lunes, 17 de junio de 2019

449. La hijastra del aire



En el pasquín de mano que se reparte en el Teatro de la Comedia antes del inicio de La hija del aire, Mario Gas, su director, dice lindezas como la que sigue: “lo que queríamos hacer era una pieza escénica, no un acto de lectura que obligase a volver la página para desentrañar un verso: algo que fuese inteligible para el espectador”. Ya antes Benjamín Prado, a cuyo cargo ha quedado la versión de la obra, nos advertía que había cambiado 9 de cada 10 palabras del texto original.
Vayamos por partes. La afirmación de Mario Gas incurre en dos graves errores. El primero es dar por sentado que el público que acude a ver una obra de Calderón es tonto o que, al menos, no reúne la suficiente capacidad para entender el texto. Dicho de otro modo, la supuesta condescendencia que Mario Gas esgrime para hacernos más cómoda la obra deviene, sin él quererlo, en un puro insulto a la inteligencia del espectador, como si a los que acudimos a una representación del siglo XVII nos tuvieran que adaptar los clásicos al igual que se le hace a cualquier estudiante de la ESO. El segundo error estriba en que es precisamente la Compañía Nacional de Teatro Clásico la que se erige en depositaria de la preservación de los textos áureos. Cuando se acude al estreno de sus obras se hace con la esperanza de hallar en la Compañía el último bastión que resista a los embates de las adaptaciones, de las versiones modernas o de las experimentaciones. El público de la CNTC desea el texto original porque no halla en la restante oferta dramática nada que salvaguarde el purismo de las obras. Las adaptaciones son legítimas pero lo son en otra compañía, no en la CNTC, porque si ésta también se sube al carro de las adaptaciones ¿qué nos queda ya de la obra primigenia salvo los sucedáneos?
Respecto a las palabras de Benjamín Prado, si no fuera porque, por lo poco que sé de él, se mueve siempre en el terreno de una grata moderación, pareciera que eso de cambiar 9 de cada 10 palabras de la obra rayara en la jactancia, porque no me dirán ustedes que enmendarle la plana a Calderón no tiene su punto de osada vanidad. Pero concedámosle el beneficio de la duda porque, a la postre, Benjamín Prado obedecía solo al encargo que se le había encomendado. Eso sí, el riesgo de tanto cambio es que hay que estar más atento a la unidad del texto. Digo esto porque existen parlamentos que remiten a pasajes de la obra que debían haber aparecido con anterioridad y que, directamente, estos no existen porque Prado los ha eliminado, subvirtiendo la comprensión del texto, justamente lo que se pretendía evitar con la adaptación. Esos errores en los correferentes textuales son imperdonables. También existen errores de contenido, como aquel en el que se dice que la madre de Semíramis fue servidora de Venus en lugar de serlo, como reza el original, de Diana, lo que es un total contrasentido para la comprensión del argumento. Y no es entendible tampoco, la eliminación del personaje de Chato.
Y ya ven lo que ocurre. Que con tanta adulteración, ya casi no queda espacio para hablar de la obra. Las más de 500 palabras que llevo escritas hasta aquí podrían haberse usado mejor para analizar el montaje y ahora estaríamos hablando de teatro y no de otras cosas. Es lo que hay. Y lo que hay es lo de siempre, que el elenco de la CNTC es tan maravilloso que sutura los errores de su director y de su adaptador. Marta Poveda está, como siempre, sublime, aunque el timbre de su voz no alcance a recrear con contundencia a la Semíramis tiránica de la segunda parte de la obra. Preciosismo formal en la puesta en escena, con el decorado proyectando relieves del arte babilónico, aunque mal asunto cuando se necesita tanta performance digital para suplir otras cosas. La CNTC nunca defrauda, claro, pero quisiéramos que la hija de Calderón fuera eso, su hija, y no la hijastra de otros. Porque siendo hija de Calderón, lo será también del aire que alienta la eternidad. Y lo demás es humo.

lunes, 10 de junio de 2019

448. Enseñar Literatura desesperadamente



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La fotografía que acompaña a este artículo es una captura de pantalla de la web del CEFIRE (Centro de Formación, Innovación y Recursos Educativos), dependiente de la Consejería de Educación de la Comunidad Valenciana, el equivalente, por ejemplo, a lo que sería el CRP (Centro de Recursos Pedagógicos) en Cataluña. En su oferta de cursos para la formación permanente del profesorado llama la atención uno de los talleres, cuyo título reza literalmente: “Profesorado desesperado ante adolescentes disruptivos: estrategias de actuación”. Al principio pensé que se trataba de una broma pero no: el adjetivo “desesperado” aparece, efectivamente, en la página oficial. No me digan que no parece un chiste. Ya ni siquiera se redactan los títulos de los cursillos con aquella asepsia que da el lenguaje técnico especializado de la Pedagogía y que, al menos, dignificaba a la profesión y transmitía algo de seriedad. Ahora metemos directamente el adjetivo “desesperado” con ese victimismo tan propio del gremio, como si en lugar de abordar el asunto con el rigor profesional que se espera de nosotros, acudiéramos al taller como quien acude a la consulta del psicólogo o a una de esas terapias de grupo: “hola, me llamo Fulanito y confieso que soy un profesor desesperado ante los alumnos disruptivos”. No me quiero imaginar si la oferta de ese taller, tal cual está redactado, llegara al conocimiento de esos adolescentes díscolos, si estos supieran que tienen tal poder sobre sus profesores que hasta existen cursos que hablan en sus títulos de “desesperación”. Cómo se crecerían esos estudiantes ante tamaña demostración de debilidad por nuestra parte.
Pero es signo de los tiempos. En los 16 años que llevo ejerciendo, casi nunca me he topado entre la oferta de cursos para la formación del profesor, uno solo que incidiera en los conocimientos de la asignatura que imparto. Si quería crecer como profesor de Literatura y profundizar en la materia, más allá de la formación recibida en la carrera, debía hacerlo de forma autodidacta (de lo que –ojo– no me quejo y que he abordado con el entusiasmo de quien ama la disciplina que enseña)  o pagar por los seminarios que ofrece la universidad. Porque si acude uno a la oferta de las consejerías de educación, toda ella está llena de mandangas psicopedagógicas de orientadores y demás ralea de la rémora educativa.
Miren, yo me metí en esto para enseñar Literatura, no para enseñar modales al personal ni tratar con protodelincuentes. Para eso, las Consejerías educativas y sus inspectores (esos desertores de las aulas que salieron por patas a tiempo y que no tienen ni repajolera idea de lo que se cuece en las trincheras pero que luego quieren aleccionarte con gilipolleces como la gamificación) deberían llenar las plantillas de los institutos con trabajadores sociales (la mayoría de los cuales están en el paro) que sí saben tratar, porque esa es su especialidad, a estos alumnos a los que se las trae al pairo Garcilaso porque tienen al padre en la cárcel o en su casa se trafica con drogas. Así que el cursito de marras que lo hagan los padres del chaval, que para eso es hijo suyo, no mío.
Porque sí, yo soy también un profesor desesperado. Desesperado porque la educación ya es de todo menos instrucción. Desesperado porque los infames planes de estudio no me permiten más que pasar de soslayo por la Generación del 27 (y gracias); desesperado porque no puedo leer con mis alumnos las lecturas prescriptivas en clase y orientarles y darles las claves de su interpretación porque necesitaríamos una hora más para que eso fuera posible; desesperado porque la administración se gaste una pasta solo en los alumnos que no quieren estudiar y arrincone a los que sí tienen inquietudes. Así que si me dejan, señores inspectores de americana y corbata, yo quiero enseñar Literatura. Desesperadamente.

lunes, 3 de junio de 2019

447. Mi amante Vila-Matas


 

No sé si estoy enamorado de Vila-Matas o no. Enamorado estoy, yo qué sé… de Luis Landero, por ejemplo. Pero con Vila-Matas no lo tengo claro. Y, sin embargo, de vez en cuando, ya ven, engañaría a mis grandes amores literarios con Vila-Matas, pasaría con sus libros una noche de amor desenfrenada, me abocaría al excitante vértigo del adulterio libresco y, luego, al alba, abandonaría clandestino el lecho donde se obró la deslealtad y volvería, culpable, al tálamo de la literatura ordenada, doméstica, apacible y feliz. Porque Vila-Matas es otra cosa. Y ya sé que es esa una vaguedad inaceptable para una reseña literaria, pero es que es en la imprecisión de ese sintagma donde radica precisamente el magnetismo irrefrenable que me conduce al pecado. Sí. Vila-Matas es otra cosa. Y no sólo porque sea el escritor metaliterario por antonomasia de nuestras letras, sino, también, porque hay en la manera de hacer fluir su prosa, una turbación lectora, casi hipnótica, que nos obliga a cederle nuestra mano para que nos conduzca, sumisos y extrañados, por entre esa bruma insensata que da título a su último libro.
Esta bruma insensata (Seix Barral) es, ante todo, un canto al maravilloso sortilegio de la intertextualidad. Simon Schneider es un hokusai, un abastecedor de citas literarias que nutren los libros de un escritor de éxito, que permanece oculto de la vida pública, a lo Pynchon. El mismo libro está preñado de citas que van vertebrando el relato y que tratan de demostrar que la tan ponderada originalidad no es más que un intento vano de vindicación literaria, pues todo escritor es heredero indirecto de lo que otros han dicho ya antes. Aparece también la consabida tensión vilamatiana entre la literatura como salvación o la renuncia a la escritura. Y hay una crítica al mercantilismo literario, del que, culpable, se siente depositario involuntario el exitoso escritor de marras, cuando, por ejemplo, se dice: “Cuando uno lo que hacía era vender sus éxitos y convertirlos en una mercancía y cuando en lugar de un espacio de reflexión literaria afloraban sólo los elementos de exportación de unos textos convertidos en los productos que escribía un tipo invisible, uno acaba convirtiéndose en una marca”. Simon, en cambio, desde su vida anodina de servidumbre al gran escritor, se siente el orgulloso custodio de la literatura de verdad, atesorada en su archivo de citas, auténtica resistencia de esa literatura que corre peligro de extinción amenazada como está por la tiranía del éxito fácil y del beneficio económico al que se prostituyen las editoriales poderosas.
Existe también en la narración lo que Vila-Matas llama  “la energía de la ausencia”. Simon acaba de perder a su padre y, paradójicamente, es el vacío el que cataliza la naturaleza palpable de la pérdida. Pero ésta es extrapolable también a un tiempo periclitado, que parece residir entre las ruinas de las citas literarias que Simon capitaliza, que son, ellas también, la “energía de la ausencia” de los que le precedieron y de una forma de hacer literatura que camina hacia su ocaso. El esperado encuentro entre Simon y Gran Bros, que así se hace llamar el gran escritor al que aquel surte, dará pie a la confrontación de dos formas de entender la creación literaria, que es también la expresión de dos formas de entender la vida, no siempre antagónicas. Con el telón de fondo de los hechos de octubre de 2017, en Cataluña, con la proclamación fallida de la barataria catalana, la ficción política parece contribuir a esa suerte de irrealidad sobre la que transita todo el relato. El lector adúltero, entonces, se deja llevar, ebrio, de la mano, hasta la alcoba de las páginas y consuma su flaqueza. Yo no quería. Fue solo un capricho. No volverá a pasar. Y una voz interior dice escéptica: insensato… Como la bruma de Vila-Matas. Mi amante literario.

lunes, 20 de mayo de 2019

446. De toses, caramelos y móviles

@Josep Aznar


¿Qué es la vida? Una sión, una sombra, una ción, y el yor bien es queño, que toda la vida es eño y los eños eños son. ¿No es verdad, gel de mor, que en esta apar orilla más pu la lu brilla y se pira jor? Ser o no ser esa es la tión.
No. No es que a este articulista le haya dado hoy por mutilar las palabras ni hay ningún problema con las rotativas del periódico ni sufre usted algún tipo de afasia, no se apure. Tampoco estoy reproduciendo alguna suerte de versión dadaísta de Calderón, Zorrilla y Shakespeare. No. Es la jodida tos del espectador de la fila de delante que profana inmisericorde el punto álgido de los monólogos de Segismundo, de don Juan y de Hamlet. ¿Qué digo? Es la jodida tos de ese espectador y del espectador del palco corrido y del espectador del anfiteatro y hasta la jodida tos del apuntador y del técnico de iluminación. Es la jodida tos universal. Es el concierto de fin de año de la tos, con toda su polifonía tosuna: la tos aguardentosa, la tos expectorante, la tos asmática, la tos espasmódica, las mil y una modalidades recogidas en el vademécum de la tos inoportuna. Aparte de jorobarte el esperado momento de los monólogos, uno siente, además, que todas aquellas toses van a inundar el patio de butacas de virus pululantes que amenazarán con introducirse en tus fosas nasales y entonces se deja de respirar, que es lo que habría que hacer reverentemente cuando empiezan los monólogos, pero yo no, yo no dejo de respirar por el arrobo de las palabras clásicas, yo dejo de respirar por si se me meten los virus del espectador en la nariz y me llegan a los pulmones y me generan una bronquitis aguda y ya no puedo asistir más a una obra de Calderón. Hipocondríaco que es uno. Y así no se puede asistir a una pieza de teatro. Pero entonces llega el horror. ¡El horror! ¡El horror! Estoy seguro de que, en su agonía, Kurtz, el personaje de El corazón de las tinieblas, pronunciaba esas palabras pensando en… pensando en las jodidos caramelos. Porque los tosedores profesionales, boicoteadores consumados del teatro, tienen en sus bolsillos todo un arsenal de caramelos de menta para solucionar el problema de la tos. Cabrón, si sabes que estás con la tos no vengas. Si ya traes los caramelos preparados porque sabes que nos vas a dar la noche. No vengas. Cédele tu entrada a algún conocido sano o revéndela por ahí. No vengas. Pero vienes. Y desenvuelves con infinita parsimonia el envoltorio del caramelito y ahora ya no son solamente las toses, ahora son también los caramelos que se acoplan a las toses en la orquesta de la madre que os parió a todos.  Y cuando ya nada puede ser peor suena la melodía de un móvil, que mira que avisan que hay que desconectarlos antes de la función. Pues no. Siempre hay un abuelo que no sabe cómo ponerlo en silencio al que le suena el móvil. ¡Y contesta el muy majadero! Y entonces los pocos que se escandalizan por la ocurrencia del anciano, empiezan a reprobarle su actitud chistando con la boca para pedirle silencio. Y ya estamos todos: las toses, los caramelos, el imbécil del abuelo y los chistadores indignados. El puto mercado de Bonavista. Y lo que no entiendo es cómo Segismundo no decide marcharse a la cueva otra vez, ahí os quedáis cretinos; o cómo don Juan pasa del discursito amoroso y se tira a doña Inés (es que no me dejan con el protocolo Inés, es que no me dejan); o cómo Hamlet no coge la calavera y la arroja contra el patio de butacas para descalabrar a tanto majadero. Y telón.

lunes, 13 de mayo de 2019

445. La coincidencia galáctica



Con Marcos Ordóñez tengo una de esas “coincidencias galácticas” de las que él habla en una de esas maravillosas píldoras contra la intemperie que conforman el último libro del crítico y escritor barcelonés, titulado A una cierta edad y publicado por Anagrama. Y esa conexión no procede solamente de mi vieja fidelidad a su críticas teatrales, que son para mí auténticos dogmas de fe, sino a ese otro tipo de anécdotas que le hacen a uno fraternizar con alguien, aunque nunca antes le haya estrechado la mano. En el año 2015 andaba yo escribiendo mi primera novela, que iba a titularse Juegos reunidos. Era el título perfecto porque casaba muy bien con aquella evocación nostálgica de mi infancia ochentera y el nombre se avenía también con aquel juego de mesa diseñado por Industrias Geyper que toda familia española tenía en aquella época en sus casas. Pero hete aquí que al año siguiente hallo en una librería un libro de Marcos Ordóñez publicado por Libros del Asteroide titulado justamente Juegos reunidos. Podía haber sentido algo así como lo que debió pasar por la cabeza del director de cine Pablo Berger, que estuvo más de una década dándole vueltas a su Blancanieves y cuando el proyecto estaba ya en ciernes, Hollywood empezó a sacar blancanieves por doquier. Bueno, lo mío no era para tanto. Yo solo tenía que cambiar un título y, además, se había producido la “coincidencia galáctica”, porque a mí me gustaba imaginar que Ordóñez y yo habíamos estado embarcados en un proyecto literario durante la misma época y que los dos habíamos decidido titularlo del mismo modo. Pensaba en el documento de Word guardado en su ordenador tras cada nueva sesión de escritura y en el documento de Word del mío, compartiendo el mismo título, y aquella casualidad me reconfortaba y me reconforta todavía hoy porque uno siempre quiere parecerse a las personas a las que admira, aunque solo sea por haber pensado un mismo título para su libro.
Luego, lee uno A una cierta edad y la coincidencia galáctica se hace ya una red cósmica. Y no solo porque en una de las entradas de su dietario aparezca la descripción más maravillosa jamás escrita de mi canción favorita, Il cielo in una stanza, sino porque cualquiera que sienta que la cultura es su parapeto contra la hostilidad del mundo de ahí fuera, reconocerá en el diálogo confidencial con este libro, al amigo con quien querría conversar toda la noche hasta verse sorprendido por las primeras luces del alba. Hay en Ordóñez un entusiasmo sin paliativos tan contagioso, que el libro podría tomarse también como un catálogo de obras por descubrir, las que a él le han enamorado, y que influyen sobre el lector igual que aquellas recomendaciones que hacía Cansinos-Assens, tan fervorosas que parecía que el libro del que hablaba era siempre el mejor libro del mundo. Pero junto a la pasión por la cultura, reflejada en sus reflexiones teatrales y literarias, anécdotas artísticas, paladines musicales, etc, el libro rezuma también una admirable sensibilidad, que se aprecia en algunos de sus accesos líricos (verdadera poesía del suceder) y por una vulnerabilidad entrañable y radicalmente humana, no exenta de humor inteligente y bien dosificado. No había sentido tanta emoción leyendo un libro tan amorosamente entregado a la cultura y a la vida desde la lectura de El mundo de ayer, de Zweig, y miren que eso son ya palabras mayores. Pero es que cuando uno se encuentra por el camino con alguien que te reconcilia con la filantropía en la que algún día creyó, no puede hacer otra cosa que dar las gracias. Y yo le doy las gracias a Marcos Ordóñez y le invito a que me hurte otro título para mi siguiente novela porque yo a Marcos Ordóñez ya se lo perdono todo. Y porque ya estoy fletando la nave para un nuevo viaje interestelar por las constelaciones por las que él quiera guiarme y continuar aprendiendo de su magisterio. Y para sentir, a la vez, que las coincidencias galácticas son también muy terrenales porque nos hieren de amor en lo más hondo de nuestra pobre pero maravillosa humanidad de desheredados de las estrellas.

lunes, 6 de mayo de 2019

444. Esperando a Cecilia



Siempre he dicho que leer a Antonio Muñoz Molina es salirse uno del espacio-tiempo. Mientras dura el rapto narcotizante de la lectura de cualquiera de sus novelas el lector ingresa en otras coordenadas y se encapsula en eso que se ha dado en llamar el universo muñozmoliniano, tan reconocible, por otro lado, para sus leales. Si esa impresión enajenante se cumple siempre, en el último libro del escritor jienense la máxima queda quintaesenciada, pues la experiencia se multiplica al compartir con el propio personaje de la novela la alienaciòn que nos sujeta, como si Muñoz Molina hubiera emprendido el colosal proyecto de una hipnosis general que afectara a todos los agentes del hecho literario, a sus lectores, a sus mismas criaturas de ficción y me atrevería a decir que al escritor mismo, víctima él también, en el trance de la escritura, del oficiante Muñoz Molina.
Toda la novela se centra en la espera de Bruno a su mujer Cecilia. El personaje nos revela que la pareja ha abandonado Nueva York, todavía reciente en la memoria los atentados del 11-S, para instalarse en Lisboa y emprender así una nueva vida lejos de aquella conmoción insuperable. Bruno ha dispuesto el apartamento de Lisboa como un calco del que compartieran en Nueva York, para que cuando Cecilia regrese de uno de sus frecuentes viajes a congresos sobre neurociencia, todo le resulte familiar y acogedor. En esta síntesis del argumento de la novela hallamos ya algunos ingredientes capitales para la construcción de ese mundo desconcertante que a partir de la ambigüedad de sus referentes nos sumerge en el dulce sopor del no-tiempo, en el abandono opiáceo de toda conciencia activa. En la espera de Bruno, el tiempo pierde su consistencia; son numerosas las veces en que el personaje reflexiona sobre el laberinto temporal que lo inquieta. Ese tiempo congelado se aviene muy bien con la proverbial lentitud lisboeta que ejerce su morosidad sobre la conciencia temporal, anestesiándola. También importa el oficio de Cecilia, la neurociencia, pues las digresiones científicas sobre la memoria cerebral que jalonan las reflexiones de Bruno, tratan de objetivar y poner orden, sin conseguirlo, en ese dédalo de las horas sin tiempo. Asimismo, el juego de espejos entre la casa de Lisboa y la de Nueva York, acentúa la disolución del tiempo merced a las continuas dislocaciones, que se solapan mezclándose en su continente de confusión. Las lecturas de Bruno refuerzan toda esta idea, pues al  ensimismamiento del ejercicio lector en que el personaje se sumerge, se le suma la naturaleza de sus lecturas, los diarios del almirante Byrd en la soledad de su zulo antártico durante 6 meses.
Otros teman completan el núcleo argumental del libro, tales como la deshumanización de las grandes ciudades, especialmente cuando se refiere a Nueva York, y el fantasma apocalíptico de las guerras y la crisis ecológica, que compone una suerte de interpolación en mitad del libro no sé si excesivamente disruptiva. “Me he instalado en esta ciudad para esperar en ella el fin del mundo”, reza la primera sugestiva frase de la novela.
La espera de Bruno, sellada con un final magnífico e inteligente, se convierte también en la espera del lector cuando el lector ya no espera nada y se ha sumado, compartiendo la enajenación de Bruno, a la dulce muerte que inocula la morfina de las cosas que no están, de las cosas que no son, de las cosas que ni siquiera fueron.

lunes, 29 de abril de 2019

443. Futuro de subjuntivo



En la Gramática de la Lengua Española de Emilio Alarcos, en concreto en el apartado donde el insigne filólogo salmantino clasifica los diferentes modos verbales, se dice lo siguiente respecto al modo subjuntivo: es el de “los hechos ficticios, cuya eventual realidad se ignora o cuya irrealidad se juzga evidente (hechos que se imaginan, se desean, se sospechan, etc)”. El apunte filológico que inicia esta reseña literaria no es baladí. No me he detenido en hacer el cómputo de las numerosas ocasiones en que Gonzalo Hidalgo Bayal utiliza en su último libro, La escapada (Tusquets), el futuro de subjuntivo, pero su profusión es lo suficientemente llamativa como para no ignorar su uso deliberado, más aún cuando sabemos que ese tiempo verbal está ya en desuso. Pero como la prosa inteligentísima del novelista extremeño nunca es azarosa ni aséptica, habrá que convenir que detrás del insistente anacronismo morfológico hay una intención más profunda: la de constatar que, efectivamente, la vida en ciernes es siempre un futuro de subjuntivo, una ficción, una irrealidad prendida muchas veces del deseo y de las aspiraciones, pero ficción a la postre, en la que pocas veces se cumplen las expectativas que el entusiasmo juvenil proyectado sobre el porvenir traza ingenuamente sobre la línea temporal que imaginamos, sospechamos, deseamos.
Sobre la base de un argumento muy sencillo, el reencuentro 40 años después de dos compañeros universitarios, el autor se desdobla entre el confesante memorialista, el narrador y el personaje de la novela, para contar ese encuentro casual que provoca toda una evocación del pasado trufada de reflexiones vitales. Y así conocemos a Foneto, apodo pergeñado en los tiempos de la facultad debido a las sutiles y prolijas elucubraciones fonéticas del entonces estudiante, que nos hace partícipes, Hidalgo mediante, de las vicisitudes de su vida tras abandonar la universidad. Sabemos, por ejemplo, que ha acabado regentando la soledad de un quiosco y algunos avatares amorosos, entre otros detalles. La trama, como digo, apoyada en esa mínima estructura, se pierde maravillosamente por los vericuetos de la reflexión de toda índole, algunas de naturaleza filológica que hará las delicias de los que fuimos estudiantes de Filología, con sus guiños y chascarrillos gremiales. No digo que la novela esté destinada solo a los filólogos pero estos lo van a disfrutar, si no mejor, sí de otro modo.
Con Gonzalo Hidalgo Bayal me pasa algo que es, quizás, el mejor elogio que puede decirse de un escritor: cuando leo sus novelas llega un punto en que ya me da igual lo que me esté contando; lo que deseo es que no pare de contarlo. Cada reflexión, cada ironía, cada puya, cada inquietud, cada nostalgia y evocación son una delicia tras otra que respeta la inteligencia del lector, que casi la adula, un filandón intelectual estimulante, profundo y certero, en ocasiones también conmovedor, a pesar de ese estilo tan característico del autor de Nemo, que por su naturaleza cincelada, de pulcritud casi académica, pudiera pensarse en las antípodas de las concesiones líricas.
La escapada deja un poso de desolación estoica, de tiempo periclitado, tiempo fuera del tiempo, que obra en el lector, al acabar el libro, el enhebro de la melancolía y la aceptación serena de la vida que no será. Un epitafio para aquel futuro de subjuntivo que está ya solo en el lenguaje arcaizante de los viejos romances pero desterrado de este romancero de la modernidad donde solo ha lugar para el modo indicativo de la decepcionante realidad, lejos de ya de los sueños que se conjugaron, aquellos sí, en futuro de subjuntivo.

lunes, 22 de abril de 2019

442. Caperucita (versión progre)



Érase una vez una ciudadana liberada, independiente, autosuficiente y empoderada que, sin embargo, no había podido aún emanciparse de su madre soltera debido a las imposiciones macroestructurales de un sistema económico al servicio del capitalismo y el heteropatriarcado. Respondía esta ciudadana al nombre de Caperucita, aunque a ella, aquel diminutivo la molestaba sobremanera, pues consideraba que el sufijo menoscababa su dignidad de mujer y advertía en él una suerte de condescendencia paternalista y protectora, como si ella fuera un ser delicado y débil al que hubiera que proteger. Prefería, pues, que la llamaran Caperuza, sin más aditivo morfológico. Vivía, como dijimos, con su madre, que había decidido concebirla sin mediar hombre alguno, pues no deseaba someterse a esa falocracia que desde tiempo ancestral había supeditado la maternidad de una mujer al concurso imprescindible del hombre dominante: sus orgasmos eran suyos y solo suyos y ella era la dueña de su menstruación. El caso es que Caperucita, o Caperuza, recibió el encargo de su madre de llevarle una cesta con comida a su abuela, pues andaba ésta algo pachucha y no podía salir a comprar. A Caperuza no le apetecía hacer aquella larga caminata hasta la casa de su abuela, pues había pasado la mañana haciendo deporte con su grupo femenino de runners y estaba algo cansada. Pero su madre negoció con ella durante largo tiempo, al cabo del cual, Caperuza accedió y su madre, como premio a su buena disposición, colocó en el cuadrante de buenas tareas que había pegado en la nevera, un precioso adhesivo con una cara sonriente. A Caperuza le faltaban ya solo dos caritas sonrientes para conseguir un aumento de su paga mensual. Pero el Lobo Feroz, que había escuchado hasta el aburrimiento la larga conversación de Caperuza y su madre, vio su oportunidad de conseguir el cariño de un ser humano, estando como estaba en peligro de extinción. Así que se adelantó a Caperuza, llegó a casa de la abuela, la metió en el armario y pegó el cambiazo. Entretanto, Caperuza se dirigía por los caminos del bosque con su cesta de comida ecológica y vegana para su abuela mientras oía a Bebe en su ipod. Al llegar notó a su abuela algo cambiada y no hizo falta preguntarle por sus ojos grandes, ni por su nariz grande ni por su boca grande, porque ella era una mujer inteligente y con título universitario y pronto descubrió que era el jodido lobo otra vez. Tampoco fue necesaria la intervención del cazador, pues al irrumpir éste para salvar a Caperuza, ésta ya había domesticado al lobo acariciándole el lomo, le había colocado un chándal para perros y se estaba divirtiendo jugando con él a lanzarle una pelotita, que el lobo devolvía sumiso y, al fin, satisfecho del cariño anhelado. Al cazador no le dio tiempo a ver más, pues una horda de animalistas lo había masacrado con lanzas de picador para que experimentase en sus propias carnes el sufrimiento animal. ¿Y la abuela? Pues su salida triunfal del armario fue del todo reveladora, pues en aquel acto de salir del armario, la abuela comprendió que el destino había obrado simbólicamente para que al fin pudiera gritarle al mundo su orientación sexual: la abuela era pansexual y desde ese momento ya no quería que la llamasen abuela, sino abuele o abuelx, y su salida del armario fotografiada por algunas de las personas que habían acudido hasta allí debido a todo aquel alboroto, se convirtió en el símbolo de la libertad sexual y salió en todas las portadas LGTBI del mundo. Y de este modo, todos fueron felices, aunque no comieron perdices, pobres perdices, sino que se atiborraron de todas aquellas deliciosas viandas veganas que había traído Caperuza y que compartieron con alegre camaradería. Y colorín colorado.

lunes, 15 de abril de 2019

441. Veinticinco años sin Gil-Albert



El silencio que a veces se cierne sobre los grandes escritores no responde siempre a la desidia de los estudios literarios o al desinterés institucional. En ocasiones, simplemente, es la mala suerte la que extiende su agorero manto de olvido sobre quien, por derecho propio, debería hallarse entre la pléyade de las grandes figuras de las letras universales. Ese es el caso de Juan Gil-Albert, autor de quien este año se conmemoran los 25 años de su deceso y a quien, salvo los estudiosos que amorosamente se han afanado en rescatar su semblanza literaria y biográfica, pocos lectores conocen.
La mala suerte de Gil-Albert comienza por incorporarse tarde al grupo del 27, única promoción de escritores a la que por aproximación generacional pudiera adscribírsele. Pero el escritor alcoyano, que ya había iniciado su carrera literaria en prosa lejos de los temas e intereses del 27, comenzó a forjar su marbete de poeta-isla con el que a veces se le ha etiquetado. Luego llegó la guerra civil, durante la que publicó varios libros, entre los que destacan Misteriosa presencia (1936), de marcado contenido homoerótico y cuyos sonetos probablemente influyeron de manera decisiva en los Sonetos del amor oscuro de García Lorca; y Candente horror, del mismo año, con su sesgo surrealista, tan a propósito para la barbarie de la contienda cainita. El exilio en México alargó su silencio, sólo atenuado por las colaboraciones en revistas como Taller, al socaire de Octavio Paz y, eso sí, por la memorable publicación de Las ilusiones (1944) en Argentina, seguramente su mejor libro de poemas. En 1947 vuelve a España para cuidar de su madre, lo que acentuó su ostracismo: algunos intelectuales republicanos le reprochan su abdicación y los del otro bando le recuerdan su pasado rojo, secretario como fue en Valencia del II Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura celebrada en 1937. El régimen, por otro lado, le impone su mutismo editorial, lo que no impide que Gil-Albert siga escribiendo, aunque sin publicar, salvo algunas pequeñas ediciones de corto recorrido a veces costeadas por él mismo. Es en 1972 cuando se produce el gran hito en la carrera literaria de Gil-Albert al publicar en Ocnos una antología de toda su obra poética diseñada por el propio autor, Fuentes de la constancia. El libro espolea el reconocimiento del poeta, que cuenta ya con 68 años, y entonces se produce una vorágine editorial que recupera su obra silenciada en los años del franquismo, efervescencia que no siempre le ayudó, pues la publicación de hasta 10 títulos en tan solo un año, como si a Gil-Albert le pudiera la ansiedad de ver publicadas en vida todas sus obras, fue contraproducente en lo refereido a la recepción de la crítica literaria o a las reseñas en prensa, a las que se les acomoda mejor el análisis paulatino y sosegado de las obras con márgenes razonables de tiempo entre las distintas publicaciones. Otra piedra en el camino.
Admirador de Valle-Inclán, Gabriel Miró, Azorín, Proust y Gide, la prosa de Gil-Albert, muchas veces mejor ponderada por la crítica que su poesía, es de un preciosismo estilístico de auténtica orfebrería. Defensor del ocio productivo, vindicador de una suerte de hedonismo espiritualizante, pero comprometido en su sensibilidad filantrópica con el hombre sufriente, heredero de la cultura greco-latina, de la que se siente hijo y habitante, y defensor de un europeísmo que aspira a lo universal, trascendiendo el terruño, siempre querido, de su Alcoy natal (algo de lo que debieran tomar nota quienes quieren arrogarse su figura con fines espurios de carácter nacionalista), Gil-Albert es una figura aún por descubrir que tiene que regalarnos todavía momentos literarios muy felices. El Congreso Internacional celebrado estos días en Alicante y Alcoy, codirigido por José Ferrándiz, José Carlos Rovira y Eva Valero, que ha reunido a lo más granado de los estudiosos sobre el escritor alcoyano, debe constituirse en la espoleta definitiva para una recuperación que es ya casi un imperativo moral.

lunes, 1 de abril de 2019

440. Calados hasta los huesos



Es lo que tiene la lluvia fina, que parece que no moja hasta que descubrimos que estamos empapados de su húmeda melancolía, como aquel inolvidable orballo de Camilo José Cela en Mazurca para dos muertos. Algo así es la escritura de Luis Landero, una lluvia mansa y paciente de palabras que en su último libro acaba por calarnos hasta los huesos en medio de esta intemperie que es, a veces, la vida.
Con el objeto de reunir de nuevo a toda la familia y restañar viejas heridas, Gabriel intenta organizar un reencuentro alrededor del cumpleaños de su madre. Su buena intención pronto halla los primeros obstáculos cuando, ante la perspectiva de coincidir todos juntos, se reabren antiguas tensiones, imperdonados rencores y terribles secretos que habían permanecido hasta entonces en barbecho.
Una de las primeras impresiones que tuve al leer Lluvia fina (Tusquets), fue la de su fácil traslación al género teatral. Y no sólo porque la última novela de Landero sea una de sus obras más dialogadas, sino porque en su estructura se activan con sorprendente naturalidad determinados resortes dramatúrgicos que la hacen perfectamente permeable a su adaptación a las tablas. Es cierto que cuando se establecen esos diálogos, uno está deseando reencontrarse con el Landero narrativo, más reconocible para sus lectores leales, pero las treguas dialógicas no sólo no menoscaban la incuestionable calidad de la novela sino que la enriquecen, al dejar que los personajes configuren ellos mismos sus rasgos personales mediante sus propias intervenciones, matizando con sus respectivas formas de hablar las marcas de su carácter y ayudando a desbrozar las oscuridades que esconde la maleza de la trama. En ese sentido es magnífico el dominio de los registros de los personajes, que consigue individualizarlos y hacerlos creíbles, especialmente, el usado con Andrea, de la que Landero parece reírse a veces, con su cursi y trasnochada grandilocuencia victimista extraída de las letras de heavy metal a la que es aficionada. 
Especialmente relevante es el personaje de Aurora. Si en otras obras de Landero, el protagonismo recae sobre el que cuenta (recordemos, por ejemplo, las historias de la abuela Francisca en El balcón en invierno), aquí cobra importancia capital la figura del escuchante. Aurora atiende, merced a su capacidad para escuchar, las miserias que le explica el resto de personajes, trata de no juzgar, de ser equidistante, de generar una atmósfera conciliadora, de comprenderlos. A Aurora, en cambio, nadie le pregunta cómo está.
Dos ideas jalonan continuamente la trama de Lluvia fina: que las historias no son nunca inocentes; y que el pasado es, casi siempre, una reelaboración más o menos artificiosa e interesada de la memoria. Efectivamente, despojadas de su naturaleza adánica, las palabras sustituyen sus dientes de leche por los colmillos maliciosos que buscan su carnaza. Y respecto al pasado, éste entronca con el concepto de la verdad, tan voluble y sospechoso, y con la siempre importante en Landero noción de oralidad, cuya idealización en obras anteriores, al calor de las consejas y de las maravillosas fábulas, se degrada aquí ante la incertidumbre tendenciosa de las diferentes versiones que dan los personajes de sus historias y que convierte un fenómeno literario hermoso –el de la misma oralidad, con su vida en variantes, siempre enriquecedoras– en una perversión de ese mismo acervo. Y así, la lluvia fina de las palabras es aguacero inmisericorde que se vierte desde los nubarrones del corazón.