domingo, 7 de junio de 2026

730. Hijos de un amanecer postrado

 


La recuperación editorial de Noche entreabierta, de Manuel Valero, a cargo de la editorial Averso no solo supone la restauración de un importante hito en la producción literaria de nuestro poeta alicantino y, por extensión, en el panorama poético español, sino que su oportunidad lo convierte ahora, también, en un libro necesario. Efectivamente, Noche entreabierta, publicado en 2015 por Ediciones La Manzana Poética tras recibir el Premio de Poesía Joven del mismo nombre, se coció en un caldo de cultivo propicio para el verso combativo, arengador, descorazonado y sufriente. Estaba reciente la eclosión del Movimiento del 15-M y de las plazas rebosantes de indignación ciudadana que, hoy, después de quince años, y a la vista de las penosas circunstancias políticas y sociales que nos asolan, rememoramos con la nostalgia de quienes creyeron, tal vez ingenuamente, que un nuevo horizonte era posible. Este libro de Valero parece haber renacido en aquella misma coyuntura rediviva, pero sus poemas, siendo los mismos, son ahora más hirientes porque al ardor de su mensaje parece faltarle el fuelle de aquella generación en estado de efervescencia, hoy cansada, anestesiada, sodomizada. Moribunda. Noche entreabierta es la solitaria cruzada del poeta que escribe en una estancia vacía el dolor de los otros. El poeta que pasea por la ciudad desierta y nocturna de camino al hogar donde esperan las facturas y el pasillo oscuro. El poeta que recorre, tanteando las paredes, ese mismo pasillo oscuro, símbolo recurrente en el poemario, para lavarse la cara frente al espejo, en donde se reconoce en su propia derrota, mientras el lenitivo del amor duerme, desnudo, en el dormitorio. El hombre tiranizado por la vida burocrática, tan alejada de la literatura, que timbra el cansancio de vivir. El hombre que se unce al yugo de un nuevo día –desterrado de la noche y del amor– y que en las ruinas del beso, acaso el único bálsamo, evoca la vida de aquellos a quienes acucia la miseria cuando las matemáticas arrojan su algoritmo de corrupción política y precariedad laboral. El hombre que contempla con desazón la mendicidad de algunos de sus conciudadanos («conocen la ciudad que tú conoces») y que se llaman Manuel, Antonio o Carlos, María, Celeste o Adela, pero que entre sus cartones se llaman, en realidad, «historia, explotación y muerte / plusvalía, democracia y hombre»).

Hay en el libro un tono arengador en la evocación del «tú» al que se interpela, ya sea para mover su conciencia individualista, con sus pequeños e insignificantes problemas cotidianos, hacia esa otra historia «de explotación y muerte / de llanto hambre y desventura»; o para lanzar su soflama a las clases desfavorecidas, hijas  «de un amanecer postrado». En cualquier caso, hay una clara vocación de mensaje colectivista que, a veces, como en el poema «Tratado de amistad» usa la otredad como reverso del espejo. En la coda última el poeta se pregunta si en este final de partida, es él quien está jugando o si solamente es, él mismo, las cartas que otro maneja, tahúr de la indecencia.

Los versos de Valero, impetuosos, torrenciales a veces, con sus anáforas incisivas, su tono imprecatorio y su compromiso ético, zarandean las conciencias dormidas. Imposible no acordarse del Poeta en Nueva York de Lorca, sobre todo en su acerada tesis anticapitalista con la que claramente emparenta, pero también en la contorsión de la imagen, que si no llega al surrealismo lorquiano, sí atesora una mirada alucinada, la única posible ante la sinrazón y la injusticia.