Solicito
a quien corresponda la absolución de mis pecados por no haber estado atento a
la literatura de Luis Foronda. Sirvan de atenuantes la siempre imprevisible
trapisonda de los itinerarios lectores y, sobre todo, el carácter recóndito de
algunos talentos refugiados en provincias al incierto albur de editoriales
humildes que no cuentan con la ruidosa fanfarria de los grandes sellos. Dígase
Úbeda. Dígase Fundación Huerta de San Antonio. Dígase Luis Foronda. Dígase Verde. Pero, ¿qué maravilla es esta, don
Luis?
Verde narra las vicisitudes de un viajante
comercial y de su sobrino vendiendo macarrones a lo largo y ancho de La Mancha
en la España de 1977. El planteamiento ya adelanta algunas de las
características que comparecen en el libro, a saber: el costumbrismo de los
pueblos castellanos que visita la pareja en aquel país en transición; el guiño
cervantino al Quijote y a sus
correrías, donde no faltan algún manteo, la vocación de desfacer entuertos y
las interpolaciones narrativas que enriquecen la trama con otras historias; y el
formato de lo que los esnobistas llaman road
novel, que abre todo un repertorio de posibilidades argumentales como la
imbricación emocional de los dos protagonistas, las efusiones de sinceridad en
la confidencia cómplice o las digresiones existenciales. La construcción de los
personajes es magnífica, creando caracteres inolvidables traspasados de una
profunda humanidad y de una sencillez noble que también los convierte en seres
vulnerables y buenos, en el sentido machadiano del término.
La
prosa de Foronda es también preciosa y emparenta con la de los grandes
narradores que reverencian la palabra y el fraseo elegante, evocador y preciso.
Leyendo a Foronda, yo creí estar asistiendo al mejor Luis Landero a quien nada
tiene que envidiar nuestro autor, con el aditamento de una audacia expresiva
que combina en prefecto equilibro el corte clásico y los chisporroteos
vanguardistas (el trabajador del concesionario que llega tarde a su puesto
porque un soplo de viento ha desordenado los mapas del metro; o el pollo que
por las noches picotea el cáncer del padre del protagonista posponiendo su
muerte).
Como
se ha dicho antes, la novela se adentra también en los excursos
existencialistas, que abonan el terreno para las tesis humanísticas y que
clavan su pica en la defensa de una forma de ser y de estar en el mundo donde
lo ético y lo estético se funden en una misma convicción. Particularmente bella
es la disquisición sobre la vida que se realiza a través de metáforas teatrales
justamente cuando nuestra pareja de protagonistas recala en Almagro.
Obviamente, la coincidencia no es casual. Existen también guiños literarios
para el lector avezado, como la escena de las uvas, que reformula
evocadoramente el famoso pasaje del Lazarillo.
El
libro es, asimismo, una defensa de la porfía por los sueños y de la rebeldía
ante los reveses de la vida ante cuyos embates no debe someterse la alegría de
existir ni la filantropía.
Cuánto
bien haría a la literatura que escritores como Luis Foronda estuvieran en el
corazón de nuestro acervo libresco y no ocultos en su seguro secreto deleitoso.
Pedía al principio de esta reseña la absolución de mis pecados como lector
ignorante, pero más peca quien, pudiendo resarcir a un autor espléndido de su
injusto anonimato, apuesta por las veleidades literarias más infames. Foronda
llama a La Mancha «el llano del verbo», por sus reminiscencias literarias,
especialmente las cervantinas. Hoy el verbo es un llano yermo que reclama la
frondosidad verde de Luis Foronda.

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