lunes, 14 de enero de 2019

429. Un cura, una confitería y un ratón.



El Ratoncito Pérez cumple oficiosamente en España 125 años. Aunque probablemente su acta de nacimiento se remonte a bastantes años antes (la baronesa d’Aulnoy ya escribió en el siglo XVIII un protorrelato titulado El buen ratoncito y Galdós en La de Bringas, novela de 1884, había comparado a su protagonista Francisco de Bringas con el famoso roedor) es con Luis Coloma cuando la tradición cobra carta de naturaleza en nuestro país. En 1894, el jesuita, conocido sobre todo por su libro Pequeñeces, escribió para el futuro rey Alfonso XIII, que entonces contaba 8 años, un cuento circunstancial relacionado con la pérdida del primer diente del joven infante. En el cuento, Alfonso es llamado Buby, apelativo cariñoso que parece usaba con él la reina regente María Cristina. Al perder su diente, Buby recibe la visita de Ratón Pérez, a quien el futuro monarca aguarda despierto. Cuando aquel hace acto de presencia, Buby y Pérez conversan animadamente, refiriéndole el ratón su vida. Así, sabemos que Pérez tenía dos hijas casaderas, Adelaida y Elvira, y un hijo adolescente, Adolfo, que seguía la carrera diplomática. También cuenta sus andanzas en la Real Academia Española, ratón de biblioteca también, donde en menos de una semana había devorado tres manuscritos inéditos. Tras la conversación, como ya era tarde, Ratón Pérez decide despedirse de Buby pues tiene que acudir a la calle de Jacometrezo (calle madrileña que atesora numerosas referencias literarias donde se hallará, por ejemplo, años después, la pensión que alojará a Azorín y desde cuya ventana verá la sala de máquinas de El Imparcial, soñando con llegar a trabajar allí algún día) para recoger el diente de un niño pobre llamado Gilito, cuya casa estaba custodidada por el temible gato don Gaiferos. Buby muestra sus deseos de acompañar a su nuevo amigo y éste accede no sin antes convertir a Buby en otro ratón. Juntos atraviesan cañerías y agujeros hasta llegar al sótano de la tienda de ultramarinos de Carlos Prast, atestada de quesos. En una caja de galletas Huntley tenía su vivienda la familia de Pérez. La tienda de Prast, luego prestigiosa confitería citada por Galdós en La desheredada y en Lo prohibido, y por Pardo Bazán en el cuento En tranvía, se hallaba en la calle del Arenal, número 8, y hoy una placa recuerda que fue allí done vivió nuestro ratón. Allí conocemos a la esposa y a los dos hijas, afanadas en sus tareas de labor vigiladas por el aya Miss Old-Cheese y al disoluto Adolfo, amigo de las modas extranjeras, siempre en el club de póker, jugador de tenis y polo. Tras las presentaciones, se dirigen finalmente a la mísera casa de Gilito, sortean a don Gaiferos y dejan la moneda de oro bajo la almohada del infortunado niño. La visión de  pobreza de la familia deja una huella indeleble en el futuro rey que, desde ese momento, se propondrá gobernar atendiendo a las necesidades de los más desfavorecidos. Cuando regresa a palacio y Buby queda dormido, no sabe, al despertar, si todo ha sido sueño o realidad. Pero debajo de la almohada halla un estuche con la insignia del Toisón de Oro, que pronto olvida acordándose de la pobreza del niño Gilito y todos los Gilitos del mundo.
El cuento del padre Coloma transita entre la ternura, el sentido del humor y la fina ironía. Y es tanto un cuento como un minúsculo tratado del buen gobierno, con su sentido ético y misericordioso destinado a conformar el espíritu del futuro rey. En el pórtico del relato escribe Coloma: “sembrad en los niños la idea, aunque no la entiendan: los años se encargarán de descifrarla en su entendimiento y hacerla florecer en su corazón”.

Para mi sobrina Martina, sin dientes aún, pero que ha llegado al mundo para comérselo.



lunes, 7 de enero de 2019

428. Crítico y escritor



A los columnistas que colaboramos de forma regular en diferentes periódicos nos suelen colocar, presidiendo la sección, una foto del careto acompañado del nombre y profesión del articulista en cuestión. Pues bien, en uno de esos medios, hasta no hace mucho tiempo, aparecía, efectivamente, mi fotografía y mi nombre. Respecto a la profesión, el encabezado rezaba “crítico y profesor de Literatura”. Cuando, tiempo después, se desveló que también me dedicaba a la escritura de creación, que había quedado finalista en un premio literario importante y que dos editoriales se habían comprometido ya a publicarme las dos novelas que aguardan su turno en el cajón, les faltó tiempo en el periódico para eliminar de cuajo mi labor como docente. Ya había dejado de ser “crítico y profesor de Literatura” para pasar a ser “crítico y escritor”. Y todo ello, siendo yo todavía un inédito sin obra alguna en las librerías. Resulta curioso que se me defina con los dos únicos oficios que no me dan de comer y que, por el contrario, se prescinda del único verdaderamente retribuido. La anécdota no es baladí. Demuestra el escaso prestigio social que a día de hoy se les confiere a los profesores. Y, a la vez, el que aún parece detentar el oficio de escritor. A quien se le ocurriera el trueque debió de pensar que eso de “escritor” le daría más caché a la columna que el simple “profesor”. A todo esto, yo no soy ni crítico ni escritor. Me considero, más bien, lector voraz y exigente, y diletante de las letras en mis ratos libres, inédito aún, como dije. Así que mi nombre figura al lado de una suerte de fantasmagoría profesional. ¿Seré yo ese del que hablan? Es signo de estos tiempos contradictorios: todo el mundo coincide en pensar que los grandes males de nuestro país tienen que ver con la educación pero a nadie le importa un pito la educación.
Pero la anécdota da aún para más. Si, como parece, en poco tiempo podré decir (con mucho rubor, respeto y notable incredulidad) que soy, efectivamente, escritor (aunque sea de segunda) entrarán en liza dos oficios cuya simultaneidad resulta embarazosa. Pues claro que se puede ser escritor y crítico literario. Para eso, sigo la máxima lopista de que “quien lo probó lo sabe”. Y hay innúmeros escritores que han ejercido, a su vez, la crítica literaria con excelente solvencia. Pero queda la duda sobre si, una vez quede expuesto en la palestra literaria, el crítico elaborará sus reseñas con el mismo escrúpulo y exigencia con que lo hacía antes de ser escritor. ¿Nacerá en él cierto proselitismo gremial? ¿Temerá, él, escritor imperfecto, recibir su dosis de vituperios y se guardará, por tanto, de hacer lo mismo por si acaso? ¿Será, en definitiva, honesto? Y al revés: ¿la exigencia del crítico que ha educado el gusto literario y la severidad de juicio, hará mella en el escritor? ¿Le apocará? O, por el contrario, la exigencia demandada a los demás, ¿permitirá, por coherencia, que ahora él escriba un libro meritorio por el celo de no incurrir en los errores que en su día censuraba en los otros? ¿Y si ese celo no le permite avanzar en la escritura? ¡Ay,Dios! ¡Qué tribulaciones! ¿Y si me quedo como estaba y le pido al redactor jefe del periódico que me devuelva el antiguo “profesor de Literatura”?

lunes, 31 de diciembre de 2018

427. 'El castigo sin venganza'



La intrahistoria de El castigo sin venganza, de Lope de Vega, está envuelta en una serie de anomalías que ha desatado entre los estudiosos, desde hace tiempo, todo tipo de especulaciones. En primer lugar, desde la fecha del autógrafo (1 de agosto de 1631) hasta el visto bueno de la censura, pasan 9 meses. Después, la obra tardó en representarse un año largo y, cuando lo hizo, disfrutó de una sola representación. Tal fue así que Lope tuvo que imprimir en 1634 la obra suelta (y no en agrupaciones antológicas como era costumbre), para dar satisfacción a todos aquellos que no habían podido asistir a su estreno y a los que había llegado, por boca de los pocos afortunados que sí la habían visto, la ponderación de su enorme calidad. Así, pues, El castigo sin venganza acabó por pasar de ser una obra para ser representada a convertirse en una obra destinada a ser leída. Los pormenores de esta extraña causítica darían para otro artículo pero es probable que Lope hubiera perdido el favor de la corte tras su frustrada competencia con José Pellicer por hacerse con el cargo de cronista o porque la obra incluyera, en la historia del duque de Ferrara, algún tipo de alusión velada a otro affaire amoroso de persona principal.
El argumento, que se remonta a un hecho histórico y que aparece literaturizado en las Novelle de Bandello, es bien conocido. Federico, el hijo bastardo del duque, y  Casandra, su madrastra, se enamoran. Cuando el duque conoce estos amores urde un plan para que ambos mueran: deja a su mujer maniatada y sin sentido bajo un manto e insta a su hijo a dar muerte al bulto alegando que es un conspirador. Cuando Federico obedece y da muerte, sin saberlo, a Casandra, el duque hace prender a su hijo y le acusa de haber matado a su madrastra por temor a quedar desheredado por el hijo legítimo que ella esperaba. El duque perpetra, así, su castigo sin venganza, es decir, oculta la doble deshonra que ha sufrido (el adulterio de su mujer y la deslealtad incestuosa de su hijo) y enmascara su acto en las leyes políticas y sociales, dejando al margen su afrenta privada.
Helena Pimenta se despide de la Compañía Nacional de Teatro Clásico con una nueva versión del grandísimo Álvaro Tato. Y lo hace fiel a uno de sus sellos de identidad: los juegos espacio-temporales. Tal y como hizo con La verdad sospechosa, de Ruiz de Alarcón, adapta los vestuarios para ambientarnos en la corte de Ferrara, donde el coro se comporta como una caterva de oscuros gángsteres y el duque, sentado en su silla de barbero a modo de trono, ostenta su poder altivo pero vulnerable, como un Albert Anastasia redivivo. Joaquín Notario interpreta con maestría la desazón del duque por su fama licenciosa y el conflicto interior por la terrible decisión que debe tomar; Beatriz Argüello desata la feminidad herida de Casandra con desgarradora dicción; Rafa Castejón se apropia de las dudas de Federico con enorme intensidad dramática; y Carlos Chamarro adopta con espléndida solvencia la ambivalente comicidad de Batín, un gracioso ya muy distinto del canónico, que no puede soslayar la parte de la tragedia de la que es testigo. La escenografía es acertadísima, con las veladuras que esconden el incesto y el juego de espejos, tan importantes en el autógrafo, que Pimenta explota para realizar un interesante ejercicio de perspectivismo. Todo en la obra es digno de encomio. El elenco de la Compañía es de otro planeta. Todos sus actores han sido regalados con un don, que quintaesencian con su trabajo titánico y entusiasta y del que ya quisieran disponer para sí los actores mediáticos del cine y la televisión. Su merecido éxito, bien merece un brindis en el Decadente.


 Con los actores de la Compañía Nacional de Teatro Clásico, tras su maravillosa actuación en el Teatro de la Comedia representando El castigo sin venganza, de Lope de Vega. Magníficos actores y bellísimas personas.
De pie, de izquierda a derecha: Carlos Chamarro (Batín), Javier Collado (Marqués de Gonzaga) y Beatriz Argüello (Casandra). Debajo, Fernando Trujillo (coro).
 

lunes, 24 de diciembre de 2018

426. La escondida senda



Estoy seguro de que mi afición por la prosa demorada, por las descripciones morosas y por la melancolía literaria proceden de los relatos que leí en mi época de escolar a través de los libros de texto de la colección SENDA. Durante la década de los 80, la editorial Santillana lanzó una colección de manuales de lectura que obtuvo la buena acogida de los centros educativos de la extinta y añorada EGB. Es difícil que alguien de mi generación no reconozca con una punzada de nostalgia las tapas marrones de aquellos libros, en cuyas portadas aparecían Pandora, el remolque Rulot o el caballo Clavileño, entre otros personajes de nuestra iconografía infantil. Creo que fue en las páginas del SENDA 4 donde hallé aquel relato de Ignacio Aldecoa que me marcaría para siempre y que se titulaba “Solar del paraíso”. En él, el escritor vitoriano se detenía en una estampa desoladora de un paisaje agreste entre dos puentes tras la crecida de un río. El texto evocaba, después, los tesoros que los niños hallaban cuando el cauce volvía a su pobre caudal, entre el cieno y los juncos. Literatura de arrabal para lectores expertos en la exploración de los descampados. Además de su calidad literaria, todo aquel relato estaba revestido de una devastadora sensación de extrarradio que pellizcaba el alma, aunque yo entonces, en mi ingenuidad infantil, no supiera ponerle palabras a aquella sensación de grisura irremediable. La misma que sentía al leer “El faro”, de George Toudouze, escritor francés hoy prácticamente olvidado. Ignoro si el antólogo de los SENDA sufría algún tipo de depresión en cuyo tamiz cribase la selección de aquellos textos, pero yo agradezco la sensibilidad de aquellas primeras lecturas, adultas antes de tiempo, porque fue allí, entre aquellas palabras de acíbar, donde eduqué el gusto literario y donde se me inoculó, como un dulce veneno, la savia medicinal de mi naturaleza melancólica, compañera tantas veces en la lectura cómplice de mis maestros más queridos. Hoy, cuando nuestros hijos están entre los algodones de una sobreprotección hedonista –siempre la felicidad como parámetro innegociable– sería impensable que un pedagogo incluyera un texto como el de Aldecoa entre las lecturas de un niño de 10 años. Como si hubiera que extirpar la melancolía a toda costa, como si ésta no formara parte, también, de la dimensión espiritual del ser humano y no tuviese, entre sus virtudes, la de recordarnos nuestra reivindicación trascendente, usurpada quién sabe en qué etapa de nuestro arcano primigenio.  Tampoco los niños lo entenderían, para qué nos vamos a engañar, igual que un adolescente no entiende ya los libros de Salgari, de Verne o de Kipling. Signo de nuestro tiempo, como lo es también que la colección SENDA se pueda obtener hoy en Internet a precios de escándalo entre los especuladores de la nostalgia, que la mercantilizan como se mercantiliza todo hoy en día. Yo, que perdí mi SENDA, –ay, tantas veces la he perdido–, en los sumideros del tiempo, me arrepiento tanto de no haber conservado aquellos libros… Pero me alivia algo pensar que viven dentro de mí, a salvo de las trituradoras, y que afloran siempre que, con Fray Luis de León, escojo la escondida senda del recogimiento, y los SENDA se hacen senda, otra vez, cubierta de hojas amarillas que crujen a mi paso, y es la página del libro que crepita entre mis manos para el frío del invierno.


lunes, 10 de diciembre de 2018

425. La Constitución es de las plazas



Estatua de la Plaza de la Constitución de Bonavista (Tarragona)

La celebración de los 40 años de la Carta Magna y la restauración de la estatua que preside la Plaza de la Constitución de Bonavista, me han llevado a recordar la historia de nuestro primer Teatro Principal, derruido en 1964, y cuya fachada, como se sabe, estuvo coronada por la escultura de marras antes de ocupar su emplazamiento definitivo en el carismático barrio de Poniente.
Está atestiguado que Tarragona dispuso de teatro ya en 1636 vinculado al Hospital de la ciudad, que usaba la taquilla de los espectáculos como fuente de ingresos. Esta práctica era habitual entre los hospitales catalanes. Ya en 1587, un Real Privilegio de Felipe II aprobaba una subvención para pagar a los comediantes que actuaban en el teatro anejo al Hospital de la Santa Creu, en Barcelona, con el fin de garantizar el beneficio neto de los espectáculos. También los hospitales de Reus y Valls siguieron esa costumbre. En el Llibre del Consolat del 29 de abril de 1636 se dice, respecto al edificio de comedias del Hospital de Tarragona, que se hace necesaria “una casa y aposento per els comediants per a que quant vingessen comediants, puguessen representar ab comoditat, per lo que diuhen a de resultar molt profit per la dita casa del Hospital”. Esta crónica podría colocar al teatro de Tarragona como el más antiguo de Cataluña tras el del Hospital de la Santa Creu de Barcelona. La historia de aquel primer teatro tarraconense, que compartía edificio con el hospital, está jalonada de curiosas anécdotas. En 1667 se constata la presencia de comediantes en la ciudad, “puix an ficat cartells o titols per los cantons de la Ciutat”, y las autoridades instan a la compañía a que actúe en el espacio del hospital y no en la calle, pues por aquel tiempo se estaban realizando actos de plegarias para combatir la sequía. En 1675, el salón de comedias fue utilizado como cárcel para los presidiarios franceses que habrían participado en la Guerra dels Segadors. En 1733 se sabe que actuó en el teatro la compañía italiana de los Trufaldines, cómicos dell’arte que influyeron decisivamente en importantes dramaturgos españoles del siglo XVIII como Antonio de Zamora y José de Cañizares y precursores de la “comedia de magia”, que cosechó enorme éxito durante toda la centuria. En 1820, se decidió ampliar el teatro del hospital de Santa Tecla, construyendo un edificio exento en la calle Comte de Rius. El proyecto corrió a cargo de Vicenç Roig, escultor, a su vez, de la estatua de la Constitución que erigiría en lo alto de la fachada del teatro, y conocido también por su Presentació al temple, altorrelieve de la capilla de la Presentación de la Catedral de Tarragona, o por sus dibujos sobre la Guerra de la Independencia que se conservan en el MNAT, en cuya fundación contribuyó decisivamente. La estatua del teatro tuvo que ser remodelada cuando llegó la reacción absolutista, cambiando el libro de la Constitución de 1812 que sujetaba la diosa en las manos por una lira; se evitaba así su destrucción. Tras la demolición del teatro en 1964, la estatua quedó olvidada en los almacenes municipales de la Plaça del Pallol durante 20 años. En 1984, de nuevo con la Constitución en las manos, la estatua fue colocada en Bonavista. Su nueva vida vinculaba ahora la Constitución de Cádiz con la de 1978 y se convertía en el primer monumento de la ciudad que conmemoraba la Carta Magna. Quizás los avatares de la estatua sean signo de su verdadero destino. La Constitución no se hizo para mirarnos desde las alturas en la fachada de un teatro, sino para mezclarse con las gentes en el ágora de su pueblo, que es la plaza pública. Yo, que nací el mismo año que la Constitución, me detengo a veces a contemplar la estatua más emblemática de mi barrio, mientras oigo los gritos libres de la chiquillería jugando en la plaza. Y pienso en los absolutistas del siglo XIX y no veo muchas diferencias con los absolutistas del siglo XXI. Y miro orgulloso a mi barrio, aguerrido custodio del libro que sujeta la diosa en las manos, que no es una lira, pero como si lo fuera.



Plaza de la Constitución de Bonavista (Tarragona), con la estatua de espaldas.


Antiguo Teatro Principal de Tarragona. La estatua de la Constitución luce coronando la fachada.



lunes, 3 de diciembre de 2018

424. Colette



Lo mismo ya no llegan ustedes a tiempo. ¿Un biopic sobre una escritora francesa de principios del siglo XX? ¿Estamos locos o qué? Estas cosas duran en el cine lo que tarda en llegar a las salas la nueva bazofia de turno, esta sí, anunciada con toda la pompa de la mercadotecnia cinematográfica para atender la demanda del espectador adocenado, que es lo que vende. El infame blockbuster –así, en inglés, que mola más–, irrumpe avasallador acaparando varias cabinas de proyección, y ya de Colette sólo queda el recuerdo fugaz de su paso por la cartelera para medicina de cuatro raritos letraheridos.
La nueva película de Wash Westmoreland, repasa una parte de la vida de Sidonie-Gabrielle Collete (1873-1954), la escritora que cautivó a los lectores franceses con la saga de sus novelas protagonizadas por Claudine, trasunto velado de sus propias experiencias biográficas, y que firmaba su marido Henry Gauthier-Villars, más conocido como “Willy”, llevándose él todo el mérito del talento de su esposa. La vida licenciosa de Willy, mujeriego y derrochador, acabó por rebelar a Colette contra su marido, hasta el punto de desvelar a la sociedad francesa el escándalo de la falsa autoría. La película, como no podía ser de otra manera, está rodada con la pulcritud, elegancia y estilo canónico al que nos tiene acostumbrados el cine británico. El riesgo de convertir la cinta en una  reivindicación feminista de las de nuevo cuño, es evitado por el director mediante una ajustada dosificación de la necesaria denuncia que sortea con eficacia el peligro panfletario. No obstante, es posible que el linchamiento moral que se busca para con el caradura de Willy, se haya cobrado alguna inexactitud histórica. Por ejemplo, cuando Willy vende los derechos de las Claudines a la editorial Ollendorf sin el permiso de Colette, quizás Wesmoreland se haya tomado algunas licencias, pues, si no me equivoco, fue la misma Colette quien negoció esa venta en 1909, cuatro años después de haberse divorciado. No obstante, conviene corroborar este dato en la imprescindible biografía que sobre la escritora francesa publicó Judith Thurman, editada en España por Siruela en el año 2000. A la película quizás le falte algo de la chispa que reclamaba una figura compleja y poliédrica como la de Colette. Quizás tenga algo que ver con ello el hecho de que sólo se narre un período de su vida, hasta el divorcio con Willy. Quedan en el tintero una mayor exploración de la bisexualidad de la escritora, su sensualidad, su relación con Henry de Jouvenel, redactor jefe de Le Matin, su labor como enfermera durante la I Guerra Mundial, la escandalosa relación con el hijo de Jouvenel, su colaboración con el compositor Ravel, sus posteriores éxitos literarios, su reconocimiento académico, y hasta su muerte, que fue todo un funeral de Estado, sin la participación de la Iglesia, que se negó secundar los honores por considerar inmoral la vida desordenada de la escritora. Sin embargo, el pasaje de su vida que es resumido en la película se ajusta muy bien a la experiencia que la propia Colette recoge en su primera obra más allá de las Claudines, La vagabunda, novela, por cierto, de una lozanía y elegancia deliciosas, y que relata la experiencia de la escritora como artista del music hall tras independizarse de Willy, y su relación tormentosa con éste. Diálogos brillantes, estupendas interpretaciones de Keira Knightley y Dominc West, notable fotografía y excelente ambientación, Colette es una noble recuperación de una de las figuras señeras de la literatura francesa. Willy iría a ver alguna peli de superhéroes.



lunes, 19 de noviembre de 2018

423. 'Pájaros de niebla'



Cuando uno se topa con un prólogo de la extremada calidad con la que Juan Carlos Elijas ha escrito el suyo, el reseñador tiene ya poco más que añadir. Debiera, pues, limitarme a decir amén y a no incurrir en redundancias o matizaciones que siempre acabarían por desmerecer un preámbulo prácticamente perfecto. Reconforta sobremanera hallar a personas como Elijas, que todavía creen en el trabajo bien hecho, cargado de compromiso y respeto, riguroso e inteligente, tan lejos de esos otros prologuistas que cubren el expediente con cuatro generalidades y luego estampan su nombre en la portada de un libro que no es suyo para seguir acumulando méritos. En el caso que nos ocupa, Jaume Palau, el beneficiario del prólogo de Elijas, debiera sentirse enormemente agradecido y hasta abrumado. Es lo que sentiría yo ante un regalo así.
Pero Pájaros de niebla (Silva Editorial), tiene más cosas además de su magnífico prólogo, y de ellas habrá que hablar, aunque sea someramente, en el poco espacio de que disponemos aquí. Del nuevo libro de relatos de Jaume Palau podemos empezar diciendo algo que ya sabíamos: que el autor tarraconense domina con insultante solvencia los difíciles resortes narrativos del género. Su lectura, pues, se desliza, eficaz, con la naturalidad de quien hace sencillo lo dificultoso, de tal manera que uno llega al final de cada relato mecido por la hipnosis de una prosa ensamblada para el viaje peregrino de los ojos. Pero si el viaje es placentero por el traqueteo confortador del tren de las historias sobre las traviesas de las palabras, en cada estación donde se detiene, observamos la desolación de los viejos apeaderos de la vida, con su abandono y decadencia y su señorío de abrojos. Porque Pájaros en la niebla es la lírica de la renuncia y de los sueños rotos, del hastío y de la vida sin horizontes. Ya el primer relato constituye un pórtico que podría funcionar como poética de la obra. Personajes desnortados, sujetando la inútil brújula de la pérdida, desfilan por el libro como fantasmas, como meros sobrevivientes de una frustración que los fagocita. Y no importa la clase social a la que pertenezcan, desde el drama de las favelas a los falsos oropeles de los lujosos hoteles, apartamentos y cruceros, la mayoría de personajes se enfrenta a algún tipo de abismo: la insatisfacción vital, el fracaso, la miseria, la enfermedad, todo ello vertebrado siempre en un innegociable sentido ético. Especialmente atractivas son algunas evocaciones históricas, tremendamente sugestivas, como las de Qin Shi Huang y sus guerreros de terracota o la historia bíblica de Yrit, narradas con esa reminiscencia a la tradición y a la oralidad, así como algunas estampas poéticas, como aquella evocación otoñal o aquella otra que cierra el libro y que guarda resabios de la delicadeza oriental. Al libro, quizás, le haga falta alguna poda de algunos relatos que perjudican al conjunto. Y debiera tenerse cuidado también con algunos pasajes próximos a la literatura de autoayuda (“La cometa”) y a algunos finales efectistas que pueden resultar algo impostados. El final, por ejemplo, del relato “Pájaros de niebla”, es tan efectista como inverosímil, y aunque no se nos escapa su sentido último, creo que la magnífica crudeza, casi naturalista, de sus páginas previas, reclamaba un final en el mismo tono, sin concesiones, por esta vez, a la literatura. Con estas salvedades que, por supuesto, responden únicamente a la opinión personal de quien esto escribe, el libro de Palau conecta con el lector porque, a la postre, todos somos pájaros con alas de trascendencia, pero abrumados por esta espesa, inmisericorde niebla, que es vivir.

lunes, 12 de noviembre de 2018

422. Es sueño y es dorado



Cuando la luz se posa sobre los objetos del mundo, cuando los acaricia, cuando los baña con su liturgia jubilar, con su milagrosa epifanía, les confiere carta de naturaleza, los corporeiza, les da la existencia misma; en cierta forma, se apiada de ellos, de su condición humilde y perecedera.
Esa misma luz es la que viene deslumbrándonos desde hace años, abriéndose paso por entre los intersticios de los versos de José Luis Vidal y alcanzando el cenit de su resplandor en aquella inolvidable y maravillosa antología preparada por Antonio Moreno titulada El señor de los balcones. La luz de Vidal, que es también patrimonio de su insuperable bonhomía, es motivo recurrente de su poesía, también en su último poemario, En el sueño dorado (Renacimiento). Una luz tutelar, nutricia, madre. Por eso, cuando la luz declina en sus poemas sobre el atardecer, los objetos del mundo se aferran a las últimas hilachas de fulgor para evitar su holocausto ontológico (“Cómo se aferran las encinas / entre cadáveres de luz, / cómo se aferran”). Los amaneceres, en cambio, son una cosmogonía demiúrgica y misericordiosa: “Por esta luz / que vence mis recelos / me levanto, / abro los ojos /. Y en el fulgor / de la mañana que bosteza / y se viste de huesos, carne, piel… / veo solo un amor / que está al principio / y al final / de todo lo que ocurre”. La luz, además, es la constatación de la belleza del mundo (“la cosecha de mis ojos”), y permite detenerse en los instantes. La poesía de Vidal adquiere entonces una actitud estática y extática, contemplativa; las cosas son aquí y son ahora y simplemente suceden: “Oigo, / y solo escucho. / Veo, / y solo miro. / Está todo tan cerca… / Y no tiene importancia”. En ese recogimiento próximo a una suerte de misticismo laico, el objeto evocado queda trascendido de su naturaleza física e individual para formar parte del todo, y con él el poeta mismo, que se siente partícipe del cosmos en comunión con todo lo creado hasta confundirse con esa totalidad: “Ya es posible ser rico, / ya es posible ser mundo / de tu entraña creadora / y preguntarte, cielo”.
El poeta no es más que uno más de los seres agradecidos por la bendición de la luz. Se trata de una poesía celebratoria, de corte guilleniano (hay, incluso, un poema titulado “Mediodía”). En el poema “Sucede”, el poeta paseante descubre la vida que sucede alrededor, se empapa de ella, y cuando termina su paseo, se detiene sobre una roca y en ella dirige la mirada sumisa a sus pies de peregrino y baja los párpados, amorosamente agradecido.
Sin embargo, el poeta no puede evitar la desazón al constatar su propia finitud, la extinción de la belleza amenazada por la muerte, y su anhelo de trascendencia se le impone como una nostalgia de nuestra razón de ser primigenia. En el poema “Heno”, el color dorado del forraje (nunca amarillo) es la promesa de la luz sólo atisbada pero nunca conseguida en su plenitud. El heno, en su humildad estabular, es trasunto del hombre y su limitación. Es entonces cuando el poeta se rebela contra su destino: “Non moriar”, se titula uno de sus poemas, “mi cuerpo no se extinguirá”, dice en “Seda”, y se agarra a las palabras, único asidero tan desesperado como inútil para defenderse de la muerte. Así, las palabras, “gritan / como cerezas / en la boca. / Se arrugan / como flores / bajo el soplo / de la luz”.  Porque el hombre y su carne pueden ser también bellos y merecen reivindicarse: “Vuestros cuerpos… a veces / emiten, al azar, / unas notas hermosas / de afortunado amor. / Y entonces son más grandes / que vuestros corazones”. Pero la muerte es una verdad demasiado cierta: “Esta tierra que cruzo / me llama a cada paso; / quiere mi longitud, no mi altura”. Y el extraordinario último poema, casi un descenso a la verdad, porque a la verdad siempre se desciende, nunca se asciende, es una asunción valiente de la fatal evidencia. El libro de Vidal es, pues, ese engaño en donde nos debatimos. Leer a José Luis Vidal es leer el tuétano de lo que somos, en la gloria y en la miseria de esta áurea aventura de vivir, relegada a dorado. Relegada a sueño.


 



lunes, 5 de noviembre de 2018

421. El cementerio está dentro



Como la Literatura suele obrar estos milagros, mi puente de Todos los Santos ha sido más bien un viaducto hacia el pasado levantado por los ingenieros del tiempo y de la nostalgia. Así que, transitando su piso de adoquines, jalonado mi paseo por su balaustre con las efigies de mis propios santos laicos, he llegado hasta el Día de Difuntos de 1836 y me he encontrado a Mariano José de Larra, afanado sobre el escritorio de su despacho, en el número 3 de la madrileña calle de Santa Clara, patrona, por cierto, de las telecomunicaciones,  con expresión cariacontecida y desazón de espíritu. Apenas unos meses antes, Larra había perdido su escaño como diputado por Ávila tras el Motín de La Granja de San Ildefonso (seguimos con los santos), quizás la última tentativa de sentirse útil y partícipe en la regeneración de la deteriorada vida política y social de aquella España desnortada, más allá de sus acerados artículos en El Español. Tampoco van bien las cosas con Dolores Armijo. El opúsculo de hoy expulsa la bilis negra de su tribulación: es día de Todos los Santos y él es un muerto más por quien tañe el bronce herido de las campanas. ¿Sólo él es el muerto? “Vamos [dice para sí], ¿dónde está el cementerio? ¿Fuera o dentro? Un vértigo espantoso [se apodera de él y comienza] a ver claro. El cementerio está dentro de Madrid. Madrid es el cementerio […]¡Necios! –decía a los transeúntes–. ¿Os movéis para ver muertos? ¿No tenéis espejos por ventura? […] ¡Miraos, insensatos, a vosotros mismos, y en vuestra frente veréis vuestro propio epitafio! ¿Vais a ver a vuestros padres y a vuestros abuelos, cuando vosotros sois los muertos? Ellos viven, porque ellos tienen paz; ellos tienen libertad, la única posible sobre la tierra, la que da la muerte; ellos no pagan contribuciones que no tienen; ellos no serán alistados ni movilizados; ellos no son presos ni denunciados; ellos, en fin, no gimen bajo la jurisdicción del celador del cuartel; ellos son los únicos que gozan de la libertad de imprenta, porque ellos hablan al mundo. Hablan en voz bien alta y que ningún jurado se atrevería a encausar y a condenar. Ellos, en fin, no reconocen más que una ley, la imperiosa ley de la Naturaleza que allí les puso, y ésa la obedecen”. Viene luego una enumeración de los nichos y mausoleos de Madrid con sus correspondientes epitafios: el Palacio Real, la Constitución (“el cuerpo del santo se trasladó a Cádiz en el año 23”), la comercial Calle de Postas, la Inquisición, (“hija de la fe y del fanatismo: murió de vejez”, aunque sospecha de su resurrección), los periódicos, en cuyo epitafio se aprecia, en relieve, una cadena, una mordaza y una pluma (¿la de los escritores o la de los escribanos?) o los Ministerios, cuya lápida reza: “Aquí yace media España; murió de la otra media”; años más tarde Machado escribiría sus célebres versos: “Una de las dos Españas / ha de helarte el corazón”. ¿Les suena todo esto? Pues de ello hace casi un siglo y medio.
Poco más de un año después, Larra confirma su vocación de muerto. Su hija Adela, de seis años, halla el cadáver de su padre cuando se disponía a darle las buenas noches. Se había descerrajado un tiro en la sien. La Juventud Literaria costeó el sepelio y evitó que Larra, como suicida, sufriera un entierro de misericordia. En 1944, Dámaso Alonso publica Hijos de la ira. Abre el libro el poema “Insomnio”: “Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres”, reza el primer verso. En la época de Larra había menos de 152.000 habitantes en la villa. Ya se sabe: los cementerios crecen. Los pueblan los vivos.

lunes, 29 de octubre de 2018

420. La "P" con la "A": "PA"



Los que se dedican a la interesante bagatela de investigar el origen de determinadas expresiones del habla cotidiana, dicen que la frase hecha “andar con pies de plomo” procede de las botas fabricadas con ese metal que usan los buzos para desplazarse con seguridad por el fondo del mar. Hay quien la atribuye a las botas de los primeros hombres en pisar la luna, que evitaban, por su peso, las peligrosas eventualidades de la gravedad. Si buceamos nosotros también por el lenguaje o si decidimos dejar nuestra huella en el polvo lunar de nuestro idioma, habremos igualmente de calzarnos los pies de plomo y ataviarnos asimismo con la escafandra y con toda suerte de indumentaria que nos proteja del zarandeo de las corrientes marinas de los lectores o de la liviana gravedad de sus aseveraciones críticas. Habrá que escribir pues, también, con pies de plomo. Porque de un tiempo a esta parte vivimos bajo el imperio de la literalidad. La metáfora y el sentido figurado han muerto. Y los que no sabemos –y no queremos– escribir con el estilo de los prospectos de los medicamentos, asistimos al sepelio con más estupor que indignación. El estupor que resulta de comprobar la cantidad de imbéciles que se mueven por el mundo con la vitola del buenismo y de  lo políticamente correcto como bandera. Por cierto, ya que hablamos de la luna, los astronautas que pisaron por primera vez nuestro satélite colocaron un travesaño horizontal en la parte superior de la bandera americana para que no se cayera y diese sensación de movimiento, pues ya se sabe que en la luna no hay viento. Cuántos travesaños no habrá colocado también en los estandartes de su buenismo pueril toda esa caterva de adalides “bienintencionados” para seguir viviendo del cuento. Si Mecano incluye en la letra de su canción “Quédate en Madrid” la expresión “mariconez” (“siempre los cariñitos me han parecido una mariconez”, dice el texto), llega el triunfito de turno para decir que eso es una falta de respeto al colectivo gay. Algunas veces me he ido a tomar algo con Ana, una compañera del instituto donde trabajé y ésta me reprochaba, en broma, que mientras ella se pedía una cerveza, yo me pidiera “mariconadas” como una clara. “Para mi compañero, la mariconada de siempre” –le decía al camarero–. Y el camarero y yo reíamos el chascarrillo sin pensar en ningún momento que me estuviera colocando en la acera de enfrente (reubicación, por otra parte, con la que no tendría ningún problema, ya ven que yo también me tomo mis precauciones por si acaso), ni que menoscabara mi heterosexualidad pedirse una cerveza con limonada. He conocido a pocas personas tan comprometidas con las causas sociales como mi compañera Ana. Pero a ella no le hacía falta exhibirse (colocar el travesaño en la bandera) con el lenguaje. La avalaba la nobleza de sus pensamientos y de sus actos. Hoy todo escrito tiene que estar trufado de paréntesis, incisos, aclaraciones y matizaciones, por si ofendemos a alguien sin querer, atentando contra la propia fluidez del texto. Uno empieza a escribir y ya casi está pidiendo disculpas. El estilo literario renuncia a la fantasía del lenguaje, se encorseta en el envaramiento de la precisión. Si el hombre descubrió el fuego hay que matizar: también lo hizo la mujer. Si aquello no lo sabe ni dios, quizás atento contra las creencias religiosas y la infalibilidad omnipotente de la divinidad. Y ya no sé si debo escribir “dios” con minúscula o mayúscula porque decida lo que decida, voy a ofender a alguien. Vayamos, pues, con pies de plomo. Seamos literales: la “P” con la “A”, PA. Para contentar a la bandera ondeante de los lunáticos. Aunque en la luna no haya viento.

A Ana Reyes, con mi recuerdo y cariño. Pero sin mariconadas.