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domingo, 8 de mayo de 2016

322. La piedra oscura



Ir al teatro siempre es un acierto, pero hay veces en que el espectador se siente privilegiado por poder presenciar algunas representaciones. Es lo que sucede con La piedra oscura, una maravillosa obra que presenta la última noche de Rafael Rodríguez Rapún, estudiante de Ingeniería de Minas, secretario de La Barraca y “el más hondo amor de Lorca”, según Ian Gibson. Rapún falleció el 18 de agosto de 1937, justo un año después que su amado poeta. Todas las versiones sobre su muerte coinciden en que fue una especie de suicidio, pues tras conocer la desaparición del escritor granadino se alistó en el ejército. Unos dicen que saltó de la trinchera gritando que deseaba morir y lo alcanzó una ráfaga de ametralladora y otros relatan que le sorprendió un ataque aéreo y no se lanzó al suelo, por lo que una bomba explotó a su lado. En cualquier caso, parece que dejarse matar fue su forma de recuperar a Federico, del que se había prendado a pesar de su condición heterosexual. Pero parece ser que Lorca tenía un aura especial y Rapún no pudo escapar de las redes de su encanto.
En La piedra oscura, Alberto Conejero recrea, alejándose de la realidad, los últimos momentos de vida del joven Rafael. La acción se desarrolla  en una habitación de un hospital militar cerca de Santander. Rodríguez Rapún, teniente de artillería del bando republicano, herido y apresado, es vigilado por un joven soldado que rehúye cualquier contacto con el preso. Poco a poco la tensión entre ambos va desapareciendo y deja espacio para la palabra, para el diálogo como salvación ante la angustiosa situación que están viviendo los personajes. A pesar de las diferencias ideológicas, Rafael y Sebastián son seres humanos que tenían ilusiones y proyectos que se han visto truncados por la guerra. Les une, además, el sentimiento de culpa. Sebastián no pudo evitar la muerte de su madre cuando su pueblo fue bombardeado por quienes iban a ser sus libertadores y Rafael arrastra como una losa el peso de la muerte de Federico García Lorca. Siente la necesidad imperiosa de revelar su secreto antes de desaparecer y no duda en confesarle a Sebastián su amor por el poeta. Relata, con suma ternura, cómo se enamoró de él y, con profundo remordimiento, cómo no atendió a las llamadas de Lorca desde Granada.  Su último acto de amor es asegurar la pervivencia de unos manuscritos del poeta: las obras de teatro El público y La piedra oscura y los Sonetos del amor oscuro, algunos de los cuales parecen dedicados a Rapún. Para ello, Rafael le pide a Sebastián que viaje a Madrid y se ponga en contacto con Modesto Higueras o con Rafael Martínez Nadal. De nuevo la palabra en forma de promesa reconforta al condenado a muerte. Del mismo modo, Sebastián halla consuelo en la conversación con el reo y si al principio de la obra rechaza frontalmente hablar con Rafael, paulatinamente las palabras afloran en su garganta para presentarnos a un joven timorato y desvalido, a quien las circunstancias le han obligado a empuñar un fusil en contra de su voluntad y angustiado, puesto que sufre con el dolor y las muertes que le rodean. Se podría afirmar que cada personaje infunde fuerza al otro, como una cadena de ayuda. Lorca,  omnipresente en Rafael le da fuerza para afrontar la muerte con la tranquilidad de haber salvado su legado y éste ayuda a su inexperto guardián a verbalizar sus miedos y angustias hasta tomar conciencia de que son dos hombres unidos por el dolor. Dos hombres que se acaban fundiendo en un tierno abrazo que va más allá de las ideologías.  
La interpretación de los actores es magistral. Tanto Daniel Grao como Nacho Sánchez nos regalan una actuación perfecta, conmovedora, sensible, dolorosa… Se percibe que ha habido un gran trabajo    de la mano del director Pablo Messiez y ello se traduce en los largos aplausos que reciben cuando termina la función. La puesta en escena es sobria, apenas unas paredes grises, un camastro y una silla porque lo importante son los personajes y sus diálogos.
El texto de Alberto Conejero –quien recibió el Premio Ceres en 2015 al mejor autor teatral- es un canto a la palabra y a la memoria, pero también al silencio como espacio para el recuerdo. Las confesiones de los personajes van seguidas de significativos silencios en los que, inevitablemente, se impone la figura de Federico –cada silencio es un responso a su persona- pero también la de tantos otros rafaeles y sebastianes que, por convicción o por obligación, vivieron terribles situaciones que no pueden caer en el hondo pozo del olvido. No hay pueblo más pobre que aquél que olvida su pasado, que vive en la oscuridad de la ignorancia. Conejero ha escrito una deliciosa pieza en la que se rinde homenaje a García Lorca y a todos los seres anónimos que vivieron uno de los momentos más oscuros de la historia española. Un texto conmovedor que no dejará indiferente a nadie, que nos atrapa del mismo modo que la especial personalidad del poeta embrujó a Rodríguez Rapún y que nos regala un espacio para el recuerdo, para la memoria.



domingo, 13 de enero de 2013

190. Yerma





Yerma, estrenada en el Teatro Español de Madrid hace casi ochenta años, está de gira por toda España de la mano del director Miguel Narros. Como es sabido, se trata de la segunda parte de la trilogía dramática de la tierra española que Federico García Lorca no pudo completar y que había iniciado con Bodas de sangre. Al componer esta pieza, el propio Lorca señaló su intención de recuperar la tragedia clásica, a la manera griega, y así no faltan la heroína- una joven casada con un hombre al que no ama-,  el destino aciago contra el que lucha desesperadamente -su infertilidad- y el inevitable final trágico; un esquema que se completa con la presencia del coro -las lavanderas- que como ocurría en la tragedia clásica, tiene la función de ir dando cuenta del cariz que van tomando los acontecimientos.

Parafraseando las palabras de Lorca, en Yerma no hay un argumento sino más bien el desarrollo de un carácter. Los espectadores asistimos a la transformación de la protagonista, una mujer que tras dos años y veinte días de matrimonio no consigue concebir un hijo, hecho que va minando su moral y que la conduce a un proceso de enajenación a medida que pasa el tiempo. Su optimismo inicial se transforma en una desesperación absoluta que la conduce a aceptar remedios de curanderas y romerías en la que se funden los elementos paganos y cristianos.

En esta ocasión es la actriz Silvia Marsó quien da vida a la nueva Yerma. Su interpretación comienza siendo algo fría, carente de intensidad en algunos momentos, mas a medida que avanza la tragedia aparece el espíritu de la verdadera Yerma, de la mujer que encarna uno de los más terribles dramas femeninos: la imposibilidad de concebir hijos en un marco social en el que se espera de la mujer dicha función. A esta tragedia se suma la frustración erótica de la protagonista, leit motiv constante en el teatro lorquiano. Recordemos que el matrimonio de Yerma no está sustentado en el amor, un elemento que la joven considera fundamental para engendrar una nueva vida. Se siente, por tanto, una mujer incompleta y prueba de ello es su pérdida de feminidad a lo largo de la obra. Este sentimiento de asfixia vital que experimenta la protagonista es interpretado magníficamente por la actriz barcelonesa. Preciosos son los monólogos en los que se evidencia su desesperación, una enajenación que la conduce a envidiar, incluso, a la mismísima naturaleza que constantemente le da muestras de su desbordante fecundidad. Por otra parte, destaca el empleo simbólico del agua como elemento fundamental de la escenografía. Son muchos los momentos en que los actores mojan sus pies en ella, un agua que puede ser símbolo de fecundidad y de libertad pero también de muerte cuando está estancada. Asimismo, luce bastante la escena de las lavanderas, unas muchachas que, además de lavar la ropa airean los trapos sucios de la pobre Yerma. Gracias a sus conversaciones, que sustituyen pasajes omitidos de la trama, los espectadores conocemos el avanzado estado de desesperación que sufre la protagonista. Aunque flojea la interpretación de alguna de estas actrices corales, en conjunto, presentan una escena muy aceptable.

 El momento final en el que Yerma acaba estrangulando con sus propias manos a su esposo Juan, es un trallazo sobrecogedor que no podrá borrarse ya de nuestro imaginario teatral.

En definitiva, Lorca renace con fuerza con este nuevo espectáculo con el que se nos brinda la oportunidad de disfrutar de la magia poética de su palabra y de empatizar con la tragedia humana de la frustración vital. Que cunda el ejemplo y desfilen por las tablas españolas las Adelas, Yermas, Marianas y tantas otras para mayor gloria de nuestro inolvidable Federico.

 



domingo, 14 de agosto de 2011

113. Ucronía lorquiana

En el cementerio de San José, en Granada, se ha congregado una multitud de personas para honrar la memoria de los fusilados de la Guerra Civil. Las tapias del propio camposanto fueron el mudo testigo de los fusilamientos. Los muertos fueron enterrados allí mismo, en una fosa común. Se leen manifiestos, hay vivas y mueran, discursos graves pronunciados con ese atropellamiento disculpable que confieren la reivindicación de la dignidad y la emoción.  La muchedumbre escucha cabizbaja, los ojos fijos en la tierra y, de vez en cuando, levanta la mirada y la dirige a alguien que, al hilo de las palabras del orador, ha interrumpido inopinadamente el discurso. Lo ha hecho entre dientes, apenas un murmullo gutural, primitivo en su queja, humo lastimero de alguna quemazón del alma.
El  periodista que ha sido encomendado para cubrir la noticia, se mantiene a cierta distancia del acto. A su izquierda se abre un camino de tumbas; una de ellas le llama la atención por su lápida blanquísima. Se dirige hacia allí. Las chinas del sendero crepitan bajo sus pies y apagan la voz del orador. Cuando se sitúa ante el sepulcro, lee el epitafio: “Federico García Lorca (1898-1998)”. Sobre la lápida hay una rosa marchita y un papel arrugado sujeto con celo a la superficie. En él, unos versos borrosos que probablemente el paso del tiempo y la lluvia han hecho ilegibles. El periodista sonríe melancólicamente al recordar la última entrevista que Lorca concedió antes de morir, precisamente a él. Todavía lo evoca sentado ante su piano de la Huerta de San Vicente, vestido de blanco pulquérrimo con aquel traje que no se acomodaba ya a su ancianidad, y su franca sonrisa hospitalaria al verlo entrar por la puerta y acudir con su eterna cojera a estrecharle la mano. Aunque le incomoda hablar de la guerra, Lorca desvela algunos detalles interesantes. Le cuenta su viaje a Granada desde Madrid, durante los primeros días del conflicto, desoyendo todos los consejos de sus amistades y cómo, cuando las cosas se pusieron feas, acudió a su amigo falangista Luis Rosales,  quien le ocultó en la planta superior de su casa de la calle de Angulo; cómo un día los Rosales reciben la visita de Ramón Ruiz Alonso, exdiputado de la CEDA, que viene a detener al poeta. Afortunadamente, Luis Rosales se halla en casa en ese momento y apela a su rango para impedir la detención. Ruiz Alonso se marcha airado. Lorca contempla desde la ventana cómo se disgrega en la calle el operativo militar comandado por Ruiz Alonso. Entre los visillos de las cortinas de su refugio, Lorca asegura haber visto detenidos a Joaquín Arcollas y Francisco Galadí, dos banderilleros muy conocidos en Granada. Esa misma noche, continúa Federico, Luis Rosales le aconseja pasar a zona republicana porque no puede asegurarle la protección en adelante: ha arriesgado su vida y no tendrán tanta suerte la próxima vez. Lorca vuelve de incógnito a su casa de la Huerta de San Vicente, donde su padre tiene escondido a su amigo Alfredo Rodríguez Orgaz, quien tiene intención de pasarse a zona “roja” merced a la ayuda de unos campesinos amigos de la familia. Federico decide acompañarlo y, al amparo de la luna, llegan sanos y salvos a Santa Fe.
Luego vendrán el exilio y el posterior retorno y enclaustramiento en su casa de Granada...
Se oyen unos aplausos finales. Los manifestantes empiezan a dispersarse como sombras hacia la salida del cementerio. Ha comenzado a llover. El periodista interrumpe sus recuerdos. Vaya, no ha cubierto la información para el periódico. Corre presuroso en busca de alguien a quien entrevistar. El sepulcro de Lorca queda otra vez solo. La lluvia acaba por borrar totalmente los versos del papel.

Ucronía: Reconstrucción lógica, aplicada a la historia, dando por supuestos acontecimientos no sucedidos, pero que habrían podido suceder

  • En el cementerio de San José de Granada fueron fusiladas cerca de 4000 personas.
  • Efectivamente, Federico podría haber salvado la vida si no hubiera decidido abandonar Madrid para marcharse a Granada. Le pudo un ingenuo exceso de confianza.
  • Luis Rosales ocultó a Federico en su casa cuando éste conocía ya que lo estaban buscando. Pero cuando Ruiz Alonso viene a detenerlo, no están ninguno de los hombres de la casa y la detención se lleva a cabo sin dificultad. Meses antes, Ruiz Alonso había salvado la vida tras un accidente de tráfico en el que su coche chocó con un camión.
  • Joaquín Arcollas y Francisco Galadí, los banderilleros, fueron fusilados junto a Lorca en el barranco de Víznar el 19 de agosto de 1936. El próximo jueves se cumplirán 75 años.
  • Alfredo Rodríguez Orgaz se oculta en casa de los Lorca antes de que éste haga lo propio en la de Rosales. Federico se niega a acompañarlo a zona republicana porque todavía cree que el conflicto no va a durar. De haberlo hecho, habría salvado la vida.
  • No existe ninguna tumba de Federico García Lorca. Pero el barranco de Víznar donde se le supone sepultado en una de las diversas fosas comunes que hay allí, recibe innumerables visitas cada año. No hay rosas marchitas ni versos borrosos en ninguna lápida:  el barranco es un jardín de flores y un enorme libro de visitas donde dejan sus versos los peregrinos. Los tenaces exhumadores quieren una lápida con rosas marchitas y versos borrosos en un cementerio.
  • Véase también mi "Ucronía hernandiana"

domingo, 31 de julio de 2011

111. El primer libro de Lorca

A principios de abril de 1918, los prestigiosos talleres granadinos de la Tipografía y Litografía Paulino Ventura Traveset, imprimen un libro titulado Impresiones y paisajes de un semidesconocido estudiante universitario llamado Federico García Lorca.  El autor ya había visto escrito su nombre en letras de molde a través de distintos artículos suyos publicados en revistas y periódicos, el primero de todos aquel que tituló Fantasía simbólica dedicado a Zorrilla en el centenario de su nacimiento y publicado en el Boletín del Centro Artístico y Literario de Granada en febrero de 1917. Se conserva también un manuscrito suyo de 1916 que tituló Mi pueblo y que se considera el primer texto literario escrito por el futuro poeta; en él describe, con un estilo marcadamente escolar, su niñez en Fuente Vaqueros. Sin embargo, Impresiones y paisajes es su primer libro.
La obra recopila las impresiones surgidas de los viajes de estudio que Lorca emprendiera entre 1916 y 1917 de la mano de su maestro Martín Domínguez Berrueta, a la sazón catedrático de Teoría de la Literatura de la Universidad de Granada. Berrueta, inspirado en el ideario pedagógico de la Institución Libre de Enseñanza, otorgaba a estos viajes una importancia capital para la formación intelectual de sus alumnos. Merced a ellos, Lorca tomó íntimo contacto con el patrimonio artístico e histórico de España y conoció a figuras como Machado, en Baeza, o Unamuno, en Salamanca, que debieron de influir en su vocación, aún dormida, de escritor.
Aunque el libro está en deuda con las tendencias literarias imperantes en la época (el impresionismo de Azorín en las descripciones;  el modernismo de Rubén Darío y el decadentismo de Juan Ramón Jiménez en la languidez estetizante; el regeneracionismo de Machado en la posición crítica ante los paisajes y sus gentes), lo cierto es que hay momentos en los que Lorca se despoja del inevitable peso de sus modelos y deja entrever estilos e ideas propiamente suyas.
Así, los reproches a los cartujos de Miraflores, en Burgos, en cuya clausura ve un acto de cobardía y egoísmo y un intento vano de purgar sus pecados porque “sepultan aquí sus cuerpos pero no sus almas” y "el silencio y la soledad son los grandes afrodisíacos"; les reclama, asimismo, abandonar su retiro y acudir al mundo, donde serán más útiles:

"Si estos hombres desdichados por los golpes de la vida soñaran con la doctrina del Cristo, no entrarían en la senda de la penitencia sino en la de la caridad. La penitencia es inútil, es algo muy egoísta y lleno de frialdad [...] debían no huir del mundo, como hacen, sino entrar en él remediando las desgracias de los demás, consolando ellos para ser consolados" 

Los aullidos de los perros que oye desde su celda del monasterio de Silos, son descritos tétricamente y se anticipa así a la importancia que estos animales tendrán en su poesía como símbolo de muerte y de desolación:

"Hay algo ultrafuneral que nos llena de pavor en el aullido del perro [...]. Sí, es la muerte, la muerte, la que pasa por los ambientes con su enorme guadaña ensangrentada que los perros ven a la luz de la luna... Es la muerte inevitable que flota en los ambientes en busca de sus víctimas, es la muerte el pensamiento que nos inquieta al conjuro diabólico del aullido... "

Del mismo modo, otro de los símbolos más lorquianos aparece ya en esta primera obra. La luna:

"La luna sale majestuosa entre montes. ¡Salud, compañera del viajero enamorado y sensual. Salud, vieja amiga y consoladora de los tristes. Auxilio de los poetas. Refugio de pasionales. Rosa perversa y casta. Arca de sensualidad y de misticismo. Artista infinita del tono menor. Salud, sereno faro de amor y llanto! ¡Ah los campos! Cómo renacen a otro mundo con la luna"

En la visita a un hospicio gallego, Lorca nos trae también su compromiso social; refiriéndose a la desvencijada puerta del hospicio, el poeta escribe:

“Quizás algún día, teniendo lástima de los niños hambrientos y de las graves injusticias sociales, se derrumbe con fuerza sobre alguna comisión de beneficencia municipal donde abundan tanto los bandidos de levita y aplastándolos haga una hermosa tortilla de las que tanta falta hacen en España”

Abundan en el libro sus ideas sobre el arte, en el que prima la emoción por encima de la factura. Ante una escultura del San Bruno de Pereira, Lorca afirma:

"Estamos en España soportando una serie insoportable de esculturas ante las cuales los técnicos se extasían, pero que no poseen en sus actitudes, en sus expresiones un momento de emoción"

Esta crítica, por cierto, habría de suponer la ruptura con su maestro Berrueta. 
Existen en el libro multitud de metáforas musicales (él era todavía más músico que escritor y, de hecho, dedica la obra a la memoria de su maestro de música Antonio Segura Mesa); hay un capítulo en el que Lorca explica que al tomar el órgano de la iglesia de Santo Domingo de Silos y tocar el allegretto de la séptima sinfonía de Beethoven, irrumpe un fraile que le ruega emocionado que siga tocando la pieza. Es quizás, el personaje más personal del libro y una muestra que Lorca saca conscientemente a la palestra para reafirmar su actitud vitalista, tan en contra de la clausura, representada en ese fraile nostálgico de la música del siglo, encerrado ahora en el triste canto gregoriano. Por cierto, se sabe que este fraile era Ramiro de Pinedo, gran amigo del pintor Darío de Regoyos y de Miguel de Unamuno, de quien le muestra a Federico varias de las famosas pajaritas de papel que éste le había regalado en sus numerosas visitas a Santo Domingo. 
Hay también en el libro escenas de vivo pintoresquismo que rompen la monotonía de las descripciones, como la "Tarde dominguera en un pueblo grande" que por su bucólica y, a la vez, costumbrista estampa,  constituye uno de los momentos más felices de la obra.
En ocasiones, aparece una tierna exaltación de lo femenino, eleúsica a veces, como el capítulo que dedica a la esposa del Cid o, sobre todo,  aquel hermoso pasaje donde afirma que las “tareas sacerdotales debiera tenerlas la mujer”:

"Las tareas sacerdotales debiera tenerlas la mujer, cuyas manos que son azucenas rosadas, se perdieran entre las blancuras de las randas, manos dignas de alzar la hostia y de bendecir, lirios de verdadero encanto sacerdotal, y cuyas bocas pudieran posarse en el cáliz como suaves granates de pureza apasionada, únicos labios iniciados por su belleza o por su significación simbólica, para recibir las armonías místicas e inefables de la sangre del cordero celestial. Es feo que estos hombrotes burdos hundan sus labios en las prístinas claridades del gran misterio y sacrificio"

En definitiva, un libro para acercarse al primer Lorca, ahora que, desgraciadamente, rememoramos el último, el Lorca del último viaje hasta Víznar.

domingo, 8 de mayo de 2011

98. Lorca en Tarragona

El 75 aniversario de la muerte de Federico García Lorca ha vuelto a sacar del olvido la visita que el poeta granadino realizó a Tarragona en 1935. Hasta la fecha, y según los datos (poco exhaustivos, hay que decirlo) que he podido extraer de las hemerotecas, el Diari de Tarragona ha dedicado sus páginas a esta efemérides en dos ocasiones, coincidiendo una, con el 60 aniversario de la muerte de Lorca, en 1996, y la otra, con el centenario de su nacimiento, en 1998. Los artículos, escritos por Josep Llorens i Grau y Sergio Zapatería, respectivamente, adolecen, sin embargo, de algunas imprecisiones y olvidos.
García Lorca estuvo, al menos, en Tarragona 3 veces. La primera, documentada sólo testimonialmente, se remonta a los años 20 a tenor de las afirmaciones que el poeta aporta en una entrevista realizada en 1935 a Lluís de Salvador, a la sazón director del Diari en aquellos tiempos. En ella, Lorca dice haber dedicado su tesis doctoral al monasterio de Poblet, antes de la restauración sufrida durante los años 30. Este trabajo nunca se ha encontrado pero es verosímil su ejecución si pensamos en los viajes de estudio organizados por el maestro Berrueta, que debieron calar hondamente en la sensibilidad del poeta hacia el patrimonio español y que justifica el tema elegido para su investigación universitaria.
La segunda visita se produce en septiembre de 1935. Es la famosa visita incógnita. Lorca, que iba a ser homenajeado en Barcelona por la Academia de Música Marshall para celebrar el éxito teatral de Yerma, no se presenta al evento, deja a la organización totalmente colgada y se marcha a Tarragona, aprovechando que se celebra en la ciudad su Fiesta Mayor de Santa Tecla. Los historiadores Ian Gibson y Antonina Rodrigo aseguran que en esa “espantada”, le acompañaba Salvador Dalí, pero en la entrevista de marras a Lluís de Salvador, Lorca, que reconoce la escapada, no desvela ese otro detalle.  Las fechas varían algo según las fuentes: Gibson habla del 28 de septiembre, Antonina Rodrigo y Josep Llorens del 23, y Sergio Zapatería sitúa la segunda visita el 10 de octubre tras dejar en la estacada no a la Academia Marshall sino a la sociedad “Amics de les arts” de Terrassa, plantón que Gibson corrobora un día después pero sin mencionar a Tarragona. 
Zapatería habla de otra visita el 24 de octubre, acompañando a la actriz Margarita Xirgu en el estreno en Tarragona de Yerma, pero el Diari de aquellas fechas que, efectivamente,  anuncia y reseña a bombo y platillo la obra, no menciona la presencia de Lorca, aunque parece que éste acompañaba a la actriz a todos los estrenos.
Sí es segura la tercera (o cuarta, si hacemos caso a Zapatería) visita de Lorca a la ciudad, el 14 de noviembre de 1935, coincidiendo con la representación en el Teatro Moderno de Tarragona de La dama boba, de Lope de Vega, con arreglos del propio Lorca. Es precisamente, tras la finalización de la obra cuando se produce la entrevista con Lluís Salvador. Ésta es una joya documental que pone de manifiesto el amor de Lorca hacia Tarragona. Así, le vemos departiendo divertido con la colla de grallers en el Café de la Unió, en la Rambla Vella; maravillado de los monumentos de la ciudad y de su luz; visitando el Mèdol, por recomendación de Manuel de Falla, y captando la esencia de las gentes, en esa peculiaridad tan lorquiana, de conocer la esencia de un pueblo a través de los ancestros que configuraron su alma. Llorens dice, incluso, que participó haciendo piña en los castells.
Lamento haber escrito un artículo tan cargado de datos y fechas cuando el tono idóneo hubiera sido el apologético. Otros vendrán en este año lorquiano que lo reparen. Entre tanto, pueden ustedes leer Lorca, la incògnita visita, del artista Josep Maria Rosselló, que amplía lo dicho hasta aquí. El día de la presentación, cuando me dedicó el libro, escribió: “Para Fernando, también lorc…” Él quería poner “lorquiano como  yo” pero esa “C” le obligaba a un remiendo poco artístico (menudo sacrilegio para un pintor) y puso finalmente “lorcado, como yo”. “Me gusta”, añadió después. Y era Lorca, que le había inspirado.


[Arriba, un cuadro del pintor tarraconense Josep Maria Rosselló de inspiración lorquiana. Sugiere la mirada de Lorca (procedimiento éste de aislar los ojos del poeta muy frecuente en la obra de Rosselló) imbricada en las teselas de un mosaico romano. Quedan así unidos el alma de Lorca, simbolizada en sus ojos y el alma de Tarragona, tan sujeta a la Tarraco imperial
Abajo, la página del Diari de Tarragona, donde se entrevista a Lorca (15 de noviembre de 1935). Está en catalán. Para leerla, hay que clicar en la imagen y luego ampliarla]

Dedicatoria personal de Josep Maria Rosselló que, pasado el tiempo, habría de dar lugar al logo "Lorcados", con el que  Tarragona intitula los actos que celebran el 80 aniversario de la visita de Lorca a la ciudad (2015)


sábado, 1 de agosto de 2009

13. Federico García Lorca y Granada

Granada, 18 de julio de 2009. Dos jóvenes viajeros se apresuran a salir de su hotel en busca de la parada del autobús que les conducirá a Fuente Vaqueros, un pequeño pueblo en el que nació el insigne poeta y dramaturgo Federico García Lorca. Consiguen llegar a tiempo y suben al vehículo no sin cierta ilusión dibujada en sus ojerosos rostros. A través de las ventanillas, ambos contemplan los paisajes de la vega granadina que tan presentes están en la producción literaria del escritor. Poco después, posan sus pies en la citada localidad y ya en la entrada del pueblo hallan la primera prueba del amor que sienten los lugareños por su más ilustre vecino: una estatua del poeta con el rostro apoyado en una de sus manos y las piernas cruzadas. Comienza su particular ruta lorquiana. Expectantes, los viajeros avanzan por el paseo principal de Fuente Vaqueros y encuentran el lugar en el que Federico abrió por primera vez sus ojos al mundo el 5 de junio de 1898. Se trata de una casa de dos plantas con paredes de color blanco inmaculado y con un pequeño balcón adornado con geranios de colores que contribuyen a reforzar la imagen de hogar andaluz por excelencia en el que se respira fragancia a cal y paz. Los visitantes se sonríen y no dudan en seguir al peculiar cicerone de la casa. Franquear el umbral de la puerta supone para ellos iniciar un viaje en el tiempo ambientado por la cálida melodía de la guitarra de Paco de Lucía. Ambos recorren silenciosos las estancias de la casa tratando así de impregnarse del espíritu lorquiano que allí se respira. Contemplan fotos familiares entre las que destaca una en la que un Lorca de no más de cinco años aparece rodeado de chiquillas en edad escolar. Les resulta entrañable poder ver imágenes del dramaturgo en su más tierna infancia e incluso imaginarlo, gracias al mobiliario que se conserva, llorando en la cama en la que nació; durmiendo al compás del dulce traqueteo de una pequeña cuna de barrotes blancos o dando sus primeros pasos en unas peculiares andaderas de madera ante las que los visitantes esbozan una sonrisa, pues son capaces de visualizar a ese niño chico de cara redonda que fue Federico deslizándose por las diferentes estancias de la casa en tan peculiar artilugio.

No falta el patio, corazón del hogar acotado en un extremo por un pozo y por el otro, por una pequeña estatua de bronce del poeta. El antiguo granero se ha convertido en una sala de exposiciones que alberga documentos y fotografías importantes. Otra de las estancias, en la parte superior, está dedicada a la dramaturgia de Lorca. Preside dicho lugar un enorme cartel de la Barraca, el grupo universitario de teatro que codirigió el autor y que realizó la encomiable labor de acercar el teatro clásico a los lugares más recónditos de España. A los viajeros les resulta curioso ver cuartillas de papel manuscritas por Federico en las que hace anotaciones sobre las virtudes o defectos de los actores o aclaraciones sobre las representaciones. El broche final de la visita es poder ver imágenes de televisión en las que aparece Lorca inmerso en su actividad teatral. Son las únicas que se conservan, de ahí el valor documental de las mismas.

Los visitantes abandonan la casa con la impresión de que el poeta tuvo una infancia feliz en el seno de una familia acomodada y con inquietudes culturales que, sin duda, heredaría el primogéntio de la familia.

Es casi mediodía y hace un sol de justicia, mas estos peculiares peregrinos se dirigen a la Huerta de San Vicente, en Granada, una lujosa casa de campo que el padre de Federico regaló a su esposa, doña Vicenta. En ella pasó la familia los veranos desde 1926 hasta 1936 y no es de extrañar que dedicaran su tiempo de asueto a descansar en tan hermoso paraje -actualmente se ha construido un parque alrededor - rodeado de una rica vegetación. La clavera de la casa conduce a los visitantes por las diferentes estancias en las que todo es original. Les resulta, por ello, sencillo imaginar a la familia sentada en el sillón rojo del salón o en la cocina dispuestos a disfrutar de unas ricas viandas preparadas en un hornillo de los más modernos de la época. Las paredes están pobladas de dibujos. Destaca uno en el que aparece Lorca dialogando con Mariana Pineda, protagonista de su homónima obra. Los visitantes continúan pasando su curiosa mirada por las paredes pues no quieren perder ningún detalle. Ambos reparan en el título de Bachiller de Federico con la calificación de "aprobado", una nota que contrasta totalmente con el "sobresaliente" del certificado de su madre. Y es que Lorca como estudiante fue algo irregular, hecho que no le impidió adquirir y desarrollar unas inquietudes culturales de gran magnitud.
El recorrido les conduce a la sala del piano, instrumento que el poeta tocaba hábilmente, una aptitud heredada de sus abuelos. Es un majestuoso piano de cola en el que tan buenos momentos pasó Lorca y tan malos, puesto que debajo de él se escondía junto a su hermana y Angelina, la niñera, cuando la ciudad era bombardeada. En esos momentos no dudaba en verbalizar el miedo que inundaba todo su ser. Otra joya de la casa son los decorados que el dramaturgo y su hermana Isabel pintaron para una representación de títeres que organizaron en la Huerta y en la que contaron con el acompañamiento musical de Manuel de Falla al piano. Todo un lujo de actividad cuya estela se mantiene hoy viva ya que en este lugar se organizan variados eventos culturales.
La visita finaliza en el rincón más emblemático de la casa: la alcoba privada de Lorca. En ella se encuentran su cama y el escritorio en el que engendró el grueso de su producción literaria. Es una robusta mesa de madera con cajones en los laterales, elegante, en la que bien quisieran poder escribir unas líneas los visitantes para sentir, de algún modo, el genio creador del poeta. No sorprende que este mueble se halle en la Huerta, pues tal y como reconocía Lorca era en esta casa donde disfrutaba del sosiego necesario para escribir: "Luego todo el verano lo pasaremos juntos, pues tengo que trabajar mucho y es ahí, en mi Huerta de San Vicente, donde escribo mi teatro más tranquilo".
El peregrinaje lorquiano de los misteriosos viajeros está llegando a su ocaso. Pero aún queda una visita imprescindible: el barranco de Víznar, espacio en el que descansan los restos de Federico, junto a otras miles de personas, tras ser brutalmente asesinado en la madrugada del 17 al 18 de agosto de 1936. A priori bien pudiera parecer que los visitantes desean dar un apacible paseo por la sierra situada entre Alfacar y Víznar, mas el sendero de piedra que siguen les conduce al citado barranco, un lugar rodeado de enhiestos pinos en el que reina el silencio y la tranquilidad. Los nervios se adueñan del estómago de los jóvenes, pues saben que se adentran en un cementerio en el que hace años se imponían el grito y la agonía. Quizá ellos estén recorriendo el camino que muchísimas personas, entre ellas Federico, se vieron obligadas a hacer. Un último "paseo" cuyo fin era la muerte. Les impresiona ver el barranco, dominado por una gran cruz formada por piedras y flores que recuerdan a los asesinados. Al fondo, un monolito de piedra en el que se lee el famoso lema: "Lorca eran todos". Ciertamente así es, pues detrás de cada fusilado había una historia personal, una vida que se vio sesgada por fanatismos absurdos. Un absurdo que acabó con la vida del mejor dramaturgo del siglo XX a la voz de "café, mucho café" para Lorca. Los viajeros se miran silenciosos, no necesitan hablar para saber que, en su mente, ambos están rememorando el horror sufrido por el poeta y ello les produce congoja. Un nudo en la garganta se apodera de ellos, Píramo toma la mano de Tisbe y se alejan del lugar despacio, con paso lento y tranquilo mientras, en voz baja, unos versos se escapan de sus labios: "La luna vino a la fragua / con su polisón de nardos. El niño la mira, mira. / El niño la está mirando."