domingo, 29 de marzo de 2026

722. La bala de Gino Paoli

 


Se nos ha muerto Gino Paoli y los telediarios despacharon el pasado martes la noticia con una necrológica apresurada de diez segundos tirando del consabido cliché del Sapore di sale, preparado a vuelapluma por algún becario que seguramente no sabrá siquiera quién es el viejito cuya foto preside la escueta nota informativa. Era el día de los criminales de guerra, de Trump y de Netanyahu, o de la maltrecha rodilla de Mbappé. Y en medio de la barbarie y de la frivolidad, como en una coda extemporánea y absurda, aparecía en la pantalla del televisor la frágil figura de Gino arrastrando las palabras en una de sus postreras actuaciones. Cuánta necesidad tenemos de que los telediarios abran sus sumarios con la belleza recóndita que se halla ahora agazapada y temblando de frío entre los estertores del mundo.

Mis dos canciones favoritas de Gino Paoli son Senza fine, que en mi memoria quedará siempre asociada a la banda sonora de Mi vida sin mí, la película de Isabel Coixet que me destrozó el corazón y, sobre todo, Il cielo in una stanza, de la que prefiero la versión ligera, tan exultante de felicidad. Tengo algunas anécdotas respecto a este último tema. Me topé sorpresivamente con el título mientras leía una novela de Lorenzo Silva, creo que La marca del meridiano, donde se alude a una de las canciones favoritas del protagonista. Por aquel entonces yo ya andaba enamorado de aquella balada. En la gala del Premio Planeta, recuerdo conversar con Lorenzo sobre aquella epifanía inesperada surgida de su novela y que solo con esa referencia ya me había ganado, a lo que el escritor madrileño me respondió algo así como que los seguidores de Gino Paoli conformamos una cofradía en la que nos reconocemos enseguida; luego estuvimos charlando sobre las diferentes versiones de la canción. Años más tarde, en 2025, incluí Il cielo in una stanza en mi último libro. Yo quería expresar que el mundo que me rodea cuando estoy acompañado de mi mujer se transforma en un lugar mejor, como en la canción de Gino Paoli, cuya letra reza que las paredes de la sórdida habitación de una pensión se convierte, merced al amor, en un paisaje infinito lleno de árboles y que el techo se abre para mostrar el cielo. Gian Luca Luisi, el maravilloso corrector de la editorial Funambulista, me alertó durante el proceso de revisión, de que la canción de Gino Paoli estaba inspirada en la relación del cantante con una prostituta de la que se enamoró en un burdel de Génova (reconocible por el color púrpura del techo) y que quizá la analogía no dejase en buen lugar a mi esposa. Pese a lo cual, no quise prescindir del título y reformulé aquella página saliendo airosa mi mujer y yo mismo del brete en que me había puesto mi querido Gian Luca.

La canción, por su parte, alcanzó un inmenso éxito en la voz de Mina, que se había negado a cantarla hasta no haberla escuchado antes interpretada por el propio Paoli. Esa capacidad del cantante de Monfalcone para convertir en oro todo lo que tocaba se demuestra, por ejemplo, en su faceta de descubridor de talentos, como es el caso de Lucio Dalla.

Su relación con España es también conocida. Además de su participación en varios festivales de la canción como el Festival Internacional de Porta Ferrada de Sant Feliu de Guíxols o el Festival La Mar de Músicas de Cartagena, donde fue premiado, es célebre su disco I semafori rossi non sono Dio, integrado por versiones de canciones de Joan Manuel Serrat.

De su intento de suicidio en 1963 debido a una crisis sentimental, es testigo la bala que aún hoy sigue encapsulada en el pericardio y que no llegó a perforar el corazón. Convivió con esa bala hasta su muerte. Hoy la bala que no logró matarle se antoja menos mortífera que los diez segundos del telediario del pasado martes.

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