lunes, 25 de mayo de 2020

487. Puntos de libro



Durante las escasas treguas que ha permitido el enojoso teletrabajo del confinamiento, Bea se ha dedicado a fabricar divertidos puntos de libro como el que mostramos en la fotografía. Una presumida monstruita –no debe obviarse la jactanciosa coquetería de su lacito– que se aferra a las páginas de mi libro –uno de los Episodios Nacionales de Galdós– y que el lector retira cuidadosamente de la esquina, temeroso de sufrir la dentellada de tan celosa centinela, con esos grandes ojos avizorantes, cuando desea retomar la lectura. A mí me parece que la criatura ha engordado ya algo y ello se debe, sin duda alguna, a los atracones de palabras que su voraz apetito ejercita una vez que la dejamos a solas entre los manjares galdosianos. Hay en los puntos de libro, también llamados por algunos «marcapáginas», «señaladores», «puntos de lectura» o «separadores», entre otros términos difusos, una camaradería silenciosa con el lector. Y desde hace un tiempo, también con el escritor. Durante las jornadas en que escribía mi novela, al abrir el archivo del procesador de textos del ordenador para iniciar una nueva sesión de escritura, aparecía siempre, en la esquina inferior derecha de la pantalla, un pequeño globo en forma de mensaje que me daba la bienvenida y que luego me impelía a hacer clic en él preguntándome antes si deseaba seguir por donde lo había dejado la vez anterior. «¿Quieres continuar por donde lo dejaste?» –me inquiría, servicial–. En ese trabajo solitario que es la escritura, aquella deferencia del programa informático, aquel gesto de complicidad, tan solícito y amable, me parecía proceder de alguna suerte de amigo que en su abstracción ejerciera su compañía silente, discreta y leal, conocedor de las lides que el escritor entablaba cada día con el lenguaje indómito. Un testigo fiel que aún guardaba en su memoria la última batalla y que en la reanudación de la liza te recordaba que él la había seguido hasta el final, respetando desde su silencio, las escaramuzas contra las palabras. Y ahora, como esos asistentes de los boxeadores, tras una de las rondas del pugilato, el mensaje en la pantalla te recoloca la protección dental y te empuja de nuevo al ring. Pero el punto de libro acompaña, sobre todo, al lector. Guardo numerosos puntos de libro dispersos entre las páginas de novelas y poemarios. Casi siempre hay una razón de ser en la unión de unos y otros. Es fácil que en el Cantar de Mio Cid se halle un marcapáginas con la efigie de Alfonso VI extraída del códice del siglo XII, el Libro de las estampas. O que a un poemario lo acompañe el punto de libro con el retrato de su autor; o que un separador con la catedral de Oviedo se halle entre las páginas de La Regenta; o que otro recuerde el día de la presentación de aquella novela; o que aquel folleto teatral se haya reconvertido para darse asilo en el texto que lo inspiró. Puntos de libro, también, la saliva y el dobladillo hereje en una página, pero cuya apostasía nace de la bendición de haber pasado por allí el dedo de un lector; punto de libro, la romántica y tradicional flor reseca, recuerdo de alguna lectura compartida en el campo, o despojo de la que se halló un día prendida en el pelo de ella antes de amojamarse, como se acartonan el amor y el tiempo y la vida, entre los nichos de papel. Punto de libro, en fin, este simpático engendro fabricado por Bea durante un confinamiento, que me recordará un día que los libros, una vez más, volvieron a salvarnos.

lunes, 18 de mayo de 2020

486. 'Cielo y Chanca'



El barrio almeriense de La Chanca constituye uno de esos espacios míticos capaces de espolear el alma de los artistas, tan permeables a las sugestiones que los paisajes singulares y sus ocultos arcanos, solo visibles a su sensibilidad avezada y acechante de la belleza, ejercen sobre su creatividad. La Chanca, humilde barrio donde se quintaesencian las culturas acrisoladas en la copela de sus calles estrechas, marineras, afeudaladas bajo el señorío secular de la Alcazaba, con sus cuevas y casas cúbicas que ya enamorasen en su día a Juan Goytisolo en uno de sus libros de viajes, La Chanca, decimos, solo espera la mirada atenta del poeta para expiar su miseria en la dignificación siempre redentora de los versos.

No nos extraña, pues, que el poeta José Antonio Santano, haya puesto al servicio de esa manumisión de La Chanca respecto del yugo de su precariedad, los versos de uno de sus últimos libros (con Santano y su portentosa fecundidad las reseñas de sus obras siempre se quedan antiguas)  titulado Cielo y Chanca y publicado por la editorial Alhulia.
La primera parte del libro, «Blanco silencio», la conforman 25 cuartetas que aspiran a una esencialidad prístina que depura las palabras hasta hacer palpables la blancura y el silencio que da título a la sección. Diríase que sus versos, en su despojamiento de lo accesorio, son rayos de sol que en la implacable siesta andaluza reverberan desde las paredes encaladas de las casas de La Chanca hasta envolvernos también a nosotros en una luz sacrificial que nos fagocita hasta confundirnos con su totalidad cegadora, trallazos de luz que son espasmos gozosos en la claridad.  De estos breves poemas destaca el uso de asociaciones sintagmáticas nominales que generan nuevas unidades léxicas como «magia silencio», la «rutina cansancio» de las campanas, «luz laberinto», «gruta secreto», etcétera.
La segunda parte del poemario, titulado significativamente «Silencio roto», como si Santano quisiera despertarnos de la autocomplacencia de la primera parte,  lo constituyen ya poemas más extensos donde La Chanca se despereza y sus tipos humanos y sus paisajes cobran vida y contorno. Para ello, en numerosas ocasiones, Santano se vale de lo que otros han dicho sobre el barrio: Goytisolo (de ahí el significativo título «Señas de identidad» del primer poema), pero también artistas plásticos como los pintores Jesús de Perceval o Cantón Checa o fotógrafos. Entonces Santano reformula la mirada de aquellos con la hermosa écfrasis de su juicio poético y ese eclecticismo artístico parece trasunto de la multiculturalidad abigarrada del libro, con menciones al gitanismo y al origen árabe del barrio, heredero aún hoy de su historia en la morfología de sus calles y casas y en sus gentes. Hay poemas donde esa comunicación entre el pasado árabe de La Chanca y el barrio actual parece desafiar los vórtices del tiempo.
La tercera sección, «Ciudad marina», se llena de nostalgia y parece remansarse en la reflexión metafísica, volviendo al silencio de la primera parte en un ejercicio de circularidad que da unidad al poemario. La «Adenda» final es una preciosa coda que homenajea los hogares de los amigos, allí donde el poeta siempre puede volver para encontrar la paz al abrigo de la amistad.
En los últimos tiempos, Santano ha publicado también Maraparaíso (Diputación de Córdoba) y Tierra madre (Alhulia, Premio José Antonio Ochaíta de Guadalajara), que habrá también que leer parar que él también nos aloje en su casa donde el amor «solea el zaguán de regreso a los besos».


lunes, 11 de mayo de 2020

485. Calle Reding



En una de las intersecciones con la emblemática calle Unió de Tarragona, nace la calle Reding, estrecha, casi un pasadizo, flanqueada a izquierda y a derecha por una sucesión de bolardos metálicos, como un escuadrón de soldados liliputienses ataviados con sus corazas que pretendiese honrar la memoria del general que da nombre a la calle. En el margen de las angostas aceras se abren pequeños negocios que acicatean la curiosidad del transeúnte, pues las más de las veces su género no responde a los productos comunes de las calles principales. Si quisiéramos comprar un gremlin, seguro que tendríamos que acudir a la calle Reding, y apuesto a que Michael Ende imaginó para la tienda en que Bastian adquiere La historia interminable algo parecido a una calle Reding. Al final del callejón se abre la Plaza Corsini, donde se erige el Mercado Central, construido al gusto modernista. En Málaga hay también un paseo de Reding y en Bailén una plaza de Reding.
Teodoro Reding (1755-1809) fue general del ejército español en el llamado Tercer Regimiento Suizo de Reding. En 1802 fue destinado a Málaga para contener las epidemias de fiebre amarilla que asolaron la ciudad. La fiebre se llevó a 7000 personas, 200 de las cuales pertenecieron a hombres de su regimiento. Su denuedo contra la epidemia le valió luego el cargo de gobernador de Málaga, función que desempeñó con una clara vocación de servicio y unas políticas sociales, sanitarias y urbanísticas que pretendían redundar en el bienestar de los malagueños, especialmente de aquellos más desfavorecidos. En 1808, durante la Guerra del Francés, participó en la exitosa batalla de Bailén bajo las órdenes del general Castaños, infligiendo la primera derrota a las tropas de Napoleón. En el cuarto de sus Episodios Nacionales, el titulado Bailén, Benito Pérez Galdós hace que su protagonista, Gabriel, forme parte de la división comandada por Reding. Bailén, que no es, al menos para mí, el mejor libro de la serie, describe aquel capítulo de nuestra Historia patria con la plasticidad en él frecuente, aunque la novela encalla en la profusión de detallismo sobre los datos estratégicos de la contienda, quizás interesante para los amantes de la literatura bélica pero no, desde luego, para quien esto escribe. Lo mejor, quizás, de Bailén, es el memorable pasaje donde se describe La Mancha, infiriendo de la sugestiva monotonía de sus planicies el inapelable acierto de Cervantes para convertir aquella tierra en la patria de don Quijote.
Participó después Reding en la campaña de Cataluña contra el ejército bonapartista pero fue derrotado en Valls por el general Laurent de Gouvion-Saint-Cyr,  batalla en la que resultó herido. Murió dos meses después, al contraer una infección por tifus, tras visitar el hospital militar de Altafulla. El 23 de abril de 1809 –el año pasado se cumplieron 210 años– fue enterrado en la Catedral de Tarragona, aunque más tarde sus restos fueron depositados en el lujoso panteón del cementerio de cuyo mantenimiento se encarga el Ministerio de Defensa. Reding fue uno de los primeros en ocupar el nuevo cementerio extramuros que se había habilitado en 1809 para poder ubicar a los numerosos muertos causados por la guerra contra los franceses.
Enfilando la estrecha y oscura calle Reding, uno no puede más que sugestionarse pensando en las dos epidemias –fiebre amarilla y tifus– a las que se enfrentó el ejemplar héroe militar. Pero conforme uno avanza y llega, al fin, al espacio abierto de la plaza Corsini, y descubre su mercado y recuerda la barahúnda comercial de otro tiempo que nos parece muy lejano aunque no lo sea tanto, y halla las terrazas atestadas y los niños jugando a la pelota y la tremolina de la vida, entonces, la estrecha y oscura calle Reding se queda atrás y el general vuelve a ganar en Bailén y nosotros nos damos a la luz. Fase 1.

lunes, 4 de mayo de 2020

484. La revancha del tigrillo



Entre las teorías conspiranoicas que se postulan para explicar el origen de la pandemia que nos azota –y no, por cierto, la más descabellada– está aquella que afirma que el virus es el modo en que el planeta se venga ahora de la humanidad como castigo por los agravios con que sistemáticamente hemos ido sometiendo su soberanía natural. Recuerdo ahora, con la nostalgia de la cotidianidad robada, aquel concurso literario ecológico que organizamos en mi instituto cuyo lema, ideado por mi compañera Eloísa, era «La venganza de don Mundo», jugando con el título de la obra de Muñoz Seca, aunque a los alumnos se les escapara el guiño literario. Pero disculpen esta concesión a la melancolía. A lo que iba. He pensado todo esto mientras leía, a modo de homenaje póstumo, Un viejo que leía novelas de amor, el libro de Luis Sepúlveda, a quien también ha desterrado de la vida la ira regia de ese tirano arrogante que hasta en el nombre se corona de soberbia. En la novela del escritor chileno, Antonio José Bolívar Proaño, que vive en El Idilio, un remoto pueblo amazónico, ocupado en leer novelas románticas, es requerido por el gobernador del lugar para matar al tigrillo, que está causando estragos entre la población. En realidad, la cólera del ocelote se debe a que los cazadores extranjeros que, como los buscadores de oro, pululan a sus anchas por la zona provocando todo tipo de abusos, han matado a las crías de la hembra y herido de muerte al trigrillo macho. El animal, pues, cegado por el dolor, arremete contra todo hombre que penetra incauto por la selva. Antaño, Antonio José Bolívar Proaño había sido acogido por los indios shuar hasta el día en que cometió, involuntariamente, un error que vulneraba el código de la tribu. Pero durante su estancia con los indígenas, supo apreciar el respeto de ese pueblo por la Naturaleza, su pacto cruel pero honroso con ella, las leyes no escritas de la selva, la simbiosis de la vida dentro de la vida. Es por eso que el gobernador le encomienda la misión. Cuando Antonio José Bolívar Proaño cumple con su cometido, arroja al río, entre lágrimas, a la hembra y maldice a los gringos que provocaron aquel desajuste en el cauce natural de las cosas. La novela, que por momentos tiene algo de El corazón de las tinieblas, de Conrad, y que subyuga como lo hacen todos esos libros que colocan al hombre frente al colosal misterio de la Naturaleza en su majestad (Don Segundo Sombra, de Güiraldes, La vorágine, de José Eustasio Rivera, el mismo Conrad…) es un canto a la coexistencia y la armonía del hombre con su entorno y, a la vez, una denuncia a quienes transgreden esa alianza sagrada. Va mucho más allá de la ecología y, por supuesto, no tiene nada que ver con la baratija del mantra naturalista de perroflaúticos, porreros, talibanes del veganismo y demás ralea. El libro de Sepúlveda sondea los arcanos de la vida profunda sin atenerse a modismos circunstanciales. En la parte final, cuando el protagonista se esconde de la tigrilla bajo una canoa y la siente pasear por encima de la madera, aquel siente que va a morir. La misma tigrilla, que «capta el olor a muerto que muchos hombres emanan sin saberlo», marcaba con sus orines la presa, «considerándolo muerto antes de enfrentarlo». Bolívar se queda dormido y sueña que el brujo shuar masajea su cuerpo con puñados de ceniza fría para salvarlo, mientras atisbaba los ojos amarillos de la muerte en todas direcciones. Entonces el sortilegio chamánico tuvo efecto. Pero ahora no puedo dejar de sugestionarme pensando –llamadme paranoico– que la tigrilla de Sepúlveda ha vuelto buscando su revancha.

lunes, 27 de abril de 2020

483. Ejecutoria de hidalguía



Este viernes se cumplen 20 años desde que apareciera el primer número de La Poesía, señor hidalgo. La revista, codirigida por Ramón García Mateos y Juan Ramón Ortega Ugena salió a la luz el 1 de mayo del año 2000, «finisecular e ilusivamente apocalíptico», al precio de 700 pesetas. La publicación debe su nombre al famoso pasaje del capítulo XVI de la segunda parte del Quijote, cuando el bueno de Alonso Quijano realiza ante el Caballero del Verde Gabán su definición del género poético. El fragmento se halla reproducido en la portada de la revista, diseñada por José F. Ríos. El consejo de redacción lo formaban, además de sus dos directores, los poetas Guillermo Fernández Rojano y Juan López-Carrillo. La revista salió de las planchas de la imprenta Day Print, de Reus, y desde el principio llamó la atención por el tamaño de sus páginas (21x33).
Con sugestivos dibujos del artista Pere Barniol, aquel primer número dio acogida a 14 poetas y a más de una treintena de poemas. Por sus páginas desfilaba la mirada tamizadora del mundo de Joan Elíes Adell; el cromatismo musical y la apología serena de la cotidianidad y de la verdad prístina de Antonio Carvajal; el amor azaroso de Francisco Castaño; los versos de tierra germinadora de Flavia Company; la evocación de la belleza y la pérdida de la inocencia entre el entrañable cortejo de mitos literarios de Luis Alberto de Cuenca; el erotismo pérfido y la rebeldía contra la domesticación social de Guillermo Fernández Rojano; la nostalgia con olor a eneldo, luz de albahaca y hojas secas de Ramón García Mateos y su aguerrido olifante llamando a los enfermos de luna; el amor redentor y la tensión entre la palabra y su silencio de Alfredo Gavín; la bella taxonomía de los poetas de Juan Carlos Mestre, su casa roja alucinada; el erotismo displicente y la amanecida cruel de Eduardo Moga; el terrible envés de la inocencia, agazapado tan cercano, y el milagro de hacer hablar a los muertos, de Jesús Munárriz; el anhelo de la palabra libre y esencial de Juan Ramón Ortega Ugena; el descreimiento del mundo y su marchitamiento, y el recuerdo consolador, de Ramón Oteo; la ternura y el desvalimiento irreverente de José Viñals.
Luego la revista se nutrió, como anunciaba el editorial fundacional, de textos en prosa,  crítica literaria y reseñas de novedades con la participación también de escritores de primera fila. En ese mismo editorial, tras la presentación de rigor, se advierte también de la personalidad atractivamente belicosa de la publicación: «no sólo es una publicación insumisa […] sino que además, nacemos con vocación de francotiradores de la palabra. Tenemos bueno tino y sabemos escoger el blanco. Y no debemos a nadie la escudilla».
Ángel Luis Prieto de Paula ya lo apuntaba en uno de sus deliciosos artículos recogidos en Monólogos del jardín. En «De la vida de provincias» dice el maestro de Ledesma: «Uno, muy limitado a lo que se cuece en las grandes editoriales, se conmueve al comprobar la feracidad de tantos escritores, editores y lectores que, lejos de la corte y sus reclamos, trabajan sin esperar reconocimiento o sin obtenerlo cuando lo esperan». En esa vocación apasionada y desinteresada por la literatura se cifró también aquella revista nacida en una de esas ciudades de provincias de las que habla Prieto. El proyecto, como suele suceder casi siempre, duró los números que tenía que durar. Ahora, con la perspectiva que dan las dos décadas desde aquel primer número, ningún notario de corte se atrevería desestimar su indiscutible ejecutoria de hidalguía.

lunes, 20 de abril de 2020

482. El dolor sin brida



Hay libros que solo pueden escribirse desde un rapto de la conciencia. Una suerte de arrobamiento que suspende el accidente prescindible que somos para hacernos bucear por las esencialidades que más radicalmente nos constituyen. Así me imagino yo a Alejandro Morellón mientras escribía su Caballo sea la noche (editorial Candaya): inmerso en el trance febril de una novela cuya creación acabaría por convertirse en una experiencia agotadora, casi física, cuando las palabras supuraban en el papel su pus de ignominia.
Al principio me pareció estar leyendo una novela de José Donoso, su prosa alucinada, derramada a borbotones hirvientes y delirantes; luego, para tonta vanidad del crítico vaticinador, hallo aquel sintagma revelador que me lo confirma, aquel «obsceno pájaro de la noche» que me remite a la obra del escritor chileno. ¿Un guiño premeditado que reconoce su deuda literaria? No en vano, el libro de Donoso no deja de ser, él también, una demolición del yo. El título procede de una cita de Henry James escrita a sus hijos: «[La vida] florece y fructifica a partir de las más sombrías profundidades de la penuria esencial en la que hunden las raíces del sujeto […], una selva indómita en la que aúlla el lobo y parlotea el obsceno pájaro de la noche». Esta cita podría resumir perfectamente el libro de Morellón.
La novela narra, mediante el recurso del monólogo interior de dos de sus personajes, la ruina vital de una familia de la que ya solo sobreviven Rosa y su hijo Alan. La reconstrucción de la trama que les ha llevado a esa situación va abriendo claroscuros por los que el lector atisba, aterrado, la ominosa verdad. La novela reclama el envés de nuestras identidades (de enorme simbolismo es la fotografía que la familia se hace de espaldas) y explora cómo ese reverso puede ser tan auténtico como el anverso que mostramos al mundo. Morellón nos hace entender cómo la naturaleza proscrita del yo se justifica solamente por la construcción social de la culpa que, es a veces, incompatible con la verdad que nos participa muy adentro, lo que desemboca en el nihilismo identitario: «soy un ser arbitrario y sin concreción, una latencia indefinida […] un ente sin identidad, vulnerable y desfragmentado…», (magnífico el desarrollo de esta idea en las páginas 50 y 51). En este sentido, cobra capital importancia el lenguaje, que se convierte en una ontología contradictoria: por un lado, dotar de palabras a la abyección otorga carta de naturaleza a la culpa (las palabras son también una construcción social); por otro, encarnar el dolor en las palabras permite generar asideros y contornos allí donde solo hay vacío y abismo. Al final las palabras escritas en una carta serán promesa de redención. Siempre las palabras, a pesar de todo. La novela se estructura a través de los monólogos de Alan y su madre. Cuando es el turno de Rosa, la prosa, sin dejar el tormento, se remansa algo. Su contrapunto no es solo estilístico, también temático: las fotografías del álbum nos hablan de un tiempo antiguo de felicidad, inocencia, infancia y ángeles. La ausencia de puntos ortográficos contribuye al ritmo estudiadamente caótico del flujo de la conciencia, aunque a veces la gramática es lo suficientemente lógica como para encontrar algo forzado el asíndeton. En cualquier caso, el dolor no tiene ortografía. Como no tiene brida el dolor de ese caballo blanco «atravesado por la caída de los relámpagos como por la mirada de un dios infatuado»

lunes, 13 de abril de 2020

481. El humor en los tiempos de cólera



Coincidiendo con el 75 aniversario de la incorporación de Wenceslao Fernández Flórez a la Real Academia de la Lengua, he estado leyendo estos días su correspondiente discurso de ingreso, que el escritor gallego tituló «El humor en la literatura española». Aunque la preparación del discurso se llevó a cabo en la primavera de 1936, no fue hasta el 14 de mayo de 1945 cuando pudo leerlo ante sus recientes adláteres académicos. La Guerra Civil, claro, había dejado en barbecho el tradicional ritual. Fernández Flórez confiesa que llegó a quemar los apuntes sobre los que había trabajado, temeroso de «los peligros revolucionarios». Y uno se pregunta qué naturaleza subversiva o más bien reaccionaria tendrían aquellos papeles para dar con ellos en la chimenea de su casa.
Entre los pensamientos del flamante académico hay una reivindicación del humor, género siempre menospreciado por el oficialismo literario de turno. F. Flórez lo compara con la casita de caramelo del cuento. Unos se acercarán a la casita, la lamerán y se marcharán sin averiguar quién vive ahí; otros, además, querrán conocer a su inquilino y, al hallar al ogro dentro, le reprenderán por haber construido una casa de caramelo; aquellos se habrán interesado solamente de forma superficial, una vez que el sabor de la casa les ha satisfecho un capricho y les ha hecho pasar un buen rato; los otros le afearán al ogro que, siendo él un personaje tan importante, se haya entretenido en construir una casa de caramelo. En resumen, están los que piensan que el humor es un ejercicio simpático sin más y los que lo menosprecian por no ocuparse de las cosas serias. Y, sin embargo, como dice F. Flórez, el humor podrá no ser solemne, pero desde luego es algo muy serio. El autor de El bosque animado lo define como «la sonrisa de una desilusión». No es, pues, la carcajada desaforada, que el escritor compara con las cosquillas: «Las cosquillas pueden obligarnos también a retorcernos en carcajadas estentóreas, y, sin embargo, cuando cesa el estímulo, no se ha enriquecido nuestro espíritu con un pensamiento ni con una emoción. Tal ocurre con el chiste».
La sonrisa de una desilusión. Porque el literato es, ante todo, un hombre descontento: «El día en que el mundo sea tan perfecto que exista conformidad entre los deseos y los sucesos, nadie leerá novelas y, desde luego, nadie las escribirá. Una novela es el escape de una angustia por la válvula de la fantasía». Y ante el descontento, la ira y el lamento, hijas del instinto, se enseñorean en las diferentes manifestaciones literarias, muchas de ellas excelsas. Pero hay un tercer elemento que trasciende el instinto para situarse en el ámbito de la inteligencia. «Ni el insulto, ni la súplica, ni la execración, ni los suspiros tienen una fuerza semejante»: el humor, que no es la sátira cruel ni la burla. El humor, según F. Flórez «es siempre un poco bondadoso, siempre un poco paternal. Sin acritud, porque comprende. Sin crueldad, porque uno de sus componentes es la ternura. Y si no es tierno ni es comprensivo, no es humor». Y sigue: «El humor tiene la elegancia de no gritar nunca, y también la de no prorrumpir en ayes. Pone siempre un velo ante su dolor. Miráis sus ojos, y están húmedos, pero mientras, sonríen sus labios».
No es baladí pensar que Wenceslao Fernández Flórez pronunciara estas palabras después de haber salido de una guerra, una experiencia que debió de resituar los límites de su concepto del humor:
«Ignoramos qué nos traerá la literatura posterior a la guerra –dice– pero si en ella sobrevive el humorismo diremos que se ha salvado algo muy importante de la ternura humana, entre tantos odios y tantas espantosas violencias». Setenta y cinco años después, también nosotros deberemos plantearnos qué hacemos con nuestro humor cuando sobrevivamos a la pandemia. Si lo usamos para herir o si, en su necesaria mueca de acíbar, lo derramamos sobre la humanidad con la bondad que defendía don Wenceslao, ahora que más falta nos hace para restañar la hemorragia de las vidas que se fueron.
Busto de Wencesleo Fernández Flórez en la Praza do Humor (La Coruña)


lunes, 6 de abril de 2020

480. Manual del buen misántropo



La gente cree que en estos días de confinamiento forzoso está llevando a cabo una suerte de épica de la resistencia que convierte a cada confinado en un héroe contra el enemigo invisible. Una especie de paladín del batín que soporta con arrojo las acometidas del temible aburrimiento, eso sí, asistido de todas las comodidades y conectado al mundo, como nunca en otro tiempo, a través de la tecnología. Menudos titanes. Yo entiendo que existan personas que deseen sentirse protagonistas de la Historia y que para ello necesiten remedar la epopeya de las películas, importar el apocalipsis de las grandes gestas del pasado, adoptar su lenguaje belicista y revestirse del aura de las proezas. Poder decir orgulloso: «yo estuve ahí; yo sobreviví al virus». Pero no, oiga: usted solamente está tumbado en su cómodo sofá, deglutiendo series, comunicándose con quien quiera a través de su teléfono móvil, bien abastecido de comida, cubiertas todas sus necesidades higiénicas y haraganeando. Eso sí, a las ocho en punto sale usted a aplaudir al balcón para seguir sintiendo que forma parte de la hazaña colectiva. No. Usted no es ningún héroe: usted es solo un insignificante ciudadano más que tiene la única obligación de quedarse en su jodida casa. Nada más. Porque pensar que está usted haciendo algo más que eso es insultar a todas aquellas personas que se mantuvieron ocultas en un zulo inmundo durante 30 largos años hasta que Franco decretó la amnistía del 69. Por ejemplo. Y quejarse de un encierro que aún no alcanza el mes es un insulto aún mayor, además de demostrar el poco alcance de su supuesto coraje contra el fin del mundo.
El confinamiento nos ha traído también a los gurús de la cultura, que se arrogan ahora la potestad de tutelar nuestro supuesto aburrimiento, como si los pobres mortales a los que regalan su benefactor amparo no supiéramos organizar nuestro propio ocio sin su eminente guía salvífica. Sé que hay quien lo hace bienintencionadamente. Pero, cuando todo esto pase, algunos tendrán que hacer inventario de su mezquindad, sobre todo aquellos que, con el subterfugio de un altruismo hipócrita ofrecen sus obras para hacer más llevaderas las horas de enclaustramiento, en un ejercicio oportunista de autobombo sonrojante.
Resulta curioso pero yo siempre había creído que la mejor forma de alejarse de la estupidez humana era aislarse de la gente, huir al iglú. Y no. Justamente en mi encierro es cuando estoy asistiendo a un mayor embate de imbéciles por doquier. La culpa es mía, claro, por ceder también a las redes sociales, a la televisión y a otros opiáceos de la inteligencia. Quizás se deba esto a que antes la imbecilidad se dispersaba entre los actos cotidianos de la vida y sus prisas. Ahora, en cambio, se concentra en la intimidad (por tanto, en su dimensión más cierta) de los hogares prostituidos para todos en repulsiva exhibición. Por eso entiendo tanto a Manuel, el protagonista de Los asquerosos, de Santiago Lorenzo, que es la novela de la que quería hablar aquí antes de acalorarme con toda esta diatriba contra la majadería humana. Manuel debe ocultarse de la policía al verse involucrado involuntariamente en un acuchillamiento. En su encierro, una casa desocupada en un pueblo deshabitado, descubrirá las mieles de la soledad y la irrelevancia de todo aquello que antes le resultaba imperiosamente necesario. Hasta que una familia de domingueros, trasunto de nuestra sociedad con todos sus defectos, hipocresías, superficialidades y sandeces, se instala en el pueblo y da al traste con su seguridad, convirtiéndose a partir de entonces el libro en todo un manual del buen misántropo. Y yo quería analizar un poco el libro de Santiago Lorenzo y hablar de algunos pros y contras de su planteamiento argumental, de su estructura, de su estilo. Pero me he tirado tres cuartos del artículo hablando de toda esa caterva de idiotas en lugar de lo importante y se me ha acabado el espacio. ¿Lo ven? Lo han vuelto a conseguir.

lunes, 30 de marzo de 2020

479. 'Massé' literario


El escritor José Avello nos dejó hace ya 5 años. En su haber, una producción literaria tan escasa como deslumbrante, capaz de convertir al autor asturiano en un clásico de culto sin necesidad de haber engrosado su quehacer creativo más allá de los dos únicos títulos que dio a la imprenta. En diciembre del año pasado recibí una carta de Milagros Gonzalvo, su mujer, acompañada de las dos novelas de Avello, Jugadores de billar y La subversión de Beti García, ambas recientemente rescatadas por la editorial Trea (antes habían sido publicadas por Alfaguara y Destino, respectivamente, con unánime entusiasmo por parte de la crítica, conformidad que hace aún más incomprensible el limitado recorrido editorial que sufrieron luego ambas obras). Milagros envió su carta pulcramente presentada, a ordenador, con fecha, membretes y firma. «Te envío las dos novelas de mi marido», rezaba uno de los renglones. Yo no pude más que recibir, conmovido, los dos libros con profundo respeto. «Te envío las dos novelas de mi marido». Habrá quien diga que todo esto no es importante en una reseña, si es que acaso esto es una reseña. Para mí sí es importante. Hay en la carta de Milagros una dulce obstinación en traer de vuelta a su marido conjurando su recuerdo a través de aquello que probablemente más le concernía. Nadie que no haya convivido con un escritor podrá entender la importancia casi ontológica de una obra propia. Hay en el gesto de Milagros una demostración de la prolongación de su amor que fue, para mí, al desembalar los sobres, una emocionante epifanía.
Leí Jugadores de billar, que debe su título a los cuatro protagonistas que se citan cada tarde para jugar en el Mercurio, un café ovetense. El billar representa, en las vidas desnortadas de sus protagonistas, la metáfora de sus existencias mecanizadas, a merced de la inercia de los días, pero también, en cada carambola, el asidero inequívoco de la lógica matemática, la certidumbre de la física, que les permite agarrarse a una seguridad objetiva cuando todo se tambalea. El eje argumental gira en torno al expolio al que el bando vencedor sometió a los vencidos durante la Guerra Civil. Aquellas malas artes volverán a salir a la luz más de medio siglo después involucrando a varios personajes en un thriller familiar tremendamente enjundioso. El marco narrativo, no obstante, se antoja muchas veces un pretexto para bucear por las simas de las almas de los protagonistas y sus miserias personales. De todos ellos, el mejor perfilado, por su impresionante hondura, es Álvaro Atienza, personaje atormentado por sus complejos físicos, que se enamorará enfermizamente de una estudiante de Artes con la que aspira, por derroteros psicológicos de extraordinaria sutileza, a redimirse. Atienza es heredero de una fábrica de loza situada dentro de los territorios usurpados. Por su parte, hallamos a Floro, escritor frustrado que vive parasitariamente de las rentas del negocio de su madre y que está enamorado desde niño de Adelina Valle sin atreverse nunca a declararle su amor. El tercer jugador es Manolo Arbeyo, periodista en cuyo poder obran documentos reveladores sobre el expolio y del que pretende sacar tajada. Completa el cuarteto la voz del narrador, que al final de la novela nos revela también su concurso en algunos de los avatares argumentales.
Mención aparte merece el estilo literario. José Avello escribe con una precisión quirúrgica que ennoblece el idioma hasta convertirlo en un massé literario. Todo ello dentro de una estructura perfectamente ensamblada. El estilo avanza con personalísima elegancia, segura, contundente en su autoafirmación, salpicada a veces de ironía y fino sentido del humor, sabiamente dosificado. Conforme uno avanza en la lectura de la novela, se da cuenta de que Avello ha echado el resto en su proyecto literario, que no ha dejado nada a la improvisación. El resultado es uno de esos libros con empaque, sólidos, perdurables, una obra maestra que, como tal, merecía una carta de amor.

lunes, 23 de marzo de 2020

478. El efecto Vallejo



Hallábame una tarde leyendo en el sofá, en uno de esos escorzos imposibles de triclinio que adopta el lector hedonista, cuando un pasaje del libro en cuestión acicateó mi curiosidad y quise aclarar una información acudiendo al teléfono móvil. El escorzo se complicó algo, pues ahora sujetaba el libro abierto, de considerable volumen, con una sola mano, mientras que con la otra navegaba con impericia de manco por el proceloso piélago digital. Y pasó lo que tenía que pasar, que el barco zozobró y el difícil funambulismo de libro y móvil se vino abajo. Así que, en décimas de segundo, tuve que decidir cuál de los dos objetos iba a tener que salvar del descalabro en el suelo del comedor. Apenas lo pensé, fue casi una reacción instintiva: el móvil cayó con estrépito sobre el piso, mientras el libro reposaba sobre mi pecho, como esas damas de las películas que el héroe acaba de salvar del precipicio. El libro era El infinito en un junco, de Irene Vallejo. El móvil… ¿qué diantres importa el destino del móvil cuando uno está leyendo a Irene Vallejo?
La anécdota no es baladí. Yo la llamo «el efecto Vallejo». En El infinito en un junco se desprende tal amor por los libros, tal pasión por su historia de heroicidad y resistencia, que su lectura inocula en el lector ese mismo virus bibliofílico. ¿Cómo iba, pues, a dejarlo caer al suelo? El libro de Vallejo es una inagotable fuente de contento tanto para los amantes consumados como para los advenedizos. Con un lenguaje que evita premeditadamente la erudición sesuda para trasladarse, sin menoscabo alguno, al tono divulgativo (en ocasiones me pareció estar ante uno de esos estupendos ensayos históricos de Isaac Asimov), Vallejo traza la historia del libro desde la Antigüedad, preñando su épica gesta de un jugosísimo anecdotario, deliciosos hallazgos etimológicos y, sobre todo, jalonando la narración con toda esa nómina de indómitos paladines –muchos de ellos anónimos– que han escrito los grandes hitos de la odisea libresca. El ensayo, además, alterna su necesaria hilazón cronológica con saltos al presente, tendiendo un puente que rompe los vórtices del tiempo en una solución de continuidad que nos convierte en contemporáneos de egipcios, griegos y romanos. En esos remansos narrativos del presente, aparece la Vallejo más personal, la que legitima el carácter ensayístico de su obra tomando del género la esencia de su origen montaignesco, y entonces sus apreciaciones adoptan un tono lírico donde emerge la creadora, la novelista, la poeta. Y como los libros siempre llaman a otros libros, El infinito en un junco es también una sugestiva invitación a adentrarse en las muchas obras citadas entre sus páginas, una preciosa y entrañable antología de futuras lecturas que enhebrarán la sinapsis de ese maravilloso ejercicio de la intertextualidad.
Observo el teléfono móvil descoyuntado en el suelo, su batería de litio fuera del armazón, como el corazón de un despojo homérico. Su acceso a Internet, que me permitía viajar por el infinito de la red, se ha cerrado tras el golpe, como una puerta encasquillada en su marco. Por ahora, no me importa perder ese infinito. Porque el infinito está –siempre lo ha estado– en aquel primer junco.