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lunes, 28 de julio de 2025

698. El Madrid que fue en el Madrid que es

 


Solo una enamorada de Madrid podía escribir el libro que nos ocupa. Paseos singulares por Madrid. Centro y aledaños es, ante todo, una hermosa oda a Madrid, una obra en la que Concha D’Olhaberriague nos invita a mirar con otros ojos, los del paseante sosegado que degusta con calma, una ciudad por todos casi conocida. El adverbio casi no es aquí baladí, puesto que la autora propone un itinerario alternativo que trasciende la mera tipicidad de las guías turísticas al uso.

La obra cuenta con un excelente prólogo de Gonzalo Hidalgo Bayal y con una introducción de la propia escritora en la que explica el germen de este libro, fruto de su experiencia en la ciudad en la que vive y que recorre con deleite en sus habituales paseos; de modo que esta obra es «el fruto de una razón vital». Y es que Concha D’Olhaberriague, además de crítica literaria, profesora y gran estudiosa de autores como Unamuno, es una flâneur con afán de conocer y descubrir no únicamente lo que hay en Madrid sino lo que hubo, por lo que en su obra se establece un armónico diálogo entre el pasado y el presente de la ciudad.

Con una prosa muy elegante, la autora nos regala una obra en la que se combinan a la perfección la documentación exhaustiva, las reflexiones filológicas, las leyendas y curiosidades, la etimología de topónimos y los tecnicismos arquitectónicos y paisajísticos explicados siempre con rigor y claridad. Todo ello con un eje vertebrador que recorre el libro: la presencia del arte en general y de la literatura en particular. El capítulo estrella en este sentido es el dedicado al Barrio de las Letras cuya fascinante lectura sumerge al lector en unas calles por las que aún resuenan los pasos de grandes literatos, historiadores, pintores, actores… De la mano de la autora visitamos de otra manera teatros, cafés, iglesias y otros edificios destacados de la zona. El verbo visitar cobra todo su sentido, puesto que Concha D’Olhaberriague tiene la capacidad de que el lector sienta que está haciendo un recorrido corpóreo por los lugares que se describen, su fraseo guía nuestros ojos, orienta nuestros pasos de tal modo que sentimos que estamos allí, no solo leemos, sino que viajamos. La estela artística destaca también en el capítulo dedicado al Madrid de Goya. El viaje espacio-temporal que propone la autora nos lleva al origen de la ciudad en el Barrio de los Austrias, con la sugerencia de pasearlo cuando cae la noche, y a buscar los vestigios de la ciudad murada. Asistimos también a la fiesta inaugural del Palacio del Buen Retiro hasta su conversión en el famoso parque, con una explicación detalladísima de los diferentes edificios que lo componen, de los usos que tenían y que tienen y de poetas y narradores que se relacionan con este pulmón de Madrid. Asimismo, propone una ruta franciscana en la que los lectores, ciegos mendicantes, recuperamos la vista ungiéndonos con el aceite sanador de las sabias palabras de la autora cuando explica, por ejemplo, iglesias como la Capilla del Cristo de los Dolores. La mirada de la escritora no sigue un criterio centrista, sino que abre su campo de atención también a lo lejano en capítulos como el dedicado a Carabanchel, con sus excelentes descripciones de las quintas señoriales de recreo del siglo XIX y su mezcla de barrio castizo y vanguardista; o como el dedicado a iglesias periféricas. El paseo se detiene también en jardines semiocultos, remansos de paz, en un capítulo muy sugestivo y estimulante, pues el lector camina por florestas de estilos variados cuyas fragancias a olivos, rosas, lirios, alhelíes, naranjos… dotan al capítulo de una atmósfera envolvente y casi onírica. Para completar la visión espacial de la ciudad, el lector visita diferentes miradores desde los que otear Madrid para comprender desde las alturas cómo la historia y el paso del tiempo han acabado configurando la fisonomía de una ciudad apasionante. No faltan reflexiones en las que se muestra la preocupación de la autora por fenómenos como la turistificación o el deterioro de algunas zonas.

Les aseguro que tras la lectura de esta obra, tras estos paseos, no acabarán agotados sino que desearán volver a transitar estos lugares con el afán del viajero que siente la necesidad no solo de ver, sino de comprender, de tener una experiencia reflexiva e inmersiva al recorrer las rutas propuestas. Y para ello, no se me ocurre mejor cicerone que el amor matritense de Concha D’Olhaberriague.

lunes, 5 de mayo de 2025

688. Tras los pasos de Pedro Saputo

 


No hay vecino de Almudévar que no lleve a gala compartir paisanaje con el gran Pedro Saputo, el personaje fabulado por Braulio Foz en 1844. Tanto es así que los almudevanos han adoptado «saputo» como gentilicio no oficial y así prefieren llamarse. Al llegar al pueblo nos encontramos con la calle Saputo, lo que nos hizo pensar que allí la tradición debió de haber ubicado la casa natal del insigne hijo de Almudévar, casa que Foz sitúa en su novela en la hoy (y quizás entonces) inexistente calle del Horno de afuera. Comoquiera que confiamos en la distribución gremial del callejero tradicional, nos dirigimos a la panadería Tolosana, celebérrima por su deliciosa «trenza de Almudévar», donde su dependienta nos asegura que la casa estaba en la pequeña plazoleta que se abre en la calle Masevilla. Visitamos también la Balsa de la Culada, cuyo origen –según Foz– está también relacionado con Pedro Saputo. Y es que, al regreso de uno de sus múltiples viajes, Saputo halló a sus conciudadanos tratando de enderezar con una cuerda la torre de la iglesia de la Asunción, que andaba ya muy escorada. Espantado por la necedad de sus vecinos, se prestó a ayudarlos pero, sin que se dieran cuenta, manipuló, rasgándolo, el cabo de la cuerda, de modo que al tirar todos de ella, aquella cedió y dieron todos de culo en el suelo con tal violencia que crearon el enorme boquete que es hoy la balsa. El anacronismo es evidente, pues la balsa ya existía en el siglo XVI. Quisimos también ver la ermita de la Virgen de la Corona, patrona de Almudévar, donde Saputo pintó los frescos de su interior, pero nos tuvimos que conformar con visitarla desde fuera y leer frente a ella el pasaje correspondiente. Finalmente, acudimos a la Biblioteca Pedro Saputo, donde nos atendió amabilísimamente Belén Peña Huerva, que lleva 30 años de bibliotecaria en Almudévar, y que nos mostró varias ediciones de la obra de Braulio Foz.

La Vida de Pedro Saputo, a medio camino entre la tradición oral y la inventiva de Foz, narra al modo del género itinerante picaresco las aventuras de este niño prodigio, dechado de virtudes, precocísimo pintor, músico, lingüista, médico y donjuán, que siendo aún muy joven se lanza a los caminos para aprender de la vida. Puede seguirse su prolijo itinerario oscense si se tiene tiempo. Nosotros, además de Almudévar, solo pudimos completar algunos de sus muchos hitos viajeros: Aínsa, «pueblo entonces de quinientos vecinos y ahora de poco más de ciento, habiendo sido quemado en la guerra de Sucesión y arruinándose poco ha sus hermosos fuertes»; Jaca, «de donde subió a San Juan de la Peña. ¡Oh, con qué respeto y amor veneró las cenizas de nuestros reyes allí enterrados»; la hermosa Alquézar, desde donde Saputo ascendió la sierra de Guara para contemplar desde su cima la preciosa estampa del Somontano; Loharre, que visitó dos veces, una para contemplar su imponente fortaleza, y otra siguiendo el itinerario señalado por su padre para hallar esposa de entre la lista de candidatas ideada por aquel, solo que a la lobarresa «la halló tan berroqueña de genio, que parecía cortada de las peñas de la sierra vecina». A Graus no pudimos llegar, pero dimos buena cuenta de su famosa longaniza, que compramos en La Confianza, de Huesca, la evocadora tienda de ultramarinos más antigua de España. Y no quisimos llegarnos a Barbastro, que tantos desaires provocó en nuestro buen Saputo, pero bebimos un Zinca d’anfora de esa tierra –Saputo nos perdone– en el restaurante La Goyosa. Conviene acercarse también a Sariñena, en cuyo convento Saputo, disfrazado de mujer, vivió oculto tras un desagradable lance en Huesca.

Los viajes de Saputo no se limitaron a la provincia de Huesca, sino a parte de España. En lo tocante a nuestra tierra, vivió como médico un tiempo en Villajoyosa, de la que se ensalza su vocación marinera. En la novela, Saputo desaparece en misteriosas circunstancias de camino a la corte. Pareciera augurio de la suerte posterior de la figura de Braulio Foz en la literatura.

lunes, 22 de julio de 2024

658. Alma de Almagro

 


Hay lugares que son una bendición para quienes sienten que la vida ya no es bastante; y también para quienes opinan lo contrario, que la vida y sus tribulaciones son ya demasiado. Ambas víctimas, la que sufre el déficit de la vida y la que carga con la vida, encontrarán su sereno equilibrio en Almagro. Almagro se escribe con alma en vivas letras de almagre, la una, para insuflarla en el visitante agostado; las otras, para timbrar su corazón con el blasón de la cultura, aquel que se blande en las corazas de los caballeros invencibles. Habitar la plaza Mayor de Almagro es acogerse a sagrado, sentirse seguro y un poco eterno. Penden de las farolas de la plaza los retratos de Cervantes, de Quevedo, de Lope, de Juana Inés de la Cruz, de Teresa de Ávila, de Ana Caro. No son estrellas mediáticas ni hipócritas rostros de políticos fariseos. Son gente que vivió, gozó y padeció hace más de cuatro centurias y que siguen con nosotros para sanarnos, capaces todavía hoy de convocar a una legión de letraheridos. El diseño es de Coco Dávez. La ligera brisa agita estos carteles, como pendones de unas justas en cuya lid todos ganamos. Almagro se vuelca en su cuadragésimo séptimo Festival de Teatro Clásico y sus ciudadanos se aplican a la vieja hospitalidad de la hidalguía. Los auxiliares del festival, muchos de ellos estudiantes, se afanan solícitos y con una perenne sonrisa en sus labios, para atender al público que acude a los espectáculos. Al concluir la obra de turno en el mítico corral de comedias, estos jóvenes se ofrecen, con infinita paciencia, a retratar a aquellos que quieren llevarse el recuerdo de ese marco incomparable. Al encomiarles su temple, hablan del orgullo que sienten, de la conciencia de pertenencia a un recinto mágico que los ha acompañado en su educación sentimental desde niños. Paseando por sus callejuelas, se oye a veces el aplauso fervoroso que sale de alguno de los muchos y hermosos espacios que acogen las obras de la programación. En otro lugar, alguien da una charla sobre el teatro áureo: es, también, la fiesta de la inteligencia. Los bares ofrecen sus tapas que recrean la gastronomía de los Siglos de Oro, y las tiendas son un festín de suvenires cervantinos y encajes de bolillos. En la misma plaza, el teatro callejero ameniza las terrazas, repletas de un tipo de turista muy sui generis. A pesar de los centenares de personas que abarrotan los veladores, apenas hay un murmullo elegante en la plaza. Nadie allí grita ni se exalta: los turistas hablan muy quedo, y casi siempre tertulian sobre las obras que acaban de ver representadas, tan lejos del abyecto turismo de borrachera. Todos nos reconocemos en esa plaza. De repente, uno puede toparse con los actores, y acercarse y felicitarlos con franca camaradería, mezclados ellos con los espectadores como uno más, todos iguales en la fiesta democratizadora de la literatura. En la habitación contigua de nuestro hotel, la actriz Marta Poveda, cuelga de la puerta el cartel perpetuo de «no molestar»: está ensayando La francesa Laura, de Lope. Otras veces, es fácil ver a Irene Pardo, la directora del festival, paseando por la plaza con su coqueta bicicleta floreada, como cerciorándose de que todo anda bien. Por la noche, los reflectores proyectan sobre la plaza diferentes luces de colores y el pavimento se tiñe policromo como si estuviéramos sobra las tablas de un escenario. Actores también nosotros del teatro del mundo y de la vida. Cuando uno debe, al fin, abandonar Almagro, siente una suerte de destierro. Algo parecido a lo que deben de sentir los actores una vez se apagan las candilejas y el mundo de afuera se vuelve más prosaico. Cuando la vida no es bastante o cuando la vida es demasiado.

lunes, 18 de marzo de 2024

642. Viajes literarios: Pratdip

 


Conviene llegar a Pratdip en un día gris y ventoso. El ulular del viento entre los callejones medievales alentará en la imaginación la presencia agazapada y amenazadora del dip, el animal fantástico que se ha quedado a vivir en el topónimo y en el escudo del pueblo, como si estos perros vampiros reclamasen el señorío de la villa, y sus habitantes, temerosos de su ira, hubieran aceptado un vasallaje secular. Y quizás el visitante se tope realmente con alguno de ellos, dispuestos como están por el ayuntamiento en once zonas del tortuoso callejero para regocijo de los amantes de las yincanas. Nada más llegar, se recorta en lo alto el castillo en ruinas y nos da la bienvenida, como otro Can Cerbero, la escultura vanguardista del montrogense Santi Fuchs. La empleada de la oficina de turismo nos facilita, con eficacia burocrática, los lugares de interés del municipio. Pero la expresión de su rostro cambia cuando le confesamos que nos ha llevado hasta el pueblo la lectura de Les històries naturals, de Joan Perucho. Entonces su entusiasmo de lugareña orgullosa escala por sus palabras de regocijo y hasta se aventura a localizar la casa que debió de inspirar al escritor barcelonés el palacio de la baronesa de Urpí, la aristócrata que reclamará los servicios del naturalista Antoni de Montpalau para liberar al pueblo del vampiro que asola la vida de sus habitantes. Anoto en mi memoria la emoción de la empleada al conocer que los dos forasteros que arriban allende el Ebro han leído en catalán la novela, y lo poco que cuesta ser uno más cuando se estrechan los lazos de la cultura y la comprensión y admiración del otro.

El callejeo sin itinerario concreto es la mejor fórmula en Pratdip. Sin esperarlo, hallaremos sugestivos vestigios de su pasado, como las arcadas de Cal Sisa y las torres de defensa –restos de la antigua muralla medieval–, la iglesia de la Natividad o los antiguos lavaderos. Hay que subir, claro, al castillo, donde Joan Perucho imaginó la tumba de Onofre de Dip, el atribulado vampiro condenado a cobrarse la sangre de sus víctimas para poder sobrevivir. Perucho, que ambienta su novela en plena guerra carlista, parte de hechos reales para su posterior fabulación. Onofre de Dip adquiere todas las características del vampiro atesorada por el imaginario colectivo pero, está basado en los perros vampiros de Pratdip que, exagerados por la leyenda, aluden a las jaurías de lobos que acababan con los rebaños alimentándose de la sangre nutricia de las reses con un dentellada en el cuello. La enfermedad del propio general carlista Ramón Cabrera fue real, pero Perucho la atribuye al mordisco de Onofre. Montpalau liberará a Pratdip del vampiro y el pueblo celebrará la gesta con una romería al santuario de Santa Marina, donde el visitante podrá reparar la sed de la caminata con el agua salutífera de los famosos caños de su fuente.

Les històries naturals no empiezan ni acaban en Pratdip, aunque sea el pueblo del Baix Camp el que catalice la narración. En el viaje de Montpalau hasta Pratdip destacan las descripciones impresionistas de la topografía tarraconense como la propia Tarragona, L’Arboç, Arnes, Falset, Reus u Horta de Sant Joan, entre otras. La aparición de personajes históricos es también muy evocadora y para el filólogo que esto escribe fue muy emocionante toparse con Milà i Fontanals. La novela es, además, un precioso tributo a la lengua catalana, de la que Perucho sabe extraer sus mil y un matices y un acervo léxico que sorprende incluso a los que estamos familiarizados con el idioma.

La novela de Perucho alcanzó en su día gran éxito, especialmente en los años 80, entre el lector adolescente. No había instituto que no prescribiera su lectura. Hoy me cuentan los profesores de Lengua Catalana que sería imposible su inclusión en los planes de estudio porque el alumnado ya no es capaz de entender una palabra de la novela. Las leyes educativas. Esas sí que son un sangría y no las de Onofre de Dip.

lunes, 8 de enero de 2024

634. Viajes literarios: la Tortosa de Despuig.

 


En Los col.loquis de la insigne ciutat de Tortosa (1557), Cristòfol Despuig se queja, en boca de uno de sus personajes, de la escasa atención que el obispo de la ciudad, Fernando de Loazes, otorga a la lenta construcción de la catedral. Efectivamente, Loazes, natural de Orihuela, se mostraba mucho más generoso financiando el convento de Santo Domingo, en su ciudad natal (donde luego estudiaría Miguel Hernández) que la sede catedralicia de su propio obispado. Si 450 años después de su muerte, Despuig volviera a pasear por su amada Tortosa, se rasgaría las vestiduras al comprobar que la catedral sigue inacabada. Qué manía nos ha dado en la provincia de Tarragona de dejar las catedrales desmochadas. En Los col.loquis, uno de los interlocutores, don Pedro, procedente de Valencia, se maravilla, no obstante, de cómo luce el jaspe rosa tortosino en la fachada en ciernes de la Seu. Es el mismo jaspe, dice Lívio, que fue utilizado en el Palau de la Generalitat de Barcelona y en San Pedro del Vaticano. Hoy resulta difícil encontrar en las joyerías tortosinas la preciada piedra, ni siquiera como souvenir. Pero otra piedra, aparte del jaspe, merece la pena contemplarse en el museo catedralicio: la lápida trilingüe, esculpida en griego, hebreo y latín, que sirvió de epitafio a la joven judía Meliosa, hija de Yehudá y Miriam, del siglo VI. Y debe servir de acicate al viajero para adentrarse por el sugestivo barrio judío.

A Despuig, sin embargo, amante de las artes como era, no le habría desagradado saber que su palacio se ha convertido hoy en un conservatorio de música. En ese mismo palacio debió de desarrollarse el quinto coloquio de su libro, cuando los tres interlocutores que pasean por Tortosa inician el espinoso tema de la guerra civil catalana contra Juan II de Aragón, y prefieren conversar con mayor seguridad en un espacio privado.

Durante el paseo, en el que el vehemente Lívio y el ciudadano Fàbio, describen las maravillas de Tortosa a don Pedro, se citan otros enclaves interesantes, que el visitante actual aún podrá toparse en su itinerario. Tal es el caso de los imprescindibles Reales Colegios o del Portal del Romeu, cuyo origen relata Lívio al evocar la memorable hazaña de las mujeres tortosinas en la defensa contra los musulmanes del Castillo de la Suda, ayudadas por un misterioso romero que algunas versiones de la leyenda identifican como Santiago Apóstol (no es el caso de Despuig que, aunque algo obnubilado por su chovinismo, se ajusta bien al caballero renacentista que dialoga con elegancia, respeto y mesura casi científica). Un ejemplo literario de la leyenda lo podemos hallar en el propio castillo, hoy Parador Nacional, en cuyo vestíbulo luce, dentro de una vitrina, la novela de la escritora Verónica Martínez Amat, El juramento de Tortosa. Desde el castillo se divisan las mejores vistas de la ciudad, del Ebro y del impresionante Parque Natural de Els Ports, de cuyos bosques, asegura Fàbio en Los col.loquis, se extraía la madera para fabricar las galeras reales.

Otros muchos tesoros hallará el lector en el libro de Despuig, que arrojan algo de luz sobre la actualidad catalana. Por ejemplo, cómo Lívio se queja de esa Castilla que se arroga la representatividad de toda España, siendo los catalanes –dice Lívio– tan españoles como los castellanos, afirmación que hoy sorprendería algo pero que explicaría una desafección cocida a fuego lento durante siglos. También se queja Lívio de la adopción del castellano, en detrimento del catalán por parte de los nobles tortosinos, inicio de una diglosia basada en el prestigio político y que poco tiene que ver con las lenguas.  Disfrutaremos, en fin, en delicioso catalán, del diálogo reposado y respetuoso que se establece entre los personajes, a pesar de sus diferencias, lo que debería darnos alguna lección a los contertulios de nuestra crispada era digital.

lunes, 13 de febrero de 2023

597. Cuevas de las maravillas

 


Ya el título, tomado de Paul Theraux, es una declaración de intenciones. Rosa Cuadrado nos invita a un viaje por diferentes ciudades europeas para hacer un muy especial estudio cartográfico, nos coge de la mano para trazar junto hermosos mapas literarios que tienen marcados como puntos de interés esos refugios que son las librerías.

Quienes, como yo, sean lectores empedernidos y viajeros infatigables sabrán que el algoritmo «viajar + libros» incluye inevitablemente la variable «librerías». Cómo no visitar, además de los monumentos turísticos de rigor, esas «cuevas de las maravillas», para dar cobijo a las desnortadas almas que a veces somos. Cruzar el umbral de una librería siempre tiene efectos balsámicos.

En cualquier otra parte (Ediciones Menguantes)  no incurre en el error de ser un mero catálogo de librerías ni la aséptica descripción de una guía de viajes al uso. Su autora ha sabido crear un texto sugestivo, con una voz narrativa, perfecta cicerone , que nos descubre historias fascinantes sobre librerías, libreros, autores, hechos históricos, sucesos políticos…

Rosa Cuadrado tiene la capacidad de crear atmósferas envolventes que permiten al lector ver y sentir aquello que está leyendo. Así, paseamos por París con Hemingway, quien nos presenta la icónica Shakespeare and Co., y a su librera Sylvia Beach, madrina del Ulises de Joyce; conocemos la historia de los beaterios belgas, esos centros que acabaron ejerciendo una importante labor social, educativa y sanitaria en época medieval (¿y acaso no son eso también las librerías, lugares de encuentro, de aprendizaje y de sanación a través de la palabra y de la belleza que se esconde en ellos?); nos refugiamos del frío en hermosas librerías-cafeterías en Holanda, en Viena o en Londres y leemos, a través de los ojos de la autora, poemas que ella también leyó en esos lugares, en un bisbiseo a dos voces acompasado por el olor a café, a té humeante, a chocolate caliente y a lignina. Siguiendo los pasos de Pessoa recorremos Lisboa, una ciudad en la que el mar y la saudade invitan a la lectura sosegada en librerías tan icónicas como Bertrand. Nos adentramos en episodios de la historia como la operación Market Garden en la librería de Arnhem; deambulamos por librerías de viejo, por puestos callejeros con libros de segunda mano,  como el del Tío Turgut en  Ankara, que parecen implorar a los posibles compradores una segunda vida en otras manos amorosas; descubrimos que una librería también puede dar cobijo a un árbol, el famoso «eje del mundo» de la librería Dost, símbolo de la conexión entre cielo  y tierra (¿y no son las librerías también lugares de conexión con otras vidas, con  otros mundos, con otros yoes?).

Página a página recorremos la ruta del Ulises en Dublín y peregrinamos por librerías con impresionantes escaleras de caracol, por las más antiguas de las ciudades, por librerías especializadas en todo tipo de literaturas, por las más arriesgadas que han creado su propio sello editorial, convirtiéndose así en adalides de primer orden en la defensa de la cultura, por librerías que son en sí mismas obras de arte, como la Taschen de Milán… Este paseo también nos permite conocer la historia del icónico Grupo de Bloomsbury o a personajes como Aspasia de Mileto, en el último capítulo dedicado a Grecia, un homenaje a la cuna de la cultura europea que no podía faltar.

En cualquier otra parte se puede definir como un libro interdisciplinar por el que desfilan en perfecta simbiosis nombres de escritores, músicos, pintores, escultores… y en el que todo lo descrito forma parte de la experiencia personal de su autora, quien consigue un equilibrio entre la parte informativa y su propia intrahistoria personal. El libro fusiona las cualidades de ambos registros para convertirse, al igual que las librerías que nos descubre, en un «puente de la palabra» que nos hermana a quienes sentimos la necesidad, en ocasiones, de estar en cualquier otra parte, pero con la sempiterna compañía de los libros, «esas pequeñas promesas de felicidad».

lunes, 16 de enero de 2023

593. Engañar a los alumnos





Los que nos dedicamos a la enseñanza de forma vocacional ejercemos de profesores durante todo el tiempo. También en vacaciones. Los últimos días del año los pasé en Soria, y no hubo día en que mi mente no anduviera maquinando las posibles actividades didácticas que ofrecía cada rincón de la ciudad. Qué bonito sería –decía para mis adentros– conseguir el Pasaporte de las Ciudades Machadianas que expide la oficina de turismo y recorrer con los estudiantes las huellas de don Antonio: la casa de huéspedes donde se alojó cuando visitó en verano la ciudad antes de incorporarse a su puesto de profesor; la pensión donde conoció a Leonor; la iglesia de Nuestra Señora de la Mayor donde se casó con ella; el aula del instituto donde enseñaba Francés; la campana del reloj de la Audiencia… Y qué hermoso sería –continuaba efervescente mi cabeza– recitar sus poemas a la ribera del río, «por donde traza el Duero su curva de ballesta en torno a Soria», grabar en los álamos nuestros nombres de enamorados de la Literatura, subir hasta la Laguna Negra… O recitar los versos de Gerardo Diego inspirados en Soria, en Calatañazor, en San Baudelio; leer, tendidos en el césped del claustro de San Juan de Duero, una leyenda de Bécquer con el monte de las Ánimas a nuestras espaldas; visitar la Casa de los Poetas del antiguo casino; pasear por la Numancia en ruinas; estudiar el románico ante la preciosa fachada de la iglesia de Santo Domingo… Total, que en un santiamén tenía yo ya proyectado un viaje de estudios de lo más atractivo. Hasta que llegamos al cementerio de El Espino donde descansa la malograda Leonor y donde, casi a cuyas puertas, se halla también el famoso olmo seco del poema de Machado. Solo que ese olmo no es el olmo que vio don Antonio, que moriría, como todos los demás olmos, por la grafiosis. El olmo que contemplamos en la actualidad es un sucedáneo de aquel otro, al que el ayuntamiento ha colocado, junto al tronco, el poema de marras. Y allí, ante aquel olmo que no es nuestro olmo literario, llegaron mis dudas. ¿Qué les diría yo a mis alumnos si estuvieran ahora mismo aquí conmigo? Después de haber leído el poema en clase; después de narrar toda la trágica historia que lo inspiró; después de haber depositado, tal vez, unas flores sobre la lápida de nuestra Leonor, ¿les diré que ese olmo que tienen ante sí, no es el mismo olmo del poema con el que siempre se me quiebra la voz? ¿Les diré que es un árbol apócrifo? ¿Tengo derecho, como aquel San Manuel Bueno Mártir, a contarles la verdad a estos jóvenes feligreses de la Literatura? ¿De romper el hechizo? Pues miren, no. Los huesos del Cid están bajo la lápida de la catedral de Burgos y no esparcidos por media Europa; el tintero que exponen en Villanueva de los Infantes es el de Quevedo y no una réplica; el piano de Chopin de la celda de la Cartuja de Valldemossa es el piano de Chopin y no uno falso; Lorca está enterrado en el barranco de Víznar; Cervantes y Shakespeare murieron ambos, como en un sortilegio, el 23 de abril; a la muerte de Bécquer, se produjo un eclipse de sol; en el Toboso está la casa de Dulcinea y en la acrópolis de Micenas se descubrió la máscara de Agamenón. Cuando James McPherson se inventó, dándolo por cierto, el mito de Ossian, el crédulo de Goethe llegó a decir en boca de su Werther que Ossian había sustituido a Homero en su corazón. ¡Qué felices Goethe y Werther en su ingenuidad! Así que, ahora mismo, en mi imaginación, estoy junto a mis alumnos frente a este olmo centenario y hendido por el rayo, y les miento y les digo que este es el olmo de Machado, y se me antoja que se hará un silencio, unos pocos segundos tal vez, durante los cuales la literatura se habrá hecho cierta en ese olmo de la rama verdecida.

lunes, 13 de diciembre de 2021

553. Petiscos literarios de Lisboa

 


Dicen que Lisboa es, ante todo, un estado de ánimo. Pero querer hallar la tan traída saudade en vísperas de la Navidad, con los turistas copando sus calles, se antoja poco menos que imposible. Más si es la primera vez que se acude a la capital portuguesa y el viajero quiere, claro, visitar los lugares emblemáticos de la ciudad. Antonio Muñoz Molina, que tiene residencia en Lisboa desde hace tiempo, se permitió, por eso mismo, escribir un artículo en El País titulado «Los márgenes de Lisboa» donde describe la otra Lisboa alejada de los circuitos masificados. Bea y yo lo leímos la semana pasada mientras cenábamos en un restaurante del Chiado y añoramos, sin visitarlos, los espacios que evocaba el autor ubetense.

Como la cabra siempre tira al monte, durante nuestro primer viaje a la capital lusa hicimos gala de la costumbre, casi fetichista, de engrosar nuestro álbum de fotografías con efigies de escritores. Pessoa tiene su famosa estatua en el Café A Brasileira, que tango frecuentó. Hacerse la foto sentado a su mesa tiene algo de lacerante concesión al carnaval turístico. Pessoa, aunque algo contradictorio en su relación con las personas, es ante todo un misántropo que no quiere serlo. Aborrecería, con total seguridad, el desfile de turistas hiriendo su querida soledad. Ni siquiera en el monasterio de los Jerónimos, donde tiene su humilde tumba, halla reposo frente a la tiranía de los flashes. También puede visitarse la mesa que aún se le reserva en el Restaurante Martinho de Arcada, colindando con la Praça do Comérçio con su vaso de absenta y algunos libros, o el edificio de la Rua dos Douradores, donde vivió y en el que ubicó la oficina donde trabajaba su heterónimo Soares como tenedor de libros.

 El barrio del Chiado debe su nombre a António Ribeiro, apodado «Chiado», poeta satírico del siglo XVI que nos recibe jocoso inmortalizado en su estatua de la Rua Garrett. Contemporáneo de Ribeiro es Luís de Camões, el Cervantes de las letras portuguesas, autor de la famosa Os Lusiadas, cuya estatua se levantó algo más arriba, en la plaza que lleva su nombre, y que es la más antigua (1867) después de la de José I. A Camões le acompañan en el mismo conjunto escultórico otros intelectuales de su tiempo, pero curiosamente no Gil Vicente, cuyo vínculo con la corte castellana debió parecerle al escultor Víctor Bastos demasiado improcedente en mitad de la atmósfera nacionalista de la época. Para hallar a Gil Vicente hay que acudir a la Plaza de Rossio, donde se levanta el Teatro Nacional, cuyo frontispicio preside el dramaturgo. El cenotafio de Camões se encuentra también en los Jerónimos.

Sin dejar el barrio del Chiado, algo escondida en el Largo do Barão de Quintela, se levanta la hermosa estatua de Eça de Queiroz, el gran escritor realista portugués, aunque de un realismo sui generis, que se resume en la cita del pedestal: «Sobre a nudez forte da Verdade o manto diáphano da phantasia», extraída de su libro A Reliquia. Quieroz sujeta la figura semidesnuda de la Verdad, que se le entrega voluptuosa. La cita recoge bien el ideario de Queiroz: la verdad puede hallarse en la fantasía, y en ello se distanció del resto de realistas portugueses, pues a diferencia de estos, Queiroz inventa muchos de los espacios de sus novelas.

En la Rua dos Bacalhoeiros, se halla la Casa dos Bicos, ahora sede de la Fundación Saramago. Enfrente, encontramos el olivo bajo el que reposan las cenizas del autor.

Merece también la pena visitar la Librería Bertrand, la más antigua de Lisboa, aunque sobrepasada por su fama, ha perdido su encanto y existen muchas otras (sobre todo las de viejo) más sugestivas.

En Alfama no se pierdan la representación de Amália Rodrigues por el artista urbano Vhils, un mosaico sobre la calzada cuya factura permite que en los días de lluvia, se deslice el agua desde los ojos de la figura: es Amália llorando.

A las 5 de la mañana, el taxi que nos regresaba al aeropuerto atravesaba las calles vacías y mojadas de Lisboa. Tal vez la ciudad quiso despedirnos, ahora sí, con la saudade que no hallamos durante los días de nuestra estancia. La lluvia repiqueteaba en la chapa metálica del taxi, como si una guitarra portuguesa estuviera entonando los primeros acordes de un fado.

lunes, 8 de noviembre de 2021

549. Cunqueiro en Elsinor

 


El 30 de julio de 1970, Álvaro Cunqueiro escribía para el Faro de Vigo una crónica titulada «No hay almenas en Elsinor». El artículo recogía, en parte, la experiencia del escritor gallego durante su viaje a la ciudad portuaria danesa, famosa por hallarse en ella el Castillo de Kronborg, escenario en el que Shakespeare ubicó la tragedia de Hamlet. Cunqueiro, cuya admiración por la obra del dramaturgo inglés está bien documentada, había publicado en 1958 O incerto señor don Hamlet, príncipe de Dinamarca, su obra teatral más conocida; en 1965 escribió un texto titulado «O Castelo de Elsinore», cuya prosa evocadora da fe de la fascinación que el escritor de Mondoñedo sentía por el mítico espacio shakesperiano; y todavía en 1967 soñaba con fundar una sociedad de Amigos de Shakespeare en toda Galicia. Se entenderá, pues, que Cunqueiro sintiera la necesidad de viajar hasta Dinamarca y conocer de primera mano aquellos sugestivos espacios literarios. La visita se realiza aproximadamente un mes y medio antes de la publicación del artículo de marras, es decir, el 12 de junio de 1970. Le acompañaron dos amigos catalanes: el periodista Néstor Luján, especializado en la crónica de viajes y gastronómica cuyos artículos en el semanario Destino tuvieron tan buena acogida en su momento, y el doctor Joan Obiols, a la sazón catedrático de Psicología en la Universidad de Santiago de Compostela, defensor del psicodrama, la terapia artística y la musicoterapia, y que moriría curiosamente en Cadaqués mientras atendía a Salvador Dalí, en julio de 1980.

Cuando Cunqueiro llega Elsinor constata que, efectivamente, el Castillo de Kronborg no tiene las famosas almenas en las que Hamlet era atormentado por el fantasma de su padre: «del más antiguo castillo solamente quedan el foso de la parte Este, y algunos basamentos del muro exterior de defensa. Y no hay una sola almena, ni es posible pasear, ni lo es siquiera a un fantasma, entre las torres más altas». De su viaje a Elsinor, Cunqueiro, gran aficionado a la colección de hojas secas, se llevó una ramita de un árbol situado al pie del foso del castillo y, para dar naturaleza de autenticidad al souvenir, extrajo de ella una pequeña hoja doble que pegó en un encarte en cuyo dorso hizo firmar a sus compañeros de viaje, Luján y Obiols, el testimonio fehaciente de dicha autenticidad: «No soy notario, mas es verdad», certifica Obiols; y «Doy fe», remata Luján antes de firmar. El curioso documento se halla en la actualidad en la Fundación Penzol, en Vigo.

En el año 2020, coincidiendo con los 50 años de la visita de Cunqueiro a Elsinor, la Casa-Museo Álvaro Cunqueiro, editó un cuadernito desplegable que recoge el facsímil del documento con la hoja elsinoriana. El cuaderno incluye, además, una explicación de Armando Requeixo, coordinador de actividades y publicaciones de la Casa-Museo, y la reproducción fotográfica del artículo de Cunqueiro. La publicación es una de esas preciosas joyitas bibliográficas, editadas con mimo, pasión y amoroso afán, tan a propósito para quien desee realizar un regalo literario original y entrañable, y se suma a los actos conmemorativos que se están llevando a cabo con motivo de los 40 años desde el deceso del escritor. A veces, estos pequeños accesos de cotidianidad en la vida de un escritor, al margen –si es que esto es posible– de su obra artística, sirven también para hacer más cercanos a los autores y hacernos partícipes de su humanidad, alejados de la visión mitificadora del escritor en su mesa de trabajo. A la postre, que el castillo de Hamlet no tenga almenas, en nada resta a la sugestión que su inexistente barbacana sigue produciendo en los lectores de Shakespeare.

lunes, 28 de junio de 2021

536. El Bodhisattva es Patricia



 

Patricia Almarcegui acaba de publicar con Candaya sus Cuadernos perdidos de Japón, donde se recogen fragmentos de cuatro diarios escritos por la autora durante dos viajes al país nipón. El fragmentarismo del libro, no obstante, es aparente. En primer lugar porque el tono y la atmósfera de cada uno de los textos otorga a la obra una unidad que basa su cohesión, no solamente en la isotopía japonesista sino, sobre todo, en la capacidad evocadora y sugestiva de aquellos, no exenta de momentos de lirismo de altos vuelos; y en segundo lugar, porque la estructura queda hilada por una urdimbre invisible de correferencialidades que Patricia propicia con sus sutiles «pistas», a modo de migas de pan, y que actualizan o reformulan algunos de sus temas. El libro de Patricia es, entonces, una quebrada porcelana literaria donde los espacios entre las esquirlas resultan tanto o más interesantes que las piezas mismas, a la manera en que el arte del Kintsugi repara con oro la cerámica rota y son las costuras doradas las que embellecen el conjunto.

Una declaración de intenciones se halla ya en la página 11 del libro: «Tengo unos veinte cuadernos de viaje […]. No sé cuándo fue pero un día dejé de tener uno para la vida y otro para el viaje. Los cuadernos se convirtieron en diarios». En el libro, efectivamente, se imbrican vida y viaje como dos caras de una misma moneda y esta premisa es importante para el lector que quiera acercarse a estos Cuadernos porque más allá del catálogo cultural, importa la mirada de la autora, a través de cuyo cedazo, queda la estampa o la reflexión tamizadas. Eso sí, Patricia no pontifica nunca y evita que esa mirada se contamine con el tradicional prejuicio del viajero occidental; más aún, desmitifica algunas de esas ideas preconcebidas y, junto a la filosofía zen o la floración de los cerezos, por las páginas del libro desfilan también la pobreza, el consumismo, los ciervos alicaídos de Nara o las miradas enajenadas de los que entran y salen de los locales de Panchiko. «Tras el terremoto y el tsunami de 2011 de Fukushima, muchas personas sin techo se instalaron en el parque Ueno», dice la autora, en un significativo ejercicio de contraste. Junto a ello, hay también una posición amarga ante cierto tipo de turismo. Así, los norteamericanos obsesos bebiendo cerveza junto a las ruinas de la cúpula de la bomba atómica de Hiroshima, o el grupo de diez españoles al acecho de las geishas en Gion, aunque solo hayan visto a dos mujeres paseando un domingo con sus trajes tradicionales. El «siniestro carnaval turístico» del que hablaba García Baena.

Sería ocioso repasar ahora algunas de las jugosísimas informaciones que Patricia Almarcegui ofrece sobre la cultura japonesa. Al confeccionar este artículo había anotado yo algunas que me habían llamado la atención, desde referencias al manga, al cine, a la literatura, a la arquitectura o a la pintura pasando por la religión, la geopolítica o las costumbres sociales. De todo ello hallará el lector un tesoro de contento y una fe de lecturas que cierra la obra.

Pero este libro es también un libro sobre la pérdida, sobre los cuadernos extraviados durante los viajes de la autora y sobre las personas que ya no están. Aunque también sobre la recuperación y el reencuentro. En la página 42, la autora dice haber acudido a la ciudad de Ise por error. Seducida por los Ise Monogatori (Cantares de Ise), había confundido la ciudad con el nombre de la poetisa clásica Ise, a la que, en realidad, hace referencia el título de la obra. Sin embargo, en otro momento, Patricia compra casualmente una postal con una ilustración de una bella mujer en quimono y, ya de vuelta en el hotel, descubre en el anverso de la misma que se trata de «Lady Ise. La poeta clásica». Se ha obrado el reencuentro, como también hará con el recuerdo de su madre.

Y así es que este viaje por Japón es mucho más que un viaje. Y que, guiados por Patricia, también los lectores inician su reencuentro particular con las esencias que nos constituyen. En el itinerario, velan por nosotros las palabras de Patricia. Porque Patricia es el Bodhisattva.

lunes, 24 de mayo de 2021

531. Viajes literarios: la Albufera de Valencia



A mí me habría gustado contemplar la Albufera de Valencia con los ojos ebrios y ociosos del borracho Sangonera. En un hermoso pasaje de Cañas y barro, Sangonera confiesa emocionarse con la mera contemplación de la Naturaleza al atardecer, a «aquella hora del crepúsculo, que era en el lago más misteriosa y bella que tierra adentro. La hermosura del paisaje se le metía en el alma, y si la contemplaba al través de varios vasos de vino, suspiraba de ternura como un chiquillo». Hay en la confidencia que Sangonera le hace a Tonet un atisbo de redención en la belleza. De Sangonera nos reímos a lo largo de toda la novela; otras lo compadecemos; las más de las veces censuramos su parasitismo y lo despreciamos. Por eso el lector se sorprende y empieza a tomárselo en serio cuando, en medio de su peregrina –aunque plausible– exhortación filosófica acerca de la legitimidad de la pereza y de la ociosidad, Sangonera se estremece al evocar su éxtasis contemplativo. La escena es bonita porque demuestra que la Belleza es capaz de calar en las almas menos permeables a los accesos líricos, que su majestad somete incluso a aquellos hombres en los que el terreno yermo de su propia degradación parece hacer difícil la germinación de un solo sentimiento elevado.

Pero hoy resulta difícil hallar en El Palmar –ni siquiera con una copa de vino de más– las excelsitudes que la mirada asombrada de Sangonera evocaba en la novela. El Palmar es ahora un inmenso comedor donde el turista solo parece acudir para deglutir con afán de dominguero contumaz los arroces y el all i pebre que las decenas de restaurantes ofrecen cada cuatro pasos. Pareciera que el cornudo Cañamèl, ya que no con la adúltera Neleta, hubiera perpetuado su progenie en los taberneros del lugar. Nada, en cambio de Literatura, salvo en los nombres de los negocios: recuerdos al tío Paloma, a los redolins, a la Sequiòta, pero ni unos míseros carteles, repartidos estratégicamente aquí y allá, con algún extracto de la novela de Blasco Ibáñez que adornase con la palabra la desolación de esta pedanía valenciana sometida al yugo de los estómagos.

Los paseos en barca por el lago, aunque ponen en contacto al viajero con la esencia de la Albufera, pierden su prometedora sugestión: los motores de las barcas ahogan el sonido de las cañas al atravesar los canales; la canción del agua, estremecida antaño por el soñoliento movimiento de las perchas, queda apagada por el moscardón de gasóleo, igual que los animales que pueblan su abigarrada naturaleza. Aunque eso sí, la belleza del lago aturde y en su laberinto de cañas y barro, un algo telúrico entronca con el animal que somos, capaz quizás de ahogar a un bebé entre los carrizales.

Y yo,  con el Arcipreste, «como só omne como otro, pecador», también hube de los arroces gran sabor. Pero algo debo agradecerles. Durante la pertinente siesta de después, tumbado sobre el regazo de Bea, cerca de uno de los embarcaderos, en el tranco trasero de la casa sindical de colonización, cierro los ojos y oigo el murmullo del viento cimbreando las cañas. Y ya soy Blasco Ibáñez durmiendo en su barca durante su estancia en El Palmar para escribir su novela. O soy Tonet –la mano de Bea revolviéndome el pelo–, haciéndole el amor a Neleta en la oscuridad de la laguna. Para que el sortilegio permanezca, conviene ver atardecer en el mirador de La Gola de Pujol. O adentrarse en La Dehesa, donde Neleta y Tonet niños se extraviaron una noche, pasándola abrazados, mientras a lo lejos se oían los embates del mar y, quizás, el silbido de la culebra Sancha. Y es así como, al fin, me encarno en el bueno de Sangonera y la Albufera y Blasco me llenan los ojos de gratitud.

lunes, 18 de mayo de 2020

486. 'Cielo y Chanca'



El barrio almeriense de La Chanca constituye uno de esos espacios míticos capaces de espolear el alma de los artistas, tan permeables a las sugestiones que los paisajes singulares y sus ocultos arcanos, solo visibles a su sensibilidad avezada y acechante de la belleza, ejercen sobre su creatividad. La Chanca, humilde barrio donde se quintaesencian las culturas acrisoladas en la copela de sus calles estrechas, marineras, afeudaladas bajo el señorío secular de la Alcazaba, con sus cuevas y casas cúbicas que ya enamorasen en su día a Juan Goytisolo en uno de sus libros de viajes, La Chanca, decimos, solo espera la mirada atenta del poeta para expiar su miseria en la dignificación siempre redentora de los versos.

No nos extraña, pues, que el poeta José Antonio Santano, haya puesto al servicio de esa manumisión de La Chanca respecto del yugo de su precariedad, los versos de uno de sus últimos libros (con Santano y su portentosa fecundidad las reseñas de sus obras siempre se quedan antiguas)  titulado Cielo y Chanca y publicado por la editorial Alhulia.
La primera parte del libro, «Blanco silencio», la conforman 25 cuartetas que aspiran a una esencialidad prístina que depura las palabras hasta hacer palpables la blancura y el silencio que da título a la sección. Diríase que sus versos, en su despojamiento de lo accesorio, son rayos de sol que en la implacable siesta andaluza reverberan desde las paredes encaladas de las casas de La Chanca hasta envolvernos también a nosotros en una luz sacrificial que nos fagocita hasta confundirnos con su totalidad cegadora, trallazos de luz que son espasmos gozosos en la claridad.  De estos breves poemas destaca el uso de asociaciones sintagmáticas nominales que generan nuevas unidades léxicas como «magia silencio», la «rutina cansancio» de las campanas, «luz laberinto», «gruta secreto», etcétera.
La segunda parte del poemario, titulado significativamente «Silencio roto», como si Santano quisiera despertarnos de la autocomplacencia de la primera parte,  lo constituyen ya poemas más extensos donde La Chanca se despereza y sus tipos humanos y sus paisajes cobran vida y contorno. Para ello, en numerosas ocasiones, Santano se vale de lo que otros han dicho sobre el barrio: Goytisolo (de ahí el significativo título «Señas de identidad» del primer poema), pero también artistas plásticos como los pintores Jesús de Perceval o Cantón Checa o fotógrafos. Entonces Santano reformula la mirada de aquellos con la hermosa écfrasis de su juicio poético y ese eclecticismo artístico parece trasunto de la multiculturalidad abigarrada del libro, con menciones al gitanismo y al origen árabe del barrio, heredero aún hoy de su historia en la morfología de sus calles y casas y en sus gentes. Hay poemas donde esa comunicación entre el pasado árabe de La Chanca y el barrio actual parece desafiar los vórtices del tiempo.
La tercera sección, «Ciudad marina», se llena de nostalgia y parece remansarse en la reflexión metafísica, volviendo al silencio de la primera parte en un ejercicio de circularidad que da unidad al poemario. La «Adenda» final es una preciosa coda que homenajea los hogares de los amigos, allí donde el poeta siempre puede volver para encontrar la paz al abrigo de la amistad.
En los últimos tiempos, Santano ha publicado también Maraparaíso (Diputación de Córdoba) y Tierra madre (Alhulia, Premio José Antonio Ochaíta de Guadalajara), que habrá también que leer parar que él también nos aloje en su casa donde el amor «solea el zaguán de regreso a los besos».


lunes, 2 de diciembre de 2019

466. Burgos literaria



Antes de llegar a Burgos, el viajero debe desviarse al monasterio de Santo Domingo de Silos. Gonzalo de Berceo ya habló del santo riojano en su obra hagiográfica, la Vida del glorioso confesor Sancto Domingo de Silos que es, para mí, el mejor libro de Berceo, seguramente eclipsado en el canon por ese criterio de manual escolar que solo habla de los Milagros de Nuestra Señora. Es probablemente la obra más ajuglarada de Gonzalo de Berceo y no es para menos, hablando como habla de aquel prior de San Millán de la Cogolla que se rebeló contra el rey de Navarra y que se refugió en Castilla, amparado por el rey Fernando I, el mismo monarca cuyo reparto de los reinos entre sus hijos iba a propiciar un apasionante capítulo de la Historia para mayor gloria de nuestro Romancero. Pero entre los recuerdos del santo y la sugestión de los maravillosos capitales del claustro, el viajero busca el ciprés de Silos que evocase Gerardo Diego en su célebre soneto. Conviene leer el poema allí mismo. El ciprés tiene grabados en su corteza, como los álamos machadianos, los versos que cada peregrino enamorado recita desde los corredores del claustro y diríase que su altura la alimenta la devoción del visitante por el poema inmortal, allí conjurado. No sabemos qué amarguras debía traer Gerardo Diego a su visita a Silos cuando declaraba en el poema su deseo de «diluirme, y ascender como tú, vuelto en cristales».
En Burgos nos recibe, sobre el Arlanzón, como un venerable comité de recepción, los personajes del Cantar de Mio Cid jalonando el puente que conduce al Arco de Santa María, pórtico de la ciudad medieval. En el interior se conserva un hueso del héroe de Vivar. El resto se halla bajo la sencilla lápida situada simbólicamente en el corazón del crucero de la catedral, donde el caballero descansa junto a su esposa Jimena. Aunque esto es solo una evocación romántica. Probablemente los huesos del Cid se hallen repartidos por media Europa. Ya se sabe, el ejército napoleónico y sus estragos. Antes de su traslado a la catedral, los cuerpos de Rodrigo y Jimena se hallaban en el Monasterio de San Pedro de Cardeña, a escasos kilómetros de Burgos. Es visita obligada; allí se hallan los antiguos sepulcros y el lugar recuerda los versos del anónimo juglar de San Esteban de Gormaz que evoca la despedida del Cid de su esposa e hijas antes de tomar el camino del destierro. Muy cerca, en Vivar, hallamos el solar donde la tradición –y la imaginación mitificadora– dicen que se hallaba el palacio de Rodrigo, donde hoy se erige una estatua del Campeador. A pocos metros, en el Mesón del Cid, su dueño, Javier, puede armarte caballero nada menos que con la Tizona y, si está de buenas, te enseñará el pequeño museo de objetos cidianos que ha recreado en el local anejo. En el Mesón comienza la ruta del Cid y es el primer punto de sellado del salvonducto. En el próximo Monasterio de Nuestra Señora del Espino se expone el cofre donde supuestamente se hallaba el códice del Cantar. De nuevo en Burgos, merece la pena acercarse a la iglesia de Santa Gadea, donde la leyenda coloca al Cid haciendo jurar tres veces a Alfonso VI que este no había tomado parte en la muerte de su hermano Sancho en Zamora. Cerca de la catedral se halla también la imprenta de donde salió la primera edición de La Celestina en 1499. En Burgos hay también un Museo del Libro con numerosos facsímiles que recorren su historia. Las murallas de Burgos evocan a la terrible doña Lambra que se quitaría la vida lanzándose desde una de las torres. Y, claro, doña Lambra nos recuerda la leyenda de Los siete infantes de Lara (o de Salas), cuyas cabezas reposarían en Salas de los Infantes, que no los cuerpos, que se dice están en el Monasterio de San Millán de la Cogolla. Así que ya hemos vuelto a Berceo. Y si les ha parecido bien el guía, «bien valdra, commo creo, un vaso de bon vino». Y si es Ribera del Duero, mejor que mejor. Salud, viajes y libros.

A María Albilla, burgalesa de pro, patrimonio de la Humanidad y amiga planetaria.

lunes, 15 de octubre de 2018

418. Don Quijote, yo sí te creo.



No se sale indemne de la Cueva de Montesinos. Uno quisiera, al regresar de la sima, acomodar los ojos a la cegadora luz del exterior, recuperar la lucidez y no decir tonterías. Pero es imposible. Una suerte de atolondramiento se instala en nuestra conciencia y nos impide articular cuatro palabras coherentes. Durante los primeros minutos tras la salida, guardamos un mutismo cómplice con nuestra recién inoculada locura. No debemos contar lo que hemos visto, si no queremos que los cuerdos con los que nos reencontramos afuera nos miren con compasiva prevención y desconfianza.
Y sí: la oferta turística del folleto decía que la visita duraba una hora. Pero ¿quién duda que estuvimos allí abajo mucho más tiempo? ¿Días quizás? Y sí: los cuerdos te dicen que aquella figura impresa en la roca la ha formado caprichosamente el carbonato cálcico. Pero ¿quién duda que aquel era el mismísimo Montesinos con sus blancas y luengas barbas? Y sí: los sensatos repiten que aquella oquedad es el resultado azaroso de años de erosión y humedad. ¿Cómo no son capaces de ver que allí se halla el sepulcro de Durandarte y, tendido sobre él, Durandarte mismo con el pecho abierto? Aquí y allá desfilan algunas sombras por la caverna. Otros turistas, dicen los juiciosos. Pero ya sabemos que es la cohorte de la bella Belerma, que transporta el corazón ajado del caballero. Y aquellas otras que pasan de largo sin mirarnos son, sin duda, Dulcinea y su séquito encantado de labradoras.
Si Miguel de Cervantes bajó a esta sima para refrescarse del sol implacable de Castilla y a beber el agua de sus acuíferos, dándose una tregua en su ingrata tarea de recaudador de impuestos, es seguro que en la cueva se encontró con Merlín y que con él cerró algún tipo de pacto. Libróse así del encantamiento a que había sometido a todos aquellos espíritus del Romancero. Quizás el pago que Cervantes tuvo que abonar al pérfido mago fue verse abocado al fracaso literario a cambio de la libertad. Pero hay contrahechizos más poderosos que cualquier sortilegio. Y Cervantes empezó a romper el maleficio en otra cueva. Encerrado en la prisión de la casa de Medrano, en Argamasilla de Alba, se conjuró, pluma en ristre, contra las artes de Merlín. Y volvió a la cueva de Montesinos encarnado en Don Quijote, que había de sobrevivirle, y puso en su boca todo lo que en la cueva había visto. Sancho no creyó una palabra de su señor, aunque eso no le impidió ofrecer luego su sarta de mentiras a lomos de Clavileño. Don Quijote, entonces, se tomó cumplida revancha y respondió a su escudero: “Sancho, pues vos queréis que se os crea lo que habéis visto en el cielo, yo quiero que vos me creáis a mí lo que vi en la cueva de Montesinos. Y no os digo más”.
Y doy fe. Todo lo que el valeroso caballero andante don Quijote de la Mancha dijo haber visto en la Cueva de Montesinos es rigurosamente cierto. Los cuerdos me tomarán por persona de plomos fundidos y no me creerán un ardite. Pero ¿qué valor tiene el aval de un cuerdo? Juro por mi honor que vi todo lo que nuestro héroe contó punto por punto. Y juro que mientras allí estuve, a cien brazas de profundidad,  todo aquello me pareció más cierto y real que el sueño de la existencia que andamos. Querido Don Quijote, yo sí te creo. Porque en ello me va la vida.



A Jose,  Mª Carmen, Fabio, Claudia, Mª José y Bea, que bajaron conmigo a la Cueva de Montesinos y pueden dar fe de que no soy hombre loco.

lunes, 4 de septiembre de 2017

374. El país de ninguna parte

Con esas palabras se refería Federico García Lorca a la Alpujarra en alguna de las ocasiones en que el poeta granadino visitara Lanjarón entre 1917 y 1935. Era costumbre familiar tomar los baños en el balneario, principalmente la madre, que hallaba en las propiedades curativas del agua alivio a sus dolencias. Lanjarón conserva la memoria de aquellas visitas en el Hotel España, donde se alojaba la familia Lorca y en sus numerosas fuentes, que mezclan los versos del agua con los de Federico. En Lanjarón se dice que el joven Lorca –apenas dieciocho años– halló su primer amor, Maria Luisa Natera, de catorce, las manos de ambos apenas rozándose sobre el teclado de un piano donde compartían su pasión por Chopin.
Desde hace ya 12 años, el Balneario de Lanjarón organiza los cursos sobre cultura y agua. Asistir a ellos es darle la razón a Federico: uno siente, efectivamente, que se encuentra en el país de ninguna parte. En una sociedad empeñada en la contumacia de las banderas, el viajero encuentra en la universalidad del agua y del conocimiento la única patria posible: el país de ninguna parte y el de todas las partes a la vez. En el curso de Lanjarón, uno puede escuchar en arameo todas las voces del agua usadas por los judíos de Al-Andalus en la Biblia. O traspasar los vórtices del tiempo para hallar el origen del agua en el universo. O conocer que el agua en Japón es mucho más que la ola de Hokusai. O que el sueño de los viajes en el tiempo es científicamente posible –ciencia y poesía de la mano, ¿acaso estuvieron alguna vez separadas?–. O caminar por Sierra Nevada, los ojos peregrinos sobre los trazos sorollescos del artista. O bucear por la historia del cine. O denunciar la degradación de nuestra España vacía (vacía de tanto). O pasear por el entorno natural de Lanjarón esmaltándola de literatura. O sentir vivo a Zorrilla. O degustar gotas de microrrelatos. O hallar en el haiku la destilación de la poesía. Y hacerlo con el cuerpo ungido por el agua salutífera del balneario, hisopos ambos, el de la cultura y el del agua para el bautismo definitivo y la promesa del recuerdo perenne.
Y, entre tanto talento, don Antonio Carvajal, agua nutricia de estos cursos, llenando con su presencia de clepsidra cada charla, cada cena, cada palabra. Y recordarlo  subido a la concha que preside la sala de fiestas, –en la concha de Venus amarrado–, flor de Gnido su verbo que enamora y perturba, narrando la famosísima historia de “La Motrilova”, figura señera del imaginario colectivo que ya está pidiendo un romance en perfectos octosílabos.
El próximo año, fíjense si les aviso con antelación, el curso versará sobre agua y superstición, como no podía ser de otra manera en su decimotercera edición. Dicen que Thomas Mann se enjuagaba las manos con agua de violetas antes de escribir. Que el agua estancada en las obras de Lorca presagia la muerte y la esterilidad. Que los griegos colocaban sendas monedas en los ojos de los cadáveres para que las almas de éstos pudieran pagarle al barquero Caronte.  Pero en Lanjarón, las palabras huelen a espliego y romero, el agua corre viva desde sus manantiales de salud y a Caronte –tan largo me lo fiáis–, lo invitamos a una buena sobredosis de agua Capuchina. 



lunes, 14 de agosto de 2017

372. Viajes literarios: Zamora



Todavía el caminante trae los ojos henchidos de azul mientras camina por la calle Corral de Campanas. La epifanía se ha producido, inopinadamente, unos minutos antes en el mirador del Troncoso. Ahora, por esta callecita estrecha y solitaria que más parece sendero o vereda, el viajero aún retiene el rumor del río Duero, su brochazo manso y demorado entre las aceñas, tocador del puente de piedra, que se mira presumido en su espejo para barnizar su vetustez. Desde la orilla, la ciudad le da la espalda al río, con el recato trágico de una dama que se sabe ya añosa, ajada su belleza antigua, ante la sempiterna lozanía del galán que a sus faldas durante siglos la corteja. El cerco del tiempo se enseñorea tras las murallas de Zamora.
La calle Corral de Campanas desemboca en la explanada de la catedral. Es inevitable alzar la vista y detenerla en su maravillosa cúpula lobulada, madre nutricia de la ciudad, gallina clueca que cobija a los pequeños cupulines que la rodean. Pero su grandiosidad y belleza subyugadoras no distraen al viajero, cuyos ojos buscan un edificio inadvertido en su humildad. A su izquierda, pegado a la Puerta del Obispo de la muralla, se erige la casa de Arias Gonzalo. A la derecha de su muro rectangular, una puerta de madera sella el arco semicircular. Claro que no es la puerta original pero el sortilegio surte efecto igualmente cuando se toma la aldaba y se la golpea: ruido de chiquillería dentro y, tras unos segundos, alguien manipula los postigos y salen Sancho, Urraca y Rodrigo. Los dos niños juegan a batirse en duelo con sus espadas de madera, mientras la infanta, que se ha quedado bajo el umbral de la puerta, sonríe y anima a Rodrigo. Ha salido también Arias Gonzalo, que nos mira con la complicidad resignada de quien ya lo sabe todo. Echa a andar Arias Gonzalo y lo siguen los niños con su juego infantil; marchan deprisa, sus figuras se emborronan, sus sombras se alargan y el viajero los pierde por momentos. Al llegar a la Plaza de la Leña el viajero se apoya sobre sus rodillas y toma resuello. Al levantar la cabeza, observa, de espaldas, presidiendo la pasarela de la muralla, a una dama de negro. El viajero traspasa la puerta de la muralla y comprueba, ya de cara, quién se halla tras la misteriosa figura. Es doña Urraca, apostada en el torreón. El viento mece su vestido. En su rostro afilado y duro, nada ya de su semblante infantil. Rodrigo se halla frente a ella, al pie de la muralla, montado en su caballo. Se dirigen unas palabras que no acertamos a oír. Sólo se imponen los sonidos de los cascos inquietos del caballo, su piafar nervioso. De repente, doña Urraca se vuelve, airada, y desaparece tras el palacio. Rodrigo permanece aún unos segundos y después, resuelto, vuelve las bridas de su caballo y retorna. Una mano se posa entonces sobre nuestro hombro. Es Arias Gonzalo. Y, sin saber cómo, estamos otra vez muy cerca de su casa, en la Calle Postigo. En su extremo, un portillo de la muralla, el de la Traición o de la Lealtad, según se mire. Una voz, como un eco lejano, se escucha desde las almenas: “Rey don Sancho, rey don Sancho, no digas que no te aviso…”.  Irrumpe por el portillo, de golpe, un caballero leonés. Es Vellido Dolfos, con el miedo pintado en la cara. Los guardianes cierran el portón con premura. Vellido se arrodilla ante doña Urraca, que ha salido a recibirlo. Le acaricia la coronilla y se da la vuelta, con paso moroso, enlutado. Nos encaramamos a la muralla por donde ha entrado Vellido. Desde ella observamos el cadáver ensangrentado de Sancho y los gritos de Rodrigo a caballo. Rodrigo no porta espuelas.

Lejos, en el panteón de San Isidoro de León, bajo los frescos románicos, se estremece una lápida anónima. 

martes, 21 de abril de 2015

283. Patria chica




Las azoteas eran el mirador de nuestro mundo de extrarradio, horizonte de cemento, antenas y ropa tendida. El lugar desde cuyas alturas uno aprendía a amar a su barrio y a la vida. Bajo los cables eléctricos y la luz cegadora que reverberaba de las sábanas blancas, Bonavista palpitaba en la honrada pulsión de sus gentes humildes y trabajadoras, a quienes la miseria o la promesa de un porvenir les habían arrancado de sus lugares de origen, trayendo entre los dedos la polvareda perpetua de sus desahucios y en la boca, el tesoro de una lengua tamizada por el cedazo múltiple del castellano. Andaluces, valencianos, extremeños, murcianos, aragoneses, castellanos, que educaban con esfuerzo y abnegación a sus hijos, la primera generación de nuevos catalanes para quienes la capital era sólo una quimera y el pueblo de sus padres el lugar que se visitaba en los veranos, ni andaluces ni extremeños ni catalanes ni nada, herederos sólo de una patria chica entre las lindes de una barriada de periferia rodeada de chimeneas.
Parte de la razón de ser de Bonavista se halla en esas fábricas. El barrio nació como una extensión de ellas, asentamiento que, al abrigo incierto de su señor feudal, recogía a los vasallos proletarios. Y como a todo señor feudal, pagábamos también nuestro tributo a cambio de la protección del jornal. Soportábamos la polución y los olores nauseabundos. El azul de nuestro cielo enfermo adoptaba los tintes purulentos de los gases amarillos. A veces, una fuga accidental de etileno explotaba con estrépito tal que la onda expansiva quebraba los cristales de las viviendas o bufaba las persianas de las cocheras. Mientras tanto, los señoritos de la ciudad acudían al barrio los domingos para comprar en el mercado y tapear en El Paraíso, o se divertían en la Feria de Abril, como aquellos nobles del Renacimiento que se disfrazaban de pastores para sus fiestas bucólicas. Pero al igual que éstos volvían luego a sus palacetes, las gentes de la capital regresaban también a sus pisos de la Rambla y se llevaban el pintoresquismo del barrio y su folclore para la tertulia del café. Nosotros, los charnegos, nos quedábamos con nuestras calles sin asfaltar y las otras viejas demandas urbanísticas; con la contaminación y el miedo a un nuevo reventón industrial a dos pasos de nuestras casas. Y con el orgullo de nuestro mercado, lleno de basura y fruta podrida tras la barahúnda comercial. Las fábricas y el mercado, el segundo más grande de Europa, eran dos de los principales activos económicos de Tarragona. Pero de Bonavista, cuyo concurso resultaba clave, sólo se acordaban para el paseo dominguero, para relatar el crimen del hacha o para constatar que el barrio era el último bastión que resistía los nobles embates del catalanismo “integrador”.

Ahora Bonavista ya tiene su libro. Federico Bardají, junto a Salvador Serrano, Josué Navarro y Ana Tere Nula, presentó el pasado sábado Bonavista. Una biografía social, publicada por Silva, la editorial de Manuel Rivera, a quien nunca podremos agradecer lo suficiente la encomiable labor de mecenazgo que lleva a cabo en nuestra ciudad. Pasear por sus páginas supone, para muchos de los que hemos sido anulados por las banderas, reencontrarnos con algo lo más parecido posible a eso que llaman identidad. El exhaustivo volumen de documentación convierte a la obra en un excelente friso histórico y social que trasciende los límites de su localismo para explicarnos realidades tan significativas como la inmigración y el instinto de supervivencia cultural, de ahí su valor científico. Pero es, sobre todo, una biografía sentimental, un himno de papel que vale para todos los que hemos crecido y vivido en Bonavista. En Bonavista o en cualquier otro barrio, porque ser de barrio es universal. Y aunque un libro no pueda explicar nunca del todo lo que significa ser de barrio, hay barrios que merecen ser explicados en un libro.  



lunes, 20 de abril de 2015

282. León: el panteón del Romancero.



Una confusa masa de sombras bisbiseantes se agrupa en torno. La monótona letanía se adueña de toda la estancia; su murmullo grave espesa el aire, parece trepar por las paredes de piedra, agobiante, como las figuras espectrales que los cirios alargan, sinuosas, sobre los muros, con su fúnebre baile cimbreante. Latines al conjuro de la muerte y danza macabra de las sombras que seremos. 
Doña Sancha se inclina para secar con un paño la frente perlada del rey, ayer coronada de ceniza en San Isidoro. Se muere don Fernando, pero aún tiene aliento para pensar en las heredades de sus hijos. Ofrece León a Alfonso; Castilla a Sancho; Galicia a García. Les hace jurar en su lecho de muerte que ninguno de ellos contenderá contra el otro por los reinos repartidos. Todos juran menos Sancho, que calla. El silencio de Sancho. De repente, irrumpe en la cámara la infanta Urraca y entre voces lastimeras se queja del desamparo en que la deja su padre. Fernando le concede el infantazgo de Zamora; a Elvira le entrega Toro. Doliente se siente el rey, el buen rey castellano, los pies tiene hacia el oriente y la candela en la mano. Ya se le nubla la vista, la ladea hacia don Sancho. El silencio de Sancho. Un estertor y Fernando ya no es Fernando. Salen todos cabizbajos. Sancho y Urraca abandonan la habitación a la vez y se topan bajo el umbral de la puerta; ella le cede el paso a su hermano y al cruzarse se miran a los ojos un instante, quizás algo más. Sancho titubea y luego, ya resuelto, abandona León junto a su amigo Rodrigo, el de Vivar. Desde las almenas, Alfonso y Urraca los ven alejarse. Sancho cabalga con brío, Rodrigo sin espuelas. Sancho se vuelve un momento: Urraca en las almenas.

El panteón de San Isidoro

La basílica de San Isidoro en León, mandada levantar por Fernando I y Sancha para trasladar allí los restos del santo desde Sevilla (viaje digno también de una epopeya), encierra en los sepulcros de su panteón el germen del primer Romancero del Cid. Allí yacen, aparte de otros reyes leoneses, Fernando I y su mujer; y las infantas Urraca y Elvira; también el malhadado infante García, algo anterior, muerto jovencísimo por los Vela, familia rival de Fernán González, el primer conde castellano y del que los romances dieron también buena cuenta. Durante la Guerra de la Independencia, los soldados franceses utilizaron los sepulcros como abrevaderos para sus caballos y exhumaron los cadáveres buscando los ajuares reales. Mezclaron los huesos y destruyeron las lápidas, que hoy no son más que unas mudas losas de cemento. Acaso eso sea el Romancero: un revoltijo de huesos de distintos cadáveres sepultados bajo una lápida anónima. Y, sin embargo, muertos que resucitan cada vez que el pueblo evoca con sus versos los viejos lances de la Historia. En ese momento ya da igual que uno no pueda leer ninguna inscripción sobre los sepulcros ni identificar los regios despojos. Reviven, si es que murieron nunca, y, bajo los maravillosos frescos románicos que adornan las bóvedas, Fernando reparte de nuevo sus reinos, Sancho cerca Zamora, Urraca urde su intriga, Alfonso conspira, el Cid, sin espuelas, no da alcance al traidor Vellido Dolfos… Y repiten su paso por el imaginario colectivo como se repite el calendario románico del panteón, que parece estar allí para recordarnos el ciclo infinito de la memoria. Acaso esos labriegos de los frescos que trabajan la tierra con denuedo entretienen su jornada entonando, mientras laboran, los venerables romances que oyeron a sus padres, sobre esas lápidas sin nombre que son el Romancero nuestro.

A Carmen Fuentes, pulchra leonina.

domingo, 29 de junio de 2014

256. Santiago literaria



El himno de Galicia está basado en las primeras cuatro estrofas de un poema titulado Os pinos, del poeta Eduardo Pondal. En él se apela antes a Breogán, mítico rey precéltico, fundador de la legendaria Brigantia (La Coruña), que al Apóstol Santiago. ¡Qué paganos estos gallegos! Y ya que esta alusión pseudoliteraria aparece en el propio himno, creemos que el Apóstol nos disculpará si en nuestro peregrinaje a la tierra de Rosalía sustituimos el bordón y la vieira por la pluma y la lira apolínea. A fin de cuentas, para los letraheridos, la literatura es religión.
No obstante, ésta le debe mucho a la ruta jacobina, empezando por el excelso Códice Calixtino. Ya Dante decía en su Vita nuova que “non s’intende pellegrino si non chi va verso la tomba de S. Jacopo, o viene”. Guillermo X de Aquitania, hijo del primer trovador provenzal de nombre conocido (Guillermo IX),  peregrinó ocho veces a Compostela bajo el seudónimo de Gaiferos de Mount-Marsan, famoso personaje del Romancero y que Cervantes recogió en el Quijote, en el capítulo del retablo de Maese Pedro. Guillermo murió en su última peregrinación, al pie del altar, el 9 de abril de 1137.
Asimismo, Chaucer, en los Cuentos de Canterbury crea el personaje de la viuda de Bath, peregrina penitente que, además de a Santiago, había visitado también otros puntos de devoción como Roma, Bolonia y Colonia.
El nombre de la céntrica Rúa da Raiña (de la Reina), que junto a la Rúa do Franco, constituye la calle gastronómica más famosa de Compostela, seguramente haga alusión a la reina Isabel de Aragón, peregrina también de Santiago. Se da la circunstancia de que esta reina estuvo casada con el rey Dionisio I de Portugal (1261-1325), célebre y prolífico trovador representante destacado de la poesía galaico-portuguesa, que también cultivaron los compostelanos Joam Airas y Ayras Nunes.
Y si de yantar se trata, el peregrino literario puede detenerse en “El Padre Benito”, mítica pulpería frecuentada por Álvaro Cunqueiro (ahora, “Los Sobrinos del Padre Benito”). A lo largo de 1947, Cunqueiro dejó escritos en la revista Finisterre, bellísimos artículos gastronómicos que ya quisiera para sí la insufrible caterva de los actuales gurús de los fogones: 

“Donde realmente se bebe es en las tabernas de Santiago de Compostela. Se bebe allí un vino que ha aprendido a trepidar en las barricas cuando repican las campanas basilicales. Algo pasa en las tascas compostelanas, en el Padre Benito, el Túnel, el Senado, el Tanque… los vinos del país van a mejor, se reposan y anchean, toman una temperatura humana y grave, y parece como si fuese allí, en Compostela, bajo la camelia de aquel cielo sacro, donde se descubren las íntimas cales de los vinos del Miño y del Avia, del cabal Espadeiro, de los benedictinos albariños”. 

De todos modos resulta más sabroso el alimento sugestivo del recuerdo de Cunqueiro en “El padre don Benito” que el pulpo mismo del local. Éste hay que comerlo en “El gato negro”. 
También podemos tomar un café en el Derby, con su atmósfera modernista, lugar frecuentado por Valle-Inclán, aunque yo prefiero sentarme con él en su banco del Parque de la Alameda y contemplar la catedral, después de admirar, en el mismo parque, la estatua de Rosalía.
A Rosalía de Castro hay que visitarla en el Panteón de Galegos Ilustres pero yo la prefiero viva en su casa-museo del Padrón o en la vivienda junto al arco de Mazarelos, donde Rosalía residía cuando publicó sus Cantares gallegos en 1863. Muy cerca, se halla la Facultad de Geografía e Historia, en cuya magnífica biblioteca Manuel Machado ejerció como bibliotecario. Si se viaja a Padrón, hay que ver, además, la estatua de Macías, el trovador enamorado cuya trágica muerte inspirara a Lope o Larra;  y es innegociable también la visita a la vecina Iria Flavia y a su Fundación Camilo José Cela.
De nuevo en Santiago, la Casa de la Troya es la antigua pensión estudiantil situada en la calle del mismo nombre que inspirara la novela de Pérez Lugín y las versiones cinematográficas posteriores. Y hablando de ambiente académico, hay que homenajear al “Batallón Literario”, unidad universitaria que participó en la Guerra de la Independencia contra los franceses uniendo “Minerva a Marte”, según rezaba el poema que los soldados portaban en una cinta. Puede verse una placa homenaje en la Plaza de la Quintana.
Y con esta dulce penitencia, el peregrino literario en Santiago puede darse por redimido. Si, además, lleva en su maleta los versos de Rosalía, completará el jubileo.

A Armando Requeixo, apóstolo das letras galegas



ÁLBUM LITERARIO DEL VIAJE

Café Derby, habitual de Valle-Inclán

Vidriera del Café Derby

Placa homenaje al Batallón Literario, en la Pz Quintana

Tumba de Rosalía de Castro, en el Panteón de Gallegos Ilustres

Casa donde vivió Rosalía de Castro, cerca del Arco de Mazarelos, en Santiago.

Biblioteca de la Facultad de Geografía e Historia, donde ejerció como bibliotecario Manuel Machado


Casa de la Troya, pensión de estudiantes que inspirara la novela homónima de Pérez Lugín

Pulpería "Los sobrinos del Padre Benito", que frecuentaba Cunquiero

Casa-Museo de Rosalía de Castro, en  Padrón. Retrato de la escritora

Casa-Museo de Rosalía de Castro, en Padrón. Habitación donde murió

Casa-Museo de Rosalía de Castro, en  Padrón. Fachada.

Casa-Museo de Rosalía de Castro, en Padrón. Entrada al pazo.

Busto de Camilo José Cela, frente a la Fundación que lleva su nombre, en Iria Flavia


Estatua dedicada a Rosalía de Castro, en el Parque de la Alameda

Con Valle-Inclán, en el Parque de la Alameda


El trovador Macías, en Padrón

Segunda estatua del trovador Macías, en Padrón.