lunes, 27 de abril de 2026

726. Tectónica de la palabra

 


Mª Carmen Ruiz Guerrero ha creado en su último poemario una cosmología de la palabra, cuyo arjé es la palabra misma, palabra demiúrgica que nos concibe en su decir para ser –también nosotros– palabra viva y metafísica y trascendente. Y como toda ontología, requiere de su clasificación. Eso es también Palabras sedimentarias (La Garúa): una taxonomía de la palabra que, no por casualidad, imita las categorizaciones geológicas que dan nombre a los tres bloques del libro, como en una suerte de nueva tectónica del planeta-lenguaje. Y así, aparecen las palabras heridoras, que muchas veces son nuestras, «el terror en cada sílaba», que la poeta recoge, confusas y magulladas, y que son «mías, tan mías». Y está también la palabra enmudecida, aquella que espera en los libros abandonados o que rebota contra el silencio y su indiferencia. Y la palabra tabú, que se omite obviando nuestro instinto y nuestra naturaleza desde que la poeta, con ocho años, escribiera «muslo» para escándalo de su maestra. Y la palabra conformista, muñeca de porcelana, «tan blanca y tan muerta» para «mantener ahogada la revolución». Y la palabra-recuerdo, como las de las nanas de los niños muertos, la presencia de las mujeres que nos precedieron, la evocación de la infancia o las que dan título al libro, palabras convertidas en sedimento de las que la poeta, vencida, es su lecho. Y la palabra popular, evocada en los lavaderos donde aún resuenan las conversaciones del pueblo llano, la oralidad, la periferia y la usurpación del paisaje. Y la palabra esotérica, como la del tarot o la que es capaz de invocar, profética, para que la literatura se convierta en vida. Y la palabra íntima, que vive hacia adentro porque fuera es la intemperie y dentro es la inocencia, o la que el amor hila con «las palabras secretas de caligrafía invisible». Y las palabras contumaces, que quieren ser escuchadas, pero que se hallan «atoradas en la raíz de la boca» y «empujan, patean, desean que reviente la vejiga mazmorra» como crisálidas. Y la palabra que busca la verdad, aunque haya que buscarla en «la aridez deshabitada del yermo». Y la palabra estructura, que pone orden en el caos, como en el poema donde se evoca a unos muchachos conversando en el refugio de una casa abandonada: «el vacío sostenido por la forma». Y la palabra que vuela, como pájaro que guarda en el pico «la semilla del lenguaje origen» para devolverle al lenguaje su raíz, y evitar las palabras desemantizadas que adulteran su esencia significativa. Y la palabra herencia, porque somos todas esas camisas colgadas en el armario. Y la palabra posible, como la lagartija con el rabo amputado que corre libre y mutilada: «una nueva posibilidad». Y la palabra que trasciende el sema, porque «los herbarios no acarician los nombres de las plantas como lo haces tú».

Con un verso limpio y sin imposturas, Palabras sedimentarias se lee con verdadero placer y con la empatía de quien se siente seguro y, a la vez, vulnerable, en el mundo de las palabras, que son sostén y amenaza, identidad y extrañamiento, verdad anhelada y mentira mezquina. Su componente de denuncia social lo convierte también en un libro necesario, sobre todo en este tiempo nuestro donde el lenguaje ha caído en la trampa de la palabra vacía, indigente o, en el peor de los casos, manipuladora, maniquea y tendenciosa.  Mª Carmen Ruiz Guerrero, filóloga de formación, escribe, en cambio, sin estridencias, pero con el arrojo de los tímidos que aún son capaces de zarandear el mundo con el seísmo de las palabras tectónicas, aquellas que guardan su pureza en la «intimidad silenciosa del útero de la tierra».

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