lunes, 18 de septiembre de 2017

376. Infiel



Si vas a serle infiel, hazlo con un libro

La despertó en mitad de la madrugada aquella desazón de otras noches que tan bien conocía. Cubría su cuerpo tan sólo con la camisa blanca de él, en la que había decidido enfundarse para conjurarse contra la añoranza de su ausencia. La prenda, varias tallas mayor que la suya, la vestía hasta los muslos y conservaba aún el aroma de él. Quizás hubiera sido aquel olor varonil, aquella mezcla como de cuero y naturaleza agreste, la que había agitado su sueño y había desatado aquella íntima y lúbrica turbación que ahora la desvelaba sumergiéndola en impúdicas evocaciones. Pero sabía muy bien lo que tenía que hacer.
Se deslizó desde la cama hasta el suelo y, descalza, los flecos de la camisa flanqueando sus caderas, anduvo por el pasillo hasta la habitación que hacía las veces de biblioteca en la casa. Una vez dentro, se acercó con paso reverencial hasta las estanterías y fue examinando los anaqueles con las manos cruzadas en la espalda, como una general que pasara revista a su batallón o una diosa en túnica blanca que decidiera caprichosa los destinos. A veces, se detenía ante alguno de los libros y acariciaba con los dedos su lomo un instante, apenas un roce, para luego desdeñarlo y pasar de largo. Unos pasos más adelante repitió su ritual pero, esta vez, se detuvo más tiempo en las caricias y, después, resuelta, tomó con su dedo índice la cabezada del libro y lo extrajo de la hilera.
Ya en la cama, ella se desabrochó la camisa y retiró luego, lentamente, la faja del libro y el forro que la estorbaban; después colocó el libro a horcajadas sobre su pecho semidesnudo y, tras las páginas preliminares, donde satisfizo la curiosidad del descubrimiento, se centró en el cuerpo de la obra. Pendía del libro un marcapáginas de seda rojo cosido a la tripa y algo deshilachado en su parte inferior. Mientras ella leía, boca arriba, sujetaba el libro con pulso irregular, lo que facilitaba el movimiento pendular del marcapáginas, que en su cadencia oscilante rozaba sus pezones; estos respondían enhiestos a los besos rítmicos de la tela.
No sabemos, y ella no supo tampoco, en qué momento dejó de sujetar el libro con ambas manos ni adónde fue a parar la mano que había quedado libre. Ella sólo recuerda, ahora que ha amanecido y se ha descubierto en negligente postura con el libro dormido sobre su pecho, que en un momento dado, el libro le había susurrado palabras que olían a tinta y a lignina, y que ella,  cada vez más enfervorizada por aquellas frases musitadas al oído, había pasado las páginas del libro muy deprisa, cada vez más deprisa, frenéticamente deprisa, y que hubo un momento en que ella alcanzó el colofón del libro, lo leyó ya casi sin fuerzas, las pupilas se le volvieron hacia atrás, los ojos se le quedaron en blanco y cerró el libro con tal fuerza que la tapa al cerrarse sonó como una detonación atronadora que coincidía con el último estertor de su cuerpo convulsionado.

Ahora, todavía tumbada sobre la cama, ella mira la fotografía de su esposo en la mesita de noche. Mientras lo mira, se echa un dedo a la boca, lo muerde, y sonríe, traviesa, como si pidiera perdón por la trastada cometida por una niña. Después se levanta, toma el libro y lo devuelve a su lugar en la estantería. Antes de salir de la biblioteca, le guiña un ojo y con el dedo índice colocado en sus labios como cuando se manda callar a alguien, le pide que le guarde el secreto. Después cierra la puerta de la biblioteca y el aire que produce al cerrar, agita levemente, en el libro, el ufano marcapáginas de seda rojo.

domingo, 10 de septiembre de 2017

375. Leer a Landero



Escritores noveles: abandonad toda esperanza. Después de leer a Luis Landero, cualquier cosa que escribáis os va a parecer un sucedáneo literario, la alegoría platónica de la caverna, el caviar de beluga del Mercadona, la burda estampa de vuestras aspiraciones, el Ecce Homo de Borja. Entonces, ¿es mejor no leer a Landero para no alimentar frustraciones, lastimeros ayes de impotencia, papeleras rebosantes y oleadas de suicidios? Pues todo lo contrario. Nunca ha sido tan necesario como hoy para el escritor novel (y para los no tan noveles), leer a Landero. Porque sólo leyendo a Landero y a los otros grandes maestros de la literatura, seremos capaces de ponderar nuestros propios textos y recibir nuestra buena bofetada de humildad antes de decidir dar a la imprenta aquel libro del que nos sentimos tan orgullosos y que no pasa de deplorable pasquín para el autobombo y la tonta vanidad. 
Existen muchas maneras de entender la literatura. Pero para mí hay un requisito que me parece insoslayable: la literatura entendida como arte. Nicanor Parra tituló a su décimo poemario Artefactos jugando con la etimología: los poemas estaban escritos, hechos, con arte. Igual que el pintor utiliza su paleta y el escultor su cincel para sus obras artísticas, el escritor, que es otro artista, se sirve de la palabra para crear belleza. Todo lo demás podrá considerarse literatura pero nunca pasará a los manuales, porque sólo resiste a la inquina del tiempo aquello que en su belleza perpetúa su atemporalidad y su universalidad. El resto es accidente, circunstancia, consumo, usar y tirar. Se puede comulgar o no con las novelas de Landero, con su carácter sugestivo, evocador, con su ritmo demorado, con su prosa envolvente, con su elegancia cervantina y galdosiana; hay quien dirá que prefiere la sucesión vertiginosa de lances argumentales y lo cifre todo en el imperio de la acción; no hallará eso en Landero. Pero nadie podrá negar el uso exquisito que el autor extremeño hace de la palabra, elevada a categoría artística; y todo ello sin exhibicionismos retóricos ni prurito de deslumbrar, sino, simplemente, con el reverencial respeto a la materia prima de su labor literaria: las palabras. Especialmente sus obras memorialísticas son una fiesta del verbo, delicado como sus personajes, que acuna y acaricia al lector y lo lleva en volandas merced a un formidable dominio de los resortes narrativos. Da la sensación de que Landero podría dilatar sus libros hasta el infinito sin que tuviera que pasar necesariamente nada trascendental en el argumento y que, no obstante, el lector lo seguiría sin rechistar, leal, mecido por la prosa, narcotizado por el simple devenir de las frases, instalado en el mágico estado de sucederse él mismo en el acto de la lectura, como una verdad ontológica. La palabra, con Landero, no se siente violentada, no se somete a escorzos extraños ni al artificio; fluye retroalimentada por su propia inercia, como un río de aguas calmas, literatura en estado puro. Resulta complicado acabar un libro de Landero y tomar otra lectura porque, casi siempre, uno debe asumir la renuncia a esa pureza. Podemos entretenernos con otras historias originalísimas, podemos sentirnos amarrados a las incógnitas de una trama o sentirnos retados por el juego intelectual que otro autor nos proponga, pero casi siempre sentiremos que nos falta algo, que hay un destierro cruel tras acabar las novelas de Landero y que casi todo lo que leamos después alberga unos visos de provisionalidad, como el hotel de una ciudad extranjera o el vestíbulo de un aeropuerto, meros trámites antes de volver a casa.

Así que, escritor novel, lee a Landero. Porque necesitamos que te frustres, que emitas ayes de impotencia, que colmes las papeleras de tu despacho y que, en último término, –¿por qué no? – nos hagas el favor de suicidarte. Literariamente (o no).

lunes, 4 de septiembre de 2017

374. El país de ninguna parte

Con esas palabras se refería Federico García Lorca a la Alpujarra en alguna de las ocasiones en que el poeta granadino visitara Lanjarón entre 1917 y 1935. Era costumbre familiar tomar los baños en el balneario, principalmente la madre, que hallaba en las propiedades curativas del agua alivio a sus dolencias. Lanjarón conserva la memoria de aquellas visitas en el Hotel España, donde se alojaba la familia Lorca y en sus numerosas fuentes, que mezclan los versos del agua con los de Federico. En Lanjarón se dice que el joven Lorca –apenas dieciocho años– halló su primer amor, Maria Luisa Natera, de catorce, las manos de ambos apenas rozándose sobre el teclado de un piano donde compartían su pasión por Chopin.
Desde hace ya 12 años, el Balneario de Lanjarón organiza los cursos sobre cultura y agua. Asistir a ellos es darle la razón a Federico: uno siente, efectivamente, que se encuentra en el país de ninguna parte. En una sociedad empeñada en la contumacia de las banderas, el viajero encuentra en la universalidad del agua y del conocimiento la única patria posible: el país de ninguna parte y el de todas las partes a la vez. En el curso de Lanjarón, uno puede escuchar en arameo todas las voces del agua usadas por los judíos de Al-Andalus en la Biblia. O traspasar los vórtices del tiempo para hallar el origen del agua en el universo. O conocer que el agua en Japón es mucho más que la ola de Hokusai. O que el sueño de los viajes en el tiempo es científicamente posible –ciencia y poesía de la mano, ¿acaso estuvieron alguna vez separadas?–. O caminar por Sierra Nevada, los ojos peregrinos sobre los trazos sorollescos del artista. O bucear por la historia del cine. O denunciar la degradación de nuestra España vacía (vacía de tanto). O pasear por el entorno natural de Lanjarón esmaltándola de literatura. O sentir vivo a Zorrilla. O degustar gotas de microrrelatos. O hallar en el haiku la destilación de la poesía. Y hacerlo con el cuerpo ungido por el agua salutífera del balneario, hisopos ambos, el de la cultura y el del agua para el bautismo definitivo y la promesa del recuerdo perenne.
Y, entre tanto talento, don Antonio Carvajal, agua nutricia de estos cursos, llenando con su presencia de clepsidra cada charla, cada cena, cada palabra. Y recordarlo  subido a la concha que preside la sala de fiestas, –en la concha de Venus amarrado–, flor de Gnido su verbo que enamora y perturba, narrando la famosísima historia de “La Motrilova”, figura señera del imaginario colectivo que ya está pidiendo un romance en perfectos octosílabos.
El próximo año, fíjense si les aviso con antelación, el curso versará sobre agua y superstición, como no podía ser de otra manera en su decimotercera edición. Dicen que Thomas Mann se enjuagaba las manos con agua de violetas antes de escribir. Que el agua estancada en las obras de Lorca presagia la muerte y la esterilidad. Que los griegos colocaban sendas monedas en los ojos de los cadáveres para que las almas de éstos pudieran pagarle al barquero Caronte.  Pero en Lanjarón, las palabras huelen a espliego y romero, el agua corre viva desde sus manantiales de salud y a Caronte –tan largo me lo fiáis–, lo invitamos a una buena sobredosis de agua Capuchina. 



lunes, 28 de agosto de 2017

373. Palabras (Miscelánea barcelonesa)



“Se dice, y es verdad, que ningún barcelonés puede dormir tranquilo si no ha paseado por la Rambla por lo menos una vez, y a mí me ocurre otro tanto estos días que vivo en vuestra hermosísima ciudad. Toda la esencia de la gran Barcelona, de la perenne, la insobornable, está en esta calle que tiene un ala gótica donde se oyen fuentes romanas y laúdes del quince y otra ala abigarrada, cruel, increíble, donde se oyen los acordeones de todos los marineros del mundo y hay un vuelo nocturno de labios pintados y carcajadas al amanecer”. (García Lorca)
“La Rambla de Barcelona es la metáfora misma de la vida, vertiente hacia el mar, que es la muerte, según los tópicos medievales” (Vázquez Montalbán)
“Me gusta esta ciudad, al menos de plaza Catalunya para abajo. Yo me declaro nacionalista de las Ramblas, con todos los idiomas y culturas. En el Raval me siento en mi barrio. Ayer charlé con un camarero pakistaní que me enseñó algunas palabras en urdu”. (Juan Goytisolo)
“La Rambla de espectadores silenciosos, repantigados en las sillas de madera y contemplando el devenir de nuestra gente mientras la fuentecilla encapillada emite un gluglú que no escuchamos, casi apagado bajo el trinar de miles de pájaros que habitan en las ramas de follaje verde celeste y la musiquilla del violinista ciego, sentado delante de un quiosco lleno de revistas que un día dijeron que habían ganado los nacionales y otro día que llegaban turistas y después, hoy mismo, que Cuba se ha vuelto comunista, y muchos edificios están agrandando mi ciudad que vuelve a vivir; ay, fiebre de verano de una Barcelona asustada de su propio crecimiento, ¿quién se acuerda hoy de que un día lloramos?” (Terenci Moix)
“E1 boulevard de las Ramblas estaba vistoso: circulaban banqueros encopetados, militares graves, almidonadas amas que se abrían paso con las capotas charoladas de los cochecillos, floristas chillonas, estudiantes que faltaban a clase y se pegaban, en broma, riendo y metiéndose con la gente, algún tipo indefinible, marinos recién desembarcados. Teresa brincaba y sonreía, pero pronto se puso seria. —El bullicio me aturde. Sin embargo, creo que no soportaría ver las calles vacías: las ciudades son para las multitudes, ¿no crees?”  (Eduardo Mendoza)
“Sentía una gran nostalgia de aquella hermosa nostalgia esa noche de la semana en que
salí del teatro con mis amigos de Barcelona. Las Ramblas estaban más concurridas y delirantes que nunca, todavía con las enormes estrellas de luces de colores de la Navidad. En medio de la muchedumbre bulliciosa, de los gringos despistados y las suecas suculentas y casi desnudas en enero, estaban los exiliados de América Latina con sus ventorrillos públicos de baratijas, con sus niños envueltos en trapos, sobreviviendo como pueden mientras llega también para ellos el barco del regreso.” (García Márquez)
“Una hora después estoy en el hervor de la Rambla. Es esta calle ancha, como sabréis, de un pintoresco curioso y digno de nota, baraja social, revelador termómetro de una especial existencia ciudadana. En la larga vía van y vienen, rozándose, el sombrero de copa y la gorra obrera, el smoking y la blusa, la señorita y la menegilda”. (Rubén Darío)

“És tot un cel de blau i d’alegria /aquesta Rambla meva i em fa esglai / pensar que puc deixar-la sola un dia / la Rambla i jo no hem d’apartar-nos mai! /I quan sigui una vella corsecada /amb tot aquest cabell pansit i blanc, /em trobaran al peu de la parada,/com si jo hi defensés la meva sang. / I els que passin i em vegin sense vista,/tremolant, amb un pom dins la mà,/ diran: “guaiteu, l’Antònia, la florista / ja no pot cridar, ni caminar./I xaruga com és, plena de noses/i de dolors, encara té prou cor,/fidel  a la parada de les roses,/ fins que la vingui a recollir la mort.” (Josep Maria de Sagarra)

Palabras. Contra la barbarie, sólo palabras, anegando el mosaico de Miró.

lunes, 14 de agosto de 2017

372. Viajes literarios: Zamora



Todavía el caminante trae los ojos henchidos de azul mientras camina por la calle Corral de Campanas. La epifanía se ha producido, inopinadamente, unos minutos antes en el mirador del Troncoso. Ahora, por esta callecita estrecha y solitaria que más parece sendero o vereda, el viajero aún retiene el rumor del río Duero, su brochazo manso y demorado entre las aceñas, tocador del puente de piedra, que se mira presumido en su espejo para barnizar su vetustez. Desde la orilla, la ciudad le da la espalda al río, con el recato trágico de una dama que se sabe ya añosa, ajada su belleza antigua, ante la sempiterna lozanía del galán que a sus faldas durante siglos la corteja. El cerco del tiempo se enseñorea tras las murallas de Zamora.
La calle Corral de Campanas desemboca en la explanada de la catedral. Es inevitable alzar la vista y detenerla en su maravillosa cúpula lobulada, madre nutricia de la ciudad, gallina clueca que cobija a los pequeños cupulines que la rodean. Pero su grandiosidad y belleza subyugadoras no distraen al viajero, cuyos ojos buscan un edificio inadvertido en su humildad. A su izquierda, pegado a la Puerta del Obispo de la muralla, se erige la casa de Arias Gonzalo. A la derecha de su muro rectangular, una puerta de madera sella el arco semicircular. Claro que no es la puerta original pero el sortilegio surte efecto igualmente cuando se toma la aldaba y se la golpea: ruido de chiquillería dentro y, tras unos segundos, alguien manipula los postigos y salen Sancho, Urraca y Rodrigo. Los dos niños juegan a batirse en duelo con sus espadas de madera, mientras la infanta, que se ha quedado bajo el umbral de la puerta, sonríe y anima a Rodrigo. Ha salido también Arias Gonzalo, que nos mira con la complicidad resignada de quien ya lo sabe todo. Echa a andar Arias Gonzalo y lo siguen los niños con su juego infantil; marchan deprisa, sus figuras se emborronan, sus sombras se alargan y el viajero los pierde por momentos. Al llegar a la Plaza de la Leña el viajero se apoya sobre sus rodillas y toma resuello. Al levantar la cabeza, observa, de espaldas, presidiendo la pasarela de la muralla, a una dama de negro. El viajero traspasa la puerta de la muralla y comprueba, ya de cara, quién se halla tras la misteriosa figura. Es doña Urraca, apostada en el torreón. El viento mece su vestido. En su rostro afilado y duro, nada ya de su semblante infantil. Rodrigo se halla frente a ella, al pie de la muralla, montado en su caballo. Se dirigen unas palabras que no acertamos a oír. Sólo se imponen los sonidos de los cascos inquietos del caballo, su piafar nervioso. De repente, doña Urraca se vuelve, airada, y desaparece tras el palacio. Rodrigo permanece aún unos segundos y después, resuelto, vuelve las bridas de su caballo y retorna. Una mano se posa entonces sobre nuestro hombro. Es Arias Gonzalo. Y, sin saber cómo, estamos otra vez muy cerca de su casa, en la Calle Postigo. En su extremo, un portillo de la muralla, el de la Traición o de la Lealtad, según se mire. Una voz, como un eco lejano, se escucha desde las almenas: “Rey don Sancho, rey don Sancho, no digas que no te aviso…”.  Irrumpe por el portillo, de golpe, un caballero leonés. Es Vellido Dolfos, con el miedo pintado en la cara. Los guardianes cierran el portón con premura. Vellido se arrodilla ante doña Urraca, que ha salido a recibirlo. Le acaricia la coronilla y se da la vuelta, con paso moroso, enlutado. Nos encaramamos a la muralla por donde ha entrado Vellido. Desde ella observamos el cadáver ensangrentado de Sancho y los gritos de Rodrigo a caballo. Rodrigo no porta espuelas.

Lejos, en el panteón de San Isidoro de León, bajo los frescos románicos, se estremece una lápida anónima. 

lunes, 7 de agosto de 2017

371. Si me queréis, irse



En la ciudad donde vivo existe una amplia avenida donde está prohibido aparcar. La calle dispone de tres carriles, ya que se trata de una zona concurrida, y ello permite agilizar el abundante tráfico. Sin embargo, es raro el día en que el carril más pegado a la acera se halle habilitado para la circulación pues muchos usuarios aparcan en él, pese a las señales de prohibición. Este hecho se ha convertido ya en una costumbre, y hasta los agentes de tráfico parecen hacer la vista gorda, como si existiera un acuerdo tácito entre los ciudadanos y la policía o como si aparcar en un lugar no permitido hubiera emanado de alguna ley consuetudinaria que no se debe cuestionar. El ayuntamiento, impotente, en lugar de sancionar a quienes incurren en la infracción, ha colocado unas señales que permiten aparcar durantes determinadas franjas horarias. O dicho de otro modo, se ha bajado los pantalones siguiendo aquella máxima popular de que si no se puede contra el enemigo, es mejor unirse a él. Consigue, además, otra falacia, la de salvar la honrilla de su autoridad: no es que el ciudadano no obedezca; es que yo, magnánimo y dadivoso, se lo permito. El resultado ha sido que, ahora, los conductores aparcan en doble fila y han limitado la avenida a un solo carril.
Pues bien, es exactamente lo mismo que ha hecho la RAE con el uso de de la segunda persona del plural del imperativo del verbo “ir”. Como todo el mundo dice “iros”, pues ale, se abre la veda. Es signo de estos tiempos donde la consigna es  que la gente tiene que ser feliz y despreocupada, dárselo todo mascado y no complicarle demasiado la vida. También es un síntoma de la crisis de autoridad que existe en todos los ámbitos y el rechazo compulsivo a las normas: los hijos denuncian a sus padres por un cachete, el profesor es una diana de feria, los políticos se saltan a la torera al Constitucional, se dejan los envases del McDonald’s en los bancos públicos, se asaltan autobuses turísticos y yo hablo como me sale del pito. Con el tiempo desaparecerán las tildes (ya lo han hecho algunos diacríticos) y en el futuro tampoco habrá que rebanarse los sesos para saber si un vocablo debe llevar “b” o “v”, irán todas con “b” porque ¿a quién narices le importa ese palabro llamado “etimología”? ¿No suenan igual? Pues todo con “b” y tan anchos. Dirán quienes defiendan la claudicación de la RAE que la lengua no es propiedad de una institución sino de los hablantes. Y tendrán razón quienes así argumenten. Pero también la avenida de tres carriles es de todos los ciudadanos y gracias a la tibieza del ayuntamiento ahora sólo tenemos un carril. Con el idioma pasa igual: cada vez somos más pobres.

Conviene, no obstante, evitar las actitudes reaccionarias y apocalípticas. La lengua es un instrumento vivo y cambiante. Hoy nadie se para a pensar que cuando decimos que vamos al “cine”, estamos utilizando el apócope de “cinematógrafo”, es decir, estamos usando una palabra mutilada, igual que aquello del “tranqui no te pongas nervi”, igual. Y, sin embargo, nadie dice que se va al cinematógrafo. ¿Cómo una palabra mutilada ha devenido en correcta? Pues por el mismo fenómeno que el “iros”. El hablante es el soberano del idioma. Sin estos cambios, aún estaríamos hablando el latín vulgar de los primeros tiempos y a Zaragoza la llamaríamos todavía “Caesaraugusta”. Lo que quiero decir es que lo que acaba de ocurrir con el “iros” responde pefectamente a la normalidad evolutiva del idioma. Otra cosa bien distinta es que la RAE se ponga demasiado espléndida, empiece a permitirlo todo y le dé algún sillón vacante a título póstumo a Lola Flores. 

lunes, 24 de julio de 2017

370. El pasillo 860



Nada más entrar en la biblioteca, el silencio. Y con él, una atemperación, casi instantánea, de nuestro propio cuerpo. No sólo han quedado fuera los cláxones, la inmisericorde ráfaga sonora de las obras, el borborigmo de las gentes;  también nosotros mismos o, para ser más exactos, ese envoltorio falaz con que nos mostramos al mundo, ese ente barnizado por los convencionalismos y los roles aprendidos, esa carcasa, se queda también fuera de la biblioteca, esperándonos apremiante con su reloj y su zapateo inquieto sobre el asfalto, nuestro avatar. Dentro, todo el ruido del mundo se reduce al bisbiseo conventual de las bibliotecarias; termina el jadeo con que hemos cruzado el umbral, y las pupilas llenas de sol se dilatan ante la luz recogida del vestíbulo. Acogerse a sagrado. Fuera, el mundo. Dentro, todos los mundos. Y nosotros, sobrevenido astro, alrededor del cual, orbitan todos ellos. Los libros.

Las signaturas de la Clasificación Decimal Universal presiden cada uno de los pasillos que delimitan, flanqueándolos, las estanterías, como pasadizos que conducen a la faraónica cámara sagrada en la pirámide del saber.Impulsados por una inercia connatural, caminamos hasta el 860. Aquellos tres números se antojan la gematría de los antiguos cabalistas judíos, detrás de los cuales se halla la iluminación. No somos chovinistas ni talibanes del idioma; nuestras lecturas comprenden un bagaje de marcada vocación universal pero no podemos evitar sustraernos al orgullo que nos producen aquellos tres números a los que nos rendimos con pitagórico misticismo y donde se cifra, en su parca destilación numérica, la belleza de la lengua española. Caminar por la vereda tapizada del 860, los pies monacales reverenciando el silencio en su paso amortiguado, es como andar custodiado por los manes que protegen el único hogar en que nos reconocemos seguros, el de la palabra. A izquierda y derecha, los libros son talismanes votivos que nos protegen; el mundo puede reducirse en ese momento a ese pasillo, claustro protector colmado de capiteles bibliográficos. Otras veces nos parece un cementerio donde cada libro es un epitafio y, nos sentimos poderosos demiurgos porque sólo un gesto nuestro, el de tomar el libro del estante, es capaz de resucitar a los muertos, nosotros, médiums e intérpretes de sus voces, sacerdotes supremos, chamanes depositarios del secreto ritual literario, targumanes de los textos sacros. Reconocemos muchos de estos libros, duplicados, en las estanterías de nuestras casas. El don de la ubicuidad de la cultura. Los panes y los peces. Escudriñamos entre los anaqueles para decidir la resurrección de hoy, si es que alguna vez murieron del todo. Entre los huecos que dejan los libros, se intuyen otras sombras, en otros pasillos, celebrando el mismo ceremonial. Se hallan en pasillos contiguos, apenas intuidos entre la celosía libresca, pasillos inhóspitos que casi nunca visitamos, presididos por extrañas combinaciones numéricas. Cuando, al fin, hallamos el libro que buscamos, acudimos al mostrador y lo depositamos con inevitable solemnidad sobre la mesa. Allí, la bibliotecaria asperge con su hisopo tecnológico un haz de luz roja, como si exorcizase al libro de la prisión del olvido en que se hallaba, encerrado tras las rejas de su código de barras. El libro pasa entonces a ser nuestro. ¡Nuestro! Nos dirigimos hacia la salida y franqueamos, con irracional temor, los arcos de seguridad, temibles Escila y Caribdis para el aventurero Ulises, cazador de tesoros. Pero nada ocurre. Retomamos a nuestro avatar. Y huimos, como si hubiéramos cometido alguna profanación.

lunes, 17 de julio de 2017

369. NO VOTARÉ (Los otros 1 de octubre)



El 1 de octubre de 1584 nació en Tordesillas Alonso Castillo Solórzano, uno de los escritores españoles más prolíficos de nuestra literatura. Llegó a vivir en Barcelona y se le considera el padre de la llamada “comedia de figurón”, subgénero dramático parecido a la farsa protagonizado por los “figurones”, personajes cómicos grotescos y defensores de un ridículo orgullo, algo así como Puigdemont, pura farsa y figurón.
El 1 de octubre de 1684 muere en París el gran Pierre Corneille. El dramaturgo francés se rebeló contra la polémica gestión del Cardenal Richelieu y le recordó en su obra Horacio que los políticos no están por encima de la ley.
El 1 de octubre de 1856 Flaubert comienza a publicar por entregas en La Revue de Paris, su obra más reconocida, Madame Bovary. De esta novela, Vargas Llosa dijo que “el drama de Emma es el abismo entre ilusión y realidad” (otra vez el adúltero, adulterado, Puigdemont). A Flaubert la Historia lo recuerda porque pertenece a la patria de las palabras, la única patria común.
El 1 de octubre de 1500, Cristóbal Colón es encarcelado por los Reyes Católicos por sus abusos tiránicos en La Española, contraviniendo la posición de Isabel I, que defendía la igualdad entre indios y españoles. No necesitamos héroes así. Quizás después de este dato, alguien renuncie a las tesis catalanistas sobre el origen de Colón; no vayamos a mancillar la pureza de la raza.
El 1 de octubre de 1792 se funda el Diario de Barcelona, donde llegó a escribir Joan Maragall…en castellano. ¡Anatema!
El 1 de octubre de 1880, Thomas Alva Edison funda la primera central eléctrica del mundo. ¡Luz para el ciego Puigdemont!
El 1 de octubre de 1901 se funda la SGAE. Puigdemont quiere para sí los derechos de autor de Cataluña pero Cataluña no es patrimonio de Puigdemont.
El 1 de octubre de 1905, un joven carpintero llamado František Pavilíc es asesinado en Brno  por la bayoneta de un soldado imperial durante las protestas que se llevaron a cabo en esa ciudad checa para pedir pacíficamente una nueva universidad. ¿De qué habla Puigdemont cuando habla de represión española? En su recuerdo, el músico  Leoš Janáček compuso la famosa Sonata para piano 1.X.1905. ¿Qué sonata compondrá la Historia a Puigdemont?
El 1 de octubre de 1931, se aprueba el sufragio universal femenino en España con urnas de verdad para causas de verdad.
El 1 de octubre de 1946 se dicta sentencia en Núremberg a los asesinos nazis responsables del Holocausto. Stefan Zweig, que abominó de cualquier tipo de nacionalismo, no pudo verlo. Se había suicidado en Petrópolis cuatro años antes.
El 1 de octubre de 1958 se funda la NASA. Donde unos ven fronteras y muros, otros tienen por límite el universo entero. Puigdemont debiera leer a Carl Sagan.
El 1 de octubre de 1969, el Concorde rompió por primera vez la barrera del sonido. Hay que viajar más, señor Puigdemont, y salir del terruño.
El 1 de octubre de 1982, Sony y Philips empiezan a comercializar los primeros discos compactos. Puigdemont está aún en el vinilo.
El 1 de octubre de 1989, Dinamarca legaliza los matrimonios homosexuales. A Puigdemont lo que le gusta es casarse consigo mismo. O practicar el naci-onanismo.

El 1 de octubre de 2017, todos más pobres.

lunes, 10 de julio de 2017

368. ¿Qué fue de Antonio Skármeta?



Hagan la prueba. Lléguense hasta su librería más cercana y pidan algo de Antonio Skármeta. Casi siempre le responderán que en la tienda no hay nada pero que “si aguarda usted unos días, podríamos pedirlo”. Ya ni El cartero de Neruda encuentra acomodo entre las estanterías. Desahuciado de los anaqueles de las librerías al uso, a Skármeta hay que buscarlo en las bibliotecas o entre esa mágica chamarilería que son las librerías de viejo. Y, a veces, ni por esas. ¿A qué se debe este destierro? Cierto que el autor chileno no es el escritor más prolífico del mundo (apenas 10 novelas en 42 años, si no contamos sus cuentos y obras de teatro, que, por cierto, habría que reivindicar), pero más allá de esa moderación creativa, resulta difícil de entender que, pasado el furor de su entrañable cartero, Skármeta se haya convertido en una pieza rara de los museos bibliográficos. Echo de menos el mimo con que las editoriales españolas se vuelcan en la promoción de escritores de peor calidad sin escatimar recursos en las reediciones de sus obras. Y algo tendrá que ver también la propia naturaleza personal de Antonio Skármeta, tan en las antípodas del envanecimiento y ansias de protagonismo de otros.
Pero resulta que Antonio Skármeta existe. Vaya que si existe. El pasado mes de mayo, el autor de El baile de la Victoria leía su discurso de ingreso a la Academia Chilena de la Lengua, titulado “Pedaleando con San Juan de la Cruz”, donde repasa la influencia que ha ejercido la tradición española en sus obras. Leer esa agradecida y apasionada deuda de Skármeta con nuestros clásicos, todavía llaga más la herida de su injusto olvido o relativa indiferencia en nuestro país. Ya lo dije en otra ocasión: cuando se lee a Antonio Skármeta, uno experimenta la ingenua esperanza de poder reconciliarse con el género humano. Los personajes creados por el escritor chileno en sus novelas están concebidos desde una insobornable filantropía merced a la cual nos son presentados como almas limpias, transparentes, generosas y entrañablemente cándidas. Son, en definitiva, buenas personas. Esta marcada bonhomía no se asienta, sin embargo, sobre una concepción maniquea de los caracteres que pudiera originar, por contraste, la separación entre los buenos y los malos. El desarrollo de sus personalidades fluye de manera tan natural que las aceptamos sin escepticismo y nadie nota en su construcción soldaduras que pongan de manifiesto el trabajo literario del novelista. Tampoco son, pese a su nobleza, personajes que aspiren a ser ejemplo de nada. Su profunda humanidad los hace imperfectos, seres reales de carne y hueso; no son héroes épicos pero sus limitaciones y la conciencia de las mismas los dignifican en ese heroísmo cotidiano del vivir.
Casi al final de su discurso, Skármeta cita su cuento “El ciclista de San Cristóbal”. En él  un ciclista que participa en una competición, se obsesiona con la idea de que cada pedalada servirá para curar la enfermedad de su madre. Al volver a casa, halla a su madre restablecida comiendo una sopa. El pedal, en su movimiento alterno de descenso-ascenso se convierte entonces en símbolo de su credo literario y vital: “del pedal que sube al pedal que baja, del alma que se hunde en las tinieblas y del alma que sube a la luz de la revelación. Es el tránsito de la vida: lo bajo nutre lo sublime, lo sublime sólo hace sentido si se empuerca en la grandeza de lo mínimo. Este es el tránsito al que aspira mi prosa. Es mi modo de reverenciar la poesía”.

¡Pues venga entonces! ¡Una pedalada para arriba para Antonio Skármeta!

domingo, 2 de julio de 2017

367. 'Burundanga'



Algo debe de tener un espectáculo teatral cuando prolonga su cartel en Madrid durante seis temporadas con llenos absolutos en casi cada función. Es el caso de Burundanga, la comedia de Jordi Galcerán, que lleva ya más de 2000 representaciones. Así que, ni cortos ni perezosos, nos hemos ido a la capital de España a comprobar con nuestros propios ojos qué hay de cierto en la desternillante promesa de la que hablan las críticas. Traspasar el umbral del Teatro Lara ya merece el viaje; dentro, su vestíbulo decadente de tiempo periclitado, su patio de butacas casi conciliabular, donde parece que va a reunirse alguna logia clandestina, y sus aristocráticos nueve palcos donde uno puede imaginarse a la flor y nata de la sociedad madrileña de principios del siglo XX asistiendo al estreno de El amor brujo de Falla, nos produce una melancólica sugestión.
Pero ésta desaparece en cuanto los actores de Burundanga comienzan su alocado y divertido juego de equívocos. Berta (Ruth Núñez) está embarazada de Manel (Andrés Acevedo) pero no está segura del amor que éste siente por ella, de modo que su compañera de piso, Silvia (Tusti de las Heras), aconseja a Berta administrar a su novio el burundanga, la droga de la verdad. La prueba tomará derroteros inesperados, cuando Manel, bajo los efectos de dicha droga, revela que forma parte de la banda terrorista ETA junto a su amigo Gorka (César Camino), que está a punto de llegar al piso para reunirse con él.

Más allá de la indiscutible comicidad de la obra, con un quinteto completado por Eloy Arenas que, salvo una floja Ruth Núñez, realiza un despliegue de recursos verdaderamente hilarante, el montaje es, ante todo, una parodia del fin de ETA. Y ahí comienzan las reservas. La parodia ha sido desde siempre el formato más indicativo del desgaste de un género, del fin de un tabú o de la catártica liberación del pensamiento. Cervantes parodió las novelas de caballerías cuando éstas parecían ya agotadas; Benítez Reyes hizo lo propio con la mala novela histórica y su abuso editorial con Mercado de espejismos; Scary Movie parodió las películas de terror cuando éstas dejaron de darnos miedo y les perdimos el respeto. Sin embargo, ¿estamos preparados para una parodia sobre ETA? ¿No le resultará incómodo al espectador verse obligado a simpatizar y a enternecerse con el pobre diablo que Jordi Galcerán ha creado a través del ridículo y divertido etarra Gorka? La risa desatenaza el rictus del alma que está llena de odio y de rencor; a la risa le agradecemos aliviarnos el peso insoportable de los muertos; con la risa purgamos el veneno inoculado durante décadas y hasta podemos perdonar y nos sentimos mejor por ello; la risa y el sentido del humor miden la madurez de los pueblos.  Pero la risa también trivializa el dolor; la risa nos embriaga desatándonos una empatía imposible con quienes no la merecen. Y, aunque la obra llaga el orgullo de aquellos miserables que durante tanto tiempo se creyeron diosecillos a control remoto con la potestad de decidir sobre la vida y la muerte de los demás, lo cierto es que el público del Teatro Lara se ríe con Gorka y con el surrealista secuestro de don Jaime. Se ríe y de qué manera. Quizás nunca nos hayamos reído tanto y, a la vez, nos hayamos sentido tan culpables por esa perturbadora condescendencia que parece surgir de nuestra risa.

viernes, 23 de junio de 2017

366. Las damas bobas



Hay que ver lo bobas que se han vuelto de repente algunas mujeres. Me refiero especialmente a las esposas de la fauna corrupta que campea por España. La mujer de Urdangarin, la mujer de Julián Muñoz, la mujer de Francisco Correa, la mujer de Bárcenas, la mujer de Jesús Sepúlveda, la mujer de Jaume Matas, la mujer de José Luis Baltar, la mujer de El Bigotes… Y no sigo por evitarle al lector este bochornoso desfile de indeseables. A todas ellas las enumeramos así, con la expresión “la mujer de”, porque llamarlas por sus nombres y apellidos resultaría improcedente, ellas, tan entregadas a sus maridos, tan abnegadas, tan amantísimas esposas, tan rematadamente bobas, que han perdido su individualidad y autonomía como mujeres y son simplemente eso, “la mujer de”. Ninguna de ellas conoce los trapicheos de sus cónyuges porque el amor y la confianza las ciega o porque ellas se ocupan tan sólo de pintarse las uñas y de hacerse la manicura y no están para esas complejidades monetarias, que eso es cosa de hombres, como el brandy aquel del anuncio, y ellas son tontas y no saben de esos laberintos. Y así, el dinero entraba en sus casas a espuertas y su tren de vida crecía y crecía pero ellas no se daban cuenta del nuevo coche deportivo aparcado en la puerta, ellas no sabían absolutamente nada; no lo sé, no me consta, lo desconozco. En los tiempos que corren, cuando la mujer sigue luchando aún por su visibilidad en la sociedad y por igualar sus derechos a los de los hombres, estas damas bobas ejercen su papel de mujer florero, denigrándose a sí mismas y, por extensión, a todas las mujeres, con la teatralización y aceptación de su estupidez. A no ser que sean verdaderamente estúpidas y no den más de sí.
Hacia 1613 terminaba Lope de Vega una de sus comedias más famosas, La dama boba. El argumento es bien conocido: Liseo está prometido con Finea, y Laurencio con la hermana de ésta, Nise. Cuando Liseo llega a Madrid para cerrar su compromiso con Finea descubre que ésta es bellísima pero tonta de remate y queda, sin embargo, prendado de la inteligencia de Nise. A su vez, Laurencio prefiere el matrimonio con Finea que, aunque tonta, es la depositaria de la mejor dote por ser la primogénita. Ambos caballeros pactarán enamorar a la prometida del otro para tratar de dar la vuelta a sus respectivos compromisos. Así, Laurencio acabará enamorando a Finea que, por obra de ese enamoramiento termina volviéndose inteligente. Es un tema recurrente en el Siglo de Oro la virtud del amor para perfeccionar el espíritu, infundir sabiduría y avivar el entendimiento. Comoquiera que el padre de las hermanas se niega a estas nuevas aspiraciones de los pretendientes, y como la inteligente pero fría Nise rechaza a Liseo, éste, viendo el cambio operado en la personalidad de Finea vuelve a su antigua pretensión; pero ésta, que sigue enamorada de Laurencio, se hace la tonta para volver a desenamorar a Liseo.

Si trasladáramos la magnífica obra de Lope a la opereta infame de nuestros corruptos, las esposas de los imputados ¿quiénes serían? En un ejercicio de travestismo ¿serán todas ellas Laurencio, que tenia la única pretensión de casarse con la dote y no con la esposa? ¿Habrá operado el amor su capacidad instructiva haciéndolas más inteligentes de lo que eran, como se creía en los tratados amorosos del siglo XVII? Y, sobre todo y más importante: las esposas de los corruptos, ¿son la Finea boba o la Finea que se hace la boba?

viernes, 16 de junio de 2017

365. 'Tú me mueves'



El último poemario del turolense Agustín Pérez Leal, ganó el pasado año el Premio Antonio Oliver Belmás, que otorga el Ayuntamiento de Cartagena y acaba de ser galardonado con el Premio de la Crítica Valenciana ex aequo con Antonio Cabrera. Muchas veces el compañero de premio redunda aún más en el mérito de su correligionario.
Tú me mueves (Pre-Textos), constituye una celebración de la vida desde una concepción esencialista del mundo. Quizás por ello, la presencia de los cuatro elementos de la Naturaleza esté tan presente durante todo el libro, a la manera en que los presocráticos formularon aquel arjé o principio del universo. Así, la apología del sol, su luz majestuosa y trascendente, demiurgo nutricio de todas las cosas, detenida en la sagrada unción del aceite o en el incendio de amor de los girasoles. O el amanecer donde el mundo resucita como si lo hiciera por vez primera y en ese instante auroral de las primeras horas, detenido en una suerte de eternidad, se cifrara el arcano de todo, aunque el poeta no sepa decirlo. Pero también el agua, ritualizada en aquella sinagoga de Úbeda o mezclada con el sol en una lumbre con la que el poeta quisiera confundirse. Y la piedra, casi objeto votivo que puede servir de pedestal al amor. Y, claro, el aire, que acuna (sostiene) al poeta. Y, sin embargo, pese al sol, la verdad dolorosa del mirar y del saber. El poemario avanza entonces declinando su luz, hacia la tarde serena de “Placidez” y luego hacia la noche, trasunto de la muerte que nos gobierna “con la exacta sentencia / de una cruz de ceniza / sobre el cuerpo dormido” en “Nocturno”. Paralelamente a ese declive de la luz, la tierra se vuelve la ceniza que somos, y los poemas se tornan otoñales e invernales. Y, no obstante, el apego a la vida, permite resistir a la strelitzia en su obcecación ante el frío, y la hoja del álamo seco tiembla y lucha contra el viento; el poeta sigue teniendo la “sed de ser” y así se lo exige a su cuerpo: “límite de mi encuentro con el mundo / mi amigo, guárdame; / piedra que desecharon, /dintel, dovela, clave, guárdame”, aunque el cuerpo no sea ya más que ese roble por cuyas oquedades suena el viento, “aire azul de madera”, pero sonido, al fin y al cabo o la vieja enredadera que muere en la porfía de su ascenso, pero ascenso, a la postre. El elixir contra la muerte reside entonces en los instantes y su contemplación: el amanecer, el no- lugar del abrazo, el plano de lo que no somos en una cantata de Bach, el haiku de “Tanka”. Y, en último término, la búsqueda de la verdad en la “altura de lo hondo”, el “sin ti, tu certeza”, que cierra el libro culminando la oscuridad nihilista a que se iba abocando paulatinamente el libro y que, sin embargo, otorga circularidad a la obra, pues esa oscuridad del despojamiento que es el “no-yo”, es luz de autoconocimiento y de verdad.
El otro gran tema de libro es el amor. En todos estos poemas, hermosísimos, se aprecia una radical humildad ante el sujeto amoroso, la renuncia a sí mismo, la lealtad incondicional, la devoción casi religiosa y la vulnerabilidad de un alma entregada.

El lector que se acerque a Tú me mueves acabará con los ojos deslumbrados por una plenitud cenital, casi guilleniana, aunque sin concesiones al optimismo. Vivir es eso: sentirse en el mundo, “recién regado” y, a la vez, sentirnos “casa de nadie al fin, / casa de nada”.

viernes, 9 de junio de 2017

364. 'Cuando la noche te alcanza'



En los tiempos que corren, cuando el género aforístico ha alcanzado un nivel de banalización irritante, reconforta hallar entre toda esa fruslería barata y vacía con aspiraciones filosóficas, la mirada lúcida y enjundiosa de Juan Manuel Hernández, que acaba de publicar Cuando la noche te alcanza en la flamante editorial Tolstoievski, dirigida con rigor y contagioso entusiasmo por Ralph del Valle.
Aunque conocemos a Juan Manuel Hernández por la publicación, junto a Isabel Parreño, de las cartas de Pardo Bazán a Galdós recogidas en el volumen Miquiño mío (Turner, 2013), esta es la primera incursión del escritor sevillano en la literatura de creación.
Apuntábamos al inicio que el libro de Juan Manuel Hernández llegaba para dignificar el aforismo, ese género manoseado ya por cualquier mentecato en las redes sociales cuya superficialidad y adulteración exaspera al alma más flemática. Sin embargo, conviene puntualizar que Cuando la noche te alcanza no es propiamente una colección de aforismos, sino más bien un compendio de microtextos de extensión variable, nacidos de los apuntes que durante varias décadas el autor ha ido anotando en su relación con la vida y el mundo.
El tono del libro es esencialmente pesimista situándose en los postulados del nihilismo donde se nota la ascendencia que sobre el autor ha ejercido el pensamiento de Nietzsche o el de Cioran. En estos “nocturnos”, como gusta llamarlos Hernández, se aprecia un dolorido descreimiento del género humano rayano en la misantropía. Por eso es frecuente la apología de la soledad o del silencio, que le sirven de parapeto contra la frivolidad, la maldad y la estupidez humanas en todas su vertientes. En ese sentido, la noche, que puede ser trasunto de la nada que somos, es, a la vez, el espacio propiciatorio para la autoconfidencia y la clarividencia, a la manera de los místicos, aunque este diáfano discernimiento arroje lacerantes verdades sobre nuestra condición finita y animal. Anulado, pues, cualquier atisbo de trascendencia, sólo atenuado por la música y su capacidad de elevarnos por encima de la mediocridad, el autor carga, a veces con denodada vehemencia, contra el engaño de la religión y sus pueriles promesas alienadoras y narcotizantes. Especialmente atractiva resulta la mirada del autor sobre la ciudad, que nos recuerda al flâneur baudeleriano, aunque los tipos sociales que aquí aparecen se confunden con esa masa informe que puebla las urbes, segura de sus obligaciones y metas, pero atrapadas entre sus lindes como en una ratonera. Sólo se salvan de ese perfil uniforme y absurdo los desahuciados por la vida, como los mendigos y vagabundos, auténticas fallas de esa ficción que es la metrópoli. El pesimismo del libro niega la felicidad, en particular esa felicidad que los nuevos gurús de la espiritualidad repiten como un mantra tratando de buscar desesperadamente el hueco que ha dejado la religión en nuestras vidas inermes. Sólo la familia, en especial los hijos, permiten cierta lealtad a la existencia. Con los nocturnos, Juan Manuel Hernández parece, además, rendir cuentas consigo mismo y con alguna bajada a los infiernos intuida entre líneas; en este sentido, la escritura permite purgar esas miserias y, en último término, redimirlas, expiarlas, exorcizarlas.

En definitiva, los nocturnos de Juan Manuel Hernández actúan como pequeñas píldoras de la verdad, que por su radical certeza, conviene tomarse con mesura. Sin embargo, es esa verdad y el lirismo de sus reflexiones (algunos nocturnos son auténticos poemas) los que nos arriesgan a un posible atracón. Y aviso que para estas píldoras no hay prospecto que nos oriente sobre qué hacer o a quién acudir en caso de sobrepasar la moderada ingestión. Porque no hay tratamiento contra la intoxicación de la vida. 

viernes, 2 de junio de 2017

363. El silencio es oro



A los componentes de la banda ‘The Tremoloes’ más les hubiera valido hacer caso del título de la canción que versionaban, Silence is golden (1967), y ahorrarnos así el sonrojante falsete con que adornaban el estribillo principal del tema. Nada que ver, en cambio, con The sounds of silence, de ‘Simon & Garfunkel’, grabada dos años antes y de la que se dice fue compuesta para expresar el dolor del pueblo americano por el asesinato del presidente Kennedy en 1964. Y es que, como siempre ha ocurrido, hay quienes no saben predicar con el ejemplo mientras otros son ejemplares.
De todos modos, lo del silencio no es que haya cundido mucho, y eso que el famoso lema, “el silencio es oro”, ya lo había acuñado el ensayista escocés Thomas Carlyle en El sastre remendado allá por 1833, aunque se antoja un aforismo que debe de perderse en la oscuridad de los tiempos. Joaquín Sabina ya lo advertía en su canción Ruido, aunque el cantante de Úbeda lo utilizara simbólicamente para describir la ruptura de un amor. Da igual que los ayuntamientos instalen sonómetros o que la OMS incluya el ruido entre los activos tóxicos de nuestro ambiente. El silencio está herido de muerte y ha adquirido un total desprestigio. Cuando en mi jornada como docente debo hacer las llamadas “guardias”, paseo por los pasillos del instituto y no hay aula donde no se escuche alboroto. Me pregunto cómo pueden mis compañeros dar una clase en esas condiciones y hasta qué punto cualquiera de los contenidos que allí se imparten pueden calar en los alumnos en medio de semejante bullicio. Lo peor es que esa situación anómala se ha vuelto normal, hasta el punto de que un niño ya no entiende por qué el profesor le llama la atención al pedirle silencio. La gente habla a voces por doquier, los anuncios de la televisión son estridentes, los locutores deportivos braman aunque el partido se halle en un momento anodino, los espectadores comentan la película en las salas de cine como si estuvieran solos en el salón de su casa, suenan los cláxones en la ciudad, los pasajeros del tren vociferan a sus teléfonos móviles, todo el mundo habla y habla y sabe de todo, aunque lo que tenga que decir sea normalmente una mamarrachada, y hasta en la supuesta vanguardia educativa que es Finlandia se están creando bibliotecas refractarias al silencio. Claro que, si en Helsinki lo hacen, aquí pronto lo imitaremos porque Finlandia, claro, es dogma de fe. Nunca tantas palabras habían valido tan poco.
Es ya casi mítico el famoso escritorio que se expone en Iria Flavia, en la Fundación Camilo José Cela, donde el Nobel español escribiera su Oficio de tinieblas 5. No vamos nosotros tan lejos, pero es cierto que hay que recuperar el silencio, ese lugar donde reencontrarnos con nosotros mismos y con las verdades mancilladas por la vacua barahúnda general. El silencio, no sólo como bálsamo, sino como esponja porosa donde se acumulan las certezas que no dicen las palabras, como reverencial atrio de la iluminación, como asilo del necesario pudor, como condición para la creación excelsa.

La editorial Linteo publicó el pasado mes de abril El silencio es oro, una colección de 83 poemas, 36 de ellos inéditos, de Juan Ramón Jiménez. Su lectura dirá mucho mejor que yo las virtudes de ese “príncipe blanco y oro” que es el silencio. A mí, los tres mil quinientos caracteres de mi artículo semanal me avisan de que ya va siendo hora de callar. De guardar silencio. Shhhhhh….

viernes, 26 de mayo de 2017

362. La muerte de la rima



Hoy día es ya casi imposible hallar un poeta que versifique haciendo uso de la rima. Esto no es ni bueno ni malo. Prescindir de la rima y de los moldes métricos ha contribuido a la libertad expresiva liberando a la inspiración de los corsés formales. Bien mirado, resulta absurdo que aquella palabra insustituible que dice exactamente lo que queremos manifestar, tenga que suplantarse por otra menos precisa sólo porque no encaja en el cómputo silábico de la estrofa o porque no se ajusta a la rima. Y, no obstante, hasta los románticos con toda su exaltación de la libertad creativa, no quisieron desprenderse de ella.
Hace poco escuché decir al reputado poeta Antonio Méndez Rubio que hay quien concibe la poesía como una especie de performance donde lo importante es el efectismo. Sólo esa puesta en escena, relacionada con la pompa y aparato de la recitación declamatoria, justificaría el sometimiento al yugo de la rima. Efectivamente, el poema no tiene la obligación de estar concebido para ser recitado; del mismo modo, hay poemas sin rima que suenan maravillosamente en voz alta.
Sin embargo, la desaparición de la rima y de las sílabas contadas, cuyo dominio resulta tan difícil, ha abonado el terreno a toda suerte de poetastros que, de un tiempo a esta parte, mancillan el sagrado territorio de la poesía, convencidos de que eso de hacer versos está chupado. Cuando el difícil magisterio de la métrica y la rima servían para distinguir al verdadero poeta de aquel otro que sólo hacía ripios, los poetastros eran menos osados, conscientes de su inferioridad. Ahora que no hace falta dominar ese arte para envanecerse con la publicación de un libro, cualquiera se apunta a escribir versos. Hay poemarios a los que sólo otorgamos ese nombre por la disposición espacial de los supuestos versos, pero podrían leerse perfectamente como un texto en prosa. Aunque siempre habrá quien me reproche que eso de distinguir entre verso y prosa a estas alturas resulta un ejercicio un tanto retrógrado. Signo de los tiempos donde uno ya no sabe cómo debe llamar a las cosas.
Y, no obstante, el verso libre sigue siendo el menos libre de los versos y eso no pasa inadvertido al lector avezado, para desgracia de quienes buscan medrar con el subterfugio del “todo vale”. Las cadencias, la eufonía, la musicalidad, las rimas internas, la disposición de los acentos, el ritmo, siguen ejerciendo como indicadores de la calidad de un poema. Y, claro, la enjundia de lo que sus versos digan, hoy que la banalidad lo inunda todo, bajo la mentira del relativismo.
A mí, qué quieren que les diga, me gusta la buena poesía rimada. Nada en poesía me produce mayor placer que disfrutar de la noble perfección de un soneto, aun a riesgo de que me llamen trasnochado. Si yo fuera poeta, escribiría un libro lleno de sonetos, lo inundaría de endecasílabos enfáticos con que reivindicarlos; o melódicos para mecerme en ellos; o heroicos, que es lo que mejor se aviene contra la trivialidad de los poetas timoratos y apocados. Un libro de sonetos como a la antigua usanza, con sus cuartetos abonando con su semilla sugestiva la explosión floral de los tercetos encadenados. Un libro de sonetos, de esos que se recitan de pie, porque hay que ponerse en pie cuando se lee un soneto, acompañado de la batuta reverencial del brazo libre que no sujeta el papel. Un libro de sonetos. Pero, ¡ay!, que yo no soy poeta, y aunque lo fuera, jamás me atrevería a escribirlos andando como anda por el mundo don Antonio Carvajal.

viernes, 19 de mayo de 2017

361. 'Lady Macbeth'



El debut cinematográfico de William Oldroyd no ha podido soslayar la veta teatral del director británico, no sólo por el tema elegido, una nueva reformulación de la mítica Macbeth, sino por la factura escénica, tan reconocible en sus resortes dramáticos. En cualquier caso, la transmigración de género de todo ese lenguaje se ha realizado con pasmoso magisterio.
Para esta nueva Lady Macbeth, Oldroyd ha confiado en la adaptación que Alice Birch ha realizado del relato corto, casi homónimo, de Nikolai Leskov, Una Lady Macbeth de Mtsensk, escrita por el novelista en 1865, y que entronca con el gusto de algunos narradores rusos decimonónicos por los temas shakespearianos (Turguéniev, por citar un ejemplo más o menos conocido, escribió otro cuento titulado Un rey Lear en la estepa en 1870).
Es precisamente en el origen literario de la película donde hallamos el mayor mérito de la cinta. Sin esa génesis literaria, el producto cinematográfico habría resultado un trabajo correcto sin más, con un excelente tratamiento técnico, quizás demasiado perfecto en su ensimismamiento y autocomplacencia formal, pero cuya pulcritud innegociable le arrebata algo de alma. Sin embargo, al comparar el libro con la película, toca rendirse ante la inteligencia de Birch a la hora de ejecutar la adaptación del texto de Leskov, atreviéndonos a afirmar (¡oh, anatema!) que la película mejora el original literario. Así como Disney edulcoró los cuentos de los hermanos Grimm, Birch ha hecho justamente lo contrario con el libro de Leskov, imprimiendo una versión más oscura, telúrica y despiadada, que carga las tintas sobre el personaje de Katherine. Baste como ejemplo la terrible e impactante escena del asesinato por envenenamiento de Boris, el suegro de Katherine, que en el relato de Leskov queda apenas insinuado. En general, toda la película es una subyugante intensificación de la historia escrita por Leskov, de la que se poda muy acertadamente su parte final, pues, efectivamente, su lectura produce la sensación de un enojoso y prescindible epílogo. En cambio, hay partes del cuento de Leskov que habrían sido muy útiles a la película, como son todas las imágenes oníricas que simbolizan la punzada de la culpa y los remordimientos ante las atrocidades que comete Katherine; éstas son extirpadas en la película, lo que resta humanidad al personaje femenino para convertirlo prácticamente en una alegoría del mal. Las dudas morales, en cambio, pasan a Sebastian, el amante de Katherine, justo al contrario que ocurre en el libro de Leskov. Al poner el énfasis en la capacidad manipuladora de Katherine y en su frialdad ante las muertes que produce, este personaje queda más cerca de su modelo shakespeariano (algo adulterado en Leskov) y homenajea, como sólo sabe hacerlo el cine británico al genio de Stratford, como ya quedó demostrado con la imprescindible Macbeth, de Justin Kurzel (2015), por nombrar la adaptación más reciente. Quizás, ya, puestos a intensificar el relato de Leskov, el guión de la película podría haber atendido mejor a la tensión erótica inicial entre Katherine y su amante, que se soluciona, como en el libro, sin la necesaria morosidad. Hay que destacar también la interpretación de Florence Pugh, que encarna el perfecto prototipo de la inocencia hecha perfidia.

En definitiva, el mérito de Lady Macbeth reside en su portentosa ejecución técnica y en su inteligentísima adaptación. Se echa en falta, en cambio, que en sus sugestivos silencios, se oiga el grito desgarrador del alma de unos personajes demasiado impolutos.

viernes, 5 de mayo de 2017

360. 'Incendios'



En un momento donde la banalización de las palabras nos ha llevado a leer en las contraportadas de los libros, adjetivos como “imprescindible” u “obra maestra” aplicados a cualquier novelucha del tres al cuarto, es hora de devolverles a esos atributos su verdadera naturaleza semántica. Vayan a ver Incendios y sabrán de verdad lo que es imprescindible y lo que es una obra maestra para sonrojo de esas fraudulentas contraportadas.
Incendios es una de esas obras que deben pasar a los anales del teatro contemporáneo porque compendia a la perfección todo lo que se le pide a un montaje teatral: texto, técnica, ética, estética, tradición, modernidad, catarsis. Mouawad narra la historia de Nawal, una mujer sumergida en un mutismo impenetrable que, tras morir, deja a sus dos hijos sendos sobres testamentarios donde se les conmina a buscar a su padre, al que creían muerto, y a un hermano cuya existencia ignoraban. Al acatar la voluntad de su madre, Jeanne y Simon se enfrentarán en su viaje al horror de la guerra y a la terrible verdad sobre sus propios orígenes.
La obra entronca con el fatum de la tragedia griega llevando los designios del destino y las casualidades a su grado máximo de patetismo, desgarro y crueldad. El desarrollo de la acción, paralelo a la investigación de los hijos, se produce mediante frecuentes flasbacks bien dosificados que, a veces, se solapan con el presente integrándose en él de manera muy natural, algo que ocurre también con el tratamiento de los espacios. Ese hilo argumental confiere a la obra un marcado carácter narrativo, casi novelesco, no demasiado habitual en el endogámico discurso teatral, que jalonado por el simbolismo lírico de las escenas y el sufrimiento interior de los personajes, convierten a la obra en un producto total. Aunque el contexto histórico de la obra remite a la guerra civil libanesa, ésta se reduce a meras vaguedades que trascienden el carácter local del conflicto para universalizar el sinsentido y la barbarie de cualquier guerra. Es importante, por su simbolismo, la escena en la que Jeanne, profesora de matemáticas, explica a sus alumnos la teoría de los grafos, según la cual, los diferentes vértices de un polígono dado no pueden comunicarse todos entre sí. Jeanne tiene que llegar al corazón de su polígono que le permitirá descubrir la verdad sobre su origen pero la teoría de los grafos es también el trasunto del mundo occidental, aislado en su vértice de indiferencia, ante los problemas de Oriente Próximo. Es también fundamental el relieve que se da a la cultura y a la alfabetización como únicas armas ante el silencio del horror. Mouawad se postula, además, en su obra, en el más contundente extremo del amor como redención, casi imposible de aceptar por el espectador, debido a su bellísima pero inasumible radicalidad.

Los actores (con una Nuria Espert algo dosificada en el tiempo de sus intervenciones en una función de tres horas; el eficaz contrapunto del albacea, interpretado por Ramón Barea; y los guiños de dicción de Laia Marull representando a la Nawal joven, que trata de remedar a Nuria Espert en su papel de Nawal mayor –quizás un homenaje de la joven actriz); los silencios, el tempo narrativo, el juego de luces, la sencilla, delicada y, a veces, cruda escenografía, la mano maestra de Mario Gas, todo contribuye a engrandecer el trabajo de Mouawad que, esta vez sí, con todas las de la ley y sin enredadores de palabras de por medio, es una obra imprescindible. Una obra maestra.

viernes, 28 de abril de 2017

359. Stefan Zweig: adiós a Europa



Aunque hace ya varios días que he visto la película, todavía soy incapaz de concluir si el homenaje cinematográfico a Stefan Zweig es el biopic más frío de la historia del cine o si, por el contrario, se ajusta perfectamente al perfil del escritor.

Hay dos maneras de acercarse a la película de Maria Schrader. Una, desde el apasionamiento que suscita la figura de Stefan Zweig, autor que para muchos, entre los que me incluyo, constituye un referente imprescindible en la historia de la literatura europea del siglo XX. Y la otra, desde una visión más aséptica, menos emocional,  donde el espectador sea capaz de domar la emotividad que implica la grandeza humana del escritor austríaco, su admirable inteligencia, su incorruptible sentido ético y estético y las terribles circunstancias de su exilio y posterior suicidio. Yo acudi a verla con la primera de esas premisas, con la del arrebatamiento nacido de la admiración y del dolor. Ese fue mi error. ¿Pero cómo sostener la brida de la exaltación? La primera vez que me acerqué a Stefan Zweig fue a través de su libro de memorias, El mundo de ayer. Yo no sabía nada de Zweig y tampoco conocía el trágico desenlace de Petrópolis. De manera que leía su ensayo con el arrobo que produce su prosa luminosa y, sobre todo, su optimismo inquebrantable, basado en la fe en los hombres y en su gozosa comunión colectiva al amparo del arte y la cultura, más allá de las lenguas y de las fronteras. Su vehemencia eran tan avasalladora y entusiasta que poco podía imaginar yo que acabaría devastada por la abdicación del suicidio. Cuando, profundizando en su biografía, hallé por casualidad la sobrecogedora fotografía en la que el cadáver de Zweig yace en la cama de su residencia de Petrópolis, las manos entrelazadas con las de su inseparable Lotte, sentí una punzada estremecedora de la que aún no me he repuesto. ¿Cómo era posible que aquella ilusión fuerte y esperanzada fuera derrotada de esa manera? El contraste resultaba terriblemente atroz. ¿Cómo no acudir al cine, pues, con los sentimientos a flor de piel y esperar de la película un homenaje grandioso y épico? Sin embargo, Maria Schrader ha optado por la mesura más contenida. Y nada hay, quizás, que reprocharle. La película se ajusta al carácter discreto de Zweig, a su humildad y rechazo del protagonismo. En una secuencia de la cinta, cuando Zweig es apremiado para que condene el régimen de Hitler en el Congreso de Escritores de Argentina de 1936, el autor austríaco se niega porque considera que condenar lo obvio ante un auditorio donde todo el mundo opina lo mismo, es un acto de vanagloria y exhibicionismo. La película recorre las vivencias del exilio de Zweig y del paulatino desmoronamiento de su alma de manera fragmentaria, casi impresionista, sin cargar las tintas en el sentimentalismo, o utilizando espléndidas secuencias simbólicas como la mala interpretación del Danubio Azul por parte de la orquesta en el acto de recepción brasileña, trasunto de la decadencia de su mundo. También se aborda su sentimiento de culpa por el privilegio que su condición de escritor afamado le proporciona a la hora de obtener los salvoconductos para el exilio mientras otras personas sufren o mueren. Pero todo se hace con una contención tan conscientemente epidérmica, que el espectador es incapaz de involucrarse en la tragedia del personaje. La misma escena de la muerte de Zweig, inopinada también en la película por lo repentino de la misma, se muestra a través del juego de espejos del armario y de la mirada triste de los circunspectos, entre los que se halla Gabriela Mistral. La sensación tras los créditos finales es la de no haber llenado el molde de sus gigantesca figura ni el de su muerte. Pero quizás Zweig habría suscrito esa sigilosa semblanza.

viernes, 21 de abril de 2017

358. Buenismo educativo



Cada día que pasa me resulta más difícil encontrarle un sentido a mi labor como docente. La última patochada la publicó el Ministerio de Educación en su página web el pasado 17 de abril, donde ratificaba que los alumnos de la ESO podrán titular con dos asignaturas suspensas, siempre que éstas no sean, simultáneamente, Lengua y Matemáticas. Además de la evidente discriminación a otras áreas del saber, que choca hipócritamente con la tan traída educación integral del alumno, las implicaciones derivadas de esta normativa son muchas otras. El mensaje que se envía a los estudiantes es, básicamente, que uno puede llevar a cabo sus obligaciones a medias; se trata del chapucerismo patrio elevado a decreto oficial. Pero es, además, una estafa para los propios alumnos, porque aquellos que finalmente hagan un bachillerato y emprendan luego una carrera universitaria, no comprenderán por qué no han podido acceder a los estudios superiores que deseaban por estar sólo una décima por debajo de la nota de corte, o por qué la universidad les niega su licenciatura (ahora le llaman grado), al no superar todas las asignaturas correspondientes, o por qué en una oposición no obtienen plaza pese a haber aprobado los exámenes o, más probablemente, por qué nadie les va a pagar la birria de alicatado que han hecho en el cuarto de baño. Es decir, se les está vendiendo y acostumbrando a una realidad que no existe. ¿Pero por qué nos extrañamos? Yo mismo he recibido llamadas de atención de inspectores educativos (la mayoría de los cuales no son más que desertores del aula, que salieron por patas de las trincheras incapaces de controlar a una clase pero que luego se permiten el lujo de darte lecciones sobre eficiencia didáctica), reprochándome el alto número de alumnos suspensos en mi asignatura. Pero nunca les vi acercarse a los profesores enrollados, esos que ponen un 10 a todo quisque porque, al parecer, eso no les parece una anomalía del sistema. Esos profesores no han pegado chapa en todo el curso ni se han pasado innumerables horas corrigiendo exámenes con el rigor que se les presupone, pero son unos aliados del sistema porque, con ellos, claro, no existe el fracaso escolar y podemos darnos la palmadita en la espalda congratulándonos de lo bien que funciona todo. ¿De qué nos extrañamos sin en las juntas de evaluación se presiona a los profesores para que aprueben a un cupo mínimo de alumnos para evitar la masificación de repetidores en las aulas el curso próximo o por la buena imagen del centro? ¿De qué nos sorprendemos si esa infame raza de psicopedagogos, orientadores y demás ralea del buenismo pedagógico de nuevo cuño (con felices excepciones), le miran a uno como a un criminal sin entrañas por no aprobar al pobre chico que no ha pegado un palo al agua porque, aseguran, tiene un conflicto emocional que debe de ser determinante para saber distinguir una palabra aguda de otra esdrújula? Y, total, ¿para qué sirve eso de poner tildes, no? Si lo importante es que el chaval sea feliz y tal y pascual.  Oigan, a mí díganme a cuántos tengo que aprobar y acabamos antes; y así me evito la tortura de leer los exámenes de algunos alumnos y me dedico a otra cosa, yo qué sé, a pasearme, a leer novelas, o a reflexionar para qué narices me levanto cada mañana empeñado en hacer de mis alumnos ciudadanos responsables, educados en el espíritu del sacrificio, cívicos y cultos si luego la psicopedagoga, que lo mismo se hernia por tener a dos alumnos en el búnker que ella llama despacho, menosprecia tu trabajo y te llama retrógrado sin escrúpulos ni empatía. Qué razón tenía Elvira Roca Barea, cuando dijo que analfabetos los ha habido siempre pero que nunca habían salido de la universidad. 

viernes, 7 de abril de 2017

357. Parnaso Balompié




Bienvenidos al estadio Benito Pérez Galdós donde esta noche se enfrentan el Parnaso Balompié y el Incultural Borreguil, choque a todas luces desigual, ya que el Incultural Borreguil lidera holgadamente la clasificación y está a punto de cantar el alirón. Para el choque, los técnicos del Parnaso Balompié, Menéndez Pidal y Martínez Ruiz “Azorín”, han dispuesto una táctica clásica, como no podía ser de otra manera, con un 4-4-2 canónico. ¡Pero, atención, porque el Parnaso Balompié acaba de saltar al terreno de juego entre los vítores salmantinos del respetable, y sus once jugadores posan ya ante los fotógrafos como un endecasílabo heroico! Repasemos la alineación del equipo local. Defenderá la portería del Parnaso, Miguel Hernández, que en la pasada jornada salvó la derrota de su equipo deteniendo un disparo que ya se colaba por los altos andamios de las flores; emocionado, declaró luego que dedicaba su parada a su amigo Ramón Sijé, tristemente desaparecido. La aguerrida pareja de centrales la forman Blas de Otero y Octavio Paz, famosos por su juego comprometido, expeditivo y sin medias tintas. El defensa mexicano aseguró en la rueda de prensa previa al partido que esta noche los delanteros rivales “no pasarán”. El lateral derecho lo ocupará Miguel Delibes, experto en el arte cinegético de apresar a los extremos que se internen por su banda; el lateral opuesto es hoy para Pablo Neruda, que de eso de ser carrilero sabe un rato, o si no que le pregunten a Delia, que ha sufrido su férreo marcaje durante muchas temporadas. El medio centro es para Antonio Muñoz Molina que soba y magrea el balón para extenuación de los rivales y deleite de la afición. En el extremo derecho se situará Agustín de Foxá, injustamente criticado por la hinchada porque dicen que la izquierda la tiene sólo para apoyarse y, sin embargo, su juego combinativo le permite asociarse con cualquier buen jugador; en el extremo izquierdo estará Rafael Alberti que, aunque juega como los ángeles, todavía colea sobre él la polémica sobre la cesión surrealista que dejó vendido a Miguel Hernández en el último partido. “Creí que se la pasaba a Platko”, ha declarado el gaditano. La media punta pide un jugador sorprendente e imaginativo y por eso hoy el entrenador alineará a Federico García Lorca, sustituyendo al lesionado Ramón Gómez de la Serna, que sufre un esguince en la greguería derecha. Desde la enfermería, el jugador madrileño declaró contrariado que “lo más difícil de digerir en un banquete es la pata de la mesa que nos ha tocado en suerte” y que “el Coliseo en ruinas es como una taza rota del desayuno de los siglos”. Lorca confía en su debut y ha apelado al llanto de la guitarra para ganar este partido; la afición le pide hoy camelias blancas y que meta la luna en la fragua. Finalmente, en la punta de ataque, dos arietes de excepción: Valle-Inclán, que tratará de hacer del portero rival un esperpento, y Juan Marsé, que buscará revolverse en el área cual Pijoaparte en los palacetes de San Gervasio. ¡Todo listo para el inicio del encuentro! Suena el himno del Parnaso Balompié, con el son dulce, acordado, del plectro sabiamente meneado de la lira apolínea. Berrea el público rival. Dirige el partido el colegiado Cansinos-Assens, magnánimo y justo. El choque se antoja difícil pero Pidal, desde la banda, da las últimas instrucciones en su arenga y contagia de entusiasmo a sus jugadores. Él, más que nadie, conoce el valor de las gestas. ¡Pita Cansinos y el balón echa a rodar en el Benito Pérez Galdós! El graderío se llena de versos volanderos y la afición vocea, y hay en esos gritos un algo desesperado, como de agónica pugna contra el abismo y la intemperie.