Lo
primero que se me vino a las mientes mientras leía Escicha fue dónde había estado metida Luisa Máñez durante todo este
tiempo. O dicho de otra manera, cómo diablos alguien que escribe así (y «así»
significa «maravillosamente») no había debutado todavía en el mundo de la
literatura. «Luisa Máñez nació en Valencia en 1979. Su primera novela es Escicha», reza la escueta solapilla de
la edición de Talentura, sin más alharacas. Y ya que aparece el nombre de la
editorial, permítanme insertar un breve inciso sobre el trabajo portentoso de
Mariano Zurdo al cargo de este pequeño sello madrileño que hace honor a su
nombre apostando por ese tipo de talento que solo las editoriales
independientes y el buen ojo de sus editores son capaces de apreciar.
Pero
volvamos a Escicha. El título, una
deturpación dialectal de la palabra «desdicha», viene acompañado del sugestivo
acrílico sobre lienzo a cargo de Francisco Poyatos que ilustra la cubierta, y
que resulta tan turbador como la prosa alucinada de Luisa Máñez. Aviniéndonos
al tonto prurito del crítico literario que busca siempre la manera de
etiquetarlo todo, podríamos emparentar esta novela con el tremendismo
castellano, el realismo mágico, el gótico latinoamericano o todos esos marbetes
a la vez. Pero lo que aquí encontramos es, sobre todo, la voz particularísima
de Luisa Máñez repleta de impresionantes hallazgos estilísticos, muchos de los
cuales –otra vez el crítico– me han recordado a aquellas asociaciones
semánticas de los simbolistas franceses o del creacionismo de Huidobro, es
decir, la proliferación de metáforas novedosas y rupturistas, como recién
inventadas, que amenazan la lógica tradicional y que, no obstante, se engarzan
en la trama argumental con una naturalidad lírica que fluye sin exhibicionismo.
El
argumento, ambientado en un pueblo manchego innominado, pero ubicado tal vez en
las inmediaciones de la Sierra del Segura, y en un tiempo también indeterminado
con atmósfera de la España profunda de posguerra, narra los avatares de una
familia donde la brutalidad, los bajos instintos, el primitivismo, la
superstición, lo telúrico y la ancestralidad se entretejen bajo el hilván de
una rara poética del extrañamiento que convierte cada sintagma en una imagen
poderosa. La novela entronca también con las ideas deterministas decimonónicas
donde los personajes parecen atrapados por su origen y cuyo destino parece
irreversible: «Los pobres no deberíamos haber nacido», dice Severo en boca de
su madre nada más empezar la novela. Y Severo, que desea ser una buena persona,
no puede evitar el embrutecimiento que hereda de su padre y que marcará el
devenir de su propia historia, pero también de la de las otras personas que se
cruzan en su vida, especialmente, la de Graciana, una mujer intersexual,
oprimida por su ambigüedad genital. Y he aquí, otro de los leit motiv de la novela: las circunstancias sociales de las mujeres
en un mundo duro e inflexible gobernado por el hombre y la tradición, cuya
supervivencia solo se cifra en una resistencia de precioso gineceo poético
asistido por la Naturaleza.
Estructurada
en tres bloques, la autora va abandonando paulatinamente, casi sin darnos
cuenta, esa prosa mágica para adentrarse en la escabrosidad sin paliativos de
la tercera parte, con reverberos naturalistas de alto voltaje. Acérquense a
esta Escicha y descubrirán un debut
literario fascinante que augura, si Luisa se atreve a llenar su solapilla, a una
autora tocada por la varita de la alta literatura. Su Escicha es pura dicha literaria.

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