lunes, 18 de marzo de 2019

438. De oportunismos y linchamientos



Ante la polémica surgida a raíz del premio Biblioteca Breve de Seix Barral, otorgado este año a Elvira Sastre, confieso que mi posicionamiento puede resultar ambiguo o incluso contradictorio. Sobre todo, no me encuentro cómodo entre los que han aprovechado la controversia para entregarse a la despiadada lapidación de autora, libro y editorial con esa malsana inquina que suele brotar de aquellos que no saben gestionar  las frustraciones de sus propios fracasos y aspiraciones literarios. Igual que también me disgustan los dictámenes adversos vertidos sobre la obra de la escritora segoviana sin que quienes los emiten se hayan tomado siquiera la molestia de leer la novela, prejuzgándola aun sin tener elementos de valor con que formular tales veredictos, como si, desde la supuesta autoridad de un elitismo altivo y mal entendido, se diera por sentado que la obra de Sastre tiene necesariamente que incluirse entre la bazofia que consumen los lectores adocenados. Que lo mismo es que sí, pero, hombre, leamos al menos la novela para hablar con conocimiento de causa.
Empezaba mi reflexión afirmando que mi posicionamiento ante este debate puede llegar a ser incoherente y confuso. Me explico. Yo no voy a leer el libro de Elvira Sastre. Y no lo voy a hacer porque creo que no comulga con mi credo literario. ¿Incurro en los prejuicios que hace un momento reprochaba a otros? Claro que sí. Con la salvedad de que yo me he empapado de decenas de reseñas antes de escribir estas líneas y que esas reseñas proceden de personas mesuradas, juiciosas, razonables, inteligentes, objetivas, que analizan las obras con temperamento constructivo y sistema. Al igual que uno tiene sus escritores favoritos, también uno tiene a sus críticos preferidos y de confianza. ¿Son sus opiniones dogma de fe para mí? No, pero casi. Y, sobre todo, me sirven de filtro para no leerlo todo, a salvo de los cantos de sirena de la mercadotecnia. La vida es breve y hay que saber seleccionar. Por eso no voy a leer a Elvira Sastre. Por eso y porque no hace falta ser muy inteligente para saber que el Premio Biblioteca Breve ha sucumbido al oportunismo mercantilista más atroz, al albur del predicamento del que la autora goza en el nuevo orden del éxito literario: no la calidad de sus escritos sino los seguidores que atesore en las redes sociales. Pero de esto no tiene culpa Elvira Sastre. Ella ha sabido granjearse su celebridad con sus propias armas, le ha ido bien y Seix Barral ha ido a buscarla. Tampoco podemos demonizar su literatura. Se puede divergir de ella pero hay un tipo de consumidor que la demanda y su presencia es legítima. Más difícil es el papelón de Seix Barral, que tendrá que explicar por qué un certamen de su solera, con una nómina de autores premiados que representan lo mejor de nuestra tradición literaria, decide menoscabar así su prestigio y, sobre todo, acabar con una idea sagrada de literatura que corre serio peligro de extinción si no fuera por el esfuerzo heroico de las editoriales independientes. Tampoco Elvira Sastre puede sentirse víctima de un linchamiento. Ella sabía lo que hacía cuando aceptó el premio. Porque no seamos ingenuos: Elvira Sastre no ha ganado un premio, se lo han ofrecido. Así que ahora tendrá que cargar con los vilipendios que le lluevan de todas partes. Era el precio a pagar y ella lo sabía, aunque a mí no me gusten los linchamientos. Aun así, el trabajo de la escritura me merece tanto respeto que, como Cansinos Assens, pienso que no hay obra mala que no pueda albergar algo bueno. La pena es que, cuando el Biblioteca Breve lo ganaba gente como Juan Marsé, no había que buscar los buenos pasajes. Todo el libro lo era. Lo sabíamos por la elevación de espíritu que producía su lectura, no por el número de likes en Instagram.

lunes, 11 de marzo de 2019

437. 'Apocalypse Now' cumple 40 años



Cuentan que durante un viaje en avión cayó en las manos de Francis Ford Coppola la novela El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad, y que, tras su lectura, el director americano supo enseguida que el argumento de aquel libro iba a inspirar su siguiente película. El capricho de las efemérides ha querido que ambos, película y libro, celebren este año sendos aniversarios redondos, de esos que gustan a los amantes de las fechas y que a mí me regala el pretexto perfecto para hablar de lo que me apetece, sorteando los imperativos de la prensa y su servidumbre a la actualidad, mediante este subterfugio de los cumpleaños. Pues sí,  Apocalypse now cumple 40 años y El corazón de las tinieblas, 120. Y ya legitimado por la obligada tiranía de las coyunturas, hablemos ahora de lo que verdaderamente importa.
El corazón de las tinieblas es uno de esos pocos libros de los que uno no logra salir nunca. Inspirada en los viajes africanos de Conrad, narra la expedición de Charlie Marlow remontando el río Congo con la misión de encontrar al misterioso comerciante Kurtz, que se ha granjeado las envidias de sus colegas por su éxito en el acopio de marfil y que hace años que no sale de la estación que dirige. Durante el viaje, la figura mítica de Kurtz irá engrandeciéndose merced a los comentarios que de él hacen quienes lo han conocido hasta transformarlo poco menos que en un tótem para idólatras. Cuando logra alcanzar la estación de Kurtz, Marlow descubre que aquel se ha convertido en el líder de la comunidad negra que le asiste, que lo trata como a un dios, y que parece haber perdido todo vínculo con los patrones que rigen la civilidad de su origen europeo. Lo fascinante de la novela de Conrad reside en el paulatino poder que ejerce la jungla sobre sus personajes, que acaban siendo fagocitados por el misterio telúrico de la Naturaleza en su sentido más primigenio, ejerciendo en ellos una involución o una regresión hacia las esencias de su animalidad o de su origen ontológico, conduciéndolos al misterio de ser desde la raíz misma de la vida. También Marlow experimenta esa llamada atávica conforme se adentra en las profundidades del continente africano pero es Kurtz quien ha sucumbido enteramente a la comunión radical con el arcano que todo lo explica. Es ese crescendo el que subyuga en cada página. Por eso en la versión cinematográfica, en concreto en la versión extendida que Coppola presentó en Cannes en 2001, creo que sobra la escena de la guarnición francesa, con su vida acomodaticia y civilizada, que es un anticlímax contraproducente en el ritmo creciente hacia el tuétano de la barbarie. Por lo demás, la película de Coppola es una excelente versión del libro, transportada a la guerra de Vietnam, respetando con todas las licencias que se quieran (geniales las excentricidades del coronel Kilgore con un Robert Duvall en estado de gracia) los temas de Conrad, como los abusos del colonialismo, entre otros. Pero es, sobre todo, la atmósfera apocalíptica que da título a la película, las tinieblas que dan título al libro, donde parece que el principio de todo se funde esquizofrénicamente con el final de todo, lo que produce ese efecto narcótico que impide separarse de la pantalla durante 3 horas y también del libro, que puede leerse del tirón, porque la selva, como en aquella Vorágine de José Eustasio Rivera o como la infinita pampa en Don Segundo Sombra, de Güiraldes, o como la Comala de Pedro Páramo, no nos suelta nunca. Quizás porque sabemos que en esos territorios se halla, tal vez, la verdad de lo que somos más allá de lo que somos.

lunes, 4 de marzo de 2019

436. Machado de usar y tirar



En el prólogo a la primera parte del Quijote, Cervantes critica, con su ironía y elegancia habituales, la costumbre de preñar los pórticos de las obras literarias con citas doctas y recónditas que mejor legitimasen la indudable autoridad y la naturaleza sapiencial del impostado prologuista. Y todo ello sin que el prócer de turno hubiera leído, claro está, a ninguno de los autores y libros que exhibe en su brillante retahíla de erudición. Más de cuatro centurias después, esa ostentación de cultura hecha de pastiches recogidos aquí y allá, adoptados de oídas y sin asomo de haberse cotejado con ninguna de sus fuentes, continúa enviciando ese prurito de intelectualidad de pacotilla con que algunos pretenden reivindicar su inteligencia como cosmético de su espantosa mediocridad. El ágora de Internet –nunca la palabra “ágora” se había degradado tanto– ha contribuido de manera colosal a extender la pandemia del listo ignorante, pues basta con preguntarle al tótem googleico por alguna frase que venga pintiparada a la ingeniosa apostilla de un frívolo debate en las redes sociales, para hallar todo un filón de expresiones sentenciosas, proverbiales y categóricas, con que adornarse de cara a la galería.
Hace unos meses cientos de usuarios de Facebook y de Whatsapp nos felicitaban el año nuevo con el noble deseo de cambiar el mundo, y citaban para ello un supuesto pasaje del Quijote donde el caballero le dice a Sancho: “cambiar el mundo, amigo Sancho, que no es locura ni utopía, sino justicia”. Si logran ustedes encontrar la cita en alguna parte del libro cervantino avisen  a Francisco Rico para la oportuna revisión filológica porque lo mismo han descubierto una variante desconocida. Es esa ambición de parecer lo que no se es lo que ha hecho incurrir a nuestro guapo presidente del Gobierno (o al negro que le ha escrito el libro) en la tan traída confusión entre Fray Luis de León y San Juan de la Cruz al respecto de la célebre frase que el inmortal agustino supuestamente pronunciase al ser restituido en su cátedra de la Universidad de Salamanca tras casi un lustro en prisión.
Nuestros políticos son muy dados a citar a literatos en sus discursos para disimular su lamentable oratoria. Juanma Moreno se atrevió en su investidura nada menos que con Virgilio, al que seguro que ha leído en incontables ocasiones y, por supuesto, con Lorca y Machado. A este último lo han exprimido hasta la saciedad, quizás porque su modelo irreprochable tiene la virtud de encajar en todos los maniqueísmos que los políticos diseñan de acuerdo a su molde ideológico, de tal modo que desde VOX como a IU, pasando por los independentistas, todos sacan tajada de su figura incontestable. Y ahí están las fotos en su tumba de Colliure, en la que todos quieren salir, carroñeros ya hasta de la memoria de los muertos. De todos los que salen en la foto, seguro que el cien por cien ha leído Campos de Castilla. Ya… Eso no fue un homenaje, fue un escrache. Por cierto, que faltaba Puigdemont. Para aclararle, más que nada, qué significa la palabra “exiliado”.
Y claro, cuando ya se produce este mangoneo con figuras intocables como Fray Luis, San Juan de la Cruz, Lorca o Machado, al amante de la Literatura ya se le empieza a revolver el estómago porque ya nos están manoseando algo muy nuestro y muy querido y muy sagrado. Y uno se indigna y se apunta también a eso de las citas. Y así, uno puede soltar aquello de: “Los dos partidos que se han concordado para turnarse pacíficamente en el Poder son dos manadas de hombres que no aspiran más que a pastar en el presupuesto. Carecen de ideales, ningún fin elevado los mueve; no mejorarán en lo más mínimo las condiciones de vida de esta infeliz raza, pobrísima y analfabeta”. Aún no he escuchado a nuestros políticos citar a don Benito Pérez Galdós.

lunes, 25 de febrero de 2019

435. Pasión a flor de Juan



El día que murió Lucio Battisti, me lo dijo él mismo. Aquel 9 de septiembre de 1998 –más de 20 años ha corrido ya el calendario–, andaba yo deambulando por el dial de aquella vieja radio que habían comprado mis padres en Andorra, cuando todavía los españoles tenían por costumbre adquirir tecnología más barata en el Principado, y todas las emisoras no hacían más que repetir Il mio canto libero, la famosa canción del cantante italiano. Un pálpito me dijo entonces que algo andaba mal. Así que, para confirmar mis sospechas, aguardé a que empezase Flor de pasión, el veterano programa musical de Radio 3 y, tras la sintonía inicial, allí estaba la voz rota de Juan de Pablos, anunciando entre sollozos la muerte del poeta de Poggio Bustone, a quien esa noche el locutor cacereño iba a dedicarle un monográfico prácticamente improvisado como homenaje. Casi un año después, volvería a escuchar a Juan destrozado por la muerte de Dusty Springfield, una de sus cantantes más queridas, en un programa sobrecogedor para sus fieles oyentes, en el que Juan de Pablos apenas podía articular palabra y donde podían sucederse eternos silencios sin que el radioyente supiera ya a qué atenerse al otro lado de las ondas. Ese es Juan de Pablos. La pasión, la emoción y la autenticidad por encima de todo protocolo radiofónico. ¿Hay, acaso, anomalía mayor en un programa de radio que el mutismo? La radio es, por su propia naturaleza, el medio que menos puede prestarse a los vacíos de silencio; estos causan enorme extrañeza en el oyente, que se siente, de pronto, abandonado en el abismo de las ondas. Pero con Juan de Pablos los silencios eran siempre significativos y sus oyentes devotos acabaron normalizándolos, diríase que incluso los acompañaban con el aliento contenido; en las noches de Flor de pasión el dial era un enorme silencio compartido entre las miles de almas que respetaban el tiempo que Juan necesitase para recobrarse de quién sabe qué recuerdos, de quién sabe qué demonios personales. Y nos alegrábamos sinceramente cuando, de pronto, se venía arriba y un tema lo resucitaba de los taludes de su depresión. A cambio de esta complicidad, Juan nos regalaba su sabia selección nocturna. Nunca podré agradecerle lo suficiente el haberme dado a conocer a cantantes como France Gall o Françoise Hardy que, por una cuestión generacional, quizás nunca habría descubierto. Había madrugadas en que me quedaba dormido escuchando el programa, y dejaba grabando el casete. A la mañana siguiente, rebobinaba la cinta y descubría los tesoros nocturnos que había cazado y yo me imaginaba que aquellas canciones insólitas habían sido rescatadas desde alguna extraña y fabulosa región de mis sueños merced al ejercicio de chamanismo de Juan. Algunas de esas rarezas no he podido recuperarlas más que en aquellos casetes que grabé. Por ejemplo, una pieza instrumental titulada Andorra, que a día de hoy, en la era de Internet, donde casi toda la información está a nuestro alcance, soy incapaz de encontrar.
La semana pasada, Juan de Pablos anunció que se jubilaba a sus 71 años. Con él se va también Flor de pasión, programa nacido en 1979. Era inevitable: Juan y Flor de pasión son una misma cosa. Añoraremos su selección musical, que forma parte de la educación sentimental de mucha gente de diferentes generaciones, pero también su frágil sensibilidad y la honestidad emocional de aquellas madrugadas cómplices. El tema de cierre, Azzurro, de Adriano Celentano, como el de inicio, el Attends ou va t’en en versión de France Gall, son ya himnos por mor de Juan de Pablos. También su mítica frase de despedida tras cada programa, la única manera posible de cerrar esta humilde semblanza de su persona: “Forza, saluti a tutti, bacioni, auguri, in bocca al lupo, arrivederci e a presto pino!

lunes, 18 de febrero de 2019

434. Puro Shakespeare



Uno de los mayores méritos que puede distinguir a una compañía teatral es la de hacer reconocible la esencia del dramaturgo al que representa. Las obras teatrales pueden adaptarse a los nuevos tiempos, cambiar la escenografía, el vestuario y hasta rayar en la iconoclasia, pero si el espectador es incapaz de percibir el alma del original, es mejor no hablar de versión o de adaptación, sino de otra obra nueva. Con Shakespeare, quienes mejor consiguen ese propósito son los propios británicos en todos los órdenes artísticos. Aún recuerdo maravillado la adaptación cinematográfica que de Macbeth hizo Justin Kurzel en 2015, por nombrar sólo una de las últimas reverenciales manifestaciones artísticas que se han hecho sobre el inmortal autor de Sratford. Ahora, la celebrada y veterana Compañía Atalaya está de gira por España paseando por las tablas al rey Lear, y esa alianza con el espíritu de Shakespeare se produce en sus representaciones con tan inextricable comunión, que parece resucitada telúricamente del polvo indeleble de sus palabras. Los claroscuros de la escenografía, la atmósfera neblinosa, la reformulación majestuosa del coro, tan caro a Shakespeare, con sus cánticos atávicos (¿en griego?); los movimientos acompasados de los actores, como movidos sus hilos por el caprichoso titiritero del fatum; la cadencia casi silábica de la dicción, con sus efectistas pausas a mitad del sintagma, todo contribuye a captar la inquietante sustancia de las tragedias shakesperianas. Y todo ello, y esto lo digo yo, en uno de los textos que menos me han conmovido del autor de Hamlet, por muy pesada que se ponga la crítica especializada en incluir El rey Lear en la famosa tríada de las obras cumbre de Shakespeare. Ni las motivaciones del rey me convencen ni hallo una exploración verosímil en las pasiones humanas que se ponen en solfa; los personajes me parecen maniqueos (y no hay excusa en su vocación alegórica) y la pérdida de la cordura de algunos me parece algo pueril. Sí me parece interesante la degradación del rey hasta su animalización como metáfora de la destrucción del orden establecido (la pérdida del cariño de sus hijas y su traición) pero me parece todo insuficiente para colocar El rey Lear entre las mejores obras de Shakespeare. Y, sin embargo, la Compañía Atalaya obra el milagro de revertir la insatisfacción que produce la lectura de la obra y convertirla en una maravilla, colocando el texto y el argumento al servicio del mejor Shakespeare, como si fuera el mismo Shakespeare quien, reconociendo sus defectos, remendara sobre las tablas las hilachas sueltas. O, en otras palabras, realizando un montaje a la altura del genio inglés, superando los defectos del propio genio. Hasta el final, algo abrupto e insustancial en el original, es modificado por una coda del bufón (que, en realidad se recupera de una intervención de éste en otra escena del texto), subsanando con ese remate, la escasa contundencia del final shakespeariano. Muy notable la actuación de Carmen Gallardo como rey Lear, que nos convence de que los héroes masculinos de la tragedia pueden alcanzar grandes cotas en la interpretación de una mujer (acordémonos de Blanca Portillo como Segismundo) y, sobresalientes las intervenciones de Lidia Mauduit como bufón, cuya dicción y movimientos espasmódicos tan bien casan con la función oracular de sus misteriosas y proféticas palabras. Para enmendarle la plana a Shakespeare hay que ser un gran conocedor suyo. Lo otro sería osado sacrilegio. A la Compañía Atalaya, que lleva ya 36 años sobre la escena, se le nota el oficio. Su versión de El rey Lear mejora a un Shakespeare despistado. Lo redime y lo convierte en puro Shakespeare.

lunes, 11 de febrero de 2019

433. Quien lo probó lo sabe



Qué triste resulta asistir cada año a la contumacia del ser humano por degradar las grandes palabras que nos salvan del simio que somos. Toda noble construcción nacida para mayor gloria de nuestra humanidad, toda alta idea que nos permite elevarnos desde el aquelarre de células hasta las esferas de lo trascendente, es prostituida en el lupanar del mercantilismo y de la vulgaridad adocenada. Así el amor, que este jueves será sacrificado a la pira del trending topic y a la cursilería hiperglucémica hasta el coma diabético. Como en estas páginas hablamos de Literatura, salvémoslo por un día de los corazones de plástico y sentémoslo caballero en la grupa de la palabra para huir de la oferta del 2x1 del McDonald’s Valentine’s Day.
No resulta fácil saber si la literatura amorosa de cada etapa histórica es un simple artificio literario aceptado por pura convención o si refleja realmente una concepción sincrónica del hecho amatorio. No sabemos, por ejemplo, si un médico suscribiría los síntomas físicos que la enamorada Safo (s. VII a.C.) describía en sus poemas, pero lo  cierto es que con la poeta de Lesbos nace la idea universal del amor como enfermedad, que luego susurrará Celestina a Melibea a finales del XV en una de sus definiciones más canónicas. Más adelante, Catulo (s. I a.C.) incorporará la dimensión carnal del amor, la pasión y el deseo, sin demasiados remilgos. Durante la Edad Media, aparecerá el concepto de amor cortés, que trasladará al terreno amoroso las relaciones feudales de vasallaje: el enamorado es un caballero que sirve a la dama, se postra ante ella y sufre sus desdenes. Aquí sí podríamos asegurar que se trata de un acuerdo estrictamente literario. Lo relevante es, sin embargo, que lo que era una convención poética, acabó sentando las bases de las relaciones amorosas reales entre hombres y mujeres. Pienso, por ejemplo, en la imagen del enamorado pidiendo, de rodillas, matrimonio a su amada o ese acuerdo más o menos tácito que todavía se conserva de ser el hombre quien tome la iniciativa en su declaración amorosa y de que la mujer mantenga su firmeza, aunque sea fingida, antes de aceptar el galanteo. Junto al refinamiento cortesano, convive en la Edad Media, la literatura erótica, manifestada, por ejemplo, en las canciones goliárdicas. El Renacimiento traerá la concepción del amor platónico y la divinización de la dama, la donna angelicata petrarquista, y en el Barroco, se lo considerará como la única fuerza capaz de permanecer más allá de la muerte y, de acuerdo al pesimismo de la época, aparecerá unido a la brevedad de la vida y al poder destructor del tiempo. El siglo XVIII se llenará de colores pasteles muy a propósito para un concepto del amor intrascendente, empalagoso, envuelto en un halo de coquetería y frivolidad. Todos pensamos en aquel cuadro del columpio de Fragonard coincidiendo con la primera arcada. Junto a la literatura rococó hay también una idea ilustrada del amor, que lucha contra el desatino de los amores concertados. El sentimiento se desborda arrebatador en el Romanticismo hasta la irreflexión, y la mujer aparece como un ser etéreo e inalcanzable. El Realismo abordará el tema del adulterio. Los tres grandes personajes femeninos son Ana Karenina, Madame Bovary y Ana Ozores, heroínas frustradas en sus relaciones matrimoniales que se enfrentan a las convenciones sociales. En el siglo XX, el amor se diversifica, tienen cabida las voces femeninas, la homosexualidad, el amor libre, siempre con las trabas morales de una tradición conservadora que aún impone su peso. Y llegamos a nuestro siglo. Ya estoy viendo el menú de San Valentín del jueves: “cupiditos rebozados con salsa de fruta de la pasión; solomillo en nidito de amor trufado sobre lecho de pétalos de rosa; y de postre, corazón de chocolate bañado en ambrosía de Venus”. 50 euros la pareja. Y la foto en Instagram.

lunes, 4 de febrero de 2019

432. ¿Quién es el señor Schmitt?



El pasquín de mano donde se anuncia la nueva obra de Sergio Peris-Mencheta incluye dos citas que abordan el tema de la identidad. La primera es de Oscar Wilde y reza: “La mayoría de las personas son otras; sus pensamientos, las opiniones de otros; su vida, una imitación; sus pasiones, una cita”. La segunda nota es de Lovecraft y dice: “Ni la muerte, ni la fatalidad, ni la ansiedad, pueden producir la insoportable desesperación que resulta de perder la propia identidad”. Si en el siglo XIX, la identidad empezaba a preocupar a escritores como los citados, en el siglo XXI ese mismo asunto se ha convertido seguramente en el gran tema por antonomasia. La globalización, la presión mediática y social, la búsqueda de un avatar artificial en la red que nos redima en la ficción virtual de nuestras vidas desnortadas, todo contribuye a la desvirtualización de nuestra identidad y, en último término, a su renuncia, que es lo mismo que decir a nuestra muerte en vida.
¿Quién es el señor Schmitt?, de Sébastien Thiéry, aborda el problema de forma tragicómica. El señor y la señora Carnero (Javier Gutiérrez y Cristina Castaño) cenan tranquilamente en el comedor familiar pero pronto empiezan a ser conscientes de que algo no marcha bien: reciben una llamada telefónica, pero los señores Carnero no tienen teléfono. Es sólo el principio. Más tarde descubrirán que la ropa de los armarios no es su ropa, que los álbumes familiares incluyen fotografías de personas extrañas, que la llave no entra en la cerradura, que el retrato de la graduación del señor Carnero ha sido sustituida por la de un perro, que viven en Andorra y que todo el mundo les llama señor y señora Schmitt. El planteamiento del conflicto está trufado de escenas divertidas que concurren para alimentar el misterio y el juego de enredos. Pero, poco a poco, la risa se convierte en una mueca amarga cuando asistimos a la desesperación del señor Carnero por pugnar por la identidad que todo el mundo se empeña en arrebatarle. Hasta la señora Carnero va asumiendo, paulatinamente, su nuevo nombre y su nueva vida, metamorfosis a la que su marido asiste con creciente inquietud hasta dudar él mismo de su propia cordura. Y, en realidad, el único cuerdo de la obra es el propio señor Carnero. Su esposa, otra víctima al fin y al cabo, adopta una actitud acomodaticia y cede a la presión general que le dice que ella no es ella. Se niega a luchar, se somete a la fagocitación social, alegorizada por las figuras del policía y el psicólogo, y hasta comulga con ruedas de molino cuando acepta como algo natural la maternidad de “su” hijo negro. Es por eso que el escenario, cuando ella admite su nueva vida, se ilumina con barras de neón de un amarillo music hall que enmarcan el salón familiar, como un guiño al espectador que debe interpretar la nueva iluminación como el símbolo de la representación ficticia, de la vida-espectáculo, del borreguismo hecho reality. Hasta la profesión del señor Carnero, oftalmólogo, tiene su trasunto metafórico. Oftalmólogo para mirarme en los ojos de los demás, dice el protagonista. El señor Schmitt, por su parte, es dermatólogo, cuya vinculación epidérmica, tiene también su sentido figurado en la superficialidad externa. Para recuperar su identidad, el señor Carnero tendrá que tomar una decisión radical pero coherente. ¿Que quién es el señor Schmitt? Para nosotros, la respuesta está en el cuadro que cuelga de la pared, que sólo podrá desvelar si no se ha convertido antes, también usted, en el señor Schmitt.

lunes, 28 de enero de 2019

431. Yxart y Galdós



El caprichoso mundo de las efemérides ha querido que el año próximo Benito Pérez Galdós y José Yxart compartan sendas conmemoraciones de sus tristes decesos. Del canario se recuerda el centenario y del tarraconense los 125 años de su prematura muerte. De este modo, la azarosa cábala de los aniversarios perpetúa, tras la muerte de ambos, la mutua amistad que se profesaron en vida.
Yxart conoció a Galdós primero como lector de sus Episodios Nacionales, como demuestra la carta del 16 de mayo de 1875 enviada por aquel a su primo Narcís Oller, comentando su opinión acerca de algunos de los libros de la colección galdosiana. El primer contacto, sin embargo, se produce a través de una carta enviada por Yxart a Galdós el 4 de junio de 1883. Yxart había heredado la dirección de la revisa Arte y Letras, en la que Galdós figuraba como redactor a pesar de no haber escrito ni un solo artículo en ella, y en su carta el nuevo director quería saber si el escritor canario deseaba seguir formando parte de la nómina. Galdós, con su honestidad habitual, aconseja la desaparición de su nombre, pues no puede comprometerse, debido a su enorme caudal de trabajo, a enviar nada a la revista. Pero es durante la Exposición Universal de Barcelona de 1888, a la que Galdós acude acompañado de Pardo Bazán en calidad de diputado, cuando germina la verdadera amistad entre ambos, con la mediación de Narcís Oller. En una carta del 20 de abril de 1891, Yxart trata ya a Galdós con franca confianza y pondera las virtudes de su novela Ángel Guerra, sobre la que quiere escribir una reseña en La España Moderna, a lo que el autor responde casi un mes después, agradeciendo las palabras del crítico y ofreciéndole el tercer tomo de la novela, aún en capilla, para el prometido artículo. El 27 de julio de 1893, Galdós envía una carta a Yxart, aunque éste tarda en recibirla, pues se halla ausente de Barcelona, tratándose en Aigües Bones de la afección tuberculosa que había de acabar con su vida. Galdós echa de menos Barcelona y a los amigos que allí trató (Sardà, Pellicer, Guimerà, Rusiñol, Casas y el propio Yxart) y le invita a viajar a Madrid para sacarle de su “aburrimiento en la capital”. El 1 de septiembre contesta Yxart, algo frustrado por su tratamiento en el balneario y preocupado por si su salud le permitirá acabar el primer tomo de su famoso tratado teatral El arte escénico en España. El 8 de enero de 1894, Yxart vuelve a escribir a Galdós lamentando no poder ir a verlo a Madrid, pues su salud se ha agravado. Yxart descansa por esas fechas en Tarragona y echa en falta su actividad en Barcelona, cerca de sus amigos. Aunque pondera la decadente belleza de la ciudad (“la ciudad vieja, alrededor de la Catedral, es de un feo bellísimo, con hierba en las calles, plazuelas solitarias, conventos de monjas, seminario y Arzobispado y todo”) habla de Tarragona como una capital de provincia “fósil, burocrática y levítica.  […]. Mucho campaneo melancólico, mucha paz, y mucha majestad tristona de caserón de gran señor en ruinas”. Describe también sus solitarios paseos por la muralla romana y  las vistas de su casa al Mediterráneo. Yxart no podrá ir nunca a Madrid. En su última carta a Galdós, del 30 de enero, vuelve a hablar de su enfermedad, pero tiene fuerzas aún para realizar una crítica, sin medias tintas, de la obra teatral de don Benito, Los Condenados, enumerando sus aspectos negativos en un ejercicio de honestidad intelectual impensable en nuestro presente de camaradería interesada y pusilánime. Yxart morirá el 25 de mayo de 1895 en su casa de Tarragona. En una carta de Galdós a Oller, el escritor canario escribirá: “la pérdida de aquel grande ingenio, de aquel generoso, incomparable amigo, del crítico extraordinario, y escritor como pocos, me tiene inconsolable […]. Barcelona ha perdido un hijo ilustre, y España uno de sus más grandes talentos”.

lunes, 21 de enero de 2019

430. La rebelión de las musas



En sus Cartas literarias a una mujer, Gustavo Adolfo Bécquer realizaba su famosa definición de poesía. Y concluía el escritor sevillano que la poesía era nada más y nada menos que la mujer misma, el famoso “poesía eres tú”, de la rima XXI. La mujer, por su propia naturaleza, encarnaba toda la inefabilidad del hecho poético, que en el bello sexo constituía poco menos que una identidad inextricable. Eso sí –añade el poeta–, “en la mujer es poesía casi todo lo que piensa; pero muy poco de lo que habla”. Y, más adelante, “poesía verdadera y espontánea que la mujer no sabe formular, pero que siente y comprende mejor que nosotros”. Ese “nosotros” son, claro, los poetas hombres, que no atesorando la suerte de ser ellos también poesía, tienen la virtud de la inteligencia, la que da forma a la poesía que la “mujer no sabe formular”.
El menosprecio de Bécquer hacia la capacidad creativa de la mujer, velado todo ello con la tramposa alegoría de marras, no es más que el sedimento de siglos de historia literaria, donde la mujer es, ante todo, musa y objeto poético. A Clodia (siglo I a.C.) la conocemos con el nombre de Lesbia gracias a Catulo, y su vida polémica y licenciosa, que tantos celos ocasionó al poeta veronés, menoscabó para la posteridad una de sus virtudes, el talento para la poesía. Fuera o no la musa de Dante, la corta vida de Beatriz Portinari (1266-1290) ha pasado a la historia gracias al poeta florentino; su tumba se halla en la Iglesia de Santa Margarita de Cerchi, al lado de la casa museo de Dante, condenada a ser una mera prolongación de la ruta literaria. Petrarca hizo inmortal a Laura de Noves (1310-1348) y Garcilaso de la Vega hizo lo propio con Isabel Freyre (1507-1536), la dama portuguesa que acompañó a Isabel de Portugal a Castilla para casarse con Carlos I y a quien el poeta debió de conocer, con motivo de esa ocasión, en Toledo, o bien antes, en Portugal, cuando fue a visitar a su hermano Pedro, allí desterrado; la tradición literaria quiere que la Elisa de las églogas garcilasistas sea esta Isabel Freyre, aunque hay quien opina, si es que pudo estar inspirada en una mujer real, que la candidata sería su cuñada Beatriz de Sá (1500-1530), famosa por su belleza.  Marta de Nevares, mujer adelantada a su tiempo, capaz de lidiar con los prejuicios de la sociedad barroca por su unión con el ya sacerdote Lope de Vega, e inteligente, dotada para el arte de la música y de la poesía, es sólo, para nosotros, Amarilis. Y a saber quién se escondía tras las Dorila, Ciparis, Filis, Clori, Fanny o Licoris de las anacreónticas de Meléndez Valdés. El talento de Virginia Eliza Clemm al piano se troca sólo en la Annabel Lee de Edgar Allan Poe. La poeta Pilar de Valderrama (1889-1979) es antes la Guiomar de Antonio Machado que la poeta Pilar de Valderrama.
Pero las musas han dicho ya basta y se rebelan desde hace  tiempo contra su condición pasiva. Ahora son ellas, también, protagonistas de la literatura desde su condición de creadoras. La joya es ahora orfebre; el jarrón, alfarero; la belleza, inteligencia; el poema, poeta; la inspiración, creación. Y si algún poeta quiere una musa, que se vaya a buscar a la griega Erato: la encontrará coronada de mirto y rosas. Las otras, no. Las otras no llevan sombrero, ni de flores ni ninguno. Las otras blanden, heroicas, la pluma y el papel. Y escriben.

A mis compañeras de departamento del IES Playa San Juan

lunes, 14 de enero de 2019

429. Un cura, una confitería y un ratón.



El Ratoncito Pérez cumple oficiosamente en España 125 años. Aunque probablemente su acta de nacimiento se remonte a bastantes años antes (la baronesa d’Aulnoy ya escribió en el siglo XVIII un protorrelato titulado El buen ratoncito y Galdós en La de Bringas, novela de 1884, había comparado a su protagonista Francisco de Bringas con el famoso roedor) es con Luis Coloma cuando la tradición cobra carta de naturaleza en nuestro país. En 1894, el jesuita, conocido sobre todo por su libro Pequeñeces, escribió para el futuro rey Alfonso XIII, que entonces contaba 8 años, un cuento circunstancial relacionado con la pérdida del primer diente del joven infante. En el cuento, Alfonso es llamado Buby, apelativo cariñoso que parece usaba con él la reina regente María Cristina. Al perder su diente, Buby recibe la visita de Ratón Pérez, a quien el futuro monarca aguarda despierto. Cuando aquel hace acto de presencia, Buby y Pérez conversan animadamente, refiriéndole el ratón su vida. Así, sabemos que Pérez tenía dos hijas casaderas, Adelaida y Elvira, y un hijo adolescente, Adolfo, que seguía la carrera diplomática. También cuenta sus andanzas en la Real Academia Española, ratón de biblioteca también, donde en menos de una semana había devorado tres manuscritos inéditos. Tras la conversación, como ya era tarde, Ratón Pérez decide despedirse de Buby pues tiene que acudir a la calle de Jacometrezo (calle madrileña que atesora numerosas referencias literarias donde se hallará, por ejemplo, años después, la pensión que alojará a Azorín y desde cuya ventana verá la sala de máquinas de El Imparcial, soñando con llegar a trabajar allí algún día) para recoger el diente de un niño pobre llamado Gilito, cuya casa estaba custodidada por el temible gato don Gaiferos. Buby muestra sus deseos de acompañar a su nuevo amigo y éste accede no sin antes convertir a Buby en otro ratón. Juntos atraviesan cañerías y agujeros hasta llegar al sótano de la tienda de ultramarinos de Carlos Prast, atestada de quesos. En una caja de galletas Huntley tenía su vivienda la familia de Pérez. La tienda de Prast, luego prestigiosa confitería citada por Galdós en La desheredada y en Lo prohibido, y por Pardo Bazán en el cuento En tranvía, se hallaba en la calle del Arenal, número 8, y hoy una placa recuerda que fue allí done vivió nuestro ratón. Allí conocemos a la esposa y a los dos hijas, afanadas en sus tareas de labor vigiladas por el aya Miss Old-Cheese y al disoluto Adolfo, amigo de las modas extranjeras, siempre en el club de póker, jugador de tenis y polo. Tras las presentaciones, se dirigen finalmente a la mísera casa de Gilito, sortean a don Gaiferos y dejan la moneda de oro bajo la almohada del infortunado niño. La visión de  pobreza de la familia deja una huella indeleble en el futuro rey que, desde ese momento, se propondrá gobernar atendiendo a las necesidades de los más desfavorecidos. Cuando regresa a palacio y Buby queda dormido, no sabe, al despertar, si todo ha sido sueño o realidad. Pero debajo de la almohada halla un estuche con la insignia del Toisón de Oro, que pronto olvida acordándose de la pobreza del niño Gilito y todos los Gilitos del mundo.
El cuento del padre Coloma transita entre la ternura, el sentido del humor y la fina ironía. Y es tanto un cuento como un minúsculo tratado del buen gobierno, con su sentido ético y misericordioso destinado a conformar el espíritu del futuro rey. En el pórtico del relato escribe Coloma: “sembrad en los niños la idea, aunque no la entiendan: los años se encargarán de descifrarla en su entendimiento y hacerla florecer en su corazón”.

Para mi sobrina Martina, sin dientes aún, pero que ha llegado al mundo para comérselo.