Uno de los personajes creados por Raúl del Pozo, el
juez Carlos Rico, apodado «el Media Hostia», decía que nunca había podido
entender la curiosidad malsana que suscitan los muertos y los entierros. A buen
seguro hoy «el Media Hostia» se retractaría algo de sus reservas, pues el
muerto y el entierro son los del hombre que le dio la vida. Pero al margen de
la deuda contraída con su creador, el juez Carlos Rico convendría con nosotros
en que hay muertos y muertos. Y la desaparición del Raúl del Pozo, más que
curiosidad, deja un hondo vacío en el mundo de la literatura y, sobre todo, en
el del periodismo. Otros, mejor que yo, escribieron ya sus semblanzas, tal vez
con esa urgencia que exige la necrológica en caliente. Yo, que puedo permitirme
más calma, me he dedicado a releer uno de sus libros más memorables, aquel que
tituló, con gracia fetichista, No es elegante matar a una mujer descalza.
Publicada en 1999, cuando el autor contaba ya 63 años
de edad, la novela no se limitó a engrosar el catálogo del género negro, sino
que lo hizo con una castiza singularidad que la hace descollar entre el
infinito acopio del algo desgastado y manido noir. La anterior alusión a
la edad del autor no es baladí. Con 63 años, Raúl del Pozo ya podía mirar con
cierta distancia (e indisimulada nostalgia) los años de la inmediata Transición
en la que ubica retrospectivamente su historia. Porque el cadáver que «el Media
Hostia» debe levantar es hallado 20 años después de su homicidio y su cuerpo,
sorprendentemente incorrupto, parece trasunto de la recuperación de un tiempo,
el de 1978, que vuelve redivivo en la paradoja de aquella mujer intacta
asesinada a puñaladas.
La investigación es llevada a cabo por JB, un
expolicía de la vieja escuela que arrastra algunos problemas con la bebida, de
ahí su alias. Todo el proceso que recoge las consabidas pesquisas parece solo
un pretexto para la evocación de aquel mundo en los albores de la democracia,
que el autor explora con el conocimiento que su labor de entonces joven
periodista le permitió vivir desde dentro. El valor accesorio de la trama
argumental se intuye en la algo errática y redundante exposición de las
indagaciones policiales, cuya resolución no es, por otro lado, nada del otro
mundo. En cambio, la construcción de los personajes y del ambiente es un vivo
retrato de aquellos años. Algunos de estos personajes, desubicados por el
cambio de régimen, parecen pecios hundidos buscando su lugar en la nueva
realidad y, en no pocas ocasiones, añoran las viejas dinámicas de poder, el trabajo
directo del periodista, sin cortapisas morales ni remilgos, y una relación con
la autenticidad que ya no existe en un mundo lleno de imposturas. También es
muy interesante la descripción de los bajos fondos madrileños, representados,
sobre todo, por el personaje de la Pavana, que practicaba el travestismo en los
locales de ambiente canalla, en la época del destape, anticipo de La Movida pero
también de los abismos del sida y de la heroína. Raúl del Pozo nos trae toda
esa remembranza como cronista que fue de los hijos de la Constitución, y su
estilo, directo y a bocajarro, heredero del mejor Chandler o del mejor Hammett,
es una descarga de pólvora que hace más negro el género negro y lo devuelve a
sus esencias.
Levanta ahora el «Media Hostia» el cuerpo aún caliente
de su creador y siente que su tiempo ya se ha extinguido, igual que se ha
extinguido el tiempo en este mundo de Raúl del Pozo, aunque viva, como la mujer
descalza de su novela, incorrupto e incorruptible en las palabras que nos legó.

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