No
había leído hasta ahora La sombra del
viento por la misma razón por la que nunca he visto Titanic: porque nunca se dieron las circunstancias, no hay más
motivo. Ya se sabe que los itinerarios lectores son inescrutables. No hubo
prejuicios elitistas contra la llamada literatura comercial ni reservas ante la
peligrosa unanimidad de los lectores, de la que a veces tanto recelo. Yo tenía
22 años y no pensaba aún en esas cosas. Simplemente, no se dio. Después de más
de 15 millones de ejemplares vendidos y de haber sido traducida a 50 idiomas, sé
que llego 25 años tarde a Ruiz Zafón. Pero coincidiendo con la redonda
efeméride, he querido reparar aquella omisión y durante las pasadas Navidades
me enfrasqué en sus casi 600 páginas, ese fenómeno –el de los libros
voluminosos– tan denostado en nuestro tiempo de pereza lectora e inmediatez,
pero que no hace tanto se consideraba normal o, sencillamente, no se
consideraba.
La
experiencia ha sido gratísima y estoy seguro de que algún lector apasionado de
Ruiz Zafón me envidiará el momento auroral del descubrimiento de un libro
amado. Que no lo haga; ya lo dijo Félix Grande y luego Joaquín Sabina en la ya
manida máxima: no se debe volver nunca a los lugares donde fuimos felices. Pero
como mi Ruiz Zafón era territorio ignoto, he disfrutado de su playa virgen. Es
cierto que el libro adolece de repeticiones estilísticas, como aquel «como por
ensalmo», que aparece varias veces en muy escaso espacio de texto, o sus
redundantes descripciones brumosas de la Barcelona de posguerra; tampoco es
menos cierto que, en determinados momentos, el libro hubiera precisado de una
poda, no porque la extensión moleste, sino por razones estructurales que atañen
al argumento y a su deriva fuera del centro gravitacional de la novela. Pero
todo ello se disculpa y hasta se olvida cuando alcanzamos a entender la
fruición narrativa del autor, el gozo exultante del escritor entregado al
frenesí de las palabras empujado por el mero gusto de contar. Porque Ruiz Zafón
es, ante todo, un narrador gigantesco, anclado a la tradición más hermosa y más
antigua de la literatura, que es la de relatar historias. Y esto, que pudiera
parecer una afirmación de Perogrullo, no lo es tanto. En determinados círculos,
el género novelesco, que tiene la virtud de acoger en su seno las más
variopintas urdimbres literarias, ha devenido en un artefacto casi
irreconocible, donde lo de menos es, justamente, contar una historia. Se ha
prestigiado esa suerte de ente híbrido, fragmentario, ensayístico, donde se
desacredita la narratividad y la cronología lineal de los sucesos, y los
novelistas compiten por ver quién vulnera con más audacia las estructuras
clásicas temiendo que algún reputado prócer de las altas esferas de la crítica
literaria le afee –llamativa herejía– emparentar con los autores decimonónicos
(que, paradójicamente han sido, y serán, los mejores novelistas que ha dado la
historia de la literatura universal). Y sin embargo, y en lo que a mí respecta,
nunca he disfrutado más de la literatura que con las denostadas novelas de
folletín, como las de Eugène Sue, por poner un ejemplo paradigmático. Ruiz
Zafón, feliz, inoculado de la pasión por narrar, no puede evitar el estado de
gracia con que protege la literatura al buen contador de historias. Sus
personajes son inolvidables, especialmente Fermín Romero de Torres; su amor por
los libros, que tanta importancia tienen en La
sombra del viento, contagioso; su exploración de lo más profundamente humano
–miserias y redenciones–, emocionante; la atmósfera de Barcelona, evocadora; la
trama, sorpresiva, como corresponde. Un libro que nunca ocupará los anaqueles
del Cementerio de los Libros Olvidados.

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