicantinos. A veces dudamos incluso de que el concejal lea algo. Pero si lee este manifiesto, puede estar tranquilo: estaremos a la altura. Recibiremos con respeto y admiración a los escritores invitados –también a los malagueños impuestos– como lo que son: compañeros de armas en las letras. Y les daremos nuestra hospitalidad, porque Alicante es tierra de acogida y la Literatura patria común de todos. Acudiremos a los actos, compraremos quizás algún libro y celebraremos la palabra, aunque la nuestra no goce del favor de nuestro concejal, algo que, visto lo visto, resulta casi un honor.


ESCRITORES Y ASOCIACIONES LITERARIAS  FIRMANTES DEL MANIFIESTO (97)

ABELLÁN, ESTHER

A.L.C.A.P (ASOCIACIÓN LITERARIA CASTELLONENSE AMIGOS DE LA POESÍA)

ALVARADO, JOSI

AVEET (ASSOCIACIÓ VALENCIANA D'ESCRIPTORES I ESCRIPTORS DE TEATRE)

BARAT, JUAN RAMÓN

BASCUÑANA, RAMÓN

BEDINS, JUAN LUIS

BELLIDO REDÓN, ADRIÁN

BLANCO, PILAR

BLASCO, LOLA

BOIX JOVANÍ, ALFONSO

BOIX, ERDUARDO

BOTELLA, ENRIQUE

BUSQUETS MATAIX, MAR

CAMPELLO, ALFREDO

CARBONELL, PASCUAL

CEBRIÁN, CARLOS JAVIER

CEJUDO, FRANCISCO

CERES, ALBA

C.L.A.V.E (ASOCIACIÓN VALENCIANA DE ESCRITORES Y CRÍTICOS LITERARIOS)

CORTÉS ORTS, CARLES

DELEGIDO, PASCUAL

DÍAZ I VICEDO, NOÈLIA

DURÁ GÓMEZ, ANA

EL MORABET, MOHAMED

FARIÑAS, IRIA

FERRIS, JOSÉ LUIS

FRUTOS, GLORIA DE

GALÁN PONS, YASMINA

GARCÍA-LLIBERÓS, MARÍA

GARCÍA MELERO, MANUEL

GARCÍA PRIETO, ROBERTO

GARCÍA SÁNCHEZ, FRANCISCO JOSÉ

GARCÍA ZAMBRANO, MARÍA

JORQUES PUIG, MANUEL

JUAN PENALVA, JOAQUÍN

LARRABIDE, AITOR LUIS

LÓPEZ RASTOLL, JOSÉ ANTONIO

LOZANO FELICES, JUAN

LUCAS, MARÍA

M. HERRERA, ANTONIO

MAÑOGIL MARTÍNEZ, FERNANDO

MARÍ, ANNA

MARTÍ PIERA, ISABEL

MARTÍN MARTÍNEZ, ERNESTO

MARTÍNEZ GIMÉNEZ DE LEÓN, OLIVIA

MICHAVILA, MARÍA NIEVES

MÍNGUEZ VALDÉS, LAURA

MIRA CANDEL, JUAN LUIS

MIRA CANDEL, MANUEL

MIRA JORDÁN, SERGIO

MOLINS, MANUEL

MONTALBÁN-KROEBEL, PEDRO

MONTESINOS, JULIÁN

MORA, KIKO

MOREDA GAMUNDI, JESÚS

MOYA FUSTER, DANIEL

MUÑOZ LORENTE, GERARDO

MUÑOZ PIZARRO, BLAS

NAVARRO, ÓSCAR

OVIEDO ZAMALLOA, VIRGINIA

PAMIES, JOSÉ ANTONIO

PARRA NOGUERAS, FERNANDO

PASCUAL SÁNCHEZ, FRANCISCO

PAYÁ BELTRÁN, JOSÉ

PEIRÓ, JOSÉ VICENTE

PENADÉS, ANTONIO

PEÑALVER, ANTONIO

PERELETEGUI, JUAN CARLOS

PÉREZ LEAL, AGUSTÍN

PÉREZ LÓPEZ, SALVADOR

PUIG, JAVIER

QUILES, EDUARDO

RAMÓN, JOSÉ MANUEL

REQUENA PALLARÉS, ISABEL

REVERT, DAVID

RODRÍGUEZ LUCAS, RUBÉN

ROMERO CORTÉS, JUAN JOSÉ

ROYO, JAIM

SAHUQUILLO, JAVIER

SALA IVORRA, FRANCESC

SÁNCHEZ SOLER, MARIANO

SANELEUTERIO, ELIA

SANGUINO, FRANCESC

SERLIK, ADRIANA

SERRANO, PEDRO

SIGÜENZA PACHECO, MARÍA ENGRACIA

SOLER, RAFAEL

SORIANO, ADA

TENDERO, ARTURO

TORREGROSA, JUAN RAMÓN

VALLS CABO, MANUEL

VÁZQUEZ BAYARRI, VÍCTOR

VIDAL,  JOSÉ LUIS

VIDAL, NATXO

VILLAROIG, ROSA MARÍA

ZERÓN, JOSÉ LUIS

 

OTRAS ADHESIONES (31)

AMAT, TXUS

AMO, JUSTO DEL

ANDREU, MARÍA ROSARIO

BELLIURE, JOSABEL

BLASCO ALAGARDA, JOSÉ

CAMEO, MERCEDES

CAÑAS VALDIVIESO, CRISTINA

ESCOBAR, JOSÉ LUIS

FERNÁNDEZ, EMILIO

GARCÍA SANJUÁN, ÁNGELA

GIL GARCÍA, JOSÉ

GUERRA, ROCÍO

HERAS, RAQUEL DE LAS

LLORCA, JULIÁN

MARTÍN ALONSO, SONIA

MEDINA, RAÚL

MONTESINOS, FRANCISCO JAVIER

MORENO, MARÍA ANTONIA

NOGUERA MONTAGUD, ANA

PASTOR, ÁNGELES

PASTOR, BEATRIZ

PÉREZ RODRÍGUEZ, MARÍA LUISA

PIDAL PÉREZ, MARI CARMEN

QUILES, MARÍA JOSÉ

QUILES GUIJARRO, VICENTE MANUEL

RODRÍGUEZ NAVARRO, PEDRO MANUEL

RÍOS GALAVIZ, MIGUEL

SÁNCHEZ, JUAN DAMIÁN

SEVA, CARMINA

TURISO, PILAR

VICENTE, MARINA

VIUDEZ, JOSÉ

 

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lunes, 3 de mayo de 2021

528. ¡Valor, Enric!



Durante una tregua de la jornada en el instituto, hojeo algunos libros que descansan sobre una tarima baja en la sala de profesores. Son ejemplares residuales que en otro tiempo debieron de formar parte de alguna iniciativa del claustro para el intercambio de libros entre los docentes, eso que los horteras llaman ahora bookcrossing, que para eso el inglés mola más. Entre ellos, me llama la atención una pequeña edición de una de las 36 rondallas de Enric Valor, titulada Les velletes de la Penya Roja. Me enfrasco en su lectura y pronto acabo seducido por el estilo, aparentemente sencillo, de una prosa que fluye cantarina y remansada como un río arcádico, y gozo de la eufonía de algunas palabras catalanas que parecen conjurarse para el hechizo literario, más aún cuando el relato transporta al lector a ese no-tiempo de la tradición folklórica. Y descubro la treta de la anciana y avariciosa Margarida, que quiere hacer pasar por una doncella de 15 años a su hermana Rosella, aprovechando que el príncipe del Reino de Valencia está practicando la montería en la serranía de la Foia de Castalla, con la intención de casarla y hacerse con parte de los beneficios que el nuevo estado de su hermana podrá reportarle. No desvelo la ingeniosa argucia llevada a cabo por Margarida con la esperanza de despertar la curiosidad de algún lector intrigado y agregar así otro adepto más a la literatura del escritor castallense.

A las pocas semanas, leo la noticia de que el municipio de Mutxamel cambia el nombre de su avenida de Enric Valor por el de avenida de España. Y yo, que no tengo, como otros, ningún problema con el nombre de mi país, ni con mi país mismo, a no ser por la estulticia que se está enseñoreando de él, no acierto a entender (o sí) por qué el ayuntamiento decide que sea precisamente Enric Valor el damnificado. Consulto el callejero de Mutxamel y detecto decenas de calles con nombres bien poco sugestivos. Yo qué sé, ¿por qué no ponerle avenida de España a la preclara calle del Algarrobo? Por ejemplo. Que sí, que la algarroba es rica en triptófanos pero es que Enric Valor es Premio de Honor de las Letras Catalanas y, además de escritor, insigne gramático y lexicólogo. Que vale, que la algarroba es rica en fibra y taninos, pero es que Enric Valor rescató el acervo popular valenciano con su catálogo de rondallas y escribió L’ambició d’Aleix, una de las novelas más importantes de la literatura en catalán de la segunda mitad del siglo XX. Que oigan, que eso de la aculturación es cosa de otros tiempos y que si quieren presumir de españolidad lo harán cuando sientan también como propios a los que hablan las otras lenguas cooficiales y la cultura de quienes las usan.

Afortunadamente, la literatura siempre está por encima de estas mezquindades, y esa misma semana se presenta, casi como un símbolo de resistencia y de dignidad, el libro Enric Valor, memòries, Premio València de Ensayo 2020, a cargo del profesor Joan Borja. Así que, ¡valor, Enric!, que si Margarida paga su engaño y su miseria moral reventando con el aire del fuelle que el curtidor le aplica, así el fuelle de la literatura aviva los rescoldos de la belleza para levantar un fuego a cuya pira hacer arder la gilipollez general patria.


lunes, 19 de abril de 2021

527. Registrar la belleza

 


La noticia pasó casi desapercibida. El torero Miguel Ángel Perera quiso registrar una de sus faenas como obra protegida por la propiedad intelectual. Al desestimarse su petición, interpuso en vano varias quejas, primero ante el Juzgado n.º 1 de lo Mercantil de Badajoz y después ante la Audiencia Provincial. Ahora es el Supremo el que ratifica ambas sentencias. Entre las razones del alto tribunal para rechazar la petición del torero destaca aquella que afirma la imposibilidad de evaluar con precisión y objetividad qué parte de su actuación puede ser considerada una creación artística original, «más allá del sentimiento que transmite a quienes la presencien, por la belleza de las formas generadas en ese contexto dramático». Al torero, que había comparado la naturaleza de su faena con la de las coreografías –que sí pueden incluirse en dicho registro– el tribunal le recuerda que el toreo es diferente, pues «la creación intelectual atribuible al torero, a su talento creativo personal, estaría en la interpretación del toro que le ha correspondido en suerte, en la que, además de la singularidad de ese toro, influiría mucho la inspiración y el estado anímico del torero».

Aunque la petición del torero me pareció, al principio, una ocurrencia peregrina, después no he podido dejar de sentir hacia él una íntima solidaridad, sobre todo cuando he leído las razones de la sentencia recogida por la prensa. Porque cuando un escritor registra en la Propiedad Intelectual su libro, ¿acaso cree el juez que el autor no ha estado condicionado, él también, por el toro que le ha correspondido en suerte y por su inspiración y estado anímico? ¿Y quién es el toro en literatura? Pues los personajes, sin duda, que le retan y acometen, que escarban la arena o hacen extraños, que hocican o se humillan, que reculan o rematan, y todo ello desde la soberana verdad de su condición de entes de ficción. Y así es que la lidia del escritor con sus personajes resulta impredecible y hasta estos pueden rebelarse de su condición de criatura imaginada, como aquel Augusto que se enfrentara a Unamuno en Niebla («Niebla», qué gran nombre para un toro). De manera que aquel libro que registra el autor en las oficinas de la Propiedad Intelectual podría haber sido otro muy distinto si los personajes hubieran sido también otros o si el escritor hubiera usado el capote o la espada de matar en un arrebato de «la inspiración y el estado anímico» que el juez usa para desacreditar la petición del torero.

No obstante, si al diestro le puede servir de consuelo, yo le diría: ¿para qué registrar la belleza? Para aquella gloriosa tarde de toros grabada a fuego en la retina de los aficionados que acudieron a la plaza, ¿hace falta un papel que la constate? ¿O vive mejor entre las palabras emocionadas de quienes transmiten la memoria de aquella jornada hasta hacerla legendaria? Y, a la postre, la belleza no es de nadie. En España, la ley fija 70 años desde la muerte de un escritor para que su obra pase a ser patrimonio de todos. Leal la belleza a su creador, le guarda por decoro un largo luto de siete décadas, pero luego se emancipa y vuela libre de tasas y cánones. La belleza no se registra. La belleza, simplemente, sucede.

lunes, 12 de abril de 2021

526. Yo también he estado en Comala

 


Son muchas las ciudades míticas que forman una especial geografía literaria por la que podemos viajar a través de las páginas de las obras en las que han sido construidas. Uno de estos lugares es Comala, un subyugante espacio en el que Juan Rulfo nos sumerge de lleno con su novela Pedro Páramo (1955), que se inscribe dentro de los límites del llamado realismo mágico y que forma parte del canon de obras imprescindibles de la literatura universal. La última muestra de su vigencia es la adaptación teatral que ha preparado Pau Miró y que dirige Mario Gas. Un proyecto que, a priori, se presenta como muy arriesgado pues no es fácil llevar a las tablas una obra tan compleja. Sin embargo, Miró y Gas han salido airosos de este reto dramatúrgico. El carácter fragmentario de la novela, su inexactitud temporal y sus saltos en el tiempo, lejos de constituir escollos insalvables, facilitan la creación de las diferentes escenas que forman un espectáculo teatral cuyo resultado final es brillante.

Todo el peso interpretativo recae en dos actores magníficos: Pablo Derqui y Vicky Peña, quienes hacen un trabajo digno de encomio pues infunden vida a un extenso ramillete de personajes. Únicamente con su voz – el trabajo de ventriloquía de Peña es excelente- y con mínimos cambios de atrezo, se meten en la piel de una veintena de personajes que el espectador identifica fácilmente, sin perderse por ese dédalo de relatos y de situaciones que transitan entre la vida y la muerte y que acaban confluyendo en el personaje de Pedro Páramo.

Mario Gas ha declarado que su objetivo es “que el público se sienta en mitad de un bosque de noche, alrededor de una hoguera, mientras alguien le cuenta una historia”. En cuanto Derqui aparece en escena y pronuncia las primeras palabras de Juan Preciado: “Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo”, la llamada cuarta pared se rompe y el espectador se convierte en un habitante más de Comala. Nuestras referencias espacio-temporales desaparecen y nos hallamos en ese inquietante lugar en el que transcurre la acción. Respiramos la tristeza de Comala y somos –también nosotros un muerto más– destinatarios de los relatos que los diferentes personajes le cuentan al hijo de Dolores. La narración oral, las palabras sustentan el peso de la acción con un respeto máximo al texto original y permite reconocer el estilo de Rulfo en todo momento. Estas historias relatadas por seres fantasmagóricos, misteriosos, marcados por el sufrimiento, sirven para dibujar el perfil de Pedro Páramo. Así, gracias a la palabra descubre Juan Preciado que su progenitor es un ser déspota, malvado, tirano e injusto que ha condicionado negativamente la vida de Comala, un lugar muerto en el que solo quedan voces grises, lamentos ahogados, recuerdos dolorosos de seres que vagan en una especie de limbo que acaba engullendo también a Preciado. El único rasgo que humaniza a Pedro Páramo es el amor que siente por Susana San Juan, pero no le ayuda a redimirse sino que acentúa su nivel de maldad cuando ella pierde la vida.

La puesta en escena es sencilla pero muy efectista. Unas paredes grises, hojas secas en el suelo, un par de escaleras móviles, algunas sillas desvencijadas y una pantalla en la que se proyectan imágenes que contribuyen a crear la angustiante atmósfera de Comala. No hace falta nada más porque lo importante, como ya se ha señalado, es la palabra. Con estos elementos, los actores nos regalan escenas impactantes como la asfixia de Juan Preciado, el genial diálogo entre él y Dorotea en la tumba,  la ira de Pedro Páramo cuando el pueblo festeja mientras él entierra a Susana San Juan o su muerte a manos de su hijo Abundio.  

En definitiva, la adaptación teatral de Pedro Páramo corrobora la máxima de que “menos es más”. Bastan dos buenos intérpretes y un texto fiel al original, muy bien trabajado, con escenas perfectamente hilvanadas que dibujan un patrón exacto de ese “rencor vivo” que ha pasado a la memoria colectiva de la literatura, para que los espectadores podamos afirmar que nosotros también hemos estado en Comala.