lunes, 21 de junio de 2021

535. Y Rafael Azuar despertó de su modorra

 


Se conmemora estos días el centenario del nacimiento de Rafael Azuar (1921-2002), efeméride que rescatará con justicia la singularísima obra del escritor ilicitano y que tuvo su punto de partida el pasado sábado en el acto inaugural celebrado en Elda con la adhesión de numerosas instituciones. A Azuar ya le dedicamos hace casi un dos años en estas mismas páginas una semblanza que trataba entonces de emparentar su figura con las tierras tarraconenses, pues dos de sus novelas, Teresa Ferrer y Los zarzales, fueron escritas durante la estancia de Azuar en La Vilella Alta, el municipio de la comarca del Priorat donde el escritor ejerció como maestro. A La Vilella Alta, Azuar la llama en sus novelas Veneitxa, y algunos de los detalles descriptivos permiten identificar el entorno geográfico de la comarca. La relación de Azuar con Tarragona es aún más amplia. Su libro Poemas (1950), anterior a su oficio de novelista, se editó en la ciudad imperial con el mítico sello tarraconense Torres i Virgili, fundado por Josep Pau Virgili Sanromà, más conocido como “el iaio Virgili”, que ostenta su estatua sedente de eterno observador en su banco de piedra de la Rambla de Tarragona. Remito al lector curioso a aquella semblanza porque hoy quiero hablar de otra de sus novelas, Modorra, galardonada en 1967 con el Premio Café Gijón de novela corta y elogiada, entre otros, por Josep Pla.

El mismo título de la novela es ya una declaración de intenciones. Azuar narra la vida de un pueblo innominado (más tarde sabremos que se trata de Salinas, en Alicante) donde el sopor y la inacción se instalan como dos personajes más en la débil urdimbre argumental. Efectivamente, en el pueblo apenas ocurre nada, y las páginas son una sucesión de tipos rurales y estampas paisajísticas fagocitadas por la letanía de las chicharras y el sol abrasador. Precisamente es el paisajismo uno de los valores de la novelística de Azuar, en cuyo ejercicio es el escritor ilicitano un auténtico virtuoso. Resuenan los ecos de Azorín en las descripciones impresionistas y de Miró en el preciosismo formal y semántico con que repuja sus cuadros. El lector, que acaba mecido por la prosa envolvente y sensorial de Azuar, sucumbe, él también, a la ausencia de la acción, a la repetición monótona de los días, a la anestesiante sucesión de las horas, pero, a diferencia de los personajes indolentes de la novela, que parecen abocados a la nulidad, el lector agradece la narcosis porque halla en ella una deliciosa y reparadora siesta literaria auspiciada por la muelle tibieza de las palabras sin más objeto (o casi) que la palabra misma. Y digo casi, porque sería ingenuo pensar que Azuar no quisiera con su novela denunciar la atonía de los pueblos, a la manera en que Azorín lo hiciera en su día con los pueblos castellanos, la vida sin horizontes donde lo más emocionante es una carrera ciclista que pasa por sus lindes o la llegada del repartidor de la Coca-Cola, o la rudeza primitiva y patriarcal, aunque algo menos intensa que en Teresa Ferrer y Los zarzales donde los personajes masculinos parecían meras alegorías de una virilidad exacerbada y enigmática, a la manera lorquiana.

Hoy día, donde se demanda que la literatura entretenga a base de acción desaforada, lances argumentales y trepidantes cambios de rasante, la obra de Azuar nos regresa a la palabra esencial y a la atmósfera significativa sin necesidad de tramas de blockbuster. Una reivindicación de la lentitud donde la modorra resulta un bendito opiáceo contra la superficialidad, mediocridad y materialismo de nuestro tiempo.

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