domingo, 12 de abril de 2026

723. Alma de pampa

 


Recuerdo la gran alegría que sentí al conocerse el fallo del Premio Café Gijón a favor de Marc Colell. Es el mismo alborozo que experimenté con el Premio Nacional de Narrativa de Raúl Quinto o con el Setenil de Antonio Tocornal. Galardones que reconocen «la otra literatura», esa que se mueve en los márgenes de los circuitos independientes resistiendo los embates del mercantilismo más dañino.

He leído, pues, Las crines con mucho cariño, pero el afecto no ha nublado mis exigencias como lector y el resultado ha sido más bien tibio. Las crines narra las vicisitudes de un español que se recluye en una quinta de la pampa argentina que le ha cedido una mujer con la que el protagonista se cartea y de la que no conocemos nada más. Es posible que el motivo de la reclusión tenga que ver con alguna suerte de mochila emocional, insinuada, tal vez, por algunas breves reminiscencias a la niñez del protagonista, marcada por su estancia en un orfanato y por convertirse, después, en depositario involuntario de las felices expectativas de una familia de acogida. Todas estas omisiones debe completarlas el lector, pues existe en la narración una deliberada elipsis cuya función es sugerir más que mostrar. Este encierro promete, como reza el acta del jurado del premio, «un ejercicio de introspección luminosa», pero la experiencia del personaje principal va concatenando escenas triviales cuya fútil sucesión corre el riesgo de desembocar en la más absoluta inanidad. Es como si la novela bogara de forma errática merced a su propia inercia narrativa, sin timonel ni cuaderno de bitácora, topándose con escenas que solo parecen legitimadas por la mera arbitrariedad sin objeto. He tratado de hallar una explicación a esta estructura aparentemente insustancial: el motivo recurrente de los sapos que invaden la casa (que tanto me han recordado a los lagartos de Antonio Tocornal en Bajamares); el capricho del personaje por tener un caballo, desposeído muy pronto de su potencial valor simbólico; su relación con Emilio, el pobre pordiosero que vive en una covacha con una hija medio afásica que nunca sale de la casa, y en cuyo auxilio puede verse alguna suerte de voluntad redentora… Pero en ese intento de querer leer entre líneas, lo único que hallo es, quizás, una poética del fracaso y de la soledad que la deriva narrativa, ensimismada en la anécdota, aumenta precisamente porque no pasa nada memorable, una especie de vida detenida trasunto del bloqueo vital del personaje. Y aquí sí cobra verdadero sentido la otra gran protagonista de la novela, que es la propia pampa. Más allá de las curiosas estampas costumbristas, como la de los omnipresentes festines pantagruélicos de carne argentina, es la extensión infinita de la tierra, su casi condición de finis mundi, su abrumadora monotonía, la que se imbrica en la desolación del alma del personaje como una sola cosa. Este afirma, casi al principio de la novela: «Es la tierra lo que hay. Descomunal, abierta, sin precauciones. Ahora entiendo lo que decías, que había que frenar el campo, que se podía comer la casa, meterse dentro. Unas semillas, algunos insectos, la humedad…. Y la quinta desaparecería». Esa fagocitación que ejerce la tierra –de raigambre tan gauchesca (no es casual la cita a Don Segundo Sombra, de Güiraldes) – es el verdadero acierto de la novela. Con todo, la prosa de Colell va envolviendo al lector en su hipnótica intrascendencia y, cuando uno se ha dado cuenta, ha terminado el libro. A lo mejor, es esa muelle tibieza de los días sin cuento, en los que la abulia y la desidia de la inacción, comprometen la esperanza y el deseo de vivir,  lo que el escritor barcelonés quiso transmitir con su novela. Dije al principio que el resultado de la lectura de Las crines me había dejado más bien tibio. Pero es tal vez la tibieza de haber estado demasiado cerca de la intemperie.

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