Leo
es un hombre acomplejado por su sobrepeso, sus problemas de próstata y su
disfunción eréctil; su desazón aumenta cuando es abandonado con una excusa
peregrina por su pareja Desi. Selma es una peluquera con la autoestima por lo
suelos desde que su marido, Ángel, la engañara con Noemi –sin acento en la i–,
la joven asistenta que ayudaba en el negocio familiar. Julián, vieja promesa
futbolística retirado por una lesión y luego despedido de su trabajo, vive a la
sombra de su mujer, Estrella, exitosa empleada de banca, y tiene infundadas
sospechas de que esta le engaña con otro. Charli se deja estafar por el
exotismo de un amor cubano. Lluvia, cuyo nacimiento provocó la muerte de su
madre, practica una promiscuidad desaforada que supera todos los límites
morales. Yoli, madre de once criaturas y dueña de un emporio de medicina dental
en peligro, vive casada con Moi, un hombre pagado de sí mismo que pretende
emparentar con Churruca, el héroe de Trafalgar, aunque su experiencia en el mar
se limite solamente a una escueta formación académica como guardiamarina. Toni
Magán es el nombre artístico de un cantante venido a menos que ahora debe
conformarse con dar sus conciertos en salas menores y cruceros.
La
gran mayoría de estos personajes que José Ignacio García ha ideado para su
novela El vuelo de los delfines
(Valnera) tienen algo en común: superan ampliamente la cuarentena y están
sujetos a una vulnerabilidad que los convierte en seres quebradizos dignos de
compasión. El asunto de la edad no es baladí, pues todos ellos transitan por
ese periodo de sus vidas donde los sueños y proyectos de juventud suelen quedar
varados en una atonía existencial que anda con el piloto automático y velocidad
de crucero, como empujada por la inercia de los días y anestesiada por el sopor
de una vida ya amortizada. Por eso, las pequeñas o grandes conmociones que
sufren algunos de estos personajes son tan demoledoras, porque a esa edad ya no
se contaba con ellas ni con los enormes cambios que suponen para sus vidas, que
quedan como pecios a la deriva y cuyo maderamen tanto costará a esas alturas
reconstruir para calafatear de nuevo el navío. Su condición de personas comunes
y corrientes convierte sus vicisitudes en reconocibles para cualquier lector
con un mínimo de conciencia de la realidad. Son pequeños héroes de la
cotidianidad que libran sus batallas anónimas e invisibles como cada hijo de
vecino.
A
pesar de ser una novela coral, José Ignacio García consigue con gran maestría
recomponer el puzle de los personajes, que reaparecen en cada capítulo como
secundarios de otros para alcanzar luego su protagonismo en los capítulos
dedicados a ellos. Esta estrategia estructural redunda en la idea del
perspectivismo a la vez que son pequeños guiños al lector que, a la manera
galdosiana, reconoce con agrado a personajes con los que no contaba en ese
momento. Algunas de esas coincidencias de la dramatis personae resultarán verdaderamente sorprendentes e
impactantes.
Otro
rasgo notable de la novela es el estilo. A José Ignacio le encanta masticar las
palabras y abundan las cláusulas subordinadas rematadas muchas veces con una
comparación, que en el caso de nuestro autor, convierte aquí en un subgénero
literario dentro de la propia novela. Las injerencias del narrador son patentes
y desacomplejadas, hasta el punto de introducir la ironía, el humor o la
digresión para tocar de soslayo temas de índole social o cultural, como cuando
se homenajea al escritor José Antonio Abella o se denuncia el adanismo de
algunos escritores jóvenes.
Pero,
ante todo, la novela es un canto esperanzador a la reconstrucción personal en la
edad madura. Y un alegato que recuerda que, bajo las aguas abisales del
desaliento, siempre es posible el vuelo de los delfines.

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