domingo, 19 de abril de 2026

725. Los tártaros siempre llegan tarde

 


En octubre se cumplirán 120 años del nacimiento de Dino Buzzati, escritor e incombustible periodista de El Corriere della sera, cuyo reconocimiento mundial llegaría en 1940 gracias a su novela El desierto de los tártaros. Buzzati, relegado en su juventud a tareas accesorias en la redacción del periódico donde trabajó toda su vida, sufrió una crisis existencial al imaginar su vida futura anclada a la monotonía de una rutina interminable que fagocitaba sus sueños y sus deseos de realización personal. Enviado como corresponsal a Addis Abeba para cubrir la inminente guerra de su país con Etiopía, pergeñó su gran obra trasladando su sentimiento de frustración a un escenario bélico inspirado en el conflicto italo-etíope pero ubicado en unas coordenadas espacio-temporales ficticias, de las que no se ofrece especificación alguna. El protagonista, Giovanni Drogo, es destinado a una fortaleza fronteriza sobre la que se cierne una amenaza inconcreta, pues desde su fundación nunca ha tenido que repeler ninguna incursión enemiga. Drogo, que busca alcanzar la gloria militar, sueña con que su desempeño en la fortaleza le dé la oportunidad de luchar algún día contra los supuestos enemigos allende las montañas, a los que se les llama «tártaros», marbete sobre el que evidentemente el autor ha querido imprimir la categoría mítica que acentúe la condición de abstracción de los adversarios. Cuando Drogo descubre la fortaleza, su estado casi ruinoso, la desolación del entorno y la naturaleza de sus compañeros, agostados en la espera inútil y eterna de un enemigo que solo parece existir en el imaginario colectivo como una leyenda incierta, inmediatamente decide acogerse a sus derechos administrativos para pedir un traslado. Pero, llegado el momento, el magnetismo del lugar prende en su alma y decide quedarse. El paisaje es, precisamente, uno de los grandes motivos recurrentes de la novela. Aunque al lector pueden parecerle redundantes las continuas descripciones del paisaje yermo y neblinoso que rodea la fortificación, estas isotopías permiten incidir en la asfixiante atmósfera del lugar, generando un microcosmos angustiante del que queremos salir cuanto antes, pero a cuyo hipnotismo, como les ocurre a los soldados que integran la reserva, nos atrae con su fuerza telúrica y la promesa siempre presente de la deseada batalla.

La novela emparenta con las ideas nihilistas de la época, como el existencialismo de Sartre o de Camus o con el tema de la espera tratado por Kafka, por ejemplo, en El proceso. La sensación de que la vida es una estafa y de que los sueños y proyectos son solo una entelequia construida para hacer más digerible el sinsentido de la existencia se manifiestan en esa espera de Drogo que acaba obrando como una anestesia que anula la voluntad y que deja al personaje abandonado en el territorio de la abulia y la inacción, territorio del que no puede huir, pues se acaba erigiendo como patria metafísica con la que acaba identificándose. Así, cuando a Drogo se le concede un permiso para volver a su ciudad durante un tiempo, el reencuentro con la casa materna, con las amistades que dejó y con los rincones de la urbe que le vio crecer le generan un sentimiento de extrañeza, de exiliado en su propia tierra, que le obliga a volver a la fortaleza. El desierto de los tártaros, que inspirara luego a Coetzee para escribir Esperando a los bárbaros, es una de las novelas más desoladoras de la literatura europea, cercana en espíritu y atmósfera, aunque en otras latitudes, a El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad. No se sale indemne de ella y se aprende que, muchas veces, los tártaros llegan demasiado tarde.

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