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lunes, 3 de febrero de 2025

677. Cerralbo: topografía de la memoria

 


El nuevo libro de Ramón García Mateos empieza con el hallazgo de un cadáver junto al río en las inmediaciones de Cerralbo, un municipio de la provincia de Salamanca. Sin embargo, la promesa del thriller se desvanece conforme vamos descubriendo que el muerto de esta novela es otro, que el muerto es, en realidad, un tiempo periclitado del que el autor desea escribir su emocionado epitafio. Efectivamente, Cuando el mundo se llamaba Cerralbo (Ediciones Valnera) es una novela donde se respira con el anhélito de una forma de vivir y de entender el mundo ya casi extinguidos. Autor y narrador coinciden en esta crónica de tintes autobiográficos que, no obstante, trasciende la mera anécdota personal para situar al lector en el territorio universal de la memoria y en el costumbrismo de un pueblo castellano allá por la segunda mitad de la década de los 60, cuando el escritor salmantino atravesaba su infancia. La aproximación cronológica nos la brindan las alusiones a figuras de la cultura popular, como la mención de los futbolistas Rifé y Gárate en los cromos; o la de El Viti, el famoso torero de Vitigudino, partido judicial al que pertenece el propio Cerralbo; o la evocación de El Lute y del diario El Caso, entre otras referencias de la época. En ocasiones, el autor quiere remontarse algo más lejos en el tiempo para rememorar y homenajear a sus antepasados, y entonces aparecen la guerra de Cuba o el drama de la emigración a las Américas. Pero, sobre todo, la novela es un fresco nostálgico de una forma de vida, idealizada por la memoria, que «deforma los recuerdos y, a veces, también miente», y tamizada por la visión infantil del narrador, que es capaz de ensamblar con un gran inteligencia literaria las remembranzas del autor adulto con la percepción inocente del niño protagonista. Un mundo, el de aquel Cerralbo, que era el mundo de muchos pueblos españoles, aquellos donde aún se paría en casa, donde faltaba el agua corriente, donde se veía el fútbol en la única televisión instalada en el bar, donde se creía en basiliscos y brujas, donde cada vecino tenía su mote o donde los rumores alcanzaban categoría de verdad y alimentaban la novedad de una vida rutinaria, pero apacible y auténtica. Por el libro desfilan los tipos humanos reconocibles en todo pueblo: el vagabundo que, en el calendario eterno y difuso de la niñez, marcaba con su llegada el paso objetivo del tiempo; el mozo viejo, con su soltería a cuestas como un estigma; el hombre solitario y adusto. Pero también las fiestas populares, las coplas, la gastronomía (con especial protagonismo del hornazo); las tardes interminables de fútbol; la admiración hacia el héroe tauromáquico con el que se fantaseaba en los lances de la imaginación; el descubrimiento del sexo; el hermoso milagro de la amistad y la irrupción demasiado prematura de la enfermedad y de la muerte. Y, claro, los cuentos, al calor de la lumbre, y al arrullo de la voz de la señora Balbina evocada en la cubierta del libro, que entronca con el amor de García Mateos por la literatura popular. Y entre capítulo y capítulo (y habríamos querido que el autor se prodigara más en esa alternancia estructural), una evocación, a modo de estampa y con la belleza lírica a que nos tiene acostumbrados la veta poética de García Mateos, de un retazo de aquel ayer. Los lectores asiduos del autor se toparán, además, con alguna sorpresa, como la aparición de Puñales, el aspirante a torero que ya apareciera en la imprescindible Verdades y fingimientos como traficante en la raya de Portugal. Con esta novela, García Mateos, además, completa la estela de su topografía sentimental en la que en su día incluyera también a Barco de Valdeorras. Pueblos de lindes pequeñas, pero donde cabe el universo entero.

lunes, 20 de mayo de 2024

650. Adéu, Diari

 


El recuerdo más vivo que atesoro de aquel 2009, tras rubricar en el despacho de Josep Ramon Correal, a la sazón director del Diari de Tarragona,  mi participación como nuevo colaborador del periódico, es el de emprender ufano, casi exultante, Rambla Nova arriba, el camino que conducía hasta el Balcón del Mediterráneo. Me sentía reconciliado al fin con la ciudad y, en cierta medida, ya parte de ella. Mi condición de charnego, habitante de un barrio de emigrantes de la periferia, había obrado en mi relación con la capital un desarraigo que no solo venía motivado por cierto prurito de pedigrí del catalanismo más excluyente, sino también por el constructo identitario que aquel barrio, por compensación, había cimentado en mi conciencia de injerto extraño. Hasta la distancia que mediaba entre el barrio y el centro de la ciudad –cinco kilómetros por carretera nacional– parecía corroborar la existencia de dos mundos casi antagónicos. Colaborar con el periódico de mi ciudad y de la provincia entera y hacerlo con una columna propia constituían la forma de alcanzar la deseada integración cultural y me permitía, además, dar testimonio desde el altavoz de sus páginas de la pluralidad de la que yo y tantos otros formábamos parte.

El artífice de todo fue el ya mítico Antoni Coll, que por aquel entonces ostentaba un puesto casi honorífico, el de director de publicaciones. A Antoni le habían llamado la atención algunos de los artículos que Bea y yo escribíamos por pura diversión en nuestro blog, y nos sugirió trasplantarlos a las páginas del Diari, manteniendo al final de cada escrito la referencia a nuestra bitácora. «Ya te ha liado Antoni», recuerdo que dijo Correal al verme aparecer por la puerta de su despacho.

El nombre de la columna nos trajo de cabeza. Las primeras ideas fueron aberrantes como aquella de «Florilegio literario» o «El espía del Parnaso». Qué horror. Felizmente se impuso la cervantina «El cura y el barbero», tan a propósito para la crítica literaria y el «donoso escrutinio» que iba a llevar a cabo como comentador de libros.

El primer artículo apareció el domingo 21 de febrero de 2010, en una pequeña esquinita de la sección cultural. Aprovechando el retorno de los tranvías a las grandes ciudades españolas, metí con calzador un pequeño comentario sobre Tranvía a la Malvarrosa, de Manuel Vicent. Pronto, Isaac Albesa, jefe de cultura, me propuso una colaboración semanal (hasta entonces había sido quincenal) y la ampliación de los artículos hasta llegar a los 3500 caracteres con espacios (una media plana). La periodicidad semanal me obligaba a leer con demasiada premura los libros que reseñaba, de modo que se me ocurrió intercalar entre reseña y reseña unos artículos que yo llamaba «de transición» y que acabaron por convertirse en el verdadero sello de identidad de la columna. Cabía allí todo lo que tuviera que ver con la reflexión literaria, con la premisa de imbricar siempre literatura y vida y apostando por un estilo casi lírico que permitía leer la columna, no como un texto meramente periodístico sino como un artefacto con vocación artística. Enseguida conseguí ganarme la confianza de los redactores jefes y no tuve problemas en ampliar a mi antojo los temas y la extensión de mis artículos. Nunca nadie me impuso reseñas ni coartó mi libertad ni se vetaron artículos polémicos.

La obligación de mandar una artículo semanal me reportó una disciplina que luego se antojó decisiva para mi labor como escritor. Muchas veces apuraba hasta el último día para mandar el artículo porque trabajaba mejor bajo presión temporal. Del mismo modo, creo que la extensión relativamente breve de los capítulos de mis novelas se debe a la influencia del formato periodístico.

La columna y su difusión me granjearon una gran cantidad de amistades, algunas de las cuales yo creía inalcanzables. También algunos enemigos. Es lo que tiene la exposición pública. Hay alguna anécdota entrañable como la de aquel lector que recortaba todos mis artículos y los coleccionaba en un álbum de fundas. Y, claro, hay otras experiencias igualmente preciosas que el pudor me obliga a callar.

"El cura y el barbero" quedó hasta 3 veces finalista del Premio de Periodismo Literario Francisco Valdés. Fue un orgullo colar una columna de provincias entre los finalistas de periódicos de tirada nacional. También estuvo entre las candidatas a hacerse con el Premio del Fomento de la Lectura del Ministerio. Ha habido tentativas de publicar en libro una antología de los artículos, pero no han acabado nunca de cuajar. Todo se andará. O no. Qué más da. 

Pero tras casi 15 años y más de 600 artículos, ha llegado el momento de poner punto y final. Nadie tiene la culpa. Es solo que el nuevo enfoque de la sección cultural ya no me seduce. Sirvan estas últimas palabras para despedirme de los lectores tarraconenses, cuya fidelidad, semana tras semana, ha sido tan reconfortante, sobre todo porque uno no sabe, cuando manda sus palabras, si habrá alguien al otro lado. Pero me consta que sí. Mi gratitud. Solo deseo que estos años les hayan reportado entretenimiento, placer estético y el poco rédito cultural que soy capaz de ofrecer. Si es así, me doy por bien pagado. Hasta siempre.

lunes, 4 de marzo de 2024

641. ¿Qué haces ahí, García Mateos?

 


Ramón García Mateos ha obtenido el Premio Internacional de Poesía António Salvado Cidade de Castelo Branco por su última obra, Retratos y figuraciones. El libro, en edición bilingüe en portugués y español, y publicado por la editorial Labirinto, es uno de los poemarios más hermosos que he leído en los últimos tiempos. Ya la solapilla biográfica de la cubierta es toda una declaración de intenciones. García Mateos, a cuya dilatada trayectoria la jalonan numerosos títulos y premios, queda reducido en la solapilla a su mera condición de profesor: «Ramón García Mateos (Salamanca, 1960). Catedrático de Lengua y Literatura Españolas». Y a mí se me antoja que esa humilde solapilla, donde Ramón renuncia a describir la relación de sus méritos literarios, es el primer poema del libro. Porque en Retratos y figuraciones quienes importan de verdad son los poetas allí homenajeados, un precioso muestrario de los nombres más queridos por el autor salmantino, a cuya advocación se acoge con un amor conmovedor y un sentimiento sincero de deuda en cada verso.

La mayor parte de los autores que conforman esa nómina casi elegíaca tiene en común su dramática experiencia vital. Por las páginas del libro desfilan condenados a muerte como Villon; perseguidos como Juan de Yepes; encarcelados como Quevedo; desterrados y exiliados como Pedro Garfias o Vallejo; suicidas como Antero de Quental o Rigaut; derrotados y atribulados como Unamuno; desengañados como José Agustín Goytisolo; asesinados o deudos de asesinados como Roque Dalton o el «Piojo» Salinas; nostálgicos de Florencia, como Aldana… Todos estos retratos recrean una estampa del escritor tributado en algún momento especialmente significativo o doloroso de su existencia. Otras piezas, en cambio, son meros poemas celebratorios entelados de nostalgia: el poema con ecos manriqueños a Violeta Parra; Estellés y Ovidi Montllor en Alcoy; los dos versos de Ferlosio sin necesidad de glosa; Josep Igual entre volutas de tabaco; y, por supuesto, los poemas a los amigos, como el dedicado a Juan López-Carrillo, divertido e hiperbólico, perfecto trasunto del propio autor catalán; o el maravilloso poema tripartito a Antonio Carvajal, donde García Mateos juega con los títulos de los libros del poeta granadino y con el apellido materno de éste. Una preciosidad.

En otras piezas se imbrican literatura y vida como en el homenaje a Ángel Guinda («Escribir como se vive») o como aquella otra que penetra en el estudio de Maruja Mallo para que los versos de Miguel Hernández estallen como rayos que no cesan; intertextualidad que se repite en el poema lorquiano a Belmonte o en algún poema autorreferencial. Lo popular (piedra angular en la poética de García Mateos) se manifiesta en el uso del metro de algunos poemas pero también en el poema dedicado a Blas de Otero, en la mención a Labordeta o en los versos dedicados a los payadores. No faltan tampoco las alusiones a las injusticias sociales, algún verso acerado de ironía epigramática y una enorme generosidad para con los desahuciados.

El libro, que es, en definitiva, un apasionado reconocimiento a los maestros del poeta, como nos recuerda el último poema, no podía soslayar, claro, la inmensa figura de Ramón Oteo, destinatario de una de las composiciones más emocionantes del poemario.

Mención aparte merece la versión portuguesa a cargo de la traductora Leocádia Regalo, donde los versos de Ramón, tan cargados en realidad de saudade, encajan natural y primorosamente.

Con su acostumbrado estilo inmersivo, rebosante de intensidad, de bien entendida solemnidad desgarrada, de esa que te coge de la camisa y te zarandea, evocador, nostálgico, vehemente, auténtico, secular, doloroso, fraterno y esperanzado, García Mateos debe saber que, él también, y pese a la solapilla, es retrato y figuración de quienes aspiramos a parecernos, aunque sea remotamente, a su ejemplo.  

lunes, 6 de noviembre de 2023

627. Jordi Coboia gana el premio PIPSI de narrativa

 


El poeta Jordi Coboia ha sido distinguido con el prestigioso Premio PIPSI en su primera incursión como narrador gracias a su obra Proso modo, que publicará la editorial Vianborís en colaboración con Reino de Cordelia. Coboia, que se había presentado al galardón bajo el seudónimo de «Juan Carlos Elijas», se une así a la selecta nómina de escritores capaces de superar la rigurosa criba del exigente jurado. De hecho, ha trascendido que la decisión final tuvo que superar el duro escollo de su presidente, Eudald Setós, contrario a la candidatura, y que éste no tuvo más remedio que claudicar ante la unánime determinación de los vocales, compuestos por los espectros de Josep Pla, Miguel Delibes, Joseph Conrad o Vladimir Nabokov, entre otros. En su nota de prensa, el jurado destaca del libro de Coboia «su frescura y originalidad estructural, que le regala al género narrativo un nuevo hallazgo, el de los llamados prosos, hito comparable al de la nivola unamuniana, así como la creación de un espacio mítico, el del Fuerte del Olivo, que ya une su nombre al de otros famosos lugares literarios como Comala, Región o Yoknapatawpha». Este artefacto literario nace casi por casualidad, cuando el gran editor Quim, de Vianborís, le pide a Coboia una novela sobre la situación política en Cataluña tras el procés y, más tarde, coincidiendo con la pandemia, un testimonio narrativo del confinamiento. A todo se niega Coboia, convencido de su incapacidad para abordar tales empresas y disuadido por lo manido ya de ambos temas, pero, entretanto, y mientras confiesa para su coleto, en forma de diario, todas estas dudas, el libro va creciendo orgánicamente, casi empujado por una gozosa y espontánea improvisación, sin aparente planificación, que es justamente uno de los valores de sus páginas, hasta convertirlo en una suerte de miscelánea que recuerda a la libérrima ejecución del Arcipreste de Hita y donde cabe de todo: la poesía, el dietario, las recetas gastronómicas, las representaciones teatrales con acotaciones valleinclanescas, el cuento oral con guiños al Decamerón, el ensayo metaliterario, la novela negra, la crítica política y social, la crónica histórica local, el humor, el relato onírico o la parodia. Qué duda cabe de que Proso modo es un divertimento de su autor, pero también un inteligentísimo alegato sobre los límites entre la literatura y la realidad, que en el libro se difuminan de tal modo, que permite que, hoy mismo, en este periódico, se anuncie el ganador ficticio de un premio que no existe y que se haga con la convicción de que Coboia es más real que Elijas, que el Premio Pipsi es el más prestigioso de  todos los premios y que este artículo no sabemos ya si se halla entre las páginas del Diari de Tarragona o entre las de Proso modo. Por lo demás, el lector avezado y con un buen bagaje de lecturas gozará con los juegos de palabras intertextuales donde reconocerá a multitud de referencias literarias (una forma de respeto, por cierto, al propio lector); disfrutará con el estilo quirúrgico de su autor, a veces desenfadado, otras profundamente humano; conocerá a personajes inolvidables, como Ferran, el profesor jubilado que clama al cielo, como un estilita, la ruina del sistema educativo; fumará yerbaluisa y se topará, como los demás protagonistas, con el espíritu de Salme, el general francés que murió durante el asedio a Tarragona y cuyo cuerpo, se dice, reposa bajo el acueducto de Tarragona y su corazón en el monumento a Escipión, pero también con los de una selecta pléyade de escritores muertos; se reirá con las veleidades del taller literario de Francina, al que un inseguro pero descreído Coboia seguirá para poder avanzar en su proyecto, aunque haya que incluir muchas descripciones y algún muerto para el éxito comercial del artefacto; y obtendrá un fresco de un momento de nuestra historia que, con el paso de los años, devendrá, por la forma en que está plasmado, en un testimonio vivo e imperecedero.

Coboia, que ha manifestado su incredulidad al conocerse ganador, recogerá el premio PIPSI en un acto solemne que se celebrará qué más da cuándo y en qué lugar.

lunes, 17 de julio de 2023

616. José María Fernández (1942-2023)

 


Desde 2015, año en que falleció el maestro Ramón Oteo, estoy en un grupo de WhatsApp formado por nueve integrantes de aquella promoción de filólogos que se licenciara allá por 2004 en la ya extinta Facultad de Letras de la Universidad Rovira i Virgili de Tarragona. Una foto de Oteo preside el grupo recordándonos por qué, a pesar de la escasa interacción de sus miembros, seguimos sin abandonarlo. Es conmovedor comprobar cómo la figura de Oteo continúa ejerciendo, tras ocho años desde su muerte, como garante de la cohesión y camaradería de su fiel grupo de acólitos.

Fue a través de este medio como conocí la noticia de la muerte del profesor José María Fernández. Uno sabe que se va haciendo mayor conforme asiste a la desaparición de sus profesores. Recuerdo a Fernández (nunca un apellido tan común tuvo tanto valor antonomástico) como un profesor trabajador e infatigable. Buena muestra de ello fue su denodado tesón para elaborar su tesis doctoral, centrada en el escritor Enrique Díez-Canedo, en una época –la España de Franco– donde era difícil hallar libros y documentación sobre un republicano exiliado y amigo de Azaña. Los ocho años que tardó en acabar la tesis le permitieron entrar en contacto con grandes personalidades literarias como Joaquín Moritz o Francisco Giner de los Ríos. En la universidad impartía la asignatura de «Introducción al Romanticismo» y recuerdo estar casi todo el cuatrimestre hablando de Blanco White y de Cecilia Böhl de Faber. Sus clases eran algo anárquicas porque priorizaba sobre el temario su obsesión por inocular en el alumno el espíritu crítico y cualquier pretexto era aprovechado para ese fin, aunque eso significara dejar a medias el plan de estudios. Ha adquirido categoría mítica entre su alumnado la obligación de leer y comentar una novela cada quince días, lo que nos permitió bucear por algunas obras que, de otro modo, quizás habríamos soslayado y que, a día de hoy, forman parte del constructo espiritual de muchos de nosotros. Sirva esto para los que reniegan de las lecturas obligatorias (tremendo oxímoron) y para los pedagogos de nuevo cuño que quieren desterrar a nuestros clásicos del sistema educativo en virtud de no sé qué protección de los centros de interés de los alumnos. También recuerdo sus excelentes trabajos sobre la novela galante y, en concreto, sobre Felipe Trigo, y su ascendiente en el terreno de las publicaciones periódicas de principios del siglo XX, especialmente en La Novela Semanal, de la que quise hablar en su día en esta columna coincidiendo con su efemérides con la intención velada de reconocer la labor de Fernández, pero he llegado tarde. Cuánto lo siento.

Natural de Mora de Luna, siempre llevó a gala su origen leonés. En su casa, luce un mural de grandes dimensiones, hecho con cerámica y fundido con ribetes de oro, que incorpora asuntos de la historia leonesa y el himno de León. Y, sin embargo, fue a Tarragona a la que puso en el mapa literario dirigiendo los extraordinarios «Encuentros de Escritores», que trajeron a la ciudad lo más granado de la literatura española del momento. Recuerdo que incluso Sánchez Dragó grabó su veterano programa Negro sobre blanco en el marco de esos encuentros. Tuvo que luchar, con enorme desgaste, contra algunos sectarios, que vieron con malos ojos la presencia de escritores en lengua castellana en la universidad. Junto a la profesora Josefina Albert, se significó en la defensa del español en la vida cultural de la facultad, lo que le granjeó no pocos enemigos, pese a lo cual, se mantuvo firme en sus principios. Ejemplo de coherencia y humildad, Fernández se ha ido como ejerció en vida: en silencio, sin hacer ruido, alejado como ya estaba de un mundo que no entendía y desengañado de casi todo, como demuestra el tono de los últimos correos electrónicos que nos enviaba a un grupo selecto de amigos. Descanse en paz.

martes, 4 de abril de 2023

603. Tarragona, la patria de Tisbea

 


Ya mediado el acto primero de El burlador de Sevilla, don Juan Tenorio arriba náufrago a las costas de Tarragona. Viene huyendo de Nápoles después de haber burlado a la duquesa Isabela en palacio. Antes de la aparición en escena de don Juan y de su criado Catalinón, escuchamos el monólogo de la bella pescadora Tisbea donde se jacta de no haber nunca sucumbido a la tiranía del amor. Durante su parlamento, pueden rescatarse algunas descripciones muy tangenciales que hacen referencia a Tarragona. Así, el brillo dorado de la arena de sus playas que, con el tiempo, ha dado nombre –Costa Dorada– a la parte del Mediterráneo que nos ha tocado en suerte, así como su grano fino,  parecían ser conocidos ya en la época de Tirso de Molina si atendemos a los versos en que Tisbea dice que en Tarragona «el sol pisa / soñolientas ondas, /alegrando zafiros / las que espantaba sombras, / por la menuda arena, / unas veces aljófar, / y átomos otras veces / del sol, que así le adora». Menciona también la actividad pesquera (Tirseo, Anfriso y Alfredo son pescadores tarraconenses) dando detalles sobre la técnica más común de la faena: «ya con la sutil caña, /que el débil peso dobla / del necio pececillo, / que el mar salado azota, / o ya con la atarraya, / que en sus moradas hondas / prenden  cuantos habitan / aposentos de conchas». La mención a la atarraya –red redonda usada para pescar en los fondos marinos– remite a la pesca artesanal de la época, practicada desde las pequeñas embarcaciones llamadas esquifes, también mencionados en el monólogo de Tisbea. Más adelante, la pescadora presume de despreciar el amor «de cuantos pescadores / con fuego Tarragona / de piratas defienden», clara alusión al azote de la piratería de cuya amenaza se daba aviso con señales luminosas, hechas con fuego, que advertían desde las torres de vigilancia de la presencia de turcos, corsarios o piratas. Algunas de estas torres, como se sabe, aún permanecen diseminadas por varias zonas de nuestras costas, como las que jalonan el término de Vila-seca. Tisbea dice, además, que vive en una humilde choza a la que coronan nidos de tórtolas, lo que demuestra la baja extracción social del gremio. Asimismo, se alude a las fiestas de los pescadores y a sus canciones y se mencionan algunos instrumentos musicales que, metafóricamente, Anfriso utiliza para su frustrado cortejo a Tisbea, como la vihuela o la zampoña, instrumentos que se usarían también en la fiesta que se celebra en la obra de Tirso, aunque esas recreaciones del folklore popular era un tópico literario que vemos también en las Soledades de Góngora, por ejemplo.

Ya en el último acto, el navío de la agraviada Isabela, de camino a Sevilla para casarse con don Juan y reparar así su honor, se detiene también en Tarragona por temor a un temporal y Fabio menciona una torre que corona una playa. Allí se conocen Isabela y Tisbea y aquella conoce por ésta la nueva tropelía de don Juan.

No tenemos en Tarragona una estatua que conmemore la figura de Tisbea, que puso a Tarragona en el mapa literario del siglo XVII como no tenemos tampoco una placa que recuerde dónde se imprimió el Quijote apócrifo de Avellaneda. Hay Regentas en Oviedo y Lazarillos en Salamanca y los raqueros de Pereda en Santander pero aquí cuesta ver esos detalles pequeños que enriquecerían sugestivamente la tradición cultural y literaria de la ciudad. Sería, yo qué sé, una bonita alegoría de la tradición pesquera de nuestra tierra y de la mujer trabajadora y de la dignidad de una mujer deshonrada. Ay, pero Tirso no era catalán.

lunes, 3 de agosto de 2020

495. La que todo lo da


El elegante sigilo con que Ramón García Mateos trabaja sus libros, tan alejado del bombo y platillo con el que el desesperado narcisismo de otros anuncia obras que ni siquiera se han terminado, nos regala estas sorpresas. Un día cualquiera, inopinadamente, uno amanece con la alegría de saber que el poeta salmantino ha dado su obra a la imprenta y el lector leal, emocionado, apura el libro que está leyendo y que ya le estorba entre las manos, para lanzarse a la lectura de lo que sabe feliz promesa de horas fecundas. El hijo de la tamalera, que así reza el sugestivo título de la nueva criatura, puede adquirirse en Amazon en formato digital o en papel. Aunque no es la primera vez que García Mateos cultiva la prosa (recordemos, por ejemplo, su magnífico Baza de copas, Premio Tiflos de Cuento, o su más reciente Verdades y fingimientos), sí es, si no me engaño, su primera incursión en la novela. El hijo de la tamalera narra las vicisitudes del veterano torero mexicano Rodolfo Rodríguez, «el Pana», que tres días antes de consumar uno de sus grandes sueños, presentarse ante el público de la plaza de Las Ventas de Madrid, relata su vida a un periodista que cubre la crónica del acontecimiento. La narración del torero, preñada de anécdotas, como sus encuentros con Truman Capote o Carlos Fuentes, entre otros personajes, se intercala con las reflexiones del periodista, algunas personales y otras de carácter metaliterario, trasunto estas últimas de las ideas y preocupaciones del propio autor. La entrevista nunca verá la luz, pero el periodista, magnetizado por la figura del torero, pergeña años después la novela que nosotros leemos ahora. Las evocaciones del diestro, cuyo halo trágico tanto recuerda a los personajes valleinclanescos del esperpento, se combinan en primera y tercera persona, pues Rodolfo Rodríguez y «el Pana» se desdoblan para hablar el uno del otro, como si fueran –acaso lo son– personas distintas. Es justamente el tema del desdoblamiento uno de los asuntos recurrentes de la novela: Rodolfo Rodríguez crea a «el Pana» pero éste se erige tanto más verdadero que el propio Rodolfo, lo que labra la piedra angular del credo literario: todo personaje de ficción es real en tanto que existe en la literatura. Por eso «el Pana» de García Mateos, muerto en Las Ventas el 15 de mayo de 2008, es tan real como el que murió el 2 de junio de 2016 en el Hospital Civil de Guadalajara (México). Y por eso, el Puñales, viejo conocido de la literatura de García Mateos, vuelve a aparecer por estas páginas. Pero el tema del desdoblamiento va más allá, y es también una ontología de la dualidad que somos, quintaesenciada en la propia labor de la escritura. A esa combinación de primera y tercera personas, se une, casi sin transición, la tercera del narrador externo, creando una amalgama que, lejos de estorbar, preocupación que el propio periodista declara en sus reflexiones literarias de los capítulos anejos (estos sí, independientes hasta en la cursiva con que son escritos), contribuye a intensificar la ensoñación del recuerdo, y la mezcolanza de las palabras, enteladas por el alcohol, convierten la polifonía en un monólogo de la evocación misma. La caracterización del personaje es inolvidable, con su épica castiza que, como toda épica, tiene sus epítetos, como «la que todo lo da y todo lo quita» referido a la Plaza Monumental de México. Un juguete roto que alcanza tintes heroicos en su derrota y que va más allá de la historia de un torero. El estilo, como no podía ser de otra manera, satisface los paladares exigentes y en él se aprecia al poeta: «la luz del mediodía nos asaeteaba con agujas de enjalmar que se hincaban en las sienes con acidez alimonada». Especial mención merecen los capítulos metaliterarios del periodista, todo un aserto donde se dan cita credos literarios y vicisitudes de la escritura con otros desasosiegos. El hijo de la tamalera es, también, la redención literaria de «el Pana». Porque si la Monumental todo lo da y todo lo quita, la literatura, casi siempre, es un coso que todo lo da.


lunes, 27 de abril de 2020

483. Ejecutoria de hidalguía



Este viernes se cumplen 20 años desde que apareciera el primer número de La Poesía, señor hidalgo. La revista, codirigida por Ramón García Mateos y Juan Ramón Ortega Ugena salió a la luz el 1 de mayo del año 2000, «finisecular e ilusivamente apocalíptico», al precio de 700 pesetas. La publicación debe su nombre al famoso pasaje del capítulo XVI de la segunda parte del Quijote, cuando el bueno de Alonso Quijano realiza ante el Caballero del Verde Gabán su definición del género poético. El fragmento se halla reproducido en la portada de la revista, diseñada por José F. Ríos. El consejo de redacción lo formaban, además de sus dos directores, los poetas Guillermo Fernández Rojano y Juan López-Carrillo. La revista salió de las planchas de la imprenta Day Print, de Reus, y desde el principio llamó la atención por el tamaño de sus páginas (21x33).
Con sugestivos dibujos del artista Pere Barniol, aquel primer número dio acogida a 14 poetas y a más de una treintena de poemas. Por sus páginas desfilaba la mirada tamizadora del mundo de Joan Elíes Adell; el cromatismo musical y la apología serena de la cotidianidad y de la verdad prístina de Antonio Carvajal; el amor azaroso de Francisco Castaño; los versos de tierra germinadora de Flavia Company; la evocación de la belleza y la pérdida de la inocencia entre el entrañable cortejo de mitos literarios de Luis Alberto de Cuenca; el erotismo pérfido y la rebeldía contra la domesticación social de Guillermo Fernández Rojano; la nostalgia con olor a eneldo, luz de albahaca y hojas secas de Ramón García Mateos y su aguerrido olifante llamando a los enfermos de luna; el amor redentor y la tensión entre la palabra y su silencio de Alfredo Gavín; la bella taxonomía de los poetas de Juan Carlos Mestre, su casa roja alucinada; el erotismo displicente y la amanecida cruel de Eduardo Moga; el terrible envés de la inocencia, agazapado tan cercano, y el milagro de hacer hablar a los muertos, de Jesús Munárriz; el anhelo de la palabra libre y esencial de Juan Ramón Ortega Ugena; el descreimiento del mundo y su marchitamiento, y el recuerdo consolador, de Ramón Oteo; la ternura y el desvalimiento irreverente de José Viñals.
Luego la revista se nutrió, como anunciaba el editorial fundacional, de textos en prosa,  crítica literaria y reseñas de novedades con la participación también de escritores de primera fila. En ese mismo editorial, tras la presentación de rigor, se advierte también de la personalidad atractivamente belicosa de la publicación: «no sólo es una publicación insumisa […] sino que además, nacemos con vocación de francotiradores de la palabra. Tenemos bueno tino y sabemos escoger el blanco. Y no debemos a nadie la escudilla».
Ángel Luis Prieto de Paula ya lo apuntaba en uno de sus deliciosos artículos recogidos en Monólogos del jardín. En «De la vida de provincias» dice el maestro de Ledesma: «Uno, muy limitado a lo que se cuece en las grandes editoriales, se conmueve al comprobar la feracidad de tantos escritores, editores y lectores que, lejos de la corte y sus reclamos, trabajan sin esperar reconocimiento o sin obtenerlo cuando lo esperan». En esa vocación apasionada y desinteresada por la literatura se cifró también aquella revista nacida en una de esas ciudades de provincias de las que habla Prieto. El proyecto, como suele suceder casi siempre, duró los números que tenía que durar. Ahora, con la perspectiva que dan las dos décadas desde aquel primer número, ningún notario de corte se atrevería desestimar su indiscutible ejecutoria de hidalguía.

lunes, 9 de septiembre de 2019

457. Veneitxa está en Tarragona



La noticia de la cesión del archivo y biblioteca personales del escritor Rafael Azuar (1921-2002) al fondo bibliográfico del IAC Juan Gil-Albert de Alicante por voluntad de sus seis hijos ha vuelto a colocar el nombre del excelente autor ilicitano en la palestra literaria y, de rebote, nos sirve a nosotros también para vincular su figura con nuestra provincia, pues algunos de los avatares biográficos y literarios de Azuar lo emparentan, como veremos, con tierras tarraconenses.
A Rafael Azuar se le conoce, sobre todo, por tres obras: Modorra, ganadora del prestigioso Premio Café Gijón en 1967 y merecedora de las alabanzas de Josep Pla, entre otros; Teresa Ferrer (1954), cofinalista con Ignacio Aldecoa del premio que otorgaba el popular sello editorial La Novela del Sábado; y Los zarzales, galardonada con un tercer premio por la revista Ateneo de Madrid. De esta última novela cuenta José Ferrándiz Lozano, director cultural del IAC Juan Gil-Albert, que Azuar mandó el libro al Premio Planeta en 1958, y comoquiera que el escritor se enteró por la prensa que había quedado entre los finalistas, sintió la necesidad de comunicarle al editor José Manuel Lara que parte de la obra había sido distinguida en el premio de marras. La confesión solo sirvió para que Planeta retirara la obra seleccionada pero también para demostrar la honestidad intelectual de Azuar. En la solapilla bio-bibliográfica que la valenciana editorial Aitana incluyó en la posterior publicación de Los zarzales un año despues, se mantiene, sin embargo, su condición de finalista del Planeta, “obteniendo la calificación máxima de estilo”, uno de los criterios que debía de usar el jurado del cotizado galardón cuando el Premio Planeta era un premio literario.
Dos de las obras mencionadas, Teresa Ferrer y Los zarzales surgieron de la estancia de Azuar en La Vilella Alta, el municipio de la comarca del Priorat donde el escritor ejerció como maestro. A La Vilella Alta, Azuar la llama en sus novelas con el nombre de Veneitxa, y algunos de los detalles descriptivos permiten identificar el entorno geográfico de los espacios de la narración. Por ejemplo, y por nombrar solo uno de esos indicios, en Teresa Ferrer, Teresa y su amante se ven a escondidas entre las ruinas de una vieja licorería, probablemente la extinta fábrica de aguardiente, las llamadas “ollas”  que desde finales del siglo XVIII habían ido instalándose en diferentes municipios del Priorat. Los pormenores orográficos y florales de la zona contribuyen también a identificar Veneitxa como La Vilella Alta, por no hablar de cuando se nombra explícitamente la capital de Tarragona en algunos de los desplazamientos de los personajes. En ambos libros hay una profundidad psicológica de altos vuelos y a mí me ha llamado especialmente la atención la construcción casi alegórica de los personajes masculinos, como si fueran meros símbolos primitivos de una virilidad exacerbada y enigmática, a la manera lorquiana.
La relación de Azuar con Tarragona no termina, sin embargo, ahí. Su libro Poemas (1950), anterior a su oficio de novelista, se editó en la ciudad imperial con el mítico sello tarraconense Torres i Virgili, fundado por Josep Pau Virgili Sanromà, más conocido como “el iaio Virgili”, que ostenta su estatua sedente de eterno observador en su banco de piedra de la Rambla de Tarragona.
Ya nadie escribe como Rafael Azuar. Su preciosismo formal y su lirismo quintaesenciado, especialmente en sus descripciones rurales, engalanan los ojos del lector que, lacerado por el prosaísmo y la fealdad circundantes, agradece ingresar en ese extrañamiento del lenguaje artístico que debiera ser siempre el único idioma de la literatura

lunes, 10 de diciembre de 2018

425. La Constitución es de las plazas



Estatua de la Plaza de la Constitución de Bonavista (Tarragona)

La celebración de los 40 años de la Carta Magna y la restauración de la estatua que preside la Plaza de la Constitución de Bonavista, me han llevado a recordar la historia de nuestro primer Teatro Principal, derruido en 1964, y cuya fachada, como se sabe, estuvo coronada por la escultura de marras antes de ocupar su emplazamiento definitivo en el carismático barrio de Poniente.
Está atestiguado que Tarragona dispuso de teatro ya en 1636 vinculado al Hospital de la ciudad, que usaba la taquilla de los espectáculos como fuente de ingresos. Esta práctica era habitual entre los hospitales catalanes. Ya en 1587, un Real Privilegio de Felipe II aprobaba una subvención para pagar a los comediantes que actuaban en el teatro anejo al Hospital de la Santa Creu, en Barcelona, con el fin de garantizar el beneficio neto de los espectáculos. También los hospitales de Reus y Valls siguieron esa costumbre. En el Llibre del Consolat del 29 de abril de 1636 se dice, respecto al edificio de comedias del Hospital de Tarragona, que se hace necesaria “una casa y aposento per els comediants per a que quant vingessen comediants, puguessen representar ab comoditat, per lo que diuhen a de resultar molt profit per la dita casa del Hospital”. Esta crónica podría colocar al teatro de Tarragona como el más antiguo de Cataluña tras el del Hospital de la Santa Creu de Barcelona. La historia de aquel primer teatro tarraconense, que compartía edificio con el hospital, está jalonada de curiosas anécdotas. En 1667 se constata la presencia de comediantes en la ciudad, “puix an ficat cartells o titols per los cantons de la Ciutat”, y las autoridades instan a la compañía a que actúe en el espacio del hospital y no en la calle, pues por aquel tiempo se estaban realizando actos de plegarias para combatir la sequía. En 1675, el salón de comedias fue utilizado como cárcel para los presidiarios franceses que habrían participado en la Guerra dels Segadors. En 1733 se sabe que actuó en el teatro la compañía italiana de los Trufaldines, cómicos dell’arte que influyeron decisivamente en importantes dramaturgos españoles del siglo XVIII como Antonio de Zamora y José de Cañizares y precursores de la “comedia de magia”, que cosechó enorme éxito durante toda la centuria. En 1820, se decidió ampliar el teatro del hospital de Santa Tecla, construyendo un edificio exento en la calle Comte de Rius. El proyecto corrió a cargo de Vicenç Roig, escultor, a su vez, de la estatua de la Constitución que erigiría en lo alto de la fachada del teatro, y conocido también por su Presentació al temple, altorrelieve de la capilla de la Presentación de la Catedral de Tarragona, o por sus dibujos sobre la Guerra de la Independencia que se conservan en el MNAT, en cuya fundación contribuyó decisivamente. La estatua del teatro tuvo que ser remodelada cuando llegó la reacción absolutista, cambiando el libro de la Constitución de 1812 que sujetaba la diosa en las manos por una lira; se evitaba así su destrucción. Tras la demolición del teatro en 1964, la estatua quedó olvidada en los almacenes municipales de la Plaça del Pallol durante 20 años. En 1984, de nuevo con la Constitución en las manos, la estatua fue colocada en Bonavista. Su nueva vida vinculaba ahora la Constitución de Cádiz con la de 1978 y se convertía en el primer monumento de la ciudad que conmemoraba la Carta Magna. Quizás los avatares de la estatua sean signo de su verdadero destino. La Constitución no se hizo para mirarnos desde las alturas en la fachada de un teatro, sino para mezclarse con las gentes en el ágora de su pueblo, que es la plaza pública. Yo, que nací el mismo año que la Constitución, me detengo a veces a contemplar la estatua más emblemática de mi barrio, mientras oigo los gritos libres de la chiquillería jugando en la plaza. Y pienso en los absolutistas del siglo XIX y no veo muchas diferencias con los absolutistas del siglo XXI. Y miro orgulloso a mi barrio, aguerrido custodio del libro que sujeta la diosa en las manos, que no es una lira, pero como si lo fuera.



Plaza de la Constitución de Bonavista (Tarragona), con la estatua de espaldas.


Antiguo Teatro Principal de Tarragona. La estatua de la Constitución luce coronando la fachada.



lunes, 19 de noviembre de 2018

423. 'Pájaros de niebla'



Cuando uno se topa con un prólogo de la extremada calidad con la que Juan Carlos Elijas ha escrito el suyo, el reseñador tiene ya poco más que añadir. Debiera, pues, limitarme a decir amén y a no incurrir en redundancias o matizaciones que siempre acabarían por desmerecer un preámbulo prácticamente perfecto. Reconforta sobremanera hallar a personas como Elijas, que todavía creen en el trabajo bien hecho, cargado de compromiso y respeto, riguroso e inteligente, tan lejos de esos otros prologuistas que cubren el expediente con cuatro generalidades y luego estampan su nombre en la portada de un libro que no es suyo para seguir acumulando méritos. En el caso que nos ocupa, Jaume Palau, el beneficiario del prólogo de Elijas, debiera sentirse enormemente agradecido y hasta abrumado. Es lo que sentiría yo ante un regalo así.
Pero Pájaros de niebla (Silva Editorial), tiene más cosas además de su magnífico prólogo, y de ellas habrá que hablar, aunque sea someramente, en el poco espacio de que disponemos aquí. Del nuevo libro de relatos de Jaume Palau podemos empezar diciendo algo que ya sabíamos: que el autor tarraconense domina con insultante solvencia los difíciles resortes narrativos del género. Su lectura, pues, se desliza, eficaz, con la naturalidad de quien hace sencillo lo dificultoso, de tal manera que uno llega al final de cada relato mecido por la hipnosis de una prosa ensamblada para el viaje peregrino de los ojos. Pero si el viaje es placentero por el traqueteo confortador del tren de las historias sobre las traviesas de las palabras, en cada estación donde se detiene, observamos la desolación de los viejos apeaderos de la vida, con su abandono y decadencia y su señorío de abrojos. Porque Pájaros en la niebla es la lírica de la renuncia y de los sueños rotos, del hastío y de la vida sin horizontes. Ya el primer relato constituye un pórtico que podría funcionar como poética de la obra. Personajes desnortados, sujetando la inútil brújula de la pérdida, desfilan por el libro como fantasmas, como meros sobrevivientes de una frustración que los fagocita. Y no importa la clase social a la que pertenezcan, desde el drama de las favelas a los falsos oropeles de los lujosos hoteles, apartamentos y cruceros, la mayoría de personajes se enfrenta a algún tipo de abismo: la insatisfacción vital, el fracaso, la miseria, la enfermedad, todo ello vertebrado siempre en un innegociable sentido ético. Especialmente atractivas son algunas evocaciones históricas, tremendamente sugestivas, como las de Qin Shi Huang y sus guerreros de terracota o la historia bíblica de Yrit, narradas con esa reminiscencia a la tradición y a la oralidad, así como algunas estampas poéticas, como aquella evocación otoñal o aquella otra que cierra el libro y que guarda resabios de la delicadeza oriental. Al libro, quizás, le haga falta alguna poda de algunos relatos que perjudican al conjunto. Y debiera tenerse cuidado también con algunos pasajes próximos a la literatura de autoayuda (“La cometa”) y a algunos finales efectistas que pueden resultar algo impostados. El final, por ejemplo, del relato “Pájaros de niebla”, es tan efectista como inverosímil, y aunque no se nos escapa su sentido último, creo que la magnífica crudeza, casi naturalista, de sus páginas previas, reclamaba un final en el mismo tono, sin concesiones, por esta vez, a la literatura. Con estas salvedades que, por supuesto, responden únicamente a la opinión personal de quien esto escribe, el libro de Palau conecta con el lector porque, a la postre, todos somos pájaros con alas de trascendencia, pero abrumados por esta espesa, inmisericorde niebla, que es vivir.

lunes, 16 de abril de 2018

400. Hacerse pueblo



Ya sabemos que es fácil sentar cátedra a toro pasado pero me van a permitir esta vez arrogarme (sin ánimo de exclusividad) el vaticino de este nuevo libro de Ramón García Mateos, que más tarde o más temprano había de darse necesariamente a la imprenta. Ya nos lo venía avisando el autor mismo en sus anteriores obras, que siempre han reservado un espacio para albergar la veta popularizante de muchos de sus versos. Pero si, además, se tiene el privilegio de haber sido su alumno, de conocer su persona y de disfrutar luego de su amistad, la premonición no tiene ya tanto mérito, pues basta con recordar el entusiasmo con que explicaba en sus clases el fenómeno de la oralidad, las jarchas, la juglaría y el Romancero (demorándose más de la cuenta –no podía evitarlo– en detrimento del resto del programa); basta con rastrear sus querencias literarias que, tanto cultas como tradicionales, han atendido siempre a la belleza de la canción popular; basta con oírlo cantar a él mismo, al calor del vino y de la amistad, viejas coplas de sabor añejo; basta con verlo ajuglararse en su aventura poético-musical con el grupo Goliardos; basta, en fin, con conocer el vínculo sentimental que, desde su infancia, ha contraído con el folclore, en el sentido más noble y etimológico del término, para convencerse de que este libro era casi una necesidad para la propia autoafirmación de su credo poético.
Nuevo ramo de viejos cantares, publicado por la editorial Silva, es un verdadero portento del dominio métrico y del espíritu del verso llano. Otros poetas cultos se vieron también tentados por la frescura y espontaneidad de la poesía popular, como aquellos que acabaron por conformar el corpus de eso que llamamos Romancero nuevo. Pero hasta ellos, con toda la indiscutible belleza de sus composiciones, no pudieron liberarse del todo del lastre de su propio ingenio, valga la paradoja. Ramón, en cambio, consciente del peligro de la impostura, tan en las antípodas del género, se ha hecho pueblo hasta el punto de que su libro podría pasar por una antología de los viejos cantares. Para ello se ha servido muy inteligentemente de los recursos congénitos a la propia tradición oral: el metro corto (con un magistral despliegue del florilegio de estrofas populares), la asonancia, los arcaísmos léxicos y gramaticales, la noble rusticidad o los temas (amorosos, evocadores, históricos, festivos, agrícolas, eróticos, procaces, viajeros, de escarnio, etc). Pero el verdadero mérito que da fe de la maravillosa recreación que el autor hace de la canción popular es la utilización de su fenómeno más señero: el de la transmisión oral. Y esto, claro, resulta paradójico en un libro escrito. García Mateos toma versos de la tradición y, o bien los glosa, o bien los transforma, o bien los continúa, contribuyendo con ello a su vida en variantes, que es parte esencial del género. Se da, pues, la anomalía de que un libro concebido para ser leído, pues los poemas se han fijado por escrito, participa, en realidad, de un presupuesto de la oralidad, que es el de ser parte del proceso de su vida en variantes. El milagro se hace cierto porque, repetimos, los poemas no parecen escritos por un poeta individual sino heredados de esa legión anónima que llamamos pueblo. Para acabar de consolidar ese premeditado calco de los procesos de la oralidad, el libro viene acompañado de un disco compacto donde varios artistas ponen música a los poemas y trascienden, por tanto, la fijación escrita. Se trata, en definitiva, de una maniobra originalísima cuyo gran acierto es, precisamente, que no lo parece. Y quién sabe si se cumple el sortilegio y algunos de estos viejos nuevos versos de Ramón toman vida propia y se acaban injertando en el cancionero colectivo, como aquel “lobito bueno”, de Goytisolo. Ramón, lo sé, renunciaría a ellos de buen grado, fundido y anónimo en el seno del pueblo, eterno ya.

domingo, 1 de mayo de 2016

321. 'Verdades y fingimientos'


Cubierta del libro: Pilar Gonzalvo
El último trabajo de Ramón García Mateos se presenta como un libro de relatos pero no lo es. O al menos no lo es en el sentido tradicional en que concebimos el género. Aunque la parte narrativa, como es natural, está presente, el libro es más bien una colección de estampas literarias, semblanzas de personajes más o menos desdibujados, homenajes, caprichos de la memoria, reflexiones, denuncias, evocaciones nostálgicas del pasado, guiños humorísticos… Es lo que el autor ha llamado “artefactos literarios”, marbete que también utilizó para su anterior libro de relatos, Baza de copas, con el que tanto comparte, y que, a su vez, tomó prestado de los artefactos poéticos de Nicanor Parra. El término no puede ser más acertado empezando por su propia etimología, “arte-facto”, hecho con arte, porque eso es el libro de García Mateos: un repertorio de piezas artísticas válidas en sí mismas donde no importa tanto la historia que se cuenta o las circunstancias que han llevado a los personajes a las situaciones que allí se describen, como la perla literaria engastada en las palabras. Palabras asidas al prodigio de la oralidad, del que el libro es un claro homenaje. Y así, en la espléndida estampa sobre Cervantes se alude a la Kasba de Argel, ese lugar donde aquellos “hombres ungidos con el don de la palabra”, cuentan sus maravillosas historias en los diferentes dialectos del árabe; o el contador de cuentos de una taberna en Valdegeña, alrededor de cuya figura se reúnen los parroquianos para escuchar sus historias (el contador de cuentos, así, sin nombre y apellidos porque los contadores de cuentos son de todos y no son de nadie, ni siquiera de ellos mismos); o el cariñoso recuerdo a Avelino Hernández, el gran promotor del filandón y de la cultura popular castellana. Una oralidad que obra el milagro de perpetuar mundos periclitados o en trance de desaparecer, a la que los personajes se aferran para dejar constancia de su paso por la vida: “Por si acaso, y para que no caiga en el olvido”, dice el preso de la guerra civil en las Comendadoras, antes de relatarnos su gesta en bicicleta por toda España.
El libro es también, desde el título, un juego entre lo verdadero, lo ensoñado y lo ficticio, que acaso sean la misma cosa, pues todo lo que ingresa en la literatura forma parte ya de la realidad. Por eso el inspector Méndez se entrevista con Francisco González de Ledesma, su autor, y Aquilino, personaje de Avelino Hernández, comparte su existencia con éste en Valdegeña, en dos inolvidables relatos con resabios unamunianos. El mismo falso patronímico que adopta Cervantes, Saavadera, es un símbolo de este juego.
Verdades y fingimientos es, además, una obra de los márgenes. Todo en ella está en el extrarradio de todo. Desfilan por sus páginas personajes marginales (inmigrantes, habitantes del arrabal, prostitutas, renegados, traficantes, presidiarios), desahuciados por la vida que alcanzan la redención en la palabra literaria del autor. Pero no sólo los personajes, también las edades de éstos se hallan en la frontera: los 60 de Cervantes, las edades maduras de Maigret o de Wallander o el propio inspector Méndez, que “no tiene edad, nunca la ha tenido, está en ese territorio de nadie que se ubica más allá de la madurez y en la cornisa de la desolación”. Del mismo modo, los espacios literarios son también fronterizos: el arrabal, la Argel del siglo XVI, el personaje Puñales que trafica en la frontera con Portugal, y el libro se llena de los topónimos imposibles de una geografía del limbo.
No falta la crítica social y política (la injusticia del inmigrante Mimón, el funcionario que medra y no recuerda ya de dónde viene, los políticos que se mezclan con la plebe en el bar para obtener algunos votos más y que le “joden el vermut” al narrador, la preocupación por el sistema educativo o esa radiografía del país que es “Espejo de príncipes”). Hay también una reivindicación del erotismo en su madurez y una atención al género policíaco. “La navaja” podría ser un espléndido inicio para una novela negra.

Los lectores de García Mateos reconocerán, además, todo su mundo en este último libro. No sólo por los elementos autobiográficos o por su ideario, sino también por el habitual ejercicio metaliterario del autor, en el que es fácil apreciar sus querencias. García Mateos ha creado un universo propio y reconocible que le permite convertir a Miguel, el del bar, en un personaje literario, ya desde Baza de copas, y emparentarlo, además, con el inspector Méndez, en una genealogía de heráldica literaria. Y entre tanto fingimiento, una certeza: la de su espléndida verdad literaria.





domingo, 18 de mayo de 2014

251. Filólogos


Morirse Martín de Riquer y desaparecer los estudios de Filología Románica de la Universidad de Barcelona ha sido todo uno. No se podría haber realizado peor tributo a la memoria del insigne medievalista. Con Riquer ha pasado como con don Quijote. Cuando el bueno de Alonso Quijano muere cuerdo en su cama, se lleva con él todo un mundo que, en realidad, estaba ya periclitado. La comparación cervantina es intencionada. La Filología en general, no sólo la Románica, hace ya tiempo que se halla sola e incomprendida en la trapisonda de una sociedad abocada al vértigo de lo práctico y de lo inmediato, incapaz de detener su vorágine para el cuidado esmerado de sus acciones o para el cultivo de la sensibilidad.
El filólogo es un pobre loco que se dedica a la inútil tarea de “desfacer” entuertos ortográficos o a luchar contra los malandrines que pervierten el idioma sin que el mundo perciba mérito alguno en esa empresa, pues una tilde de menos poco daño puede causar al devenir del universo. Es signo de los tiempos: se empieza por olvidar las tildes y se acaba por extraviar el bisturí en el bazo del paciente operado. Y así vamos, chapuceando por la vida y saliendo del paso tan ricamente. Los medios de comunicación prescinden ya de la figura del corrector de ortografía y estilo mientras a un filólogo en paro le atormentan las nuevas maritornes que se afanan en redactar en los periódicos, en colocar titulares en los telediarios o en escribir novelas. Por cierto que, llama la atención la escasa cantidad de filólogos que se dedican a la labor creativa. En cambio, escriben novelas los abogados, los ingenieros, los veterinarios y hasta los pilotos de avión. Por supuesto, el don de la escritura no es, afortunadamente, patrimonio exclusivo del filólogo; pero concedamos que le vincula a ella el lazo de la consanguinidad. Creo que hay filólogos que no escriben porque su relación con los grandes clásicos, a quienes conocen bien, llena de pudor cualquier intento de remedar el oficio insuperable de aquellos. El pudor del filólogo es tanto su  virtud como su condena. Pero, entretanto, escriben otros.
Así están las cosas. La licenciatura de Filología Románica, a la que los nuevos “peda-gogós” llaman ahora “grado” (los mismos que llaman “máster” al doctorado de toda la vida), desaparece del panorama universitario español mientras se proponen carreras sobre el arte circense.

Por ese motivo, en mitad de esta desolación, resulta tan reconfortante la iniciativa formativa que la Universidad Rovira i Virgili de Tarragona, a través de su Departamento de Filologías Románicas, ha puesto en marcha al ofertar su Diploma de Especialización en Literatura Aplicada, dirigido por los profesores Manuel Fuentes y Mª Isabel Calle y con un equipo docente que garantiza el rigor y la calidad del curso (quien lo probó lo sabe). La ficha informativa de este posgrado, 100% online, puede encontrarse en la página web de la Fundació URV pero desde hace casi dos meses, la profesora Inmaculada Rodríguez viene colgando a través de Facebook (Literatura Aplicada-Posgrado FURV) algunas entradas deliciosamente sugestivas que, aunque son un anticipo del curso, también son, por sí mismas, delicadas perlas culturales. El enfoque interdisciplinar del posgrado desmitifica esa idea errónea que se suele tener de la Literatura como una disciplina endogámica y sin horizonte práctico (“Borges te ayudará a ser un arquitecto mejor”, se titula uno de los posts). 
Después de todo, cuando todo parece perdido, siempre encuentra uno el Bálsamo de Fierabrás.


domingo, 6 de abril de 2014

245. Cuarto menguante



Aunque el fenómeno del microrrelato no es nuevo (pienso ahora en Borges o Cortázar y, si me apuran, en las parábolas bíblicas), lo cierto es que su reflorecimiento sí es reciente, lo que le ha insuflado al género un aire de modernidad que en realidad no tiene. No sé si la extensión de estas pequeñas narraciones puede ser signo de la vida vertiginosa de nuestro mundo: una literatura que se consume con rapidez, apta para quienes, apremiados por ese mal endémico que es el reloj, desean adecuar el ejercicio de la lectura a tramos cortos, con un principio y un final próximos en el espacio narrativo; en definitiva, leer de una sola tacada una historia sin la servidumbre temporal que impone la lectura de una novela larga.
Del microrrelato me preocupan dos aspectos, uno relacionado con el lector y otro con el escritor. El primero es que el género corrobore esa tendencia del homo digitalis al fragmentarismo y a la falta de constancia, síntomas derivados ambos de la inmediatez y dispersión del lenguaje cibernético y su infinita red de hipervínculos, que no permiten reparar más de un minuto en un texto medianamente largo colgado en la red. Como consecuencia, el lector se convierte en un actor impaciente, pragmático, incapaz de perseverar en una trama que no le “enganche” desde el principio y con una preocupación prioritaria por la acción y por llegar al final cuanto antes. El segundo punto que me preocupa, el que atañe al escritor, tiene que ver con la deshonestidad literaria. Ahora todo el mundo se ha apuntado a la moda del microrrelato y los escritores de medio pelo parapetan su impericia y su pereza tras el marbete de un vanguardismo mal entendido. Sin embargo, el microrrelato, como el haiku, que es primo hermano suyo, son géneros de una tremenda dificultad porque su carácter sugestivo y el ingenio para la condensación conceptual requieren gran dominio y paciencia en el arte constructivo, el mismo detenimiento, por cierto, que requieren para ese lector con prisas que quizás se equivoque si piensa que al elegir el microrrelato, hallará en él la “ventaja” de la premura. Los microrrelatos se leen con lentitud o no se leen.

Jaume Palau salvaguarda la dignidad del género con su obra Cuarto menguante (Silva Editorial).  Lejos de sumarse al circo vanguardista, el autor tarraconense consigue darle encaje a la tradición reformulándola en sus relatos. Ese es su gran acierto. Así, hallamos originales revisiones de pasajes bíblicos, como el de Caín y Abel, el del carpintero José tallando la cruz de su hijo o el capítulo de Lázaro; versiones de temas mitológicos, como el de Ícaro; tópicos literarios como el beatus ille; ecos petrarquistas en el concepto del amor como lucha de contrarios o como enfermedad; referencias a Kafka, etc. Especial interés tienen las estampas históricas y las inspiradas en obras de arte, imbuidas de lirismo evocador. No faltan la crítica social, cruda a veces, irónica otras, siempre ética; las reflexiones metafísicas; el humor; historias futuristas; de terror o sobrenaturales; metaliterarias; y una atmósfera orientalista en algunos relatos, que tan bien casa con las moralejas y el carácter sentencioso que a veces suele alimentar el género. Si acaso sobra en algún relato un exceso de prosaísmo y en otros, sobre todo los ligados a la cotidianeidad, se peca de cierto maniqueísmo que no deja margen para la sugestión, virtud que precisamente forma parte sustantiva del microrrelato. El libro termina con las “Semillas”, pequeñas frases próximas al aforismo realmente deliciosas, y cumple de esta manera el plan inicial indicado por el título: los relatos van menguando su extensión conforme se avanza en su lectura hasta llegar a la mera oración. Antonio Luque Ávila ha ilustrado algunas piezas con poemas visuales, que complementan la lectura de los relatos. Cuarto menguante es una recomendable degustación literaria que, como ocurre en los restaurantes gourmet, deleitan el paladar pero le dejan a uno con ganas de más. Precaución: el microrrelato puede ser adictivo.

viernes, 25 de octubre de 2013

226. Libro libre


 
 
Más allá del carácter subversivo, provocador, irreverente y cuantos calificativos quieran aplicársele a este Libro libre (Arola) que hoy se presenta en Cambrils, lo cierto es que el interés de la obra radica, sobre todo, en un posicionamiento muy particular ante el hecho literario. No voy a decir que la parte más interesante del libro sea su prólogo porque no quisiera verme entre los “20 sonetos de escarnio y maldecir” de Alfredo Gavín, uno de los 5 poetas que junto a Ramón García Mateos, Juan López-Carrillo, Vicente Llorente y Eduardo Moga, ha participado en la elaboración de este poemario. Pero es verdad que el prólogo es especialmente interesante por lo que tiene de manifiesto literario. Libro libre reivindica la voluntad de que todas las palabras quepan en la literatura, también aquellas que el decoro léxico ha desterrado del lenguaje poético. No creo que se trate, como podrían pensar ciertos sectores de la mojigatería literaria, de una exhibición gratuita de la palabra soez. Y no lo creo porque al libro le asiste un principio irrefutable: el de la verdad, el de la sinceridad sin ambages ni cortapisas. No hay gratuidad en ello; al contrario, se paga alto el precio de darse tal cual se es en los versos que se escriben. Es cierto que la riqueza del idioma español y su incuestionable belleza hacen prescindibles del arte literario aquellas palabras que sonrojan o violentan la sensibilidad y “el buen gusto”. Pero no es menos cierto que un escritor que desee describir un pasaje sórdido o una baja pasión o la indignación ante una injusticia necesita “ensuciar” su expresión, hacer jirones la púber tela de la palabra, indignar el vocablo para que supure la hiel con que se indigna. Ocultar esa verdad expresiva por simple recato es una traición literaria y el impoluto traje sólo cubre un cuerpo vacío y, lo que es peor, una mentira. “O todas o ninguna, -dice el prólogo-: eso creemos los que suscribimos este libro, cuyo único propósito es ser libre: libre de los códigos que nos constriñen, libre de la hipocresía que devalúa el lenguaje que nos constituye, libre de la urbanidad que hace tiempo que se ha convertido en gazmoñería, libre de la sátira que el sistema es capaz de deglutir, libre de la estulticia y la pasividad y la indiferencia”.

Aunque el mismo credo vertebra la aportación de cada uno de los cinco poetas, el tono de cada uno de ellos es distinto. García Mateos acude a la literatura popular para rescatar del recuerdo al viejo Argimiro, “el último coplero”, que entonaba de día sus milagros de santos y de noche “seguidillas obscenas y jotas procaces”; el tono es, pues, festivo. Los sonetos “de escarnio y maldecir” de Alfredo Gavín tienen, en cambio, reminiscencias quevedescas y andan a medio camino entre la sátira jocosa y la indignación; López-Carrillo mantiene la descarnada y agridulce expresión de la cotidianeidad que ya nos regaló con Los muertos no van al cine (Candaya, 2006); en la misma línea está Vicente Llorente, aunque con una predilección por los juegos de palabras y la imagen sorpresiva; finalmente, Eduardo Moga es el más críptico de los cinco poetas y su poesía transita por una metafísica pesimista que reivindica un yo diluido entre la maraña obscena de la realidad.

La presentación del libro tendrá lugar hoy a las ocho de la tarde en el Nou Espantall de Cambrils (Plaza Francesc Macià, 5) “porque las tabernas han sido siempre lugar propicio para el exabrupto y, si fuera menester, la blasfemia”. Absténganse pusilánimes y bienpensantes.

domingo, 4 de noviembre de 2012

180. ‘Los muertos no van al cine’


Juan López-Carrillo, nacido en L'Ampolla, Tarragona
 
Dice Ramón García Mateos en su Baza de copas, que cada día está “más convencido de que el poeta Juan López-Carrillo es un ente de ficción”. Aunque concedamos esta convicción al amparo de las licencias literarias, lo cierto es que, leyendo Los muertos no van al cine, de Juan López-Carrillo, éste nos parece tan real como la vida misma, a veces, incluso, demasiado real, de una realidad que duele.  “Los muertos no van al cine” es un libro de poemas editado por Candaya en el año 2006. Durante 6 años ha estado durmiendo el sueño de los justos con algún feliz desvelo esporádico, pero ya resulta enojosa esa butaca vacía en la sala del cine de la vida literaria de estos muertos tan vivos. Que nadie se confunda. Yo no vengo ahora a descubrir aquí a López-Carrillo, quien se basta solo; no me arrogo tales potestades de gurú literario como hacen otros. Yo sólo soy un lector de Juan. Y a López-Carrillo se le conoce bien. De él llegó a decir el prestigioso editor Sergio Gaspar que la suya es la mejor poesía visual que se hace en España (léase su 69/Modelo para amar). Y otros han descrito ya sus méritos en diferentes medios de comunicación. Pero sí quiero aprovechar este repunte que su libro ha experimentado en los últimos tiempos (en la revista de la mexicana Universidad de Monterrey se recomendó recientemente su relectura junto a Lorca, Cortázar y Cervantes) para recordar a los adeptos de la novedad, que los libros, particularmente los libros de poesía, son siempre nuevos, y también para anotar su  sinuosa e impredecible vida, como la de estos muertos que ahora resucitan.

Aunque el tono de Los muertos no van al cine resulte jocoso, el lector que se adentre en sus versos no podrá evitar una media sonrisa de acíbar que no alcanzará nunca la carcajada. Porque el humor de López-Carrillo es sólo el anverso de la gran tragedia de la soledad. La cortina burlona y falsamente autocomplaciente de sus poemas, una  vez superado el reconocimiento de su inteligente y ácida comicidad, dejan de hacernos gracia cuando la miramos al trasluz. Escapando del victimismo barato que habría lacerado su amor propio, López-Carrillo encuentra en el humor el modo de decir lo que siente sin caer en el ripio ñoño que fácilmente tienta a quienes se someten a la fatalidad del desengaño amoroso y de la soledad, sentimientos cuya universalidad y larga tradición poética los hacen difícilmente individualizables y originales. El resultado de ese tamiz humorístico, deja en la superficie la sonrisa y el juego festivo, para filtrar, destilado y sincero, el verdadero pulso de su alma dolorida. Esta sinceridad que el resabio humorístico ha despojado del tópico, se acentúa por la hiriente cotidianeidad que los reviste. La poesía, que muchas veces ha debido recurrir a la abstracción y al artificio para legitimarse como tal, se ha distanciado de los hombres y de su inmediatez. Pero cuando el verso de López-Carrillo penetra por los intersticios de la más palpable realidad, la de los relojes despertadores, la de los teléfonos, la del colesterol, la de las cucarachas en el pasillo, la de todos esos objetos y experiencias rutinarias que parecen no poetizables, entonces el poema activa los resortes de nuestra realidad de una manera tan radical que sentimos las punzadas de la vida en cada lectura. Así, por ejemplo, en “Consuelo”, una llamada telefónica del banco para requerir el pago de un crédito olvidado, permite que una voz anónima salve al poeta “de la soledad y el abandono/por el precio/de unos intereses de demora”. Y esta imagen tan desoladora vale por todas las metáforas sobre la soledad que haya podido dar la “alta poesía”. Porque la alta poesía es sólo la que puede calar en el alma de los hombres. La otra es poesía muerta; y los muertos no van al cine.