viernes, 23 de junio de 2017

366. Las damas bobas



Hay que ver lo bobas que se han vuelto de repente algunas mujeres. Me refiero especialmente a las esposas de la fauna corrupta que campea por España. La mujer de Urdangarin, la mujer de Julián Muñoz, la mujer de Francisco Correa, la mujer de Bárcenas, la mujer de Jesús Sepúlveda, la mujer de Jaume Matas, la mujer de José Luis Baltar, la mujer de El Bigotes… Y no sigo por evitarle al lector este bochornoso desfile de indeseables. A todas ellas las enumeramos así, con la expresión “la mujer de”, porque llamarlas por sus nombres y apellidos resultaría improcedente, ellas, tan entregadas a sus maridos, tan abnegadas, tan amantísimas esposas, tan rematadamente bobas, que han perdido su individualidad y autonomía como mujeres y son simplemente eso, “la mujer de”. Ninguna de ellas conoce los trapicheos de sus cónyuges porque el amor y la confianza las ciega o porque ellas se ocupan tan sólo de pintarse las uñas y de hacerse la manicura y no están para esas complejidades monetarias, que eso es cosa de hombres, como el brandy aquel del anuncio, y ellas son tontas y no saben de esos laberintos. Y así, el dinero entraba en sus casas a espuertas y su tren de vida crecía y crecía pero ellas no se daban cuenta del nuevo coche deportivo aparcado en la puerta, ellas no sabían absolutamente nada; no lo sé, no me consta, lo desconozco. En los tiempos que corren, cuando la mujer sigue luchando aún por su visibilidad en la sociedad y por igualar sus derechos a los de los hombres, estas damas bobas ejercen su papel de mujer florero, denigrándose a sí mismas y, por extensión, a todas las mujeres, con la teatralización y aceptación de su estupidez. A no ser que sean verdaderamente estúpidas y no den más de sí.
Hacia 1613 terminaba Lope de Vega una de sus comedias más famosas, La dama boba. El argumento es bien conocido: Liseo está prometido con Finea, y Laurencio con la hermana de ésta, Nise. Cuando Liseo llega a Madrid para cerrar su compromiso con Finea descubre que ésta es bellísima pero tonta de remate y queda, sin embargo, prendado de la inteligencia de Nise. A su vez, Laurencio prefiere el matrimonio con Finea que, aunque tonta, es la depositaria de la mejor dote por ser la primogénita. Ambos caballeros pactarán enamorar a la prometida del otro para tratar de dar la vuelta a sus respectivos compromisos. Así, Laurencio acabará enamorando a Finea que, por obra de ese enamoramiento termina volviéndose inteligente. Es un tema recurrente en el Siglo de Oro la virtud del amor para perfeccionar el espíritu, infundir sabiduría y avivar el entendimiento. Comoquiera que el padre de las hermanas se niega a estas nuevas aspiraciones de los pretendientes, y como la inteligente pero fría Nise rechaza a Liseo, éste, viendo el cambio operado en la personalidad de Finea vuelve a su antigua pretensión; pero ésta, que sigue enamorada de Laurencio, se hace la tonta para volver a desenamorar a Liseo.

Si trasladáramos la magnífica obra de Lope a la opereta infame de nuestros corruptos, las esposas de los imputados ¿quiénes serían? En un ejercicio de travestismo ¿serán todas ellas Laurencio, que tenia la única pretensión de casarse con la dote y no con la esposa? ¿Habrá operado el amor su capacidad instructiva haciéndolas más inteligentes de lo que eran, como se creía en los tratados amorosos del siglo XVII? Y, sobre todo y más importante: las esposas de los corruptos, ¿son la Finea boba o la Finea que se hace la boba?

viernes, 16 de junio de 2017

365. 'Tú me mueves'



El último poemario del turolense Agustín Pérez Leal, ganó el pasado año el Premio Antonio Oliver Belmás, que otorga el Ayuntamiento de Cartagena y acaba de ser galardonado con el Premio de la Crítica Valenciana ex aequo con Antonio Cabrera. Muchas veces el compañero de premio redunda aún más en el mérito de su correligionario.
Tú me mueves (Pre-Textos), constituye una celebración de la vida desde una concepción esencialista del mundo. Quizás por ello, la presencia de los cuatro elementos de la Naturaleza esté tan presente durante todo el libro, a la manera en que los presocráticos formularon aquel arjé o principio del universo. Así, la apología del sol, su luz majestuosa y trascendente, demiurgo nutricio de todas las cosas, detenida en la sagrada unción del aceite o en el incendio de amor de los girasoles. O el amanecer donde el mundo resucita como si lo hiciera por vez primera y en ese instante auroral de las primeras horas, detenido en una suerte de eternidad, se cifrara el arcano de todo, aunque el poeta no sepa decirlo. Pero también el agua, ritualizada en aquella sinagoga de Úbeda o mezclada con el sol en una lumbre con la que el poeta quisiera confundirse. Y la piedra, casi objeto votivo que puede servir de pedestal al amor. Y, claro, el aire, que acuna (sostiene) al poeta. Y, sin embargo, pese al sol, la verdad dolorosa del mirar y del saber. El poemario avanza entonces declinando su luz, hacia la tarde serena de “Placidez” y luego hacia la noche, trasunto de la muerte que nos gobierna “con la exacta sentencia / de una cruz de ceniza / sobre el cuerpo dormido” en “Nocturno”. Paralelamente a ese declive de la luz, la tierra se vuelve la ceniza que somos, y los poemas se tornan otoñales e invernales. Y, no obstante, el apego a la vida, permite resistir a la strelitzia en su obcecación ante el frío, y la hoja del álamo seco tiembla y lucha contra el viento; el poeta sigue teniendo la “sed de ser” y así se lo exige a su cuerpo: “límite de mi encuentro con el mundo / mi amigo, guárdame; / piedra que desecharon, /dintel, dovela, clave, guárdame”, aunque el cuerpo no sea ya más que ese roble por cuyas oquedades suena el viento, “aire azul de madera”, pero sonido, al fin y al cabo o la vieja enredadera que muere en la porfía de su ascenso, pero ascenso, a la postre. El elixir contra la muerte reside entonces en los instantes y su contemplación: el amanecer, el no- lugar del abrazo, el plano de lo que no somos en una cantata de Bach, el haiku de “Tanka”. Y, en último término, la búsqueda de la verdad en la “altura de lo hondo”, el “sin ti, tu certeza”, que cierra el libro culminando la oscuridad nihilista a que se iba abocando paulatinamente el libro y que, sin embargo, otorga circularidad a la obra, pues esa oscuridad del despojamiento que es el “no-yo”, es luz de autoconocimiento y de verdad.
El otro gran tema de libro es el amor. En todos estos poemas, hermosísimos, se aprecia una radical humildad ante el sujeto amoroso, la renuncia a sí mismo, la lealtad incondicional, la devoción casi religiosa y la vulnerabilidad de un alma entregada.

El lector que se acerque a Tú me mueves acabará con los ojos deslumbrados por una plenitud cenital, casi guilleniana, aunque sin concesiones al optimismo. Vivir es eso: sentirse en el mundo, “recién regado” y, a la vez, sentirnos “casa de nadie al fin, / casa de nada”.

viernes, 9 de junio de 2017

364. 'Cuando la noche te alcanza'



En los tiempos que corren, cuando el género aforístico ha alcanzado un nivel de banalización irritante, reconforta hallar entre toda esa fruslería barata y vacía con aspiraciones filosóficas, la mirada lúcida y enjundiosa de Juan Manuel Hernández, que acaba de publicar Cuando la noche te alcanza en la flamante editorial Tolstoievski, dirigida con rigor y contagioso entusiasmo por Ralph del Valle.
Aunque conocemos a Juan Manuel Hernández por la publicación, junto a Isabel Parreño, de las cartas de Pardo Bazán a Galdós recogidas en el volumen Miquiño mío (Turner, 2013), esta es la primera incursión del escritor sevillano en la literatura de creación.
Apuntábamos al inicio que el libro de Juan Manuel Hernández llegaba para dignificar el aforismo, ese género manoseado ya por cualquier mentecato en las redes sociales cuya superficialidad y adulteración exaspera al alma más flemática. Sin embargo, conviene puntualizar que Cuando la noche te alcanza no es propiamente una colección de aforismos, sino más bien un compendio de microtextos de extensión variable, nacidos de los apuntes que durante varias décadas el autor ha ido anotando en su relación con la vida y el mundo.
El tono del libro es esencialmente pesimista situándose en los postulados del nihilismo donde se nota la ascendencia que sobre el autor ha ejercido el pensamiento de Nietzsche o el de Cioran. En estos “nocturnos”, como gusta llamarlos Hernández, se aprecia un dolorido descreimiento del género humano rayano en la misantropía. Por eso es frecuente la apología de la soledad o del silencio, que le sirven de parapeto contra la frivolidad, la maldad y la estupidez humanas en todas su vertientes. En ese sentido, la noche, que puede ser trasunto de la nada que somos, es, a la vez, el espacio propiciatorio para la autoconfidencia y la clarividencia, a la manera de los místicos, aunque este diáfano discernimiento arroje lacerantes verdades sobre nuestra condición finita y animal. Anulado, pues, cualquier atisbo de trascendencia, sólo atenuado por la música y su capacidad de elevarnos por encima de la mediocridad, el autor carga, a veces con denodada vehemencia, contra el engaño de la religión y sus pueriles promesas alienadoras y narcotizantes. Especialmente atractiva resulta la mirada del autor sobre la ciudad, que nos recuerda al flâneur baudeleriano, aunque los tipos sociales que aquí aparecen se confunden con esa masa informe que puebla las urbes, segura de sus obligaciones y metas, pero atrapadas entre sus lindes como en una ratonera. Sólo se salvan de ese perfil uniforme y absurdo los desahuciados por la vida, como los mendigos y vagabundos, auténticas fallas de esa ficción que es la metrópoli. El pesimismo del libro niega la felicidad, en particular esa felicidad que los nuevos gurús de la espiritualidad repiten como un mantra tratando de buscar desesperadamente el hueco que ha dejado la religión en nuestras vidas inermes. Sólo la familia, en especial los hijos, permiten cierta lealtad a la existencia. Con los nocturnos, Juan Manuel Hernández parece, además, rendir cuentas consigo mismo y con alguna bajada a los infiernos intuida entre líneas; en este sentido, la escritura permite purgar esas miserias y, en último término, redimirlas, expiarlas, exorcizarlas.

En definitiva, los nocturnos de Juan Manuel Hernández actúan como pequeñas píldoras de la verdad, que por su radical certeza, conviene tomarse con mesura. Sin embargo, es esa verdad y el lirismo de sus reflexiones (algunos nocturnos son auténticos poemas) los que nos arriesgan a un posible atracón. Y aviso que para estas píldoras no hay prospecto que nos oriente sobre qué hacer o a quién acudir en caso de sobrepasar la moderada ingestión. Porque no hay tratamiento contra la intoxicación de la vida. 

viernes, 2 de junio de 2017

363. El silencio es oro



A los componentes de la banda ‘The Tremoloes’ más les hubiera valido hacer caso del título de la canción que versionaban, Silence is golden (1967), y ahorrarnos así el sonrojante falsete con que adornaban el estribillo principal del tema. Nada que ver, en cambio, con The sounds of silence, de ‘Simon & Garfunkel’, grabada dos años antes y de la que se dice fue compuesta para expresar el dolor del pueblo americano por el asesinato del presidente Kennedy en 1964. Y es que, como siempre ha ocurrido, hay quienes no saben predicar con el ejemplo mientras otros son ejemplares.
De todos modos, lo del silencio no es que haya cundido mucho, y eso que el famoso lema, “el silencio es oro”, ya lo había acuñado el ensayista escocés Thomas Carlyle en El sastre remendado allá por 1833, aunque se antoja un aforismo que debe de perderse en la oscuridad de los tiempos. Joaquín Sabina ya lo advertía en su canción Ruido, aunque el cantante de Úbeda lo utilizara simbólicamente para describir la ruptura de un amor. Da igual que los ayuntamientos instalen sonómetros o que la OMS incluya el ruido entre los activos tóxicos de nuestro ambiente. El silencio está herido de muerte y ha adquirido un total desprestigio. Cuando en mi jornada como docente debo hacer las llamadas “guardias”, paseo por los pasillos del instituto y no hay aula donde no se escuche alboroto. Me pregunto cómo pueden mis compañeros dar una clase en esas condiciones y hasta qué punto cualquiera de los contenidos que allí se imparten pueden calar en los alumnos en medio de semejante bullicio. Lo peor es que esa situación anómala se ha vuelto normal, hasta el punto de que un niño ya no entiende por qué el profesor le llama la atención al pedirle silencio. La gente habla a voces por doquier, los anuncios de la televisión son estridentes, los locutores deportivos braman aunque el partido se halle en un momento anodino, los espectadores comentan la película en las salas de cine como si estuvieran solos en el salón de su casa, suenan los cláxones en la ciudad, los pasajeros del tren vociferan a sus teléfonos móviles, todo el mundo habla y habla y sabe de todo, aunque lo que tenga que decir sea normalmente una mamarrachada, y hasta en la supuesta vanguardia educativa que es Finlandia se están creando bibliotecas refractarias al silencio. Claro que, si en Helsinki lo hacen, aquí pronto lo imitaremos porque Finlandia, claro, es dogma de fe. Nunca tantas palabras habían valido tan poco.
Es ya casi mítico el famoso escritorio que se expone en Iria Flavia, en la Fundación Camilo José Cela, donde el Nobel español escribiera su Oficio de tinieblas 5. No vamos nosotros tan lejos, pero es cierto que hay que recuperar el silencio, ese lugar donde reencontrarnos con nosotros mismos y con las verdades mancilladas por la vacua barahúnda general. El silencio, no sólo como bálsamo, sino como esponja porosa donde se acumulan las certezas que no dicen las palabras, como reverencial atrio de la iluminación, como asilo del necesario pudor, como condición para la creación excelsa.

La editorial Linteo publicó el pasado mes de abril El silencio es oro, una colección de 83 poemas, 36 de ellos inéditos, de Juan Ramón Jiménez. Su lectura dirá mucho mejor que yo las virtudes de ese “príncipe blanco y oro” que es el silencio. A mí, los tres mil quinientos caracteres de mi artículo semanal me avisan de que ya va siendo hora de callar. De guardar silencio. Shhhhhh….

viernes, 26 de mayo de 2017

362. La muerte de la rima



Hoy día es ya casi imposible hallar un poeta que versifique haciendo uso de la rima. Esto no es ni bueno ni malo. Prescindir de la rima y de los moldes métricos ha contribuido a la libertad expresiva liberando a la inspiración de los corsés formales. Bien mirado, resulta absurdo que aquella palabra insustituible que dice exactamente lo que queremos manifestar, tenga que suplantarse por otra menos precisa sólo porque no encaja en el cómputo silábico de la estrofa o porque no se ajusta a la rima. Y, no obstante, hasta los románticos con toda su exaltación de la libertad creativa, no quisieron desprenderse de ella.
Hace poco escuché decir al reputado poeta Antonio Méndez Rubio que hay quien concibe la poesía como una especie de performance donde lo importante es el efectismo. Sólo esa puesta en escena, relacionada con la pompa y aparato de la recitación declamatoria, justificaría el sometimiento al yugo de la rima. Efectivamente, el poema no tiene la obligación de estar concebido para ser recitado; del mismo modo, hay poemas sin rima que suenan maravillosamente en voz alta.
Sin embargo, la desaparición de la rima y de las sílabas contadas, cuyo dominio resulta tan difícil, ha abonado el terreno a toda suerte de poetastros que, de un tiempo a esta parte, mancillan el sagrado territorio de la poesía, convencidos de que eso de hacer versos está chupado. Cuando el difícil magisterio de la métrica y la rima servían para distinguir al verdadero poeta de aquel otro que sólo hacía ripios, los poetastros eran menos osados, conscientes de su inferioridad. Ahora que no hace falta dominar ese arte para envanecerse con la publicación de un libro, cualquiera se apunta a escribir versos. Hay poemarios a los que sólo otorgamos ese nombre por la disposición espacial de los supuestos versos, pero podrían leerse perfectamente como un texto en prosa. Aunque siempre habrá quien me reproche que eso de distinguir entre verso y prosa a estas alturas resulta un ejercicio un tanto retrógrado. Signo de los tiempos donde uno ya no sabe cómo debe llamar a las cosas.
Y, no obstante, el verso libre sigue siendo el menos libre de los versos y eso no pasa inadvertido al lector avezado, para desgracia de quienes buscan medrar con el subterfugio del “todo vale”. Las cadencias, la eufonía, la musicalidad, las rimas internas, la disposición de los acentos, el ritmo, siguen ejerciendo como indicadores de la calidad de un poema. Y, claro, la enjundia de lo que sus versos digan, hoy que la banalidad lo inunda todo, bajo la mentira del relativismo.
A mí, qué quieren que les diga, me gusta la buena poesía rimada. Nada en poesía me produce mayor placer que disfrutar de la noble perfección de un soneto, aun a riesgo de que me llamen trasnochado. Si yo fuera poeta, escribiría un libro lleno de sonetos, lo inundaría de endecasílabos enfáticos con que reivindicarlos; o melódicos para mecerme en ellos; o heroicos, que es lo que mejor se aviene contra la trivialidad de los poetas timoratos y apocados. Un libro de sonetos como a la antigua usanza, con sus cuartetos abonando con su semilla sugestiva la explosión floral de los tercetos encadenados. Un libro de sonetos, de esos que se recitan de pie, porque hay que ponerse en pie cuando se lee un soneto, acompañado de la batuta reverencial del brazo libre que no sujeta el papel. Un libro de sonetos. Pero, ¡ay!, que yo no soy poeta, y aunque lo fuera, jamás me atrevería a escribirlos andando como anda por el mundo don Antonio Carvajal.

viernes, 19 de mayo de 2017

361. 'Lady Macbeth'



El debut cinematográfico de William Oldroyd no ha podido soslayar la veta teatral del director británico, no sólo por el tema elegido, una nueva reformulación de la mítica Macbeth, sino por la factura escénica, tan reconocible en sus resortes dramáticos. En cualquier caso, la transmigración de género de todo ese lenguaje se ha realizado con pasmoso magisterio.
Para esta nueva Lady Macbeth, Oldroyd ha confiado en la adaptación que Alice Birch ha realizado del relato corto, casi homónimo, de Nikolai Leskov, Una Lady Macbeth de Mtsensk, escrita por el novelista en 1865, y que entronca con el gusto de algunos narradores rusos decimonónicos por los temas shakespearianos (Turguéniev, por citar un ejemplo más o menos conocido, escribió otro cuento titulado Un rey Lear en la estepa en 1870).
Es precisamente en el origen literario de la película donde hallamos el mayor mérito de la cinta. Sin esa génesis literaria, el producto cinematográfico habría resultado un trabajo correcto sin más, con un excelente tratamiento técnico, quizás demasiado perfecto en su ensimismamiento y autocomplacencia formal, pero cuya pulcritud innegociable le arrebata algo de alma. Sin embargo, al comparar el libro con la película, toca rendirse ante la inteligencia de Birch a la hora de ejecutar la adaptación del texto de Leskov, atreviéndonos a afirmar (¡oh, anatema!) que la película mejora el original literario. Así como Disney edulcoró los cuentos de los hermanos Grimm, Birch ha hecho justamente lo contrario con el libro de Leskov, imprimiendo una versión más oscura, telúrica y despiadada, que carga las tintas sobre el personaje de Katherine. Baste como ejemplo la terrible e impactante escena del asesinato por envenenamiento de Boris, el suegro de Katherine, que en el relato de Leskov queda apenas insinuado. En general, toda la película es una subyugante intensificación de la historia escrita por Leskov, de la que se poda muy acertadamente su parte final, pues, efectivamente, su lectura produce la sensación de un enojoso y prescindible epílogo. En cambio, hay partes del cuento de Leskov que habrían sido muy útiles a la película, como son todas las imágenes oníricas que simbolizan la punzada de la culpa y los remordimientos ante las atrocidades que comete Katherine; éstas son extirpadas en la película, lo que resta humanidad al personaje femenino para convertirlo prácticamente en una alegoría del mal. Las dudas morales, en cambio, pasan a Sebastian, el amante de Katherine, justo al contrario que ocurre en el libro de Leskov. Al poner el énfasis en la capacidad manipuladora de Katherine y en su frialdad ante las muertes que produce, este personaje queda más cerca de su modelo shakespeariano (algo adulterado en Leskov) y homenajea, como sólo sabe hacerlo el cine británico al genio de Stratford, como ya quedó demostrado con la imprescindible Macbeth, de Justin Kurzel (2015), por nombrar la adaptación más reciente. Quizás, ya, puestos a intensificar el relato de Leskov, el guión de la película podría haber atendido mejor a la tensión erótica inicial entre Katherine y su amante, que se soluciona, como en el libro, sin la necesaria morosidad. Hay que destacar también la interpretación de Florence Pugh, que encarna el perfecto prototipo de la inocencia hecha perfidia.

En definitiva, el mérito de Lady Macbeth reside en su portentosa ejecución técnica y en su inteligentísima adaptación. Se echa en falta, en cambio, que en sus sugestivos silencios, se oiga el grito desgarrador del alma de unos personajes demasiado impolutos.

viernes, 5 de mayo de 2017

360. 'Incendios'



En un momento donde la banalización de las palabras nos ha llevado a leer en las contraportadas de los libros, adjetivos como “imprescindible” u “obra maestra” aplicados a cualquier novelucha del tres al cuarto, es hora de devolverles a esos atributos su verdadera naturaleza semántica. Vayan a ver Incendios y sabrán de verdad lo que es imprescindible y lo que es una obra maestra para sonrojo de esas fraudulentas contraportadas.
Incendios es una de esas obras que deben pasar a los anales del teatro contemporáneo porque compendia a la perfección todo lo que se le pide a un montaje teatral: texto, técnica, ética, estética, tradición, modernidad, catarsis. Mouawad narra la historia de Nawal, una mujer sumergida en un mutismo impenetrable que, tras morir, deja a sus dos hijos sendos sobres testamentarios donde se les conmina a buscar a su padre, al que creían muerto, y a un hermano cuya existencia ignoraban. Al acatar la voluntad de su madre, Jeanne y Simon se enfrentarán en su viaje al horror de la guerra y a la terrible verdad sobre sus propios orígenes.
La obra entronca con el fatum de la tragedia griega llevando los designios del destino y las casualidades a su grado máximo de patetismo, desgarro y crueldad. El desarrollo de la acción, paralelo a la investigación de los hijos, se produce mediante frecuentes flasbacks bien dosificados que, a veces, se solapan con el presente integrándose en él de manera muy natural, algo que ocurre también con el tratamiento de los espacios. Ese hilo argumental confiere a la obra un marcado carácter narrativo, casi novelesco, no demasiado habitual en el endogámico discurso teatral, que jalonado por el simbolismo lírico de las escenas y el sufrimiento interior de los personajes, convierten a la obra en un producto total. Aunque el contexto histórico de la obra remite a la guerra civil libanesa, ésta se reduce a meras vaguedades que trascienden el carácter local del conflicto para universalizar el sinsentido y la barbarie de cualquier guerra. Es importante, por su simbolismo, la escena en la que Jeanne, profesora de matemáticas, explica a sus alumnos la teoría de los grafos, según la cual, los diferentes vértices de un polígono dado no pueden comunicarse todos entre sí. Jeanne tiene que llegar al corazón de su polígono que le permitirá descubrir la verdad sobre su origen pero la teoría de los grafos es también el trasunto del mundo occidental, aislado en su vértice de indiferencia, ante los problemas de Oriente Próximo. Es también fundamental el relieve que se da a la cultura y a la alfabetización como únicas armas ante el silencio del horror. Mouawad se postula, además, en su obra, en el más contundente extremo del amor como redención, casi imposible de aceptar por el espectador, debido a su bellísima pero inasumible radicalidad.

Los actores (con una Nuria Espert algo dosificada en el tiempo de sus intervenciones en una función de tres horas; el eficaz contrapunto del albacea, interpretado por Ramón Barea; y los guiños de dicción de Laia Marull representando a la Nawal joven, que trata de remedar a Nuria Espert en su papel de Nawal mayor –quizás un homenaje de la joven actriz); los silencios, el tempo narrativo, el juego de luces, la sencilla, delicada y, a veces, cruda escenografía, la mano maestra de Mario Gas, todo contribuye a engrandecer el trabajo de Mouawad que, esta vez sí, con todas las de la ley y sin enredadores de palabras de por medio, es una obra imprescindible. Una obra maestra.

viernes, 28 de abril de 2017

359. Stefan Zweig: adiós a Europa



Aunque hace ya varios días que he visto la película, todavía soy incapaz de concluir si el homenaje cinematográfico a Stefan Zweig es el biopic más frío de la historia del cine o si, por el contrario, se ajusta perfectamente al perfil del escritor.

Hay dos maneras de acercarse a la película de Maria Schrader. Una, desde el apasionamiento que suscita la figura de Stefan Zweig, autor que para muchos, entre los que me incluyo, constituye un referente imprescindible en la historia de la literatura europea del siglo XX. Y la otra, desde una visión más aséptica, menos emocional,  donde el espectador sea capaz de domar la emotividad que implica la grandeza humana del escritor austríaco, su admirable inteligencia, su incorruptible sentido ético y estético y las terribles circunstancias de su exilio y posterior suicidio. Yo acudi a verla con la primera de esas premisas, con la del arrebatamiento nacido de la admiración y del dolor. Ese fue mi error. ¿Pero cómo sostener la brida de la exaltación? La primera vez que me acerqué a Stefan Zweig fue a través de su libro de memorias, El mundo de ayer. Yo no sabía nada de Zweig y tampoco conocía el trágico desenlace de Petrópolis. De manera que leía su ensayo con el arrobo que produce su prosa luminosa y, sobre todo, su optimismo inquebrantable, basado en la fe en los hombres y en su gozosa comunión colectiva al amparo del arte y la cultura, más allá de las lenguas y de las fronteras. Su vehemencia eran tan avasalladora y entusiasta que poco podía imaginar yo que acabaría devastada por la abdicación del suicidio. Cuando, profundizando en su biografía, hallé por casualidad la sobrecogedora fotografía en la que el cadáver de Zweig yace en la cama de su residencia de Petrópolis, las manos entrelazadas con las de su inseparable Lotte, sentí una punzada estremecedora de la que aún no me he repuesto. ¿Cómo era posible que aquella ilusión fuerte y esperanzada fuera derrotada de esa manera? El contraste resultaba terriblemente atroz. ¿Cómo no acudir al cine, pues, con los sentimientos a flor de piel y esperar de la película un homenaje grandioso y épico? Sin embargo, Maria Schrader ha optado por la mesura más contenida. Y nada hay, quizás, que reprocharle. La película se ajusta al carácter discreto de Zweig, a su humildad y rechazo del protagonismo. En una secuencia de la cinta, cuando Zweig es apremiado para que condene el régimen de Hitler en el Congreso de Escritores de Argentina de 1936, el autor austríaco se niega porque considera que condenar lo obvio ante un auditorio donde todo el mundo opina lo mismo, es un acto de vanagloria y exhibicionismo. La película recorre las vivencias del exilio de Zweig y del paulatino desmoronamiento de su alma de manera fragmentaria, casi impresionista, sin cargar las tintas en el sentimentalismo, o utilizando espléndidas secuencias simbólicas como la mala interpretación del Danubio Azul por parte de la orquesta en el acto de recepción brasileña, trasunto de la decadencia de su mundo. También se aborda su sentimiento de culpa por el privilegio que su condición de escritor afamado le proporciona a la hora de obtener los salvoconductos para el exilio mientras otras personas sufren o mueren. Pero todo se hace con una contención tan conscientemente epidérmica, que el espectador es incapaz de involucrarse en la tragedia del personaje. La misma escena de la muerte de Zweig, inopinada también en la película por lo repentino de la misma, se muestra a través del juego de espejos del armario y de la mirada triste de los circunspectos, entre los que se halla Gabriela Mistral. La sensación tras los créditos finales es la de no haber llenado el molde de sus gigantesca figura ni el de su muerte. Pero quizás Zweig habría suscrito esa sigilosa semblanza.

viernes, 21 de abril de 2017

358. Buenismo educativo



Cada día que pasa me resulta más difícil encontrarle un sentido a mi labor como docente. La última patochada la publicó el Ministerio de Educación en su página web el pasado 17 de abril, donde ratificaba que los alumnos de la ESO podrán titular con dos asignaturas suspensas, siempre que éstas no sean, simultáneamente, Lengua y Matemáticas. Además de la evidente discriminación a otras áreas del saber, que choca hipócritamente con la tan traída educación integral del alumno, las implicaciones derivadas de esta normativa son muchas otras. El mensaje que se envía a los estudiantes es, básicamente, que uno puede llevar a cabo sus obligaciones a medias; se trata del chapucerismo patrio elevado a decreto oficial. Pero es, además, una estafa para los propios alumnos, porque aquellos que finalmente hagan un bachillerato y emprendan luego una carrera universitaria, no comprenderán por qué no han podido acceder a los estudios superiores que deseaban por estar sólo una décima por debajo de la nota de corte, o por qué la universidad les niega su licenciatura (ahora le llaman grado), al no superar todas las asignaturas correspondientes, o por qué en una oposición no obtienen plaza pese a haber aprobado los exámenes o, más probablemente, por qué nadie les va a pagar la birria de alicatado que han hecho en el cuarto de baño. Es decir, se les está vendiendo y acostumbrando a una realidad que no existe. ¿Pero por qué nos extrañamos? Yo mismo he recibido llamadas de atención de inspectores educativos (la mayoría de los cuales no son más que desertores del aula, que salieron por patas de las trincheras incapaces de controlar a una clase pero que luego se permiten el lujo de darte lecciones sobre eficiencia didáctica), reprochándome el alto número de alumnos suspensos en mi asignatura. Pero nunca les vi acercarse a los profesores enrollados, esos que ponen un 10 a todo quisque porque, al parecer, eso no les parece una anomalía del sistema. Esos profesores no han pegado chapa en todo el curso ni se han pasado innumerables horas corrigiendo exámenes con el rigor que se les presupone, pero son unos aliados del sistema porque, con ellos, claro, no existe el fracaso escolar y podemos darnos la palmadita en la espalda congratulándonos de lo bien que funciona todo. ¿De qué nos extrañamos sin en las juntas de evaluación se presiona a los profesores para que aprueben a un cupo mínimo de alumnos para evitar la masificación de repetidores en las aulas el curso próximo o por la buena imagen del centro? ¿De qué nos sorprendemos si esa infame raza de psicopedagogos, orientadores y demás ralea del buenismo pedagógico de nuevo cuño (con felices excepciones), le miran a uno como a un criminal sin entrañas por no aprobar al pobre chico que no ha pegado un palo al agua porque, aseguran, tiene un conflicto emocional que debe de ser determinante para saber distinguir una palabra aguda de otra esdrújula? Y, total, ¿para qué sirve eso de poner tildes, no? Si lo importante es que el chaval sea feliz y tal y pascual.  Oigan, a mí díganme a cuántos tengo que aprobar y acabamos antes; y así me evito la tortura de leer los exámenes de algunos alumnos y me dedico a otra cosa, yo qué sé, a pasearme, a leer novelas, o a reflexionar para qué narices me levanto cada mañana empeñado en hacer de mis alumnos ciudadanos responsables, educados en el espíritu del sacrificio, cívicos y cultos si luego la psicopedagoga, que lo mismo se hernia por tener a dos alumnos en el búnker que ella llama despacho, menosprecia tu trabajo y te llama retrógrado sin escrúpulos ni empatía. Qué razón tenía Elvira Roca Barea, cuando dijo que analfabetos los ha habido siempre pero que nunca habían salido de la universidad. 

viernes, 7 de abril de 2017

357. Parnaso Balompié




Bienvenidos al estadio Benito Pérez Galdós donde esta noche se enfrentan el Parnaso Balompié y el Incultural Borreguil, choque a todas luces desigual, ya que el Incultural Borreguil lidera holgadamente la clasificación y está a punto de cantar el alirón. Para el choque, los técnicos del Parnaso Balompié, Menéndez Pidal y Martínez Ruiz “Azorín”, han dispuesto una táctica clásica, como no podía ser de otra manera, con un 4-4-2 canónico. ¡Pero, atención, porque el Parnaso Balompié acaba de saltar al terreno de juego entre los vítores salmantinos del respetable, y sus once jugadores posan ya ante los fotógrafos como un endecasílabo heroico! Repasemos la alineación del equipo local. Defenderá la portería del Parnaso, Miguel Hernández, que en la pasada jornada salvó la derrota de su equipo deteniendo un disparo que ya se colaba por los altos andamios de las flores; emocionado, declaró luego que dedicaba su parada a su amigo Ramón Sijé, tristemente desaparecido. La aguerrida pareja de centrales la forman Blas de Otero y Octavio Paz, famosos por su juego comprometido, expeditivo y sin medias tintas. El defensa mexicano aseguró en la rueda de prensa previa al partido que esta noche los delanteros rivales “no pasarán”. El lateral derecho lo ocupará Miguel Delibes, experto en el arte cinegético de apresar a los extremos que se internen por su banda; el lateral opuesto es hoy para Pablo Neruda, que de eso de ser carrilero sabe un rato, o si no que le pregunten a Delia, que ha sufrido su férreo marcaje durante muchas temporadas. El medio centro es para Antonio Muñoz Molina que soba y magrea el balón para extenuación de los rivales y deleite de la afición. En el extremo derecho se situará Agustín de Foxá, injustamente criticado por la hinchada porque dicen que la izquierda la tiene sólo para apoyarse y, sin embargo, su juego combinativo le permite asociarse con cualquier buen jugador; en el extremo izquierdo estará Rafael Alberti que, aunque juega como los ángeles, todavía colea sobre él la polémica sobre la cesión surrealista que dejó vendido a Miguel Hernández en el último partido. “Creí que se la pasaba a Platko”, ha declarado el gaditano. La media punta pide un jugador sorprendente e imaginativo y por eso hoy el entrenador alineará a Federico García Lorca, sustituyendo al lesionado Ramón Gómez de la Serna, que sufre un esguince en la greguería derecha. Desde la enfermería, el jugador madrileño declaró contrariado que “lo más difícil de digerir en un banquete es la pata de la mesa que nos ha tocado en suerte” y que “el Coliseo en ruinas es como una taza rota del desayuno de los siglos”. Lorca confía en su debut y ha apelado al llanto de la guitarra para ganar este partido; la afición le pide hoy camelias blancas y que meta la luna en la fragua. Finalmente, en la punta de ataque, dos arietes de excepción: Valle-Inclán, que tratará de hacer del portero rival un esperpento, y Juan Marsé, que buscará revolverse en el área cual Pijoaparte en los palacetes de San Gervasio. ¡Todo listo para el inicio del encuentro! Suena el himno del Parnaso Balompié, con el son dulce, acordado, del plectro sabiamente meneado de la lira apolínea. Berrea el público rival. Dirige el partido el colegiado Cansinos-Assens, magnánimo y justo. El choque se antoja difícil pero Pidal, desde la banda, da las últimas instrucciones en su arenga y contagia de entusiasmo a sus jugadores. Él, más que nadie, conoce el valor de las gestas. ¡Pita Cansinos y el balón echa a rodar en el Benito Pérez Galdós! El graderío se llena de versos volanderos y la afición vocea, y hay en esos gritos un algo desesperado, como de agónica pugna contra el abismo y la intemperie.