CESÓ TODO Y DEJÉME. Blog literario

lunes, 15 de agosto de 2016

332. Amor y Sintaxis



En los tiempos que corren, si un sujeto cualquiera quisiera encontrar el amor de su vida –su complemento directo–, ya no le bastaría con ser paciente. Hoy se quiere todo, y se quiere aquí y ahora; por eso, las elecciones amorosas suelen ser fallidas por lo que tienen de precipitadas. Los sujetos se enamoran de cualquiera con tal de decir que están enamorados, aunque no lo estén. Se han sustituido los complementos directos por los complementos circunstanciales, los del aquí te pillo aquí te mato, los de quita y pon. El que dice estar enamorado, está, en realidad, en modo copulativo y sólo busca en el otro  unos buenos atributos; un buen complemento agente que sepa cumplir en la cama; alguien que se cuide, que vaya al gimnasio y que esté delgado porque toma sus complementos de régimen moral (que no se avergüence de, que no se arrepienta de, que no se comprometa a, que no pregunte por, que no piense en). Hay quien, no hallando a su complemento, se consuela con alguna página porno en Internet, un complemento indirecto de los que se miran pero no se tocan, y pasan olímpicamente de los complementos predicativos de los curas, de los psicólogos y de los padres.


Como Bécquer, sé que voy contra mi interés al confesarlo, pero hace ya tiempo que me acecha una crisis de fe gramatical. Recuerdo que un día, mientras analizaba una oración con mis alumnos en el instituto, al mismo tiempo, en Atenas estaba ardiendo la Plaza Sintagma. Aquella gente hacía, fuera del aula, la revolución, cansada de conjugar sus almas en voz pasiva, y esas personas llenaban una plaza que se llamaba igual que las cajitas o los diagramas sintácticos que pintaba –tiza domesticada–, sobre la pizarra. Esas cajitas domeñaban el idioma y les ponían etiquetas a los te quieros, a los estamos hartos, a los nos sentimos perdidos de mis estudiantes. Mientras la palabra, allí fuera, se hacía viva en las gargantas de aquellos hombres de la plaza, mientras emocionaban en un poema, mientras daban consuelo a algún desdichado, mientras confesaban un amor, mientras lo correspondían, mientras perdonaban, mientras educaban e instruían, mientras todo eso hacían las palabras en el mundo de ahí fuera, nosotros, entre aquellas cuatro paredes, estábamos poniéndoles cajitas –aprisionándolas–, aplicando el bisturí de la gramática, realizando taxonomías del lenguaje del mismo modo que un entomólogo anotaría el nombre científico de la mariposa que tiene clavada con una chincheta, reseca ya y apelmazada, sobre el expositor –el cementerio– de corcho. “Pido la paz y la palabra”, decía Blas de Otero, pero no para el metalenguaje sino para la vida misma. Los pronombres recíprocos deben hablar de la solidaridad entre los hombres, y los vocativos son el olifante que los reúne, y las raíces léxicas se hicieron para que arraigase en los corazones el amor universal; el pretérito imperfecto debe quedar atrás para construir el futuro perfecto, un mundo sin determinantes posesivos ni modos imperativos ni subordinados sustantivos. Un mundo donde la palabra no sea diseccionada sino donde ella misma diseccione el mundo. Un mundo donde mis alumnos puedan desperezarse de una vez por todas de la superficialidad que los circunda, de la mediocridad que los lacera, de la estupidez que los aborrega, de la afasia crítica que los esclaviza. Un mundo, en definitiva, donde aspiren a algo más que a seguir siendo sujetos elípticos, sujetos omitidos. Sujetos elididos. 

domingo, 7 de agosto de 2016

331. Leer un poema (I). Una jarcha



Como se sabe, las jarchas son breves composiciones anónimas y orales cantadas en lengua mozárabe (mezcla de castellano primitivo y árabe) por la población hispánica que habitaba Al-Andalus durante el dominio musulmán. Dado su carácter oral, que hoy conservemos ejemplos de estas canciones obedece, como casi siempre, a esas coyunturas milagrosas que nos regala la historia de la Literatura cada cierto tiempo. Se cree que un poeta cordobés, nacido en Cabra entre los siglos IX y X, llamado Muqaddan Ibn Muafa, puso de moda entre los poetas cultos el cultivo de la moaxaja, composición limitada en su origen al contexto andalusí y escrita en árabe. Su carácter estrófico con versos de vuelta la separaba de las largas tiradas monorrimas de la qasida clásica. Los puristas, pues, abominarían del invento, pero a nosotros nos obsequiaron con el impagable prodigio de salvar del olvido a las jarchas mozárabes, pues la peculiaridad de la moaxaja es que toda ella está pensada para colocar en su remate la jarcha que le preexistía. De hecho, los versos de vuelta de la moaxaja riman con la propia jarcha. O dicho de otro modo, la moaxaja es la glosa de la jarcha. Así, se podría considerar a los moaxajistas, los primeros recopiladores de la literatura oral hispánica. Sin su concurso, no conoceríamos hoy la primera manifestación de nuestra lírica. Probablemente no pudieron sustraerse a la hermosura de aquellas canciones que entonaba el pueblo invadido y se vieron en la necesidad de fijarlas por escrito de algún modo. La calidad en el engaste de la moaxaja con la jarcha, demuestra en cada caso la pericia del moaxajista, que unas veces parece natural, en otras se ven demasiado claros los puntos de sutura y en otros casos apenas tienen que ver la una con la otra. Por supuesto, al fijar la jarcha, sólo se hizo con una de las tantas versiones que debieron de circular de cada una de ellas, pues su naturaleza oral hace previsible su vida en variantes. De hecho, hay moaxajas de autores distintos y de épocas distintas que contienen la misma jarcha con alguna pequeña diferencia. El descubrimiento de las jarchas por Stern en 1948 convirtió a nuestra lírica en la más antigua de Europa.
Aunque el tema habitual de las jarchas son las lamentaciones de una mujer ante la ausencia del amado, tomando como confidentes de su dolor a la madre o a las hermanas, también las hubo de carácter erótico, como ésta que nos ocupa. La muchacha que canta esta jarcha demuestra gran elasticidad, pues es capaz de colocar las argollas que adornan sus tobillos a la altura de las orejas. El poeta árabe que seleccionó esta jarcha para su moaxaja se mantuvo en un pudoroso anonimato, quizás por la procacidad de la misma pero se antoja un buen poeta, pues su moaxaja, llena de referencias báquicas y descripciones de jardines umbríos a la luz de la luna, casa muy bien con la voluptuosidad de la jarcha de la que parte. Ésta apenas contiene palabras en romance (muy reconocible el “non t’amarey” del inicio).
El visir Al-Mu’Allim pasea por el barrio mozárabe de Sevilla. Sus ricos atuendos llaman la atención de unas lavanderas que, entre risas, cuchichean pícaramente a su paso. Una de ellas entona entonces nuestra jarcha, que el visir escucha algo azorado. Aprieta luego Al-Mu’Allim el paso, dejando atrás un coro de carcajadas mezcladas con el rumor del agua. Pero el visir ha anotado en su cabeza la canción y sonríe al evocarla. Se la cederá a su rey Al-Mu’tadid, que gusta de escribir atrevidas moaxajas.  Y en el puesto de frutos secos, ¿qué canta aquélla?: “¡Ben, ya sahhara! / Alba / q’está kon bel fogore,/ kand bene pid amore” (“¡Ven, oh hechicero! / Un alba que tiene tan hermoso fulgor, /cuando viene pide amor”). Hermosa jarcha, piensa el visir. Y decide que ésa se la queda para él y su moaxaja.

Y aunque la vendedora de frutos secos estaba pensando en su amado, a nosotros la jarcha nos evoca otra alba con hermoso fulgor: la del bellísimo amanecer de nuestra lírica, sol que brota de la tierra misma, en el balbuceo mágico del idioma castellano.

viernes, 29 de julio de 2016

330. Escuela de despojados



Los más bellos versos del despojamiento jamás escritos ya nos los regaló San Juan de la Cruz en la irrepetible lira de su Noche oscura: “Quedéme y olvidéme / el rostro recliné sobre el amado, / cesó todo y dejéme, / dejando mi cuidado / entre las azucenas olvidado”. A decir verdad quizás sean estos los versos más hermosos de toda la literatura universal, si se me permite la entusiasta licencia.
Sin embargo, la poesía de la renuncia no se agotó con el inmortal abulense y la historia de la literatura ha caminado jalonada de recodos poéticos donde muchos escritores se han abandonado a ese dulce descanso que es desprenderse de uno mismo. Tanto es así, que la abdicación del yo poético ha llegado hasta nuestros días con una coherencia temática y hasta geográfica, que aspira a convertirse en una escuela literaria con vocación de grupo generacional, con sus maestros, sus acólitos y quién sabe si hasta con sus epígonos.
No sé si es esta luz impenitente del Mediterráneo que todo lo anega y bajo cuyo imperio las cosas del mundo pierden sus perfiles y su corporeidad para dejar de ser, confundidas con el clamor del sol, la que ha auspiciado la aparición de una forma recurrente de entender la poesía, desde Barcelona hasta Murcia, en la que los versos se afirman plenos en la negación de los referentes y cuya transición natural es negarse a sí propios, reduciendo el lenguaje hasta su misma desaparición, lo que desemboca en poemas brevísimos que nos sacuden en su condensación.
En Murcia, Beatriz Miralles escribe “para conocer la oquedad de la sombra”, “engendr[a] vacíos”, “subray[a] los límites de las cosas”, “escrib[e] hasta perder el rostro” porque “sólo que aquel que ya no soy / puede decirme”; en los poemas “aprend[e] ceniza” porque “así es la desaparición: / raspar el lenguaje / hasta decir silencio”. Son apuntes de su primer y precioso libro Oscura deja la piel su sombra (Balduque).
En Alicante, Antonio Moreno se pregunta: “¿Quién tiene la osadía de decir  / algo más que esto: soy? / Nada más: soy, respiro / el aire regalado de esta hora, / sin la penumbra de los adjetivos”. Esos adjetivos a los que el poeta atribuye el efecto pernicioso de la penumbra, son justamente los atavíos de los que la vida puede prescindir: los nombres y apellidos, el trabajo, los roles sociales, que privan de la verdadera luz, de la luz esencial. Se trata de diluir los límites de la identidad para confundirla con el universo, “ser de todos y de nadie”, como “la gota del rocío / en el vapor disuelta” porque “cualquier vida se expresa con el viento / cualquier identidad es para el viento” (El viaje de la luz, Renacimiento).
En Valencia, Vicente Gallego lleva desde 1988 cultivando esta actitud poética: “Sí, la palabra justa es abandono: / una dulce renuncia que me nombra / señor y dueño al fin de mi camino”. O “Existir: todo y nada, /este instante tan mío que ahora habito”. En su último libro, Ser el canto (Visor), prologado por Antonio Moreno, lo que no deja de ser significativo, esa aspiración a la esencialidad se traduce en un lenguaje auroral y primigenio. Vicente Gallego es el gran maestro de esta tendencia y un poeta imprescindible.
En Tarragona, Enrique Villagrasa dice que “el poeta experimenta en el poema / todas las formas de la nada” que habita “concupiscente / el no ser /” de los versos. El culmen de este nihilismo, así como del carácter sugestivo reducido a la mínima expresión, es el poema en el que aparece sola la palabra “coda”. Inserta así, tan exigua en la inmensidad de la página en blanco, esta única palabra es una cruel ironía de la Nada, porque la coda, esos versos que se añaden como remate de un poema, lo que rematan aquí es la página yerma. (Mudanzas de la voz, Libros del Innombrable)
En Barcelona, Sandro Luna dice: “Tumbado bajo el sol, / se ha borrado mi nombre. / Ese milagro somos”. Sus versos gravitan sobre lo etéreo porque “¿Dónde / la gravedad /, si nada pesa?”. Y más adelante: “Estoy en lo que miro, / y nada veo. / Esta paz es la mía”. O “ He visto sin ser visto. / Sólo había belleza. / Y yo la alimentaba con mi muerte”. (Eva tendiendo la ropa, Pre-Textos).

Larga vida en la nada a esta escuela de despojados.



viernes, 15 de julio de 2016

329. 'El fantasma en el libro'




De todos los oficios literarios, tal vez ninguno reporte al profesional tantas satisfacciones y frustraciones a partes iguales como el de traductor. Volcar un texto original a un nuevo idioma –trasladarlo, que diría Alfonso el Sabio– es tanto como perpetuar la vida de un libro y multiplicarlo; es alumbrar allí donde las palabras se vuelven abisales para el lector que desea caminarlas; es hacer dichosos a muchos para quienes la felicidad se hallaba en el límite de aquellos renglones incomprensibles y aún no lo sabían; es convertirse en adalid universal de la cultura y servir a su apostolado, aunque hagan falta para ello otros atavíos. Y, sin embargo, son esos otros ropajes con los que se visten los textos traducidos los que dan quebranto a quienes se dedican a la noble tarea de hacérnoslos entender. Porque nunca un texto traducido respeta al cien por cien la esencia del original, por mucho que se hayan esforzado los partidarios de la literalidad más radical, como Vladimir Nabokov. Y en aquello que se pierde por el camino, en la desazón que le produce al traductor pensar “no era esto, no era esto”, se cifra la frustración incurable de esta profesión impagable y, no obstante, mal pagada.
De esto y de  mucho más  habla el espléndido ensayo del prestigioso traductor Javier Calvo, El fantasma en el libro (Seix Barral). Sólo por la preciosa introducción que precede a la obra, habrá valido la pena acercarse al libro de Calvo. En ella, el autor alude a la invisibilidad del traductor –“pregúntenle a algún apasionado de la literatura por el nombre de tres traductores actuales. Prácticamente ninguno sabrá contestar”, –nos advierte. Y, sin embargo, Javier Calvo defiende esa invisibilidad como requisito necesario y deseable: “Queremos no estar ahí. Incrustarnos tan adentro de la página que no se note que estamos. Somos camaleones paradójicos. Para desaparecer de la página tenemos que llenarla”.
Aunque existen tratados, ya clásicos, sobre la traducción, este libro de Javier Calvo aspira a convertirse en una obra imprescindible sobre el tema, porque no sólo se aúnan en él el rigor académico y la amenidad, sino también la verdad humana de su trabajo, vertida con amoroso entusiasmo y sana voluntad divulgativa. El libro traza una historia de la traducción, repasando sus principales hitos, y demostrando que la reputación de los traductores ha ido decreciendo desde aquella edad heroica en que el traductor, era poco menos que un mediador de los dioses hasta la devaluación de su trabajo auspiciada por el pragmatismo y la velocidad vertiginosa de los nuevos tiempos. La obra reflexiona sobre multitud de matices en el arte de traducir, desde los defensores de la ya mencionada literalidad hasta los que conciben la traducción como una nueva obra donde es lícito modificar y hasta mejorar el original, como hiciera Borges (las llamadas “bellas infieles” de la tradición dieciochesca francesa). Jalonan el texto multitud de anécdotas y vicisitudes, como los traductores asesinados, la labor de éstos durante la dictadura franquista, los juegos de las  falsas traducciones, el español canónico fijado para las mismas y los problemas derivados frente la diversidad del español de América, la limitadora supremacía de las traducciones vertidas del inglés, el fenómeno de los fantraductores, los trabajos afines de los intérpretes y de la subtitulación cinematográfica y, en definitiva, toda suerte de matices que ofrecen una panorámica de la profesión verdaderamente interesante. Muy recomendable ¡Y en versión original!

domingo, 26 de junio de 2016

328. Élites culturales



La palabra “élite” procede del francés y los franceses la pronuncian [elít], con la sílaba tónica en la “i”. Siguiendo la pronunciación etimológica, el castellano adaptó el término a la forma llana “elite” [elíte]. Pero como el vocablo circuló durante algún tiempo como extranjerismo en su forma original, élite, se extendió la pronunciación de la palabra como si fuera esdrújula, interpretando erróneamente esa tilde francesa a la manera española. Es por eso que hoy el uso de “élite” se considera correcto, aunque antietimológico.
Digo esto por si algún ilustrado, afrancesado, puntilloso, resabido o pedante me reprochara en el título de este artículo la tamaña herejía de vulnerar la fonética gala o de claudicar al humillarla a la ignorancia del vulgo. Quien en esas zarandajas repara es el mismo que le reprocha a uno no ver las películas en versión original, sobre todo si son vietnamitas o iraníes, comer palomitas en un cine, no usar los palillos con el sushi, seguir la Eurocopa de fútbol, cantar un gol en lugar de un aria de Verdi, leer a Pérez-Reverte o saltar en un concierto de Loquillo. Y se arrogan una suerte de superioridad intelectual y hasta moral con quienes hacemos todo eso, juzgándonos gente mediocre y sin sensibilidad sin tan siquiera conocernos. Populacho.
El primer error de estos paladines de la alta cultura es creer que ambos mundos son incompatibles o irreconciliables, como si uno no pudiera vibrar con su equipo de fútbol por la tarde e irse por la noche a ver una obra de teatro de Harold Pinter. Es el mismo desprecio que demostraron los estudiosos de antaño por todo lo que tuviera que ver con la literatura de corte popular, sólo por ser popular, hasta que el Romanticismo restituyó el Romancero. Pero, claro, Menéndez Pidal debió de ser un paleto.  El otro error es la generalización. Ni todos los aficionados al fútbol son los vándalos que arrojan bengalas al campo ni todos los que leen a Joyce son unos dechados de virtudes. Hemingway iba a los toros y nadie piensa que fuera por ello un depravado; es el mismo que luego era capaz de escribir El viejo y el mar
Lo peor de todo esto es que muchos de los que despotrican desde la alta atalaya de su refinamiento cultural, lo hacen por pura impostura. Las redes sociales, especialmente, se han convertido en un escaparate donde demostrar al mundo lo cultas e instruidas que son algunas personas. Aquí una cita de Séneca, a quien nunca han leído, allá una reflexión de Rousseau, a quien vieron por última vez en el COU, acullá (¿veis? Yo también sé decir “acullá”), un aforismo de Hume. Y entre perla y perla, vomitan su perfumada bilis de hombres superiores sobre el atroz envilecimiento de los que leen un best seller o van a ver el último blockbuster americano (¿veis? Yo también sé decir blockbuster y hasta cine pop corn; y encima lo veo, ¡a la hoguera conmigo!).

Los que verdaderamente pertenecen a la élite cultural, aquellos que han alcanzado, merced a su formación, pasión, sacrificio y esfuerzo, un vasto bagaje humanístico, no se dedican a juzgar a nadie porque, entre otras cosas, saben apreciar los matices y la complejidad del mundo cultural, que no está formado por compartimentos estancos, absolutos o excluyentes. Y tampoco necesitan reivindicarse en Twitter o Facebook porque no tienen complejos y su propia preparación les hace sentirse plenos. Mientras el listillo de turno continúa su cruzada contra la turba inculta que va al fútbol y la exhibe, como adalid que es, en las redes sociales, al verdadero hombre de la élite cultural no se le ve nunca por esos lares. Anda en las bibliotecas, entre libros.

domingo, 19 de junio de 2016

327. Derecho a la lentitud



Cuenta Javier Calvo en El fantasma en el libro, su excelente ensayo sobre el oficio del traductor, que desde hace algún tiempo se ha consolidado el fenómeno de la llamada “fantraducción”. Se trata de grupos organizados de fanes impacientes que, incapaces de esperar a que el libro de su autor o saga favoritos sea traducido, se dedican a repartirse los capítulos de la obra original para traducirlos y reunirlos después en diferentes plataformas de Internet, a la que acceden luego los ávidos lectores. Estas traducciones no profesionales adolecen, por supuesto, de una mala calidad literaria pero a los lectores esto no parece importarles demasiado. Les basta con conocer las generalidades del argumento para aplacar la ansiedad de su expectación.
Más allá de consideraciones legales, lo llamativo de esta moda es esa prisa desaforada, merced a la cual los lectores son capaces de inmolar los valores artísticos de la obra con tal de satisfacer su curiosidad en barbecho. Esta velocidad atroz en el consumo de los productos culturales es signo sintomático de nuestro tiempo. A la novela que se demora en una descripción, que no busca la concatenación vertiginosa de lances argumentales, que se despreocupa de la acción o la dosifica con morosidad, que busca el paladeo de la palabra o la muelle tibieza con la que mecer la experiencia lectora,  a esta novela se la aparta con desprecio y se la tacha de aburrida. Las nuevas generaciones de lectores –y las no tan nuevas– son incapaces de continuar un libro o una película si la trama de ambos no arranca ya en la primera página o en el primer fotograma. Aparte del salvaje pragmatismo de nuestra sociedad, estoy convencido de que parte de esa indisposición para el sosiego proviene de las nuevas tecnologías. La lectura de textos en la red ha favorecido la dispersión y la falta de concentración. El puntero en la pantalla es una apremiante invitación a hacer clic en el enlace palpitante de la esquina; el dedo en el ratón es una epilepsia digital; y las páginas web se superponen las unas a las otras, efímeras, en un paroxismo al más puro estilo HTML.
¿Cómo podrían soportar nuestros adolescentes de hoy, la paciencia de antaño? Cuando el correo electrónico era una carta que podía tardar semanas en llegar a su destino; cuando el casete de los juegos del Spectrum tenía que cargarse durante una hora; cuando la información se buscaba en las enciclopedias; cuando elegir una canción no se solucionaba  seleccionado una pista, sino al azar del estoico rebobinado de las cintas de cromo; cuando las fotos se revelaban; cuando había que esperar a los dieciocho para casi todo; cuando el camión marcaba su ritmo en las carreteras nacionales de un solo carril; cuando se le podía ceder la pelota al portero y éste podía cogerla con la mano y botarla varias veces y mandar al equipo hacia arriba con los brazos antes de decidirse –por fin– a sacar; cuando no había nada más largo que un verano.
En absoluto echo de menos aquellas heroicas y pacientes lentitudes. Pero quizás contribuyeron, sin quererlo, a embelesarme hoy con una puesta de sol; o con el gorrión que se posa en mi alféizar; o con la hojarasca que arremolina el viento en las aceras; o con la raya infinita del mar; o con las ondas que forma la lluvia en los charcos. Y hallar belleza en todos esos raptos que regala la vida. Educados en la lentitud también para leer a Azorín, a Gabriel Miró, a Carpentier, a Martín Gaite o a los poetas que Antonio Moreno y Josep Maria Asencio han recopilado en su preciosa antología Vida callada.

Los lectores de las “fantraducciones” ya sabrán si el malo malísimo ha conquistado al fin el mundo. No saben que fui yo quien conquistó el mundo ayer en un párrafo lento, muy lento, de Avelino Hernández.

lunes, 13 de junio de 2016

326. 'La tierra que pisamos'



Aunque presentada con intención distópica –la hegemonía de un colosal imperio del que España es sólo una colonia más–, lo cierto es que Jesús Carrasco no hace ningún esfuerzo en ocultar en su segunda novela las referencias al nazismo. No sólo los nombres de muchos personajes remiten inmediatamente a la antroponimia alemana, sino que, además, por el libro desfila todo el consabido catálogo de atrocidades con que el imaginario colectivo ha tenido que cargar dolorosamente desde que tuvimos acceso a esa documentación gráfica de la infamia. 
La vida de Eva Holman, esposa de uno de los mandos retirados del imperio, transcurre plácidamente en su casa de la colonia española en un pueblo de Extremadura. Eva vive en paz con su conciencia hasta que aparece en su huerto Leva, un nativo a los que los conquistadores tienen prohibido dar cobijo. Tras el recelo inicial, Eva acepta al intruso y va acostumbrándose a la presencia de aquel hombre misterioso que apenas articula unas pocas palabras inteligibles. Pero es en ese laconismo de Leva donde Eva vislumbra su tragedia vital, que reconstruye a duras penas a través de las anotaciones que realiza en su libreta durante cada penosa entrevista. Jesús Carrasco juega así con tres planos narrativos: la reconstrucción de Eva, que redimensiona la parquedad de Leva hasta convertirla en un relato detallado en el que Eva acaba confundiéndose con un narrador omnisciente; y la narración en primera persona de Eva, que actualiza el argumento. El desgarrador descubrimiento de Eva de la historia de su inquilino derrumba todo aquel engaño inoculado por el imperio con sus verdades indiscutidas y sus legitimaciones morales. El tema no es nuevo y entronca con la desazón de muchos alemanes, incluidos los que no vivieron aquellos años, que llevan décadas tratando de buscar la expiación de sus conciencias en la explicitación sin paños calientes de aquella barbarie y ahondando en las contradicciones identitarias que los laceran.
Al libro de Carrasco se la ha reprochado cierto grado de autocomplacencia en la morosidad de su estilo. Es probable que algo de ello haya en la novela pero esta opción estilística no es censurable en sí misma. Existe una literatura que rehuye la acción trepidante, que no busca la concatenación de lances argumentales y que arrincona la trama para detenerse en la estampa y en el paladeo de la palabra precisa. Esto puede gustar más o menos pero es una elección legítima y yo diría que hasta saludable. El problema de la novela no reside tanto en el regodeo estilístico como en su titubeo. Al Carrasco de Intemperie, con la que inevitablemente debemos comparar esta segunda novela, le reconocimos en su día una voz propia, con su desnudez retórica, su lírica del páramo, su exquisitez lingüística. El de La tierra que pisamos, en cambio, se refocila en la estampa pero por momentos parece desbordársele y entonces sujeta la brida para buscar la contención que sabe que se espera de él; aquella suerte de sobrio y directo tremendismo que se apreciaba en las vicisitudes de los protagonistas de Intemperie, corre aquí el peligro de pervertirse en la recreación morbosa de las escenas más truculentas. Carrasco lo sabe y trata de dosificar la puntada de lo escabroso pero no siempre lo consigue y, muchas veces, se notan las hilachas. Esa inseguridad estilística es el mayor defecto de la novela.

Donde sí es reconocible Carrasco es en su preciosa elegía de la tierra; en esa comunión descarnada y contradictoria entre hombre y naturaleza. Cuando uno deposita en la mesita de noche el libro de Carrasco, aquélla se mancha con el rodal de la tierra. Y el lector, una vez acabado el libro, parece que tenga que sacudirse las manos del polvo redentor de los caminos.

domingo, 5 de junio de 2016

325. 'La edad media'



Va siendo ya una feliz costumbre descubrir en cada libro publicado por la editorial Candaya sorpresas literarias que se zafan del adocenamiento con que nos lacera el mercado libresco. La frescura, originalidad y la búsqueda de otros cauces argumentales, estilísticos y expresivos están convirtiendo a Candaya en un referente de la nueva literatura, que ejerce, además, un valiente y tenaz mecenazgo sobre los escritores debutantes. Tal es el caso de La edad media, la primera novela de Leonardo Cano.
En las vísperas del reencuentro de antiguos alumnos del Bosco, el elitista colegio donde estudiaron los protagonistas, el autor contrapone las esperanzas forjadas en aquel tiempo de pupitres, plumieres y vidas por hacer, con la mediocridad y el fracaso vital en que aquéllas han parado, al alcanzarse esa imprecisa “edad media” de la treintena. Para ello, Cano se vale de tres historias cruzadas que convergen al final del libro, aunque están continuamente concerniéndose. La primera de estas historias es la de Fauró, que envía obsesivamente a Julia, a través del correo electrónico, las conversaciones de antiguos chats, que resumen, como rescoldos, la felicidad y la caída de su historia de amor; la segunda la protagoniza Moya, quien lleva una vida anodina como funcionario interino de Justicia; y, entre ambos relatos, la voz de un narrador anónimo describe las vivencias juveniles de los personajes remontándose a su época de estudiantes.
Lo primero que llama la atención de Cano es el difícil y meritorio dominio de los diferentes registros. Los chats de Fauró y Julia están diseñados con una meticulosidad digna de elogio, reproduciendo fielmente cada detalle (erratas, desconexiones, enlaces, y toda su germanía); uno cree de verdad estar asistiendo a una conversación ajena, tal es el nivel de (im)perfección y naturalidad de los diálogos; la historia de Fauró, por lo demás, está inteligentemente dosificada en el relato del paulatino desmoronamiento de su relación amorosa y de su frustración laboral. Cuando el libro, en cambio, regresa a Moya, el lenguaje se vuelve notarial, ralo, premeditadamente gris, monocorde, funcional (memorable el pasaje donde se describen los modos y usos de las grapadoras), lenguaje que comulga y refuerza la vida banal de su abúlico protagonista, anquilosado en el cieno de la burocracia, humillado por sus superiores, por las tareas mecánicas de su profesión y por el ejemplo de otros compañeros del Bosco que, a diferencia de él, sí han conseguido medrar. Nunca un estilo tan plano –conscientemente plano– llegó a ser tan eficaz. En su exasperante diapasón hay un algo a punto de estallar, como se verá. Finalmente, el tercer narrador evoca el pasado estudiantil de los personajes. Y el registro, una vez más, se adapta a su objetivo literario. El abuso inmoderado del polisíndeton confiere a estos pasajes un ritmo atropellado que no sólo consigue reproducir ese lenguaje atolondrado y a borbotones que emplean los estudiantes en sus alocuciones sino también otorgar al relato una sucesión rápida de instantáneas, de flashes, como si de un cinerama vertiginoso se tratase, que casa muy bien con el propósito evocador de estos episodios. Se trata de una evocación más canalla que nostálgica de los años 80 y Leonardo Cano se ha guardado mucho de caer en el catálogo de tópicos en el que tan fácil hubiera sido incurrir, inmersos como estamos en esta especie de revival ochentero y egebeísta que también está alcanzando a la literatura.

La ópera prima de Leonardo Cano es un sumario de renuncias, resignaciones y promesas incumplidas que el propio Moya podría inventariar en ese archivo de vidas a medio hacer que es La edad media

domingo, 22 de mayo de 2016

324. Ninette y un señor de Murcia



Ninette y un señor de Murcia se estrenó en 1964 en el Teatro de la Comedia de Madrid con un  éxito tal que superó las tres mil funciones. Cincuenta y dos años después, el director César Oliva pone en escena de nuevo esta comedia cómico-costumbrista de enredo y demuestra la atemporalidad de la obra de Mihura, que sigue ganándose el aplauso del espectador.
Como es sabido, la fama que adquirió el autor gracias a Tres sombreros de copa le llevó a  buscar la rentabilidad económica mediante un humor blanco, apto para todos los públicos. El propio dramaturgo expresó en reiteradas ocasiones su desconexión de la política y su escaso interés por temas sociales: “Mi obra no responde a ningún compromiso social, porque yo, artísticamente, estoy libre de toda clase de compromisos. Si he elegido esta profesión de comediógrafo (…) es porque en ella puedo expresarme libremente, como todo artista, sin tener que darle cuentas a nadie”. Ahora bien, esta ausencia de compromiso no implica que Mihura, como buen humorista, no tenga recursos para ofrecer una interesante visión de ciertas realidades del momento histórico que le tocó vivir.
La pieza que nos ocupa refleja la represión sexual que se vivía en España en los años 60, fruto de la férrea moral de la época. Para ello, el dramaturgo nos presenta a Andrés, un joven murciano que regenta una papelería en la que se venden artículos religiosos. Tras recibir la herencia de su tía, decide organizar un viaje a París con la ilusión de vivir una aventura con una francesa. Para buscar alojamiento solicita ayuda a su amigo Armando, quien le encuentra habitación en la casa de una familia de exiliados españoles un tanto especiales. Su llegada a la ciudad del amor no puede ser más desastrosa. El hotelito con vistas al Sena es una pequeña habitación en un barrio cualquiera; su deseo de degustar la comida francesa se transforma en engullir cocido y fabada asturiana casi a diario pues sus anfitriones, Bernarda y Pedro, mantienen las costumbres españolas y reniegan de las exquisiteces culinarias  de su país de acogida; sus ganas de salir con chicas se frustran cuando su amigo Armando le propone ir al cine a ver una película rusa… y así mil despropósitos que provocan la carcajada en el espectador. Cuando por fin se decide a recorrer París conoce a Ninette, la hija de Bernarda y Pedro. Es una joven encantadora con la que mantiene una relación íntima, pero que busca cualquier subterfugio para evitar que Andrés salga de la casa y conozca la ciudad. Así, prendado de la joven, va pasando los días encerrado en el piso y aprovechando la ausencia de los progenitores de Ninette para disfrutar de su amor, ¿o es sólo capricho? El enredo se complica aún más cuando la bella joven confiesa que está embarazada. Tras el monumental enfado de sus padres, éstos deciden que la pareja debe casarse por la iglesia –a pesar de su ideología de izquierdas- y que todos se mudarán a Murcia, pues añoran España. El pobre Andrés, que había viajado buscando una aventura, acaba encontrando el lote completo: esposa, bebé y suegros incluidos. Pese a su angustia inicial ante este futuro que se le plantea, se demuestra que el amor de Ninette todo lo puede. Se rinde a su encanto y a ese acento tan dulce con el que le susurra palabras de amor. Sólo queda un interrogante: ¿conseguirá el joven conocer la ciudad del Sena antes de regresar a su pequeña Murcia?
El elenco de actores que dan vida a estos personajes realiza un trabajo muy aceptable. Destaca la interpretación de Natalia Sánchez como Ninette. Con la dificultad añadida de tener que hablar con acento francés, nos presenta a un personaje delicado y amoroso ante el que, lógicamente, cae rendido Andrés, a quien da vida Jorge Basanta. Éste representa perfectamente al joven de provincias que no ha viajado nunca y que llega ilusionado y emocionado a esta gran ciudad. Busca la luz de París, ese libertinaje que tan prohibido está en España. Acepta con resignación “cristiana” la frustración de sus planes, pues acaba viviendo una especie de secuestro amoroso. Por otra parte, el prototipo de exiliados españoles que no llegan a adaptarse del todo a su nuevo país está encarnado en la pareja formada por Miguel Rellán, quien defiende a ultranza sus ideas de izquierdas y toca la gaita en cualquier ocasión para no olvidar sus raíces asturianas y Julieta Serrano, una verdulera muy habladora. Quizás ésta sea la interpretación más floja, pues en la obra de Mihura Bernarda aparece como una señora con un carácter muy fuerte y envolvente, mientras que en la actuación de Serrano parece que falta energía. Por último, Armando cobra vida en la figura de Javier Mora, quien representa al español joven, gruñón y quejica, que aparenta estar integrado en el ambiente parisino pero no deja de ser un hombre sin rumbo, casi sin amistades a las que recurrir.

En definitiva, la compañía La Ruta presenta una puesta en escena fiel al texto de Mihura con un resultado óptimo. Se trata de una pieza amable que nos regalará un rato de diversión plagado de sonrisas y entretenimiento y que nos ofrece la posibilidad de disfrutar de una obra de uno de los grandes  integrantes de “la otra Generación del 27”, caracterizada por su tendencia al humor y a la evasión. Tan lícito es el compromiso social como el entretenimiento. En el equilibrio entre ambas posturas radica el éxito y el buen espectador de teatro sabe combinar ambas tendencias cuando decide a qué tipo de función desea asistir, pues autores humorísticos los hay de todos los tipos y calidades y Mihura es uno de los grandes. De eso no hay duda. 



domingo, 15 de mayo de 2016

323. Intonso



En los anaqueles de mi biblioteca doméstica hace ya algún tiempo que reposan, medio olvidados, varios libros intonsos; ya saben, esos libros que se encuadernan sin cortar los pliegos de sus hojas, lo que impide la lectura hasta que el propietario se decide a cortarlos. Ya no recuerdo si mis libros intonsos están durmiendo el sueño de los justos porque otras lecturas más urgentes se impusieron, o si ha sido mi torpeza antológica con los trabajos manuales la que ha dejado para mejor ocasión tan delicada cirugía. En realidad no los tengo tan olvidados. De vez en cuando los rescato de las estanterías y me cuelo entre los resquicios que dejan los pliegos para atisbar las palabras escondidas. Se podría considerar un acto de voyerismo literario.
El libro intonso tiene el encanto de certificar a su dueño que nadie antes que él ha leído el ejemplar. En la satisfacción que produce esa fidelidad hay todavía algún residuo oscuro del amor posesivo, aunque sin la necesidad de refrendarla con el carmesí de un pañuelo. También la atracción del ser humano por la primera vez; el primer pie en la luna, el primer arqueólogo en la pirámide, el primero en tomar unos labios; el primero en leer un libro. Tiene algo de profanación, aunque la herejía lo es menos porque el ritual se sacraliza en el acto místico de esa primera lectura, que nos convierte en sumos sacerdotes: “acaba ya si quieres / rompe la tela de este dulce encuentro”, parece decirnos, lúbrico, el libro intonso.
Hay también libros intonsos que, aunque técnicamente no lo son, en la práctica están destinados a serlo. Me refiero a todos aquellos libros que no leeremos jamás. De la condición finita del ser humano esa es una de mis mayores desazones: la de saber que habrá lecturas que no llegaré a vivir. Pedimos cita con aquellos libros que hay que leer al menos una vez en la vida, y el funcionario del tiempo, huraño e indiferente, nos expide una papeleta con fecha más allá de la muerte. Libros maravillosos, solícitos, dispuestos a entregársenos, títulos que son promesas, aguardando su turno de volver a ser, de ser en nosotros; y, sin embargo, muchos de ellos, libros intonsos, cosidas sus páginas por la negra hilandera. Intonso, seguramente también, el libro que nunca escribiré.
La vida es en sí una edición intonso en cuyo índice se hace la relación de nuestras renuncias. Pero somos aún dueños del tiempo que se nos ha dado. Y no sólo para leer. También para escribirnos. El “te quiero” que no decimos es una lengua intonsa; la caricia que no damos es una mano intonsa; el perdón que no otorgamos es un corazón intonso; el sacrificio que no ofrendamos es una voluntad intonsa; el error que perpetuamos es una memoria intonsa; la sumisión a que nos humillamos es una libertad intonsa; los ojos que miran hacia otro lado dan una mirada intonsa; la esperanza que desdeñamos es un alma intonsa.

Con un pequeño abrecartas he cortado cuidadosamente los misteriosos pliegos de mi libro. Ya este libro que sostengo, abierto sobre el regazo, se ha mostrado al mundo por vez primera. La luz que entra por la ventana se enseñorea sobre la tinta de sus palabras y reverbera sobre el blanco inmaculado de la página. Este libro ya no es un libro. Es una aurora. Dejó de ser intonso.