Resulta
inevitable sentir fascinación por la sorprendente y radical modernidad de La serrana de la Vera, la tragedia
escrita por Luis Vélez de Guevara cuyo estreno en 1613 dio luego lugar a una
efímera presencia en las tablas: la obra no gustó en su época. Y no gustó como
no gustan los textos incómodos. En La
serrana de la Vera se abordan temas tan en boga en nuestro tiempo como el
feminismo, el lesbianismo o la transexualidad. Efectivamente, Gila, que así se
llama nuestra serrana, se siente hombre: «mujer soy sólo en la saya», afirma en
un momento de la obra. Su comportamiento bizarro (cazadora, diestra en las
armas) así lo ratifica. Siente admiración rayana en el enamoramiento hacia
Isabel la Católica y venga en todo el género masculino el agravio sufrido por
el capitán que la burló.
La
compañía alicantina de Emma Lobo estrena ahora una versión libre de la obra
titulada Serrana: emperadora o alimaña.
La actriz de Santa Pola se echa a la espalda todo el texto de la adaptación, a
cargo de Quico Cadaval, asumiendo con enorme solvencia los muchos registros que
el elenco de personajes le reclama. La obra se divide en dos partes. En la
primera, ambientada en nuestro tiempo, se da cuenta, por parte de las
autoridades y de la prensa, del caso de una asesina en serie detenida por la
Guardia Civil, que había perpetrado una matanza de hombres desde su refugio en
la sierra. A continuación, Emma Lobo romper la cuarta pared y se dirige al
público para resumir didácticamente el argumento de la obra de Guevara, sin
renunciar –acertadamente– a recoger algunos parlamentos del original. Con ello,
Lobo se gana enseguida la complicidad del público, complicidad tachonada de
divertidos guiños humorísticos y tono confidencial. Pero la tesis de la
adaptación no parece resolverse nunca: se esboza, se autocuestiona y parece
querer dejar deliberadamente la responsabilidad de la reflexión en los
espectadores. La pregunta más importante es si Gila debe ser condenada a
muerte, como ocurre en la tragedia áurea. Interpelado el público, se concluye
la simpatía que la heroína despierta entre la concurrencia del teatro. El
motivo de esa simpatía parece proceder de una de las interpretaciones que esta
versión ofrece de los asesinatos de Gila: la serrana se ceba con todo el género
masculino porque este, en su colectividad, representa el patriarcado que limita
la libertad y los derechos de las mujeres. La pasividad o indiferencia de los
individuos hombres legitima la acción execrable del capitán y perpetúa la
posición de dominio masculino, privilegio que los hombres no quieren perder. En
virtud de todo ello, la serrana homicida se erige en mártir y paladín de la
causa feminista. Pero, enseguida, se cuestiona esta simpatía por mor
precisamente de sus asesinatos. Si esta violencia hubiera sido perpetrada por
un hombre, la condena social habría sido unánime. El asesinato, pues, crimen
siempre reprobable, se mide con una doble vara de medir según quién lo haya
llevado a cabo. La incomodidad del público ante ese espejo es uno de los
grandes aciertos de la función. También resulta muy sugestiva la comparación de
la prensa sensacionalista con la circulación de los romances populares del
siglo XVI, que cantaron los hechos de la serrana de Garganta la Olla,
degradados ahora al ruido del contertulio de turno y de las redes sociales. El
resultado es un montaje muy interesante: teatro reflexivo, cómplice,
envolvente, ameno y competente, que seduce al espectador, como la serrana, sin
necesidad de despeñarnos, a no ser que sea a la escarpadura de nuestra propia
conciencia ciudadana.

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