Confieso
que al cuarto de hora de función, yo ya quería abandonar mi butaca del Teatro
Arniches y marcharme con Bea a cualquier tugurio de la ciudad para beberme
entera una botella de vino tinto de garrafón que me ayudara a olvidar el
exasperante espectáculo de los jodidos Coleman. Ya se relamen ustedes intuyendo
aquí una crítica teatral salvaje y demoledora sobre la, no obstante, exitosa
obra de Claudio Tolcachir, que lleva 20 años de gira ininterrumpida por más de
22 países y a la que ahora este cronista de provincias parece querer poner de
vuelta y media. Pero no. Porque mi deseo imperioso de huir del teatro no se
debía a un demérito del montaje sino, antes al contrario, a las virtudes que
atesora. ¿No me entienden? ¡Yo era un Coleman más! Y participaba del
desquiciamiento de esa familia que ahora los finolis llaman «desestructurada»,
compuesta por una caterva de personajes irritantes e inmaduros, gritones,
gandules y caóticos aherrojados a una cotidianidad sin horizonte, repleta de
agotadoras banalidades, lastrada por una lacerante incomunicación y herida de
muerte por la pobreza, los viejos rencores y un injusto determinismo, todo ello
capaz de volver loco a cualquiera. Yo no quería, pues, fugarme del teatro, sino
zafarme de esa familia que me había adoptado en su comedor, que es exactamente
lo mismo que quieren todos los personajes que la integran. Bueno, no todos. La
abuela, no. Porque la abuela representa el único eslabón que cohesiona todo el
clan. Su paciencia infinita y su condición de depositaria del orden en medio de
la anarquía general singularizan a este personaje cuya labor tutelar todos
reconocemos. Porque, ¿qué familia no ha perdido sus nochebuenas al morir la
abuela? Y eso es precisamente lo que ocurre aquí. Cuando la abuela enferma y
luego fallece, todo se precipita a la disolución. Y en esa diáspora, pierde
siempre el eslabón más débil. Se trata de Marito, interpretado espléndidamente
por el actor Fernando Sala, un pobre esquizofrénico cuya enfermedad mental es
utilizada por Tolcachir para explotar la vis cómica del personaje, salpicada de
un humor negro, directo y sin filtro, y a quien se le diagnosticará una
leucemia de la que solo tendrán noticia dos de sus familiares, que callan el
fatídico dictamen (la «omisión» del título). Cuando se produzca la definitiva
diseminación familiar, adivinen quién se hallará solo en el sofá del ahora
silencioso comedor, extrañado y perdido por un abandono que aún no intuye.
La omisión de la familia Coleman se despide de los escenarios con
esta última gira que pone el colofón a su larga ristra de reconocimientos.
Emparentada con el realismo sucio norteamericano y con el teatro de Tennessee
Williams o de Harold Pinter, sobre todo en lo concerniente a las complejas
relaciones familiares, el montaje de Claudio Tolcachir duele en su
deshumanización. Incomprensible para mí fue la hilaridad de las constantes
carcajadas que escuché en el Arniches el pasado viernes. Es la misma
estupefacción que debió de sentir Ionesco en 1950 durante el estreno de La cantante calva en el parisino Théâtre
des Noctambules, cuando las risotadas del público, que no había entendido nada,
llenaron el patio de butacas; Ionesco había escrito una de las tragedias más
desgarradoras de la historia del teatro, pero el público reía. Aun así, La omisión de la familia Coleman, salvo
en su estampa postrera, tampoco logró conmoverme. Tal vez, la sucesión
disparatada de los rasgos caóticos que configuran esa familia es demasiado
dilatada en el tiempo. Una inversión de paciencia demasiado agotadora y quizás
desproporcionada solo para justificar una tesis final que se despacha en unos
pocos minutos. Post scriptum: al
final no hizo falta el vino de garrafón.

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