Se
nos ha muerto Gino Paoli y los telediarios despacharon el pasado martes la
noticia con una necrológica apresurada de diez segundos tirando del consabido
cliché del Sapore di sale, preparado
a vuelapluma por algún becario que seguramente no sabrá siquiera quién es el
viejito cuya foto preside la escueta nota informativa. Era el día de los
criminales de guerra, de Trump y de Netanyahu, o de la maltrecha rodilla de
Mbappé. Y en medio de la barbarie y de la frivolidad, como en una coda
extemporánea y absurda, aparecía en la pantalla del televisor la frágil figura
de Gino arrastrando las palabras en una de sus postreras actuaciones. Cuánta
necesidad tenemos de que los telediarios abran sus sumarios con la belleza
recóndita que se halla ahora agazapada y temblando de frío entre los estertores
del mundo.
Mis
dos canciones favoritas de Gino Paoli son Senza
fine, que en mi memoria quedará siempre asociada a la banda sonora de Mi vida sin mí, la película de Isabel
Coixet que me destrozó el corazón y, sobre todo, Il cielo in una stanza, de la que prefiero la versión ligera, tan
exultante de felicidad. Tengo algunas anécdotas respecto a este último tema. Me
topé sorpresivamente con el título mientras leía una novela de Lorenzo Silva,
creo que La marca del meridiano,
donde se alude a una de las canciones favoritas del protagonista. Por aquel
entonces yo ya andaba enamorado de aquella balada. En la gala del Premio
Planeta, recuerdo conversar con Lorenzo sobre aquella epifanía inesperada
surgida de su novela y que solo con esa referencia ya me había ganado, a lo que
el escritor madrileño me respondió algo así como que los seguidores de Gino
Paoli conformamos una cofradía en la que nos reconocemos enseguida; luego
estuvimos charlando sobre las diferentes versiones de la canción. Años más
tarde, en 2025, incluí Il cielo in una
stanza en mi último libro. Yo quería expresar que el mundo que me rodea
cuando estoy acompañado de mi mujer se transforma en un lugar mejor, como en la
canción de Gino Paoli, cuya letra reza que las paredes de la sórdida habitación
de una pensión se convierte, merced al amor, en un paisaje infinito lleno de
árboles y que el techo se abre para mostrar el cielo. Gian Luca Luisi, el
maravilloso corrector de la editorial Funambulista, me alertó durante el
proceso de revisión, de que la canción de Gino Paoli estaba inspirada en la
relación del cantante con una prostituta de la que se enamoró en un burdel de
Génova (reconocible por el color púrpura del techo) y que quizá la analogía no
dejase en buen lugar a mi esposa. Pese a lo cual, no quise prescindir del
título y reformulé aquella página saliendo airosa mi mujer y yo mismo del brete
en que me había puesto mi querido Gian Luca.
La
canción, por su parte, alcanzó un inmenso éxito en la voz de Mina, que se había
negado a cantarla hasta no haberla escuchado antes interpretada por el propio
Paoli. Esa capacidad del cantante de Monfalcone para convertir en oro todo lo
que tocaba se demuestra, por ejemplo, en su faceta de descubridor de talentos,
como es el caso de Lucio Dalla.
Su
relación con España es también conocida. Además de su participación en varios
festivales de la canción como el Festival Internacional de Porta Ferrada de
Sant Feliu de Guíxols o el Festival La Mar de Músicas de Cartagena, donde fue
premiado, es célebre su disco I semafori
rossi non sono Dio, integrado por versiones de canciones de Joan Manuel
Serrat.
De
su intento de suicidio en 1963 debido a una crisis sentimental, es testigo la
bala que aún hoy sigue encapsulada en el pericardio y que no llegó a perforar
el corazón. Convivió con esa bala hasta su muerte. Hoy la bala que no logró
matarle se antoja menos mortífera que los diez segundos del telediario del pasado
martes.

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