Mª
Carmen Ruiz Guerrero ha creado en su último poemario una cosmología de la
palabra, cuyo arjé es la palabra misma, palabra demiúrgica que nos concibe en
su decir para ser –también nosotros– palabra viva y metafísica y trascendente. Y
como toda ontología, requiere de su clasificación. Eso es también Palabras sedimentarias (La Garúa): una
taxonomía de la palabra que, no por casualidad, imita las categorizaciones
geológicas que dan nombre a los tres bloques del libro, como en una suerte de
nueva tectónica del planeta-lenguaje. Y así, aparecen las palabras heridoras,
que muchas veces son nuestras, «el terror en cada sílaba», que la poeta recoge,
confusas y magulladas, y que son «mías, tan mías». Y está también la palabra enmudecida,
aquella que espera en los libros abandonados o que rebota contra el silencio y
su indiferencia. Y la palabra tabú, que se omite obviando nuestro instinto y
nuestra naturaleza desde que la poeta, con ocho años, escribiera «muslo» para
escándalo de su maestra. Y la palabra conformista, muñeca de porcelana, «tan
blanca y tan muerta» para «mantener ahogada la revolución». Y la
palabra-recuerdo, como las de las nanas de los niños muertos, la presencia de
las mujeres que nos precedieron, la evocación de la infancia o las que dan
título al libro, palabras convertidas en sedimento de las que la poeta,
vencida, es su lecho. Y la palabra popular, evocada en los lavaderos donde aún
resuenan las conversaciones del pueblo llano, la oralidad, la periferia y la
usurpación del paisaje. Y la palabra esotérica, como la del tarot o la que es
capaz de invocar, profética, para que la literatura se convierta en vida. Y la
palabra íntima, que vive hacia adentro porque fuera es la intemperie y dentro
es la inocencia, o la que el amor hila con «las palabras secretas de caligrafía
invisible». Y las palabras contumaces, que quieren ser escuchadas, pero que se
hallan «atoradas en la raíz de la boca» y «empujan, patean, desean que reviente
la vejiga mazmorra» como crisálidas. Y la palabra que busca la verdad, aunque
haya que buscarla en «la aridez deshabitada del yermo». Y la palabra
estructura, que pone orden en el caos, como en el poema donde se evoca a unos
muchachos conversando en el refugio de una casa abandonada: «el vacío sostenido
por la forma». Y la palabra que vuela, como pájaro que guarda en el pico «la
semilla del lenguaje origen» para devolverle al lenguaje su raíz, y evitar las
palabras desemantizadas que adulteran su esencia significativa. Y la palabra
herencia, porque somos todas esas camisas colgadas en el armario. Y la palabra
posible, como la lagartija con el rabo amputado que corre libre y mutilada:
«una nueva posibilidad». Y la palabra que trasciende el sema, porque «los
herbarios no acarician los nombres de las plantas como lo haces tú».
Con
un verso limpio y sin imposturas, Palabras
sedimentarias se lee con verdadero placer y con la empatía de quien se
siente seguro y, a la vez, vulnerable, en el mundo de las palabras, que son
sostén y amenaza, identidad y extrañamiento, verdad anhelada y mentira
mezquina. Su componente de denuncia social lo convierte también en un libro
necesario, sobre todo en este tiempo nuestro donde el lenguaje ha caído en la
trampa de la palabra vacía, indigente o, en el peor de los casos, manipuladora,
maniquea y tendenciosa. Mª Carmen Ruiz
Guerrero, filóloga de formación, escribe, en cambio, sin estridencias, pero con
el arrojo de los tímidos que aún son capaces de zarandear el mundo con el
seísmo de las palabras tectónicas, aquellas que guardan su pureza en la
«intimidad silenciosa del útero de la tierra».

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