En
octubre se cumplirán 120 años del nacimiento de Dino Buzzati, escritor e
incombustible periodista de El Corriere
della sera, cuyo reconocimiento mundial llegaría en 1940 gracias a su
novela El desierto de los tártaros.
Buzzati, relegado en su juventud a tareas accesorias en la redacción del
periódico donde trabajó toda su vida, sufrió una crisis existencial al imaginar
su vida futura anclada a la monotonía de una rutina interminable que fagocitaba
sus sueños y sus deseos de realización personal. Enviado como corresponsal a
Addis Abeba para cubrir la inminente guerra de su país con Etiopía, pergeñó su
gran obra trasladando su sentimiento de frustración a un escenario bélico
inspirado en el conflicto italo-etíope pero ubicado en unas coordenadas
espacio-temporales ficticias, de las que no se ofrece especificación alguna. El
protagonista, Giovanni Drogo, es destinado a una fortaleza fronteriza sobre la
que se cierne una amenaza inconcreta, pues desde su fundación nunca ha tenido
que repeler ninguna incursión enemiga. Drogo, que busca alcanzar la gloria
militar, sueña con que su desempeño en la fortaleza le dé la oportunidad de
luchar algún día contra los supuestos enemigos allende las montañas, a los que
se les llama «tártaros», marbete sobre el que evidentemente el autor ha querido
imprimir la categoría mítica que acentúe la condición de abstracción de los
adversarios. Cuando Drogo descubre la fortaleza, su estado casi ruinoso, la
desolación del entorno y la naturaleza de sus compañeros, agostados en la
espera inútil y eterna de un enemigo que solo parece existir en el imaginario
colectivo como una leyenda incierta, inmediatamente decide acogerse a sus
derechos administrativos para pedir un traslado. Pero, llegado el momento, el
magnetismo del lugar prende en su alma y decide quedarse. El paisaje es,
precisamente, uno de los grandes motivos recurrentes de la novela. Aunque al
lector pueden parecerle redundantes las continuas descripciones del paisaje
yermo y neblinoso que rodea la fortificación, estas isotopías permiten incidir
en la asfixiante atmósfera del lugar, generando un microcosmos angustiante del
que queremos salir cuanto antes, pero a cuyo hipnotismo, como les ocurre a los
soldados que integran la reserva, nos atrae con su fuerza telúrica y la promesa
siempre presente de la deseada batalla.
La
novela emparenta con las ideas nihilistas de la época, como el existencialismo
de Sartre o de Camus o con el tema de la espera tratado por Kafka, por ejemplo,
en El proceso. La sensación de que la
vida es una estafa y de que los sueños y proyectos son solo una entelequia
construida para hacer más digerible el sinsentido de la existencia se
manifiestan en esa espera de Drogo que acaba obrando como una anestesia que
anula la voluntad y que deja al personaje abandonado en el territorio de la
abulia y la inacción, territorio del que no puede huir, pues se acaba erigiendo
como patria metafísica con la que acaba identificándose. Así, cuando a Drogo se
le concede un permiso para volver a su ciudad durante un tiempo, el reencuentro
con la casa materna, con las amistades que dejó y con los rincones de la urbe
que le vio crecer le generan un sentimiento de extrañeza, de exiliado en su
propia tierra, que le obliga a volver a la fortaleza. El desierto de los tártaros, que inspirara luego a Coetzee para
escribir Esperando a los bárbaros, es
una de las novelas más desoladoras de la literatura europea, cercana en
espíritu y atmósfera, aunque en otras latitudes, a El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad. No se sale indemne
de ella y se aprende que, muchas veces, los tártaros llegan demasiado tarde.











