lunes, 15 de enero de 2018

388. France Gall, mi radio y yo.



Entre las canciones de France Gall que más me gustan hay una titulada “Le soleil au coeur” (“El sol en el corazón”). Qué difícil se me hace escucharla estos días cuando el mío está pasando frío en esta intemperie que resulta siempre de perder un pedazo de nosotros mismos. Qué punzada en el pecho visionar el vídeo en que France Gall pasea entonando esa misma melodía con su sonrisa luminosa y confiada y esa voz juvenil que se antoja una flor germinando hacia la vida. Y qué tristeza verla desaparecer, luego, como una terrible premonición, hacia la luz entre la que se diluye su figura grácil y delicada.
Conocí a France Gall gracias al mítico espacio radiofónico de Juan de Pablos, Flor de pasión, en Radio 3, cuya sintonía empezaba precisamente con un tema de la cantante francesa, “Attends ou va-t'en” y que terminaba con “Azurro”, de Adriano Celentano. Aquella madrugada el programa realizaba un monográfico sobre ella y comoquiera que la primera de las piezas de la selección me dejara cautivado, busqué rápidamente una cinta virgen y grabé el programa entero en aquel radiocasete –también mítico– que mis padres habían comprado en Andorra y que era mi compañero habitual de cama en aquellos viajes nocturnos por el dial a la caza de tesoros musicales. Al día siguiente, camino de la Facultad, escuché la cinta y me enamoré para siempre. En la antigua Facultad de Letras de Tarragona mis compañeros de carrera asociarían siempre su nombre al mío, tal fue mi entusiasta apostolado de su música, y el poco francés que sé lo aprendí chapurreando sus canciones, sobre todo aquellas que llegan hasta los años 70. A partir de los 80, salvo algunas felices excepciones, la música de France Gall no alcanza el delicioso encanto de sus primeras etapas.
La imagen aniñada y candorosa de France Gall fue un handicap para ella. Los letristas (aunque no todos) explotaron ese perfil para componer canciones que trataban de reflejar las inquietudes estereotipadas de una adolescente pero también para abusar de su ingenuidad como hizo  Serge Gainsbourg al componer para ella la polémica letra de “Les sucettes”, que narra la afición de Annie a las piruletas, trasunto de una felación. Sólo France Gall pareció no darse cuenta del doble sentido. Cuando fue consciente del engaño, abandonó al compositor. Desde que conocí esta historia no puedo evitar que Gainsbourg, a quien le reconozco su innegable talento, me resulte del todo repulsivo. El éxito eurovisivo de France Gall representando a Luxemburgo en 1965 con la popular “Poupée de cire, poupée de son” y el marbete de chica yeyé limitaron en gran medida la percepción de su música, que va mucho más allá de esa visión reduccionista. Así, hay etapas de un excelente sincretismo donde se dan la mano el jazz, la balada, lo étnico, y lo pop con una gracia insuperable. Es en estos temas donde se aprecia a una France Gall más cómoda, con un estilo más personal e independiente, desasida al fin de la brida de su imagen inocente, que amenazaba con encasillarla para siempre. Sólo hay que ver el vídeo de su canción “Avant la bagarre”, que aunque no abandona los temas de amor adolescente, adquiere la frescura de un tono más jocoso. No he visto una actuación suya como la de esa canción donde más haya visto disfrutar a France Gall, con aquel baile divertidísimo y contagioso que no me canso de mirar.

El pasado 7 de enero la luz de Isabelle Geneviève Marie Anne Gall se apagó. Pero no la de France Gall. Como dice en su canción “Mon bauteau de nuit”, sólo ha partido del puerto con su barco, por la noche, hacia países lejanos, de donde vuelve cada nuevo amanecer. El amanecer de su voz cada vez que pulso el “play” de mi viejo, triste y cansado radiocasete, al que ya va pareciéndose su dueño.

miércoles, 27 de diciembre de 2017

387. 'La cantante calva'



Cuando el 11 de mayo de 1950 Eugène Ionesco estrenaba La cantante calva en el Théâtre des Noctambules de París, el autor rumano no podía salir de su perplejidad al escuchar las risas del público francés. Ionesco había escrito una tragedia y, paradójicamente, los espectadores reían. Seguramente desataban su hilaridad aquellos diálogos sin sentido que se enrevesaban o se contradecían sin llegar nunca a ninguna parte o la misma vacuidad de toda la trama que el público debió de tomar como una auténtica tomadura de pelo con la que quisieron condescender participando de la burla desde sus butacas. Y, sin embargo, pocas obras tan terriblemente tristes, dolorosas y demoledoras como aquella.
Representante del teatro del absurdo quizás una de sus obras cumbre,  a La cantante calva es mejor no tratar de confeccionarle una sinopsis, ni siquiera para contextualizar su trama; no es necesario y es inútil. Toda la obra es una sucesión de parlamentos y pulsiones disparatados, ilógicos e irracionales con los que el espectador debe hacer su paciente pacto. Detrás de todo ese sinsentido reside el verdadero objetivo de la obra: la constatación desgarradora de que el mundo es, efectivamente, como esas intervenciones hueras de sus personajes, un vacío abisal, un lugar sin propósito, un espacio onírico e incoherente, difícil de comprender, sin derrotero cierto, absurdo. Vertebra la obra, pues, una posición existencialista emparentada con el nihilismo más absoluto. Algo tuvo que ver, seguramente, la reciente II Guerra Mundial, apenas concluida 5 años antes del estreno de la obra, con una Europa aún asombrada por la capacidad del hombre por generar horror y caos. Los personajes de La cantante calva desfilan por la escena con movimientos mecánicos, como si de títeres o de muñecos animados se tratasen; no es más que el  trasunto de la ritualización arbitraria de la vida social, de la inercia autómata del vivir o, más bien, del sobrevivir. Hay, además, en esos movimientos, una suerte de desesperación, una búsqueda obsesiva y estremecedora por llenar el vacío. Pero es en el lenguaje donde se manifiesta con más intensidad esa exasperación trágica. Las palabras llenan ese horror vacui; no importa que lo hagan de manera incoherente, importa que sellen el abismo con sus sonidos; pero éstas, ya al final de la obra, tampoco son suficientes y los personajes acaban por destruir también el único asidero, el del idioma, que les queda. Es la magnífica escena final con todos los personajes emitiendo cortas frases en el paroxismo del sinsentido, casi solapándose entre ellos, hasta desolar el lenguaje y limitarlo al mero balbuceo silábico. En este extraordinario crescendo del absurdo es, sin embargo, donde los personajes parecen adquirir mayor lucidez, aquella que les confirma todo su terror ante el vacío del mundo, que han tratado de hacer ver que ignoraban durante todo ese tiempo.

El equipo Pentación, bajo la dirección de Luis Luque y con Adriana Ozores y Fernando Tejero entre el elenco de actores, está de gira por España con la versión de esta obra. Al montaje le sobra algún momento de histrionismo (como el de la criada) y también toda la performance discotequera que se antoja innecesaria en una obra que es, ya de por sí, lo suficientemente rompedora como para introducir vanguardismos accesorios. Por lo demás, los actores realizan su cometido con gran solvencia. Conviene saber a qué se va cuando uno compra la entrada. Limitar el criterio al hecho de ver en escena a Fernando Tejero puede conducirle a más de uno a un chasco. Aún recuerdo la enorme tibieza de los aplausos finales por parte de un público en estado de shock por lo que acababa de ver.

martes, 19 de diciembre de 2017

386. 'El autor'



Nada menos que 9 nominaciones a los Goya ha recibido la última película de Manuel Martín Cuenca, El autor. Se trata de la libérrrima adaptación cinematográfica de la novela de Javier Cercas, El móvil, que el escritor cacereño publicara hace ya 30 años. La cinta está protagonizada por un excelente Javier Gutiérrez, que lleva ya demostrando desde hace mucho tiempo su inmensa capacidad para adaptarse a todos los registros que se le proponen. Un actor como la copa de un pino. La película narra la historia de Álvaro, un escritor frustrado, eclipsado por el éxito literario de su mujer, que lleva acudiendo a un taller de escritura desde hace varios años sin lograr despegar de la mediocridad. Su profesor, interpretado por un sobreactuado, aunque divertido, Antonio de la Torre, harto de la llaneza y nula evolución de su alumno, lo abronca un día con hiriente honestidad y sacude su creatividad dormida apelando a que la literatura debe imbricarse inextricablemente con la vida, rebosar vida y reflejar vida. El consejo cala en Álvaro, que decide abandonar su trabajo y a su mujer, a quien le recrimina la vacuidad de sus best sellers, y se encierra en un piso alquilado con el propósito de convertirse en observador de la vida y plasmarla en su gran obra. Pronto, el vecindario, a quien Álvaro espía grabando sus conversaciones cotidianas y sus intimidades, se convierte en un filón que le proporcionará un precioso material novelizable. Sin embargo, para conseguir que la trama argumental se ajuste a sus expectativas, Álvaro deberá influir en sus vecinos, manipulándolos, para que éstos actúen de acuerdo a su plan novelesco y puedan así seguir abasteciéndole literariamente. Se trata, en definitiva, de la invasión de la literatura en la vida real y viceversa, hasta convertir la frontera que separa ambos planos en una línea difusa. En ese sentido, resulta absolutamente genial el recurso de la proyección de la sombras de los vecinos sobre las paredes del patio de luces. Estas siluetas, en tanto que sombras o perfiles chinescos, simbolizan los personajes que Álvaro está pergeñando en su novela. Sólo cuando esos personajes se rebelan, van adquiriendo corporeidad, es decir, vida propia, la propia que desde siempre han tenido más allá de la novela de Álvaro. Es la vieja idea unamuniana de la insurrección de los personajes de ficción ante su autor, que tan magistralmente recreara el autor vasco en aquella novela inolvidable titulada Niebla donde Augusto se rebela contra el propio Unamuno y éste aparece como un personaje más de la trama.

Hace tiempo escuché a Fernando Iwasaki, durante una conferencia, burlarse de Mario Vargas Llosa porque éste había dicho una vez que él era incapaz de controlar a los personajes que creaba, que éstos tenían vida propia y total autonomía. Iwasaki apelaba entonces al sentido común: ¿qué tontería es esa de que tus propios personajes manejen el hilo de sus vidas si sólo son las marionetas del escritor que éste gobierna a su antojo? A mí la intervención de Iwasaki me dio pena sobre todo por él mismo. Lástima por no haber experimentado la maravillosa, inquietante y perturbadora sensación de comprobar cómo, efectivamente, uno nunca es dueño de sus personajes. La estimulante expectación de no saber qué le depara al escritor durante la siguiente sesión de escritura, de ignorar qué decisión sobre sus vidas van a tomar ellos solos sin mediación alguna del autor. Y, sobre todo, de no saber si esos mismos personajes están confabulando, como le pasa a Álvaro en la película, alguna determinación sobre lo que debe ocurrirle al propio escritor que, nunca, nunca, está a salvo de su libro, por mucho que se parapete tras la pantalla de su ordenador. Les aseguro que no hay nada más real que eso.

lunes, 4 de diciembre de 2017

385. 'La higuera'



He decidido renunciar a ver La higuera de los bastardos, la adaptación cinematográfica de la novela cuasihomónima de Ramiro Pinilla (La higuera) que el escritor vasco publicara en 2006 con la editorial Tusquets. El motivo quizá estribe precisamente en eso, en la bastardía del título de la cinta, que parece estar ahí para prevenirnos de la casi segura degradación del libro en su migración a la gran pantalla. Y no es este el prejuicio de un amante de la literatura –siempre el libro antes que la película, diría el purista–, pues la semana pasada comprobamos en estas mismas páginas cómo la versión de Isabel Coixet de La librería, la novela de Penelope Fitzgerald, complementaba y hasta superaba el libro original. No se trata de eso, pues, sino del convencimiento de que, efectivamente, a la novela de Pinilla le ha salido un hijo bastardo, de esos con que los padres deben condescender casi por obligación. Entre las críticas que ha recibido la película se suele argumentar que la directora, Ana Murugarren, no ha sabido qué hacer con el personaje principal del libro, el misterioso ex falangista que se pasa toda la trama vigilando una higuera. No debe de ser fácil, ciertamente, un metraje circunscrito a un único espacio y en torno a un personaje cuyas tribulaciones mentales casan bien con la complicidad confidente de la literatura pero no tanto con el género cinematográfico y su servidumbre a lo visual. Pero entonces bastaba, quizás, con seguir la máxima de Manolete. Por otro lado, la elección de los actores y el mismo tráiler promocional auguran que la película tiende a convertir en surrealismo o, lo que es peor, en histrionismo, lo que en la novela de Pinilla era sutil e inteligente ironía. Al menos la película servirá para recuperar para los lectores el magnífico libro del autor bilbaíno.
Como se sabe, La higuera narra la historia de Rogelio Cerón, uno de los falangistas que, con su cuadrilla, andaba fusilando de casa en casa a las víctimas de las delaciones vecinales en Getxo. En una de esas visitas, Rogelio se topa con la mirada perturbadora de un niño, hijo y hermano de los detenidos que van a fusilar y desde ese momento ya no podrá dejar de librarse de ella, convencido de que esa mirada esconde una promesa de venganza que el niño llevará a cabo cuando éste se convierta en un adulto. Su obsesión es aún mayor cuando, al día siguiente, comprueba que el niño ha enterrado a sus familiares y que, sobre su tumba, ha plantado el esqueje de una higuera. Desde ese momento, el niño y Rogelio se encontrarán cada noche en ese mismo lugar, en unas citas silenciosas llenas de significado y en las que se produce el acuerdo tácito de que Rogelio cuidará del crecimiento de la higuera. Así, el exfalangista se instalará definitivamente allí, ante la incomprensión de sus compañeros, que lo tomarán por loco, y vivirá pendiente de la higuera y del niño durante años hasta que en 1966 la construcción de un instituto de enseñanza media amenace su empresa y desentierre su secreto.

Sin alardes retóricos ni grandes frases sentenciosas ni apelaciones moralistas, ni patetismos, Pinilla convierte a esa higuera de su novela en el alegato más hermoso de eso que hoy llamamos memoria histórica. La higuera simboliza el remordimiento, la culpa, el retorno doloroso del pasado que lacera a quienes se creyeron por encima del bien y del mal durante la guerra civil. Pero es también el recuerdo de los asesinados y desaparecidos. El árbol, ya robusto, que ha cuidado Rogelio, es el panteón de todas las cunetas de España, su tronco aguerrido representa la fortaleza de ese recuerdo y el peso de los higos que doblega sus ramas, la carga que debemos soportar como nación. 

lunes, 27 de noviembre de 2017

384. 'La librería'



La editorial Impedimenta, con la delicadeza y buen gusto habituales, acaba de publicar la edición conmemorativa de La librería, una de las novelas más significativas de la escritora inglesa Penelope Fitzgerald (1916-2000), finalista del Booker Prize. Conviene leerse el postfacio, a cargo de Terence Dooley, albacea literario y yerno de la autora, pues su testimonio arroja algunos pormenores biográficos que redimensionan la lectura de la obra. Coincide la publicación del libro, con la excelente adaptación cinematográfica de Isabel Coixet.
La novela narra la tenacidad insobornable de Florence Green, quien adquiere una casa abandonada en Hardborough con la intención de abrir en ella la única librería de este pequeño pueblo costero. Su proyecto encontrará la sutil oposición de las fuerzas vivas del pueblo, especialmente el de la insufrible señora Gamart, una aristócrata muy pagada de sí misma, que no parece tolerar que una advenediza se arrogue la potestad de la promoción cultural en “su” feudo. Herida en su prurito de mecenazgo, que es pura impostura de cara a la galería, activará toda su influencia social y política para que el proyecto de Florence Green fracase.
Se ha dicho que la novela de Fitzgerald es un canto a los libros y a su resistencia silenciosa. Pero para mí, esta insistencia de la crítica en querer convertir esta obra en una alegoría de la literatura como trinchera, me parece que tiene más de necesidad romántica que de realidad. Por supuesto, que la cultura del libro subyace detrás de toda la trama pero La librería me parece más el duelo entre dos caracteres enfrentados –la arrogancia de la poderosa señora Gamart frente a la épica humilde y solitaria de Florence Green– que otra cosa. El alegato literario más claro –y más hermoso– de todo el libro se produce en la página 128, cuando Florence responde a una carta del abogado de Gamart donde éste le recrimina la obstrucción que produce en la carretera la aglomeración de clientes agolpados en las cristaleras de la librería, atraídos por la novedad editorial de la Lolita de Nabokov; el abogado añade que como no puede aducirse que la aglomeración responda a motivos de primera necesidad, debe actuar para evitarla. No me resisto a copiar literalmente la respuesta de la librera: “Un buen libro es la preciosa savia del alma de un maestro, embalsamada y atesorada intencionadamente para una vida más allá de la vida y, como tal, no hay duda de que debe ser un artículo de primera necesidad”.  La alusión a Nabokov y la complicidad literaria con el gran lector Brundish, que le muestra su apoyo, completa la escasa lírica libresca, supeditada las más de las veces al litigio administrativo y a la connivencia apática de un pueblo “que no había querido tener una librería”.

La adaptación de Coixet es hermosísima. La cadencia deliciosa de su ritmo narrativo recoge a la perfección el delicado espíritu de la novela. Además, Coixet tiene la habilidad de insuflar un alma a la trama, algo que eché de menos en la a veces fría prosa de Fitzgerald. Así, Coixet carga las tintas en la relación entre Brundish y Florence, apelando –ahora sí– a un bonito homenaje al mundo de los libros o reformulando la rebeldía de Christine, la pequeña ayudante de Florence que acabará por amar los libros y que completará en un futuro la empresa frustrada de la señora Green en un final de la cinta realmente emocionante. Merece la pena, pues, experimentar el doble ejercicio de la lectura y del visionado de la película porque, en este caso, sí se puede decir que ambos géneros se completan y complementan. Tal milagro obedece, claro está, a la magia de los libros.

miércoles, 22 de noviembre de 2017

383. La comedia de las mentiras



Asistir al Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida es una de esas experiencias que todo amante de la literatura tendría que incluir en su lista de “teatros imprescindibles que visitar antes de morir”. Afortunadamente, años ha que visité la capital extremeña y disfruté como una auténtica romana de la calidad y de la magia que desprende ese maravilloso teatro, testigo mudo de comedias y de tragedias que actualmente siguen interesando al público. Ahora parece que los astros se han alineado a nuestro favor, pues recorre los escenarios españoles una de las comedias que más éxito ha cosechado en la reciente 63 edición del citado festival. Se trata de La comedia de las mentiras, de Pep Antón Gómez y Sergi Pompermayer quienes inspirándose en las obras de Plauto nos presentan su particular homenaje al gran comediógrafo latino. Éste cultivó fundamentalmente la fabula palliata, piezas con acción, personajes y vestimenta griegos en las que hacía uso de la contaminatio, esto es, la refundición de varias obras griegas dotándolas de su personal toque romano. Del mismo modo, este nuevo espectáculo se sitúa en Atenas, si bien la estética está inspirada en los años 60. Los dramaturgos presentan su peculiar contaminatio, aunque más bien centrándose en la tipología de los personajes plautinos que en argumentos concretos de sus comedias.
La acción gira en torno a los problemas de dos jóvenes, Hipólita y Leónidas, que para lograr el éxito amoroso recurren a la inestimable ayuda de su criado Calidoro. Éste pergeña mentiras que se van enredando con más embustes, engaños y disparates hasta lograr los objetivos de los hermanos. Es, en definitiva, una reivindicación de la mentira como salvadora del orden social.
Como ya se ha señalado, los personajes intentan ser fieles a los esquemas de Plauto, pero en ellos hay una vuelta de tuerca más que los acerca al público actual.
Calidoro, el ingenioso esclavo interpretado por Pepón Nieto, aparece caracterizado como un servicial mayordomo que, guiado por el cariño que les tiene a sus jóvenes amos, accede a ayudarlos aunque ello suponga el esfuerzo y el problema de hilar un embuste tras otro. Nieto hace gala de una gran bis cómica y lleva el peso de la representación con una naturalidad digna de elogio. Ahora bien, si los esclavos de Plauto suelen urdir sus planes con antelación, Calidoro va improvisando a medida que la acción se va embrollando. El principal personaje al que debe engañar es Cántara, la tía soltera de los jóvenes a quien su padre –un avaro comerciante- ha dejado a cargo de sus hijos. Presenta rasgos de las matronas romanas, pero predomina en ella la frustración por haber sido abandonada por su amado hace cuarenta años. No obstante, acaba cayendo en las garras del deseo y evoluciona radicalmente desde un recatamiento absoluto hasta una exaltación del carpe diem. María Barranco da vida a este personaje que intercala una reivindicación feminista en las antípodas de Plauto.
Hipólita, personaje muy alejado del catálogo plautino, es antipática, borde, dada al manejo del insulto, controladora y caprichosa.  Angy Fernández, con gran gracejo, encarna a esta joven que impone su voluntad a su querido Tíndaro, fiel enamorado de ella que se caracteriza por su platonismo, su facilidad para el desmayo y una especie de atontamiento que encaja perfectamente en el registro interpretativo del divertido Canco Rodríguez.
Leónidas, hermano de Hipólita, también lucha por su amor hacia la meretriz Gimnasia, quien ha sido vendida a otro hombre. Cegado por un ardoroso amor, la rapta y la esconde en su casa. La interpretación de Raúl Jiménez queda eclipsada por la de Marta Guerreras, que presenta a una prostituta que nos recuerda a las ninis que desfilan –tristemente- por la televisión actual. Especialmente brillante es el monólogo en el que defiende la dignidad del oficio más antiguo del mundo.
Por último, no podía faltar el personaje del miles gloriosus. Pacp Tous interpreta a Degollus, militar que ha pagado por Gimnasia. Se presenta en casa de Cántara  reclamando su compra, mas toda su cólera desaparece cuando descubre que la solterona tía es su amor de antaño. A partir de ahí, se transforma en un inmaduro que confiesa haber huido por miedo al compromiso.
Todo ello salpicado de juegos de palabras, picardías, equívocos, chistes, hijos perdidos, canciones, piratas, poemas de Safo y mentiras, muchas mentiras que encaminan la comedia hacia un desenlace feliz.

Recordemos que la principal finalidad de Plauto era hacer reír al público con asuntos extraídos de la cotidianeidad, alejados de la solemnidad de la tragedia. Pues he aquí una obra que cumple con ese primordial objetivo plautino. La risa y la carcajada están aseguradas. ¡Les prometo que no miento! 

lunes, 13 de noviembre de 2017

382. Convalecientes de cervantina



No hay vacuna ni aspirina que cure la cervantina. Ese es el estribillo con que la compañía Ron Lalá, en coproducción con la Compañía Nacional de Teatro Clásico, arranca las palmas del público durante la principal pieza musical que ameniza esa primorosa producción que es Cervantina. Y es verdad que no hay antídoto. Quien esto escribe continúa aún convaleciente de esa maravillosa enfermedad, la cervantina, que se nos ha inoculado como una bendición contra la mediocridad de nuestro tiempo. Porque estar enfermo de Cervantes es mirar el mundo con lucidez, con tolerancia, con espíritu crítico y con deseos de conocimiento. El virus se contagia leyendo las obras del inmortal alcalaíno y, si la cepa hace nido, ya no hay quien se cure. Los gobiernos no quieren que derive en pandemia. ¿A qué gobierno del mundo le interesa que sus ciudadanos piensen, ponderen, denuncien?
Cervantina es un espectáculo memorable. La primera parte se detiene en algunos hitos de la vida de Cervantes. Éste dialoga con la musa inspiradora, que es una usurera que siempre pide más, una diosa caprichosa a cuya pira se deben inmolar tantos sacrificios y renuncias si se quiere recibir su pizca de iluminación. Es también una alegoría de la literatura, a quien hay que entregar la vida entera si se desea la gloria. Todo gran escritor tiene algo de Aquiles ante el profeta Calcante. Cervantes conoció esa expiación. La musa le pronostica, sin embargo, que en España será el escritor más famoso de todos los tiempos y que todo español tendrá un Quijote en su casa aunque nunca lo haya leído. Las instituciones aprovecharán la efeméride de su muerte para escudriñar en los osarios, pero sólo en los centenarios, para la foto oficial. Amarga crítica a la hipocresía intelectual y política y a la desatención de nuestra figura más señera.
Luego todo es un torbellino de ritmo trepidante que alterna diferentes momentos de las obras de Cervantes, acercando los textos clásicos con inusitada frescura, buen gusto y excelente sentido del humor. Las Novelas ejemplares, el Quijote, La Galatea, El viaje del Parnaso y algunos entremeses, entre ellos aquel que la tradición titubea en su atribución, El hospital de los podridos. La transición entre las diferentes obras se realiza con suma naturalidad. Los textos, escritos por el poeta Álvaro Tato, que hace también las veces de actor en la compañía, no chirrían en el ripio, antes al contrario, contienen lo mejor de lo elegíaco y de lo popular. Los actores interactúan con el público, –¿de qué está usted podrido? –, y el público, que está podrido de hipotecas, corruptelas, nacionalismos o del jefe, engrosa ese hospital de los podridos que quieren sanar (enfermar) de Cervantes.
Aunque la obra tiene una vocación divulgadora de la figura de don Miguel (Ron Lalá debería ser una asignatura troncal en el exiguo currículum de la Secundaria), no cae en el didactismo repulsivo de la nueva pedagogía, ese que cree que los alumnos son idiotas. Al revés, los actores respetan la inteligencia del espectador, entre los que también se hallan, no olvidemos esto, los grandes lectores de Cervantes. De tal manera que, al final, la didáctica y el homenaje calan por igual sin la erudición pedantesca y sin el sonrojante payasismo de quienes están bajando el nivel de este país.

Es difícil pasarlo mejor en un espectáculo teatral. Todo él rebosa de amor a la cultura; carcajadas, música, palmas, dicción perfecta, preciosa iluminación, interacción con el público, ritmo, sorpresa. Yo sigo enfermo pertinaz. Y no hay vacuna ni aspirina que cure la cervantina. Dadme por muerto. Es decir, por muy vivo.

lunes, 6 de noviembre de 2017

381. Diez años de 'Página Dos'



Hay costumbres domésticas que, a fuerza de repetirse, tienden a sacralizarse. Y todo acto sagrado requiere de su ritual. En mi casa, a la fórmula “¿nos hacemos un Página Dos”? le sigue todo el ceremonial correspondiente: las velas, el incienso de vainilla, la tetera y las pastitas de té. Así que, cuando empieza la música de apertura del programa, nuestro salón ya está a oscuras, el aroma del incienso se mezcla con el del roiboos pakistaní y en las paredes llenas de libros, junto a los haces de luz de la televisión, las llamas de las velas recortan dos sombras sinuosas que alargan o reducen sus siluetas al capricho cimbreante del fuego. El mito de la caverna de Platón en el salón de casa. Y, efectivamente, sentimos que hay en nosotros más verdad en esas sombras nuestras que en los cuerpos prisioneros de nuestro peso.
Junto a la sintonía del programa, desfilan, a modo de índice, las imágenes de la promesa literaria de la nueva edición. Una voz masculina murmura una melodía que nos mece en la expectativa; podría sonar perfectamente en la entrada de la grieta de la Pitia, como una antesala de las palabras, siempre oraculares, del escritor entrevistado. Antes de su definitiva epifanía, la cámara se detiene en esos espacios de la desolación que ya son una de las señas de identidad del programa: un ventanal roto, una fábrica abandonada, un solar cubierto de maleza, un grafiti solitario, la hojarasca a merced del viento, las vías del ferrocarril, un skyline de los tejados de una ciudad cualquiera. Gatos, antenas y cables eléctricos. Toda una estética desconsoladora que parece estar allí para ser redimida por la literatura. Como si la palabra necesitase de los yermos para brotar más libre y soberana. Y, después, Óscar López, el peregrino del oráculo que sabe hacer las preguntas correctas. Y el escritor interpelado, que desgrana su obra y abre caminos al lector. Escritores conocidos, mediáticos. Pero también “los otros”, los que no existen y hace tiempo han emprendido su epopeya solitaria y casi invisible: los editores independientes, los guionistas, los ilustradores, los traductores, los libreros, los outsiders de la literatura, corajinosos y coherentes con su credo más allá de los focos y la fama. “El impostor” nos descubre los entresijos íntimos de la literatura; una receta literaria nos recuerda el sabor antiguo de aquel libro que leímos –que degustamos–; Desirée de Fez hilvana fotogramas con la tinta de las novelas; otros escritores nos orientan más allá del canon; Óscar nos lleva de compras a las librerías; viajamos a los rincones geográficos de los libros y, así, estos se trascienden y están vivos en las calles y cafés, en las plazas y estaciones que habitaron sus personajes, tan reales como el caminante que los recrea en su ruta. Las efemérides resucitan a nuestros escritores, si es que alguna vez hubieron muerto y en el miniclub los ojos asombrados de dos niños explican mejor que ellos mismos el virus inoculado por la literatura, incurable y eterno, mientras sujetan el libro que acaban de leer. Ellos, custodios del futuro y supervivencia de la literatura.

Página Dos cumple una década. El tiempo pasa deprisa y se diluye como las volutas de nuestra varilla de incienso, que observo ahora, apenas una brasa extinguiéndose ya entre las cenizas de su propia consumición. La vela también va menguando y los vasos albergan los posos fríos del té. También Página Dos amarilleará sus bordes algún día. Deseamos que eso pase muy tarde; eso es, al menos, lo que se desea en los cumpleaños. Pero cuando eso ocurra, el papel de esa página dos, permanecerá en nuestro recuerdo con la prístina blancura del satinado. Porque Página Dos es todos los libros que hemos leído gracias a su amistad semanal. Y si se dice que somos los libros que hemos leído, entonces somos, también nosotros, Página Dos.


lunes, 30 de octubre de 2017

380. 'Réplica'



Que la identidad es el gran motivo literario de nuestro tiempo me parece que empieza a ser cada vez menos discutible. Y no puede ser de otra manera. En un mundo donde somos lo que somos pero también el avatar que se esconde tras las redes sociales; en un primer cuarto de siglo donde la identidad es prostituida y manipulada con fines espurios por los nacionalismos; en una etapa de la historia de la humanidad donde el hombre camina cada vez más solo y desorientado, sin poder acogerse ya a los referentes tradicionales que le otorgaban la certeza de formar parte de algo más grande que él mismo, la literatura ha tratado de explicar la inmensa crisis identitaria de este milenio adolescente y, a la vez,  se ha erigido ella misma en la patria en donde hallarnos ciertos y seguros.
Y Miguel Serrano Larraz, que es hijo de su tiempo y ciudadano universal de los libros, ha entendido esta desazón de la identidad en su última obra, Réplica, publicada por Candaya. Si tuviera que resumir con una metáfora los doce relatos que integran este nuevo libro, diría que Miguel Serrano Larraz ha estrellado contra el erial del siglo XXI el espejo de la identidad haciéndolo saltar en mil pedazos. Y cada esquirla desparramada arbitrariamente por ese yermo, reflejadas sus rotas aristas con las del resto de fragmentos, ha creado una constelación infinita de realidades, todas ciertas y todas mentira. Es por eso que en este libro poliédrico abundan los desdoblamientos; el del adulto que se reencuentra con el niño perdido del centro comercial, trasunto de su propia infancia, quizás la única patria imposible; el del peluche extraviado que se intenta sustituir por su réplica en la tienda, un relato con resabios a Warhol y su crítica a las frías e impersonales cadenas de producción (no es casual que la imagen de la cubierta del libro diseñada por Nela Ochoa, se llame, precisamente, “Resonancias de Warhol”); el padre que se deja el bigote y es ya “otro”; la mitad del billete que halla su otra mitad en ese juego maravilloso de espejos y suspense que es el excelente relato negro “Media res”. Pero también la identidad analizada desde la percepción que los demás tienen de nosotros: el escritor que escribe novelas cómicas aunque todo el mundo las recibe como serias y profundas, o el personaje de mil vidas a quien todos confunden con algún famoso arrebatándole así su propio yo. También la familia, los orígenes o la identidad sexual jalonan ese leit motiv de la autoafirmación y sus estertores. Esa visión caleidoscópica se manifiesta como una proyección natural en la estructura de los relatos; muchos de ellos parten de un epicentro argumental, del que la trama se va distanciando paulatinamente casi sin darnos cuenta para acabar en un asunto totalmente diferente, fuera de la órbita inicial; otras veces, el relato parece inacabado o incompleto; quizás también tenga algo que ver  en ello la defensa del concepto de trama, válida y autónoma per se, que se hace en “Logos”. De ese modo, violentada también la estructura, el género literario busca también su propia identidad, sus cauces de afirmación.
Como es de esperar, en todo ese laberinto de búsqueda, los personajes de los relatos de Serrano Larraz son entes perdidos, vulnerables, asombrados, maniatados, incapaces de entender el mundo que habitan, velados por un cendal casi onírico o surrealista.

Quien se adentre en los relatos de Réplica debe aceptar el reto de perderse en ese dédalo iniciático que es casi una ontología del yo. Ser réplica, el lector también, de sí mismo; perderse y reencontrarse quizás distinto. Tal vez en esa búsqueda continua reside, al fin, la identidad.

lunes, 23 de octubre de 2017

379. Títulos



Tengo por costumbre no complicarme demasiado la vida a la hora de titular mis artículos. Sobre todo, cuando se trata de reseñas críticas de algún libro, suelo encabezar mi escrito con el mismo título de la obra que reseño. Sin embargo, en algunos de los periódicos con los que colaboro me he topado con algún jefe de redacción que me ha pedido titular la reseña de otro modo con el fin expreso de que no coincidiera en ningún caso con el de la obra reseñada. He notado que en el mundillo periodístico esta sugerencia ha adquirido la categoría de máxima, una suerte de acuerdo tácito que todo el mundo acepta con normalidad, y hasta hay quien se extraña de mi imperdonable ingenuidad –quién es este tío que titula igual que el libro, habrase visto, qué falta de profesionalidad, debe de ser nuevo–. ¡Anatema! Sólo en mi columna del Diari de Tarragona dispongo de total libertad a la hora de titular. Quizás sea porque, tras casi 8 años de colaboración semanal, ya nadie se preocupa de revisar lo que escribe el pirado ese de la literatura…
Pero es que, ¿por qué inventarse un título alternativo cuando uno reseña un libro titulado, por ejemplo, El corazón es un cazador solitario? O, El jardín del unicornio y otros lugares para hombres solos. O A la sombra de las muchachas en flor. O La insoportable levedad del ser. O Lo bello y lo triste. O La balada del café triste (McCullers tenía realmente un don). O El museo de la inocencia. O El guardián entre el centeno. O Buenos días, tristeza. O La soledad de los números primos. O El amor en los tiempos del cólera. O Un tranvía llamado deseo. O Primavera con una esquina rota. O Mortal y rosa. ¿Qué mejor pórtico para una crítica literaria que la literatura misma? Por no hablar de los libros de poesía, que son un verdadero tesoro en el arte de titular. Recuerdo una vez que reseñé un libro de Antonio Carvajal, titulado El fuego en mi poder y para no repetir el título tuve que ingeniármelas de tal modo que acabé llamando al artículo “Carvajal, Prometeo de la poesía”. Buf.
El nutrido caudal de títulos hermosos que a mí me facilitan mi tarea se debe en muchas ocasiones al buen tino de los editores o, al revés, a la lucha del escritor por no escuchar las recomendaciones de aquéllos. Orgullo y prejuicio iba a llamarse “Primeras impresiones”; Matar a un ruiseñor se iba titular con el nombre de su protagonista “Atticus”; Lo que el viento se llevó iba a ser “Mañana será otro día”; Moby Dick se hubiera limitado a “La ballena”;y Guerra y paz estuvo a punto de imprimirse como “Bien está lo que bien acaba” (eso sí hubiera sido una anatema). Otras veces, algunos títulos insulsos se han revestido de una sugestión especial al traducirse. Así, La importancia de llamarse Ernesto, de Oscar Wilde, proviene de un error de traducción, al confundir earnest, –que significa serio–, con Ernesto. Y Jorge Luis Borges, no sabemos si premeditadamente o por desconocimiento, tradujo The sound and the fury, de Faulkner, como El sonido y la furia, cuando en realidad el título original es una frase hecha, similar a nuestro “hablar por hablar”. Bienvenida, pues, la confusión.

Seguiré, pues, en la pertinaz contumacia de titular las reseñas igual que las obras reseñadas. Y si alguna vez cae en mis manos un buen libro con un mal título haré lo mismo. Porque los libros tienen derecho a que se los llame con sus nombres y apellidos. Para que vayan de boca en boca y acaben en el bautismo, siempre nuevo, de los ojos del lector.