sábado, 4 de abril de 2026

723. Raúl del Pozo, descalzo

 


Uno de los personajes creados por Raúl del Pozo, el juez Carlos Rico, apodado «el Media Hostia», decía que nunca había podido entender la curiosidad malsana que suscitan los muertos y los entierros. A buen seguro hoy «el Media Hostia» se retractaría algo de sus reservas, pues el muerto y el entierro son los del hombre que le dio la vida. Pero al margen de la deuda contraída con su creador, el juez Carlos Rico convendría con nosotros en que hay muertos y muertos. Y la desaparición del Raúl del Pozo, más que curiosidad, deja un hondo vacío en el mundo de la literatura y, sobre todo, en el del periodismo. Otros, mejor que yo, escribieron ya sus semblanzas, tal vez con esa urgencia que exige la necrológica en caliente. Yo, que puedo permitirme más calma, me he dedicado a releer uno de sus libros más memorables, aquel que tituló, con gracia fetichista, No es elegante matar a una mujer descalza.

Publicada en 1999, cuando el autor contaba ya 63 años de edad, la novela no se limitó a engrosar el catálogo del género negro, sino que lo hizo con una castiza singularidad que la hace descollar entre el infinito acopio del algo desgastado y manido noir. La anterior alusión a la edad del autor no es baladí. Con 63 años, Raúl del Pozo ya podía mirar con cierta distancia (e indisimulada nostalgia) los años de la inmediata Transición en la que ubica retrospectivamente su historia. Porque el cadáver que «el Media Hostia» debe levantar es hallado 20 años después de su homicidio y su cuerpo, sorprendentemente incorrupto, parece trasunto de la recuperación de un tiempo, el de 1978, que vuelve redivivo en la paradoja de aquella mujer intacta asesinada a puñaladas.

La investigación es llevada a cabo por JB, un expolicía de la vieja escuela que arrastra algunos problemas con la bebida, de ahí su alias. Todo el proceso que recoge las consabidas pesquisas parece solo un pretexto para la evocación de aquel mundo en los albores de la democracia, que el autor explora con el conocimiento que su labor de entonces joven periodista le permitió vivir desde dentro. El valor accesorio de la trama argumental se intuye en la algo errática y redundante exposición de las indagaciones policiales, cuya resolución no es, por otro lado, nada del otro mundo. En cambio, la construcción de los personajes y del ambiente es un vivo retrato de aquellos años. Algunos de estos personajes, desubicados por el cambio de régimen, parecen pecios hundidos buscando su lugar en la nueva realidad y, en no pocas ocasiones, añoran las viejas dinámicas de poder, el trabajo directo del periodista, sin cortapisas morales ni remilgos, y una relación con la autenticidad que ya no existe en un mundo lleno de imposturas. También es muy interesante la descripción de los bajos fondos madrileños, representados, sobre todo, por el personaje de la Pavana, que practicaba el travestismo en los locales de ambiente canalla, en la época del destape, anticipo de La Movida pero también de los abismos del sida y de la heroína. Raúl del Pozo nos trae toda esa remembranza como cronista que fue de los hijos de la Constitución, y su estilo, directo y a bocajarro, heredero del mejor Chandler o del mejor Hammett, es una descarga de pólvora que hace más negro el género negro y lo devuelve a sus esencias.

Levanta ahora el «Media Hostia» el cuerpo aún caliente de su creador y siente que su tiempo ya se ha extinguido, igual que se ha extinguido el tiempo en este mundo de Raúl del Pozo, aunque viva, como la mujer descalza de su novela, incorrupto e incorruptible en las palabras que nos legó.

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