Ya
el título del último poemario de Juan Luis Bedins, Incierto perfume, adelanta algunos de los temas recurrentes de los
versos que encierra. El aroma conocido, pero ya desvaído, de ese perfume parece
trasunto del sedimento borroso de aquello que algún día fue, como la llama
mortecina y vacilante que otrora mostrara su fuego enhiesto sobre el pabilo de
la vida. La evocación del amor ausente porfía en su empresa de mantener vivo el
recuerdo, que es otra forma de hacerlo presente, asido a la primera fase del
duelo («Negación» se titula significativamente el segundo poema del libro,
donde Bedins evoca el cuerpo ausente y las caricias que ahora solo son
«inmanente soledad del tacto al azar del su vuelo»). Existe en el libro una
tensión antagónica entre la ausencia y la presencia del objeto poético. Así, el
poeta pide que ella lo piense y, a la manera del vasallaje amatorio del amor
cortés, lo sitúe «en la blanca llanura de tu voluntad»). A veces, la
remembranza es tan intensa, que la trae hasta el presente mismo, como en el
poema donde él aguarda, en la cama compartida, «absorto en tu misterio y tu
inminencia», la epifanía de su despertar. Pero, por lo general, la mayoría de
poemas están sometidos a la dolorosa tiranía de la nostalgia, ya sea desde la
soledad de un hotel, desde el abismo ocre de una vieja fotografía, desde la
casa vacía, desde la punzada erótica («tus pechos como enigmas cerrados en mis
manos»), desde lo onírico («los dioses navegan en un mar de jade y el viento
lleva el elixir del amor») o desde el momento auroral de la llegada de ella a
su vida. No obstante, algunas cartas que parecen posteriores a la hipotética
ruptura o la voz de la persona amada al otro lado del teléfono móvil actualizan
el tiempo poético y se desvelan los temores de ella acunados en los suyos. El
resultado es un desvalimiento que ahoga su naufragio en los bares o que pide,
desesperadamente, una noche, una sola noche, junto a ella. Entretanto, muerde
el recuerdo de aquel «presagio gris en nuestro lecho», cuando se anunciaba el
desmoronamiento, y acongoja la paulatina difuminación de ella («tu voz no llega
clara y contundente, los labios se marchitan») con el paso de los días.
El
otro gran protagonista del libro es la luz como motor, casi místico de la vida
y de la esperanza. Así, la luz que se abre paso sobre el asfalto, es palabra en
la calle que nos reclama ante el nocivo enclaustramiento físico y psicológico.
Ese vínculo entre luz y palabra se repite en varios poemas hasta devenir la
misma cosa, con el versículo genesíaco como telón de fondo conceptual.
El
paso del tiempo, «que cubre de moho las distancias», y la incipiente vejez
también están presentes. Así, «los huéspedes del tiempo» se reúnen para
rememorar viejos amores y el mundo es «un mundo de carcoma» que se desgasta y
nosotros con él. En otro poema, la vejez reformula el «arrabal de senectud»
manriqueño para decirnos que el verdadero centro –la vida madura y serena– se
halla en las afueras.
Hay
también una proliferación de estampas que van jalonando los poemas como
satélites líricos: la contemplación extática de la bailarina que desafía a la
muerte, en otro desacato al tópico de las danzas de la muerte medievales; escenas
crepusculares; panegíricos a ritmo de Eric Clapton; reflexiones metafísicas que
enfrentan materia y cielo, a la manera juanramoniana; evocación de un limonero
con resonancias hernandianas a su higuera y al «plectro sabiamente meneado» de
Fray Luis; o el poema «Mi casa», que es un hermoso canto a la cotidianidad.
Finalmente,
el libro parece querer situarse en el espacio de la esperanza: vivir el
presente con su muelle ritmo pausado; el amor como virtud y no como error;
enterrar las dudas; sentir gratitud; despertar a la vida que queda; arengas
para la resistencia ante la herida; el alcázar ante la muerte que son los ojos
que aman; atreverse a cruzar la avenida; celebrar la belleza; tras el balance
de la vida, seguir soñando a la manera de Rosalía de Castro. Y llegado el
último tránsito: «cae conmigo aquí, donde podamos mirar la clausura del día y
pensar cómo rompe el mañana».

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