lunes, 13 de enero de 2020

471. Este no es otro artículo sobre Galdós.



Mantengo una relación de amor-odio con las efemérides, sobre todo cuando homenajean a alguno de los escritores a los que amo. Por un lado, lo rescatan del olvido, reivindican su figura, actualizan los estudios críticos y, aún más importante, predisponen a los lectores a releer sus libros o a leerlos por primera vez. Sin embargo, y esto responde casi más a un fetichismo maniático y patológico que a otra cosa, me desagrada ver a «mis» escritores manoseados por todo el mundo, casi prostituidos por los órganos gubernamentales, exhibidos en cartelerías publicitarias, aprovechados por el oportunismo de articulistas de medio pelo a quienes les salva la plana de hoy el escritor que apenas conocen, citados en los atriles parlamentarios por algún político semianalfabeto, utilizados por la productora equis de turno para sacar rédito económico a través de una serie televisiva, explotado por los editores y biógrafos que aguardan estratégicamente, alevosamente, sibilinamente, la fecha conmemorativa… En fin, para qué seguir.
Pero, repito, esta inquina mía por los aniversarios se debe a una sensación ficticia de expropiación de mis escritores, como si mis escritores fueran solamente míos y no pudiera soportar verlos andar de mano en mano y de boca en boca. Es lo mismo que ocurre con las muertes de los cantantes: al instante, las redes sociales se llenan de comentarios luctuosos, de vídeos y fotografías, de manera que el artista del que nadie ha hablado en años resulta que ahora es ídolo de todo el mundo. Es signo de los tiempos: hay que fingir que uno encaja en la rabiosa actualidad para no morir de proscrito. Por eso, cuando se me murió France Gall y la cosa apenas tuvo resonancia mediática, pude vivir mi luto y mi llanto en la privada intimidad de mi tristeza sin tener que compartirla con los que se apuntan de forma espuria a la quincalla de sus hipócritas elegías.
Este año se celebra el centenario de la muerte de mi queridísimo Galdós. Así que, tras lo hasta aquí dicho, ya se imaginarán ustedes el debate interno que me generan todos los actos programáticos que alrededor de su recuerdo se están llevando a cabo. A los que acostumbramos a leer a Galdós varias veces al año desde hace mucho tiempo, leales más allá de homenajes y efemérides, nos ofende la irrupción de determinados advenedizos que llegan ahora para descubrirnos quién fue don Benito. Alejados de los fastos, tratamos de seleccionar muy bien a quién debemos escuchar y a quién no cuando alguien habla del escritor canario (los galdosianos auténticos nos reconocemos enseguida) y asistimos con tierna complicidad al discurso de algún amigo incauto a quien han liado para participar del banquete literario. Pero ese es también su cometido: el amor a Galdós impone determinados sacrificios y siempre viene bien alguna voz autorizada que eleve de la ramplonería general y de los tópicos repetidos una y otra vez la remembranza de uno de nuestros autores más señeros. Tiempo habrá luego de conversar tranquilamente en el hogar de don Benito, que son sus libros, a salvo ya del ruido de ahí fuera, y de salvaguardarlo de los nuevos próceres. Algo así como esos creyentes que consideran accesoria toda la mediación ritualística y eclesial de las instituciones religiosas y hablan con su dios personal en la privacidad de su fe, de forma directa, franca y sin escenografías. Por eso este no es otro artículo que habla sobre Galdós. Es solo un acto de amor. Y si se quiere hablar de Galdós, dejémosle, sobre todo, hablar a él.

lunes, 6 de enero de 2020

470. Los escritores escriben




Los escritores escriben. Menuda perogrullada con la que nos sale hoy el columnista de provincias. Y sin embargo, de vez en cuando conviene recordarlo. Sí, los escritores escriben.
Y es que desde que la literatura se ha convertido en un negocio más (negocio, sobre todo, para distribuidoras, algunas editoriales y librerías; casi nunca para el escritor), los escritores han dejado de escribir para participar de todo el proceso mercantilista que exige la explotación del libro. Algunos deben hacerlo, incluso, por imperativo de los propios contratos editoriales, que incluyen en sus cláusulas el compromiso de participar, por diferentes vías, en la promoción de la obra. No es nada nuevo. Y tampoco resulta descabellado: la industria debe sobrevivir y también a muchos autores les interesa darse visibilidad. Pero con la incorporación a las estrategias de mercadotecnia de las redes sociales, el escritor ya no hace otra cosa. Como la competencia es, además, feroz (ferocidad en la cantidad, que no en la calidad), el escritor debe invertir su precioso tiempo en reivindicar su pequeña parcela de existencia. Como esos carteles de empresas publicitarias que encontramos a veces en los arcenes de las carreteras y que rezan: «¿Lo has visto? Entonces funciona» o «Si no te ven, no existes». Así las cosas, no importa si el libro es bueno o no. Lo importante es que se vea. Y así, el sufrido escritor no sabe que, después de dedicar unos años a su novela, tendrá que alargar en una coda espuria, el tiempo que debería estar invirtiendo en escribir otra novela. Hay que cuidar el blog, el Facebook, el Instagram, el Twitter, mantenerlos al día, dar cuenta de cualquier anécdota relacionada con el libro, renovar su contenido casi a diario –dos días sin aparecer y ya no existes– y tantas otras esclavitudes. Si, además, no se dispone del amparo de una editorial comprometida, el escritor no solamente ejercerá de publicista sino también de relaciones públicas: contactará con la prensa para conseguir un rinconcito en la página del periódico; enviará notas de prensa redactadas por él mismo; cuadrará calendarios con librerías o instituciones culturales para las presentaciones; se trabajará el cartel con que anunciará el evento; distribuirá su libro entre los críticos con la esperanza de que alguno le dedique una reseña; se recorrerá España y buscará hoteles a buen precio que compensen algo sus seguras pérdidas económicas, etcétera. Representante, secretario, diseñador gráfico, distribuidor, economista, chófer… De todo menos escritor. Añadámosle ahora las obligaciones del oficio habitual que le da el sustento y los deberes domésticos, y ya no tenemos escritor. Hablo claro, del escritor medio. Los gigantes tienen todo eso solucionado. Y, sin embargo, muchos de ellos se quejan también de ese ínterin nefasto que existe entre libro y libro donde no se halla momento propicio para recuperar el resuello que da la escritura, a la postre, lo único que los escritores saben y quieren hacer. Claro que, siempre existirá el escritor romántico que huirá de tales servidumbres y reclamará el ejercicio de la escritura per se, sin publicidad ni lectores. ¿Sin editorial? Si ese es el caso de algún prócer, piense que su quimera tiene menos mérito que el que se trabaja las promociones: pierde mucho menos dinero. Porque quien se dedica a esto no lo hace para volverse rico, sino para cumplir un sueño. También hay, claro, quien lo cumple a costa del sufrimiento de los lectores pero esa es otra cuestión.
Concluyamos, pues: el espacio del escritor es su escritorio. Mal asunto si algún escritor se siente más cómodo ante los focos que ante su mesa de trabajo. El escritor es siempre un tímido. Por ahí, es un pulpo en una cacharrería. Ante el papel, un audaz, valiente y aguerrido. Démosle entonces solamente papel y pluma. Porque el escritor escribe.

lunes, 30 de diciembre de 2019

469. 'Mujercitas'




El paso del tiempo y el paulatino desdén por las fuentes literarias originales probablemente hayan desvirtuado la novela que escribiera Louisa May Alcott en 1868. El edulcorante de las adaptaciones cinematográficas algo ha influido en ese desenfoque pero también otros factores asociados a las connotaciones afectivas y psicológicas. Para varias generaciones, Mujercitas ha constituido el albor de las primeras lecturas, aquellas a las que, por lo mismo, se las va ungiendo de una pátina sentimental con la que la memoria barniza, dulcificándolos, los recuerdos. Algunos de esos lectores precoces, además, tomaron la novela como acicate inspirador para su vocación como escritores, especialmente las mujeres, que vieron en la tenacidad de Jo, el modelo que debía romper con todos los prejuicios limitadores establecidos no solo sobre su sexo sino sobre las legítimas ambiciones de las clases más desfavorecidas. Todo ello, claro, imprime un sello idealizador que en no pocas ocasiones adultera el texto primitivo. Hasta el mismo título, Mujercitas, con su diminutivo cariñoso –así llamaba el padre de las cuatro hermanas a sus hijas– parece querer contribuir a la infantilización de la novela.
Por eso resulta tan reconfortante la última revisión que sobre el clásico de la autora estadounidense ha realizado Greta Gerwig para las salas de cine. Gerwig, que ya había sorprendido en su debut como directora con Lady Bird (2017), carga las tintas más sobre los temas que jalonan el libro que en los acontecimientos narrativos más o menos conocidos por todos los que se han familiarizado alguna vez con la novela de Alcott. Así, la cinta nos conduce por los aspectos menos amables del drama de las cuatro hermanas sin renunciar por ello a los motivos más reconocibles por el imaginario colectivo, como la inocencia vinculada a la infancia o la compasión que ejercen sus protagonistas. El resultado es un montaje indentificable pero firme en la denuncia de sus mensajes más o menos olvidados por los filtros nostálgicos sin perder nunca su remozado clasicismo. Si acaso, en algunas de las secuencias en las que de forma especular se ensartan los flashbacks con el presente, Gerwig ha podido caer en puntuales errores de verosimilitud que, por otro lado, no son lo suficientemente graves como para menoscabar su apuesta estructural.
Especialmente relevante, como no podía ser de otra manera, es el personaje de Jo, la «mujercita» escritora. Su vehemencia en su vocación va más allá de la mera pasión. El dinero que gana con los relatos que publica en los periódicos le permite sustentar a su familia pero además percibe en la literatura propiedades taumatúrgicas que atribuye a la primera curación de Beth. Cuando esta recae y muere, Jo pierde la fe en la literatura, que no soluciona los problemas radicales de la vida, y su derrota está a punto de convertirla en otra mujer adocenada que pulirá el resto de sus virtudes femeninas para el ornato social, como han hecho, claudicando de sus sueños, sus otras hermanas. Sin embargo, pronto conoce su equivocación y Beth resucitará entre las páginas de su nuevo proyecto literario (bellísimo, por cierto, el juego metaliterario del que hace gala la película). Finalmente, literatura y vida se imbricarán para que ninguna tenga que renunciar necesariamente a la otra.
El final de la película es para enmarcar. Toda la sucesión de secuencias en las que la novela, ya en la imprenta, va a adquiriendo su fisonomía de libro mientras la autora asiste al proceso del milagro, y la imagen en que, una vez el libro en el regazo de Jo, éste se funde con la estampa del recuerdo de sus hermanas que ya se han hecho inmortales entre esas páginas que ella sujeta junto a su corazón, es de una belleza que alcanza grandes cotas de emoción. Es así como Jo hubo salvado de nuevo a Beth y al resto de sus hermanas. Y a sí misma.

lunes, 23 de diciembre de 2019

468. Aligeraba la pesadumbre de vivir



Es solamente una opinión pero no creo que Señora de rojo sobre fondo gris sea, ni de lejos, la mejor novela de Miguel Delibes. Para ser honestos, creo que la publicación del libro respondió en su día menos a su interés literario que al hecho de ser una obra de Miguel Delibes cuando el escritor vallisoletano ya era, desde hacía tiempo, Miguel Delibes.
El libro se reduce a un mero anecdotario conyugal y a la experiencia dolorosa de la enfermedad, deterioro y muerte de su mujer, Ángeles de Castro, en ocasiones cargando demasiado las tintas en el detalle y el patetismo. Como ejercicio para exorcizar el dolor o como homenaje a su esposa la novela es, por supuesto, absolutamente legítima pero es precisamente esa circunscripción al espacio íntimo de su tragedia personal lo que menoscaba su interés literario. Las vivencias que narra Delibes en el libro no dejan de ser las mismas vivencias que podría experimentar cualquier persona que ha sufrido la muerte de un ser querido, y el inventario de esos sucesos concretos reducen a la esfera de lo privado lo que, por su propia naturaleza, albergaba la potencialidad de lo universal. No hay una reflexión profunda sobre la pérdida, el vacío, la soledad o la muerte que pudiera trascender el mero dato biográfico y alcanzar cierta altura filosófica y estética; hallar, en definitiva la sustancia por encima del accidente particular, si se me permite el remedo aristotélico. Si acaso, es salvable la configuración del personaje de Nicolás, trasunto del propio Delibes, su vulnerabilidad y tierno desamparo ante la muerte del pilar de su vida y el sentimiento de culpa al preguntarse si su dolor respondía verdaderamente a la dolencia de su mujer o a la falta de creatividad que él atribuye a esa misma enfermedad de su esposa, como una causa y su efecto.
Precisamente por eso, porque el texto de la novela no es el mejor de los textos, tiene todavía más mérito la excelente interpretación que José Sacristán realiza del narrador de la obra en el espectáculo que versiona el libro de Delibes y que actualmente está de gira por los teatros de nuestro país. El impecable acomodo de la voz a las fluctuaciones emocionales de la narración (desvalimiento, soledad, ira, evocación nostálgica, anécdotas humorísticas) permite al espectador transitar por todo el espectro de la profundidad humana ante el trance de la muerte. Hay en la actuación de Sacristán una consideración casi devocional por el recuerdo de Ángeles de Castro y de Miguel Delibes en la asunción del dolor, tan vivo, palpable, real, en cada uno de sus movimientos, gestos y expresiones, pero también un respeto reverencial por las palabras del escritor, que más allá de consideraciones estrictamente literarias son el legado de un hombre enamorado y abatido. Quizás por eso, cuando las toses y los móviles profanaban lamentablemente el monumento de la palabra, el actor demostró sus tablas con paciencia admirable interrumpiendo el hilo de su discurso o repitiendo algunas frases improvisando la discontinuidad del recuerdo y de la evocación como estrategia interpretativa. Convenía no manchar las palabras de Delibes para no privárselas al público por el incivismo de unos cuantos pero, sobre todo, para no privárselas a Delibes mismo.
En la novela, Delibes recuerda la frase dedicada a su mujer que le dijo Julián Marías el día de su recepción en la RAE : «con su sola presencia aligeraba la pesadumbre de vivir». Si a Delibes le pareció que aquella frase reflejaba exactamente lo que había sido su esposa, otro tanto podemos decir nosotros sobre interpretaciones como las de José Sacristán y sobre el arte en general. Sí: el teatro y la cultura aligeran también la pesadumbre de vivir.

A mis alumnos de Literatura del IES Jorge Juan, que leyeron la novela de Delibes, acudieron al teatro y no tosieron porque conocen la unción sagrada de la palabra

lunes, 9 de diciembre de 2019

467. Más Núria que Federico



A estas alturas no vamos a descubrir la excelencia artística de Núria Espert. A los que, por edad, no tuvimos la oportunidad de verla actuar en aquellas obras que granjearon su mitología viva, no nos hacen falta las palabras emocionadas y enteladas de nostalgia que refieren los que sí tuvieron la suerte de asistir a aquellos hitos inmarcesibles de nuestro teatro. A mí me bastó con verla en 2011 interpretando ella sola los versos shakesperianos de La violación de Lucrecia para saber que estaba ante una irrepetible diosa del escenario. En aquella representación inolvidable, Núria Espert, a sus 76 años, afrontó 75 gloriosos minutos ininterrumpidos en los que desplegó con una intensidad sobrecogedora –peligrosa, diría yo, hasta para su propia salud– toda la raza de ese animal herido de teatro del que hablan los más veteranos.
He vuelto a ver a la Espert tras aquella proeza de las tablas pero ya nunca he logrado sentir esa conmoción de la belleza que viví hace ocho años. Tampoco en su último espectáculo, el homenaje al Romancero gitano de Federico García Lorca, dirigido por Lluís Pasqual, he conseguido vibrar como entonces, lo que no resta un ápice a la encomiable heroicidad que supone representar un monólogo durante aproximadamente una hora a la edad de 84 años con el mismo entusiasmo e ilusión que la de aquella  joven debutante que interpretara a Medea en el Teatre Grec de Barcelona en 1954.
La relación de Núria Espert con García Lorca es ya muy dilatada. Su consagración en el teatro llegó de la mano del poeta granadino al interpretar a Yerma en el Teatro de la Comedia de Madrid en 1971, donde llegó a superar las dos mil representaciones. Más tarde llegarían Doña Rosita la soltera (1980-84) y La casa de Bernarda Alba (1986, ésta primero como directora, dirigiendo a Glenda Jackson, y luego como actriz en una revisión del clásico lorquiano a cargo de Rosa Maria Sardà y, Lluís Pasqual). 
El Romancero gitano que la actriz está llevando actualmente de gira por nuestro país es la culminación de esa relación que Núria Espert ha mantenido con Lorca y que ha marcado su andadura dramatúrgica. A los poemas de este libro, se le añaden durante la representación fragmentos de otras obras lorquianas, como pasajes de Yerma, lo que convierte el homenaje a Lorca en otro homenaje a la propia actriz al repasar hitos fundacionales de su propia trayectoria. Ello lo corroboran algunos parlamentos de la propia Espert en donde rememora desde la nostalgia su vínculo con la literatura del poeta granadino desde bien niña. El montaje también incorpora textos de algunas conferencias de Lorca donde el poeta daba cuenta, glosándolos, de algunos de los poemas que formaban su Romancero gitano.
El problema del Romancero lorquiano es que requiere para la recitación de sus versos una disposición especial que Núria Espert no acaba de conseguir. Para interpretar esos versos hay que ensuciarse la voz, embarrarse en el lodazal de esa pena gitana y estrictamente andaluza de las que nos habla Soledad Montoya en el «Romance de la pena negra». Hace falta un desgarro ancestral, un llanto telúrico que se pierde en la noche de los tiempos, un dolor inconsolable que los jirones artificiales de la Espert durante la recitación no logran alcanzar. Es como si Núria Espert recitase desde las altas almenas de su condición de diva del teatro, como si no quisiera mancharse las galas de su peplo divino; una suerte de recitación aristocratizante que no baja a la arena excepto en la maravillosa interpretación del último poema extraído de Poeta en Nueva York que cierra el espectáculo. Pero claro, Poeta en Nueva York es otra cosa. No es el Romancero gitano.
A Núria Espert le ha faltado en este espectáculo olvidarse un poco de Núria Espert para hacerse gitana en Federico.

lunes, 2 de diciembre de 2019

466. Burgos literaria



Antes de llegar a Burgos, el viajero debe desviarse al monasterio de Santo Domingo de Silos. Gonzalo de Berceo ya habló del santo riojano en su obra hagiográfica, la Vida del glorioso confesor Sancto Domingo de Silos que es, para mí, el mejor libro de Berceo, seguramente eclipsado en el canon por ese criterio de manual escolar que solo habla de los Milagros de Nuestra Señora. Es probablemente la obra más ajuglarada de Gonzalo de Berceo y no es para menos, hablando como habla de aquel prior de San Millán de la Cogolla que se rebeló contra el rey de Navarra y que se refugió en Castilla, amparado por el rey Fernando I, el mismo monarca cuyo reparto de los reinos entre sus hijos iba a propiciar un apasionante capítulo de la Historia para mayor gloria de nuestro Romancero. Pero entre los recuerdos del santo y la sugestión de los maravillosos capitales del claustro, el viajero busca el ciprés de Silos que evocase Gerardo Diego en su célebre soneto. Conviene leer el poema allí mismo. El ciprés tiene grabados en su corteza, como los álamos machadianos, los versos que cada peregrino enamorado recita desde los corredores del claustro y diríase que su altura la alimenta la devoción del visitante por el poema inmortal, allí conjurado. No sabemos qué amarguras debía traer Gerardo Diego a su visita a Silos cuando declaraba en el poema su deseo de «diluirme, y ascender como tú, vuelto en cristales».
En Burgos nos recibe, sobre el Arlanzón, como un venerable comité de recepción, los personajes del Cantar de Mio Cid jalonando el puente que conduce al Arco de Santa María, pórtico de la ciudad medieval. En el interior se conserva un hueso del héroe de Vivar. El resto se halla bajo la sencilla lápida situada simbólicamente en el corazón del crucero de la catedral, donde el caballero descansa junto a su esposa Jimena. Aunque esto es solo una evocación romántica. Probablemente los huesos del Cid se hallen repartidos por media Europa. Ya se sabe, el ejército napoleónico y sus estragos. Antes de su traslado a la catedral, los cuerpos de Rodrigo y Jimena se hallaban en el Monasterio de San Pedro de Cardeña, a escasos kilómetros de Burgos. Es visita obligada; allí se hallan los antiguos sepulcros y el lugar recuerda los versos del anónimo juglar de San Esteban de Gormaz que evoca la despedida del Cid de su esposa e hijas antes de tomar el camino del destierro. Muy cerca, en Vivar, hallamos el solar donde la tradición –y la imaginación mitificadora– dicen que se hallaba el palacio de Rodrigo, donde hoy se erige una estatua del Campeador. A pocos metros, en el Mesón del Cid, su dueño, Javier, puede armarte caballero nada menos que con la Tizona y, si está de buenas, te enseñará el pequeño museo de objetos cidianos que ha recreado en el local anejo. En el Mesón comienza la ruta del Cid y es el primer punto de sellado del salvonducto. En el próximo Monasterio de Nuestra Señora del Espino se expone el cofre donde supuestamente se hallaba el códice del Cantar. De nuevo en Burgos, merece la pena acercarse a la iglesia de Santa Gadea, donde la leyenda coloca al Cid haciendo jurar tres veces a Alfonso VI que este no había tomado parte en la muerte de su hermano Sancho en Zamora. Cerca de la catedral se halla también la imprenta de donde salió la primera edición de La Celestina en 1499. En Burgos hay también un Museo del Libro con numerosos facsímiles que recorren su historia. Las murallas de Burgos evocan a la terrible doña Lambra que se quitaría la vida lanzándose desde una de las torres. Y, claro, doña Lambra nos recuerda la leyenda de Los siete infantes de Lara (o de Salas), cuyas cabezas reposarían en Salas de los Infantes, que no los cuerpos, que se dice están en el Monasterio de San Millán de la Cogolla. Así que ya hemos vuelto a Berceo. Y si les ha parecido bien el guía, «bien valdra, commo creo, un vaso de bon vino». Y si es Ribera del Duero, mejor que mejor. Salud, viajes y libros.

A María Albilla, burgalesa de pro, patrimonio de la Humanidad y amiga planetaria.

lunes, 18 de noviembre de 2019

465. Un poema de Joan Margarit



Los que se aprovechan de la Literatura para no hablar de Literatura seguramente habrán pergeñado ya la enésima teoría conspiranoica al conocerse que los tres premios nacionales de carácter institucional han recaído este año en una gallega, un vasco y un catalán. Efectivamente, el Premio Nacional de Poesía ha sido para la coruñesa Pilar Pallarés; el Premio Nacional de las Letras lo ha obtenido Bernardo Atxaga; y el pasado jueves conocíamos que el Cervantes de esta edición será para Joan Margarit. Y esta deferencia del Estado hacia aquellas regiones donde más se espolea el mantra nacionalista no puede ser otra cosa –dirán– que una decisión estratégica para apaciguar los ánimos y para trazar puentes que demuestren la admiración y el respeto de los españoles por las diversidad lingüística y cultural de nuestro país; una de esas maniobras de seducción a las que tanto apelan los partidarios del diálogo. Como si a ese blanqueador de la violencia llamado Torra, el activista que jalea a los CDR, los mismos que hablan de «independencia o barbarie», se le fueran ahora a despertar sentimientos de fraternidad con esos a los que llamó «bestias con forma humana» solo porque Margarit gane el Cervantes. O como si al matón de Otegi le fueran a «seducir» los gestos de la nación a la que sometió con su repugnante connivencia con ETA a una de las etapas más dolorosas de nuestra democracia, nada menos que 854 asesinatos.
Sin dar pábulo a esas hipótesis cabilderas, si la cosa fuera así demostraría cierta ingenuidad por parte de las instituciones. Pero prefiero pensar que los que urden esas intrigas palaciegas solo quieren embarrar aún más la ya difícil convivencia en nuestro país. Así que nosotros a lo nuestro, o sea, a la Literatura. Porque a mí, independientemente del origen de cada cual, me sedujo y eso sí que es seducir, la excelente Obabakoak de Atxaga; y aunque no he leído Tempo fósil de Pilar Pallarés, mi amigo crítico, el gran Armando Requeixo habla muy bien de ella, y lo que dice Armando es dogma de fe para mí.
Y Margarit…, ay, el pobre Margarit recibirá por todas partes: los «hunos» le reprocharán su adhesión al independentismo, sobre todo desde su pregón de las fiestas de la Mercè; los «hotros» su equidistancia y tibieza (¡anatema eso de escribir en castellano!). Pero nos vamos, nos vamos de nuevo. Y no. Hablemos de Literatura. Tienen ustedes en esta misma  página un poema precioso de Margarit. Una madre viuda firma una instancia para ingresar a su hijo en el orfanato; no puede mantenerlo; hace poco han asesinado («ejecutado», dirá el juez) al padre del niño. En la instancia –el frío de la mañana está en la instancia–, la madre debe escribir la salutatio de rigor a los mismos que han matado a su marido. Margarit, hijo de la guerra civil, nacido en 1938 en Sanaüja, en la casa de la abuela paterna a donde tuvieron que retirarse sus padres tras el inicio de la contienda, debió de ver muchos de estos casos. Es un poema cruel, como todos los poemas bellos. El niño ingresará en la Casa de Misericòrdia para evitar la intemperie. Así, la poesía: «la última casa de misericordia». Ayer y siempre contra todas las intemperies. Y ese verso bien vale un Cervantes, se pongan como se pongan.

miércoles, 13 de noviembre de 2019

464. Persianas: "Cápsulas de un tiempo detenido"



"CÁPSULAS DE UN TIEMPO DETENIDO"
Por Pilar Blanco Díaz
Texto de presentación de Persianas en la Librería 80 Mundos
 (Alicante, 7 de noviembre de 2019)

Profesor, articulista del Diari de Tarragona, sostenedor de un blog literario Cesó todo y dejeme, prologuista, reseñista y escritor de vuelo amplio, Fernando Parra, catalán de raíces andaluzas, se estrena con esta obra en la novela, género que considera su preferido y en el que dice encontrarse más cómodo. Según confiesa, la escritura para él no es un oficio o una afición “el jobi” por el que la gente pregunta, sino una forma de entender el mundo. Tanto es así que la segunda novela, El antropoide, ya está lista para su publicación por la Editorial Candaya en otoño de 2020, y la tercera progresa adecuadamente. Pero no debemos extrañarnos: si los seres vivos respiran y los escritores escriben, es lógico que Fernando, que es escritor probablemente desde antes de adquirir consciencia de ello, lo haga con tanta sinceridad y honestidad, desde la médula. ¿Qué si no?
[…]                                                                                                               
En mi opinión, Persianas podría haberse llamado “cápsulas de un tiempo detenido” (frase que aparece en el cap. 2), pues si de algo habla aquí Fernando es de tiempo, de instantes, de la memoria que congela el pasado y lo aproxima. Aunque, como dice la poeta Julia Uceda, "recordar no es siempre regresar a lo que ha sido". La literatura es el conjuro con que la realidad, incluso nuestra vida, se convierten en ficción. Y la persona en personaje. Y los finales en felices o dramáticos a conveniencia de la trama. Quizás ese sea otro aliciente para convertirse en escritor.
Porque "somos épica y fugacidad, polvo que arrastra el vendaval de la historia" en palabras de Walter Benjamin, surge la literatura como antídoto contra el veneno del olvido, para asentar aquello que se aleja, para hacerlo inmortal. Sin ella, los años de oprobio serían también años de ceguera.
El mundo que conocemos está construido sobre ruinas y cadáveres, cantos triunfales y gritos de dolor. En él hay una historia externa y otra furtiva, una gloriosa y otra mínima cuyos protagonistas no saben que lo son, pues viven sofocados por el gris de sus vidas grises. Por eso es tan necesaria la Literatura, no solo para ensalzar fazañas, sino para encarnar los sueños modestos, el clamor colectivo, los raptos del espíritu, la memoria humillada, el afán de seguir adelante abrazados a la esperanza.                                                                                                                             
En estos sueños modestos, en estas vidas pequeñas se ha volcado Fernando en su primera novela, así que pongámonos a la faena y a ver cómo salimos de este tuerto.
¿Silbamos a ver si alguien viene a ayudarnos?

Primer silbido: el título.

“Las persianas se parecen siempre a sus dueños”, dice el comienzo de la novela. Con semejante afirmación la atención del lector queda atrapada desde el principio. Ante nuestros ojos lectores, instalados en la atalaya que es la ventana de Rodrigo, se desplegará un paisaje de barrio con casas de pisos llenas de ventanas, y como la acción no transcurre en Escandinavia, ventanas llenas de persianas que guardan, tras sus lamas, lo que imaginamos de la vida de los otros, metáfora de la propia escritura.
 Porque «persianas» remite a algo cotidiano y aparentemente anodino, pero también implica lo que protege la intimidad de la observación ajena. Sin mirada no hay escritor, luego es importante que la persianas encubran pero al mismo tiempo desvelen. (Tendréis que leeros el libro para comprenderlo del todo).                                                    
Las persianas, además, son un artilugio que se estira y se enrolla como lo hace un relato, como se devana un ovillo, que eso es narrar: hilar, tejer.
Persianas, finalmente, me hacen pensar en persa y persa en Sherezade y los mil y un relatos que le salvan la vida. La fantasía surge al final del hilo como al final del cuento nace su verdad. Fijaos si da de sí el título.

Segundo silbido: la infancia.
¿Qué pueden tener en común unas persianas, un niño de nueve o diez años, un barrio obrero de Tarragona, un tablero de la oca, los atentados de ETA, el póster galáctico, un extraño vagabundo, los tebeos, un pueblo de Jaén, Barrio Sésamo, una niña rubia, un fantasma y el vino de El Bierzo, entre otros muchos? ¿Cómo un mundo tan pequeño puede reunir dentro de sus lindes lo real y lo imaginario, la rutina con el relámpago de lo inesperado, el pasado con el futuro? Pues bien, el nexo copulativo que consigue que elementos tan dispares confluyan en un mismo espacio-tiempo es la infancia.                                                                                  
Dice el poeta Rilke que la verdadera patria del hombre es la infancia. Podemos estar o no de acuerdo con considerar que tras los muchos exilios de la vida se regresa a ese origen inviolable, el que nunca traiciona, base del dolor futuro o la futura alegría. Pero lo que sí es cierto es que infancia y memoria constituyen un semillero para cualquier escritor. Para consagrarlas o desmontarlas, que ahí cada uno puede y debe obrar con libertad.
Escribir es magia y es asombro. Cuando la narración toma las riendas, salen en riguroso desorden recuerdos de la imaginación e invenciones de la biografía, aspiraciones nunca alcanzadas y miradas dispuestas no a re-crear los hechos, sino a crearlos directamente.
Y eso es lo que tenemos hoy ante nosotros, una primera novela sustentada en lo autobiográfico y en la necesidad de interpretar el pasado y a sus héroes anónimos mediante una ficción mitificadora que le dé sentido al presente: el “os cuento para contarme” que Fernando Parra resuelve con talento al permitir ma non troppo que su personalidad se imprima en el aprendizaje de vida del desorientado Rodrigo.
A este propósito creo que vienen bien las palabras de Josep Maria Esquirol: la memoria no es memoria del tiempo pasado, sino ampliación y enriquecimiento del presente, ese presente al que llegan como los restos flotantes de un naufragio ecos de un malestar que hace al protagonista sentirse incómodo en su propia piel, en cualquier lugar donde sea visto diferente, “charnego”en Cataluña, “catalanito” en el pueblo de sus padres; incómodo también en una edad y en unos sueños enredados en la niebla o en las exudaciones de la fábrica, tanto da.
Este malestar aflorará finalmente en un sentimiento de infancia traicionada:
En aquella plaza había un niño que había descubierto la promiscuidad inherente a la nada. Su corazón no pertenecía a nadie. Un niño de los ochenta que tarareaba las letras de Renato Carosone y que se sabía las canciones de Cecilia, y de Palito Ortega y de Serrat; un niño mediterráneo a quien ponía triste el mar; un niño que se sabía niño pero a quien le habían explicado los secretos de la tinta invisible y el mal que se oculta tras una pastilla de jabón; el catalán de Andalucía y el andaluz de Cataluña y ni una cosa ni la otra. Solo el barrio, su familia y don Ramón.
Pongamos, de la mano de Fernando, a un niño ante el mundo. Juntemos lo rutinario con lo inventado, lo doméstico con la aventura, lo real con un caleidoscopio de interpretaciones, todo lo que se necesita para circular por una realidad que en nada se parece a como nos la endulzan cuando somos pequeños.
Todo niño (y bastantes adolescentes) es un artefacto explosivo de difícil control. Puede que nunca estalle, pero el riesgo siempre está ahí, y uno que colecciona cromos, ve la tele y lee     
libros crea además un universo propio hecho de retales frankesteinianos, que el autor ha representado hábilmente con la inserción de numerosas cartas dirigidas por el protagonista, a los personajes que poblaban la infancia de los niños de su generación: tiernos como Chanquete, E.T. o Scooby Doo; heroicos con su lado canalla como M.A o el lagarto bueno de V, de entendederas ágiles para resolver enigmas como Jessica Fletcher o McGyver, humanos, animales, alienígenas, dibujados, de celuloide, de trapo….
Su inocencia se transparenta en esos reproches, peticiones de ayuda, consejos o simples desahogos que suponemos sin respuesta.  Pero también sorprende la urgencia por saber, por actuar, pues su cabeza, con todas sus cavilaciones y temores, nunca se está quieta. El entorno confortable ha empezado a tambalearse -se vislumbran a lo lejos los inevitables terremotos y erupciones volcánicas de la adolescencia- y ante ellos cualquier apoyo es bien recibido. Pues si la sociedad se conmociona ¿cómo no van a hacerlo los insignificantes protagonistas de la intrahistoria, que constituyen un fondo social inseparable de la peripecia personal de la novela?: "Tras ellas hay personas igual que estas persianas. Gentes de vidas grises y anodinas, que se dejan levantar cada mañana por la polea de los días sin saber demasiado bien quién tira de la cinta ni por qué".     
Así las cosas, coloquemos, como decía, a ese niño en una época histórica y en un lugar, varios meses de 1987 en el barrio de Bonavista de Tarragona, “la periferia de la periferia”, habitado mayoritariamente por familias procedentes de Andalucía, Extremadura y Castilla que: soportábamos la contaminación y los olores nauseabundos. "El azul de nuestro cielo enfermo adoptaba los tintes purulentos de los gases amarillos. A veces, una fuga accidental de etileno explotaba con estrépito tal que la onda expansiva quebraba los cristales o bofaba las persianas de las cocheras".
A la manera de un personaje de Mark Twain, Laforet o Marsé, Rodrigo, cuya memoria (y la de Fernando agazapado detrás de la persiana) está formada por lecturas, música, series de televisión, actores y personajes de la programación infantil, pero también por las calles y plazas del barrio, el descampado, la escuela, la mercería de Antonio,  el quiosco de los cromos, el pueblo de sus padres… deambula por ellos a través de la reconstrucción de un tiempo que ya fue y dejó profundas huellas en el adulto actual y en su relato, constatadas en expresiones como: cuando tuve la edad suficiente; como acabó con mi infancia feliz, amplificadas ahora que escudriña el hombre y no vio el niño, etc.                                                                                                               
Una primera novela es muchas veces una salida airosa para un recuerdo que supura, el de un niño huérfano, vendido por su madre, rarito (Tom Sawyer; Lázaro de Tormes, Harry Potter), el de una muchacha desarraigada (Andrea en Nada, de Carmen Laforet); el de quien, por la razón que sea, pierde pie, paisajes, infancia. Escribir se convierte entonces en el bote salvavidas que rescata -porque anticipa la madurez- pero también que condena a habitar la realidad más ramplona, porque cierra definitivamente la infancia:
"Hacerse mayor es reescribir el libro que los adultos dejan en tu mesita de noche, glosar sus páginas al margen, con la ironía pintada en la cara y el remordimiento del sacrílego que ha alcanzado la sabiduría; dotar a las viejas palabras de tus padres de su verdadero sentido oculto. (…) y así es como el pozo del descampado que succionaba a los niños para llevarlos al infierno era tan solo una vulgar alcantarilla sin tapa (…); que todo esto era, al fin, la vida: una sucesión de renuncias a lo maravilloso y un paulatino descreimiento de todo: de los Reyes Magos, del Ratoncito Pérez, del cagatió, de la vida eterna, de la inmortalidad de tus padres".
Desde el los sueños juveniles se corrompen en boca de los adultos de un Juan Marsé muy presente en este libro, al anticipo del capítulo nueve:
"…ajeno a todas cuantas tristezas hubiera conocido nunca y que habría de acompañarme ya para siempre marcando con su hierro candente los surcos por donde han muerto todos los niños que fui".
Y que rematará en el capítulo 24: "creo que fue mi infancia la que se hizo al fin pedazos, ahora ya sí, para siempre".
El tono es sentencioso, la conclusión amarga, el estilete crítico asoma de vez en cuando, pero en la disección de los ojos adultos. El niño bastante tiene con torear sus propias incertidumbres.
No hay demasiada condescendencia en el autorretrato que el narrador hace del niño que fue, dibujado con el pincel del humor de quien sabe reírse de sí mismo, el torpe, el inadaptado, el medroso, el enamoradizo, el graponer. Y el inseguro, porque quien es demasiado consciente de los huracanes y bandazos de la existencia tiene esa fragilidad que termina pareciéndose a la fortaleza: "Los hijos de los charnegos, en cambio, éramos solo un injerto extraño, una especie híbrida, únicamente segura de su savia cierta pero ni olivo ni avellano, charnegos por herencia y catalanes solo por casualidad. Catalanes incompletos que hablaban castellano, lo que para algunos resultaba un estigma insuperable, como si existiera una única manera de ser y sentirse catalán, el catalán canónico de un oficialismo marginador que todavía no había puesto completamente sus cartas bocarriba. El charnego levantaba así Cataluña con su trabajo sin saber que algún día habría de ser excluido de un proyecto de convivencia que consideraba común".,

 Tercer silbido: la memoria.
El niño creció. Y su mundo se convirtió en distancia, la que permite poner las cosas en su sitio, la memoria en la pluma. Con esa distancia y solo entonces empieza la fábula, que incluye todos los ingredientes necesarios para engatusar al lector. A partir de una geografía cotidiana y segura: vidas pequeñas e insignificantes en microcosmos que son mundos, se esbozan el misterio y la aventura, connaturales a la necesidad infantil de trascender lo familiar y gris tiñéndolo con los colores que, por ejemplo, el cine brinda: igual que hacían los mafiosos de las películas; igual que en las películas de miedo; quizás por eso le parezca todo esto una película…
Así, ya en el capítulo cuatro se entreabre la cripta del misterio con el suceso de Camilo, al que se suma la figura admirada pero pronto sospechosa de don Ramón; o de Severiano Cano, el gitano, los acontecimientos reales de los atentados de ETA en la Petroquímica de Tarragona y en Hipercor, la extraña huella en el plano, el tambor de la persiana…
Pero también da sus primeros zarpazos el amor, desarrollado, como los demás temas, desde un punto de vista épico muy literario: los mensajes voladores escritos con zumo de limón, el anhelo caballeresco de protección de la amada, el mercadeo con los afectos, la traición y el desengaño.
Hasta la muerte planea por la novela como por la vida, de manera lejana a través del atentado de ETA, de manera más próxima a costa de Camilo.
No podemos dejar a un lado el componente de denuncia que la novela tiene, y que sin ser el tema central sí la atraviesa de parte a parte, sobre todo en lo que se refiere tanto al engaño y decepción de personas admiradas o queridas como al afán de insistir en las diferencias en lugar de en lo que nos une; y al nacionalismo de cualquier sesgo que se basa en la superioridad de unos sobre otros por su lugar de origen, su lengua, su piel o su nivel económico y que fomenta la desigualdad, como leemos en la casi letanía:
"Y, sin embargo, hay más miedo y más perturbados en el mundo de ahí fuera que en los manicomios encantados.
Miedo a los hombres que dicen liberar pueblos subyugando con el terror a otros pueblos.
Miedo a la tiranía del dinero, que envilece a los hombres y enfanga sus ideales.
Miedo al amor, que turba las mentes, las obsesiona y las pierde.
Miedo, cada noche, a que se mueran tus padres.
Miedo a las Aurèlias, que cifran la virtud de un hombre en el idioma que habla, en el pedigrí de su sangre y en el tonto amor a un trapo que llaman bandera.
Miedo a los muros y a las fronteras.
Miedo a los suicidas que abdican del mundo.
Miedo al miedo y a la hipocondría de vivir".
          
  Decía Valente que “solo se llega a ser escritor cuando se mantiene una relación carnal con las palabras”, y esta es otra característica que constituye la espina dorsal de la prosa de Fernando, en la que vemos rasgos descriptivos de Azorín o Miró morosamente repujados, una complacencia verbal casi barroca, ironía cervantina y regodeo en las palabras y las metáforas, paladeadas, masticadas, sinuosas como serpientes cuyo ondular le va dando forma al relato, que arrastra literatura a manos llenas.
He aludido con anterioridad al humor, pero es un humor muy entretejido también con el lenguaje, como puede apreciarse en construcciones como: encuentro interventanal, genocida dental, ropa de abrigo para el clima celestial, epilepsia mandibular, almúedanos de barriada llamando desde minaretes de geranios, hordas guripas o el onomatopéyico y casi irreproducible un burro rebuzna
su asma en los establos; en otro sitio una gallina cococomenta con las cococomadres algún cococotilleo de la granja; un pavo real amanece sus ojos de fátima sobre el cielo de su manto de plumas…
El niño que fue ya había puesto la primera piedra del adulto que rememorará aquellos días, y su mundo referencial no se circunscribe tan solo al físico o al emocional. Está hecho de una epidermis literaria que salta en cualquier párrafo más o menos embozado como forajido del Oeste. Veamos algunos ejemplos: Como decía Pedro Salinas, “destinos de trueno y rayo”; maestro de componer virgos (musicales), con su aroma celestinesco; como en el romance; como   la tregua de una batalla homérica; como un Cid a lomos de su Babieca; sacada de algún cuento de los Hermanos Grimm; esto la niña dixo e tornós para su casa…
El lenguaje se convierte entonces en un juguete, arcilla que moldear, masa que se lleva a boca y se comparte con el lector como quien comparte un secreto valioso o lo inicia en un rito esotérico que marcará su vida futura. Nadie que lo haya leído o haya asistido a una clase de Fernando se extrañará. Es escribir con el mismo aire que se respira.

El tiempo se me acaba. Es hora de ir bajando la persiana de esta presentación y salir a las calles de la novela para tomar un aperitivo con Fernando y Rodrigo y dejar que se expliquen. Que nos aclaren su maña artístico-manual con resultado de bodrio, o su debilidad del “llorando al mar soñé”. Para que oigamos al charnego, al catalanito, al alicantino por amor.
Porque las persianas se parecen siempre a sus dueños. Y los libros también.


                                  

lunes, 11 de noviembre de 2019

463. Marsé ya los había calado



Juan Marsé es uno de los veinte intelectuales que se han adherido al manifiesto contra el Poc Honorable President Quim Torra impulsado por la plataforma Recortes Cero. Junto a él, otros nombres de reconocido prestigio, como los de Luis Goytisolo, Javier Marías, Javier Cercas, Juan José Millás o Rosa Montero, dan lustre y enjundia a un texto que rechaza el sesgo autoritario y antidemocrático de quien alienta la violencia y el pensamiento único en Cataluña. La adhesión de Marsé es especialmente significativa. Todavía recuerdo con tristeza cómo sus libros aparecieron un día en algunas bibliotecas catalanas señalados por algún cobarde anónimo con el baldón de «botifler» escrito entre sus páginas, igual que hacían los esbirros de las juventudes hitlerianas en las persianas de los comercios y en las fachadas de las casas de los judíos. El señalamiento alevoso siempre ha sido cosa de los niñatos fascistas. Pero detrás de esos niñatos, manipulables e ignorantes, siempre hay un instigador de despacho y corbata que les hace creer que su causa es noble e histórica, mientras él vive de la sopa boba.
Ahora, esos niñatos estudian en la universidad cuya matrícula les ha pagado papá y, como queriendo emular la épica de las revueltas universitarias de antaño, hacen su huelguita de niños consentidos y creen que están escribiendo la Historia. En Últimas tardes con Teresa, Juan Marsé retrataba la hipocresía de la joven burguesía catalana que jugaba a la revolución social, acomplejada tal vez por la incomodidad que en sus conciencias ejercía su condición de clase alta heredada, en una época, las de los últimos años de los 60, en que se estilaba, como una moda para estar en la onda, rebelarse contra el orden elitista de las jerarquías estamentales y enarbolar la bandera de la lucha por la igualdad. Era muy fácil, eso sí, jugar a ser subversivos desde los palacetes de Sant Gervasi a cuyo amparo siempre se podía regresar cuando venían mal dadas. Y así, al final de la jornada de idealismos de juguete, los charnegos seguían estando donde debían estar y los niños pijos dormían entre sábanas de holanda con sus caras beatificadas por el deber moral cumplido.
Marsé ya había calado hace más de 50 años, aunque en otro contexto, a los mismos que hoy se manifiestan en las puertas de las universidades e impiden a los que no piensan como ellos su derecho a las aulas. Ya no son aquellos jóvenes, igual de hipócritas, que retrató Marsé. Ahora el ideal no es la lucha de clases, sino la arcadia del independentismo, la gloria de la nación frente a la otra nación, opresora y fascista, la misma nación opresora y fascista que acaba de exhumar al dictador o la misma que les permite a ellos manifestarse. ¿Qué sabrán estos revolucionarios protegidos por sus mamis sobre naciones opresoras, más allá de la que ellos mismos desean construirse? ¿Qué sabrán de idealismos estos flojos de piel fina que reclaman exámenes a la carta e indultos académicos? Siempre en las huelgas, quienes las secundaban, sabían que en su sacrificio había una renuncia, en el sueldo, en el despido, en la comodidad de sus vidas, porque colocaban sus principios por encima de sus privaciones. Ahora estos rebeldes de camping-playa lo quieren todo, faltar a clase y no perder el derecho a examen, y en sus sentadas exhiben en sus carteles la lista de peticiones solidarias para la causa: cargadores portátiles para el iphone, almax para las malas digestiones, comidas adaptadas para las alergias alimentarias. Pobrecitos, qué duras las revoluciones. Y si apedreo al policía, siempre podrá venir mamá a consolarme y a gritar a los cuatro vientos que su hijito inocente, el que tiraba los cócteles molotov ha sido víctima de la represión policial. Luego, en casa, la mamá le colocará con cariño, unos apósitos mentolados en la frente y le acariciará el pelo. El nene dormirá hasta el día siguiente. Le espera otra jornada con su cita con la Historia.

lunes, 4 de noviembre de 2019

462. Solo Literatura, por favor



Ha sido conocerse el nombre del último Premio Nacional de Narrativa para que a muchos que ni siquiera han leído un solo libro de Cristina Morales les haya faltado tiempo para poner el grito en el cielo. Uno de los más vehementes en su rechazo a la decisión del jurado ha sido Albert Rivera, quien en un tuit escribía: «Espero que prenda fuego al cheque de 20.000 euros del pueblo español al que odia». El presidente de Ciudadanos se refería con su invectiva a las declaraciones de la escritora granadina en las que afirmaba que «es una alegría que haya fuego [en Barcelona] en vez de cafeterías abiertas» denunciado su hartazgo por la gentrificación y turistificación que sufre la ciudad condal, donde ella vive. Sin entrar a valorar los arrebatos de ese sucedáneo anti-sistema que es muchas veces Cristina Morales, entre las consideraciones que se arguyen respecto al galardón no hay ni una sola que se base en criterios estrictamente literarios. Bueno, alguna hay, claro, pero ensombrecida por la polémica de marras. O lo que es lo mismo: en un premio literario se habla de todo menos de lo que realmente le atañe a un premio literario, o sea, de literatura.
Ese vicio de mezclar churras con merinas en el campo de las letras tiene ya un recorrido dilatado en el anecdotario literario patrio. En el año 2009, la delegada de Participación Ciudadana del Ayuntamiento de Sevilla, Josefa Medrano (IU) prohibía un acto de homenaje a Agustín de Foxá en el 50 aniversario de su muerte. Primaba en ese veto el pasado falangista del escritor, no su valor literario, adscrito las más de las veces a una estética posmodernista y atenta también al magisterio de Lorca o Neruda.
La instrumentalización de la figura de Rodrigo Díaz de Vivar por parte del régimen franquista para la exaltación de los valores nacionales cayó como una losa durante nuestra posterior democracia sobre el prestigio artístico de nuestro primer monumento literario, el Cantar de Mio Cid, más aún cuando el adalid de su recuperación fuera don Ramón Menéndez Pidal a quien muchos continúan, desde el desconocimiento más absoluto de su biografía, vinculando a la ideología del franquismo.
Hace unas semanas leía en El Periódico una feroz columna del escritor Kiko Amat contra Camilo José Cela a colación de la triste polémica que enfrentó en la década de los 80 al autor gallego con un entonces joven Antonio Muñoz Molina. La diatriba de Amat contra Cela adolece de varias fallas. La primera es la arbitrariedad de rescatar ahora aquella acre controversia que se remonta a más de tres decenios, con Cela ya muerto hace 17 años. ¿A cuento de qué? Y admirador fervoroso como soy de Antonio Muñoz Molina, claro que no puede más que dolerme el comportamiento de Cela con el escritor jienense, pero eso no va a nublarme tanto el entendimiento como para no considerar al autor de La colmena como uno de nuestros más insignes narradores. Que Kiko Amat se dedique a la escritura y, sin embargo, se preste a ese amarillismo extraliterario todavía convierte su dicterio en más deleznable. O quizás no tenía tema para su columna de esa semana lo que, siendo escritor, debería preocuparle un poco.
Rosa Regás declaró no hace poco en el diario Información de Alicante que «yo no existo en Cataluña porque escribo en castellano». He aquí otro factor que nada tiene que ver con la literatura. De Pérez-Reverte, quizás porque él también se lo ha trabajado a conciencia (en literatura, sobre todo, hay que ser visible mediante el ardid que sea) todo el mundo habla de sus tuits y poco de sus libros. Por no hablar de la instrumentalización política ejercida sobre Miguel Hernández o Lorca. De este último dice el maestro Prieto de Paula en su última antología sobre el autor granadino que la fama de Lorca «ha desbordado no solo las fronteras geográficas, lingüísticas y culturales, sino, sobre todo, su propia condición de poeta».
¿Para qué seguir con la lista? El día que decidamos dejarnos de debates espurios y hablemos solo de literatura, los envites serán de palabras forjadas en el ardor intelectual y no en la fragua de las cosas que no importan. De las cosas que nunca importaron.