lunes, 17 de septiembre de 2018

415. No puedo con Bolaño (Anatema)



El problema de tener criterio propio en materia literaria es que aquel no siempre coincide con el aceptado por la mayoría, con eso que los cursis llaman el establishment. Una suerte de club en el que todo el mundo quiere entrar aunque para ello se deba aparentar estar muy interesado y muy puesto en los autores que el cenáculo ha consagrado oficialmente para su adoración incondicional. Ocurre entonces que uno ya no sabe si tiene atrofiado el intelecto, si ha perdido toda sensibilidad o si pertenece a otra dimensión del espacio-tiempo pues al atribulado lector le es imposible hallar en aquella idolatría libresca del insigne ateneo de sabios los tesoros que éstos descubren en cada página escrita por su prócer, deificado y venerado en los altares de las columnas periodísticas, de las tertulias literarias, de las librerías outsiders. Y a mí ya me deben de estar seduciendo algo, pues en las pocas líneas que llevo escritas hasta aquí atesoro ya dos anglicismos muy  chupiguays, de esos que uno debe soltar en los corrillos que se producen tras la asistencia a las presentaciones de libros. Pero no, la cursiva delata mi resistencia, del mismo modo que mis silencios en esos corrillos de marras delatan mi perplejidad ante los juicios hiperbólicos sobre autores que no me han dicho nunca nada o que maldita la noticia que tengo de ellos. Y a ver quién es el guapo que se pone contestatario ante estas verdades literarias nunca puestas en duda, cuando todo quisque habla maravillas y los entendidos las ratifican en sus sesudas reseñas. Tiene uno el riesgo de ser excomulgado de inmediato por su santísima autoridad literaria y sacrificado a la pira de los necios incapaces de admirar tamaño magisterio. Me pasa con Roberto Bolaño –¡oh, anatema!– y un  poquito menos con Julio Cortázar –¡oh, herejía!–. Si en nuestro tiempo uno no se considera bolañista convencido es imposible sobrevivir en los nuevos casinos de la palabra. Existe, además, una pléyade de autores que siempre estará en los decálogos de los bolañistas. Es como una constelación necesaria y contingente, un sistema de relaciones literarias inevitable. Hagan la prueba: busquen en Google a Roberto Bolaño y comprobarán atónitos cómo el buscador le responde sugerente: “Otras personas que buscaron a Roberto Bolaño, también buscan…” Y ahí aparece el glorioso listado de autores afines, de los que yo salvaría a escasos cuatro o cinco. Venga, a seis. Mejor no entrar en detalles del donoso escrutinio, no vaya ser que pierda amistades, que no me inviten a presentar libros o que, directamente, me lancen a aquel círculo noveno del infierno donde Dante colocó a los traidores.
Juro que lo intento. Que escudriño cada frase, que me sugestiono hasta creer haber hallado la piedra filosofal en aquel otro párrafo, que invento –hasta creérmelas– sugestivas interpretaciones sobre el argumento para darle la razón a toda esa gente entusiasta que no puede estar equivocada. Pero no puedo. Frustrado, agarro el libro y lo cierro con un gesto, a veces de desolación, a veces de agravio por la tomadura de pelo. Entonces, cuando creo que mi brújula está desnortada sin remedio, me refugio en mis autores favoritos, que aparecen mucho menos en los suplementos culturales y de los que incomprensiblemente casi nunca se habla en los debates literarios, y respiro. Y me reconcilio con la literatura y conmigo mismo. Y pienso –qué caray–, que no. Que mi intelecto y mi sensibilidad parecen estar en buen estado de revista. Y que no soy un bicho raro ni puedo estar tan equivocado. Y la brújula vuelve a señalar el norte.

lunes, 10 de septiembre de 2018

414. Cuando el dolor ajeno es el propio



Cuando desde la crítica literaria se pondera el valor de la autenticidad, sobre todo en aquellos casos donde se relatan sucesos reales, no se hace tanto para destacar la prolijidad de los detalles narrativos, su rigor argumental o documental, ni siquiera su verosimilitud. La autenticidad tiene más que ver con la verdad experiencial, que puede emanar tanto del contenido que se evoca como del propio proceso de escritura y su trance a la hora de volcar sobre el papel la visceralidad de la que se nutren las palabras. En ese sentido, lo auténtico es esa punzada imprecisa pero certera de verdad donde lo literario se comporta como mero nigromante para quedar trascendido luego por esa sinceridad radical que lo inunda todo en el texto. Conviene, eso sí, que a esa franqueza inapelable y torrencial se le ciña la brida de la contención para que su galope no levante la polvareda del exceso, de la cursilería o del morbo en que tan fácil es incurrir cuando se desbocan los corceles del alma.
Sirva todo este amplio preámbulo para concluir que El dolor de los demás, de Miguel Ángel Hernández es, efectivamente, una obra de una autenticidad deslumbrante, administrada con la dosificación que el magisterio narrativo pero también la conciencia ética ejercen sobre un asunto tan delicado y doloroso. Y es que la novela evoca el crimen real acaecido en la Nochebuena de 1995, cometido por el mejor amigo del autor, quien asesinó a su propia hermana y luego se suicidó tirándose por un barranco. La reconstrucción de los hechos, que ocultan algunos pormenores aún oscuros, podría dar lugar a una suerte de novela detectivesca con vericuetos insospechados que alumbraran alguna sorpresa escondida tras la pátina de lo archivado o que reparase algún agravio desapercibido en una investigación a la que se ha pegado carpetazo demasiado rápido. Sin embargo, pronto nos damos cuenta de que todo el libro es, en realidad, un registro personal del proceso de escritura, un cuaderno de notas previas que, una vez ordenadas, debían convertirse en esa novela policíaca que nunca se llegó a escribir porque lo importante ya no era la novela misma sino las propias notas, la catarsis que el proyecto literario, en su estado embrionario, estaba ejerciendo sobre el autor. Resulta que el embrión era, en realidad, la criatura misma. La búsqueda de sí mismo y la reconciliación con su tierra, esa huerta murciana que, a veces, y salvando las distancias, llega a parecerse a aquella Albufera de Blasco Ibáñez, cuyo ambiente sofocante y cerrado parece propiciar el advenimiento de las bajas pulsiones. Al libro lo jalona, además, toda una serie de escrúpulos éticos sobre la conveniencia de desenterrar el dolor de los demás, algo que me recordó un tanto a las reticencias que Fernando Aramburu exponía en Patria a la hora de escribir sobre ETA. Quizás por eso, Miguel Ángel Hernández halla en la resurrección literaria de Rosi, la víctima del relato, un contrapunto a esas reservas morales, y de algún modo le redime y le justifica. De todos modos, nada puede reprochársele en ese particular al autor. Porque cuando Miguel Ángel Hernández exhuma el dolor de los demás, cuando revive el miedo de tantas personas aterradas por aquel suceso, está también tratando de curar el suyo. Porque el dolor de los demás, es muchas veces, el dolor propio.  

lunes, 30 de julio de 2018

413. Mary



Una de las artimañas más inaceptables del nuevo feminismo (mucho más regresivo de lo que la mayoría de sus defensores cree) es la burda manipulación de la realidad y su hipocresía. Lo vimos hace poco, cuando en el programa de Susanna Griso, Espejo público, se grabó un reportaje donde se pretendía probar el comportamiento soez de determinados hombres que piropeaban groseramente a la periodista Claudia García. Luego se supo que los piropeadores eran falsos y que el reportaje estaba amañado. En otro programa matutino, no recuerdo ahora el nombre ni el canal, varias mujeres votaban por los futbolistas más macizos del Mundial, justo después de reprobar a los hombres determinadas conductas machistas. ¿Se imaginan que, pongamos por caso, en El Chiringuito de Jugones –otro infame producto televisivo–, los contertulios se pusieran a valorar a las tenistas más atractivas que han pasado este año por la ATP? El canal Cuatro mantiene su encarnizada cruzada por la dignificación de la mujer mientras en horario de notable audiencia mantiene el programa Mujeres y hombres y viceversa, donde la cosificación de la mujer y la degradación intelectual de sus participantes femeninas resulta sonrojante. Como mínimo, esa misma cualidad la comparten con los hombres de ese mismo programa, así que aún tendremos que celebrar la tan ponderada paridad.
En la literatura, el último intento de falsear los hechos lo ha llevado a cabo la directora saudí Haifaa al-Mansour, cuya encomiable labor cinematográfica en defensa de los derechos de las mujeres árabes no la legitima para deformar de manera capciosa la biografía de la escritora Mary Shelley, la protagonista de su última película. La cinta pretende presentar a la autora de Frankenstein como la mujer que tuvo que lidiar con la sociedad patriarcal de la Inglaterra del siglo XIX para poder reivindicar la autoría de su obra que –y aquí reside la falacia– había escrito sin el concurso de su marido Percy Shelley. Quizás Al-Mansour se tomó demasiado en serio aquella afirmación de Mary cuando en sus memorias había escrito que “no debo a mi esposo la sugerencia de una sola idea, ni siquiera de un sentimiento”. Además del famoso prefacio, hoy sabemos, por ejemplo, que el capítulo X de Frankenstein incorpora metáforas acuñadas por Percy para su poema “Mont Blanc”, fruto de su visita al glaciar Montanvert, que conoció junto a Mary. Pero es que, además, Percy fue determinante en la corrección de los numerosos errores de estilo y ortografía de su mujer, en la inclusión de interpolaciones y hasta en el desenlace de la novela.
Para que yo admire a Mary Shelley, no me hace falta que me mientan. Basta tan solo con que haya escrito Frankenstein, con o sin la ayuda de su marido, en una época donde el papel de la mujer parecía testimonial. Que se lo digan, si no, a la propia madre de Mary, la escritora Mary Wollstonecraft, pionera del feminismo y autora de la célebre Vindicación de los derechos de la mujer (¡1792!), que tuvo el rechazo hasta de las propias feministas, por ver en la emancipación y liberación sexual de la mujer que aquélla defendía un riesgo demasiado alto para el decoro y el orden social. Para que yo admire a Mary Shelley, digo, me basta su batalla épica contra las calamidades de su vida, restañadas siempre con la fe en el amor. La podemita Irene Montero, la defensora de las portavozas, llegó a decir que “el amor romántico es opresor, patriarcal y tóxico”. Mary Shelley consiguió rescatar de la pira funeraria donde incineraron a su marido, el corazón de Percy, que conservó luego entre las páginas de uno de sus tomos de poesía, y se hizo enterrar con él y el único hijo que la sobrevivió. Y, sin embargo, Mary podría avergonzar con su lección de feminismo a todas las irenesmonteros. Porque el feminismo es otra cosa. Feminismo es escribir Frankenstein en el siglo XIX.

lunes, 23 de julio de 2018

412. El banco de los enamorados



Resulta enojoso toparse en un mismo párrafo con los nombres de Quim Torra y de Antonio Machado juntos. La distancia sideral que separa a ambos en la calidad humana, y no digamos ya en el plano intelectual, convierte al renglón que los comparte poco menos que en una afrenta ominosa para el poeta sevillano, aunque él, paradigma de la tolerancia y filántropo universal, no le daría importancia alguna. Pero la caprichosa tiranía de la actualidad ha querido colocar ambos nombres en la misma página, empeñado como estaba el Poc Honorable en que el presidente Sánchez le mostrara el jardín de la Moncloa donde se citaban, clandestinamente, don Antonio y doña Guiomar. Hubiéramos deseado asistir al mismo interés de Torra por Machado cuando sus acólitos radicales quisieron retirarle una calle en Sabadell pero entonces, el presidente de menos de la mitad de los catalanes no dijo esta boca es mía.
Efectivamente, Pilar de Valderrama –la Guiomar de los poemas de Machado–, y el poeta, que ya se conocían de un encuentro en Segovia, donde ejercía la docencia el sevillano, y a donde Pilar había viajado para recobrarse de una infidelidad de su marido (con suicidio de la querida incluido), comenzaron a verse durante el verano de hace 80 años en los jardines de la Moncloa, cuando la actual residencia oficial del presidente del Gobierno era sólo un palacete del siglo XVIII catalogado como bien de interés arquitectónico, propiedad del Ministerio de Instrucción Pública. Machado llamó a aquel jardín en sus cartas y poemas a Guiomar como “El Jardín de la Fuente” y al banco donde ambos se sentaban como “El Banco de los Enamorados”. Comoquiera que el jardín estaba sólo a un quilómetro y medio de la casa de Pilar, la pareja decidió citarse en el Café Franco-Español, sito en el barrio obrero de Cuatro Caminos, al que Machado se refería como “nuestro rincón”. La obsesión de Machado por Pilar de Valderrama llega a ser, para el lector que se acerque a su correspondencia, sonrojante. A veces, Machado se llegaba furtivamente a las inmediaciones del chalé de ella para verla aparecer por los ventanales. Los apelativos cariñosos, de lo más cursi (lo que demuestra que hablaba el hombre desbordado y no el poeta), y su entrega incondicional, parecen contrastar con la aparente frialdad de Pilar, siempre atenta a la salvaguarda de su castidad (algunos pasajes de las cartas de Machado han sido decoloradas por ella cuando veía en éstas alguna exaltación amatoria que comprometiera su virtud)  y en la que se intuye cierta ambición personal relacionada con el patronazgo que el poeta pudiera llevar a cabo de las obras de aquella, aunque no queremos ser mal pensados. De ideas conservadoras, Pilar de Valderrama no vio con buenos ojos el advenimiento de la República, y Machado, republicano convencido, debe hablarle con cautela cuando las conversaciones derivan hacia temas políticos. Su relación duró 8 años, el tiempo que tardó en llegar la guerra. La familia de Valderrama se refugió en la Portugal de Salazar, y del final de Machado no hace falta dar cuenta. Probablemente, Pilar fue el gran amor en la vida del poeta cuando éste ya no creía que reverdeciera la pasión en su corazón.
Ahora, en el Banco de los Enamorados ya no se sientan Guiomar y Antonio, sino Sánchez y Torra. Y estos, como otrora los amantes, también se profesan palabras de amor. Pedro y Quim. Pedro le acaricia el lacito amarillo y le dice cariñosamente “ay, mi terco tontín”; y Quim le recuerda a Sánchez que Estremera era el apellido de la amiga de Guiomar, la cómplice que ayudaba a que las cartas inflamadas de amor de Antonio llegaran hasta sus manos, y no una cárcel de Madrid. Y así, entre estas confidencias susurradas, cae el crepúsculo en el Jardín de la Fuente y Quim deja caer su cabeza sobre el hombro de Pedro en el Banco de los Enamorados.

lunes, 16 de julio de 2018

411. Literatura infeliz



Si hay algo en lo que el ser humano se reconoce radicalmente es en la infelicidad. Pulimos el espejo donde nos miramos, lo abrillantamos, lo decoramos con un bonito marco pero, indefectiblemente, el azogue de la vida acaba convirtiéndolo en una superficie purulenta que se superpone a nuestro rostro como un sarampión. Y es así, de esa guisa ante el espejo, como mejor nos reconocemos; es así, en las cicatrices del tiempo, donde aceptamos nuestra verdad más esencial, las más dolorosa y, a la vez, la más hermosa. Afirma el profesor Eric G. Wilson en su libro Contra la felicidad. En defensa de la melancolía, publicado por Taurus hace ya una década, que “fue el cavernícola melancólico y retraído que se quedaba atrás y meditaba, mientras sus felices y musculosos compañeros cazaban la cena, quien hizo avanzar la cultura”. Y es que lo mejor de la cultura no se entendería sin la melancolía, sin el destino aciago, sin la tristeza, sin la infelicidad. La experiencia de la propia melancolía es precisamente la que activa la conciencia del propio yo, su territorio incómodo pero auténtico y profundo, su esencialidad, lejos de las consignas de la sociedad materialista que nos quiere a todos felices mediante los mismos mecanismos de alienación, como cortados todos por el mismo patrón de un hedonismo salvaje que no se refuta: autómatas de la felicidad, zombis de la dicha. Quien no haya probado la hiel de la melancolía, jamás sabrá quién es de verdad: un ignorante aborregado que nunca buceará por las bellísimas simas de su humanidad. La felicidad sin cortapisas y la estupidez o la ignorancia son conceptos que pueden estar más cerca de lo que uno cree. Por eso, la mayor parte de las grandes obras de la literatura universal son infelices. Porque el genio que las creó, activó el resorte de su padecimiento, porque excavó el filón de su tristeza y halló el mineral precioso de su vocación trascendente. No abunda la literatura feliz porque la felicidad no genera creatividad, no activa ningún conflicto. Si se es feliz, no se cuenta. Se es y ya está. ¿Qué interés reporta? El inicio de Ana Karenina es significativo al respecto: “Todas las familias dichosas se parecen, pero las infelices lo son cada una a su manera”. Casi todas las obras de Shakesperare, el más grande artífice de las pasiones humanas, son infelices. Don Quijote no tiene nada de cómico; Madame Bovary, Ana Karenina y Ana Ozores no fueron epicúreas del amor; al Paraíso de Dante le precedió su Infierno. ¿Y qué decir de la poesía lírica? Sólo esa suerte de celebración guilleniana del mundo, común a muchos poetas, parece optimista, pero hasta en ella hay una ambigua comunión con el cosmos donde el alma anhela diluirse y desaparecer. En la desgracia las palabras parecen sublimarse ataviadas en su luto, se desangran heroicamente en su trance luctuoso, como un ejército de letras derrotado regresando de la contienda de la vida en cuyos harapos ajados hubiera más grandeza que en las galas de las grandes fiestas. Palabras que desafían la comodidad de la semántica porque han vuelto del averno del sufrimiento empapadas de las vísceras de sus nuevos significados; palabras como negras erinias de una tragedia griega, procesionando el dolor, transportándolo en andas hasta el altar de la literatura; palabras inmolándose a su holocausto en la pira sacrificial de los libros mientras los lectores, feligresía en catarsis, entona en el bisbiseo de la lectura la universal letanía del sufrimiento. Tan terrible. Tan hermosa.

lunes, 9 de julio de 2018

410. Casi cuarenta



Tengo 39 años y 11 meses. Casi 40. Como el título de la última película de David Trueba, con sus personajes desnortados, resignados a que eso de la vida iba en serio – como rezaba el famoso y manido verso de Gil de Biedma–, a que los sueños de juventud, esperanzas y proyectos, queden varados entre los escollos de los años estériles e irrecuperables. Y a estas alturas de mi vida, pienso si no estoy llegando ya demasiado tarde a esto de la escritura. Si no es todo un capricho infantil mantenido en el barbecho de las ilusiones durante mucho tiempo, si no es un juego de la edad tardía, como tituló Luis Landero su primera novela –publicada, por cierto, cuando el autor extremeño rondaba los 41 años–, si no padezco una suerte de síndrome de Peter Pan literario que aún me hace creer en una carrera novelística, en las veleidades del reconocimiento, en la tonta vanidad de verse uno en letra de molde, en los anaqueles de una librería, en las recomendaciones críticas de los periódicos, en una entrevista con Óscar López en Página 2, en la Feria del Libro de Madrid. Cuántas bobadas. Me alivia un tanto saber que mi admirado Landero publicó por primera vez a los 41. O que Raymond Chandler hizo lo propio con su primera novela, El sueño eterno, a los 51. Hay más casos. Defoe debutó a los 59 años con su Robinson Crusoe; Giusepe Tomasi di Lampedusa se estrenó a los 58 con El gatopardo; Alberto Méndez nos cautivó con su primera novela, Los girasoles ciegos, a los 65; Stieg Larsson comenzó a escribir a los 47; Saramago, fracasó con su primera novela, escrita a los 25 y tuvo que esperar a cumplir la cincuentena para establecerse definitivamente como escritor. A Saramago seguramente le encajaría bien aquella sentencia de Margarita Yourcenar –esta sí, precocísima escritora–, que llegó a decir que hay novelas que no debieran escribirse hasta pasados los 40. Bukowski, Sebald, Camilieri, Perrault, Wallace Stevens, el Marqués de Sade, Álvaro Mutis, William Golding también fueron escritores tardíos. Pero, llegados a este punto, ¿es legítimo ese marbete de “escritores tardíos”? El sabio refranero español dice que nunca es tarde si la dicha es buena, y todos esos escritores “tardíos” han supuesto una dicha para sus lectores. Un escritor o es bueno o no lo es, pero ¿qué sentido tiene recalcar que es “tardío”?  ¿Cuándo es tarde para la literatura?
Entonces, ¿de dónde me viene a mí esta sensación, un tanto humillante, de estar empecinado, a mi edad, con las canas ya aflorando en la sienes y en la barba, y las arrugas pertrechando su barricada contra mi recién extinta juventud, de dónde viene, digo, esa sensación de estar empecinado en un antojo, en una extravagancia, en una pataleta de niño consentido, mamá-quiero-ser-escritor? Quizás provenga de otra certeza: de no saber uno por qué se dedica a escribir. Escribir aunque su ejercicio no constituya el sustento económico de una vida. Escribir como una compulsión, como una necesidad, a veces como un sufrimiento que uno se inflinge sin saber por qué. A ver quién entiende eso. Y como los 40 es la edad de la madurez, uno se pregunta a sí mismo con sonrojo por la  pueril contumacia de sus afanes literarios. Pero es que hago balance de mis 39 años y 11 meses y no encuentro nada que sepa hacer mejor. No sé si bien o mal, probablemente mal. Pero nada que sepa hacer mejor. Ya ven en qué han parado mis 39 años y 11 meses. Mis casi 40.

martes, 3 de julio de 2018

409. Custodios literarios



Es el año 19.a.C. En su lecho de muerte, Virgilio encarga a sus allegados quemar la obra de su vida. No cree que haya alcanzado con ella la gloria a la que aspiraba y, quizás, teme haber puesto al servicio de la propaganda política de Augusto los casi diez mil hexámetros de la composición. Virgilio cree que la literatura no debiera humillarse ante ese servilismo. El emperador y sus amistades no consienten en su último deseo. En las aulas, millones de alumnos en todo el mundo traducen la Eneida en sus ejercicios de latín.
Año 1060. El visir Al Mu’Allim pasea por el barrio mozárabe de Sevilla y anota mentalmente la cancioncilla que entona la vendedora de especias. Servirá de base para su moaxaja. Casi un milenio después, en 1948, Samuel Miklos Stern traduce las moaxajas y desgaja de ellas los versos finales que se hallan en mozárabe. Stern ha descubierto las jarchas que se ocultan en ellos. La vendedora de especias canta de nuevo desde los vórtices del tiempo.
Mayo de 1207. En un monasterio cualquiera, el amanuense Pedro rasga la madrugada con el sonido de su cálamo sobre el pergamino. Cuando las sombras cimbreantes de las velas se proyectan sobre los caracteres, diríase que es el perfil del Cid quien cabalga los versos. El juglar que cantara su epopeya ya es voz de tinta para la eternidad.
En 1543 aún está caliente el cadáver de Juan Boscán. Su viuda, Ana Girón de Rebolledo, se encamina hacia la imprenta de Carles Amorós, en Barcelona. Aprieta contra su pecho los legajos donde se hallan los poemas de su marido, junto con los de su amigo Garcilaso de la Vega, que Boscán había dejado preparados ante de morir. Y en esta perseverancia de doña Ana, nada pueden las piedras de Le Muy.
El 22 de diciembre de 1870, se produce un eclipse total de sol. En el número 23 de la calle de Claudio Coello, en Madrid, muere Gustavo Adolfo Bécquer. No había alcanzado los 35 años. En su agonía, ha pedido a su amigo Augusto Ferrán que publique su obra: “Tengo el presentimiento de que muerto seré más y mejor conocido que vivo”. Los detalles de esa publicación se acordaron en el estudio del pintor Casado del Alisal. El eclipse de sol se volvió rayo de luna.
En 1900 se casan Menéndez Pidal y María Goyri. Su viaje de novios les lleva a realizar una ruta por los pueblos cidianos, recogiendo versiones de romances históricos de tradición oral hasta entonces desconocidos. En el Burgo de Osma, resucitó el príncipe don Juan.
En el verano de 1924, ya en su lecho de muerte, Franz Kafka corrige de su puño y letra cuatro relatos que deseaba dar a la imprenta. Con esa fortaleza en su agonía, ¿cómo se iba a tomar en serio su amigo y editor Max Brod, la idea de Kafka de destruir toda su obra? Sólo su compañera, Dora Diamant, respetó su última voluntad, aunque sólo en parte: guardó en secreto la mayoría de sus últimos textos hasta que la Gestapo los confiscó en 1933. La búsqueda de estos papeles aún continúa. En 1925, Margarita Nelken, de forma anónima, publica en la Revista de Occidente, la primera traducción de La metamorfosis al español. Nelken y Brod tuvieron que exiliarse para huir de la Guerra Civil y de la Segunda Guerra Mundial, respectivamente. Pero clavaron su pica en la patria de la literatura para siempre.
Custodios todos ellos del tesoro incalculable del que se sintieron responsables. Héroes sin cuyo concurso providencial la literatura sería otra. De nada serviría, sin embargo, su trabajo, sin los otros custodios. Los que perpetúan la vida de la literatura cada vez que abren un libro. Custodios también nosotros, los lectores, verdaderos depositarios del grial de sus palabras.

lunes, 25 de junio de 2018

408. Onanismos literarios: la autoedición




De un tiempo a esta parte se ha producido un aumento significativo del número de  empresas editoriales que brindan sus servicios a todos aquellos que desean publicar un libro. Y cuando digo a todos, estoy diciendo exactamente eso: a todos. Basta con abonar las tarifas correspondientes, según número de páginas y tirada, y ya tenemos un nuevo libro en la calle para alimentar la vanidad de verse uno encuadernado y en letra de molde. El filtro es muy escaso porque ya se sabe que el talento es proporcional al dispendio pecuniario del aspirante, pero estas pseudoeditoriales tratan de guardar las apariencias y hasta contestan al cliente mediante cartas con apariencia de seria profesionalidad ponderando las calidades del manuscrito, que ha sido estimado por el distinguido equipo de un departamento de lectura y que ha sido considerado por unanimidad merecedor de formar parte de su privilegiado catálogo. Al publicador (me cuesta hablar de escritor) ya no le cabe duda alguna: su libro es una obra maestra, ya han visto ustedes los encomios que el departamento de lectura de la insigne editorial le ha dedicado, y si ha sido desatendido o incomprendido por las grandes editoriales (y las medianas; y las pequeñas; y las minúsculas) ha sido sólo porque esa gente no  entiende de literatura y porque se prestan al mercantilismo de la literatura de masas y porque hay mucha endogamia y porque y porque y porque. Y ya tenemos a nuestro escritor ufanándose en las redes sociales y anunciando la presentación de su flamante libro en la cafetería de su tío. El libro no tendrá más recorrido, pero el autor ya habrá podido decir que ha vivido su experiencia de escritor –sé escritor por un día, posa para la foto sujetando tu obra maestra, experimenta la sensación de firmar ejemplares a tus nuevos lectores, a qué esperas, cumple tu sueño, paga y con la primera tirada te regalamos tu pluma de vate atormentado.
¿Significa esto que todos los libros autoeditados son malos? En absoluto, igual que todos los libros publicados por editoriales grandes no tienen por qué ser buenos. Pero el porcentaje es tan ínfimo que a lo único que contribuyen estas empresas es a engrosar la masificación libresca de mala calidad, a trivializar el hecho literario y a generar multitud de frustraciones entre quienes confían en ellas. Si has presentado tu libro a premios fiables y no has superado la primera criba; si todos los editores a los que mandas tu libro lo han rechazado, ¿no será que el libro no vale tanto como piensas? Es natural que, tras el ímprobo esfuerzo que supone escribir,  la euforia de la palabra “FIN” después de tropecientas páginas nuble el entendimiento y uno piense que su libro es el mejor del mundo. Pero la primera criba debe ser tamizada por el propio escritor en aras de un realismo terapéutico. Y no todo el mundo es capaz de convertirse en el primer detractor de su propia obra. Si el libro es verdaderamente bueno será publicado más tarde o más temprano, alguien sabrá valorarlo; quizás pase mucho tiempo, pero verá la luz.  Pero si hay demasiados indicios (los que el escritor mismo percibe en su fuero interno sin atreverse a reconocerlos) de que el libro es malo, es mejor tirarlo a la basura, volver a empezar, aprender de los grandes maestros, leer mucho o, en último término, en un ejercicio de honestidad que siempre nos ennoblecerá, dedicarse a otra cosa. Pero que no se nos castigue más. Si un genio como Kafka pidió antes de morir que sus obras fueran destruidas, ¿por qué ese empeño de un juntaletras cualquiera por medrar a toda costa? ¿Y no resulta humillante pagar para que le vean a uno? Los mejores escritores son, casi siempre, invisibles.

martes, 19 de junio de 2018

407. Cervantes también es fascista




Que la perversión del lenguaje constituye uno de los paradigmas del separatismo catalán es algo que ya sabíamos desde hace tiempo. Lo que no esperábamos es que su audacia se atreviera también con Cervantes, cuyo homenaje fue boicoteado a gritos de “fora feixistes” por grupos radicales independentistas el pasado 7 de junio en la Universidad de Barcelona, con los agravantes de violencia e intimidación. La ligereza con que se utiliza en Cataluña el término “fascista” para todo aquello que huele a español o atribuido a quienes no comulgan con la causa soberanista, más que indignación produce ya sonrojo. No sólo porque se use como una especie de mantra o ripio de poeta malo, sino porque demuestra la profunda ignorancia y desconocimiento de la Historia de quienes blanden el desafortunado término arrogándose una suerte de autoridad moral nacida de la mentira del agravio, sin saber que son ellos mismos los que adoptan la postura totalitaria contra la que creen luchar, al violentar las ideas y libertades de los demás, como en el caso de marras. En ese sentido, resulta aterrador comprobar cómo el nacionalismo fundamentalista está reproduciendo con inquietante parentesco la estética y las acciones de los totalitarismos del siglo pasado.
Quienes defienden el boicot al homenaje cervantino, entre quienes se hallan representantes de una parte de la izquierda –lo que lo hace aún más lamentable, pues traiciona vilmente su propio ideario de tolerancia– aducen que protestaban contra la plataforma convocante, Societat Civil Catalana, a la que acusan de coquetear con la extrema derecha, particular que yo ignoro. Pero mientras alguien me demuestra esas oscuras conexiones de una asociación que jamás ha reventado el acto de nadie, que ha utilizado como vocales en los suyos a los muy fascistas Vargas Llosa, Josep Borrell o Félix Ovejero, entre otros, o que ha logrado reunir a cientos de miles de catalanes contra los abusos del separatismo –fascistas, imagino también–, mientras alguien me lo aclara, digo, que ese alguien me explique también qué culpa tenían de todo esto Cervantes o Jean Canavaggio a sus 81 años o las personas que acudieron al Aula Magna de la universidad con la sana intención de escuchar al insigne biógrafo y a cultivarse con la ponencia sobre nuestra figura más señera y universal. Y, hablando de universalismo, ¿cómo se explica que el rector de la universidad, la casa de todos, no pudiera garantizar la seguridad de los asistentes y, con vergonzante connivencia, les pidiera cancelar el acto y salir por una puerta lateral “en silencio y ordenadamente” mientras los radicales aporreaban la puerta principal e insultaban a público y ponentes? ¿Se imaginan si el boicot hubiera sido a la inversa?
Pero ésta es una columna literaria. Hablemos, pues, de literatura. Aunque resulten ya muy manidas conviene recordar estas palabras: 
“Barcelona, archivo de la cortesía, albergue de los extranjeros, hospital de los pobres, patria de los valientes, venganza de los ofendidos y correspondencia grata de firmes amistades, y única en sitio y en belleza”. Y estas otras:
"Admiroles el hermoso sitio de la ciudad [de Barcelona], y la estimaron por flor de las bellas ciudades del mundo, honra de España, temor y espanto de los circunvecinos y apartados enemigos, regalo y delicia de sus moradores, amparo de los extranjeros, escuela de la caballería, ejemplo de lealtad y satisfacción de todo aquello que de una grande, famosa, rica y bien fundada ciudad puede pedir un discreto y curioso lector."
Estas palabras las escribió Cervantes, ese facha redomado.

lunes, 4 de junio de 2018

406. Clavícula




“Escribo de lo que me duele”, con estas palabras se refiere Marta Sanz a Clavícula, una obra híbrida a medio camino entre la novela, el ensayo y las memorias que está formada por breves capítulos vertebrados por la omnipresencia de un dolor que la escritora madrileña comenzó a sentir en un vuelo hacia San Juan de Puerto Rico. Una “garrapata” que provocó en la narradora-protagonista no sólo un dolor físico, externo, sino también psicológico, interno. Se trata, por tanto, de una obra en la que Sanz se desnuda ante el lector mostrando un episodio amargo de su propia vida, con una autenticidad y sinceridad que aseguran la empatía del lector.
La autora no teme mostrarse débil, humana y en aras de dicha fragilidad, aborda un amplio abanico de temas colaterales que subyacen al dolor: “el miedo a enfermar y el miedo a no poder enfermar”; el sentimiento de culpa por ser la causa de la preocupación de sus seres queridos: “mi dolor me lleva a experimentar una gran culpa. Mi dolor es un fallo que no puedo permitirme”; la larga y fatigosa peregrinación por diferentes especialistas que lanzan hipotéticos diagnósticos y que acaban produciendo un descreimiento recíproco entre el paciente y el doctor: “No puedo creer al médico. Me aparto de él. Él da un paso atrás porque tampoco cree en mí”; la agotadora odisea en busca de una explicación al dolor, en la vital necesidad de ponerle nombre a esa garrapata que la corroe por dentro y por fuera: “Lo que primero necesito urgentemente es ponerle nombre a lo que me pasa y, con el nombre, sentirme parte de algo”; la sensación de soledad que, en ocasiones, se experimenta: “nadie me ayuda” y un largo etcétera. Clavícula también es una legitimación del derecho a expresar un dolor, a quejarnos, en una sociedad que ha convertido algo tan intrínsicamente humano en un tabú y que lleva a muchas personas a sentir vergüenza por no ser capaces siempre de disimular su malestar.
Ahora bien, Clavícula no es sólo un libro que versa sobre el dolor sino que también aparecen otros núcleos temáticos como la precariedad de los escritores. Marta Sanz los dibuja alejándolos de la imagen idílica que la sociedad tiene de ellos y no esconde su necesidad de autoexplotarse para subsistir en un mundo tan inestable como es el literario, hecho que agrava su miedo a enfermar pues supondría su incapacidad para ganarse la vida. De hecho, llega a enumerar las cantidades exactas de sus honorarios a lo largo de diferentes meses, una confesión que “es absolutamente impúdica, pero fundamental”.
Por encima de todo, Clavícula es una obra de amor, una hermosa declaración de amor de Marta Sanz hacia sus progenitores- no en vano se lamenta de haber alterado el orden natural, pues lo lógico es que los hijos cuiden de los padres- y hacia su esposo, su apoyo incondicional. En un ejercicio de generosidad plena hacia el lector, Sanz no duda en compartir los correos electrónicos que se intercambiaba el matrimonio durante su estancia en Colombia, en los que queda patente el amor y la admiración que sienten el uno por el otro. En definitiva, su familia es su principal sustento, la muleta sobre la que caminar cuando le flaquean las fuerzas, cuando siente que su cuerpo y su vida se están rompiendo en pedacitos –la fragmentación del libro bien podría ser metáfora de esta ruptura vital- y a la escritora le aterra preocuparles. ¿Hay, acaso, prueba de amor más irrefutable?
Este ejercicio de desnudez del alma de Sanz va acompañado por una variedad de tonos que oscilan desde la voz reivindicativa, frágil, amorosa, infantil y enfadada hasta la más humorística, como cuando describe algunas pruebas médicas a las que se sometió –no se pierdan la espirometría y la prueba de fuerza-.
En resumen, Marta Sanz nos regala un libro que rebosa autenticidad, verdad; una obra valiente que da visibilidad a temas tabú sobre la enfermedad y la mujer, pero también sobre nuestra sociedad; una poética de la fragilidad, una defensa del derecho a expresar el dolor y una gran muestra de amor. Nos ofrece un aprendizaje, un consuelo, una compañía, una sonrisa amable, una toma de conciencia sobre nuestra humanidad y un ejemplo de cómo la literatura puede ser el mejor antídoto contra el dolor.