lunes, 16 de febrero de 2026

717. De(cantar) el perfume

 


Ya el título del último poemario de Juan Luis Bedins, Incierto perfume, adelanta algunos de los temas recurrentes de los versos que encierra. El aroma conocido, pero ya desvaído, de ese perfume parece trasunto del sedimento borroso de aquello que algún día fue, como la llama mortecina y vacilante que otrora mostrara su fuego enhiesto sobre el pabilo de la vida. La evocación del amor ausente porfía en su empresa de mantener vivo el recuerdo, que es otra forma de hacerlo presente, asido a la primera fase del duelo («Negación» se titula significativamente el segundo poema del libro, donde Bedins evoca el cuerpo ausente y las caricias que ahora solo son «inmanente soledad del tacto al azar del su vuelo»). Existe en el libro una tensión antagónica entre la ausencia y la presencia del objeto poético. Así, el poeta pide que ella lo piense y, a la manera del vasallaje amatorio del amor cortés, lo sitúe «en la blanca llanura de tu voluntad»). A veces, la remembranza es tan intensa, que la trae hasta el presente mismo, como en el poema donde él aguarda, en la cama compartida, «absorto en tu misterio y tu inminencia», la epifanía de su despertar. Pero, por lo general, la mayoría de poemas están sometidos a la dolorosa tiranía de la nostalgia, ya sea desde la soledad de un hotel, desde el abismo ocre de una vieja fotografía, desde la casa vacía, desde la punzada erótica («tus pechos como enigmas cerrados en mis manos»), desde lo onírico («los dioses navegan en un mar de jade y el viento lleva el elixir del amor») o desde el momento auroral de la llegada de ella a su vida. No obstante, algunas cartas que parecen posteriores a la hipotética ruptura o la voz de la persona amada al otro lado del teléfono móvil actualizan el tiempo poético y se desvelan los temores de ella acunados en los suyos. El resultado es un desvalimiento que ahoga su naufragio en los bares o que pide, desesperadamente, una noche, una sola noche, junto a ella. Entretanto, muerde el recuerdo de aquel «presagio gris en nuestro lecho», cuando se anunciaba el desmoronamiento, y acongoja la paulatina difuminación de ella («tu voz no llega clara y contundente, los labios se marchitan») con el paso de los días.

El otro gran protagonista del libro es la luz como motor, casi místico de la vida y de la esperanza. Así, la luz que se abre paso sobre el asfalto, es palabra en la calle que nos reclama ante el nocivo enclaustramiento físico y psicológico. Ese vínculo entre luz y palabra se repite en varios poemas hasta devenir la misma cosa, con el versículo genesíaco como telón de fondo conceptual.  

El paso del tiempo, «que cubre de moho las distancias», y la incipiente vejez también están presentes. Así, «los huéspedes del tiempo» se reúnen para rememorar viejos amores y el mundo es «un mundo de carcoma» que se desgasta y nosotros con él. En otro poema, la vejez reformula el «arrabal de senectud» manriqueño para decirnos que el verdadero centro –la vida madura y serena– se halla en las afueras.

Hay también una proliferación de estampas que van jalonando los poemas como satélites líricos: la contemplación extática de la bailarina que desafía a la muerte, en otro desacato al tópico de las danzas de la muerte medievales; escenas crepusculares; panegíricos a ritmo de Eric Clapton; reflexiones metafísicas que enfrentan materia y cielo, a la manera juanramoniana; evocación de un limonero con resonancias hernandianas a su higuera y al «plectro sabiamente meneado» de Fray Luis; o el poema «Mi casa», que es un hermoso canto a la cotidianidad.

Finalmente, el libro parece querer situarse en el espacio de la esperanza: vivir el presente con su muelle ritmo pausado; el amor como virtud y no como error; enterrar las dudas; sentir gratitud; despertar a la vida que queda; arengas para la resistencia ante la herida; el alcázar ante la muerte que son los ojos que aman; atreverse a cruzar la avenida; celebrar la belleza; tras el balance de la vida, seguir soñando a la manera de Rosalía de Castro. Y llegado el último tránsito: «cae conmigo aquí, donde podamos mirar la clausura del día y pensar cómo rompe el mañana».

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