Para
encabezar nuestra reseña nos apropiamos del título con el que Ángel Olgoso
nombra el primero de los 35 relatos que conforman Madera de deriva (Libros del Innombrable). La elección no es
baladí, pues uno de los aspectos que enseguida llama la atención es el
exquisito uso del lenguaje, su musicalidad, lirismo y elegancia. No en vano,
Olgoso dedica tres de sus textos a posicionarse con indisimulada vehemencia
contra la indigencia verbal de nuestros días
(«La pocilga de la facilidad») defendiendo la labor lenta y minuciosa de
la orfebrería lingüística («La lentitud del meteoro»), y todo ello pese a
Cioran, cuya cita contra el uso de la poesía en la prosa remata, en un
divertido anticlímax, el impresionante despliegue retórico de un voluptuoso
relato erótico. Y es que la metaliteratura está muy presente en este libro de
pecios rescatados: unas notas tomadas a vuelapluma para el borrador de un
cuento se convierten, gracias a su capacidad evocadora, en el cuento mismo; un
catálogo de escritores enfermos que hallaron alivio en la escritura descubren
el bálsamo de Fierabrás; y tres maravillosas evocaciones de Bioy Casares,
Ribeyro y Cela reclaman el imperio de los secundarios, de los tímidos y
frágiles, y –otra vez– del lenguaje en todos sus matices. Este gusto por la
estampa se repite dos veces más en una sugestiva enumeración de momentos del
pasado o en la originalísima «constelación» de situaciones, a medio camino
entre la verdad histórica y la imaginación desbordante.
Hay
también en el libro un profundo descreimiento del ser humano rayano en la
misantropía. Así, Olgoso se queja amargamente de la invasión de carteles
publicitarios que ahogan a la Naturaleza; reformula el tópico del beatus ille evocando un lugar ideal en
el que han desaparecido los hombres; repasa los estragos producidos por el ser
humano a lo largo de la Historia en una asfixiante concatenación de
atrocidades; o arremete contra «los odiadores del silencio», al que más tarde
dedicará una oda casi elegíaca.
Como
refugio ante la hostilidad que sus propios congéneres obran sobre un espíritu
sensible e ilustrado, Olgoso, soberano demiurgo de su propia realidad, diseña
cosmogonías habitables en sus distopías positivas o simplemente utópicas que,
en ocasiones, como en «Dóciles huestes», aspiran a alcanzar un nuevo orden
metafísico. Otras veces se refugia en el juego literario, como en su divertido
glosario o en la invención de su propio hápax (voz registrada una sola vez en
una lengua, en un autor o en un texto), o en el recreo epistolar à la salonnière. En ese mismo sentido de
asilo contra la intemperie, se sitúa la fantasía, porque nunca «hay que
envejecer ante el asombro». Entre estos relatos destacan, por ser continuación
de lo que Olgoso ya hiciera en otros libros como Estigia (Eolas), su «Gaveta de miniaturas», pequeñas píldoras
narrativas que retan a la lógica y crean situaciones extrañas y desconcertantes
y, por eso mismo, magnéticas.
Finalmente,
otra válvula de escape es el viaje, como el que emprende junto a su mujer
a Chile, cuya estancia se convierte en
un oasis de plenitud y también en un canto de amor a Marina; o el realizado a
tierras cordobesas, con la evocación de los fósiles marinos adheridos a las
paredes de casas y edificios para quien sepa verlas, porque «la belleza
necesita que alguien la vea».
El
libro, además, llama a otros libros: un copioso muestrario de referencias que
demuestran el enorme bagaje cultural de su autor y que suponen un acicate para
el lector curioso que quiera descubrirlas.
Con
Madera de deriva, se confirma lo que
ya muchos sabíamos: que Ángel Olgoso es, hoy por hoy, uno de los maestros del
relato corto en España, no solo por la calidad de sus textos sino, también, por
su inquebrantable posicionamiento ético y estético que, en Olgoso, es una misma
cosa. Esta madera no es el «flaco leño» de Fray Luis de León, sino tabla de
salvación hacia una gloriosa deriva. La del que se sabe seguro a merced de la
literatura.

No hay comentarios:
Publicar un comentario