lunes, 24 de julio de 2017

370. El pasillo 860



Nada más entrar en la biblioteca, el silencio. Y con él, una atemperación, casi instantánea, de nuestro propio cuerpo. No sólo han quedado fuera los cláxones, la inmisericorde ráfaga sonora de las obras, el borborigmo de las gentes;  también nosotros mismos o, para ser más exactos, ese envoltorio falaz con que nos mostramos al mundo, ese ente barnizado por los convencionalismos y los roles aprendidos, esa carcasa, se queda también fuera de la biblioteca, esperándonos apremiante con su reloj y su zapateo inquieto sobre el asfalto, nuestro avatar. Dentro, todo el ruido del mundo se reduce al bisbiseo conventual de las bibliotecarias; termina el jadeo con que hemos cruzado el umbral, y las pupilas llenas de sol se dilatan ante la luz recogida del vestíbulo. Acogerse a sagrado. Fuera, el mundo. Dentro, todos los mundos. Y nosotros, sobrevenido astro, alrededor del cual, orbitan todos ellos. Los libros.

Las signaturas de la Clasificación Decimal Universal presiden cada uno de los pasillos que delimitan, flanqueándolos, las estanterías, como pasadizos que conducen a la faraónica cámara sagrada en la pirámide del saber.Impulsados por una inercia connatural, caminamos hasta el 860. Aquellos tres números se antojan la gematría de los antiguos cabalistas judíos, detrás de los cuales se halla la iluminación. No somos chovinistas ni talibanes del idioma; nuestras lecturas comprenden un bagaje de marcada vocación universal pero no podemos evitar sustraernos al orgullo que nos producen aquellos tres números a los que nos rendimos con pitagórico misticismo y donde se cifra, en su parca destilación numérica, la belleza de la lengua española. Caminar por la vereda tapizada del 860, los pies monacales reverenciando el silencio en su paso amortiguado, es como andar custodiado por los manes que protegen el único hogar en que nos reconocemos seguros, el de la palabra. A izquierda y derecha, los libros son talismanes votivos que nos protegen; el mundo puede reducirse en ese momento a ese pasillo, claustro protector colmado de capiteles bibliográficos. Otras veces nos parece un cementerio donde cada libro es un epitafio y, nos sentimos poderosos demiurgos porque sólo un gesto nuestro, el de tomar el libro del estante, es capaz de resucitar a los muertos, nosotros, médiums e intérpretes de sus voces, sacerdotes supremos, chamanes depositarios del secreto ritual literario, targumanes de los textos sacros. Reconocemos muchos de estos libros, duplicados, en las estanterías de nuestras casas. El don de la ubicuidad de la cultura. Los panes y los peces. Escudriñamos entre los anaqueles para decidir la resurrección de hoy, si es que alguna vez murieron del todo. Entre los huecos que dejan los libros, se intuyen otras sombras, en otros pasillos, celebrando el mismo ceremonial. Se hallan en pasillos contiguos, apenas intuidos entre la celosía libresca, pasillos inhóspitos que casi nunca visitamos, presididos por extrañas combinaciones numéricas. Cuando, al fin, hallamos el libro que buscamos, acudimos al mostrador y lo depositamos con inevitable solemnidad sobre la mesa. Allí, la bibliotecaria asperge con su hisopo tecnológico un haz de luz roja, como si exorcizase al libro de la prisión del olvido en que se hallaba, encerrado tras las rejas de su código de barras. El libro pasa entonces a ser nuestro. ¡Nuestro! Nos dirigimos hacia la salida y franqueamos, con irracional temor, los arcos de seguridad, temibles Escila y Caribdis para el aventurero Ulises, cazador de tesoros. Pero nada ocurre. Retomamos a nuestro avatar. Y huimos, como si hubiéramos cometido alguna profanación.

lunes, 17 de julio de 2017

369. NO VOTARÉ (Los otros 1 de octubre)



El 1 de octubre de 1584 nació en Tordesillas Alonso Castillo Solórzano, uno de los escritores españoles más prolíficos de nuestra literatura. Llegó a vivir en Barcelona y se le considera el padre de la llamada “comedia de figurón”, subgénero dramático parecido a la farsa protagonizado por los “figurones”, personajes cómicos grotescos y defensores de un ridículo orgullo, algo así como Puigdemont, pura farsa y figurón.
El 1 de octubre de 1684 muere en París el gran Pierre Corneille. El dramaturgo francés se rebeló contra la polémica gestión del Cardenal Richelieu y le recordó en su obra Horacio que los políticos no están por encima de la ley.
El 1 de octubre de 1856 Flaubert comienza a publicar por entregas en La Revue de Paris, su obra más reconocida, Madame Bovary. De esta novela, Vargas Llosa dijo que “el drama de Emma es el abismo entre ilusión y realidad” (otra vez el adúltero, adulterado, Puigdemont). A Flaubert la Historia lo recuerda porque pertenece a la patria de las palabras, la única patria común.
El 1 de octubre de 1500, Cristóbal Colón es encarcelado por los Reyes Católicos por sus abusos tiránicos en La Española, contraviniendo la posición de Isabel I, que defendía la igualdad entre indios y españoles. No necesitamos héroes así. Quizás después de este dato, alguien renuncie a las tesis catalanistas sobre el origen de Colón; no vayamos a mancillar la pureza de la raza.
El 1 de octubre de 1792 se funda el Diario de Barcelona, donde llegó a escribir Joan Maragall…en castellano. ¡Anatema!
El 1 de octubre de 1880, Thomas Alva Edison funda la primera central eléctrica del mundo. ¡Luz para el ciego Puigdemont!
El 1 de octubre de 1901 se funda la SGAE. Puigdemont quiere para sí los derechos de autor de Cataluña pero Cataluña no es patrimonio de Puigdemont.
El 1 de octubre de 1905, un joven carpintero llamado František Pavilíc es asesinado en Brno  por la bayoneta de un soldado imperial durante las protestas que se llevaron a cabo en esa ciudad checa para pedir pacíficamente una nueva universidad. ¿De qué habla Puigdemont cuando habla de represión española? En su recuerdo, el músico  Leoš Janáček compuso la famosa Sonata para piano 1.X.1905. ¿Qué sonata compondrá la Historia a Puigdemont?
El 1 de octubre de 1931, se aprueba el sufragio universal femenino en España con urnas de verdad para causas de verdad.
El 1 de octubre de 1946 se dicta sentencia en Núremberg a los asesinos nazis responsables del Holocausto. Stefan Zweig, que abominó de cualquier tipo de nacionalismo, no pudo verlo. Se había suicidado en Petrópolis cuatro años antes.
El 1 de octubre de 1958 se funda la NASA. Donde unos ven fronteras y muros, otros tienen por límite el universo entero. Puigdemont debiera leer a Carl Sagan.
El 1 de octubre de 1969, el Concorde rompió por primera vez la barrera del sonido. Hay que viajar más, señor Puigdemont, y salir del terruño.
El 1 de octubre de 1982, Sony y Philips empiezan a comercializar los primeros discos compactos. Puigdemont está aún en el vinilo.
El 1 de octubre de 1989, Dinamarca legaliza los matrimonios homosexuales. A Puigdemont lo que le gusta es casarse consigo mismo. O practicar el naci-onanismo.

El 1 de octubre de 2017, todos más pobres.

lunes, 10 de julio de 2017

368. ¿Qué fue de Antonio Skármeta?



Hagan la prueba. Lléguense hasta su librería más cercana y pidan algo de Antonio Skármeta. Casi siempre le responderán que en la tienda no hay nada pero que “si aguarda usted unos días, podríamos pedirlo”. Ya ni El cartero de Neruda encuentra acomodo entre las estanterías. Desahuciado de los anaqueles de las librerías al uso, a Skármeta hay que buscarlo en las bibliotecas o entre esa mágica chamarilería que son las librerías de viejo. Y, a veces, ni por esas. ¿A qué se debe este destierro? Cierto que el autor chileno no es el escritor más prolífico del mundo (apenas 10 novelas en 42 años, si no contamos sus cuentos y obras de teatro, que, por cierto, habría que reivindicar), pero más allá de esa moderación creativa, resulta difícil de entender que, pasado el furor de su entrañable cartero, Skármeta se haya convertido en una pieza rara de los museos bibliográficos. Echo de menos el mimo con que las editoriales españolas se vuelcan en la promoción de escritores de peor calidad sin escatimar recursos en las reediciones de sus obras. Y algo tendrá que ver también la propia naturaleza personal de Antonio Skármeta, tan en las antípodas del envanecimiento y ansias de protagonismo de otros.
Pero resulta que Antonio Skármeta existe. Vaya que si existe. El pasado mes de mayo, el autor de El baile de la Victoria leía su discurso de ingreso a la Academia Chilena de la Lengua, titulado “Pedaleando con San Juan de la Cruz”, donde repasa la influencia que ha ejercido la tradición española en sus obras. Leer esa agradecida y apasionada deuda de Skármeta con nuestros clásicos, todavía llaga más la herida de su injusto olvido o relativa indiferencia en nuestro país. Ya lo dije en otra ocasión: cuando se lee a Antonio Skármeta, uno experimenta la ingenua esperanza de poder reconciliarse con el género humano. Los personajes creados por el escritor chileno en sus novelas están concebidos desde una insobornable filantropía merced a la cual nos son presentados como almas limpias, transparentes, generosas y entrañablemente cándidas. Son, en definitiva, buenas personas. Esta marcada bonhomía no se asienta, sin embargo, sobre una concepción maniquea de los caracteres que pudiera originar, por contraste, la separación entre los buenos y los malos. El desarrollo de sus personalidades fluye de manera tan natural que las aceptamos sin escepticismo y nadie nota en su construcción soldaduras que pongan de manifiesto el trabajo literario del novelista. Tampoco son, pese a su nobleza, personajes que aspiren a ser ejemplo de nada. Su profunda humanidad los hace imperfectos, seres reales de carne y hueso; no son héroes épicos pero sus limitaciones y la conciencia de las mismas los dignifican en ese heroísmo cotidiano del vivir.
Casi al final de su discurso, Skármeta cita su cuento “El ciclista de San Cristóbal”. En él  un ciclista que participa en una competición, se obsesiona con la idea de que cada pedalada servirá para curar la enfermedad de su madre. Al volver a casa, halla a su madre restablecida comiendo una sopa. El pedal, en su movimiento alterno de descenso-ascenso se convierte entonces en símbolo de su credo literario y vital: “del pedal que sube al pedal que baja, del alma que se hunde en las tinieblas y del alma que sube a la luz de la revelación. Es el tránsito de la vida: lo bajo nutre lo sublime, lo sublime sólo hace sentido si se empuerca en la grandeza de lo mínimo. Este es el tránsito al que aspira mi prosa. Es mi modo de reverenciar la poesía”.

¡Pues venga entonces! ¡Una pedalada para arriba para Antonio Skármeta!

domingo, 2 de julio de 2017

367. 'Burundanga'



Algo debe de tener un espectáculo teatral cuando prolonga su cartel en Madrid durante seis temporadas con llenos absolutos en casi cada función. Es el caso de Burundanga, la comedia de Jordi Galcerán, que lleva ya más de 2000 representaciones. Así que, ni cortos ni perezosos, nos hemos ido a la capital de España a comprobar con nuestros propios ojos qué hay de cierto en la desternillante promesa de la que hablan las críticas. Traspasar el umbral del Teatro Lara ya merece el viaje; dentro, su vestíbulo decadente de tiempo periclitado, su patio de butacas casi conciliabular, donde parece que va a reunirse alguna logia clandestina, y sus aristocráticos nueve palcos donde uno puede imaginarse a la flor y nata de la sociedad madrileña de principios del siglo XX asistiendo al estreno de El amor brujo de Falla, nos produce una melancólica sugestión.
Pero ésta desaparece en cuanto los actores de Burundanga comienzan su alocado y divertido juego de equívocos. Berta (Ruth Núñez) está embarazada de Manel (Andrés Acevedo) pero no está segura del amor que éste siente por ella, de modo que su compañera de piso, Silvia (Tusti de las Heras), aconseja a Berta administrar a su novio el burundanga, la droga de la verdad. La prueba tomará derroteros inesperados, cuando Manel, bajo los efectos de dicha droga, revela que forma parte de la banda terrorista ETA junto a su amigo Gorka (César Camino), que está a punto de llegar al piso para reunirse con él.

Más allá de la indiscutible comicidad de la obra, con un quinteto completado por Eloy Arenas que, salvo una floja Ruth Núñez, realiza un despliegue de recursos verdaderamente hilarante, el montaje es, ante todo, una parodia del fin de ETA. Y ahí comienzan las reservas. La parodia ha sido desde siempre el formato más indicativo del desgaste de un género, del fin de un tabú o de la catártica liberación del pensamiento. Cervantes parodió las novelas de caballerías cuando éstas parecían ya agotadas; Benítez Reyes hizo lo propio con la mala novela histórica y su abuso editorial con Mercado de espejismos; Scary Movie parodió las películas de terror cuando éstas dejaron de darnos miedo y les perdimos el respeto. Sin embargo, ¿estamos preparados para una parodia sobre ETA? ¿No le resultará incómodo al espectador verse obligado a simpatizar y a enternecerse con el pobre diablo que Jordi Galcerán ha creado a través del ridículo y divertido etarra Gorka? La risa desatenaza el rictus del alma que está llena de odio y de rencor; a la risa le agradecemos aliviarnos el peso insoportable de los muertos; con la risa purgamos el veneno inoculado durante décadas y hasta podemos perdonar y nos sentimos mejor por ello; la risa y el sentido del humor miden la madurez de los pueblos.  Pero la risa también trivializa el dolor; la risa nos embriaga desatándonos una empatía imposible con quienes no la merecen. Y, aunque la obra llaga el orgullo de aquellos miserables que durante tanto tiempo se creyeron diosecillos a control remoto con la potestad de decidir sobre la vida y la muerte de los demás, lo cierto es que el público del Teatro Lara se ríe con Gorka y con el surrealista secuestro de don Jaime. Se ríe y de qué manera. Quizás nunca nos hayamos reído tanto y, a la vez, nos hayamos sentido tan culpables por esa perturbadora condescendencia que parece surgir de nuestra risa.

viernes, 23 de junio de 2017

366. Las damas bobas



Hay que ver lo bobas que se han vuelto de repente algunas mujeres. Me refiero especialmente a las esposas de la fauna corrupta que campea por España. La mujer de Urdangarin, la mujer de Julián Muñoz, la mujer de Francisco Correa, la mujer de Bárcenas, la mujer de Jesús Sepúlveda, la mujer de Jaume Matas, la mujer de José Luis Baltar, la mujer de El Bigotes… Y no sigo por evitarle al lector este bochornoso desfile de indeseables. A todas ellas las enumeramos así, con la expresión “la mujer de”, porque llamarlas por sus nombres y apellidos resultaría improcedente, ellas, tan entregadas a sus maridos, tan abnegadas, tan amantísimas esposas, tan rematadamente bobas, que han perdido su individualidad y autonomía como mujeres y son simplemente eso, “la mujer de”. Ninguna de ellas conoce los trapicheos de sus cónyuges porque el amor y la confianza las ciega o porque ellas se ocupan tan sólo de pintarse las uñas y de hacerse la manicura y no están para esas complejidades monetarias, que eso es cosa de hombres, como el brandy aquel del anuncio, y ellas son tontas y no saben de esos laberintos. Y así, el dinero entraba en sus casas a espuertas y su tren de vida crecía y crecía pero ellas no se daban cuenta del nuevo coche deportivo aparcado en la puerta, ellas no sabían absolutamente nada; no lo sé, no me consta, lo desconozco. En los tiempos que corren, cuando la mujer sigue luchando aún por su visibilidad en la sociedad y por igualar sus derechos a los de los hombres, estas damas bobas ejercen su papel de mujer florero, denigrándose a sí mismas y, por extensión, a todas las mujeres, con la teatralización y aceptación de su estupidez. A no ser que sean verdaderamente estúpidas y no den más de sí.
Hacia 1613 terminaba Lope de Vega una de sus comedias más famosas, La dama boba. El argumento es bien conocido: Liseo está prometido con Finea, y Laurencio con la hermana de ésta, Nise. Cuando Liseo llega a Madrid para cerrar su compromiso con Finea descubre que ésta es bellísima pero tonta de remate y queda, sin embargo, prendado de la inteligencia de Nise. A su vez, Laurencio prefiere el matrimonio con Finea que, aunque tonta, es la depositaria de la mejor dote por ser la primogénita. Ambos caballeros pactarán enamorar a la prometida del otro para tratar de dar la vuelta a sus respectivos compromisos. Así, Laurencio acabará enamorando a Finea que, por obra de ese enamoramiento termina volviéndose inteligente. Es un tema recurrente en el Siglo de Oro la virtud del amor para perfeccionar el espíritu, infundir sabiduría y avivar el entendimiento. Comoquiera que el padre de las hermanas se niega a estas nuevas aspiraciones de los pretendientes, y como la inteligente pero fría Nise rechaza a Liseo, éste, viendo el cambio operado en la personalidad de Finea vuelve a su antigua pretensión; pero ésta, que sigue enamorada de Laurencio, se hace la tonta para volver a desenamorar a Liseo.

Si trasladáramos la magnífica obra de Lope a la opereta infame de nuestros corruptos, las esposas de los imputados ¿quiénes serían? En un ejercicio de travestismo ¿serán todas ellas Laurencio, que tenia la única pretensión de casarse con la dote y no con la esposa? ¿Habrá operado el amor su capacidad instructiva haciéndolas más inteligentes de lo que eran, como se creía en los tratados amorosos del siglo XVII? Y, sobre todo y más importante: las esposas de los corruptos, ¿son la Finea boba o la Finea que se hace la boba?

viernes, 16 de junio de 2017

365. 'Tú me mueves'



El último poemario del turolense Agustín Pérez Leal, ganó el pasado año el Premio Antonio Oliver Belmás, que otorga el Ayuntamiento de Cartagena y acaba de ser galardonado con el Premio de la Crítica Valenciana ex aequo con Antonio Cabrera. Muchas veces el compañero de premio redunda aún más en el mérito de su correligionario.
Tú me mueves (Pre-Textos), constituye una celebración de la vida desde una concepción esencialista del mundo. Quizás por ello, la presencia de los cuatro elementos de la Naturaleza esté tan presente durante todo el libro, a la manera en que los presocráticos formularon aquel arjé o principio del universo. Así, la apología del sol, su luz majestuosa y trascendente, demiurgo nutricio de todas las cosas, detenida en la sagrada unción del aceite o en el incendio de amor de los girasoles. O el amanecer donde el mundo resucita como si lo hiciera por vez primera y en ese instante auroral de las primeras horas, detenido en una suerte de eternidad, se cifrara el arcano de todo, aunque el poeta no sepa decirlo. Pero también el agua, ritualizada en aquella sinagoga de Úbeda o mezclada con el sol en una lumbre con la que el poeta quisiera confundirse. Y la piedra, casi objeto votivo que puede servir de pedestal al amor. Y, claro, el aire, que acuna (sostiene) al poeta. Y, sin embargo, pese al sol, la verdad dolorosa del mirar y del saber. El poemario avanza entonces declinando su luz, hacia la tarde serena de “Placidez” y luego hacia la noche, trasunto de la muerte que nos gobierna “con la exacta sentencia / de una cruz de ceniza / sobre el cuerpo dormido” en “Nocturno”. Paralelamente a ese declive de la luz, la tierra se vuelve la ceniza que somos, y los poemas se tornan otoñales e invernales. Y, no obstante, el apego a la vida, permite resistir a la strelitzia en su obcecación ante el frío, y la hoja del álamo seco tiembla y lucha contra el viento; el poeta sigue teniendo la “sed de ser” y así se lo exige a su cuerpo: “límite de mi encuentro con el mundo / mi amigo, guárdame; / piedra que desecharon, /dintel, dovela, clave, guárdame”, aunque el cuerpo no sea ya más que ese roble por cuyas oquedades suena el viento, “aire azul de madera”, pero sonido, al fin y al cabo o la vieja enredadera que muere en la porfía de su ascenso, pero ascenso, a la postre. El elixir contra la muerte reside entonces en los instantes y su contemplación: el amanecer, el no- lugar del abrazo, el plano de lo que no somos en una cantata de Bach, el haiku de “Tanka”. Y, en último término, la búsqueda de la verdad en la “altura de lo hondo”, el “sin ti, tu certeza”, que cierra el libro culminando la oscuridad nihilista a que se iba abocando paulatinamente el libro y que, sin embargo, otorga circularidad a la obra, pues esa oscuridad del despojamiento que es el “no-yo”, es luz de autoconocimiento y de verdad.
El otro gran tema de libro es el amor. En todos estos poemas, hermosísimos, se aprecia una radical humildad ante el sujeto amoroso, la renuncia a sí mismo, la lealtad incondicional, la devoción casi religiosa y la vulnerabilidad de un alma entregada.

El lector que se acerque a Tú me mueves acabará con los ojos deslumbrados por una plenitud cenital, casi guilleniana, aunque sin concesiones al optimismo. Vivir es eso: sentirse en el mundo, “recién regado” y, a la vez, sentirnos “casa de nadie al fin, / casa de nada”.

viernes, 9 de junio de 2017

364. 'Cuando la noche te alcanza'



En los tiempos que corren, cuando el género aforístico ha alcanzado un nivel de banalización irritante, reconforta hallar entre toda esa fruslería barata y vacía con aspiraciones filosóficas, la mirada lúcida y enjundiosa de Juan Manuel Hernández, que acaba de publicar Cuando la noche te alcanza en la flamante editorial Tolstoievski, dirigida con rigor y contagioso entusiasmo por Ralph del Valle.
Aunque conocemos a Juan Manuel Hernández por la publicación, junto a Isabel Parreño, de las cartas de Pardo Bazán a Galdós recogidas en el volumen Miquiño mío (Turner, 2013), esta es la primera incursión del escritor sevillano en la literatura de creación.
Apuntábamos al inicio que el libro de Juan Manuel Hernández llegaba para dignificar el aforismo, ese género manoseado ya por cualquier mentecato en las redes sociales cuya superficialidad y adulteración exaspera al alma más flemática. Sin embargo, conviene puntualizar que Cuando la noche te alcanza no es propiamente una colección de aforismos, sino más bien un compendio de microtextos de extensión variable, nacidos de los apuntes que durante varias décadas el autor ha ido anotando en su relación con la vida y el mundo.
El tono del libro es esencialmente pesimista situándose en los postulados del nihilismo donde se nota la ascendencia que sobre el autor ha ejercido el pensamiento de Nietzsche o el de Cioran. En estos “nocturnos”, como gusta llamarlos Hernández, se aprecia un dolorido descreimiento del género humano rayano en la misantropía. Por eso es frecuente la apología de la soledad o del silencio, que le sirven de parapeto contra la frivolidad, la maldad y la estupidez humanas en todas su vertientes. En ese sentido, la noche, que puede ser trasunto de la nada que somos, es, a la vez, el espacio propiciatorio para la autoconfidencia y la clarividencia, a la manera de los místicos, aunque este diáfano discernimiento arroje lacerantes verdades sobre nuestra condición finita y animal. Anulado, pues, cualquier atisbo de trascendencia, sólo atenuado por la música y su capacidad de elevarnos por encima de la mediocridad, el autor carga, a veces con denodada vehemencia, contra el engaño de la religión y sus pueriles promesas alienadoras y narcotizantes. Especialmente atractiva resulta la mirada del autor sobre la ciudad, que nos recuerda al flâneur baudeleriano, aunque los tipos sociales que aquí aparecen se confunden con esa masa informe que puebla las urbes, segura de sus obligaciones y metas, pero atrapadas entre sus lindes como en una ratonera. Sólo se salvan de ese perfil uniforme y absurdo los desahuciados por la vida, como los mendigos y vagabundos, auténticas fallas de esa ficción que es la metrópoli. El pesimismo del libro niega la felicidad, en particular esa felicidad que los nuevos gurús de la espiritualidad repiten como un mantra tratando de buscar desesperadamente el hueco que ha dejado la religión en nuestras vidas inermes. Sólo la familia, en especial los hijos, permiten cierta lealtad a la existencia. Con los nocturnos, Juan Manuel Hernández parece, además, rendir cuentas consigo mismo y con alguna bajada a los infiernos intuida entre líneas; en este sentido, la escritura permite purgar esas miserias y, en último término, redimirlas, expiarlas, exorcizarlas.

En definitiva, los nocturnos de Juan Manuel Hernández actúan como pequeñas píldoras de la verdad, que por su radical certeza, conviene tomarse con mesura. Sin embargo, es esa verdad y el lirismo de sus reflexiones (algunos nocturnos son auténticos poemas) los que nos arriesgan a un posible atracón. Y aviso que para estas píldoras no hay prospecto que nos oriente sobre qué hacer o a quién acudir en caso de sobrepasar la moderada ingestión. Porque no hay tratamiento contra la intoxicación de la vida. 

viernes, 2 de junio de 2017

363. El silencio es oro



A los componentes de la banda ‘The Tremoloes’ más les hubiera valido hacer caso del título de la canción que versionaban, Silence is golden (1967), y ahorrarnos así el sonrojante falsete con que adornaban el estribillo principal del tema. Nada que ver, en cambio, con The sounds of silence, de ‘Simon & Garfunkel’, grabada dos años antes y de la que se dice fue compuesta para expresar el dolor del pueblo americano por el asesinato del presidente Kennedy en 1964. Y es que, como siempre ha ocurrido, hay quienes no saben predicar con el ejemplo mientras otros son ejemplares.
De todos modos, lo del silencio no es que haya cundido mucho, y eso que el famoso lema, “el silencio es oro”, ya lo había acuñado el ensayista escocés Thomas Carlyle en El sastre remendado allá por 1833, aunque se antoja un aforismo que debe de perderse en la oscuridad de los tiempos. Joaquín Sabina ya lo advertía en su canción Ruido, aunque el cantante de Úbeda lo utilizara simbólicamente para describir la ruptura de un amor. Da igual que los ayuntamientos instalen sonómetros o que la OMS incluya el ruido entre los activos tóxicos de nuestro ambiente. El silencio está herido de muerte y ha adquirido un total desprestigio. Cuando en mi jornada como docente debo hacer las llamadas “guardias”, paseo por los pasillos del instituto y no hay aula donde no se escuche alboroto. Me pregunto cómo pueden mis compañeros dar una clase en esas condiciones y hasta qué punto cualquiera de los contenidos que allí se imparten pueden calar en los alumnos en medio de semejante bullicio. Lo peor es que esa situación anómala se ha vuelto normal, hasta el punto de que un niño ya no entiende por qué el profesor le llama la atención al pedirle silencio. La gente habla a voces por doquier, los anuncios de la televisión son estridentes, los locutores deportivos braman aunque el partido se halle en un momento anodino, los espectadores comentan la película en las salas de cine como si estuvieran solos en el salón de su casa, suenan los cláxones en la ciudad, los pasajeros del tren vociferan a sus teléfonos móviles, todo el mundo habla y habla y sabe de todo, aunque lo que tenga que decir sea normalmente una mamarrachada, y hasta en la supuesta vanguardia educativa que es Finlandia se están creando bibliotecas refractarias al silencio. Claro que, si en Helsinki lo hacen, aquí pronto lo imitaremos porque Finlandia, claro, es dogma de fe. Nunca tantas palabras habían valido tan poco.
Es ya casi mítico el famoso escritorio que se expone en Iria Flavia, en la Fundación Camilo José Cela, donde el Nobel español escribiera su Oficio de tinieblas 5. No vamos nosotros tan lejos, pero es cierto que hay que recuperar el silencio, ese lugar donde reencontrarnos con nosotros mismos y con las verdades mancilladas por la vacua barahúnda general. El silencio, no sólo como bálsamo, sino como esponja porosa donde se acumulan las certezas que no dicen las palabras, como reverencial atrio de la iluminación, como asilo del necesario pudor, como condición para la creación excelsa.

La editorial Linteo publicó el pasado mes de abril El silencio es oro, una colección de 83 poemas, 36 de ellos inéditos, de Juan Ramón Jiménez. Su lectura dirá mucho mejor que yo las virtudes de ese “príncipe blanco y oro” que es el silencio. A mí, los tres mil quinientos caracteres de mi artículo semanal me avisan de que ya va siendo hora de callar. De guardar silencio. Shhhhhh….

viernes, 26 de mayo de 2017

362. La muerte de la rima



Hoy día es ya casi imposible hallar un poeta que versifique haciendo uso de la rima. Esto no es ni bueno ni malo. Prescindir de la rima y de los moldes métricos ha contribuido a la libertad expresiva liberando a la inspiración de los corsés formales. Bien mirado, resulta absurdo que aquella palabra insustituible que dice exactamente lo que queremos manifestar, tenga que suplantarse por otra menos precisa sólo porque no encaja en el cómputo silábico de la estrofa o porque no se ajusta a la rima. Y, no obstante, hasta los románticos con toda su exaltación de la libertad creativa, no quisieron desprenderse de ella.
Hace poco escuché decir al reputado poeta Antonio Méndez Rubio que hay quien concibe la poesía como una especie de performance donde lo importante es el efectismo. Sólo esa puesta en escena, relacionada con la pompa y aparato de la recitación declamatoria, justificaría el sometimiento al yugo de la rima. Efectivamente, el poema no tiene la obligación de estar concebido para ser recitado; del mismo modo, hay poemas sin rima que suenan maravillosamente en voz alta.
Sin embargo, la desaparición de la rima y de las sílabas contadas, cuyo dominio resulta tan difícil, ha abonado el terreno a toda suerte de poetastros que, de un tiempo a esta parte, mancillan el sagrado territorio de la poesía, convencidos de que eso de hacer versos está chupado. Cuando el difícil magisterio de la métrica y la rima servían para distinguir al verdadero poeta de aquel otro que sólo hacía ripios, los poetastros eran menos osados, conscientes de su inferioridad. Ahora que no hace falta dominar ese arte para envanecerse con la publicación de un libro, cualquiera se apunta a escribir versos. Hay poemarios a los que sólo otorgamos ese nombre por la disposición espacial de los supuestos versos, pero podrían leerse perfectamente como un texto en prosa. Aunque siempre habrá quien me reproche que eso de distinguir entre verso y prosa a estas alturas resulta un ejercicio un tanto retrógrado. Signo de los tiempos donde uno ya no sabe cómo debe llamar a las cosas.
Y, no obstante, el verso libre sigue siendo el menos libre de los versos y eso no pasa inadvertido al lector avezado, para desgracia de quienes buscan medrar con el subterfugio del “todo vale”. Las cadencias, la eufonía, la musicalidad, las rimas internas, la disposición de los acentos, el ritmo, siguen ejerciendo como indicadores de la calidad de un poema. Y, claro, la enjundia de lo que sus versos digan, hoy que la banalidad lo inunda todo, bajo la mentira del relativismo.
A mí, qué quieren que les diga, me gusta la buena poesía rimada. Nada en poesía me produce mayor placer que disfrutar de la noble perfección de un soneto, aun a riesgo de que me llamen trasnochado. Si yo fuera poeta, escribiría un libro lleno de sonetos, lo inundaría de endecasílabos enfáticos con que reivindicarlos; o melódicos para mecerme en ellos; o heroicos, que es lo que mejor se aviene contra la trivialidad de los poetas timoratos y apocados. Un libro de sonetos como a la antigua usanza, con sus cuartetos abonando con su semilla sugestiva la explosión floral de los tercetos encadenados. Un libro de sonetos, de esos que se recitan de pie, porque hay que ponerse en pie cuando se lee un soneto, acompañado de la batuta reverencial del brazo libre que no sujeta el papel. Un libro de sonetos. Pero, ¡ay!, que yo no soy poeta, y aunque lo fuera, jamás me atrevería a escribirlos andando como anda por el mundo don Antonio Carvajal.

viernes, 19 de mayo de 2017

361. 'Lady Macbeth'



El debut cinematográfico de William Oldroyd no ha podido soslayar la veta teatral del director británico, no sólo por el tema elegido, una nueva reformulación de la mítica Macbeth, sino por la factura escénica, tan reconocible en sus resortes dramáticos. En cualquier caso, la transmigración de género de todo ese lenguaje se ha realizado con pasmoso magisterio.
Para esta nueva Lady Macbeth, Oldroyd ha confiado en la adaptación que Alice Birch ha realizado del relato corto, casi homónimo, de Nikolai Leskov, Una Lady Macbeth de Mtsensk, escrita por el novelista en 1865, y que entronca con el gusto de algunos narradores rusos decimonónicos por los temas shakespearianos (Turguéniev, por citar un ejemplo más o menos conocido, escribió otro cuento titulado Un rey Lear en la estepa en 1870).
Es precisamente en el origen literario de la película donde hallamos el mayor mérito de la cinta. Sin esa génesis literaria, el producto cinematográfico habría resultado un trabajo correcto sin más, con un excelente tratamiento técnico, quizás demasiado perfecto en su ensimismamiento y autocomplacencia formal, pero cuya pulcritud innegociable le arrebata algo de alma. Sin embargo, al comparar el libro con la película, toca rendirse ante la inteligencia de Birch a la hora de ejecutar la adaptación del texto de Leskov, atreviéndonos a afirmar (¡oh, anatema!) que la película mejora el original literario. Así como Disney edulcoró los cuentos de los hermanos Grimm, Birch ha hecho justamente lo contrario con el libro de Leskov, imprimiendo una versión más oscura, telúrica y despiadada, que carga las tintas sobre el personaje de Katherine. Baste como ejemplo la terrible e impactante escena del asesinato por envenenamiento de Boris, el suegro de Katherine, que en el relato de Leskov queda apenas insinuado. En general, toda la película es una subyugante intensificación de la historia escrita por Leskov, de la que se poda muy acertadamente su parte final, pues, efectivamente, su lectura produce la sensación de un enojoso y prescindible epílogo. En cambio, hay partes del cuento de Leskov que habrían sido muy útiles a la película, como son todas las imágenes oníricas que simbolizan la punzada de la culpa y los remordimientos ante las atrocidades que comete Katherine; éstas son extirpadas en la película, lo que resta humanidad al personaje femenino para convertirlo prácticamente en una alegoría del mal. Las dudas morales, en cambio, pasan a Sebastian, el amante de Katherine, justo al contrario que ocurre en el libro de Leskov. Al poner el énfasis en la capacidad manipuladora de Katherine y en su frialdad ante las muertes que produce, este personaje queda más cerca de su modelo shakespeariano (algo adulterado en Leskov) y homenajea, como sólo sabe hacerlo el cine británico al genio de Stratford, como ya quedó demostrado con la imprescindible Macbeth, de Justin Kurzel (2015), por nombrar la adaptación más reciente. Quizás, ya, puestos a intensificar el relato de Leskov, el guión de la película podría haber atendido mejor a la tensión erótica inicial entre Katherine y su amante, que se soluciona, como en el libro, sin la necesaria morosidad. Hay que destacar también la interpretación de Florence Pugh, que encarna el perfecto prototipo de la inocencia hecha perfidia.

En definitiva, el mérito de Lady Macbeth reside en su portentosa ejecución técnica y en su inteligentísima adaptación. Se echa en falta, en cambio, que en sus sugestivos silencios, se oiga el grito desgarrador del alma de unos personajes demasiado impolutos.