lunes, 23 de febrero de 2026

718. El último adiós de los Coleman

 


Confieso que al cuarto de hora de función, yo ya quería abandonar mi butaca del Teatro Arniches y marcharme con Bea a cualquier tugurio de la ciudad para beberme entera una botella de vino tinto de garrafón que me ayudara a olvidar el exasperante espectáculo de los jodidos Coleman. Ya se relamen ustedes intuyendo aquí una crítica teatral salvaje y demoledora sobre la, no obstante, exitosa obra de Claudio Tolcachir, que lleva 20 años de gira ininterrumpida por más de 22 países y a la que ahora este cronista de provincias parece querer poner de vuelta y media. Pero no. Porque mi deseo imperioso de huir del teatro no se debía a un demérito del montaje sino, antes al contrario, a las virtudes que atesora. ¿No me entienden? ¡Yo era un Coleman más! Y participaba del desquiciamiento de esa familia que ahora los finolis llaman «desestructurada», compuesta por una caterva de personajes irritantes e inmaduros, gritones, gandules y caóticos aherrojados a una cotidianidad sin horizonte, repleta de agotadoras banalidades, lastrada por una lacerante incomunicación y herida de muerte por la pobreza, los viejos rencores y un injusto determinismo, todo ello capaz de volver loco a cualquiera. Yo no quería, pues, fugarme del teatro, sino zafarme de esa familia que me había adoptado en su comedor, que es exactamente lo mismo que quieren todos los personajes que la integran. Bueno, no todos. La abuela, no. Porque la abuela representa el único eslabón que cohesiona todo el clan. Su paciencia infinita y su condición de depositaria del orden en medio de la anarquía general singularizan a este personaje cuya labor tutelar todos reconocemos. Porque, ¿qué familia no ha perdido sus nochebuenas al morir la abuela? Y eso es precisamente lo que ocurre aquí. Cuando la abuela enferma y luego fallece, todo se precipita a la disolución. Y en esa diáspora, pierde siempre el eslabón más débil. Se trata de Marito, interpretado espléndidamente por el actor Fernando Sala, un pobre esquizofrénico cuya enfermedad mental es utilizada por Tolcachir para explotar la vis cómica del personaje, salpicada de un humor negro, directo y sin filtro, y a quien se le diagnosticará una leucemia de la que solo tendrán noticia dos de sus familiares, que callan el fatídico dictamen (la «omisión» del título). Cuando se produzca la definitiva diseminación familiar, adivinen quién se hallará solo en el sofá del ahora silencioso comedor, extrañado y perdido por un abandono que aún no intuye.

La omisión de la familia Coleman se despide de los escenarios con esta última gira que pone el colofón a su larga ristra de reconocimientos. Emparentada con el realismo sucio norteamericano y con el teatro de Tennessee Williams o de Harold Pinter, sobre todo en lo concerniente a las complejas relaciones familiares, el montaje de Claudio Tolcachir duele en su deshumanización. Incomprensible para mí fue la hilaridad de las constantes carcajadas que escuché en el Arniches el pasado viernes. Es la misma estupefacción que debió de sentir Ionesco en 1950 durante el estreno de La cantante calva en el parisino Théâtre des Noctambules, cuando las risotadas del público, que no había entendido nada, llenaron el patio de butacas; Ionesco había escrito una de las tragedias más desgarradoras de la historia del teatro, pero el público reía. Aun así, La omisión de la familia Coleman, salvo en su estampa postrera, tampoco logró conmoverme. Tal vez, la sucesión disparatada de los rasgos caóticos que configuran esa familia es demasiado dilatada en el tiempo. Una inversión de paciencia demasiado agotadora y quizás desproporcionada solo para justificar una tesis final que se despacha en unos pocos minutos. Post scriptum: al final no hizo falta el vino de garrafón.

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