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domingo, 22 de enero de 2017

349. Miguel Hernández y José Luis Ferris (compañeros del alma)



Acaba de empezar el Año Miguel Hernández, que conmemorará el 75 aniversario de la muerte del poeta oriolano, y no se me ocurre mejor pórtico para penetrar en el atrio de tan emocionante efeméride que la biografía que del poeta cabrero nos regala José Luis Ferris, recientemente publicada por la Fundación José Manuel Lara. En realidad se trata de una reedición revisada y remozada de aquella otra que el escritor alicantino publicara en 2002 y 2010, con las ampliaciones pertinentes que la siempre inagotable figura del autor de Perito en lunas ha generado desde entonces. Porque con Miguel Hernández, nunca nada está cerrado. Una fotografía hasta hace poco inédita del poeta, tomada en Valencia en 1937 durante el II Congreso de Intelectuales para la Defensa de la Cultura  por el excelente fotógrafo Guillermo Fernández Zúñiga (cuya vida daría también para otra biografía) muestra a Miguel saliendo altivo del edificio del ayuntamiento –la altivez orgullosa de su recia convicción y compromiso con la justicia–, y prueba que, cada cierto tiempo, el fondo documental sobre Miguel Hernández se topa con nuevos hallazgos. De ahí la necesidad de José Luis Ferris de actualizar el trabajo ya hecho.
Hay académicos, estudiosos o especialistas, que se creen con el derecho de apropiarse de las figuras señeras de nuestra Historia y que rechazan recelosos cualquier intromisión que pueda arrebatarles esa exclusividad. Como si esos prohombres fueran sólo suyos y no, como lo son, patrimonio de todos. José Luis Ferris, que es de natural humilde y que despliega allá donde va su bonhomía machadiana, no pertenece a ese grupo. Y, sin embargo, con toda justicia podría concedérsele el título de Embajador de Miguel Hernández, remedando aquellos diplomas que el poeta obtuviera en sus años de estudiante en Santo Domingo –Emperador en Gramática–, porque a mí, aunque estoy seguro de que Ferris rechazaría esta afirmación de plano, se me hacen ya indisociables la figura de Miguel Hernández y la de su más excelso biógrafo. Si hasta la universidad de Elche donde ejerce la docencia Ferris se llama Miguel Hernández…
Hay en el libro de Ferris un entusiasmo contagioso e inspirador que sólo es posible concebir en alguien que ama lo que está haciendo. Existen pasajes donde ese amor, literalmente se le desborda. Y, no obstante, el libro es un ejemplo de rigor y acopio documental cuidado hasta el más mínimo detalle. Esa combinación de pasión y disciplina académica es el gran acierto del libro, que como dice el maestro Prieto de Paula, puede leerse como una novela, aunque “lamentablemente, lo que aquí se nos relata no es una novela”. Lejos de la aridez de otras biografías –pienso, por ejemplo, en algunos capítulos de la vida de Machado escrita por Gibson, que encalla por su frío catálogo de datos–, Ferris dosifica la documentación insertándola con natural maestría en un formato esencialmente narrativo y en ocasiones lírico, en cuyos resortes aparece el Ferris novelista y poeta. Y, claro, así da gusto. Hay, además, algunas sugestivas audacias, como aquella que establece paralelismos entre las pinturas de Maruja Mallo (de la que también es biógrafo) y algunos poemas de El rayo que no cesa, tradicionalmente atribuidos a su mujer, Josefina Manresa, que por aquel entonces se le moría de “casta y de sencilla”, concomitancias verdaderamente sorprendentes.

Otros tesoros hallará el lector en esta biografía que, como casi todas, no puede ser definitiva. Tampoco sé si es la más completa. Pero, aunque no lo fuera, si una biografía trata de explicar una vida, el libro de Ferris es vida, con todas sus exultantes y dolorosas consecuencias. Pero vida. Tanto es así que el subtítulo del libro, “muerte de un poeta”, parece desdecirse. Y se desdice. 



domingo, 25 de marzo de 2012

148. Andaluces de Jaén

Miguel Hernández en Jaén (primavera de 1937)
La Diputación de Jaén ha llegado a un acuerdo con la familia de Miguel Hernández para la cesión de los derechos del poema “Aceituneros”. La intención de la Diputación jienense es convertir los versos del inmortal poeta en el futuro himno oficial de la provincia.
En un país como España, donde las susceptibilidades identitarias impiden siquiera la creación de una letra consensuada para el himno nacional, llama la atención este hermoso ejemplo de Jaén. Aunque quizás no haya que decirlo demasiado alto, porque no faltará el terrateniente de turno, tan jienense, dirá, como los demás, que no comulgará con la respuesta que dan aquellas cuartetas a la pregunta “¿quién amamantó los olivos?” y que claman: “Vuestra sangre, vuestra vida, /no la del explotador/ que se enriqueció en la herida/ generosa del sudor // No la del terrateniente/ que os sepultó en la pobreza,/ que os pisoteó la frente/ que os redujo la cabeza.”
La vinculación de Miguel Hernández con Jaén empieza con su mujer, Josefina Manresa, que fue natural de Quesada. Pero su verdadero contacto con la realidad de esa tierra, se produce a partir del 3 de marzo de 1937, cuando llega a Jaén bajo el mando de Vittorio Vidali, conocido por el nombre de Comandante Carlos Contreras, para formar el Frente Sur, donde Miguel desempeñaba labores culturales y propagandísticas. Tras una fugaz escapada a Orihuela para casarse con Josefina, Miguel regresa a Jaén, acompañado ya de su esposa, y la pareja se instala en la sede del Altavoz del Frente, una casa requisada a unos marqueses, en la actual Calle Francisco Coello. Allí, Miguel puede demostrarle a Josefina la verdadera envergadura de su labor en el frente. La sangrienta realidad da algunas treguas en las que la pareja pasea entre olivares, visita pueblos como Lopera o Porcuna, o se llega hasta Jabalcuz, donde Miguel solía bañarse en una alberca, rememorando aquellos otros veranos en Orihuela. Pero también es una estancia donde el poeta asiste a la tragedia del campesino andaluz y a la extrema pobreza de las gentes de Jaén.  Es la etapa donde se gestan algunos de los poemas recogidos en Viento del pueblo, como “El sudor”, “Jornaleros”, “Campesino de España”, “El niño yuntero” o el propio “Aceituneros”. Tras la muerte de la madre de Josefina, ésta permanece en Cox para cuidar de su familia. La separación se compensa al recibir Miguel carta de su esposa anunciándole su embarazo, acontecimiento que dará lugar a poemas tan hermosos como la “Canción del esposo soldado”. Durante el mes de mayo crece la actividad bélica con capítulos de especial crudeza como el acaecido en  la campaña del Santuario de la Virgen de la Cabeza, en Andújar, donde el capitán de la Guardia Civil de Jaén resiste el asedio de los republicanos escudado en centenares de mujeres y niños. Miguel Hernández, relatará la crónica de estos hechos a través su labor periodística. La estancia del poeta en Jaén termina el 9 de mayo de 1937, cuando el Altavoz se dirige a Castuera, en Badajoz, para continuar con su proyecto.
Yo soy hijo de jienenses. Y cuando visito el pueblo de mis padres y de mis abuelos y pierdo la vista en la lontananza esmerilada de olivares, formando entre los surcos secos ese aguerrido escuadrón que exhibe la musculatura de la tierra y los galones de la aceituna pendiendo de sus torsos abiertos a la luz del sol del sur; y cuando detengo la mirada en las manos de mi gente, encallecidas por inviernos de dedos ateridos entre la escarcha, protegidos con cáscaras de bellotas para atenuar el dolor cuando hay que liberar al fruto de su prisión de hielo; y cuando el sudor se hace de oro en una tinaja de barro, entonces leo los versos de Miguel Hernández y pienso que nacieron ya himno entre el humilde octosílabo, altivos en su grandeza, como los aceituneros de Jaén.


Andaluces de Jaén,
aceituneros altivos,
decidme en el alma: ¿quién,
quién levantó los olivos?
No los levantó la nada,
ni el dinero, ni el señor,
sino la tierra callada,
el trabajo y el sudor.
Unidos al agua pura
y a los planetas unidos,
los tres dieron la hermosura
de los troncos retorcidos.
Levántate, olivo cano,
dijeron al pie del viento.
Y el olivo alzó una mano
poderosa de cimiento.
Andaluces de Jaén,
aceituneros altivos,
decidme en el alma: ¿quién
amamantó los olivos?
Vuestra sangre, vuestra vida,
no la del explotador
que se enriqueció en la herida
generosa del sudor.
No la del terrateniente
que os sepultó en la pobreza,
que os pisoteó la frente,
que os redujo la cabeza.
Árboles que vuestro afán
consagró al centro del día
eran principio de un pan
que sólo el otro comía.
¡Cuántos siglos de aceituna,
los pies y las manos presos,
sol a sol y luna a luna,
pesan sobre vuestros huesos!
Andaluces de Jaén,
aceituneros altivos,
pregunta mi alma: ¿de quién,
de quién son estos olivos?
Jaén, levántate brava
sobre tus piedras lunares,
no vayas a ser esclava
con todos tus olivares.
Dentro de la claridad
del aceite y sus aromas,
indican tu libertad
la libertad de tus lomas.



miércoles, 20 de octubre de 2010

64. Exposición Miguel Hernández-Maruja Mallo

CESÓ TODO Y DEJÉME se complace en presentar la exposición conjunta de los poemas de Miguel Hernández y la producción pictórica de Maruja Mallo glosada en el artículo anterior. En negrita, los versos que remiten a la iconografía de la pintora. Los poemas pertenecen a La imagen de tu huella y El rayo que no cesa. Los títulos de los cuadros los hallará el lector en el artículo previo. Lamento la disposición desaliñada de algunos poemas pero no soy un dechado en esto de la informática y la aplicación de Blogger tampoco dar para más. Espero sepáis disculpar este detalle.



Astros momificados y bravíos
sobre cielos de abismos y barrancas
como densas coronas de carlancas
y de erizados pensamientos míos.
Bajo la luz mortal de los estíos,
zancas y uñas se os ponen oriblancas,
y os azuzáis las uñas y las zancas
¡en qué airados y eternos desafíos!                                                      
¡Qué dolor vuestro tacto y vuestra vista!
intimidáis los ánimos más fuertes,
anatómicas penas vegetales
Todo es peligro de agresiva arista,
sugerencia de huesos y de muertes,
inminencia de hogueras y de males.

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Me tiraste un limón, y tan amargo,

con una mano cálida, y tan pura,
que no menoscabó su arquitectura
y probé su amargura sin embargo.
Con el golpe amarillo, de un letargo
dulce pasó a una ansiosa calentura
mi sangre, que sintió la mordedura
de una punta de seno duro y largo.
Pero al mirarte y verte la sonrisa
que te produjo el limonado hecho,
a mi voraz malicia tan ajena,
se me durmió la sangre en la camisa,
y se volvió el poroso y áureo pecho
una picuda y deslumbrante pena.


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Ya de su creación, tal vez, alhaja

algún sereno aparte campesino
el algarrobo, el haya, el roble, el pino
que ha de dar la materia de mi caja.
Ya, tal vez, la combate y trabaja
el talador con ímpetu asesino
y, tal vez, por la cuesta del camino
sangrando subre y resonando baja.
Ya, tal vez, la reduce a geometría,
a pliegos aplanados quien apresta
el último refugio a todo vivo.
Y cierta y sin tal vez, la tierra umbría
desde la eternidad está dispuesta
a recibir mi adiós definitivo.
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Mis ojos, sin tus ojos, no son ojos,

que son dos hormigueros solitarios,
y son mis manos sin las tuyas varios
intratables espinos a manojos..
No me encuentro los labios sin tus rojos,
que me llenan de dulces campanarios,
sin ti mis pensamientos son calvarios
criando nardos y agostando hinojos.
No sé qué es de mi oreja sin tu acento,
ni hacia qué polo yerro sin tu estrella,
y mi voz sin tu trato se afemina.
Los olores persigo de tu viento
y la olvidada imagen de tu huella,
que en ti principia, amor, y en mí termina.
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Vierto la red, esparzo la semilla

entre ovas, aguas, surcos y amapolas,
sembrando a secas y pescando a solas
de corazón ansioso y de mejilla.
Espero a que recaiga en esta arcilla
la lluvia con sus crines y sus colas,
relámpagos sujetos a olas
desesperando espero en esta orilla.
Pero transcurren lunas y más lunas,
aumenta de mirada mi deseo
y no crezco en espigas o en pescados.
Lunas de perdición como ningunas,
porque sólo recojo y sólo veo
piedras como diamantes eclipsados.
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La muerte, toda llena de agujeros

y cuernos de su mismo desenlace,
bajo una piel de toro pisa y pace
un luminoso prado de toreros.
Volcánicos bramidos, humos fieros
de general amor por cuanto nace,
a llamaradas echa mientras hace
morir a tranquilos ganaderos.
Ya puedes, amorosa fiera hambrienta,
pastar mi corazón, trágica grama,
si te gusta lo amargo de su asunto.

Un amor hacia todo me atormenta
como a ti, y hacia todo se derrama
mi corazón vestido de difunto.
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No me conformo, no: me desespero

como si fuera un huracán de lava
en el presidio de una almendra esclava
o en el penal colgante de un jilguero.
Besarte fue besar un avispero
que me clama al tormento y me desclava
y cava un hoyo fúnebre y lo cava
dentro del corazón donde me muero.
No me conformo, no: ya es tanto y tanto
dolatrar la imagen de tu beso
y perseguir el curso de tu aroma.
Un enterrado vivo por el llanto,
una revolución dentro de un hueso,
un rayo soy sujeto a una redoma.
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Por desplumar arcángeles glaciales,
a nevada lilial de esbeltos dientes
es condenada al llanto de las fuentes
y al desconsuelo de los manantiales.
Por difundir su alma en los metales,
por dar el fuego al hierro sus orientes,
al dolor de los yunques inclementes
lo arrastran los herreros torrenciales.
Al doloroso trato de la espina,
al fatal desaliento de la rosa
y a la acción corrosiva de la muerte
arrojado me veo, y tanta ruina
no es por otra desgracia ni por otra cosa
que por quererte y sólo por quererte.
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Silencio de metal triste y sonoro,

espadas congregando con amores

en el final de huesos destructores
de la región volcánica del toro.
Una humedad de femenino oro
que olió puso en su sangre resplandores,
y refugió un bramido entre las flores
como un huracanado y vasto lloro.
 De amorosas y cálidas cornadas
cubriendo está los trebolares tiernos
con el dolor de mil enamorados.
Bajo su piel las furias refugiadas
son en el nacimiento de sus cuernos
pensamientos de muerte edificados.

domingo, 17 de octubre de 2010

63. Miguel Hernández y la pintura (I)

Cuando, tras aquel primer viaje a Madrid, lleno de penurias y frustraciones, Miguel Hernández vuelve a la capital y consigue al fin hacerse un hueco en los círculos intelectuales de la ciudad, sus contactos no se van a limitar exclusivamente al campo de la literatura. Madrid es en aquel primer cuarto de siglo un foco de efervescencia cultural que se nutre de las más variadas manifestaciones artísticas y formas de pensamiento. Uno de los grupos en el que el poeta va a encajar desde el primer momento es la llamada Escuela de Vallecas, corriente figurativa que, simplificando bastante, basará especialmente sus trabajos en el tratamiento de la naturaleza, inspirados en las estampas que sugieren los paisajes del extrarradio madrileño. Para Miguel Hernández, el conocimiento de este grupo supone un alivio, pues mitiga el acomplejamiento que su poesía ruralista podría reportarle en un contexto donde muchos poetas abrazan ya el surrealismo y los temas urbanos, vinculados muchas veces a los avances tecnológicos. La experiencia vallecana le pondrá en contacto, entre otros, con el pintor Benjamín Palencia o el escultor Alberto Sánchez. Más tarde, conocerá, en la casa de su gran amigo Pablo Neruda, a Maruja Mallo, pintora gallega de desbordante personalidad, con la que vivirá un apasionado romance, olvidándose de su Josefina Manresa, que “se le moría de casta y de sencilla”, según reza el verso de uno de los pocos poemas que Hernández le dedica en El rayo que no cesa. Precisamente esta obra, considerada como una de las cumbres de la poesía del oriolano y todo un hito en nuestra historia literaria, está dedicada a la propia Maruja Mallo tras el fracaso de la relación, hecho que debió de ser más doloroso para Miguel que para la pintora, mayor que el poeta y más versada en los lances de amor pasajeros (Alberti, sin ir más lejos). La vida y obra de Maruja Mallo darían para otro artículo, bien jugoso por cierto, pero me centraré aquí en ofrecer alguna pincelada, valga la oportuna expresión, sobre la influencia iconográfica que los cuadros de Maruja Mallo ejercen sobre esta obra de Miguel Hernández. No está en mi ánimo ser demasiado riguroso y quizás la sugestión sobrepase a la realidad, y hasta puede que cometa algún anacronismo, pero resulta imposible no establecer correspondencias entre algunos poemas de Hernández y las obras de Maruja. Así, en el soneto “Ya de su creación, tal vez alhaja”, alguien está construyendo el féretro del poeta con la madera del haya, del roble o del pino. ¿Quién puede ser el artífice de la caja sino Maruja Mallo quien, en su serie “Arquitecturas vegetales”, “reduce a geometría” los elementos de la naturaleza? El mismo asunto se aprecia en el poema “Me tiraste un limón, y tan amargo” donde la mano que lo lanza “no menoscabó su arquitectura”; y el asunto se repite en “Astros momificados y bravíos”, de Imagen de tu huella, donde “todo es peligro de agresiva arista”. Precisamente el título de esta obra, desgajada de El rayo que no cesa, da buena cuenta de la influencia de la pintora. Qué mejor prueba que contemplar el cuadro titulado La huella, correspondiente a la serie “Cloacas y campanarios”. Son abundantes también en la obra de Mallo la presencia de siniestros agujeros, como en Tierra y excrementos. Así, para Miguel Hernández, los besos de Maruja cavan “un hoyo fúnebre y lo cava / dentro del corazón donde me muero” y la muerte “está toda llena de agujeros”. En otro soneto, Miguel vierte redes y esparce semillas pero “no crezco en espigas o en pescados”. Basta mirar La sorpresa del trigo de Maruja o los cuadros dedicados al mar para ver un calco de ellos en el poema. Para acabar, compárense el cuadro Antro de fósiles con versos tales como “en el final de huesos destructores” o Basuras y El espantapeces con el “doloroso trato de la espina” del Soneto final. Invito al lector a detenerse en estas comparaciones para hallar una lectura más completa de la poesía de Miguel Hernández.
  • En la foto, Maruja Mallo.
  • El próximo miércoles 20 colgaré los poemas de Miguel Hernández que he citado en este atículo junto a los cuadros de Maruja Mallo con los que he establecido concomitancias.

miércoles, 6 de octubre de 2010

61. Teatro en la guerra

Creo que el teatro es un arma magnífica de guerra contra el enemigo de enfrente y contra el enemigo de casa. Entiendo que todo teatro, toda poesía, todo arte, han de ser, hoy más que nunca, un arma de guerra.  Esta afirmación pertenece a Miguel Hernández y tiene la fuerza suficiente para validar el teatro de urgencia que comienza a escribir a raíz del levantamiento del 18 de julio de 1936. Se trata de cuatro piezas, formadas por un solo cuadro, cuya única y última finalidad es conseguir la adhesión del público a la causa republicana. Este objetivo explica el hecho de que sea un teatro breve, conciso, sin ornamentación que pueda distraer al espectador del mensaje y con unos personajes sin nombre propio, anónimos, pues lo importante no es su caracterización particular sino los ideales que representan. Con estas cuatro obritas, agrupadas bajo el título de Teatro en la guerra, el poeta del pueblo hace una radiografía de la sociedad española y de las diferentes actitudes que se estaban adoptando ante el conflicto bélico. Así, en La cola aparece un grupo de mujeres que discuten por conseguir carbón. En un momento dado, entra en escena el personaje de la madre quien les reprocha esa conducta infantil mientras millones de hombres se juegan la vida en el frente. Éstas, ofendidas, muestran una total despreocupación por esos combatientes puesto que sus maridos e hijos están a salvo gracias a sus contactos. Crítica, por tanto, despiadada a las personas que viven ajenas al conflicto, a su egoísmo que no hace otra cosa sino ensuciar el nombre de Madrid y de los momentos que está viviendo España: (...) Dignificad Madrid, mujeres de sus barrios, hombres de su defensa. No lo enturbiéis ni lo degradéis con acciones y actitudes bajas. (...) Que se le vea, gallardo y diáfano, desde donde se le mire. Así venceremos(...).
La actitud opuesta aparece en El refugiado, pieza escrita en Jaén en marzo de 1937 y puesta en escena el 27 de abril de 1938 en el Teatro Principal de Alicante. En ella, un anciano refugiado conversa con un combatiente, que ha llegado a tierras jienenses desde Madrid, sobre la inactividad que predomina en los frentes de Andalucía, una actitud que le ha obligado a abandonar su pueblo tras la llegada de los fascistas. Su interlocutor no duda en ayudarle y le ofrece el poco dinero que tiene: (...) Las riquezas son para compartirlas, no para adornarlas de limosnas. Te doy, no porque me sobra, sino porque lo necesitas. Quien da lo que le sobra, es tan perro como quien acepta las sobras de quien se las da. Esta generosidad anima al refugiado a participar en la lucha pues  (...) España no hay más que una y la quiero como si la hubiera parido
En ocasiones, el poeta aparece como un personaje más de las piezas bajo la forma de una misteriosa voz redentora que logra convencer a los protagonistas dudosos del camino a seguir. Como si de una revelación divina se tratase, los personajes se ven invadidos por esa voz que consigue abrirles su entendimiento. Tal es el caso de El hombrecito, un joven adolescente que desea fervientemente alistarse al Ejército  Popular para luchar por España, pues se siente inútil viviendo bajo la protección de su madre. No puede reprimir más su anhelo: (...) Mataré los que queda en cuanto tenga un fusil, y si no tengo fusil, con una honda, y si no tengo honda, con los dientes, y si no tengo dientes, los escupiré mientras tenga saliva. Su madre, preocupada, no quiere aceptar la decisión de su hijo hasta que, misteriosamente, escucha una voz que le infunde ánimo para asimilar la partida de su vástago: Madres, dad a las trincheras / los hijos de vuestro vientre, / que la marca de las fieras / en nuestra tierra no entre.  Así pues, ambos protagonistas encarnan una actitud ejemplar: el deseo de lucha y el orgullo materno ante el coraje de su hijo y su compromiso con la causa republicana: (...) Mirad, madres, mirad: ¡mi hijo avanza como una semilla a convertirse en el pan de todos los hijos que empiezan a brotar de los vientres maternos!
Algo similar ocurre en Los sentados, un grupo de hombres que pasan horas conversando en un banco ajenos a la desgracia que se está viviendo, respirando una "paz envenenada". Un soldado los escucha y no puede evitar increparles por su pasividad: (...) Mientras los que tenemos el alma en pie defendemos el pan y la España que codician italianos y alemanes, vosotros seguís haciendo vuestra cómoda vida de gallinas en el nido (...) Cuando para mí es un orgullo, una alegría luchar por la libertad de España, para vosotros es un sacrificio que no queréis llevar a cabo (...).  Las palabras del soldado remueven la conciencia de algunos hombres: (...) No debemos seguir de este modo, porque si se pierde España, culpa habrá sobre nosotros, y si se gana, no mereceremos gozar los días de la victoria. ¡Vamos a ayudar a nuestros compañeros!  Uno de ellos duda, mas la aparición de la voz del poeta disipa el titubeo: Levántate, jornalero, / que es tu día, que es tu hora.
Evidentemente, se trata de un teatro de poca calidad, con textos escasamente elaborados, pero ello no ha de restarle valía. Miguel Hernández era completamente consciente del tipo de obras que estaba escribiendo y para qué las quería. Pueden verse como pequeñas arengas cuya finalidad era captar adeptos para la causa republicana y esto es totalmente legítimo. En momentos tan difíciles y duros, Hernández consideraba que la literatura no podía mantenerse al margen y seguir ofreciendo espectáculos aburguesados, alejados de la realidad. Las letras, por tanto, debían explotar su vertiente social y qué mejor manera de llegar al público que con el teatro. Quizá por ello, únicamente estas obras fueron llevadas a las tablas en Alicante y en Cuatro Caminos. Estas piezas deben ser entendidas como armas con las que luchó nuestro poeta, otro tipo de fusil con balas de tinta que podían conseguir, en ocasiones, más efectividad que las reales. Ahora bien, Miguel Hernández reconoce su deseo de cultivar otro tipo de teatro cuando la situación de España cambie: Cuando descansemos de la guerra, y la paz aparte los cañones de las plazas y los corrales de las aldeas españolas, me veréis por ellos celebrar representaciones de un teatro que será la vida misma de España, sacada limpiamente de sus trincheras, sus calles, sus campos y sus paredes.  Lástima que un destino cruel e injusto no nos haya dejado disfrutar de ese otro teatro que Miguel pretendía escribir, lástima que el último escenario al que se subió el oriolano fuera el patio del Reformatorio de adultos de Alicante por el que desfilaron los últimos protagonistas del drama de su vida, sus compañeros, para darle su adiós. Lástima.


domingo, 5 de septiembre de 2010

56. Miguel Hernández y el fútbol

Vuelve la Liga. Y para algunas mentes bienintencionadas la vuelta del fútbol tras el Mundial, debe ser una especie de suplicio que hay que llevar con resignación. A ellos, nada les reprocho y hasta, aficionado al fútbol como soy, les puedo llegar a entender. Pero existe otra clase de mentes, intelectualoides del tres al cuarto, cuya cruzada contra el deporte rey estriba más en una afirmación de su aristocratismo cultural que en otra cosa. Y su desprecio altivo sólo es el pretexto postizo para instalarse en esa minoría selecta y sobreinterpretada, y para, además, dejarle claro a la galería que se pertenece a ella. A este grupo de sensibilidades refinadas, tan en las antípodas de las burdas aficiones del pueblo, les vendría bien leer alguna vez al Poeta del Pueblo. Precisamente. Y quizás entonces entenderían que la volea de Zidane en aquella final europea o la galopada de Messi contra el Getafe, tienen más plástica y más lírica que la literatura nepalí, por decir algo. Porque sí, a Miguel Hernández le gustaba el fútbol. Y es que se puede ser uno de los mejores poetas que han dado nuestras letras y ser aficionado al balompié y hasta practicarlo. Cuenta José Luis Ferris, biógrafo del poeta, que éste formaba parte de un equipo local llamado “La Repartiora”, nombre surgido probablemente por la camaradería entre los jugadores del equipo, que cargados cada cual de comida y bebida, la repartían tras los partidos. A Miguel Hernández lo apodaban “el Barbacha”, porque parece que era algo lento, en alusión a los caracoles llamados barbachos en la zona de Orihuela y Murcia. En el campo de Los Andenes, en Orihuela, se enfrentaba “La Repartiora” con otros equipos locales. Miguel Hernández llegó incluso a inventar un himno para el equipo, remedando la melodía de “Por la calle de Alcalá”, de Las Leandras. Ya en su obra, Miguel Hernández dejó también patente su afición por este deporte. En 1931 escribe su “Elegía al guardameta”, dedicada a “Lolo” (Manuel Soler), portero del Orihuela C.F. El poema, que se inicia con la dedicatoria “A Lolo, sampedro joven en la portería del cielo de Orihuela”, se centra en la estirada que “Lolo” realiza para salvar un gol a la salida de un córner, con tan mala fortuna que golpea su cabeza con el poste de la portería. En el poema, “Lolo” fallece como consecuencia del lance, aunque en la realidad parece que todo fue un susto subsanado por unos cuantos puntos de sutura. El poeta se inspira en una supuesta fotografía en la que el portero es captado justo en el momento de la estirada y segundos antes de su muerte: “Y te quedaste en la fotografía, / a un metro del alpiste,/ con tu vida mejor en vilo, en vía / ya de tu muerte triste, / sin coger el balón que ya cogiste”; y nos deja imágenes tan bellas como ésta: “Inflamado en amor por los balones, /sin mano que lo imante,/ no implicarás su viento a tus riñones/, como un seno ambulante / escapado a los senos de tu amante”.La elegía engarza con otros poemas del estilo, como el que Alberti dedicó a Platko, el guardameta húngaro del Barcelona de los años 20.

Los pedantes a los que me refería al principio de este artículo, argumentarían que si Miguel Hernández aún viviera, probablemente sería alguien muy crítico con el fútbol de hoy en día, especialmente con la inmoralidad que supone manejar las cantidades desorbitadas de dinero que se mueven en ese mundo. Y seguro que tendrán razón. Pero, probablemente también, Andrés Iniesta tendría ya la oda que lo haría eterno.

En la fotografía, el equipo de "La Repartiora". Miguel Hernández está en cuclillas, el segundo empezando por la derecha

domingo, 18 de julio de 2010

55. Ucronía hernandiana

El joven periodista no necesita llamar a la puerta de la casa. Está abierta y asoma la cabeza tímidamente tras el umbral. 
“¿Don Miguel?” A su reclamo aparece un hombre delgado, algo apocado y de gesto nervioso que estrecha sin vigor la mano del periodista: es Manuel Miguel, el hijo del poeta, que le invita a pasar. Siguiendo sus pasos y observando su exigua figura, a nuestro periodista se le antoja que Manuel Miguel sigue amamantándose con sangre de cebolla. El itinerario doméstico le conduce hasta el huerto de la casa; allí, sentados a la sombra fresca de una frondosa higuera, embebidos en el arrullo de los pájaros y en el diálogo del viento con las hojas, sienten pasar la vida Josefina Manresa y Miguel Hernández. La irrupción del periodista interrumpe el ensimismamiento de la pareja. Miguel Hernández alza la vista del suelo y sus grandes ojos azules se clavan en el muchacho. Éste lleva colgada del hombro una mochila, mientras sujeta con ambas manos una forma redonda, cubierta con papel de tahona, que deposita cuidadosamente sobre una pequeña mesita próxima a la higuera. Al retirar el papel, se descubre una tarta sobre la que se han colocado tres velas que representan el número 100. “La he comprado en la panadería de Fenoll y cuando ha sabido que era para usted, no ha querido cobrarme”, puntualiza el periodista. Miguel Hernández esboza una sonrisa franca y agradecida. Desea levantarse para saludar al reportero pero éste se adelanta: “No se levante, don Miguel. Gracias por recibirme, es un honor”. Al darle la mano, mucho más firme que la del hijo, el periodista detiene unos segundos su vista en el reloj de oro que el poeta luce en la muñeca y piensa que no le cuadra aquella ostentación en ese hombre. Pese al disimulo del muchacho, don Miguel se ha dado cuenta. “¿Te gusta? Me lo regaló Vicente Aleixandre hace ya muchos años. Salvo el cristal de la esfera, todo él es original”. “Pero lo tiene usted parado, don Miguel”. “Sí, exactamente desde el 28 de marzo de 1942 a las cinco y media de la mañana. Cuando huí a Portugal, quise empeñarlo para poder sobrevivir y comoquiera que el comprador, al verme con aquellas ropas tan ajadas, pensase que lo había robado, me denunció a la policía portuguesa. Menos mal que Aleixandre mandó el justificante de compra a tiempo y pude evitar males mayores. Pero no conseguí evitar que me mandasen de vuelta a España. Cuando estuve detenido en Rosal de la Frontera, tuve la suerte de coincidir con mi amigo y compadre Salinas, que estaba destinado allí como guardia civil. Conté con su complicidad y le entregué el reloj para que me lo devolviera cuando todo hubiera pasado. Luego vino mi ruta turística por las cárceles de media España”. Miguel Hernández deja de sonreír y, en un largo silencio, escruta quién sabe qué horribles imágenes en su pensamiento. Josefina le observa entristecida. El periodista se siente incómodo, no quiere estropear el cumpleaños del poeta; enciende con un mechero las velas y le pide a don Miguel que sople mientras extrae de la mochila su cámara de fotos. “Después de todo tuve suerte”, continúa don Miguel fijando sus pupilas en las tres llamitas flameantes. “Tuve grandes amigos que me ayudaron. Alberti y su mujer me incluyeron en el viaje que les sacaba de Madrid hacia Elda y gracias a ellos pude estar con mi mujer y mi hijo durante un tiempo”. Josefina y Miguel se dan la mano. “Luego me arrestaron en Orihuela y tuve la suerte de ser trasladado al penal de San Miguel de los Reyes, en Valencia, que se encontraba junto a un hospital antituberculoso. Gracias a ello pude curarme de mi enfermedad. Después, Luis Almarcha, el vicario general de mi pueblo, que tenía grandes influencias y que luego fue obispo de León, logró que me indultaran, pese a tener ideas políticas diferentes: priorizó nuestra amistad de antaño y respetó mis ideales…” Por sorpresa, ha entrado Ramón Sijé en el huerto por los altos andamios de las flores y reprende burlonamente a su compañero esa concesión de su pensamiento al pasado. Miguel Hernández sonríe de nuevo y sopla al fin las velas de la tarta. El baile sinuoso de las llamas cesa su movimiento, como las manecillas del reloj de oro de Miguel.

FIN


  • Ucronía: Reconstrucción lógica, aplicada a la historia, dando por supuestos acontecimientos no sucedidos, pero que habrían podido suceder.

  • Manuel Miguel, el hijo de Miguel Hernández a quien el poeta dedica sus famosas Nanas de la cebolla, murió el 23 de mayo de 1984 a los 45 años de edad en Elche, como consecuencia de una afección pulmonar. Fue enterrado junto a su padre. 3 años más tarde, el 18 de febrero moría Josefina Manresa como consecuencia de un cáncer de mama, completando el panteón familiar.

  • Efectivamente, Vicente Aleixandre regaló un reloj de oro a Miguel Hernández. El destino quiso que el único obsequio que recibió Miguel de uno de los miembros de aquella generación del 27 supusiera la captura del poeta en Portugal. Nunca recuperó el reloj. El tal Salinas, natural de Callosa de Segura, delató a Miguel Hernández poniendo en antecedentes a sus compañeros de la guardia civil sobre las ideas antifascistas del poeta.

  • Muchas personas del entorno de Miguel Hernández abandonaron a su suerte al poeta. Alberti y su esposa no contaron con él para ese viaje a Elda, que quizás hubiera servido a Miguel para eludir la represión. Luis Almarcha puso precio a las gestiones que le pidió Miguel: debía renunciar a sus ideas antifascistas y arrepentirse de sus actos anteriores. Al negarse Miguel, Luis Almarcha se olvidó de su, otrora, discípulo.

  • Entre los muchos traslados que Miguel sufrió de cárcel en cárcel, hubo uno que pudo haberle salvado la vida. Las gestiones para recabar en la prisión de Alicante, como Miguel quería, sufrieron un revés, asignándosele al poeta la prisión de San Miguel de los Reyes, en Valencia, que estaba próxima al hospital para tuberculosos de Porta-Coeli. Empeñado Hernández en su intención de llegar a Alicante, intensificó, a través de Germán Vergara Donoso, diplomático chileno, y del poeta Rodríguez Spiteri las gestiones correspondientes, consiguiendo su propósito. Más tarde, Miguel enfermaría de tuberculosis, convirtiendo el traslado al hospital de Porta-Coeli en un sueño inalcanzable. Miguel Hernández muere el 28 de marzo de 1942 a las 5.30h de la mañana.

  • Ramón Sijé (José Marín), el amigo de Miguel a quien el poeta ofreció su magnífica Elegía, nada pudo saber de todo ello. Murió el 24 de diciembre de 1935.

  • En la foto, el patio de la casa de Miguel Hernández, en la Calle de Arriba de Orihuela, donde el poeta vivía con sus padres.

domingo, 20 de junio de 2010

52. Oleza

El mundo de la poesía dirige su mirada este año hacia Orihuela. En esta ciudad alicantina, bañada por las aguas del Segura y flanqueada por el contraste de su exuberante huerta y sus riscos pelados, nació en 1910 Miguel Hernández. Para hacerse una idea de la Orihuela de aquel tiempo, nada mejor que acercarse a la obra de otro ilustre alicantino, el gran novelista Gabriel Miró (1879-1930) quien acuñó para la ciudad el nombre literario de Oleza, inmortalizándola en obras como Nuestro Padre San Daniel y, sobre todo, El obispo leproso. En estos libros, Gabriel Miró da buena cuenta del carácter eclesial de Orihuela, de la que se maneja el dato de ser una de las ciudades españolas con más iglesias por habitante. Por aquellas calles de olor a incienso y frufrú de sotanas, debió recorrer Miguel Hernández su itinerario habitual para pastorear las cabras de su padre o para vender la leche que éstas producían. Tal vez lo haría por la calle Mayor, donde vivía José Marín, el futuro Ramón Sijé de la magnífica elegía, aún desconocido para Miguel, o por la calle de la Verónica, “querencia de las sastrerías eclesiásticas, de las tiendas de ornamentos, de los obradores de cirios y chocolates”, al decir de Miró. Y obligatoriamente tendría que pasar por el colegio jesuita de Santo Domingo, una de cuyas puertas daba a la calle de Arriba, donde estaba situada la casa familiar del poeta. La importancia e influencia del colegio era tal en la ciudad, que Gabriel Miró llega a afirmar: “El colegio se infundía en toda la ciudad. La ciudad equivalía a un patio de Jesús, un patio sin clausura, y los padres y hermanos lo cruzaban como si no saliesen de casa”. Y ese tramo del camino debió ser especialmente doloroso para Miguel, quien había pasado allí los mejores años de su adolescencia antes de que su padre decidiera interrumpir los estudios del muchacho para que éste arrimase el hombro al negocio familiar o tal vez celoso de una posible influencia vocacional de los seminaristas sobre su hijo. Con los jesuitas, la avidez lectora de Miguel había adquirido una sistematización reglada que encauzaba aquella primera educación asilvestrada que el futuro poeta había recibido años antes de las Escuelas del Ave María, cuya pedagogía se basaba en el aprendizaje a través de la interacción con la propia naturaleza y el entorno inmediato. A la postre, la poesía de Miguel Hernández condensaría ambas vertientes y, junto a la formación humanística de los jesuitas, los versos de sus poemas contendrán el instinto rebosante de quien fue naturaleza en la naturaleza. Y, siguiendo con el recorrido habitual de nuestro pastor, seguro hallaría por aquellas calles el “olor tibio de tahona y de pastelerías. Dulces santificados, delicia del paladar y del beso; el dulce como rito prolongado de las fiestas de piedad”, pero ninguna como la tahona de su amigo Carlos Fenoll, el panadero poeta que le cede a Miguel su sección en el periódico El pueblo de Orihuela para publicar “La sonata pastoril”, el primer poema que vio la luz, uno de los tantos que escribiría en la soledad del monte, al arrullo de sus ovejas, en cualquier pedazo de papel de estraza o en aquel famoso cuaderno de cuentas: “en esta siesta de otoño/bajo este olmo colosal/que ya sus redondas hojas al viento comienzo a echar/te me das, tú, plenamente,/dulce y sola Soledad”. Y en algún momento levantaría los ojos del papel, fijaría la vista en el perfil recortado de su Orihuela, a lo lejos y pensaría “Si queréis el goce de visión tan grata / que la mente a creerlo terca se resista; / si queréis en una blonda catarata / de color y luces anegar la vista; / si queréis en ámbitos tan maravillosos / como en los que en sueños la alta mente yerra / revolar, en estos versos milagrosos, / contemplad mi pueblo, contemplad mi tierra”.

Y, sin embargo, Madrid esperaba…

En la foto de arriba, Miguel Hernández junto a sus compañeros de la escuela del Ave María (1921). En la de abajo, junto a sus compañeros de la escuela de Santo Domingo (1923). Hagan apuestas. ¿Quién es Miguel Hernández?

miércoles, 21 de abril de 2010

42. La Senda del Poeta

El pasado fin de semana se celebró- como cada año desde 1998- la Senda del Poeta, un peregrinaje a pie que recorre los lugares de la provincia de Alicante relacionados con Miguel Hernández. El camino se estructura en tres etapas: Orihuela-Albatera; Albatera-Elche y Elche-Alicante. En total son unos 70 quilómetros que, de alguna manera, representan algunos de los momentos más importantes de la vida de nuestro poeta.
El recorrido comienza en Orihuela, en la zona conocida como el "rincón hernandiano" pues en él se encuentran la casa en la que Miguel vivió con sus padres y hermanos -no olviden recorrer sus estancias, la cuadra y, por supuesto, el huerto presidido por la famosa higuera- y justo al lado, el colegio Santo Domingo donde, como es sabido, estudió hasta marzo de 1925. Otros muchos lugares son importantes en esta localidad. Por ejemplo, el Seminario que, cual centinela, vigila Orihuela desde lo alto. Las vistas desde allí de la huerta de la Vega Baja son impresionantes y el visitante tiene la oportunidad de contemplar o hacerse una idea de los paisajes que un joven Miguel oteaba desde las alturas y que le sirvieron de fuente de inspiración para alguno de sus poemas. Este recinto sirvió como cárcel durante la Guerra Civil y en él estuvo retenido el poeta-pastor cuando un tal "Pata Gorda" lo denunció al salir de la casa de la familia de su íntimo amigo Ramón Sijé. Allí fue a parar y lo que antaño había sido un lugar de recreo -se dice que siendo Miguel niño se deslizaba por un tobogán natural que hay en la subida hacia el seminario, "arrejullaora" lo llaman los oriolanos- y de contemplación se convirtió en una atroz jaula a la que ya no llegaba el olor de las corregüelas ni de las gramas sino el hedor a sufrimiento y dolor.
Asimismo, es interesante pasear por la Calle Mayor pues en ella se encuentra lo que fue el domicilio familiar de la familia de Sijé -actualmente es la sombrerería Gavilanes-, cerca del cual está el taller de costura donde había trabajado Josefina Manresa. A unos pasos de este lugar se puede visitar la Plaza del Marqués de Rafal, antiguamente conocida como Plaza Ramón Sijé. Es aquí donde fue tomada la famosa fotografía en la que aparece nuestro poeta leyendo una alocución en recuerdo de su "compañero del alma" en la que solicitaba que dicho lugar conservara siempre el nombre de su amigo, si bien sus deseos no fueron cumplidos. Es en el camposanto de la localidad donde descansan los restos de José Marín, personaje que motivó que Miguel Hernández escribiera uno de los poemas más bellos de toda nuestra literatura.
La Senda nos conduce a través de la huerta hacia Redován, localidad natal del padre de Miguel. En todo momento, nuestros pasos son seguidos por la presencia muda pero imponente de las montañas que rodean estos lugares. Es gratificante para los sentidos respirar los aromas a jazmín y a azahar que cantaba el poeta y disfrutar con el paisaje de naranjos, limoneros y otros cultivos propios de la zona. De este modo, la Senda permite al peregrino conocer de primera mano los olores, sabores y colores que plasma el poeta en su obra. Poco después se llega a Cox, un pequeño pueblo en el que Miguel vivió sus momentos más felices pues fue allí donde residió tras casarse con Josefina y donde nacieron sus dos hijos. Muestra de ello da la estatua que preside la Plaza del Ayuntamiento, la única en el mundo en la que aparece Miguel Hernández con su "morenica" -como llamaba cariñosamente a su esposa- y su segundo hijo -Manuel Miguel, al que le escribió sus famosas "Nanas a la cebolla"-. El amor del poeta hacia esta tierra queda patente en algunas de sus declaraciones cuando viajó a la URSS para participar en el V Festival de Teatro Soviético: "Echo mucho de menos a Cox y lo que hay dentro de él que quiero".
La ruta continúa por Granja de Rocamora y Albatera, localidad en la que hubo un campo de concentración donde perdieron la vida muchos compañeros de nuestro poeta. La siguiente parada importante es Elche, ciudad conocida por su Misteri y por su Palmeral, pero también porque en ella recibió Miguel el único premio literario que se le concedió en vida en marzo de 1931 y porque tras su muerte, Josefina trasladó su domicilio a esta localidad. Allí vivió Manuel Miguel y siguen viviendo sus nietos y nuera. Asimismo, el Archivo Municipal de Elche custodia los manuscritos del poeta.
La tercera etapa finaliza en Alicante, lugar asociado a los últimos momentos de vida de Miguel. Fue en el Reformatorio de Adultos de la ciudad donde contrajo matrimonio religioso con Josefina Manresa unos días antes de morir y donde la llama de su vida se fue apagando poco a poco mientras escribía sus últimos poemas de Cancionero y romancero de ausencias. Resulta paradójico que, actualmente, esa prisión se haya convertido en el Palacio de Justicia de la ciudad. Ironías de la vida, pues lo que menos hubo en ese lugar fue justicia para un preso inocente cuyo único delito fue luchar por sus ideales y ser coherente con sus principios. Los últimos pasos del peregrino le conducirán hasta el cementerio, a la tumba del poeta en la que descansan juntos él, su hijo Manuel Miguel y su esposa.
La Senda del Poeta nos ofrece una posibilidad única de entender más a Miguel Hernández como persona y como poeta, pues sus caminos nos permiten conocer algunos de los lugares más emblemáticos e importantes en la vida del oriolano. De este modo, el peregrino se convierte en una especie de Pío-Pa - ese gorrión intrépido que no duda en sobrevolar la provincia para ayudar al prisionero del famoso cuento del poeta- que puede recorrer los lugares más soleados de esta tierra, tierra de palmeras, de huerta y de mar en un acto de comunión y de reencuentro con la esencia de Miguel Hernández, con todo aquello que marcó su felicidad y su ocaso. Este año hemos sido más de 4000 Pío-Pa. Esperemos que el vuelo de estos "gorriones del aire, chiquillería de los arrabales" no cese nunca, pues de este modo el canto de Miguel Hernández se escuchará con más fuerza si cabe en esta región soleada. Su región.

NOTA: Agradezco a mis alumnos de 4º ESO el interés que mostraron en la primera etapa de la Senda y el respeto y la buena actitud que han tenido en las clases que hemos dedicado a la figura del poeta. Espero que a partir de ahora voléis vosotros solos por el maravilloso universo hernandiano.

FOTOGRAFÍA: Estampa de la primera etapa de la Senda. Hilera de peregrinos con la huerta y las montañas como compañeras de viaje.




martes, 26 de enero de 2010

29. Miguel, canto y vuelo

2010 ha nacido con nombre y apellidos propios: Miguel Hernández Gilabert (1910-1942) pues este año se celebra el centenario del nacimiento del famoso poeta oriolano. Se presentan ante los lectores del escritor interesantes meses plagados de actos conmemorativos. Ayer, 25 de enero, tuvo lugar el pistoletazo de salida con el estreno nacional de Miguel, canto y vuelo en el Teatro Principal de Alicante -ciudad en la que, como es sabido, reposan los restos mortales de Miguel-. Se trata de un espectáculo multidisciplinar dirigido por José Luis de Damas y producido por Paco Marsó en el que se conjugan la recitación de poemas, el diálogo teatral y la danza al son del acompañamiento musical en directo de piano, violoncello y percusión.

Con un decorado austero formado por elementos tan simbólicos en la vida del poeta como son la higuera, la luna y las ventanas enrejadas de la prisión, el director del montaje logra crear un ambiente íntimo capaz de envolver al espectador a través del lenguaje corporal de Josefina Manresa -interpretada por la bailarina Macarena Vargas- y del verbal, basado éste en la palabra. ¿Y qué mejores palabras que las escritas por el propio poeta? Por ello, son los poemas de Miguel Hernández los que ocupan el grueso de la representación/recitación. La obra comienza con el encuentro casual de dos Migueles, uno que regresa de Madrid y otro que se dispone a emprender su viaje a la capital. Este desdoblamiento del protagonista explica el título, pues uno de ellos -Alberto Delgado- representa a "Miguel Canto"- el poeta ingenuo que desea triunfar con sus escritos, generoso y optimista que acaba resignado- mientras que el otro -Miguel Molina- da vida a "Miguel Vuelo" -el luchador infatigable que desea ser libre-. A partir de aquí, Canto y Vuelo mostrarán al público algunos de los momentos más importantes en la vida del poeta-pastor declamando, como ya se ha señalado, varios de sus poemas más conocidos: "Llegó con tres heridas", "Me llaman barro aunque Miguel me llame", "Nanas de la cebolla", "Elegía a Ramón Sijé", "Eterna sombra", "Después del amor", "Sino sangriento" y "Vuelo".

Por otra parte, el texto propiamente teatral está basado en el cuento inconcluso El gorrión y el prisionero, un relato entrañable que muestra el sufrimiento del poeta en la cárcel. En el escenario, Miguel Canto está encadenado y recibe la visita de un gorrión con el cual conversa. Son palabras desgarradoras de un hombre conocedor de la cercana tragedia que le acecha: "Al cabo de un día y una noche me voy a morir. Me matarán. Dicen que soy una mala persona y que es preciso que muera. No sé qué habré hecho. Ni en sueños ni despierto me acuerdo de haber sembrado ni cosechado el mal. Sólo una mujer pudiera salvarme, pero su casa está lejos de aquí, en la región más soleada de estas tierras (...) Mañana no viviré... Lo siento por mi hijo, ¡quién tuviera tus alas, gorrión loco!". Entre el pajarillo y el prisionero se establece una comunicación especial y es éste el encargado de volar hasta los brazos de Josefina para hacerle entrega de un desgarrador escrito que le envía su esposo. Cumple, de este modo, el deseo de Miguel Canto de ver por última vez a su familia, pues el gorrión no es otro sino Miguel Vuelo, capaz de romper hasta los barrotes más duros de la cárcel. El desenlace inventado para este cuento en las tablas es, realmente, estremecedor.

Miguel, canto y vuelo combina, por tanto, la danza, la recitación y el diálogo teatral para mostrar al público la figura de Miguel Hernández en profundidad, con todos sus matices: como esposo y padre, como amigo, como escritor, como luchador infatigable, como alma libre, como persona resignada, como un ser generoso... Su figura queda así ensalzada positivamente y se consigue que el espectador sienta empatía hacia él. En este sentido, es encomiable el trabajo de los actores, que declaman e interpretan con la intensidad justa, sin caer en la exageración patética del drama que están representando. Buena muestra de ello fueron los intensos aplausos con los que el público asistente reconoció el mérito del montaje, así como las lágrimas de la nuera del poeta.

Queda inaugurado el año hernandiano. Serán muchos los actos que se celebren en su honor, los congresos, las conferencias, los conciertos... , todos ellos merecidísimos pues, más allá de consideraciones políticas, es incuestionable su valía como poeta y su integridad como persona -paradigma de fidelidad a sus principios y de coherencia- mas no olvidemos que el mejor homenaje que se le puede rendir a un poeta es leer su obra.