lunes, 23 de mayo de 2022

572. Blanca Portillo o el silencio hecho palabra

 


Cuando el silencio se enseñoree también de nosotros y nos convirtamos en los vasallos que laboran la eternidad en los estériles campos de sus callados feudos, en los manuales de Historia del Teatro todavía alguien podrá leer el nombre de Blanca Portillo como ahora leemos los de María de Navas, Francisca Baltasara, María de Zayas, María Guerrero o Margarita Xirgu. Porque la excelencia de la actriz madrileña, cosechada a fuerza de tesón y contra toda adversidad espuria, es hoy el blasón con que triunfará del tiempo y su inquina.

Su último trabajo, la adaptación para las tablas del discurso que Juan Mayorga leyera durante la ceremonia de su ingreso en la Real Academia, es un milagro de las artes escénicas. Y no solo por el evidente riesgo que constituye querer versionar para el teatro un acto meramente académico, sino por el titánico esfuerzo que supone para la actriz permanecer durante casi dos horas defendiendo ella sola un texto de vocación ensayística y rigor intelectual, y hacerlo con tal apasionamiento que la palabra erudita –con su acaso de inevitable frialdad– se convierta en un homenaje al teatro a través del concepto del silencio, a la postre, pretexto y fin al mismo tiempo. Blanca Portillo, ataviada con traje de gala, lee para los académicos el texto de Mayorga, quien ya fantaseara con la posibilidad real de que fuera un actor el que llevara a cabo aquel acto protocolario, trasunto tal vez del desdoblamiento teatral, y una leve intrahistoria (la de la actriz en paro y olvidada, que recibe el encargo del flamante aspirante a la Academia) basta para hilar argumentalmente la escasa trama. Al hilo de las reflexiones del texto –una auténtica clase magistral que debiera representarse en todas las facultades de Filología–, la actriz interpreta fragmentos de algunas piezas teatrales –pero también de otros géneros– que tienen el silencio como protagonista: el silencio autoritario del Creonte de Antígona o el impuesto por Bernarda Alba; el silencio desamparado que habita los espacios entre las réplicas de los diálogos de Chéjov; la incontinencia rebelde de Sancho ante el silencio marcado por su señor don Quijote; el «silencio articulado» –como lo definió mi Beatriz durante la cena posterior a la obra– del teatro del absurdo; el silencio divino que sufre el personaje del Inquisidor en el cuento interpolado en Los hermanos Karámazov; el silencio incómodo de la pieza musical 4’33”, de John Cage (reproducido hasta el último segundo por la actriz durante la representación, en un pasaje de la obra tremendamente arriesgado y audaz); o el silencio enamorado de Segismundo ante Rosaura (emocionado homenaje a uno de los papeles cumbre de Blanca Portillo). Por no hablar de la reflexión metafísica del silencio, convertido en ontología, especialmente durante la introducción;  la reivindicación política a él vinculada; o la lección teórica del silencio relacionada con sus posibilidades técnicas en el escenario: las pausas, las acotaciones o los apartes. El texto de Mayorga lo podrá encontrar el lector curioso publicado por la editorial La Uña Rota.

 En el debe del montaje, algunas incorporaciones de sesgo feminista que no por legítimas son menos forzadas o erróneas (como el reproche a los miembros de la RAE por su rechazo a los dobletes gramaticales de género; la supuesta superioridad interpretativa de las actrices por encima de los actores; o ese bonito ejercicio de sororidad en el que Portillo reformula el famoso pasaje final donde Bernarda Alba pide silencio a sus hijas, convirtiéndola, en su hermosa reinterpretación, en una supuesta víctima más del sistema patriarcal, que es otra forma de silencio).

Donde no hubo silencio, sin embargo, fue en la aclamación final desde el patio de butacas, que se prolongó durante minutos. Nada extraño si uno piensa, con razón, que esta obra de Blanca Portillo adquirirá con el tiempo algo de legendario, como aquel Lorca de Juan Diego Botto, y que el eco de esos aplausos desafiarán el silencio de los siglos. Aunque nosotros, ya silencio perpetuo, no estemos allí para comprobarlo.

lunes, 16 de mayo de 2022

571. 'Summertime blues'

 


Estas últimas semanas he andado meciéndome entre el melancólico vaivén de la agradabilísima prosa de Diego Prado. Seguramente sea la melancolía el sentimiento que mejor se aviene con el ejercicio de la lectura y, comoquiera que Diego Prado administra con maestría la nostalgia y los mundos languidecientes, la experiencia ha sido adictiva, pues a ver quién es el embustero que se resiste a refocilarse en el alma de blues que todos llevamos dentro. El autor ya advierte en el prefacio de su novela que el argumento parte de un hecho real, la muerte en 1960 del ídolo del rock and roll Eddie Cochran en un accidente de tráfico y la posterior custodia de su guitarra por parte de un joven policía llamado David Harman. Sobre la base de este acontecimiento, Prado fabula mezclando realidad y fantasía, y pasa lo de siempre: que todo ente de ficción acaba siendo real en tanto que existe en la literatura, aunque esta premisa solo es cierta si los personajes tienen verdad, y los personajes de Prado –créanme– tienen mucha verdad; así que doy fe de que Johny y Jane y Whitaker y todos los demás existieron realmente. Johny, un bala perdida que está enamorado de la chica bien de un pueblecito de Alabama que es fan de Cochran, promete conseguirle a aquélla la guitarra del cantante. Con esa meta, acude junto a su amigo, el larguirucho Whitaker, al concierto de Cochran en Somerset, el último que daría el músico, pues de camino al aeropuerto para regresar a EEUU se produce el fatídico accidente. A partir de aquí y con la guitarra casi expedita, Prado activa los resortes de la ficción.

Leer Summertime blues ha sido como estar viendo una de esas películas americanas ambientadas en los años 60, sujetas a un clasicismo canónico que se agradece mucho en estos tiempos de rupturismos literarios. Y no solo porque la novela beba del lenguaje cinematográfico o porque el libro constituya un friso de los acontecimientos históricos más relevantes que jalonan aquella década en EEUU (entre ellos la guerra de Vietnam a la que el autor dedica varios capítulos), sino porque Prado es capaz de crear la atmósfera precisa para transportarnos a aquel tiempo y a aquel país ensamblando con precisión todos los motivos recurrentes que el lector, a la postre depositario del imaginario colectivo, espera encontrarse, y todo ello sin menoscabo de la originalidad y auspiciado por un innegable talento narrativo. Así, los tipos humanos, la concepción del mundo, los registros lingüísticos y, por supuesto, la banda sonora, se acomodan perfectamente a las expectativas del lector, que halla el placer del reconocimiento a la vez que se embarca en una buena historia. Se agradece también la noble voluntad del autor de concebir su libro como un artefacto literario desde el punto de vista estilístico, y aunque, persiguiendo esa empresa, quizás concatene sin la necesaria dosificación metáforas y comparaciones literarias, tampoco estorban, aunque la limpieza de la prosa, tan agradable y amabilísima per se no las requirieran con tanta profusión.

Por lo demás, Summertime blues es un homenaje a los ideales, a la amistad y la memoria. Sobre este último tema descubrirá el lector el acierto estructural de dos historias paralelas en planos temporales distintos que acaban encontrándose. Y hay algo también del valor de la intuición, a veces aderezada con su pizca de esoterismo. Pero para mí, como dije al principio, Summertime blues es sobre todo un canto a la melancolía, al tiempo periclitado, al exilio de quienes sienten que ya no se reconocen en la época en que viven, pecios ellos mismos del naufragio del tiempo y del desecanto que acaban arrastrados por el oleaje a una playa solitaria donde el verano es solo una canción de blues. Y no: there ain't no cure for the summertime blues. Afortunadamente.

lunes, 9 de mayo de 2022

570. 'El Ruletista'

 


La editorial Impedimeneta anda ya por la sexta edición de El Ruletista desde que en 2010 decidiera recuperar este relato corto semi inédito de Mircea Cǎrtǎrescu. El cuento formaba parte de un volumen mayor titulado El sueño, y fue publicado en 1989, aunque no superó la censura comunista y el autor rumano tuvo que transigir con la mutilación del libro, poda que suprimió completamente ese relato y parte de los otros que integraban la obra. Hubo que esperar a 1993 para ver publicado el libro completo, esta vez con el título de Nostalgia. Pero de la intrahistoria de El Ruletista y del libro de cuentos donde acabó inserto puede dar mejor cuenta su traductora, Marian Ochoa de Eribe, autora también del pequeño estudio preliminar que abre la edición de Impedimenta.

A mí me interesa más bucear por las causas que han contribuido a que ese cuento haya seguido reeditándose casi ininterrumpidamente durante una década. Más allá de la lealtad de los lectores de Cǎrtǎrescu y de la socorrida brevedad del librito, hay en El Ruletista un magnetismo que se parece mucho al que ejerce el innominado protagonista del relato. El llamado Ruletista, con el que el narrador dice haber tenido una irregular relación de amistad desde la infancia, decide superar sus penurias económicas prestándose al ritual de la ruleta rusa, de cuyo trance sale siempre milagrosamente indemne. Tanta es la suerte que acompaña al incauto, que llega un momento en que decide ir incorporando más balas al tambor del revólver hasta cargarlo por completo con los seis cartuchos. Cǎrtǎrescu describe, con un gran dominio de la atmósfera, la sordidez de los conciliábulos y sus protocolos, y denuncia, aunque veladamente, la ociosidad de la clase acomodada, que disfruta de forma insana con el morbo de esa ceremonia trágico-lúdica apostando su dinero a costa de la vida de vagabundos harapientos y demás parias de la sociedad. Pero es el ruletista en cuestión quien acapara toda nuestra atención. Cuando las ganancias de las apuestas han conseguido paliar sus urgencias monetarias y, por lo tanto, hacen innecesaria ya su participación en la macabra liturgia, el protagonista sigue jugándose la vida asumiendo cada vez más riesgos y convirtiendo el acto en un espectáculo que aliña con todo tipo de sofisticadas performances. En realidad, detrás de esa actitud enfermiza subyace la radicalidad metafísica que el coqueteo con la muerte exacerba hasta diluir la frontera entre ser y no ser, de acuerdo con la tendencia onirista de la literatura rumana de los 80 que incorporaba el sueño como simbionte de la vida hasta confundirse con ella, premisa filosófica que, por otro lado, ya había cultivado, entre otros, Calderón en nuestro teatro áureo. Durante el relato, se intercalan reflexiones metaliterarias del narrador, un exitoso escritor ya anciano, insatisfecho de su balance literario y que parece cifrar su inmortalidad en la narración de este cuento postrero, igual que el protagonista desafía también la lógica de la vida, agrandando la leyenda de su gesta para alcanzar la inmortalidad incluso en la muerte. El sesgo de la literatura onirista llega aquí a su culmen al asumir el narrador su condición de ente de ficción dentro del relato (a la manera de Unamuno en Niebla), condición en la que fía su eternidad, pues se obrará su resurrección cada vez que el lector se acerque a su historia y le insufle de nuevo de vida. De tal manera, que la inmortalidad legendaria del ruletista y su éxito en la memoria colectiva de los lectores está unida a la propia inmortalidad del narrador: un canto a la posteridad merced a la Literatura. La última bala del cartucho.

 

A Ana Robles, que vació el tambor del revólver cuando yo era un ruletista y la vida, una ruleta rusa.

lunes, 2 de mayo de 2022

569. Clubes de lectura

 


Siento por las presentaciones de libros una contradicción extraña. Por un lado resultan necesarias para la puesta de largo de una obra, para su saludo entre las sociedad lectora, que acude, como en un ritual, al bautismo de la nueva criatura y acompaña al padre en la celebración. A veces se usan, de forma retórica, esos términos de corte religioso para referirse a este tipo de actos. Así, se dice que tal o cual presentador oficiará la ceremonia; que el poeta salmodió sus versos para la feligresía literaria y que los asistentes, en esos templos de la literatura que son las librerías, comulgaron con la oblea del papel. Y hasta la compra del libro se antoja comprometedora, como cuando el monaguillo pasa el cepillo al terminar la misa. Y así, aquella presentación queda revestida de cierta solemne formalidad que quiere legitimar lo que en realidad es: una transacción comercial. Porque, durante las presentaciones de libros, no puedo dejar de pensar que toda esa puesta en escena no deja de ser un ejercicio mercantilista donde el escritor debe seducir cual mercader bereber al público asistente, ardid del que también participa el presentador, ese hombre que pasaba casualmente por allí y que leyó el libro y que quedó maravillado y extasiado y alguna hipérbole más. Una presentación es, a veces (concedamos que no siempre), la solapilla o la contracubierta o la faja de los libros hechas teatro vivo. Y claro que las editoriales tienen que vivir y las librería que ceden su espacio deben facturar, pero para determinado escritor, para quien la literatura lo es todo excepto un negocio, debe de resultar bastante incómodo formar parte del bazar. Y si accede es, ante todo, porque la literatura es un acto de comunicación y el que escribe aspira siempre a poder comunicarse.

Por supuesto, en esto de las presentaciones hay honrosas excepciones. Pero donde nunca habrá trampa ni cartón es en los clubes de lectura. Allí no hay ya que convencer a nadie para que compre tu libro; todos lo han comprado por voluntad propia y sin más intermediario que el boca-oreja, la curiosidad o, si la carrera del escritor es dilatada, la lealtad de quien apuesta sobre seguro. En los clubes de lectura hablan, sobre todo, los lectores. Allí se permite el agasajo y la impertinencia; el halago y el escarnio público; el pudor y el huroneo morboso. Se puede ser bondadoso o maleducado. Pero se habla de hechos consumados, los recogidos en las páginas del libro del que se debate. Y como cada lector es un mundo, y la inteligencia y la sensibilidad admiten en ese foro muchas y variopintas capas de permeabilidad, aparecen en las interpretaciones hallazgos inesperados, perspectivas nunca imaginadas por el propio escritor, alternativas argumentales inspiradoras, críticas constructivas que ayudan a mejorar y, sobre todo, el cariño y la complicidad de ese conciliábulo de letraheridos que se reconocen en su pasión por la lectura y que convierten esos actos en un ejercicio de camaradería duradera. El escritor ya no se siente en la obligación de convencer ni de defender su proyecto literario sino que participa como uno más de la discusión, casi como si hablara de un libro ajeno, un libro que ha escrito otro (los libros siempre los escribe El Otro) y descubre complacido, cómo su protagonismo mengua, en beneficio de la obra. Allí la única transacción que existe es la de las ideas y la de las palabras y, si se tercia, la de unos vinos que desaten la lengua. Un club de lectura es siempre algo más que un club de lectura. Tiene vocación de hogar.

A Arturo Espinosa gran maestre de la masonería de todos los clubes de lectura.

lunes, 18 de abril de 2022

568. 'Cenotafios'

 


En la primera de las rimas de Bécquer, el poeta romántico ya se lamentaba de la imposibilidad de domeñar «el rebelde, mezquino idioma» y luego han sido muchos otros quienes han reflexionado sobre las limitaciones del lenguaje, como Angélica Lidell, Paul Celan o Antonio Gamoneda, por nombrar solo algunos de los autores con que el poeta Germán García Martorell abre las diferentes secciones de su primer poemario, Cenotafios, Premio Nacional de Poesía Joven Félix Grande en 2020.

 Y es que Cenotafios es, efectivamente, una auténtica ontología del lenguaje explorada desde el propio lenguaje poético, metaliteratura de altos vuelos con vocación trascendente. El poeta es un orgulloso depositario del idioma («Aprendí mi nombre en la lengua de mis padres»), y su padre, el poeta Ramón García Mateos, a quien yo no quería citar en ningún momento de esta reseña, decía lo propio en Triste es el territorio de la ausencia («Yo hice el mundo en mi lengua castellana»), verso recogido a su vez de un soneto de Dámaso Alonso, que es otro padre –quién lo duda–. Sin embargo, García Martorell sabe también que ese mismo idioma que le constituye no es más que un constructo arbitrario con que los «fundadores» pactaron «todos los lugares» sin atender al «estupor de saberse inmerso –[perdido]– entre los nombres»; que no soluciona la angustia metafísica de vivir, pese a la denodada «hemorragia verborraica» de todos aquellos que «susurran / inestables / un no sé quién soy / en un frágil yo de papel». En ese sentido, el poema es solo un despojo donde, a lo sumo, se puede vislumbrar, desde la celosía de su celda claustral, una herida: «cae la letra y es / el desgarro. O el fracaso».  El poeta denuncia el estatismo del lenguaje, su solipsismo, su anquilosamiento, una fosilización que pone en evidencia lo huero de los étimos: «reposo corruptor de la verdad», «aullido apolillado», «huir de la semántica estática», «la orfandad semántica de las palabras», ese legado de «palabras atávicas» que intentan tapar «el hueco de las mentiras cicatrizadas», porque allí donde «el código es [solo] el fin», «tal vez solo existen / cenotafios», una tumba sin cadáver. «Caminamos ante las fallas de los vocablos / en las hendiduras del verso y / la costumbre /en las grietas del acervo». Ante esta tesitura, el poeta se lanza a la búsqueda de un nuevo lenguaje, a su deconstrucción. Los violentos encabalgamientos generan ambigüedad en los enunciados, constatando la debilidad significativa de los mensajes; las cursivas se aferran a la intertextualidad de los versos que se citan como buscando asideros entre el desconcierto (Baudelaire, Avelino Hernández, Gamoneda, García Mateos, etc); de repente desaparecen las mayúsculas negando la solemnidad de lo heredado; se impone la fonética, como en una vuelta al balbuceo auroral; y a los adverbios relativos se les coloca la tilde convirtiéndolos en adverbios interrogativos –«dónde»– tan a propósito para la búsqueda; otras veces se violenta la sintaxis. Se trata de «fundar los términos como / un colapso en el universo del discurso», aunque para ello haya que acercar «el ácido de la orina» a las «altas torres que hemos heredado», que recuerda a las «indelebles guirnaldas de ácido úrico» con que Alberti y compañía decoraron las paredes de la Real Academia. Se insta a la «designificación» y el resultado más satisfactorio parece el de situar el lenguaje en los umbrales o en los puntos, pues «toda palabra se encuentra / en los intersticios» y «hay que avanzar en espacios liminares» y «constatar la desaparición» y el triunfo del silencio resonante. Pero esta preocupación del lenguaje no se basa solamente en el desasosiego del teórico, sino en el compromiso social que el poeta asume para la literatura y que, por eso mismo, hace necesarias las palabras significativas alejadas de los tropos. Si Lorca, en Poeta en Nueva York decía «yo no he venido a ver el cielo», sino «la turbia sangre», Germán, como en un eco, responde: «porque yo / tampoco he venido aquí / para hacer dormir a nadie» y por eso se lamenta de convertirse en «sepulturero del verso» y no «en obrero».

Cenotafios es un libro ensamblado con admirable cohesión, arriesgado pero certero y profundo en su planteamiento ensayísitco-poético, que augura el nacimiento de un poeta singular llamado a engrosar esa otra nómina de autores jóvenes en los que la poesía cifra su futuro.

lunes, 4 de abril de 2022

567. El auténtico Oeste está lejos de mí

 


Montse Tixé dirige actualmente una nueva puesta en escena de True West, una de las obras que forman la “trilogía de la familia” del escritor estadounidense Sam Shepard. La adaptación del texto corre a cargo de Eduardo Mendoza y los actores Tristán Ulloa y Pablo Derqui dan vida a los protagonistas de esta comedia negra, con un trabajo encomiable.

 Shepard sigue la estela de los grandes dramaturgos americanos como Tennessee Williams o Arthur Miller y recrea en sus obras un universo árido en el que la ruralidad adquiere atmósferas asfixiantes hasta la alienación. En este contexto, aparecen los hermanos protagonistas de este drama quienes hace un lustro que no se veían. Austin –un escritor de vida acomodada, casado y con hijos, que intenta acabar un guion para venderlo a la industria del cine– recibe el encargo de cuidar la casa de su madre mientras ella pasa unos días en Alaska. Allí llega también Lee, el hermano díscolo, pícaro y dipsómano, con una existencia disoluta y desordenada, quien pasa ciertas temporadas en el desierto, alejado de una sociedad en la que no encaja. Desde el primer momento, el reencuentro familiar deja entrever la tensa relación que mantienen ambos hermanos, incluso la envidia que parecen tenerse mutuamente pues ambos anhelan la vida del otro. El conflicto se agrava con la aparición de Saúl, un productor de Hollywood, quien les insta a colaborar en la redacción de un guion de un wéstern que podría mejorar considerablemente su situación económica. Este trabajo conjunto es el detonante que hace estallar los conflictos y reproches que durante años han oxidado sus lazos fraternales. Lo que hubiera podido ser una oportunidad para limar asperezas le sirve a Shepard para reflexionar sobre las negativas consecuencias de las relaciones familiares. Austin y Lee son personajes desnortados, con un conflicto identitario, hijos de un padre alcohólico y de una madre que se evade de la realidad y se refugia en el absurdo, tal y como se refleja al final de la representación cuando aparece en escena y tanto su comportamiento como sus diálogos son un sinsentido. Austin y Lee, tan diferentes en apariencia y tan iguales en cuanto a su desarraigo familiar, experimentan una inversión de papeles. Así, Lee muestra su lado más responsable y se afana en terminar el texto mientras que Austin se deja, se rinde, se refugia en la bebida y en el sueño de una vida en el desierto, espacio que mitifica. Todo ello en una atmósfera asfixiante en la que el calor, los grillos, las chicharras y los aullidos de los coyotes parecen augurar un desenlace trágico.

Quizás sea un problema mío, si es que se puede llamar problema a tener criterios y gustos propios. Pero soy incapaz de conectar con esa literatura norteamericana de ambientes sórdidos, personajes burdos, violentos, borrachos y existencialmente desarraigados. Eso que a veces se ha dado en llamar el realismo sucio es para mí solamente una concatenación de diálogos aguardentosos, soporíferos y repetitivos cuya supuesta aspiración al vacío metafísico se limita a cuatro salidas de tono, cinco exabruptos, seis o siete pataleos infantiles y poquísima verdad. Ni empatizo con los personajes, que se me antojan una irritante caterva de inmaduros, ni logro catarsis alguna, ni hay una pizca de emoción. Si lo que se pretende con todo eso es calcar ese vacío en las almas de los espectadores, pueden ahorrarse el esfuerzo. Hay más desarraigo en un parrafito de Sebald que en todas las puerilidades de los niños malcriados de Sephard. Si ese es el verdadero Oeste, déjenme en el Este de mis queridas antípodas literarias.

lunes, 28 de marzo de 2022

566. 'En el descuento' (reseña gamberra)

 


Que la vida es muy puta eso lo sabes tú mejor que nadie, amigo Chúster, que te has chupao cinco años en la trena por no ir con el chivatazo a la guripa y te has comido tú solito todo el marrón de aquel asunto de la prostituta rumana que se cargó el hijo de perra de tu jefe, el tal Cisco. Joder con las lealtades, Chúster. Y luego sales del trullo y el Cisco te mete en otro fregao y tú, que no tienes donde caerte muerto, a ver qué haces si no, pues claro, aceptas el encarguito, que yo lo entiendo, que hay que comer y todo eso, pero no me jodas, Chúster, que parece que no has aprendido nada durante tu lustro en el talego. La verdad es que menuda historia que te han montado el Ledesma y el Mañas ese, qué cabronazos. Que como personaje de ficción deberías rebelarte, igual que hizo aquel Augusto con Unamuno en Niebla, porque, joder, pedazo de embolao en el que te han metido en la novela. Y encima se presentan ambos con la pijada esa de la conjunción, Ledesma & Mañas, hay que joderse, como si fueran un puto bufete de abogados. Que, a ver, algo sí te han defendido, que me da a mí que mientras te creaban, se iban encariñando contigo. Si no, a cuento de qué ese japiending en una novela tan negra negra como ésta. Aunque lo del final dulce se puede debatir, que hay finales dulces que duelen como una puñalada trapera. Pero qué movidas, Chúster. Esta novela es negra como la pez. Aquí la pipa aristocrática del Sherlock es una cajetilla de Marlboro y la peña se fuma sus buenos chinos. Y el bigotito de marica del Poirot aquí es tu mostacho teutón, el único testimonio ya de aquella gloria efímera de cuando jugaste diez minutos en Primera División. Que sí, hombre, que sí, pa ti la perra gorda, fueron once, pero ya me entiendes. Y aquí los funcionarios chupatintas de los bevilacquas son gente del hampa, herederos de Rinconete y Cortadillo, escoria de los fondos más bajos de la sociedad. Y la gente habla como habla la gente de verdad, con sus palabras gruesas y su jerga y su espontaneidad, que para hablar como los poetas ya está la poesía. Aunque también tiene poesía este libro, la poesía de la derrota, de los juguetes rotos, de las vidas como el loto, que pugnan por elevarse por encima de la ciénaga. Y hasta para el Cisco hay frases memorables: «Una carraspera de fumador amplificó sus adentros poniendo al descubierto, más si cabe, toda la lobreguez de su entraña». Chulo, ¿eh? Y, como toda novela negra, también tiene su punto de denuncia social. Que no vamos a desvelarle aquí a la basca que lee el Diari los detalles de tu aventurita frenética por Madrid, Zaragoza y Barcelona, pero en cuanto los lectores se enteren de las malas formas de aquella burguesita catalana, digna heredera de las pijitas de Marsé, y sepan de sus intenciones, comprenderán tu furia, Chúster, comprenderán tu despecho acumulado por años y años de menosprecio, y sabrán que siempre existirá gente que querrá aprovecharse de la necesidad de otra gente, de la gente sin recursos ni horizontes, a quienes usarán a su antojo para satisfacer sus pequeños caprichos de señorones de barrio residencial. Y entenderán tu redención, Chúster, tú que estabas marcado por la tragedia. Así que yo brindo por ti, amigo Chúster, brindo por ti aquí, en esta barra de El Topless o de El Cisne, qué más da, si todas son el mismo locus amoenus de los perdedores –qué putada lo de tu hijo y lo de tu mujer, tío–, brindo por ti y por todos los parias del mundo, y brindo por Ledesma & Mañas, estos árbitros literarios que quisieron que marcaras tu último y mejor gol, aunque fuera en el descuento.

lunes, 21 de marzo de 2022

565. Mártires

 


La noticia es ya muy vieja en este mundo de vorágine informativa donde el titular de ayer queda pronto obsoleto por la novedad de hoy. Tampoco es que sea una noticia especialmente relevante, pero a mí, que tengo la manía de convertir la anécdota más pueril en un tratado de filosofía, sí me pareció significativa. Ahí va: «El presentador Ramón García declara que odia la Navidad». Así, a bocajarro. Y entonces uno repasa mentalmente las imágenes de Ramón García durante las sucesivas emisiones de las campanadas de La 1, con su capa, su jovialidad, sus brindis y sus buenos deseos para el año nuevo, y esa evocación nostálgica se deshace en la retina como se deshacían en las antiguas pantallas de cine las escenas de una película cuando se ponía a arder el celuloide en las cabinas de proyección. «Intento conciliar lo que siento con lo que transmito», añade Ramontxu con su puntito de víctima sacrificial ofrecida en el ara de la Felicidad y su tiranía. En cuanto leí la entrevista, se me vinieron a las mientes los esfuerzos de aquel personaje creado por don Miguel de Unamuno, el párroco Manuel, de San Manuel Bueno, mártir que, extinguida ya su fe, seguía representando su papel ante los feligreses para no arrebatarles la esperanza de la religión, acaso el único consuelo con que las gentes de su parroquia sanaban de la herida de la existencia. Si Manuel hubiera reconocido ante los fieles la pérdida de su fe, quizás habría demolido el asidero al que muchos se agarraban y habría contribuido a su desdicha. Perpetuando el engaño, en cambio, mantenía las almas en alto de sus parroquianos, aunque a él le lacerara por dentro su esforzado y doloroso martirio. Ramón García debiera haber tomado el ejemplo del Manuel de Unamuno: hay cosas que no se deben decir. O hacer. La actriz Meg Ryan destrozó los corazones de los castísimos estadounidenses cuando, rompiendo los moldes de su figura inocente y virginal, decide desnudarse en la película En carne viva, donde desempeñaba el papel de una profesora de escritura creativa obsesionada por un extraño. Ahí se acabó la carrera de Meg. Y aún recuerdo el murmullo desconcertado de la concurrencia cuando, en 1998, coincidiendo con el acto en que se invistió a Noam Chomsky como doctor honoris causa de la Universidad Rovira i Virgili de Tarragona, el lingüista declaró ante una sala a rebosar que había dejado de creer en la gramática generativa. Muchos de mis profesores de la facultad habían dedicado una vida entera a enseñar y defender las teorías de Chomsky al respecto. A veces, pues, hace falta hacer un acto de caridad: decir que adoras la Navidad, que crees en Dios Todopoderoso, que sigues siendo la niña inocente de Cuando Harry encontró a Sally o que la gramática generativa continúa siendo el método más eficaz para delimitar el río desbocado de la Sintaxis. Imagínense, si no, qué pasaría si los escritores ramplones y sin estilo declararan algún día que sus obras son pura bazofia destinada a una ralea de analfabetos sin criterio y que solo escriben así de mal porque las editoriales les piden que no se pongan demasiado exquisitos.  ¿Cómo se sentirían entonces todos esos lectores que se creen bendecidos por su ingreso en la alta cultura, legitimados sus gustos indecentes por los grandes críticos literarios y por los prestigiosos suplementos culturales que ensalzan sin pudor la mediocridad? No, por favor. Tamaño agravio no pueden permitírselo estos escritores heroicos que inmolan en la pira de las turbas adocenadas todo su talento para el bien común de la ignorancia. Que son, como el Manuel de Unamuno, mártires de la Literatura.  

lunes, 7 de marzo de 2022

564. La tiranía del espectáculo

 


Hace unas semanas acudimos a un museo para visitar una interesante exposición sobre el mundo etrusco. Nos acompañaba un guía al que apenas podíamos escuchar, pues en cada una de las salas sonaba de fondo, como parte de la musealización, una especie de música épica a un volumen inconcebible que impedía oír los detalles de la explicación con los que el pobre cicerone se desgañitaba en vano. Luego, cuando el guía nos dejó a solas para disfrutar con más calma de las piezas, la banda sonora etrusca, que era algo así como una mezcla entre Piratas del Caribe y Gladiator, continuaba su clamor de trompetas, tambores y platillos, ante cuyo éxtasis sucumbimos, abandonando antes de tiempo el museo. Al director de la peformance musealística debió de parecerle muy apropiada toda aquella barahúnda musical. En la redacción de su proyecto seguramente diría cosas como «experiencia inmersiva», «hacer vivir al visitante su propia película histórica» o «excitar la emoción del espectador mediante la simbiosis de las piezas y la música». Con nosotros, en cambio, lo único que consiguió fue echarnos del museo. Sometido a ese desprestigio del silencio que nos asola, el director de marras no se paró a pensar que quizás era precisamente el silencio el que podría obrar, con más capacidad inmersiva que cualquiera otra parafernalia, el vínculo entre el visitante y las piezas milenarias; que la belleza de los objetos y el vértigo del tiempo que nos separa de ellos se comunican mejor con nosotros en el parentesco común del silencio que son y del silencio que seremos.

Es la tiranía del espectáculo a la que se está sometiendo toda actividad humana y también el arte. Hoy los libros se promocionan mediante esa cosa infame que llaman booktrailers, como si de películas se tratasen; en los yacimientos arqueológicos te reciben unos señores disfrazados para teatralizar la vida de nuestros ancestros; y en los institutos se enseña la Literatura proponiendo a los estudiantes que ideen Góngoras y Quevedos instagramers. Hasta la muerte es ya un espectáculo y el fiambre de turno decide chamuscarse a su gusto en los crematorios mientras suena el My way de Sinatra. Los minutos de silencio ya no se entienden si no van acompañados de alguna pieza instrumental lacrimógena y efectista; y la guerra de Ucrania se televisa también con banda sonora de película bélica en telediarios y magazines, creando en el espectador una suerte de ficción cinematográfica mientras miles de civiles mueren masacrados aquí al lado, apenas a cuatro horas de avión. Durante los días duros de la pandemia, cuando los campos de fútbol estaban vacíos, los canales de televisión introducían el sonido de público enlatado para que el aficionado pudiera crearse la ilusión de los forofos, con sus ánimos, sus cánticos y sus insultos al árbitro. Y hasta en las reivindicaciones más justas y perentorias, la peña sale a la calle de batucada, que es una cosa que debe de imponer mucho miedo a los políticos.

Como creo haberle leído alguna vez a Varga Llosa, “en la civilización del espectáculo, el intelectual sólo interesa si sigue el juego de moda y se vuelve un bufón.”. Y así andamos, perdidos, y pertrechándonos de referentes bufonescos que desvirtúan la esencia de la cultura. Porque, como cantaba Freddie Mercury, aunque sin la grandeza trágica de su canción, el espectáculo debe continuar.

lunes, 28 de febrero de 2022

563. La memoria en barbecho

 


Espoleada quizás por el éxito de Dicen los síntomas, la editorial Tusquets recupera ahora La memoria del alambre, que Bárbara Blasco había publicado con Ediciones Contrabando en 2018. Hay una suerte de justicia poética en la resurrección de estas primeras novelas cuya innegable calidad no había contado en su día con una visibilidad proporcional a su excelencia. Y no por el esfuerzo ímprobo de las editoriales independientes y su heroica apuesta por la literatura de calidad, sino por las lógicas limitaciones que lleva aparejadas la gestión de los sellos humildes. Y, no obstante, no me parece osado afirmar que La memoria del alambre es, incluso, mejor novela que Dicen los síntomas, lo que ya es mucho decir.

La narradora de La memoria del alambre recibe un día un correo electrónico cuya remitente es la madre de Carla, una antigua amiga de la protagonista, conminándola a aclarar si la muerte de su hija en las vías del tren hace 25 años había sido accidental o fruto de un suicidio. La novela se convierte entonces en un barrunto de respuesta a ese tú que la interpela en el correo donde se evoca la adolescencia de las dos amigas en la Valencia de los inicios de la Ruta del Bakalao. Esos recuerdos alternan con los saltos al presente, gracias a los cuales conocemos que la protagonista es ahora una mujer algo desnortada, integrante de una orquesta verbenera de carácter itinerante de cuyo casposo repertorio musical se avergüenza la propia cantante. Las reflexiones, por cierto, sobre la música (o más bien sobre su muerte) no tienen desperdicio.

El magistral dominio de las elipsis narrativas permite retener al lector, atento siempre a los vislumbres argumentales que Bárbara Blasco dosifica con inteligencia. Y entretanto, la alternancia de pasado y presente parece erigirse en una suerte de juego de espejos en el que el ahora ofrece su resistencia al reflejo del ayer, como un bastión desde el que defenderse de los embates de unos recuerdos laboriosamente sepultados por el inconsciente para no recibir la bofetada de la verdad. En ese sentido, el nomadismo de la orquesta, esa vida siempre en movimiento, que pasa por los pueblos fugazmente y que nunca se ancla afectivamente en ninguno, parece ser para la protagonista una huida desesperada hacia adelante que no puede permitirse el lujo de detenerse a riesgo de que el estatismo subsiguiente abone la memoria en barbecho. En esa misma línea actúa el sexo, de naturaleza meramente evasiva, no siempre placentero, llevado a cabo en ocasiones con la inercia del autómata, pero un opiáceo a la postre, tan distinto del sexo rebelde y autocrático de la adolescencia evocada.

Pero la memoria siempre vuelve y su reelaboración artera (preciosa la significativa metáfora que da título al libro) nada puede contra el alambre que recuerda certero su forma inicial. Y con ella llega la culpa pero también la redención en la asunción de la misma y la famosa rendición de cuentas con el pasado. El reordenamiento catártico.

Respecto al estilo literario, se ha hablado de la prosa directa de Bárbara casi como un elogio de su espontaneidad. Y aunque, ciertamente, se trata de un estilo muy refrescante, a veces jubilosamente descarado y provocador, yo aprecio un trabajo muy minucioso con el lenguaje, lleno de hallazgos poéticos sorprendentes, originales e inesperados y de guiños autorreferenciales que demuestran mucho pico y pala en la elaboración de la prosa. Por eso un libro a perdurar. Y es que la Literatura es también alambre, y tiene su memoria.

lunes, 21 de febrero de 2022

562. El silencio que no es silencio

 


Aunque Sergi Bellver ha dejado escrito en alguna ocasión que preferiría que la crítica literaria focalizase más la atención en su obra que en su condición de nómada, mucho me temo que el romanticismo que inspira la vida itinerante del escritor barcelonés todavía dará alimento para alguna página más dedicada a esa faceta. Nada de malo hay en ello si no se pierde de vista que, como él mismo declara, el nomadismo no es un fin en sí mismo sino un medio para seguir escribiendo desde la soberana libertad que su misma naturaleza trashumante lleva abanderada. A la postre, la literatura es también una forma de nomadismo, aunque esa imbricación trascienda en el caso de Sergi el hallazgo metafórico. Y, por otro lado, tras leer su estreno como novelista, me resulta insoslayable solapar ambas dimensiones, la literaria y la viajera. Y no solamente porque Del silencio (Ediciones del Viento) constituya una topografía sentimental descrita con la minuciosidad de la experiencia y la delicadeza de los afectos, sino porque su personaje principal, János, el refugiado húngaro que busca asilo en París tras la «liberación» rusa, comparte con Sergi una forma ética y estética de estar en el mundo y también el desarraigo de quienes entendieron la mezquindad de las banderas y lo absurdo de «todas esas fronteras decididas en algún despacho por personajes que jamás pisan la tierra ni saben lo permeables que llegan ser las cosas fuera de los mapas. Que no conocen la vida real, la que nos mancha y nos mezcla, y a nuestros nombres y acentos con ella, igual que la misma lluvia empapa los campos de todos los vecinos, ya vinieran sus ancestros de una esquina de Europa u otra». Del silencio es un cinerama de los acontecimientos más relevantes de la historia de Europa desde la II Guerra Mundial hasta los años 60 del pasado siglo. Y uso expresamente el sustantivo «cinerama» porque los lances históricos se van sucediendo unos tras otros como un pase de diapositivas, casi impresionista, que van jalonando las vicisitudes del protagonista y determinando su destino sin renunciar nunca a aquel concepto unamuniano de la intrahistoria, que no permite que los grandes hechos eclipsen en la narración la verdad de las vidas individuales y su palmaria cotidianidad. En ese friso se esculpen también muchas de las manifestaciones culturales de esas décadas, sobre todo cinematográficas, literarias y musicales, de las que el autor lleva a cabo inteligentísimas écfrasis, y que conforman refugio y patria para el apátrida político, algo así como lo que suponía la arquitectura para Austerlitz, el personaje de Sebald, con el que János, por cierto, comparte aquella tragedia de olvidar por momentos su lengua materna, que es otra forma de destierro. Hay en la novela una suerte de descreimiento del género humano y de su capacidad redentora, que alterna, sin embargo, con una tímida filantropía retratada en un desfile de personajes frágiles, vulnerables y bondadosos en los que el autor parece cifrar cierta esperanza. Estructural y estilísticamente, me interesan más los remansos reflexivos que los lances meramente argumentales, y el propio autor parece tender a un paulatino sosiego que deja de lado la acción para explorar las emociones y los pensamientos o para recrearse en estampas humanas, a veces costumbristas, y urbanas, que dejan trallazos líricos, como aquella Praga nocturna que parece un cubertería de plata en su cajón. También se notan las tablas y el oficio del escritor en estrategias estructurales que dan unidad y circularidad al libro, como el parentesco entre la diosa manca del museo del Louvre y la pérdida del brazo que János sufrirá tras su retorno a Budapest, casi una metáfora del dios silente e incapaz que ha abandonado a los hombres. Y junto a ese silencio divino, el otro silencio «que no es silencio» porque su elocuencia zarandea las conciencias y quiere hacer tabula rasa de todo el ruido para volver al momento auroral desde donde construir un mundo nuevo.

lunes, 14 de febrero de 2022

561. Las colecciones literarias de Vicens Vives

 

En mitad de la deriva educativa a la que estamos asistiendo, con su sangrante desprestigio del conocimiento y del espíritu de sacrificio, se agradece que resistan todavía propuestas didácticas como las que ofrece el grupo Vicens Vives, casi el único sello entre los grandes que se abastece de capital exclusivamente español, y que constituye uno de los proyectos editoriales más rigurosos y encomiables que se están llevando a cabo en la actualidad en nuestro país. Me refiero, concretamente, a las colecciones literarias que con tanto mimo y vocación de excelencia, mantiene desde hace ya varios años la editorial, y que representan, por su indiscutible calidad y por su afán pedagógico, un exponente de primer orden para la difusión de la cultura literaria española y también de la literatura universal.

Como profesor de Literatura en Secundaria, he manejado varias de esas colecciones, especialmente los libros que se acogen a los marbetes Clásicos Hispánicos y Clásicos Universales, y he hallado en ellos una magnífica herramienta de trabajo, pues entre sus páginas se aúnan el rigor filológico y una inteligente y pulcra selección formativa con la refrescante aspiración de ser, sobre todo, útil, lejos de ese prurito meramente exhibicionista con que otros sellos parecen querer servir solamente al lucimiento personal del encargado de la edición. Las colecciones literarias de Vicens Vives, al contrario, iluminan con sus aparatos de notas y sus sobresalientes introducciones contextuales incluso al entendido en la materia y, a la vez, apuntan al tuétano mismo del producto literario para ofrecer al alumno la información nuclear –pero nunca superficial– que el estudiante necesita dominar. Conozco de primera mano a algunos de los encargados de elaborar las distintas ediciones. Hay entre ellos profesores, escritores, críticos literarios, especialistas monográficos y otros tantos intelectuales, y sé de su enorme preparación académica, de su exquisito criterio y de su inmensa pasión. Y todo eso se nota en el resultado final. No le van a la zaga las otras colecciones de la editorial, como Clásicos adaptados o Cucaña que, manteniendo el espíritu de las obras originales, son capaces de introducir y familiarizar a los alumnos con los grandes títulos de la literatura española y universal, en una franja de edad clave para inocular en ellos el hábito de la lectura. Estas adaptaciones constituyen un primer barrunto para habituar a los pequeños a la experiencia de la calidad artística, estética e imaginativa que de dichas adaptaciones se desprende y cuyos cimientos acabarán sosteniendo, con el tiempo, parte de su educación humanística e integral. Y todo ello con la amenidad y la profesionalidad que exige tan delicada empresa. En ese sentido, no puedo dejar de destacar las preciosas láminas que acompañan a las ediciones, nacidas de la creatividad de los más destacados ilustradores.

Por todo lo antedicho, conviene reconocer, proteger y promocionar iniciativas como esta de Vicens Vives, sobre todo porque las sucesivas leyes educativas, con su defensa de la mediocridad, hacen más necesaria que nunca esta noble obstinación de combatir los embates del adocenamiento y ofrecer a nuestros estudiantes (que, no lo olvidemos, deben ser los futuros garantes de la continuidad de nuestro patrimonio cultural), un material de calidad que respete todas sus capacidades aún por explotar antes de que el gobierno de turno decida por ellos que su horizonte intelectual debe necesariamente limitarse en virtud de no sé qué suerte de sobreprotección contra los traumas de aprender.


lunes, 7 de febrero de 2022

560. Un Tartufo dentro del 'Tartufo'

 


Entre algunas de las actividades culturales que se están llevando a cabo para la conmemoración de los 400 años del nacimiento de Molière, destaca el montaje teatral del Tartufo en la versión de su director, Ernesto Caballero, con Pepe Viyuela como actor principal. Lantia Escénica, que nació el año pasado como productora teatral integrada en el veterano grupo catalán Focus, se estrena con esta adaptación del clásico del padre de la Comédie Française que lleva desde septiembre de gira por las tablas españolas.

Hay en la versión de este Tartufo de Ernesto Caballero una peligrosa ambigüedad en lo concerniente a su puesta en escena en tanto que esta puede suscitar la mayor de las irritaciones o, por el contrario, contribuir al reconocimiento de una apuesta inteligente que legitimaría los numerosas desmanes y licencias que se toma el dramaturgo. En cualquier caso, esta ambigüedad ya debe colocarse en el debe del director, que no llega a ser taxativo en la defensa de su propuesta. Pero como el crítico, tomando las palabras de Cansinos-Assens, debe entrar en la obra ajena «lleno de buena voluntad, venciendo todo desdén y todo silencio, ávido de encontrar belleza y escondidas gracias», prefiero tomar, de entre las dos posibilidades, la interpretación que mejor favorezca el montaje.

El equívoco de la obra reside en la incorporación de escenas arbitrarias que se justificarían solamente por el tan traído prurito de acercar el clásico a nuestro tiempo. Así, aparecen alusiones a las redes sociales como paradigma de la hipocresía, se adapta el lenguaje de la criada Dorina a la ordinariez de una joven arrabalera, se exhiben desnudos gratuitos al amparo oportunista del discurso feminista, se incorporan escenas sexuales más o menos explícitas, se dota a la obra de un tufo pedagogista que parecer pretender explicarnos a los pobres ignorantes del público cuáles son las claves del texto de Molière, se interrumpe el desarrollo de la acción mediante el esqueje del metateatro y otras tantas novedades. Sin embargo, es justamente durante estas interrupciones donde el director parece querer explicar su propósito. Cuando Pepe Viyuela se queja, por ejemplo, de las escenas de sexo o del lenguaje de Dorina, son los propios actores quienes le recuerdan que ha sido él mismo quien ha dado esas instrucciones, y se deja entrever que esas concesiones modernizadoras tienen que ver, sobre todo, con la necesidad de que la obra funcione en los teatros y pueda tener éxito. Pepe Viyuela defiende con impostada solemnidad la versión clásica (quizás hipócritamente, como un Tartufo dentro del Tartufo) pero en el fondo está claudicando a la adaptación moderna porque desea que la obra les reporte el beneficio económico que la compañía necesita. La propia Dorina dice, en algún momento del final, que «todos somos Tartufos», corroborando quizás el guiño de marras. Solo así se podrían aceptar muchas de esas licencias que, justamente por lo exagerado de su profusión, me hicieron sospechar de la verdadera intención del director. Por lo demás, la idea es inteligente, en tanto que la hipocresía se erige victoriosa justamente en una obra como la de Molière, que desea denunciar la falsedad de todos los tartufos de la corte, y constituiría asimismo una crítica velada a la moda de las adaptaciones que, bajo el pretexto didáctico, solo desean, en realidad, el rédito económico. Y si quisiéramos ir más lejos aún, esta versión estaría denunciando el progresivo deterioro del conocimiento, al no hallar las compañías, en medio de un público cada vez menos formado, otro medio de representar sus obras que haciéndolas claras, fáciles y modernas. Haciéndolas tartufas.

lunes, 31 de enero de 2022

559. 'Mira que eres'

 


Leer a Luis Rodríguez es, ante todo, una experiencia literaria inmersiva en la que el lector paciente y desprejuiciado debe aceptar el envite de dejarse extraviar por entre las galerías laberínticas de su prosa, liberarse del prurito academicista que le exige querer entenderlo absolutamente todo, y transitar por las páginas del libro asumiendo el desconcierto gozoso de quien habita el no-tiempo de una literatura miscelánea que se explica per se, una propuesta autorreferencial que se retroalimenta y que trasciende cualquier intento de clasificación genérica porque ella es en sí misma un género literario.

Mira que eres (Editorial Candaya), el último trabajo del escritor cántabro, confirma la arriesgada audacia de nuestra consideración de marras. Pero si, pese a todo, el lector necesitase asideros, quizás conviniera primero leer el libro de Luis Rodríguez como el tratado poético que también es y tal vez entonces quedarían desveladas algunas de sus motivaciones. Si adoptamos esta modalidad de lectura, hallaremos repartidos aquí y allá retazos metaliterarios que, una vez unidos, conformarán el compendio del credo artístico del autor e iluminarán algo el camino. Así, para Rodríguez, «escribir es desatar el nudo», desenquistar aquel conflicto emocional, explicarlo y darle salida y carta de naturaleza. También leer a Luis Rodríguez es, en cierta medida, desatar un nudo. Hay en el libro una defensa de la ficción y hasta de la exageración que prima por encima de la verdad empírica o de los fundamentos supuestamente lógicos: el pacto de ficción y el disfrute de la belleza valen más que la impertinencia extemporánea del positivismo. Lo que no es negociable es la autenticidad, nacida del mismo tuétano de la experiencia creadora. Hay también una fe en la oscuridad como paso previo al conocimiento, al estilo de la mística sanjuanista, lo que explicaría el relativo hermetismo del libro: solo de noche se ven las estrellas. También se reflexiona sobre la tiranía de la mercadotecnia adocenadora o sobre el lector, al que el proceso creador no tiene en cuenta pero al que se le invita a formar parte activa del reto intelectual. El libro, que es un gran palimpsesto, trufado de referencias literarias explícitas o implícitas, es también una celebración del milagro de la intertextualidad.

El débil hilo argumental (la búsqueda del personaje biografiado en el libro) parece solo erigirse como el pretexto para el encuentro fortuito con otros personajes que conformarán un muestrario muy singular de caracteres e historias peregrinas: pasados turbios o misteriosos, vacío existencial, carencias afectivas y empáticas, desnortados y abúlicos, los personajes de Mira quién eres visitan velatorios de desconocidos para «reflexionar sobre lo efímero», sueñan con sus propios entierros, guardan en una cajita los pelos del aborto del padre violador, tallan en madera escenas de la Última Cena con los rostros de los compradores en las caras de los apóstoles y un largo etcétera. A veces se difuminan las fronteras entre los personajes, que parecen cederse el testigo de sus roles identitarios y aspiran siempre a ser otros (no es baladí la alusión a Pessoa o a Sá Carneiro), como Manuel, que asume los papeles de los personajes que como actor le toca representar en el teatro, o como aquel preso de los campos de exterminio, que para librarse de la culpa de su supervivencia, asume ser un oficial nazi. Junto a sus historias, abundan las reflexiones metafísicas que jalonan toda la lectura: la mirada ajena como ontología; habitar el error como ideal de vida; la culpa; el suicidio; el pasado como ficción. Y todo ello dispuesto a través de una estructura sorprendente y original que, no obstante, no desdeña la tradición (toda vanguardia que se precie debiera cumplir con esa premisa) como cuando se utiliza el tópico del manuscrito encontrado (tampoco es casual la alusión a Cide Hamete Benengeli) para fabricar los mimbres del relato. Una fiesta de la Literatura de la que, una vez ha amanecido, salimos ebrios –las guirnaldas ondeando todavía con el relente de la mañana– y un poco melancólicos y nostálgicos por el destierro sobrevenido tras la última página.

lunes, 24 de enero de 2022

558. Sonaba la Séptima de Bruckner

 


A los que nos dedicamos a hablar de Literatura no nos resulta sencillo reseñar libros como el que hoy nos ocupa. Con los pies por delante, de Carles Canals, recoge veintidós breves reflexiones que son, a la vez, veintidós hermosísimas despedidas de alguien –el propio Carles– que en el fondo se sabe desahuciado de la vida tras recibir el diagnóstico de un cáncer de páncreas. El diario, alojado previamente en un blog y ahora rescatado del limbo digital para la venerabilidad del libro por la editorial Sloper, es un testimonio lúcido e inteligente,  a veces cruel, otras divertido, y nunca victimista de los últimos tres meses de vida del polifacético periodista mallorquín.

Decía al principio que no resulta fácil abordar desde la crítica literaria libros como este; uno se siente algo imbécil y pretencioso aplicando el escalpelo cuando el contenido del texto que analiza trasciende toda consideración academicista, y los juicios literarios se antojan extemporáneos y hasta impertinentes ante la terrible y palmaria realidad vital que se impone durante su acongojada lectura. Y no obstante, el libro de Carles Canals es una joyita literaria, lamentablemente inconclusa, cuya calidad artística no pasa desapercibida ni siquiera cuando uno, respetuosamente, decide que se va a quitar las gafas del crítico. Porque si es abrumadora su verdad experiencial, también lo es su verdad literaria, nunca menoscabada por el presumible y disculpable patetismo de quien está contando su muerte. Y es que en el libro de Canals, si algo no hay, es justamente patetismo ni autocompasión. Canals sujeta con admirable prestanza la brida de su desolación y sus textos nunca caen en el morbo fácil ni en el sensacionalismo. Hay en todo momento una conciencia clara del ejercicio de la escritura, de los resortes narrativos, y aunque –como decíamos– nadie le hubiera reprochado al autor algún acceso dramático, Canals siempre antepone su oficio como escritor o, al menos, lo tiene muy presente. Incluso en el pasaje más emotivo del libro, que para mí es aquel en el que la medicación le hace perder a Carles el sentido del tacto y no puede, por tanto, sentir la piel de Pepi, su mujer, al abrazarla (lo que no deja de ser otra forma de muerte), incluso ahí -–digo– con todo su riesgo sentimental, se me antoja el pasaje una de las más bellas y tristes declaraciones de amor a las que yo haya asistido en la literatura últimamente.

Por el libro desfilan el humor negro, la crítica social, la generosidad en medio del dolor propio, la esperanza en la vida exprimida con pundonor hasta el último momento, el amor al arte y tantos otros detalles emocionantes escritos con titánico esfuerzo sobre un teclado de madrugada cuando los dedos ya no atinan sobre las teclas.

Dice la nota final del libro que en el momento de la muerte de Canals sonaba en la habitación la Séptima Sinfonía de Bruckner. Se dice que el músico austríaco compuso el tema principal del Adagio al conocer que su maestro Wagner agonizaba en Venecia, introduciendo como homenaje las tubas wagnerianas usadas durante el lamento fúnebre. Cuando Bruckner murió se inscribió en el pedestal de su tumba la frase final de su Tedeum «Nunca estaré perdido». Este libro que edita ahora Román Piña es esa tuba wagneriana y es también ese hermoso epitafio de amistad del túmulo de Bruckner.

lunes, 17 de enero de 2022

557. 'Klara y el Sol'

 


Tras ser galardonado en 2017 con el premio Nobel, Kazuo Ishiguro regresa al panorama literario con una novela de ciencia ficción en la que se aborda el tema de la inteligencia artificial. Si bien pudiera pensarse que es un tópico algo manido ya, trabajado con frecuencia en la literatura y en el cine, el escritor de origen japonés ha sabido crear una obra fresca, narrada desde la perspectiva de Klara, una AA (Amiga Artificial) que se encargará del cuidado de Josie, una chica de catorce años que se encapricha del androide cuando lo ve en el escaparate de la tienda. He aquí uno de los aciertos de Ishiguro, pues elegir a Klara como narradora de la historia le permite hacer un análisis de la realidad cargado de ingenuidad, de curiosidad y de inteligencia. Klara es como una niña que observa el mundo con ojos entusiastas, que está ávida de conocimiento, de aprender los sentimientos, de explorar territorios ignotos que van más allá de lo que puede ver desde la tienda en la que se encuentra al inicio de la obra. Klara y su compañera Rosa, dialogarán sobre el futuro que les inquieta y darán pinceladas de cómo es el mundo de los humanos del que ansían formar parte: dominado por las prisas, por la polución, en el que hay mendicidad, desempleo, atascos, individualidad, egoísmo y en el que los trabajadores de élite han sido sustituidos por la inteligencia artificial, lo que ha provocado una fractura social que no augura nada bueno.

El cometido de Klara será acompañar a Josie en los años previos a ir a la universidad y paliar de alguna forma su soledad. Los jóvenes estudian desde casa y hay una tajante división entre los que han sido mejorados genéticamente y los que no, lo que acentúa la soledad y la desigualdad, dos de los temas principales de la novela. Josie se refugiará en Klara y en su amigo no mejorado Rick, personaje marginado socialmente que está condenado a tener más dificultades para progresar en un mundo que parece estar hecho solo para quienes han confiado en la manipulación genética. Este es el caso de Josie, si bien para asegurarle el éxito en la vida su madre ha puesto en juego la salud de la niña, pues esta padece una enfermedad imprecisa que hace tambalearse la vida de la familia. Resulta muy interesante el contraste entre las madres de Rick y Josie, cómo han adoptado posturas opuestas para cuidar a sus hijos y cómo las defienden a lo largo de la obra.

Otro tema fundamental de la novela es la búsqueda de la inmortalidad, la negación de la muerte como parte natural de la vida. La madre de Josie trama un plan moralmente cuestionable por si su hija acaba falleciendo en el que Klara desempeñará un papel clave. Las reminiscencias al mito de Prometeo son evidentes, al igual que a otros referentes como Pinocho o Frankenstein. Los seres humanos juegan a ser dioses que insuflan vida a la materia inerte, en este caso a las máquinas, pero algunos van más allá al considerar que la inteligencia artificial podrá suplir la desaparición física de las personas. El debate ético queda planteado al lector desde la objetividad del escritor, que no muestra en ningún momento su postura.

Dice Ishiguro que esta obra nació como un cuento infantil. Efectivamente, el autor ha creado una historia aparentemente sencilla en la que la protagonista es una “niña” androide que está descubriendo el mundo. A través de su empatía, de su capacidad para detectar el sufrimiento y de su sensibilidad, Ishiguro nos muestra el futuro oscuro que le espera a la especie humana. Al igual que las máquinas -la misma Klara es un modelo de androide antiguo y teme no encontrar un humano al que hacer compañía porque ya existen otros robots más modernos que ella-,  muchos seres humanos sufren la obsolescencia, sienten que no sirven para nada en un mundo dominado por los avances tecnológicos que los desplazan, que les hacen sentirse fuera de lugar, unos inadaptados en una realidad que va más deprisa que su capacidad de aceptación de ese nuevo modo de vivir que parece imponérseles como un gigante que les acabará engullendo. Esta obsolescencia produce que no solo la tecnología se quede desfasada sino que también el humano se sienta inútil en un mundo que ya no reconoce como propio.

Hay, por tanto, en la novela un mensaje pesimista con un fuerte trasfondo filosófico lleno de interrogantes. ¿Es Klara más humana que los verdaderos seres humanos? ¿Se está deshumanizando la sociedad? En muchas ocasiones son las personas quienes  parecen autómatas mientras que los robots aparecen como los depositarios de los sentimientos y de los rasgos más humanizadores. En este sentido, destaca la esperanza y el afán de lucha de Klara por salvar a Josie. Nuestra protagonista, que precisa de la energía solar para recargarse, considera que el Sol también podrá curar a su amiga. El astro rey aparece como una deidad a la que Klara ofrecerá un peculiar sacrificio que resulta tremendamente interesante: en una sociedad cada vez más incrédula, una máquina demuestra un profundo fervor religioso al Sol, el cual aparece aquí como el único dios verdadero capaz de generar vida. Este rito, de raigambre ancestral, acentúa de nuevo el juego de contrastes sobre el que se asienta la novela.

En definitiva, Ishiguro ha sabido construir con Klara y el Sol una metáfora de la vida en la que, como en los buenos cuentos tradicionales, se nos invita casi sin darnos cuenta a reflexionar sobre qué es la condición humana y hacia dónde estamos avanzando como sociedad. La ciencia ficción sirve como pretexto o como marco para plantear al lector un debate filosófico profundo y tremendamente necesario.

lunes, 10 de enero de 2022

556. 'Sacramento'


Afirmar que Sacramento es para mí la mejor novela de 2021 sería absurdo, pues no he leído todas y cada una de las novelas publicadas durante el pasado año. Tomen nota de ese pequeño detalle quienes confeccionan esas listas anuales en términos absolutos. Pero apuesto a que, de ser posible tal proeza lectora, el libro de Antonio Soler ocuparía la misma consideración de marras. No sé si en Málaga son conscientes de que tienen en su tierra a uno de los mejores escritores españoles de nuestro tiempo. El elogio no es gratuito: basta con leer este último trabajo del autor de Sur para darse cuenta del prodigio literario que constituye su magisterio narrativo.

Sacramento ha sido editado por Galaxia Gutenberg, sello que está liderando, junto a Libros del Asteroide o Candaya, lo que otrora representase Anagrama para los lectores exigentes y ávidos de novedades estimulantes. Una gran noticia este modelo editorial que aquí celebramos con alborozo e ilusión. El hilo argumental del libro se basa en la historia real de Hipólito Lucena, quien fuera párroco de la Iglesia de Santiago, en Málaga, y que protagonizó una oscura y ambigua relación de abusos a determinadas feligresas (las llamadas hipolitinas) a través del pergeño de una suerte de misticismo sexual, cuyo marco teórico de aspiraciones legitimistas va inculcando el cura durante las sesiones de confesionario. El libro comienza con una primera parte de tono cronístico, donde Soler recuerda la anécdota que tantos años más tarde daría lugar a la presente novela. El autor explica cómo, todavía joven y poco reconocido, se le ofrece la posibilidad de participar en una revista cultural auspiciada por algunos popes de la vida literaria malacitana y cómo, al principio, se siente algo decepcionado al recibir para la misma el encargo de escribir sobre la vaga y poco motivadora historia del tal Hipólito. Le sirve a Soler esta primera parte para reflexionar sobre hermosos aspectos de metaliteratura y para recordar la precariedad de sus primeros tiempos de escritor, simbolizada en ese Callejón de las Puercas donde vive. Tras ese preámbulo llega, al fin, la novela y aquí halla el lector todo el portentoso despliegue literario de Soler. En esos primeros apuntes de la biografía documentada de Hipólito, dirigida por un narrador omnisciente o por el estilo indirecto libre, destacan algunos primeros rasgos de su personalidad, que ya adelantan las atrocidades del futuro: Hipólito pugna denodadamente contra el dominio de la carne que le lacera y que entra en conflicto con su vocación religiosa. Esa lucha, con la culpa como eje conductor, deja algunos de los pasajes más brillantes y estremecedores del libro. Luego, cuando el Hipólito ya cura asume su claudicación, trata de conciliar ambas facetas de su naturaleza e inventa una teología del sexo que él mismo acaba creyéndose para tratar de justificar sus aberraciones. Entretanto, el narrador traza un friso de la España de la inmediata posguerra y de las décadas siguientes, cuya ironía recuerdan al mejor Marsé. La mezcla de sexo y marco religioso resulta fascinantemente turbadora y su atmósfera evocan a la literatura decadentista de principios del siglo XX. La prosa es deslumbrante: desde el preciosismo levítico (e irónico) de un Gabriel Miró o la prosa alucinada de un José Donoso, pasando por un dominio extraordinario del lenguaje conversacional. Magistral es también la distancia del narrador respecto de las abominaciones de Hipólito. Efectivamente, el narrador nunca juzga las acciones del cura, con la dificultad que eso debe de entrañar, y hasta a veces se atisba algo parecido a la compasión para con su personaje, a la postre otra víctima de sí mismo. El lirismo displicente de los pasajes más escabrosos son tan extáticos como las pasión mística de las hipolitinas. Si la literatura es también un sacramento, la oblea con la que comulgar debe de ser muy parecida a esta novela admirable.