domingo, 31 de mayo de 2026

729. La llanura del verbo

 


Solicito a quien corresponda la absolución de mis pecados por no haber estado atento a la literatura de Luis Foronda. Sirvan de atenuantes la siempre imprevisible trapisonda de los itinerarios lectores y, sobre todo, el carácter recóndito de algunos talentos refugiados en provincias al incierto albur de editoriales humildes que no cuentan con la ruidosa fanfarria de los grandes sellos. Dígase Úbeda. Dígase Fundación Huerta de San Antonio. Dígase Luis Foronda. Dígase Verde. Pero, ¿qué maravilla es esta, don Luis?

Verde narra las vicisitudes de un viajante comercial y de su sobrino vendiendo macarrones a lo largo y ancho de La Mancha en la España de 1977. El planteamiento ya adelanta algunas de las características que comparecen en el libro, a saber: el costumbrismo de los pueblos castellanos que visita la pareja en aquel país en transición; el guiño cervantino al Quijote y a sus correrías, donde no faltan algún manteo, la vocación de desfacer entuertos y las interpolaciones narrativas que enriquecen la trama con otras historias; y el formato de lo que los esnobistas llaman road novel, que abre todo un repertorio de posibilidades argumentales como la imbricación emocional de los dos protagonistas, las efusiones de sinceridad en la confidencia cómplice o las digresiones existenciales. La construcción de los personajes es magnífica, creando caracteres inolvidables traspasados de una profunda humanidad y de una sencillez noble que también los convierte en seres vulnerables y buenos, en el sentido machadiano del término.

La prosa de Foronda es también preciosa y emparenta con la de los grandes narradores que reverencian la palabra y el fraseo elegante, evocador y preciso. Leyendo a Foronda, yo creí estar asistiendo al mejor Luis Landero a quien nada tiene que envidiar nuestro autor, con el aditamento de una audacia expresiva que combina en prefecto equilibro el corte clásico y los chisporroteos vanguardistas (el trabajador del concesionario que llega tarde a su puesto porque un soplo de viento ha desordenado los mapas del metro; o el pollo que por las noches picotea el cáncer del padre del protagonista posponiendo su muerte).

Como se ha dicho antes, la novela se adentra también en los excursos existencialistas, que abonan el terreno para las tesis humanísticas y que clavan su pica en la defensa de una forma de ser y de estar en el mundo donde lo ético y lo estético se funden en una misma convicción. Particularmente bella es la disquisición sobre la vida que se realiza a través de metáforas teatrales justamente cuando nuestra pareja de protagonistas recala en Almagro. Obviamente, la coincidencia no es casual. Existen también guiños literarios para el lector avezado, como la escena de las uvas, que reformula evocadoramente el famoso pasaje del Lazarillo.

El libro es, asimismo, una defensa de la porfía por los sueños y de la rebeldía ante los reveses de la vida ante cuyos embates no debe someterse la alegría de existir ni la filantropía.

Cuánto bien haría a la literatura que escritores como Luis Foronda estuvieran en el corazón de nuestro acervo libresco y no ocultos en su seguro secreto deleitoso. Pedía al principio de esta reseña la absolución de mis pecados como lector ignorante, pero más peca quien, pudiendo resarcir a un autor espléndido de su injusto anonimato, apuesta por las veleidades literarias más infames. Foronda llama a La Mancha «el llano del verbo», por sus reminiscencias literarias, especialmente las cervantinas. Hoy el verbo es un llano yermo que reclama la frondosidad verde de Luis Foronda.

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