domingo, 6 de septiembre de 2026

732. Contra los poetas de corte

 


No sabemos a ciencia cierta si Óscar Restrepo, el protagonista de la nueva película de Simón Mesa, es un buen o un mal poeta. A tenor de los pocos versos revelados en la cinta, aventuramos que no atesora la suficiente calidad. Efectivamente, el poema dedicado a su hija, que la exesposa de Restrepo le lee a la niña en una de las secuencias del filme, se antoja remilgado y ñoño. Pertenece a un libro, La noche y tú, ganador de un premio nacional cuando su autor contaba apena con quince años, y que el poeta blande como ejecutoria de hidalguía poética en currículums y festivales. Solo que Restrepo supera ya la cincuentena y, desde aquel galardón de la adolescencia, el cultivo de la poesía no le ha reportado la gloria prevista. Antes bien, los cenáculos literarios lo tratan con humillante condescendencia y lo invitan por pura lástima. Hay quien observa que obra en menoscabo de la película la caída en el cliché del poeta maldito. Efectivamente, Restrepo, incapacitado para la vida práctica encarnada en su hermana, no sabe ni quiere hacer otra cosa que triunfar como poeta, aunque su contumacia lo aboque a la pobreza, el alcohol, el divorcio, la pérdida del amor de su hija, la depresión o el ridículo patetismo. Apoyaría la tesis de quienes así opinan si no fuera porque el lugar común deja de serlo cuando la realidad se encarga de recordarnos que existen personas de ese perfil; que un repaso a la historia marginal de nuestra literatura arroja decenas de casos similares; y que yo mismo conozco y trato a algunos de estos poetas irredentos, cuya vocación insobornable me merece el máximo de los respetos. Sobre todo, porque, mala o buena, la poesía de estos escritores no se ha prostituido aún a los clichés –estos sí– de la poesía-espectáculo cultivada por sobreactuados activistas sociales o performers de TikTok. Precisamente ese es uno de los grandes aciertos de Simón Mesa. Cuando Restrepo conoce la afición de una de sus alumnas a la poesía y quiere redimir su fracaso catapultando el talento de ella, la niña ingresa en una de esas instituciones literarias que, enseguida, adulteran las sencillas pero honestas piezas poéticas de la menor para convertirla en un subproducto ideológico lleno de hipocresía que solo busca el impacto mediático auspiciado por el origen humilde de la alumna, instrumentalizándolo demagógicamente. El propio director de Poesía Viva, que así se llama la organización cultural, es un falso redomado que, entre bambalinas, y fuera del foco, le pregunta a Restrepo, mientras orinan en los mingitorios, si ha descubierto entre sus alumnas alguna que tenga buenas tetas y buen culo. Luego, durante las sesiones poéticas defenderá, claro, la dignidad de las mujeres. La tiranía de la superficialidad también se aprecia en el éxito de un tal Fausto, cantante que lidera las listas de éxitos musicales a través de canciones con letras y estilos de muy baja estofa, mientras Restrepo, que se deja el alma en cada verso, vive su gris anonimato. Se erige entonces en símbolo la figura de José Asunción Silva (1865-1896), poeta colombiano que se mató de un disparo en el pecho a los 30 años y autor de cabecera de Restrepo, cuyo modelo literario y vital parece querer imitar, sugestionado por el prestigio póstumo de los suicidas. Sirvan los versos de Silva en su poema «Poeta de corte», inserto en Gotas amargas como colofón al fracaso de todos los Restrepos del mundo: «Soñó con los laureles del renombre /con el aplauso de la muchedumbre /y hoy es tan solo un infeliz que esconde /su desencanto y su honda pesadumbre».