lunes, 29 de enero de 2024

637. Avaro con mi tiempo

 


Quizás una de las peores críticas que pueda recibir cualquier montaje teatral es que al espectador se le haga larga la representación sobre las tablas. Y esa es justamente la sensación que he tenido con la versión de El avaro, de Molière, a cargo de la compañía Atalaya. Había puesto ciertas expectativas en este trabajo de Ricardo Iniesta, más aún tras la última experiencia con la irregular pero sorprendente Elektra.25, con la que la compañía celebró en su día su vigésimo quinto aniversario. Sin embargo, acabé mirando el reloj, más preocupado por si perdía la reserva en el restaurante donde nos íbamos después a cenar que de desentrañar más claves de un producto que, a esas alturas del desarrollo, yo ya daba por fallido.

El problema de El avaro de Iniesta son sus morosas adiciones al texto de Molière. El dramaturgo francés concibió una obra ligera, divertida, algo alocada y con un ritmo narrativo que nunca pierde el pulso. Iniesta, en cambio, tal vez con una voluntad manierista respecto a las cualidades del original, se pasa de rosca. El primer cuarto de hora nada tiene que ver con el texto de Molière y está más pendiente de engarzar el tema central de la obra con apuntes de la actualidad como los desahucios, los abusos de la banca, el ánimo de lucro de los políticos corruptos, etcétera. La intención no solo es legítima, sino loable, sobre todo si pensamos que el texto de Molière se centra en la figura de un avaro sin aparente intención de convertir su figura en trasunto de nada más. Luego, el texto empieza a respetar la deliberada frugalidad del original y la cosa se encauza algo. Pero la estructura híbrida, en la que se mezclan los parlamentos de los personajes con pequeños sainetes musicales, rompe el ritmo y, más que amenizar, demora y hastía. Si alguien quiere añadir nuevos pasajes al texto base, debe hacerlo con un buen ensamblaje y, sobre todo, cuidar que aquello que se agrega tenga un mínimo de calidad que no desmerezca la maestría del autor al que se homenajea. Pero los textos de las canciones interpoladas son pobres y facilones, y la calidad de los versos se reduce a meros ripios escolares. Comparen ustedes, por ejemplo, los textos de nueva creación de Álvaro Tato o de Yayo Cáceres al frente de Ron Lalá o de Ay Teatro, con esta nadería de Atalaya, y reconocerán el mérito de un trabajo talentoso y lleno de rigor. Si no se tiene esa capacidad, es mejor ceñirse al texto original y no tocarla más que así es la rosa. Luego, el histrionismo de los personajes es verdaderamente agotador: cada parlamento es una mueca, un escorzo circense o una dicción estridente y desagradable; cada cambio de escena es una barahúnda de actores corriendo aquí y allá al son de una música irritante; las puertas por donde entran y salen los actores no acaban de abonar ningún simbolismo ni pragmatismo escénico concretos y, todo junto, hace de la representación un ejercicio estéril en lo artístico, aburrido, sobrerrevolucionado y repetitivo en lo rítmico, y soso en la comicidad (casi ningún actor tiene la habilidad de despertar la carcajada).

Nada de lo dicho más arriba es aplicable a la única actriz que salva el montaje. Efectivamente, Carmen Gallardo, en su papel de Harpagón, demuestra tablas, presencia, dicción y gracia naturales, y es ella sola quien llena el escenario sin necesidad de tanta batahola colorista. Insuficiente balance, desde luego, para aquellos espectadores, cuya única avaricia presentida, fue la de su tiempo robado.

lunes, 22 de enero de 2024

636. La buena literatura viaja en Cadillac

 


La incorporación de Antonio Tocornal al catálogo de Sloper demuestra, una vez más, el impecable tino de su director editorial, Román Piña, así como la ceguera contumaz de los grandes sellos, que dejan escapar a excelentes autores a cuya consagración contribuirían de forma decisiva desde sus aparatos privilegiados de distribución. A falta de todo ello, Tocornal se ha granjeado su prestigio a través del boca-oreja y gracias al bastión de las editoriales independientes, desde donde la literatura sigue defendiéndose de los embates del mercantilismo más atroz.

Tocornal publica ahora Cadillac Ranch, una colección de 15 relatos, la mayoría de ellos premiados en diferentes certámenes, lo que se podría argüir como aval de calidad si no fuera porque basta con que los haya escrito Antonio Tocornal. El común denominador de todos estos relatos es la integración natural de lo insólito, fantástico o anómalo en el mundo cotidiano de sus personajes, lo que produce la perturbación y la sorpresa en el lector. Esta poética de lo inaudito, la aborda Tocornal en dos relatos metaliterarios: «Lo insólito» y «Cuarto cerrado». La fórmula de marras podría simplemente constituir una demostración de la portentosa imaginación del autor, pero con Tocornal conviene ir algo más lejos. Efectivamente, aunque sería también legítimo, cuesta creer que muchos de los relatos aquí recogidos no aspiren a trascender su propia naturaleza maravillosa para punzar las conciencias, denunciar injusticias o conmovernos el corazón. Así, el tema de la soledad, recurrente en casi todos los relatos, se metaforiza en esa casa que se expande infinitamente dejando a su inquilino en un aislamiento ártico; o en ese empresario de éxito a quien una sobrevenida atonía de la voluntad le impide salir de su coche de alta gama el día que iba a cerrar una operación millonaria, trasunto, probablemente, de la desnaturalización y vacío de la vida de lujo. «Ayúdeme a salir» podría ser un alegato contra la invisibilidad y «Los cacharritos» simboliza la vida detenida de una muchacha que sigue montada, año tras año, en la misma atracción de la feria. En el delicado relato «Hanami», un hombre solitario se dedica a contemplar la belleza de sus flores marcescentes.

Otros temas desfilan por el libro, como la parodia del estilo de vida americano que se aborda en «Cadillac Ranch», una suerte de road movie literaria con visos de redención personal; o la crítica a la servidumbre de los artistas a un fatuo mercantilismo que los explota y los desfigura en «Cara de mujer con tres ojos». En «Un pueblo pequeño y pintoresco», al personaje le crece un pueblecito en la palma de la mano, lo que nos lleva inevitablemente a pensar en una especie de alegoría religiosa, el dios caprichoso que juega con los hombres. Y en «Ya no hay luciérnagas» asistimos al sobrecogedor desdoblamiento de una madre y su hija muerta, con el que aquella mantiene viva a ésta. La importancia de lo azaroso se refleja en «La misión» y hay un halo de misticismo exótico en «Cundi Macundi».

Con su habitual estilo preciso y quirúrgico, su sentido de la ironía y el lirismo de sus estampas, Tocornal (o sus moscas) nos regala un tesoro de contento para quienes siguen creyendo que la literatura debe aunar la forma y el fondo. En este sentido, Tocornal ensambla ambos conceptos con el magisterio con el que lo hacen los escritores que no se conforman con viajar por las carreteras de la literatura con menos que con un Cadillac.

lunes, 15 de enero de 2024

635. Cuando 'Collage' dejó de sonar

 


José Antonio Corrales Ponce de León tiene apellido de viajero intrépido. Y seguramente lo es, a su manera. Si el famoso conquistador exploró con enorme audacia el Nuevo Mundo, Corrales surca con sus novelas el proceloso piélago de la mente criminal, y lo hace desde su experiencia como inspector de policía, que le ha proporcionado no pocas situaciones inquietantes. El autor ilicitano publica ahora en Atlantis Ediciones La ceguera del murciélago, con la que quedó finalista del Premio Auguste Dupin de novela negra en 2022.

Lo que más llama la atención del libro de Corrales es, sobre todo, esa capacidad de observación, atenta a la minuciosidad y el detalle, que tiene la virtud de orillar por momentos la trama argumental para centrarse en la psicología de su principal personaje y en analizar el germen de su comportamiento. Efectivamente, lejos de los trepidantes excesos argumentales de algunas novelas negras, repletas de lances y cambios de rasante, a Corrales le interesa, sobre todo, bucear por las causas que determinan, como un fatum inevitable, el destino de los protagonistas, y solo en el último tercio de la novela asistimos al vertiginoso desenlace donde la acción casi no da cuartel.

La novela narra las vicisitudes de Atanasio, cuya infancia transcurre entre la violencia del padre y la locura de la madre, situación familiar de trágicas consecuencias que marcan la vida y la concepción del mundo del futuro adulto. He aquí, uno de los leit motiv de la novela: el determinismo, a la manera en que lo concibieron los autores naturalistas decimonónicos, con Émile Zola a la cabeza, que promulga el destino inapelable del individuo condicionado por su origen social o biológico, y abocado a la fatalidad. Atanasio, que antes de ser victimario, ha sido víctima, pasa irremediablemente de una infancia inocente y llena de buena voluntad, al mundo de la delincuencia, adoptando los postulados filosóficos roussionanios. En efecto, Atanasio tiende a la bondad y se siente feliz al amparo de aquel profesor que dedicaba una parte de las clases a poner discos de Collage, momento que él aprovechaba para bailar Due ragazzi nel sole apretado a la Chari, la niña de la que estaba enamorado. Toda esa etapa de ingenuidad desparece cuando se ve obligado a delinquir y a pasar parte de su vida en prisión, espacio que acaba convirtiéndose en un refugio seguro, alejado de la sociedad prejuiciosa y pervertidora. Especialmente simbólico es el apodo que Atanasio adopta desde ese momento, el apocorístico «Tana», con esa raíz griega –thanatos, muerte– que comulga con su nueva condición. Al salir de la cárcel, el Tana buscará al primer Atanasio a cuyo cobijo aspira a regresar, y en su alocado peregrinaje de redención querrá recuperar a la Chari y el recuerdo feliz del barrio humilde en que se crio, pero a su vuelta, todo ese asidero que anhela no es ya el que ha evocado durante años en su celda: el disco de Collage ha dejado de sonar.

Durante toda la novela, el lector asiste a una perturbadora contradicción entre las conclusiones psicológicas de los forenses, intercaladas entre los capítulos, que pintan a un sociópata irredento, con la empatía que nos produce la asistir a los pensamientos en primera persona del protagonista, por quien sentimos un paradójico sentimiento de solidaridad, lo que demuestra le habilidad de Corrales en la construcción de un personaje complejo y antitético.

Respecto al estilo, llama la atención, como hemos apuntado más arriba, la precisión quirúrgica por el detalle, no exenta de numerosas imágenes retóricas que demuestran una insobornable voluntad de estilo. Así, los pensamientos oscuros de Atanasio son como polillas que acudieran a la bombilla de su cerebro, o un cigarrillo se apaga en el suelo con un movimiento de swing, por nombrar solo algunos recursos de buen gusto literario.

En definitiva, La ceguera del murciélago puede contentar al lector de novela negra, pero también a aquellos que gustan de la morosidad lírica de su prosa y la cirugía psicológica. Me gustaría pensar que, al final del libro, Atanasio oye los acordes de Collage.

lunes, 8 de enero de 2024

634. Viajes literarios: la Tortosa de Despuig.

 


En Los col.loquis de la insigne ciutat de Tortosa (1557), Cristòfol Despuig se queja, en boca de uno de sus personajes, de la escasa atención que el obispo de la ciudad, Fernando de Loazes, otorga a la lenta construcción de la catedral. Efectivamente, Loazes, natural de Orihuela, se mostraba mucho más generoso financiando el convento de Santo Domingo, en su ciudad natal (donde luego estudiaría Miguel Hernández) que la sede catedralicia de su propio obispado. Si 450 años después de su muerte, Despuig volviera a pasear por su amada Tortosa, se rasgaría las vestiduras al comprobar que la catedral sigue inacabada. Qué manía nos ha dado en la provincia de Tarragona de dejar las catedrales desmochadas. En Los col.loquis, uno de los interlocutores, don Pedro, procedente de Valencia, se maravilla, no obstante, de cómo luce el jaspe rosa tortosino en la fachada en ciernes de la Seu. Es el mismo jaspe, dice Lívio, que fue utilizado en el Palau de la Generalitat de Barcelona y en San Pedro del Vaticano. Hoy resulta difícil encontrar en las joyerías tortosinas la preciada piedra, ni siquiera como souvenir. Pero otra piedra, aparte del jaspe, merece la pena contemplarse en el museo catedralicio: la lápida trilingüe, esculpida en griego, hebreo y latín, que sirvió de epitafio a la joven judía Meliosa, hija de Yehudá y Miriam, del siglo VI. Y debe servir de acicate al viajero para adentrarse por el sugestivo barrio judío.

A Despuig, sin embargo, amante de las artes como era, no le habría desagradado saber que su palacio se ha convertido hoy en un conservatorio de música. En ese mismo palacio debió de desarrollarse el quinto coloquio de su libro, cuando los tres interlocutores que pasean por Tortosa inician el espinoso tema de la guerra civil catalana contra Juan II de Aragón, y prefieren conversar con mayor seguridad en un espacio privado.

Durante el paseo, en el que el vehemente Lívio y el ciudadano Fàbio, describen las maravillas de Tortosa a don Pedro, se citan otros enclaves interesantes, que el visitante actual aún podrá toparse en su itinerario. Tal es el caso de los imprescindibles Reales Colegios o del Portal del Romeu, cuyo origen relata Lívio al evocar la memorable hazaña de las mujeres tortosinas en la defensa contra los musulmanes del Castillo de la Suda, ayudadas por un misterioso romero que algunas versiones de la leyenda identifican como Santiago Apóstol (no es el caso de Despuig que, aunque algo obnubilado por su chovinismo, se ajusta bien al caballero renacentista que dialoga con elegancia, respeto y mesura casi científica). Un ejemplo literario de la leyenda lo podemos hallar en el propio castillo, hoy Parador Nacional, en cuyo vestíbulo luce, dentro de una vitrina, la novela de la escritora Verónica Martínez Amat, El juramento de Tortosa. Desde el castillo se divisan las mejores vistas de la ciudad, del Ebro y del impresionante Parque Natural de Els Ports, de cuyos bosques, asegura Fàbio en Los col.loquis, se extraía la madera para fabricar las galeras reales.

Otros muchos tesoros hallará el lector en el libro de Despuig, que arrojan algo de luz sobre la actualidad catalana. Por ejemplo, cómo Lívio se queja de esa Castilla que se arroga la representatividad de toda España, siendo los catalanes –dice Lívio– tan españoles como los castellanos, afirmación que hoy sorprendería algo pero que explicaría una desafección cocida a fuego lento durante siglos. También se queja Lívio de la adopción del castellano, en detrimento del catalán por parte de los nobles tortosinos, inicio de una diglosia basada en el prestigio político y que poco tiene que ver con las lenguas.  Disfrutaremos, en fin, en delicioso catalán, del diálogo reposado y respetuoso que se establece entre los personajes, a pesar de sus diferencias, lo que debería darnos alguna lección a los contertulios de nuestra crispada era digital.