lunes, 16 de marzo de 2026

720. Ruiz Zafón: el gozo de narrar

 


No había leído hasta ahora La sombra del viento por la misma razón por la que nunca he visto Titanic: porque nunca se dieron las circunstancias, no hay más motivo. Ya se sabe que los itinerarios lectores son inescrutables. No hubo prejuicios elitistas contra la llamada literatura comercial ni reservas ante la peligrosa unanimidad de los lectores, de la que a veces tanto recelo. Yo tenía 22 años y no pensaba aún en esas cosas. Simplemente, no se dio. Después de más de 15 millones de ejemplares vendidos y de haber sido traducida a 50 idiomas, sé que llego 25 años tarde a Ruiz Zafón. Pero coincidiendo con la redonda efeméride, he querido reparar aquella omisión y durante las pasadas Navidades me enfrasqué en sus casi 600 páginas, ese fenómeno –el de los libros voluminosos– tan denostado en nuestro tiempo de pereza lectora e inmediatez, pero que no hace tanto se consideraba normal o, sencillamente, no se consideraba.

La experiencia ha sido gratísima y estoy seguro de que algún lector apasionado de Ruiz Zafón me envidiará el momento auroral del descubrimiento de un libro amado. Que no lo haga; ya lo dijo Félix Grande y luego Joaquín Sabina en la ya manida máxima: no se debe volver nunca a los lugares donde fuimos felices. Pero como mi Ruiz Zafón era territorio ignoto, he disfrutado de su playa virgen. Es cierto que el libro adolece de repeticiones estilísticas, como aquel «como por ensalmo», que aparece varias veces en muy escaso espacio de texto, o sus redundantes descripciones brumosas de la Barcelona de posguerra; tampoco es menos cierto que, en determinados momentos, el libro hubiera precisado de una poda, no porque la extensión moleste, sino por razones estructurales que atañen al argumento y a su deriva fuera del centro gravitacional de la novela. Pero todo ello se disculpa y hasta se olvida cuando alcanzamos a entender la fruición narrativa del autor, el gozo exultante del escritor entregado al frenesí de las palabras empujado por el mero gusto de contar. Porque Ruiz Zafón es, ante todo, un narrador gigantesco, anclado a la tradición más hermosa y más antigua de la literatura, que es la de relatar historias. Y esto, que pudiera parecer una afirmación de Perogrullo, no lo es tanto. En determinados círculos, el género novelesco, que tiene la virtud de acoger en su seno las más variopintas urdimbres literarias, ha devenido en un artefacto casi irreconocible, donde lo de menos es, justamente, contar una historia. Se ha prestigiado esa suerte de ente híbrido, fragmentario, ensayístico, donde se desacredita la narratividad y la cronología lineal de los sucesos, y los novelistas compiten por ver quién vulnera con más audacia las estructuras clásicas temiendo que algún reputado prócer de las altas esferas de la crítica literaria le afee –llamativa herejía– emparentar con los autores decimonónicos (que, paradójicamente han sido, y serán, los mejores novelistas que ha dado la historia de la literatura universal). Y sin embargo, y en lo que a mí respecta, nunca he disfrutado más de la literatura que con las denostadas novelas de folletín, como las de Eugène Sue, por poner un ejemplo paradigmático. Ruiz Zafón, feliz, inoculado de la pasión por narrar, no puede evitar el estado de gracia con que protege la literatura al buen contador de historias. Sus personajes son inolvidables, especialmente Fermín Romero de Torres; su amor por los libros, que tanta importancia tienen en La sombra del viento, contagioso; su exploración de lo más profundamente humano –miserias y redenciones–, emocionante; la atmósfera de Barcelona, evocadora; la trama, sorpresiva, como corresponde. Un libro que nunca ocupará los anaqueles del Cementerio de los Libros Olvidados.

 

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