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domingo, 22 de marzo de 2026

721. 'Glory hole'

 


El último trabajo de David Sánchez Pacheco, Glory Hole, fue galardonado en 2025 con el Premi Joan Guasp Vila de Consell de Teatre y actualmente aspira al Premio de la Crítica Valenciana en la categoría de textos dramáticos. Aunque la obra no ha sido todavía llevada a las tablas, puede accederse al texto a través de la edición que preparó Edicions Balearia al efecto de dar a conocer la distinción de marras.

El argumento se centra en las tribulaciones de un matrimonio que un día recibe una notificación procedente de la escuela donde estudia su hijo, alertando de un comentario indecoroso del menor hacia una compañera de clase. Aunque no se desvela explícitamente el contenido de la ofensa, pronto descubrimos, a través de las conversaciones entre Àngel y Virgínia, que su naturaleza es de índole machista y posiblemente de corte sexual. A la extrañeza inicial por el comportamiento de su hijo, educado modélicamente por el matrimonio, le siguen después las elucubraciones sobre el origen anómalo de esa conducta, llegando a la terrible conclusión de que han sido ellos mismos los involuntarios instigadores del exabrupto: Àngel y Virgínia practican el sadomasoquismo y Pau ha debido de escuchar a través de las paredes algunas de las violentas obscenidades que el juego erótico asociado a esa parafilia propicia. Se abre también la hipótesis del contenido que el menor consume en su ordenador en la intimidad. A partir de ese momento, son muchas las reflexiones que, especialmente Virgínia, pone sobre el tapete. Entre ellas, el propio tipo de relación sexual que mantiene con Àngel, aceptada por ambos como fantasía, pero cuya condición aberrante, basada en la sumisión y la violencia, no responde tal vez a la voluntad natural de la pareja sino a los estímulos exteriores impuestos, o al menos sugeridos, por la pornografía, que han calado en su educación sexual hasta el punto de naturalizar lo que probablemente no es normal. En ese sentido, son muy interesantes algunos de los hallazgos dramatúrgicos que David Sánchez Pacheco pertrecha. Así, Virgínia, además de sus propios parlamentos, asume los textos de las acotaciones, asunción que redunda en su propia condición de títere teatral, cosificándola (como hace Àngel durante sus juegos sicalípticos) e incidiendo también en la ficción de un matrimonio sostenido por la incomunicación. Justamente este último es otro de los leit motiv de la obra: muchos parlamentos se quiebran a medio decir, generan confusión o se reducen a intervenciones monosilábicas en una deconstrucción del lenguaje que emparenta con el teatro del absurdo. También es importante la presión social sobre la intimidad doméstica: Virgínia es profesora en el mismo centro donde estudia su hijo, y Àngel se dedica a la política. Ambos sufrirán la punición colectiva tras conocerse el caso de Pau. Por último, se plantea también el conflicto entre el derecho a la privacidad de los hijos y el compromiso con una educación que no deje solo al menor ante las acechanzas del mundo, especialmente Internet. El metafórico agujero sobre la puerta de la habitación de Pau, trasunto del glory hole quel matrimonio practica durante sus prácticas amatorias, adquiere connotaciones de alta carga simbólica.

Respecto a los espacios, la obra se desarrolla solamente en un ámbito doméstico e interpretado por dos actores. Señalo esto último pensando en las plataformas teatrales que debieran hacerse cargo de esta obra: no supone un gran dispendio económico, el texto es bueno y nos interpela, y de paso visibilizamos el trabajo de un joven dramaturgo que merece ser conocido.

lunes, 2 de febrero de 2026

715. Salteóme una serrana

 


Resulta inevitable sentir fascinación por la sorprendente y radical modernidad de La serrana de la Vera, la tragedia escrita por Luis Vélez de Guevara cuyo estreno en 1613 dio luego lugar a una efímera presencia en las tablas: la obra no gustó en su época. Y no gustó como no gustan los textos incómodos. En La serrana de la Vera se abordan temas tan en boga en nuestro tiempo como el feminismo, el lesbianismo o la transexualidad. Efectivamente, Gila, que así se llama nuestra serrana, se siente hombre: «mujer soy sólo en la saya», afirma en un momento de la obra. Su comportamiento bizarro (cazadora, diestra en las armas) así lo ratifica. Siente admiración rayana en el enamoramiento hacia Isabel la Católica y venga en todo el género masculino el agravio sufrido por el capitán que la burló.

La compañía alicantina de Emma Lobo estrena ahora una versión libre de la obra titulada Serrana: emperadora o alimaña. La actriz de Santa Pola se echa a la espalda todo el texto de la adaptación, a cargo de Quico Cadaval, asumiendo con enorme solvencia los muchos registros que el elenco de personajes le reclama. La obra se divide en dos partes. En la primera, ambientada en nuestro tiempo, se da cuenta, por parte de las autoridades y de la prensa, del caso de una asesina en serie detenida por la Guardia Civil, que había perpetrado una matanza de hombres desde su refugio en la sierra. A continuación, Emma Lobo romper la cuarta pared y se dirige al público para resumir didácticamente el argumento de la obra de Guevara, sin renunciar –acertadamente– a recoger algunos parlamentos del original. Con ello, Lobo se gana enseguida la complicidad del público, complicidad tachonada de divertidos guiños humorísticos y tono confidencial. Pero la tesis de la adaptación no parece resolverse nunca: se esboza, se autocuestiona y parece querer dejar deliberadamente la responsabilidad de la reflexión en los espectadores. La pregunta más importante es si Gila debe ser condenada a muerte, como ocurre en la tragedia áurea. Interpelado el público, se concluye la simpatía que la heroína despierta entre la concurrencia del teatro. El motivo de esa simpatía parece proceder de una de las interpretaciones que esta versión ofrece de los asesinatos de Gila: la serrana se ceba con todo el género masculino porque este, en su colectividad, representa el patriarcado que limita la libertad y los derechos de las mujeres. La pasividad o indiferencia de los individuos hombres legitima la acción execrable del capitán y perpetúa la posición de dominio masculino, privilegio que los hombres no quieren perder. En virtud de todo ello, la serrana homicida se erige en mártir y paladín de la causa feminista. Pero, enseguida, se cuestiona esta simpatía por mor precisamente de sus asesinatos. Si esta violencia hubiera sido perpetrada por un hombre, la condena social habría sido unánime. El asesinato, pues, crimen siempre reprobable, se mide con una doble vara de medir según quién lo haya llevado a cabo. La incomodidad del público ante ese espejo es uno de los grandes aciertos de la función. También resulta muy sugestiva la comparación de la prensa sensacionalista con la circulación de los romances populares del siglo XVI, que cantaron los hechos de la serrana de Garganta la Olla, degradados ahora al ruido del contertulio de turno y de las redes sociales. El resultado es un montaje muy interesante: teatro reflexivo, cómplice, envolvente, ameno y competente, que seduce al espectador, como la serrana, sin necesidad de despeñarnos, a no ser que sea a la escarpadura de nuestra propia conciencia ciudadana.

lunes, 17 de noviembre de 2025

708. La paleta de Monet

 


A veces llegamos tarde a determinados libros, abrumados como estamos por el maremagno bibliográfico que asalta los anaqueles de las librerías. Eso me ha pasado con la última obra de la guipuzcoana y alicantina de adopción Josune Intxauspe. La única certeza (Ediciones Emilianenses) obtuvo en 2023 el II Premio de Novela Corta «Pueblo de Bobadilla» y su apuesta literaria bien merece la atención del lector rezagado.

La novela se ambienta en Labaz, topónimo ficticio con el que se identifica una villa portuaria ubicada en el País Vasco durante la inmediata posguerra. Allí trabaja como apoderado de una empresa de armadores Andrés Pombo, expresidiario de las cárceles franquistas, adscrito al Partido Comunista y conocido por haberse significado durante la contienda del lado republicano. Denunciado por una falsa delación que lo involucra en una supuesta campaña de propaganda comunista, Pombo huye hasta Rouen, auxiliado por sus contactos clandestinos. Con esos mimbres, el lector parece aguardar un argumento aventuresco, en la línea de las novelas sobre maquis. Sin embargo, pronto descubrimos que la intención de la autora va más allá del mero lance de la intriga para bucear introspectivamente por la psicología atribulada de unos personajes desubicados que sufren aún el trastorno traumático de la guerra y su herida abierta. La identidad de estos pecios que flotan en el incierto panorama de la posguerra (incierto, sobre todo, para los perdedores) ha quedado desdibujada y todos pugnan por reencontrarse consigo mismos o por refundar una nueva manera de estar en el mundo. La contemplación de la catedral de Rouen, matizada por los diferentes registros de la luz, recuerda a Pombo el cuadro de Monet y parece constituirse en trasunto de ese polifacetismo en el que se debaten los protagonistas. Pura, la mujer de Andrés, lucha contra sus propios vaivenes emocionales que, por un lado, le reprochan a su marido y a la terquedad de sus principios insobornables, la irresponsabilidad de poner en jaque a su familia, hasta hacerle asumible la muerte de aquel; pero por otro lado, el amor la empuja a sacrificar su honorabilidad, que es como transformarse en otra persona (otra vez, la pérdida de la identidad), para traer de vuelta a su esposo.  

Junto a ellos, otros personajes conforman el turbio fresco de los despojos de la guerra. El arribista Damián, poseído de una oscura animadversión por Andrés, a pesar de que este le ha conseguido un trabajo en la empresa, sacándolo de la aldea gallega donde languidecía, es el prototipo del medrador sin escrúpulos que no soporta vivir en deuda con nadie salvo consigo mismo. O Germancito, el hijo caprichoso del dueño de la empresa, en realidad un acomplejado, que se comporta como un pequeño tirano durante la convalecencia de su padre, aprovechándose del poder que la victoria en la guerra ha consolidado. O Conchita, la querida de un policía franquista, que se vende para poder sobrevivir. O el inolvidable Moncho, el loco del pueblo que aspira a ser grumete y en el que todo rezuman nobleza dentro de su delirio.Y en mitad de toda esa grisura, Selma, la hija de Pombo, cuya inocencia se erige en el resorte esperanzador en el que todos debieran redimirse de sus miserias.

La única certeza, cuyo sintagma aparece tres veces en el libro, uno referido a la muerte y dos al amor, completa el verso hernandiano con el de la vida, esa que empuja desde lo hondo para imponerse por encima de la deslealtad, del orgullo, de la envidia, de la mezquindad y para abrirse paso, también, cuando los tiempos son recios. Como la luz matutina en la paleta de Monet.

 

lunes, 10 de marzo de 2025

682. Limpiar el polvo después de Simone de Beauvoir

 


Hasta hace bien poco, la novela de Francisca Aguirre, Que planche Rosa Luxemburgo, era una de esas pequeñas joyas inencontrables ni siquiera disponible en las librerías de viejo. Gracias a la editorial Carpenoctem, el libro ha vuelto a ser reeditado, 30 años después de que obtuviera el Premio Fermina Galiana de novela corta, con la incorporación ahora de un lúcido y combativo –casi indignado– prólogo de la escritora Clara Morales.

Este pequeño gran trabajo de Francisca Aguirre es la demostración palmaria de que se pueden adoptar firmes posiciones feministas sin acudir al tono panfletario o al eslogan facilón. Efectivamente, en esta novela autobiográfica, la autora plantea, desde una sencillez elocuentísima y desde un fino sentido del humor, toda la desazón de una mujer que ha asumido como inevitable el rol que la sociedad lleva imponiéndole desde tiempo inmemorial. Y todas esas reflexiones las lleva a cabo mientras realiza las monótonas tareas del hogar, descritas con desacomplejado pintoresquismo. Todas las diatribas feministas, enarboladas en quiméricos tratados teóricos, bajan aquí al polvo mismo de los muebles que hay que limpiar, a las arrugas de las camisas que hay que planchar o a la tortilla de patatas que hay que cocinar. ¿Dónde ha quedado la revolución para las mujeres que planchan? ¿Qué guarda la Historia para ellas, aplastadas por eso que se ha dado en llamar «la jerarquía de los problemas»? El mundo entre muselinas de Memorias de África en nada se parece a la jungla de la vida real. La frasecita que reza que, después de leer a Simone de Beauvoir, ya no se puede limpiar el polvo está muy bien para soltarla desde la tribuna, pero el polvo se acumula, precisamente, sobre los libros feministas de los anaqueles de casa. De Horacio, su marido, heterónimo del poeta Félix Grande, que nunca plancha sus camisas y, por supuesto, tampoco las de ella, se habla con la resignación de la esposa abnegada que tolera sus infidelidades y que se ahoga en la crisis de la mujer madura que no puede competir ya contra las muchachas jóvenes. El vacío vital del ama de casa, acrecentado paradójicamente cuando las tareas del hogar están ya resueltas, la lleva al anhelo de otra vida, pero también a la contradicción de continuar con la que tiene. Pero las rejas del balcón se imponen con su simbolismo presidiario. La vida llamada «propia» la lacera con ese adjetivo que no siente suyo; ni siquiera la excedencia que se ha pedido para poder escribir la exonera (quizás incluso menos, ahora que no trabaja) de sus «obligaciones» domésticas. Y en mitad de todas esa grisura, y de la banalidad del televisor o de la casposa moda musical, «la lámpara de Aladino», a cuya luz, nuestra escritora lee (el libro está trufado de decenas de referencias literarias muy bien traídas) o escucha música clásica. Otras veces, se refugia en el pasado, como su añoranza de Argentina o aquella tarde de libertad, de joven, cuando escuchaba la melodía de una radiogramola callejera que invitaba a estrenar el mundo. Aunque el pasado también trae el recuerdo de su padre asesinado por el franquismo o la infancia parisina, antes de marcharse a Le Havre, que refutaba crudamente el título de la famosa novela de Hemingway. La evocación del padre muerto aparece en numerosos capítulos: especialmente memorable es el titulado «Todo es mentira», donde la compulsión de la autora por comprar flores y cuidarlas es el trasunto de su obsesión por mantener inmarcesible lo que está condenado a morir. Otros temas jalonan el libro, como la precariedad laboral, el lastre honroso del cuidado de los ancianos familiares enfermos o los conatos de rebeldía contra el destino inevitable. Aunque la sensibilidad de hoy recriminaría a Aguirre su aparente conformismo, cabría preguntarse si, a pesar de todos los avances en materia de igualdad, el libro no nos sigue interpelando.

lunes, 27 de enero de 2025

676. ¿Y todo esto?


 

Siento por la poesía de José Luis Vidal una devoción que auspician la pureza de su sensibilidad honesta y una inteligencia al servicio de un corpus filosófico a cuyo molde se ajustan los poemas con admirable ensamblaje. Así, a la belleza del poema exento, se le une siempre el armazón teórico de un conjunto perfecto.

En su nuevo libro, El buen suelo, son reconocibles algunos de los temas recurrentes del poeta vitoriano, especialmente la atención al aquí y al ahora y a la conciencia asombrada del propio yo en comunión con el cosmos desde un concepción extática. En ese estado de subyugación comparecen la gratitud, la piedad y la propia fragilidad, que nunca se aterra ante la inevitable disolución: su asunción es más bien una punzada de nostalgia de trascendencia. En esa mirada atenta donde la belleza duele, el poeta descubre, no obstante, la indiferencia del absoluto, cuya belleza, «la que rebosa, la que se pierde, / ni la conmuevo ni se preocupa / de mis palabras». Ese filtro perceptivo que traspasa la materia y el suceder hacia su más entrañable esencia hace desmerecer el accidente que somos y su falacia, el rostro fortuito y el nombre arbitrario: «entro en la muchedumbre / incapaz de juzgar la novedad / de sus disfraces». Y más adelante: «ojos, manos, oídos / son sastres viles / que me cosen al borde / de otros afanes». Es el mismo argumento para definir el amor, donde el tú y el yo son una farsa, el alma, una licencia y una obviedad, el cuerpo: «mi corazón, tu corazón / crecen con él, / pero no es nuestro».

Existe también en el libro un buen número de poemas que hablan de la noche o del momento crepuscular, que redundan en la idea del desdibujamiento del mundo o de pausa abisal de la existencia, donde «el tiempo huye / como la liebre / libre del hombre». En la penumbra, el poeta «carec[e] de sentido / y apenas se lo [da] a nada / salvo a este súbito / apagarse la luz». A veces, ese desleírse es una adorada «divina apatía / olvidada de espigas, flores, hojas… / antes urgentes». En otro poema, una escena costumbrista termina con el atardecer, cuyo eclipse desaliñado, «–su negligencia– / nos puso en duda». La «tarde solemne» tiene, entonces la gloria «de lo que queda».

Muy emparentado con estos versos aparece el tema de la vida como sueño, como en aquel poema en el que el poeta, al contar un cuento a su hija, deviene, él con ella, en un cuento también.

 El recuerdo de la muerte aparece también matizado en el ejercicio contemplativo. Así, los ojos se abren «a los barrancos» y «en la espesura de la tiniebla / oigo una sorda crepitación / que me concierne»; el cigarro «es una breve brasa / como la mía», y se hermana con el poeta en la ceniza. El tiempo marca su ley inexorable y su evidencia palmaria se aprecia mejor en el contraste entre la vejez del poeta y la jubilosa juventud de la niña del hermosísimo poema que abre (y cierra) la cuarta sección del poemario.

Finalmente, pese al aislamiento espiritual que la contemplación impone, el poeta se siente también copartícipe de los otros en su desvalimiento y, entre la multitud enloquecida que lo desplaza, «quier[e] considerarlo: / que no esté solo, / y no estén solos». Este sentimiento gregario le empuja también a sentir piedad por la desolación de los demás, como el poema que cierra el libro, que tiene trazas a mitad de camino entre la poesía social y la metafísica.

El buen suelo recoge, entre otras muchas cosas, el asombro de estar vivo entre la majestad de las cosas y de la creación. El poeta recupera para el título de su segunda sección una frase de su abuelo, José Carreras, que se pregunta, perplejo y mirando a todos lados: «¿Y todo esto»? Y José Luis Vidal, ante las cosas que «suceden. Son. Se quedan», y a pesar de ser consciente la inaprehensibilidad de lo sustantivo, simplemente aspira a «decirlo».  Y sus versos son simiente para el buen suelo.


lunes, 12 de febrero de 2024

639. Glosar la vida

 


El poeta Ramón Bascuñana ha obtenido con su último libro (Anotaciones a pie de página, Editorial Pre-Textos), el Premio Juan Gil-Albert de Poesía en el marco de los XL Premios Ciutat de València. El poemario ratifica uno de las grandes temas recurrentes que jalonan la larga y laureada trayectoria literaria del poeta alicantino: la reflexión sobre la propia creación poética y su inextricable imbricación con la vida. La estructura unimembre del libro parte en cada poema de la cita de un autor, que da lugar a la propia reformulación poética. Aunque las glosas de poemas ajenos no es algo nuevo, sí me pareció interesante la disposición visual de los versos que, como el título del propio libro indica, aparecen a pie de página, como si de un paratexto se tratase. Y, en todo caso, el libro se convierte también en una preciosa antología.

El tema de la poesía es el más prolífico del libro. Ésta se erige en el refugio donde el poeta halla su propia purificación, a la manera de la catarsis griega o como «legítima defensa /contra la realidad que nos rodea». Otras veces se la asocia al misterio, que subyace en el «fondo abisal de un naufragio» personal y que me pareció emparentar con aquel poema de Aurora Luque titulado «Obra viva, obra muerta». Pero Bascuñana no olvida que la poesía, además, lleva asociada una condición comunitaria, pues la soledad del poeta «incluye a las otras». En ocasiones, al poeta le sobreviene la perplejidad, de raigambre nihilista, de no reconocerse en sus propios versos, como si fuera otro el que los hubiera escrito, pues el espejo «duplica la nada de ser nadie». Hay poemas que reflexionan sobre la utilidad de la poesía, debatiéndose entre lo absurdo del ejercicio de la escritura «para que [al final] nada quede de nosotros» y la necesidad de «esgrimir la palabra» contra el silencio que «protege a los mediocres», pues la explicitación de la herida es un acto valiente, ya que aquella muchas veces es indigna; el cuerpo, entonces, «somatiza la poesía». El libro incluye también algún poema divertido (dicho con todas las reservas, pues su trasunto metafísico trasciende la mera anécdota), que diferencia a los poetas que tienen gato de los que tienen perro. Pero el bloque más numeroso lo conforman los versos que hablan de la imposibilidad del poema, entroncando con la ya clásica preocupación becqueriana. Así, el poema es siempre un «fruto tumefacto», mera intuición de la belleza, donde el silencio puede dar mejor cuenta de él, a salvo de las «impurezas del lenguaje», de la «falacia de ritmo y armonía», hogar levantado con «materiales pobres y deleznables»; la verdad reside, entonces, en el propio acto de escribir, en quien escribe y habita el poema, pues «el poema no nos salva» y «tiende a la derrota».

Otros motivos completan la obra, también muy propios del autor, como son el paso del tiempo y la vida como fracaso y hastío. Así, el presente es un destierro del pasado y la infancia adquiere ecos manriqueños cuando el poeta lamenta el error contumaz de «alejarnos del niño y la inocencia / correr hacia la playa sin salida», que recuerda a aquel «correr a rienda suelta sin parar» de Manrique, mientras la muerte prepara su celada. Transita por los poemas, además, un spleen baudeleriano, minado por el fracaso y el miedo («el motor del mundo es el miedo») que convierte el poema en una mera inercia de la vida, certificación de «la abulia de los días».

Pocos poetas como Bascuñana habrán escrito tanto sobre el propio ejercicio de la escritura. Casi se podría realizar una tesis doctoral con sus apreciaciones. ¿Y de qué extrañarnos? ¿No es la poesía, una glosa de la vida? Bascuñana vive y muere en sus poemas. Y si le sirve de algo a su alma atribulada, yo sí creo, como dice en uno de sus versos, que acabará permaneciendo en el poema.

lunes, 10 de julio de 2023

615. El libro de Azorín que los críticos evitan

 

Azorín en 1942, saliendo de la casa de Zuloaga

Coincidiendo con la celebración del 150.º aniversario del nacimiento de Azorín, se están escribiendo estos días numerosas semblanzas sobre la vida y la obra del maestro de la generación del 98. Sin embargo, cuesta hallar entre todos esos homenajes a un solo estudioso o crítico que se detenga o que cite siquiera uno de los libros más valiosos del autor de Monóvar. Me estoy refiriendo a El escritor, publicado en la Colección Austral en 1942. Hay en esa omisión un loable deseo de proteger la figura de Azorín, que alguien puede sentir enlodada por lo que quedó escrito en algunos pasajes de ese libro. Por eso, ese mismo alguien pudiera reprocharme que, al dedicar yo este artículo monográficamente a la obra de marras, y al hacerlo, además, en el año de los fastos conmemorativos, esté obrando de mala fe. Nada más lejos de la realidad. Mi deseo de reivindicar este libro incómodo es justamente por el motivo contrario: demostrar su enorme mérito literario y, sobre todo, su estremecedor valor testimonial.

El escritor se publica tres años después de terminada la Guerra Civil. Durante la contienda, Azorín ha permanecido retirado en Francia y su regreso es bendecido por Serrano Suñer, a la sazón ministro del Interior de Franco. Azorín tiene entonces 66 años y es poco menos que una pieza de museo perteneciente a una España que ya no existe. Pero la principal fuente de ingresos de Azorín siguen siendo sus libros y estos no parecen encajar ya entre la nueva literatura que cultivan, sobre todo, los jóvenes escritores falangistas. Azorín, además, se ha mostrado muy tibio y cauteloso respecto a su adscripción al Régimen, por lo que se le observa con cierto recelo. Es significativo que Azorín le dedique, precisamente, El escritor a Dionisio Ridruejo, en ese intento de hallar un espacio entre la nueva intelectualidad. Ese es el contexto del libro que nos ocupa. En la novela aparecen dos personajes principales, ambos escritores: Antonio Quiroga, trasunto inequívoco del propio Azorín, y Luis Dávila, representante de la nueva generación de escritores. Quiroga siente por Dávila una inicial antipatía (divertida e irónica), cuya aspereza va limándose conforme va conociendo las aptitudes de este y la admiración va ejerciendo su diplomacia. Lo mismo ocurre al revés: Dávila, incluso, escribe un libelo contra Quiroga antes de la definitiva reconciliación. El libro está dividido en dos partes. En la primera toma la voz Quiroga y en la segunda lo hace Dávila, en un interesante juego de perspectivismo. Es en esa segunda parte cuando aparece el pasaje más comprometedor para Azorín. Se titula «A los jóvenes» y en él Dávila propone a Quiroga que dé un discurso a un grupo de amigos reunidos en su casa. La disertación termina con un «Jóvenes: ¡En pie y arriba España!» y el consabido gesto de estos con el brazo en alto.

Causa tristeza encontrar al viejo maestro, hasta no hace mucho modelo indiscutible de tantos, casi mendigando complicidades con los representantes de la nueva era. Pero hay un capítulo donde se ve a Quiroga discutiendo vehementemente con alguien que le pide pagar las facturas: Azorín-Quiroga tiene que comer. Y antes de emitir juicios de valor (ya conocemos cómo el Régimen instrumentalizó la figura de Azorín –pero ¿cómo hablar de connivencia?) debiéramos comprender la tesitura en la que se halla un español en plena posguerra. El escritor, en ese sentido, es un ejercicio desesperado, conmovedor y terrible de autojustificación  que más que condenar absuelve a Azorín a poco que el juez atesore una pizca de comprensión y discernimiento sobre los límites entre principios y supervivencia. También es un libro reivindicativo. El propio Dávila, imbuido del lenguaje patriótico del momento, reconoce en Quiroga a alguien que también ha ofrecido su servicio a España desde los postulados del 98.

El escritor es, además, un artefacto literario de originalísima estructura; aún hoy, acostumbrados al hibridismo de la novela, llama la atención su apuesta vanguardista, en la que asistimos al concepto de «novela en marcha» con muy interesantes reflexiones metaliterarias. Genial es el cuestionario que hace Quiroga a Dávila, que deja a la famosa entrevista capotiana en un ejercicio de escolar. Quizás fue en esas digresiones sobre Literatura (la única y verdadera identidad) donde Azorín halló algo de certidumbre en mitad del desconcierto que debió de ser para él aquella España en la que no podía reconocerse.

lunes, 26 de junio de 2023

613. Escribir la sutura

 


No podría haber hallado Iria Fariñas mejor prologuista para su nuevo libro que Solange Rodríguez Pappe. Aún recuerdo con gusto la lectura de La primera vez que vi un fantasma, aquella colección de relatos inquietantes de la autora ecuatoriana cuyo efecto perturbador procedía de naturalizar lo insólito o lo anómalo en el contexto de la cotidianidad. De ese modo, al asumir lo cotidiano la injerencia de lo inusitado, el libro nos concitaba a reflexionar sobre la verdadera naturaleza de aquello que consideramos normal y a reformular nuestra percepción del mundo en que vivimos. Los 23 relatos que conforman Ruido de cicatriz, de Iria Fariñas (InLimbo), comparten, aunque con diferentes registros y focos temáticos, aquel extrañamiento de la realidad y, de ahí, la pertinencia por parentesco de su prologuista.

Algunos de los personajes de Ruido de cicatriz mantienen una relación conflictiva con sus propios cuerpos. Hay un chico sin brazos, una mujer con escoliosis o un niño sin dedo meñique. Además de las circunstancias que rodean a estas deformaciones o amputaciones y que el lector irá descubriendo con la lectura, estas parecen apoyar cierta tendencia a la autorrenuncia, que es también, a veces, un deseo de redención en el propio holocausto de sí mismo, ofrecido en sacrificio al ara de un nuevo comienzo o de la negación definitiva. Así, en «Ligera como un estremecimiento», se aborda el tema de la anorexia, que no deja de ser, simbólicamente, un lento desaparecer de la propia corporeidad; o el relato del loco que evita verse reflejado porque, al contrario que en el mito de Narciso, rechaza su propia imagen o, mejor dicho, la del «otro» que todos somos, herencia filosófica y literaria del Doppelgänger. La renuncia culminante, claro, es el suicidio del último relato. Otras veces, en cambio, el cuerpo es refugio, como en «Sistema digestivo», uno de los relatos que más me han gustado y que narra los tormentos de un misántropo que busca huir del ruido de la sociedad cobijándose en el útero de sí mismo; o en «El hogar es un tipo de geometría», donde la redondez de la madre ampara al niño de las aristas cuadrangulares de su padre maltratador.

Algunos de los relatos están narrados desde una perspectiva infantil, que otorga a las historias un mayor contraste entre la ingenuidad de la voz narrativa y la truculencia de lo que allí se describe: abusos, pérdida, soledad. También hay una significativa presencia de las personas invisibles, aquellas que apenas imprimen la grisura de sus vidas en la desvaída página de sus existencias y que, justamente por eso, vemos a veces en los telediarios. Así, aunque no podamos comulgar con sus actos, quizás podamos comprender por qué alguien decide matar a otra persona solamente porque pone boleros en la radio. En ese mismo sentido, el relato «Planos del deseo» narra la historia de una mujer que, como otra Isidora de La desheredada de Galdós, fantasea y hasta se cree poseedora de una vida que no tiene. Por el libro desfilan otros temas o géneros como una reflexión sobre el tiempo, el amor, el peligroso constructo de las redes sociales, el género negro y hasta cierto flirteo con lo paranormal, aunque siempre leído como trasunto de temas de mayor calado. Especialmente interesantes son dos relatos metaliterarios: «Principios de continuidad», donde se asiste a la labor creativa desde la original perspectiva de las palabras que cobran vida; o «Por dónde se mete el miedo», que además de tratar el tema de una violación infantil, reflexiona sobre el abrigo que supone la ficción como realidad alternativa. Hay otros temas y planos interpretativos que pueden enriquecer la lectura y que sería prolijo enumerar en el espacio del que disponemos. Estén atentos también al estilo literario. Los títulos, que son ya de por sí pequeños trallazos líricos, solo son la antesala de auténticos hallazgos poéticos cuya originalidad, a la manera del simbolismo francés, consiste en diseñar asimetrías semánticas donde se contorsionan los referentes lógicos.

En definitiva, Ruido de cicatriz confirma la frescura de una voz como la de Iria Fariñas, que lleva ya tiempo demostrando el valor cauterizante de su literatura necesaria.

lunes, 8 de mayo de 2023

607. Animal varado

 


He tardado demasiado tiempo en decidirme a reseñar este libro. Concurrían en mi zozobra el durísimo asunto que en él se aborda pero, sobre todo, la amistad que me une a su autora. El cariño es incompatible con los análisis académicos. Ante el sufrimiento de una amiga se bastan el silencio y el abrazo. Pero este es un libro de poemas y aquí me tienen, haciendo juegos de equilibrismo para conciliar al crítico y al amigo que sufre con Olivia sus versos en carne viva. Tuve el privilegio de leer el manuscrito inicial antes de que el poemario se publicase. Con las primeras páginas sentí que entraba en un territorio en el que yo no debería estar: abusos sexuales, anorexia, bulimia, escisión. Supe también que era un libro para Candaya.

Los años del hambre, de Olivia Martínez Giménez de León, se divide en cinco partes. La primera, «Nueve meses», la conforman 275 trallazos que se corresponden con los 275 días que suman esos nueve meses. Frases cortas, que se leen como una terrible letanía, azadas rítmicas que cavan en la desolación y la soledad, percusión procesional de penitencia, hachazos que talan el árbol de la infancia. Nueve meses: un parto para la mujer que se nace, que debe nacerse tras vivir demasiado tiempo en la placenta de un recuerdo atroz. En el transcurso, la autoinoculación de la culpa («el psicoanálisis dice que tú le sedujiste»), las pastillas, la maternidad frustrada por la amenorrea, la tiranía de la apariencia jovial, la vulnerabilidad de una inocencia sajada. El símbolo de la piscina (marco de la segunda experiencia traumática) remite a simbologías bíblicas. La piscina es el paraíso antes de ser expulsada de él cuando ocurrió lo que ocurrió. A la vista de este dato, quizás convenga revisar la aparente luminosidad de los versos de Cloro,  su anterior poemario. La alusión al barro, completa la reminiscencia genesíaca de la mujer nueva, y a la vez manchada.

El segundo bloque, «Poema de amor», es una corta sección donde Olivia aspira a escribir su poema-loto en mitad del fango; hay en esa búsqueda herencias de la poesía mística, ecos de San Juan de la Cruz (no me extraña que Agustín Pérez Leal aluda a la tradición ascética en su magnífico prólogo): «soy un valle rocoso y a oscuras», dice Olivia.

Le sigue un tercer apartado de poemas titulado «Animales», una suerte de bestiario donde convergen las naturalezas contradictorias del animal que somos: «me sentí en paz siendo la bestia» que caza al ciervo; pero la aspiración trascendente y redentora de la mariposa que «al entregarla al viento, resucita»; pero el gallo que es, sin embargo, «carne de tierra», la «tierra infértil» y yerma por donde cruza la culebra, en donde se escuchan resonancias a García Lorca a y su obsesión por la maternidad frustrada (también hay lagartos que lloran en los poemas de Olivia)

El penúltimo ramo se titula «Hambre». Son, junto a «Nueve meses», los poemas más directos, explícitos y descarnados. El sexo ciego y desesperado es un opiáceo que alivia y hace daño a la vez. El vacío afectivo intenta llenarse con la mera cópula. El sujeto lírico halla un igual: «os buscáis porque sois dos hambrientos […] Os reconocéis en la carencia y el gemido». Es el «sexo de urgencia» de la primera parte. Cuando él no está, el sucedáneo de la masturbación «en nombre de la nada», «con la regularidad de un funcionario de oficina». Sexo patológico en el que, no obstante, hay espacio para la confidencia y el abrazo.

Termina el libro con «Malquista», donde se adivina una suerte de ataraxia, asunción serena del yo, y de la idea de que el horror y la cura son las dos caras de una misma moneda. Y ya ese «animal varado» parece desprenderse algo de su forzado cautiverio vital. Aunque no existan instrucciones para ello. Quizás este libro.

lunes, 27 de febrero de 2023

599. Siempre la aurora.



Fernando Villamía ha ganado la 56ª edición de los Premios Literarios Kutxa Ciudad de San Sebastián con su último libro de relatos, Dioses de quince años, publicado por Algaida. A la trayectoria de este vitoriano de trato afabilísimo y natural humilde, cualidad esta última tan poco frecuente en el mundillo literario, la jalonan, sin embargo, numerosos reconocimientos que él se guarda mucho de sacar a la palestra, como son los premios Felipe Trigo y Ciudad de Badajoz o su condición de finalista en el Premio Setenil, el galardón más prestigioso del género cuentístico en España.

Dioses de quince años recoge doce relatos que, entre otras virtudes, respetan el corte clásico del género, con su introducción, su nudo y su desenlace, lo que no deja de ser, en los tiempos que corren, una posición casi revolucionaria. Efectivamente, un poco cansados ya del cuento-estampa o de aquel otro que se aboca a la mera sugestión, y añorantes de una narratividad en desprestigio, se agradecen estos relatos redondos donde el lector puede pisar en algún momento en tierra firme.

Uno de los aspectos más llamativos de los cuentos de Villamía es el estilo, que a mí me resultó emparentada, además de manera muy reconocible, con la prosa de Luis Landero. Hay en el fraseo del autor, en el léxico utilizado, en la construcción sintáctica y en la voluntad estética resuelta en hallazgos líricos muy hermosos, una forma de hacer literatura que yo echaba en falta y que ya solo hallo en escritores de la generación de Villamía.

Otro aspecto que se debe destacar de los cuentos de Dioses de quince años es la maestría de su autor para los inicios. La capacidad de Villamía para, con apenas unas pocas frases, atraer la atención del lector hacia la historia que recién empieza, es una excelente demostración de aquello que los retóricos clásicos llamaban captatio aunque sin necesidad de la benevolentiae, pues esta última brota con naturalidad en el lector y le dispone favorablemente a la lectura. Interesantes son también las referencias culturales que aparecen en todos los cuentos. Su pertinencia, lejos de la impostura pedantesca, es absoluta y se ensamblan con las historias como complementos perfectos que ilustran, con sus ejemplos, las tribulaciones de los protagonistas. Finalmente, el coqueteo con la literatura fantástica, casi en la frontera con lo paranormal verosímil, completan el atractivo de estos cuentos.

Los personajes de Dioses de quince años se duelen en su vulnerabilidad pero es en ese mismo territorio de lo frágil donde reside su grandeza. Un corazón que revienta de amor por el viento; una adolescente con sobrepeso que acepta en bellísimo martirio la humillación de sus compañeros; la redención del arte en la senilidad; el perro que se reconoce en la misteriosa mujer loba; las cartas que envía un niño a su padre fallecido («Querido papá: ahora que te has ido a vivir a la muerte…»); los hilos que unen o que se cortan vengativamente; la obsesión de un fotógrafo por obtener la foto de Dios; el martillo que acaba con el maltrato; una lección de metaliteratura; la complicidad en el silencio; muertos que regresan para un idilio; el misterio del sexo y la necesidad de la niñez. Y, en todos ellos, Aurora, el mismo nombre para personajes distintos, quizás porque en todos ellos triunfa el alborear de la vida después de la larga noche del sufrimiento.


lunes, 19 de diciembre de 2022

591. 'Céfiro y Nube'

 



Juan Ramón Torregrosa lleva desde 1975 regalándonos, en palabras de Antonio Carvajal, «poemas intensísimos, de limpia dicción y conmovedora verdad». Prueba de ello es la antología inversa El tiempo y la semilla que acaba de ver la luz a través de Eda Libros y que recoge sus mejores poemas hasta 2013. En lo que Torregrosa sí era inédito era en el terreno de la narrativa, hasta que ha llegado este Céfiro y Nube, que publica Ediciones Frutos del Tiempo en su colección Fif%ty y que constituye una delicadísima evocación nostálgica del mundo infantil del autor durante los últimos años de la década de 1960. La novela narra la breve historia de amor de un niño de 13 años y la inevitable transformación que esa experiencia auroral obra en él, abriéndole las inciertas puertas del mundo adulto. El gran acierto de la primera novela de Torregrosa es justamente esa capacidad evocadora, y no solo por la evocación misma, tan sugestiva, sino por la ternura, deliciosamente ingenua, con que se rememora aquel tiempo ya periclitado. Céfiro y Nube es una novela blanca, amable, un hermoso canto a la inocencia que conmueve porque nos acerca con un cariñosísimo cuidado el candor y la sensibilidad limpios de su atribulado protagonista en las primeras lides del amor. Uno se pasa toda la lectura del libro esbozando una sonrisa casi paternal y acogiendo a ese niño apocado en el corazón. Ese efecto lo logra Torregrosa a través de su magistral dominio de la voz narrativa, cuyo tono es tan difícil de alcanzar en este tipo de novelas pero que el autor sabe modular para imbricar perfectamente al narrador adulto, encargado de hilar los recuerdos, con la voz del niño.

Por otro lado, la rememoración de aquella época está jalonada de una dosificada alusión a las costumbres y referentes culturales del momento: la música (Sandie Shaw, Los bravos, Françoise Hardy, The Monkees, The Beatles…); las series de televisión (para los que disponían de ella) como Bonanza; los tebeos tendidos de unas pinzas en los quioscos, como El capitán Trueno; los guateques; los juegos infantiles; las mágicas noches de San Juan; las procesiones; la faena de los pescadores; las marcas de coches y motocicletas; la percepción de la masculinidad; el incipiente turismo; los planes de estudio del régimen; la vida en la escuela con el consabido abusón; los indicios de la modernidad europea a través de revistas como Paris Match, etcétera.

En la novela se pueden rastrear también numerosos ecos literarios que Juan Ramón, profesor de Literatura durante tantos años, no podía, claro, soslayar. Así, el nombre de los protagonistas, Céfiro y Nube, recoge la tradición garcilasista de las églogas; el sufridor muchacho evoca los ojos desasidos de la niña amada a la manera becqueriana de la rima XIV; la escuela a la que mandan a estudiar a Céfiro se halla en Oleza, topónimo que ya usara Gabriel Miró para referirse a Orihuela. Por no hablar de los capítulos «Amor cortés» y «Metamorfosis» donde la literatura se muestra ya explícitamente al servicio de los sentimientos del joven protagonista, cuyo carácter sensible no acaba de hacerle encajar entre sus amigos varones. Sobre la suerte de nuestro pequeño Céfiro con su idealizada Nube juzguen ustedes mismos a través de los nombres elegidos para la pareja protagonista. Tampoco importa demasiado. A la postre, Céfiro, a quien la mitología asignó el epíteto «de aliento dulce» fue luego un ligón de órdago. A nosotros, este otro Céfiro nos ha conquistado también, acariciándonos el corazón como esa brisa que preludia la primavera que fue.

lunes, 21 de noviembre de 2022

589. Cuatrocientos años de 'El trueque'



 Thomas Middleton y William Rowley publicaron The Changeling (El trueque) en 1622, aunque el primer testimonio de su representación data de 1624, año en que la obra fue llevada a las tablas del londinense teatro Whitehall. Existe una notable unanimidad en considerar El trueque no solo como la obra cumbre de Middleton sino también una de las mejores del teatro jacobino (con el permiso, claro está, de William Shakespeare).

A la redonda efeméride que conmemora las cuatro centurias desde su registro legal, se suma para nosotros la curiosa circunstancia de que Middleton y Rowley ambientaron la obra en España, concretamente en la ciudad de Alicante. Los pormenores topográficos debieron extraerlos ambos dramaturgos de The Triumph of God’s Revenge, una colección de relatos moralistas del comerciante y escritor John Reynolds, cuya hipotética visita a la ciudad parece más que probable. Por otro lado, era una costumbre habitual ambientar las obras jacobinas en países extranjeros para burlar la censura de la crítica velada que estas vertían sobre el monarca. El trueque no es una excepción. Sobre Jacobo I, sucesor de Isabel Tudor e hijo de María Estuardo, se cernía la sospecha del filocatolicismo. Recordemos la ascendencia católica de su madre. Por otro lado, el tratado de paz que el rey Jacobo deseaba firmar con Felipe III, rey de España, que incluía el matrimonio entre el futuro heredero Carlos y la infanta María de Austria, reforzaba dicho recelo. El trueque es, entre otras muchas cosas, una metáfora de esas reticencias del ala protestante: la sangrienta boda en Alicante entre un forastero y una noble de la ciudad reflejaría la errónea política de Jacobo I al propiciar un enlace entre la infanta católica española y el príncipe Juan.

No he hallado traducciones de la obra al español salvo una espléndida edición llevada a cabo por el doctor en Filología Inglesa, John D. Sanderson. Tanto la traducción como el estudio preliminar, ambos publicados por el Instituto Juan Gil Albert, son auténticas joyas para acercarse con rigor y amenidad al texto.

El pasado jueves, la Compañía Ferroviaria de Artes Escénicas llevó a cabo el estreno nacional de El trueque justamente en la versión de Sanderson. Se respetó íntegramente el texto, a excepción de la interpolación atribuida a Rowley, decisión que parece acertada, pues la historia paralela del manicomio saca al espectador de la trama principal. La interpretación fue correcta, aunque para mi gusto algo epidérmica, de una eficiencia casi burocrática.
Beatriz Juana, comprometida con Alonso de Piraquo, conoce casualmente, al salir de misa, al comerciante Alsemero. Ambos se enamoran y Beatriz pergeña el asesinato de Piraquo a manos de su enamorado servidor De Flores. Pero este, terminado el trabajo, desea en compensación gozar de Beatriz, a quien el criado chantajea. Consumado el chantaje, Beatriz debe ocultar su sobrevenida pérdida de la virginidad haciendo que sea su criada y no ella quien yazga en la noche de bodas con Alsemero en la oscuridad de la cámara nupcial. Después, la criada será también asesinada. La belleza de Beatriz, emparentada con la idolatría católica de las imágenes (tan denostada por el protestantismo inglés) se erige en pérfida alegoría del credo de Roma. A este respecto, la simbología política, como tantas otras, es evidente. Y aunque las transiciones y la superficialidad en el tratamiento del remordimiento y la culpa están en el debe de la obra (imposible no acordarse de la grandeza de Shakespeare al respecto), las bajas pasiones de los personajes no dejan indiferente al espectador, que admira, además, las triquiñuelas de Middleton para convertir su obra en un alegato político encubierto.

lunes, 4 de octubre de 2021

545. Literatura contra el monstruo

 


Afirmar que el nuevo libro de Eduardo Boix es un espeluznante catálogo de la abyección humana resulta tan cierto como simplificador. Efectivamente, por las páginas de La estirpe (Ediciones del Viento), desfilan algunos de los personajes más abominables del crimen moderno, un atroz inventario de la monstruosidad a cuya infame nómina se adscriben nombres y apellidos que en el imaginario colectivo han perdido ya su motivación onomástica para convertirse, con solo invocarlos, en alegorías del mal. Pero con ser cierto todo eso, pronto descubrimos que el autor trasciende su objetivo inicial para regalarnos una suerte de miscelánea literaria en consonancia con ese desdibujamiento del género narrativo, tan en boga en la literatura actual, donde el hibridismo es piedra angular. Así, el libro resulta un conglomerado edificado desde el ensayo, la crónica periodística y la evocación lírica, sin olvidarse de los recursos narrativos al servicio de una psuedotrama argumental –la búsqueda de la esencia de la monstruosidad– en la que Boix, con el oficio del novelista, va retrasando la revelación de su monstruo personal, a quien conoceremos ya al final de la lectura. Las continuas digresiones, que a veces parecen apartarse del tema central, adentran al lector en un laberinto aparentemente caótico donde una idea alimenta a otra construyendo una prosa orgánica que crece como un bosque silvestre hasta que hallamos de nuevo las migas de pan que nos conducen al claro. El lector, sin embargo, acepta con gusto el envite y se deja llevar por el flujo de las palabras sin importarle el zarandeo con que Boix nos gobierna.

El primer capítulo está dedicado a la madre como generadora de vida, alma nutricia y protectora. Boix realiza un repaso antropológico por las manifestaciones culturales de la idea de madre y así aparecen la Venus de Willendorf, la Amalurra vasca, las clásicas Isis, Gea y Cibeles; la Mama Pacha andina o el ritual del tamezcal. Pareciera que en este prefacio del libro, Boix hubiera querido conjurar la protección de estas divinidades tutelares para contrarrestar la amenaza ominosa de los monstruos que van a aparecer ya en el segundo capítulo. Algo así como aquellas invocaciones de los poetas homéricos. Pero ni siquiera las madres pueden contra los leviatanes del mal y pronto recorren el libro los primeros monstruos, los representantes de la violencia vicaria, ese marbete que desgraciadamente hemos tenido que aprender. Preciosa es la imagen de la abuela de Boix al descubrir la Piedad de Miguel Ángel en el Vaticano: «una piedad enfrente de otra», madres reconociéndose en el dolor de un hijo violentamente arrebatado por un sanedrín, pero también por un José Bretón o un Romand. Otros monstruos completarán la galería de los horrores y se imbricarán en la vida del autor: Ricardo Barreda, a cuyos familiares Boix llega a conocer durante una convalecencia en el hospital y que le permite una sugestiva reflexión sobre la carga de los apellidos, esa «poética del arraigo» que marca para bien o para mal a sus descendientes;  o los criminales de guerra nazis afincados en España, como Otto Skorzeny, con el que el autor cree haber coincidido en Denia. Quizás ese coqueteo con el monstruo es que le condujo al suyo propio, a quien no nombraremos aquí porque «las cosas que no nombras no existen». Y así es también que la modernidad de unas Olimpiadas nada pueden en Alcàsser o Puerto Hurraco, residuos de una España negra obstinada en no desaparecer.

El libro está lleno de consideraciones trufadas de referencias literarias y cinematográficas. Especialmente interesante es aquella que coloca a la oralidad y el cuento tradicional como depositarios del monstruo universal y también de su advertencia. En el aberrante catálogo caben asimismo los monstruos incorpóreos. Primo Levi –especula el autor– se suicidó quizás porque se sentía culpable por sobrevivir a los campos de exterminio. La culpa y el suicidio, monstruos también, y como descubrirá el lector, muy vinculados a las vicisitudes vitales del propio Boix. Y una inquietante coda final: « Mi monstruo soy yo», remata el autor en la última frase del libro. Pero, afortunadamente, la Literatura nos salva de nosotros mismos. Y yo espero y deseo que también haya salvado a Eduardo Boix.

lunes, 21 de junio de 2021

535. Y Rafael Azuar despertó de su modorra

 


Se conmemora estos días el centenario del nacimiento de Rafael Azuar (1921-2002), efeméride que rescatará con justicia la singularísima obra del escritor ilicitano y que tuvo su punto de partida el pasado sábado en el acto inaugural celebrado en Elda con la adhesión de numerosas instituciones. A Azuar ya le dedicamos hace casi un dos años en estas mismas páginas una semblanza que trataba entonces de emparentar su figura con las tierras tarraconenses, pues dos de sus novelas, Teresa Ferrer y Los zarzales, fueron escritas durante la estancia de Azuar en La Vilella Alta, el municipio de la comarca del Priorat donde el escritor ejerció como maestro. A La Vilella Alta, Azuar la llama en sus novelas Veneitxa, y algunos de los detalles descriptivos permiten identificar el entorno geográfico de la comarca. La relación de Azuar con Tarragona es aún más amplia. Su libro Poemas (1950), anterior a su oficio de novelista, se editó en la ciudad imperial con el mítico sello tarraconense Torres i Virgili, fundado por Josep Pau Virgili Sanromà, más conocido como “el iaio Virgili”, que ostenta su estatua sedente de eterno observador en su banco de piedra de la Rambla de Tarragona. Remito al lector curioso a aquella semblanza porque hoy quiero hablar de otra de sus novelas, Modorra, galardonada en 1967 con el Premio Café Gijón de novela corta y elogiada, entre otros, por Josep Pla.

El mismo título de la novela es ya una declaración de intenciones. Azuar narra la vida de un pueblo innominado (más tarde sabremos que se trata de Salinas, en Alicante) donde el sopor y la inacción se instalan como dos personajes más en la débil urdimbre argumental. Efectivamente, en el pueblo apenas ocurre nada, y las páginas son una sucesión de tipos rurales y estampas paisajísticas fagocitadas por la letanía de las chicharras y el sol abrasador. Precisamente es el paisajismo uno de los valores de la novelística de Azuar, en cuyo ejercicio es el escritor ilicitano un auténtico virtuoso. Resuenan los ecos de Azorín en las descripciones impresionistas y de Miró en el preciosismo formal y semántico con que repuja sus cuadros. El lector, que acaba mecido por la prosa envolvente y sensorial de Azuar, sucumbe, él también, a la ausencia de la acción, a la repetición monótona de los días, a la anestesiante sucesión de las horas, pero, a diferencia de los personajes indolentes de la novela, que parecen abocados a la nulidad, el lector agradece la narcosis porque halla en ella una deliciosa y reparadora siesta literaria auspiciada por la muelle tibieza de las palabras sin más objeto (o casi) que la palabra misma. Y digo casi, porque sería ingenuo pensar que Azuar no quisiera con su novela denunciar la atonía de los pueblos, a la manera en que Azorín lo hiciera en su día con los pueblos castellanos, la vida sin horizontes donde lo más emocionante es una carrera ciclista que pasa por sus lindes o la llegada del repartidor de la Coca-Cola, o la rudeza primitiva y patriarcal, aunque algo menos intensa que en Teresa Ferrer y Los zarzales donde los personajes masculinos parecían meras alegorías de una virilidad exacerbada y enigmática, a la manera lorquiana.

Hoy día, donde se demanda que la literatura entretenga a base de acción desaforada, lances argumentales y trepidantes cambios de rasante, la obra de Azuar nos regresa a la palabra esencial y a la atmósfera significativa sin necesidad de tramas de blockbuster. Una reivindicación de la lentitud donde la modorra resulta un bendito opiáceo contra la superficialidad, mediocridad y materialismo de nuestro tiempo.

miércoles, 5 de mayo de 2021

MANIFIESTO EN DEFENSA DE LOS ESCRITORES DE ALICANTE

 

Vaya por delante que los escritores que suscriben el presente manifiesto no aspiran a sentirse imprescindibles en ningún evento cultural. Tampoco en la Feria del Libro de Alicante.  El ejercicio de la Literatura no consiste en satisfacer la tonta vanidad de posar para el proscenio social en una mesa de firmas. Eso nada tiene que ver con la Literatura. En todo caso, ese escaparate interesará a las editoriales y a las librerías, que cifran legítimamente su sustento en la visibilidad de la mercancía, y también a los gestores culturales. Pero no es el territorio, en esencia, de los escritores. Aunque pueda parecer una verdad de Perogrullo, los escritores escriben, y es en esa sola labor donde cifran su pedacito de salvación. Si algo nos ha enseñado nuestra pasión es que la Literatura es un ejercicio de soledad y también que únicamente unos pocos pueden vivir de ella, y que la fama y el prestigio son quimeras de adolescente, a la postre accesorios en una labor que trasciende la mera exhibición pública. El escritor carga desde el inicio con el destino de los humillados. Y somos conscientes. Y ya venimos llorados de casa.

Que nadie se confunda, pues, y busque en este manifiesto egos heridos, vanidades ultrajadas, narcisismos ofendidos u otros agravios al pundonor literario. Nada de eso hallará quien se acerque a nuestra reivindicación. Porque lo que aquí se dirime es más importante que nuestros propios libros. Lo que aquí denunciamos es la instrumentalización de la Literatura misma con fines espurios y la afrenta pública sufrida por los escritores de Alicante por parte del concejal don Antonio Manresa, que tuvo la desfachatez de declarar que su vergonzante ninguneo a los autores locales para la presente Feria del Libro tenía que ver con nuestra propia desidia hacia el evento. «[Los autores] son los que son y vienen los que han querido venir», declara nuestro concejal al Diario Información. Pero para  «querer venir» hace falta que antes uno sepa si se le quiere invitar. Delegar en la supuesta falta de entusiasmo por parte de los escritores de Alicante el completo olvido y desdén en que nos ha tenido el concejal constituye una doble bajeza: la de obviar su propia responsabilidad profesional en el diseño de la Feria y la de mentir descaradamente en un medio público al culpar a los propios escritores –ajenos por completo a la confección del evento– de su ausencia en la edición de este año.

Desde el principio, la opacidad en todo lo concerniente al diseño del programa de la Feria ha sido más propia de una cacicada que de una concejalía. Muchos escritores conocimos parte del mismo a través de la prensa. Editores y autores interesados nunca hallaron formularios en los que ofrecerse para participar, como sí se hizo el año pasado, y un día cualquiera nos topamos con que la programación estaba ya prácticamente cerrada. La elección de la empresa adjudicataria para la organización recayó en la agencia malagueña Makyre, la peor valorada durante la pertinente evaluación, pero la más barata. Y eso que la concejalía contaba con uno de los mayores presupuestos de los últimos años. La agencia, ajena, como es natural, a la realidad y sensibilidad alicantinas, pergeñó un programa en el que impuso a ocho escritores malagueños; toda una promoción en nuestra ciudad de las letras malacitanas mientras los autores alicantinos eran despreciados por su propio concejal en su propia ciudad.

Ya sabíamos que uno nunca es profeta en su tierra, pero lo que ignorábamos es que los nuevos sanedrines se hallaban ahora ocupando las concejalías de cultura. Se jacta el concejal Manresa de la apertura de la Feria al resto de España. Y nos parece bien. Muchos de nosotros hemos sido críticos con la exacerbación de un localismo mal entendido que amenazaba con empobrecer, como todo pueblo que se mira el ombligo, la diversidad cultural de la ciudad. Pero esa apertura es perfectamente compatible con el cuidado de lo de aquí, como demostró la agencia encargada de la Feria el año pasado, con su buen hacer y sentido de la proporcionalidad. Españolear está muy bien siempre y cuando se entienda que españolear es también sentir como propios a los que usan el resto de lenguas oficiales del Estado, en lugar de imponer avenidas patrióticas en los callejeros, aunque sea en menoscabo de autores tan queridos como Enric Valor, como hicieron los correligionarios del señor Manresa en Mutxamel. La nómina de escritores locales que se queda fuera de la Feria este año incluye autores con una larga trayectoria literaria, prestigiosos, premiados, y cuya impronta forma ya parte del paisanaje de la ciudad. De eso, claro, nada puede saber la agencia malagueña. Pero es más sonrojante que tampoco parezca saberlo nuestro concejal. Este año, Alicante está representada en los Premios de la Crítica Valenciana con las candidaturas de seis autores. ¿No es un desatino que ninguno de estos seis escritores que aspiran al galardón de toda la Comunidad Valenciana haya tenido cabida en la Feria de su propia ciudad? Otros acaban de publicar recientemente sus obras; algunas ciudades españolas acogerán las presentaciones de sus libros pero no la Feria de la ciudad donde viven. Otros no han publicado este año pero su magisterio perenne bien merecía su presencia, siempre edificante. El concejal tampoco conocerá el libro solidario que catorce escritores de la provincia han publicado recientemente y cuyos fondos serán destinados a menús gastronómicos para todas aquellas familias vulnerables afectadas por la pandemia.

Dudamos de que el concejal haya leído alguno de los libros que los autores de su ciudad o de su provincia publican. No nos engañemos: tampoco a aquellos de relumbrón de los que tanto presume cuando repasa satisfecho y fanfarrón su Feria de Alicante sin alicantinos. A veces dudamos incluso de que el concejal lea algo. Pero si lee este manifiesto, puede estar tranquilo: estaremos a la altura. Recibiremos con respeto y admiración a los escritores invitados –también a los malagueños impuestos– como lo que son: compañeros de armas en las letras. Y les daremos nuestra hospitalidad, porque Alicante es tierra de acogida y la Literatura patria común de todos. Acudiremos a los actos, compraremos quizás algún libro y celebraremos la palabra, aunque la nuestra no goce del favor de nuestro concejal, algo que, visto lo visto, resulta casi un honor.


ESCRITORES Y ASOCIACIONES LITERARIAS  FIRMANTES DEL MANIFIESTO (97)

ABELLÁN, ESTHER

A.L.C.A.P (ASOCIACIÓN LITERARIA CASTELLONENSE AMIGOS DE LA POESÍA)

ALVARADO, JOSI

AVEET (ASSOCIACIÓ VALENCIANA D'ESCRIPTORES I ESCRIPTORS DE TEATRE)

BARAT, JUAN RAMÓN

BASCUÑANA, RAMÓN

BEDINS, JUAN LUIS

BELLIDO REDÓN, ADRIÁN

BLANCO, PILAR

BLASCO, LOLA

BOIX JOVANÍ, ALFONSO

BOIX, ERDUARDO

BOTELLA, ENRIQUE

BUSQUETS MATAIX, MAR

CAMPELLO, ALFREDO

CARBONELL, PASCUAL

CEBRIÁN, CARLOS JAVIER

CEJUDO, FRANCISCO

CERES, ALBA

C.L.A.V.E (ASOCIACIÓN VALENCIANA DE ESCRITORES Y CRÍTICOS LITERARIOS)

CORTÉS ORTS, CARLES

DELEGIDO, PASCUAL

DÍAZ I VICEDO, NOÈLIA

DURÁ GÓMEZ, ANA

EL MORABET, MOHAMED

FARIÑAS, IRIA

FERRIS, JOSÉ LUIS

FRUTOS, GLORIA DE

GALÁN PONS, YASMINA

GARCÍA-LLIBERÓS, MARÍA

GARCÍA MELERO, MANUEL

GARCÍA PRIETO, ROBERTO

GARCÍA SÁNCHEZ, FRANCISCO JOSÉ

GARCÍA ZAMBRANO, MARÍA

JORQUES PUIG, MANUEL

JUAN PENALVA, JOAQUÍN

LARRABIDE, AITOR LUIS

LÓPEZ RASTOLL, JOSÉ ANTONIO

LOZANO FELICES, JUAN

LUCAS, MARÍA

M. HERRERA, ANTONIO

MAÑOGIL MARTÍNEZ, FERNANDO

MARÍ, ANNA

MARTÍ PIERA, ISABEL

MARTÍN MARTÍNEZ, ERNESTO

MARTÍNEZ GIMÉNEZ DE LEÓN, OLIVIA

MICHAVILA, MARÍA NIEVES

MÍNGUEZ VALDÉS, LAURA

MIRA CANDEL, JUAN LUIS

MIRA CANDEL, MANUEL

MIRA JORDÁN, SERGIO

MOLINS, MANUEL

MONTALBÁN-KROEBEL, PEDRO

MONTESINOS, JULIÁN

MORA, KIKO

MOREDA GAMUNDI, JESÚS

MOYA FUSTER, DANIEL

MUÑOZ LORENTE, GERARDO

MUÑOZ PIZARRO, BLAS

NAVARRO, ÓSCAR

OVIEDO ZAMALLOA, VIRGINIA

PAMIES, JOSÉ ANTONIO

PARRA NOGUERAS, FERNANDO

PASCUAL SÁNCHEZ, FRANCISCO

PAYÁ BELTRÁN, JOSÉ

PEIRÓ, JOSÉ VICENTE

PENADÉS, ANTONIO

PEÑALVER, ANTONIO

PERELETEGUI, JUAN CARLOS

PÉREZ LEAL, AGUSTÍN

PÉREZ LÓPEZ, SALVADOR

PUIG, JAVIER

QUILES, EDUARDO

RAMÓN, JOSÉ MANUEL

REQUENA PALLARÉS, ISABEL

REVERT, DAVID

RODRÍGUEZ LUCAS, RUBÉN

ROMERO CORTÉS, JUAN JOSÉ

ROYO, JAIM

SAHUQUILLO, JAVIER

SALA IVORRA, FRANCESC

SÁNCHEZ SOLER, MARIANO

SANELEUTERIO, ELIA

SANGUINO, FRANCESC

SERLIK, ADRIANA

SERRANO, PEDRO

SIGÜENZA PACHECO, MARÍA ENGRACIA

SOLER, RAFAEL

SORIANO, ADA

TENDERO, ARTURO

TORREGROSA, JUAN RAMÓN

VALLS CABO, MANUEL

VÁZQUEZ BAYARRI, VÍCTOR

VIDAL,  JOSÉ LUIS

VIDAL, NATXO

VILLAROIG, ROSA MARÍA

ZERÓN, JOSÉ LUIS

 

OTRAS ADHESIONES (31)

AMAT, TXUS

AMO, JUSTO DEL

ANDREU, MARÍA ROSARIO

BELLIURE, JOSABEL

BLASCO ALAGARDA, JOSÉ

CAMEO, MERCEDES

CAÑAS VALDIVIESO, CRISTINA

ESCOBAR, JOSÉ LUIS

FERNÁNDEZ, EMILIO

GARCÍA SANJUÁN, ÁNGELA

GIL GARCÍA, JOSÉ

GUERRA, ROCÍO

HERAS, RAQUEL DE LAS

LLORCA, JULIÁN

MARTÍN ALONSO, SONIA

MEDINA, RAÚL

MONTESINOS, FRANCISCO JAVIER

MORENO, MARÍA ANTONIA

NOGUERA MONTAGUD, ANA

PASTOR, ÁNGELES

PASTOR, BEATRIZ

PÉREZ RODRÍGUEZ, MARÍA LUISA

PIDAL PÉREZ, MARI CARMEN

QUILES, MARÍA JOSÉ

QUILES GUIJARRO, VICENTE MANUEL

RODRÍGUEZ NAVARRO, PEDRO MANUEL

RÍOS GALAVIZ, MIGUEL

SÁNCHEZ, JUAN DAMIÁN

SEVA, CARMINA

TURISO, PILAR

VICENTE, MARINA

VIUDEZ, JOSÉ

 

Para adherirse al manifiesto elige una de estas 3 vías:

1. Colocar tu nombre y apellidos en los comentarios de este blog

2. Colocar tu nombre y apellidos en los comentarios del muro de Facebook de Fernando Parra Nogueras en la publicación correspondiente al manifiesto.

3. Mandar un correo electrónico con tu nombre y apellidos a la siguiente dirección: manifiestoalicante@gmail.com

Plazo límite de la adhesión: hasta el lunes 10 de mayo de 2021 a las 23.59h

Puedes enviar sugerencias para modificar las partes del texto que consideres oportuno al correo: manifiestoalicante@gmail.com

lunes, 3 de mayo de 2021

528. ¡Valor, Enric!



Durante una tregua de la jornada en el instituto, hojeo algunos libros que descansan sobre una tarima baja en la sala de profesores. Son ejemplares residuales que en otro tiempo debieron de formar parte de alguna iniciativa del claustro para el intercambio de libros entre los docentes, eso que los horteras llaman ahora bookcrossing, que para eso el inglés mola más. Entre ellos, me llama la atención una pequeña edición de una de las 36 rondallas de Enric Valor, titulada Les velletes de la Penya Roja. Me enfrasco en su lectura y pronto acabo seducido por el estilo, aparentemente sencillo, de una prosa que fluye cantarina y remansada como un río arcádico, y gozo de la eufonía de algunas palabras catalanas que parecen conjurarse para el hechizo literario, más aún cuando el relato transporta al lector a ese no-tiempo de la tradición folklórica. Y descubro la treta de la anciana y avariciosa Margarida, que quiere hacer pasar por una doncella de 15 años a su hermana Rosella, aprovechando que el príncipe del Reino de Valencia está practicando la montería en la serranía de la Foia de Castalla, con la intención de casarla y hacerse con parte de los beneficios que el nuevo estado de su hermana podrá reportarle. No desvelo la ingeniosa argucia llevada a cabo por Margarida con la esperanza de despertar la curiosidad de algún lector intrigado y agregar así otro adepto más a la literatura del escritor castallense.

A las pocas semanas, leo la noticia de que el municipio de Mutxamel cambia el nombre de su avenida de Enric Valor por el de avenida de España. Y yo, que no tengo, como otros, ningún problema con el nombre de mi país, ni con mi país mismo, a no ser por la estulticia que se está enseñoreando de él, no acierto a entender (o sí) por qué el ayuntamiento decide que sea precisamente Enric Valor el damnificado. Consulto el callejero de Mutxamel y detecto decenas de calles con nombres bien poco sugestivos. Yo qué sé, ¿por qué no ponerle avenida de España a la preclara calle del Algarrobo? Por ejemplo. Que sí, que la algarroba es rica en triptófanos pero es que Enric Valor es Premio de Honor de las Letras Catalanas y, además de escritor, insigne gramático y lexicólogo. Que vale, que la algarroba es rica en fibra y taninos, pero es que Enric Valor rescató el acervo popular valenciano con su catálogo de rondallas y escribió L’ambició d’Aleix, una de las novelas más importantes de la literatura en catalán de la segunda mitad del siglo XX. Que oigan, que eso de la aculturación es cosa de otros tiempos y que si quieren presumir de españolidad lo harán cuando sientan también como propios a los que hablan las otras lenguas cooficiales y la cultura de quienes las usan.

Afortunadamente, la literatura siempre está por encima de estas mezquindades, y esa misma semana se presenta, casi como un símbolo de resistencia y de dignidad, el libro Enric Valor, memòries, Premio València de Ensayo 2020, a cargo del profesor Joan Borja. Así que, ¡valor, Enric!, que si Margarida paga su engaño y su miseria moral reventando con el aire del fuelle que el curtidor le aplica, así el fuelle de la literatura aviva los rescoldos de la belleza para levantar un fuego a cuya pira hacer arder la gilipollez general patria.