lunes, 19 de noviembre de 2018

423. 'Pájaros de niebla'



Cuando uno se topa con un prólogo de la extremada calidad con la que Juan Carlos Elijas ha escrito el suyo, el reseñador tiene ya poco más que añadir. Debiera, pues, limitarme a decir amén y a no incurrir en redundancias o matizaciones que siempre acabarían por desmerecer un preámbulo prácticamente perfecto. Reconforta sobremanera hallar a personas como Elijas, que todavía creen en el trabajo bien hecho, cargado de compromiso y respeto, riguroso e inteligente, tan lejos de esos otros prologuistas que cubren el expediente con cuatro generalidades y luego estampan su nombre en la portada de un libro que no es suyo para seguir acumulando méritos. En el caso que nos ocupa, Jaume Palau, el beneficiario del prólogo de Elijas, debiera sentirse enormemente agradecido y hasta abrumado. Es lo que sentiría yo ante un regalo así.
Pero Pájaros de niebla (Silva Editorial), tiene más cosas además de su magnífico prólogo, y de ellas habrá que hablar, aunque sea someramente, en el poco espacio de que disponemos aquí. Del nuevo libro de relatos de Jaume Palau podemos empezar diciendo algo que ya sabíamos: que el autor tarraconense domina con insultante solvencia los difíciles resortes narrativos del género. Su lectura, pues, se desliza, eficaz, con la naturalidad de quien hace sencillo lo dificultoso, de tal manera que uno llega al final de cada relato mecido por la hipnosis de una prosa ensamblada para el viaje peregrino de los ojos. Pero si el viaje es placentero por el traqueteo confortador del tren de las historias sobre las traviesas de las palabras, en cada estación donde se detiene, observamos la desolación de los viejos apeaderos de la vida, con su abandono y decadencia y su señorío de abrojos. Porque Pájaros en la niebla es la lírica de la renuncia y de los sueños rotos, del hastío y de la vida sin horizontes. Ya el primer relato constituye un pórtico que podría funcionar como poética de la obra. Personajes desnortados, sujetando la inútil brújula de la pérdida, desfilan por el libro como fantasmas, como meros sobrevivientes de una frustración que los fagocita. Y no importa la clase social a la que pertenezcan, desde el drama de las favelas a los falsos oropeles de los lujosos hoteles, apartamentos y cruceros, la mayoría de personajes se enfrenta a algún tipo de abismo: la insatisfacción vital, el fracaso, la miseria, la enfermedad, todo ello vertebrado siempre en un innegociable sentido ético. Especialmente atractivas son algunas evocaciones históricas, tremendamente sugestivas, como las de Qin Shi Huang y sus guerreros de terracota o la historia bíblica de Yrit, narradas con esa reminiscencia a la tradición y a la oralidad, así como algunas estampas poéticas, como aquella evocación otoñal o aquella otra que cierra el libro y que guarda resabios de la delicadeza oriental. Al libro, quizás, le haga falta alguna poda de algunos relatos que perjudican al conjunto. Y debiera tenerse cuidado también con algunos pasajes próximos a la literatura de autoayuda (“La cometa”) y a algunos finales efectistas que pueden resultar algo impostados. El final, por ejemplo, del relato “Pájaros de niebla”, es tan efectista como inverosímil, y aunque no se nos escapa su sentido último, creo que la magnífica crudeza, casi naturalista, de sus páginas previas, reclamaba un final en el mismo tono, sin concesiones, por esta vez, a la literatura. Con estas salvedades que, por supuesto, responden únicamente a la opinión personal de quien esto escribe, el libro de Palau conecta con el lector porque, a la postre, todos somos pájaros con alas de trascendencia, pero abrumados por esta espesa, inmisericorde niebla, que es vivir.

lunes, 12 de noviembre de 2018

422. Es sueño y es dorado



Cuando la luz se posa sobre los objetos del mundo, cuando los acaricia, cuando los baña con su liturgia jubilar, con su milagrosa epifanía, les confiere carta de naturaleza, los corporeiza, les da la existencia misma; en cierta forma, se apiada de ellos, de su condición humilde y perecedera.
Esa misma luz es la que viene deslumbrándonos desde hace años, abriéndose paso por entre los intersticios de los versos de José Luis Vidal y alcanzando el cenit de su resplandor en aquella inolvidable y maravillosa antología preparada por Antonio Moreno titulada El señor de los balcones. La luz de Vidal, que es también patrimonio de su insuperable bonhomía, es motivo recurrente de su poesía, también en su último poemario, En el sueño dorado (Renacimiento). Una luz tutelar, nutricia, madre. Por eso, cuando la luz declina en sus poemas sobre el atardecer, los objetos del mundo se aferran a las últimas hilachas de fulgor para evitar su holocausto ontológico (“Cómo se aferran las encinas / entre cadáveres de luz, / cómo se aferran”). Los amaneceres, en cambio, son una cosmogonía demiúrgica y misericordiosa: “Por esta luz / que vence mis recelos / me levanto, / abro los ojos /. Y en el fulgor / de la mañana que bosteza / y se viste de huesos, carne, piel… / veo solo un amor / que está al principio / y al final / de todo lo que ocurre”. La luz, además, es la constatación de la belleza del mundo (“la cosecha de mis ojos”), y permite detenerse en los instantes. La poesía de Vidal adquiere entonces una actitud estática y extática, contemplativa; las cosas son aquí y son ahora y simplemente suceden: “Oigo, / y solo escucho. / Veo, / y solo miro. / Está todo tan cerca… / Y no tiene importancia”. En ese recogimiento próximo a una suerte de misticismo laico, el objeto evocado queda trascendido de su naturaleza física e individual para formar parte del todo, y con él el poeta mismo, que se siente partícipe del cosmos en comunión con todo lo creado hasta confundirse con esa totalidad: “Ya es posible ser rico, / ya es posible ser mundo / de tu entraña creadora / y preguntarte, cielo”.
El poeta no es más que uno más de los seres agradecidos por la bendición de la luz. Se trata de una poesía celebratoria, de corte guilleniano (hay, incluso, un poema titulado “Mediodía”). En el poema “Sucede”, el poeta paseante descubre la vida que sucede alrededor, se empapa de ella, y cuando termina su paseo, se detiene sobre una roca y en ella dirige la mirada sumisa a sus pies de peregrino y baja los párpados, amorosamente agradecido.
Sin embargo, el poeta no puede evitar la desazón al constatar su propia finitud, la extinción de la belleza amenazada por la muerte, y su anhelo de trascendencia se le impone como una nostalgia de nuestra razón de ser primigenia. En el poema “Heno”, el color dorado del forraje (nunca amarillo) es la promesa de la luz sólo atisbada pero nunca conseguida en su plenitud. El heno, en su humildad estabular, es trasunto del hombre y su limitación. Es entonces cuando el poeta se rebela contra su destino: “Non moriar”, se titula uno de sus poemas, “mi cuerpo no se extinguirá”, dice en “Seda”, y se agarra a las palabras, único asidero tan desesperado como inútil para defenderse de la muerte. Así, las palabras, “gritan / como cerezas / en la boca. / Se arrugan / como flores / bajo el soplo / de la luz”.  Porque el hombre y su carne pueden ser también bellos y merecen reivindicarse: “Vuestros cuerpos… a veces / emiten, al azar, / unas notas hermosas / de afortunado amor. / Y entonces son más grandes / que vuestros corazones”. Pero la muerte es una verdad demasiado cierta: “Esta tierra que cruzo / me llama a cada paso; / quiere mi longitud, no mi altura”. Y el extraordinario último poema, casi un descenso a la verdad, porque a la verdad siempre se desciende, nunca se asciende, es una asunción valiente de la fatal evidencia. El libro de Vidal es, pues, ese engaño en donde nos debatimos. Leer a José Luis Vidal es leer el tuétano de lo que somos, en la gloria y en la miseria de esta áurea aventura de vivir, relegada a dorado. Relegada a sueño.


 



lunes, 5 de noviembre de 2018

421. El cementerio está dentro



Como la Literatura suele obrar estos milagros, mi puente de Todos los Santos ha sido más bien un viaducto hacia el pasado levantado por los ingenieros del tiempo y de la nostalgia. Así que, transitando su piso de adoquines, jalonado mi paseo por su balaustre con las efigies de mis propios santos laicos, he llegado hasta el Día de Difuntos de 1836 y me he encontrado a Mariano José de Larra, afanado sobre el escritorio de su despacho, en el número 3 de la madrileña calle de Santa Clara, patrona, por cierto, de las telecomunicaciones,  con expresión cariacontecida y desazón de espíritu. Apenas unos meses antes, Larra había perdido su escaño como diputado por Ávila tras el Motín de La Granja de San Ildefonso (seguimos con los santos), quizás la última tentativa de sentirse útil y partícipe en la regeneración de la deteriorada vida política y social de aquella España desnortada, más allá de sus acerados artículos en El Español. Tampoco van bien las cosas con Dolores Armijo. El opúsculo de hoy expulsa la bilis negra de su tribulación: es día de Todos los Santos y él es un muerto más por quien tañe el bronce herido de las campanas. ¿Sólo él es el muerto? “Vamos [dice para sí], ¿dónde está el cementerio? ¿Fuera o dentro? Un vértigo espantoso [se apodera de él y comienza] a ver claro. El cementerio está dentro de Madrid. Madrid es el cementerio […]¡Necios! –decía a los transeúntes–. ¿Os movéis para ver muertos? ¿No tenéis espejos por ventura? […] ¡Miraos, insensatos, a vosotros mismos, y en vuestra frente veréis vuestro propio epitafio! ¿Vais a ver a vuestros padres y a vuestros abuelos, cuando vosotros sois los muertos? Ellos viven, porque ellos tienen paz; ellos tienen libertad, la única posible sobre la tierra, la que da la muerte; ellos no pagan contribuciones que no tienen; ellos no serán alistados ni movilizados; ellos no son presos ni denunciados; ellos, en fin, no gimen bajo la jurisdicción del celador del cuartel; ellos son los únicos que gozan de la libertad de imprenta, porque ellos hablan al mundo. Hablan en voz bien alta y que ningún jurado se atrevería a encausar y a condenar. Ellos, en fin, no reconocen más que una ley, la imperiosa ley de la Naturaleza que allí les puso, y ésa la obedecen”. Viene luego una enumeración de los nichos y mausoleos de Madrid con sus correspondientes epitafios: el Palacio Real, la Constitución (“el cuerpo del santo se trasladó a Cádiz en el año 23”), la comercial Calle de Postas, la Inquisición, (“hija de la fe y del fanatismo: murió de vejez”, aunque sospecha de su resurrección), los periódicos, en cuyo epitafio se aprecia, en relieve, una cadena, una mordaza y una pluma (¿la de los escritores o la de los escribanos?) o los Ministerios, cuya lápida reza: “Aquí yace media España; murió de la otra media”; años más tarde Machado escribiría sus célebres versos: “Una de las dos Españas / ha de helarte el corazón”. ¿Les suena todo esto? Pues de ello hace casi un siglo y medio.
Poco más de un año después, Larra confirma su vocación de muerto. Su hija Adela, de seis años, halla el cadáver de su padre cuando se disponía a darle las buenas noches. Se había descerrajado un tiro en la sien. La Juventud Literaria costeó el sepelio y evitó que Larra, como suicida, sufriera un entierro de misericordia. En 1944, Dámaso Alonso publica Hijos de la ira. Abre el libro el poema “Insomnio”: “Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres”, reza el primer verso. En la época de Larra había menos de 152.000 habitantes en la villa. Ya se sabe: los cementerios crecen. Los pueblan los vivos.

lunes, 29 de octubre de 2018

420. La "P" con la "A": "PA"



Los que se dedican a la interesante bagatela de investigar el origen de determinadas expresiones del habla cotidiana, dicen que la frase hecha “andar con pies de plomo” procede de las botas fabricadas con ese metal que usan los buzos para desplazarse con seguridad por el fondo del mar. Hay quien la atribuye a las botas de los primeros hombres en pisar la luna, que evitaban, por su peso, las peligrosas eventualidades de la gravedad. Si buceamos nosotros también por el lenguaje o si decidimos dejar nuestra huella en el polvo lunar de nuestro idioma, habremos igualmente de calzarnos los pies de plomo y ataviarnos asimismo con la escafandra y con toda suerte de indumentaria que nos proteja del zarandeo de las corrientes marinas de los lectores o de la liviana gravedad de sus aseveraciones críticas. Habrá que escribir pues, también, con pies de plomo. Porque de un tiempo a esta parte vivimos bajo el imperio de la literalidad. La metáfora y el sentido figurado han muerto. Y los que no sabemos –y no queremos– escribir con el estilo de los prospectos de los medicamentos, asistimos al sepelio con más estupor que indignación. El estupor que resulta de comprobar la cantidad de imbéciles que se mueven por el mundo con la vitola del buenismo y de  lo políticamente correcto como bandera. Por cierto, ya que hablamos de la luna, los astronautas que pisaron por primera vez nuestro satélite colocaron un travesaño horizontal en la parte superior de la bandera americana para que no se cayera y diese sensación de movimiento, pues ya se sabe que en la luna no hay viento. Cuántos travesaños no habrá colocado también en los estandartes de su buenismo pueril toda esa caterva de adalides “bienintencionados” para seguir viviendo del cuento. Si Mecano incluye en la letra de su canción “Quédate en Madrid” la expresión “mariconez” (“siempre los cariñitos me han parecido una mariconez”, dice el texto), llega el triunfito de turno para decir que eso es una falta de respeto al colectivo gay. Algunas veces me he ido a tomar algo con Ana, una compañera del instituto donde trabajé y ésta me reprochaba, en broma, que mientras ella se pedía una cerveza, yo me pidiera “mariconadas” como una clara. “Para mi compañero, la mariconada de siempre” –le decía al camarero–. Y el camarero y yo reíamos el chascarrillo sin pensar en ningún momento que me estuviera colocando en la acera de enfrente (reubicación, por otra parte, con la que no tendría ningún problema, ya ven que yo también me tomo mis precauciones por si acaso), ni que menoscabara mi heterosexualidad pedirse una cerveza con limonada. He conocido a pocas personas tan comprometidas con las causas sociales como mi compañera Ana. Pero a ella no le hacía falta exhibirse (colocar el travesaño en la bandera) con el lenguaje. La avalaba la nobleza de sus pensamientos y de sus actos. Hoy todo escrito tiene que estar trufado de paréntesis, incisos, aclaraciones y matizaciones, por si ofendemos a alguien sin querer, atentando contra la propia fluidez del texto. Uno empieza a escribir y ya casi está pidiendo disculpas. El estilo literario renuncia a la fantasía del lenguaje, se encorseta en el envaramiento de la precisión. Si el hombre descubrió el fuego hay que matizar: también lo hizo la mujer. Si aquello no lo sabe ni dios, quizás atento contra las creencias religiosas y la infalibilidad omnipotente de la divinidad. Y ya no sé si debo escribir “dios” con minúscula o mayúscula porque decida lo que decida, voy a ofender a alguien. Vayamos, pues, con pies de plomo. Seamos literales: la “P” con la “A”, PA. Para contentar a la bandera ondeante de los lunáticos. Aunque en la luna no haya viento.

A Ana Reyes, con mi recuerdo y cariño. Pero sin mariconadas.


lunes, 22 de octubre de 2018

419. De todos. De nadie.



Siempre he pensado que la Literatura no tiene dueño. Ni siquiera cuando conocemos el nombre del autor individual que dio vida a una obra. Los textos, cuando terminan de escribirse y se dan a la imprenta y se hacen libros, ya no pertenecen a su creador, son patrimonio de los lectores. El escritor acaba la novela o los versos con los que ha estado conviviendo quizás algunos años, que han sido, tal vez, asidero de su supervivencia, y luego los cede al mundo y a las azarosas vicisitudes de su existencia independiente. Y desde la dolorosa atalaya de su desprendimiento, contempla con nostalgia –o con alivio– cómo su historia deja de ser suya para ser de todos.
Si esto ocurre con la literatura de autor, imagínense qué otro tanto pasará con la literatura tradicional de carácter oral, esa que nace anónima de las entrañas del pueblo y que forma parte del imaginario colectivo. Nadie podría arrogarse nunca su propiedad y aquel que lo hiciera, es seguro que lo haría con algún tipo de intención espuria. Hago esta reflexión después de visionar la excelente película Cold War, recién estrenada en las carteleras de nuestros cines. En ella, un grupo de folcloristas polacos recorre el país para recolectar las viejas canciones que el pueblo ha ido heredando de generación en generación desde tiempo inmemorial, algo así como aquel mítico viaje de novios que emprendieran Menéndez Pidal y María Goyri por tierras de Castilla. El objetivo es crear un coro profesional que dé difusión a ese tesoro y homenajee la riqueza del acervo popular. Es maravilloso escuchar las letras de todas esas canciones, cantadas por las encantadoras y risueñas muchachas polacas ataviadas con sus vestidos regionales, con la frescura de sus letras y la lozanía rústica de sus melodías, especialmente cuando canta Joanna Kulig, la actriz que da vida a la protagonista, cuya juventud desbordante y subyugadora tan bien casa con la gallardía de aquellas tonadas. Pero estamos en plena Guerra Fría, como reza el título, y el régimen comunista obliga a la agrupación coral a transformar aquellas letras en una apología del estalinismo. Resulta llamativo cómo, a partir de ese momento, la deliciosa frondosidad abigarrada de aquellas canciones, se torna lúgubre y grave, al servicio de los himnos patrios. Despojadas de su filiación primigenia, instrumentalizadas por la política, aquellas canciones adulteradas son trasunto también de la desorientación identitaria de los dos principales personajes de la cinta. Su deserción y huida de Polonia a París no es más que una búsqueda de ese centro de gravedad perdido. Pero en la capital francesa, Zula y Víktor se ganarán la vida cantando aquellas mismas canciones adaptándolas a los gustos de esa otra Europa, traducirán las letras al francés, serán sometidas a los arreglos que impone el jazz y volverán, especialmente Zula, a sentirse agraviados y humillados en aquella desvirtualización de las esencias de su pueblo. Y volver a Polonia, como se verá, no es una opción tras la deserción.
La película, rodada en blanco y negro, es de una belleza arrebatadora, fotograma a fotograma. Y más allá de su dramática historia de amor, reivindica la libertad de la creación artística lejos de las proclamas ideológicas y de la apropiación ilegítima que éstas hacen de la cultura.  Porque la Literatura es de todos. Y de nadie.

Al poeta Ramón García Mateos, que me enseñó que “la copla es pasión y sentimiento volando libremente hacia la nada, abriéndose en canción, grito, paisaje, dejándonos la voz entrecortada”.

lunes, 15 de octubre de 2018

418. Don Quijote, yo sí te creo.



No se sale indemne de la Cueva de Montesinos. Uno quisiera, al regresar de la sima, acomodar los ojos a la cegadora luz del exterior, recuperar la lucidez y no decir tonterías. Pero es imposible. Una suerte de atolondramiento se instala en nuestra conciencia y nos impide articular cuatro palabras coherentes. Durante los primeros minutos tras la salida, guardamos un mutismo cómplice con nuestra recién inoculada locura. No debemos contar lo que hemos visto, si no queremos que los cuerdos con los que nos reencontramos afuera nos miren con compasiva prevención y desconfianza.
Y sí: la oferta turística del folleto decía que la visita duraba una hora. Pero ¿quién duda que estuvimos allí abajo mucho más tiempo? ¿Días quizás? Y sí: los cuerdos te dicen que aquella figura impresa en la roca la ha formado caprichosamente el carbonato cálcico. Pero ¿quién duda que aquel era el mismísimo Montesinos con sus blancas y luengas barbas? Y sí: los sensatos repiten que aquella oquedad es el resultado azaroso de años de erosión y humedad. ¿Cómo no son capaces de ver que allí se halla el sepulcro de Durandarte y, tendido sobre él, Durandarte mismo con el pecho abierto? Aquí y allá desfilan algunas sombras por la caverna. Otros turistas, dicen los juiciosos. Pero ya sabemos que es la cohorte de la bella Belerma, que transporta el corazón ajado del caballero. Y aquellas otras que pasan de largo sin mirarnos son, sin duda, Dulcinea y su séquito encantado de labradoras.
Si Miguel de Cervantes bajó a esta sima para refrescarse del sol implacable de Castilla y a beber el agua de sus acuíferos, dándose una tregua en su ingrata tarea de recaudador de impuestos, es seguro que en la cueva se encontró con Merlín y que con él cerró algún tipo de pacto. Libróse así del encantamiento a que había sometido a todos aquellos espíritus del Romancero. Quizás el pago que Cervantes tuvo que abonar al pérfido mago fue verse abocado al fracaso literario a cambio de la libertad. Pero hay contrahechizos más poderosos que cualquier sortilegio. Y Cervantes empezó a romper el maleficio en otra cueva. Encerrado en la prisión de la casa de Medrano, en Argamasilla de Alba, se conjuró, pluma en ristre, contra las artes de Merlín. Y volvió a la cueva de Montesinos encarnado en Don Quijote, que había de sobrevivirle, y puso en su boca todo lo que en la cueva había visto. Sancho no creyó una palabra de su señor, aunque eso no le impidió ofrecer luego su sarta de mentiras a lomos de Clavileño. Don Quijote, entonces, se tomó cumplida revancha y respondió a su escudero: “Sancho, pues vos queréis que se os crea lo que habéis visto en el cielo, yo quiero que vos me creáis a mí lo que vi en la cueva de Montesinos. Y no os digo más”.
Y doy fe. Todo lo que el valeroso caballero andante don Quijote de la Mancha dijo haber visto en la Cueva de Montesinos es rigurosamente cierto. Los cuerdos me tomarán por persona de plomos fundidos y no me creerán un ardite. Pero ¿qué valor tiene el aval de un cuerdo? Juro por mi honor que vi todo lo que nuestro héroe contó punto por punto. Y juro que mientras allí estuve, a cien brazas de profundidad,  todo aquello me pareció más cierto y real que el sueño de la existencia que andamos. Querido Don Quijote, yo sí te creo. Porque en ello me va la vida.



A Jose,  Mª Carmen, Fabio, Claudia, Mª José y Bea, que bajaron conmigo a la Cueva de Montesinos y pueden dar fe de que no soy hombre loco.

lunes, 1 de octubre de 2018

417. Descatalogados



Hay repartida por el mundo una legión de libros desahuciados tratando de sobrevivir en la intemperie tras haberles notificado los usureros del tiempo y del olvido que ya forman parte de esa caravana del exilio editorial en la que se arrastra, como una afrenta, el terrible estigma de los libros descatalogados. Los buscamos en las librerías ordinarias y el librero se afana en la pantalla del ordenador para hallar el título en la base de datos. Mientras, el comprador escruta el rostro del empleado y adivina ya, en su expresión contrariada, la noticia fatal. Cuando al fin consigue dar con él, una mueca misericordiosa confirma la defunción. El título en la pantalla del ordenador es ya, tan sólo, un epitafio o un responso.
Entretanto, las fantasmagorías errantes de estos libros deambulan por el limbo de las librerías de viejo o entre los cachivaches de los rastrillos de cualquier plazoleta y humillan los harapos de sus cubiertas fatigadas y los andrajos de sus páginas gastadas a la mirada compasiva o desdeñosa de los cazadores de gangas. Asisten luego, ofendidos, al vejatorio regateo por el precio que los degrada. Otros guardan su reposo en las casas de beneficencia de las bibliotecas y languidecen en los nichos de los anaqueles hasta que alguien decide invocarlos a la vida; algunos, en cambio, yacen inconscientes en los depósitos de los sótanos porque hace años que ya nadie los reclama.
Se estima que en Estados Unidos existen más de seis millones de libros descatalogados. No he logrado averiguar cuántos existen en España, quizás porque nadie se ha querido molestar en hacer el luctuoso cómputo de los muertos. Se habla de la digitalización de todos ellos para ofrecerles, como Dios a los judíos, su tierra prometida de promisión de lectores. Y, sin embargo, esa nación virtual sigue teniendo algo de limbo, como todo lo que se refiere a Internet. Quizás muchos de estos libros deseen antes desaparecer en las empresas de reciclaje. Éstas pagan unos ochenta euros por una tonelada de libros, el equivalente a mil libros, y hacen con ellos pasta de papel o papel para los periódicos. En su reencarnación, estos libros olvidan quiénes fueron y se redimen de su condición mendicante. De otros, da buena cuenta la trituradora.
Y hablando de limbos, ¿en cuáles de ellos se hallan los libros que aún no se han publicado? Los “incatalogados”, si se me permite el neologismo. Los que aguardan su oportunidad en el cajón de un escritorio, embriones que duermen en la placenta de una barata encuadernación de canutillo o en el archivo de un ordenador. Los que se destruyen en los premios literarios que no se ganan o en las editoriales que les denegaron la cédula de existencia. Abortos de libros practicados en el quirófano de los arbitrarios escrutinios de los departamentos de lectura y su comité de sabios mercantilistas. Los libros como aquellas maduras muchachas solteronas de otros tiempos, acicalándose cada día para mantener una belleza ya ajada, marchitándose a la espera del pretendiente que las libere de la autoridad paterna.  Pero, ¿quién sabe? Quizás estos libros “incatalogados” estén mejor instalados en su ingenua y perpetua esperanza de nacimiento, siempre asidos a su brizna de promesas y sueños, antes que vivir una vida efímera y acabar en el cementerio ambulante  de los unavezlibros, de los yanolibros, de los erráticos espectros de los libros descatalogados.

lunes, 24 de septiembre de 2018

416. Las ánimas del limbo urbano



Si una suerte de teología literaria crease un limbo laico, ese sería, sin duda, Fantasmas de la ciudad (Candaya), el nuevo libro de relatos de de Aitor Romero Ortega. Y es que por sus páginas desfilan las almas en pena de unos personajes desnortados en busca siempre de una redención que no llega. La redención puede llamarse identidad, conciencia de uno mismo, restitución, centro de gravedad. Naima huye de una canción de John Coltrane titulada como su propio nombre y se embarca en un nomadismo feroz sin solución de continuidad; un huérfano viaja a Italia para establecer vínculos con su padre fallecido a través de la literatura de Pavese, o quizás para librarse de su sombra; Kubalita, el supuesto hijo ilegítimo del mítico jugador del Barça, peregrina por los bares para contar a otros antihéroes urbanos su glorioso abolengo, y luce la camiseta de su padre, aunque esta sea sólo una burda reproducción; un escritor sin inspiración se abandona a la calle buscando que la realidad le asista. También los personajes secundarios arrastran sus harapos: el misterioso autoestopista de Alabama que aparece y desaparece como una mota de polvo; el recepcionista de un hotel bosnio, que parece anclado en la Yugoslavia anterior a la guerra; Bob Dylan, reconociendo que sería incapaz de ganar un concurso de imitadores de sí mismo, como si él mismo fuera una ficción. Muchos no tienen nombre o lo odian y se lo cambian, y andan por la treintena, esa edad donde la madurez se vislumbra ya en el horizonte y, sin embargo, no se han alcanzado todavía las promesas soñadas. La treintena: esa intemperie. La búsqueda constante de esa plenitud identitaria convierte a los personajes en viajeros perpetuos. La huida y el movimiento constante constituyen una forma de vivir anclada únicamente en el presente, “como si intuyese[n] que detenerse para mirar atrás es empezar a morir un poco” y necesitasen “esquivar esa leve muerte a plazos”. Pero la búsqueda es siempre infructuosa. El narrador del primer relato rastrea las huellas de Trotski en Barcelona y tras una constelación de referentes culturales que le hacen cruzarse con el revolucionario ruso, acaba topándose con Ramón Mercader, el asesino de Trotski. La conlcusión es demoledora: “uno siempre quiere ser Trotski hasta que descubre que es Ramón Mercader”. Quizás lo que los personajes buscan es la ruina de sí mismos para volver a comenzar. Como la búsqueda es baldía, los protagonistas se sumen muchas veces en la indolencia, la abulia, el spleen baudeleriano, que es unas veces balsámico y otras autodestructivo. Las ciudades que los acogen, por su parte, no les regalan su arraigo. Porque ellas mismas son el limbo; porque ellas mismas son también fantasmas. La despersonalización de las ciudades, la pérdida de su propia identidad fagocita y anula a los personajes, ya de por sí perdidos y éstos, en una circularidad atroz no reconocen los lugares que una vez visitaron o creen estar siempre en la misma ciudad, como si su despersonalización las sincretizase a todas en un mismo páramo. Descartada la ciudad como referente identitario, Naima acaba en el yermo de la pampa argentina, como otro monstruo de Frankenstein en la Antártida, o en Portbou, la no-ciudad por antonomasia, donde dice no hacer nada. Como las ciudades son fantasmas, un muerto más, hay que inventarlas. Emilio, el personaje del quinto relato que se dedica a escribir guías de viaje, dice escribirlas sin haber visitado jamás la ciudad correspondiente. La despersonalización de las ciudades es, en realidad, trasunto del fracasado proyecto europeo. El Café Odeón y el barco Montserrat son fragmentos de la Europa que pudo ser y nunca fue. Y en último término, si de buscar patrias interiores se refiere, ninguna mejor que la cultura, aquella donde podemos clavar nuestra pica sin temor. El libro se agarra a ese asidero con verdadera devoción. Fantasmas de la ciudad está escrita con esa lírica de la desolación que mece los corazones. Y el lector acepta gustoso el quite, y entra en el limbo. Y se queda para siempre. Fantasmas también.

lunes, 17 de septiembre de 2018

415. No puedo con Bolaño (Anatema)



El problema de tener criterio propio en materia literaria es que aquel no siempre coincide con el aceptado por la mayoría, con eso que los cursis llaman el establishment. Una suerte de club en el que todo el mundo quiere entrar aunque para ello se deba aparentar estar muy interesado y muy puesto en los autores que el cenáculo ha consagrado oficialmente para su adoración incondicional. Ocurre entonces que uno ya no sabe si tiene atrofiado el intelecto, si ha perdido toda sensibilidad o si pertenece a otra dimensión del espacio-tiempo pues al atribulado lector le es imposible hallar en aquella idolatría libresca del insigne ateneo de sabios los tesoros que éstos descubren en cada página escrita por su prócer, deificado y venerado en los altares de las columnas periodísticas, de las tertulias literarias, de las librerías outsiders. Y a mí ya me deben de estar seduciendo algo, pues en las pocas líneas que llevo escritas hasta aquí atesoro ya dos anglicismos muy  chupiguays, de esos que uno debe soltar en los corrillos que se producen tras la asistencia a las presentaciones de libros. Pero no, la cursiva delata mi resistencia, del mismo modo que mis silencios en esos corrillos de marras delatan mi perplejidad ante los juicios hiperbólicos sobre autores que no me han dicho nunca nada o que maldita la noticia que tengo de ellos. Y a ver quién es el guapo que se pone contestatario ante estas verdades literarias nunca puestas en duda, cuando todo quisque habla maravillas y los entendidos las ratifican en sus sesudas reseñas. Tiene uno el riesgo de ser excomulgado de inmediato por su santísima autoridad literaria y sacrificado a la pira de los necios incapaces de admirar tamaño magisterio. Me pasa con Roberto Bolaño –¡oh, anatema!– y un  poquito menos con Julio Cortázar –¡oh, herejía!–. Si en nuestro tiempo uno no se considera bolañista convencido es imposible sobrevivir en los nuevos casinos de la palabra. Existe, además, una pléyade de autores que siempre estará en los decálogos de los bolañistas. Es como una constelación necesaria y contingente, un sistema de relaciones literarias inevitable. Hagan la prueba: busquen en Google a Roberto Bolaño y comprobarán atónitos cómo el buscador le responde sugerente: “Otras personas que buscaron a Roberto Bolaño, también buscan…” Y ahí aparece el glorioso listado de autores afines, de los que yo salvaría a escasos cuatro o cinco. Venga, a seis. Mejor no entrar en detalles del donoso escrutinio, no vaya ser que pierda amistades, que no me inviten a presentar libros o que, directamente, me lancen a aquel círculo noveno del infierno donde Dante colocó a los traidores.
Juro que lo intento. Que escudriño cada frase, que me sugestiono hasta creer haber hallado la piedra filosofal en aquel otro párrafo, que invento –hasta creérmelas– sugestivas interpretaciones sobre el argumento para darle la razón a toda esa gente entusiasta que no puede estar equivocada. Pero no puedo. Frustrado, agarro el libro y lo cierro con un gesto, a veces de desolación, a veces de agravio por la tomadura de pelo. Entonces, cuando creo que mi brújula está desnortada sin remedio, me refugio en mis autores favoritos, que aparecen mucho menos en los suplementos culturales y de los que incomprensiblemente casi nunca se habla en los debates literarios, y respiro. Y me reconcilio con la literatura y conmigo mismo. Y pienso –qué caray–, que no. Que mi intelecto y mi sensibilidad parecen estar en buen estado de revista. Y que no soy un bicho raro ni puedo estar tan equivocado. Y la brújula vuelve a señalar el norte.

lunes, 10 de septiembre de 2018

414. Cuando el dolor ajeno es el propio



Cuando desde la crítica literaria se pondera el valor de la autenticidad, sobre todo en aquellos casos donde se relatan sucesos reales, no se hace tanto para destacar la prolijidad de los detalles narrativos, su rigor argumental o documental, ni siquiera su verosimilitud. La autenticidad tiene más que ver con la verdad experiencial, que puede emanar tanto del contenido que se evoca como del propio proceso de escritura y su trance a la hora de volcar sobre el papel la visceralidad de la que se nutren las palabras. En ese sentido, lo auténtico es esa punzada imprecisa pero certera de verdad donde lo literario se comporta como mero nigromante para quedar trascendido luego por esa sinceridad radical que lo inunda todo en el texto. Conviene, eso sí, que a esa franqueza inapelable y torrencial se le ciña la brida de la contención para que su galope no levante la polvareda del exceso, de la cursilería o del morbo en que tan fácil es incurrir cuando se desbocan los corceles del alma.
Sirva todo este amplio preámbulo para concluir que El dolor de los demás, de Miguel Ángel Hernández es, efectivamente, una obra de una autenticidad deslumbrante, administrada con la dosificación que el magisterio narrativo pero también la conciencia ética ejercen sobre un asunto tan delicado y doloroso. Y es que la novela evoca el crimen real acaecido en la Nochebuena de 1995, cometido por el mejor amigo del autor, quien asesinó a su propia hermana y luego se suicidó tirándose por un barranco. La reconstrucción de los hechos, que ocultan algunos pormenores aún oscuros, podría dar lugar a una suerte de novela detectivesca con vericuetos insospechados que alumbraran alguna sorpresa escondida tras la pátina de lo archivado o que reparase algún agravio desapercibido en una investigación a la que se ha pegado carpetazo demasiado rápido. Sin embargo, pronto nos damos cuenta de que todo el libro es, en realidad, un registro personal del proceso de escritura, un cuaderno de notas previas que, una vez ordenadas, debían convertirse en esa novela policíaca que nunca se llegó a escribir porque lo importante ya no era la novela misma sino las propias notas, la catarsis que el proyecto literario, en su estado embrionario, estaba ejerciendo sobre el autor. Resulta que el embrión era, en realidad, la criatura misma. La búsqueda de sí mismo y la reconciliación con su tierra, esa huerta murciana que, a veces, y salvando las distancias, llega a parecerse a aquella Albufera de Blasco Ibáñez, cuyo ambiente sofocante y cerrado parece propiciar el advenimiento de las bajas pulsiones. Al libro lo jalona, además, toda una serie de escrúpulos éticos sobre la conveniencia de desenterrar el dolor de los demás, algo que me recordó un tanto a las reticencias que Fernando Aramburu exponía en Patria a la hora de escribir sobre ETA. Quizás por eso, Miguel Ángel Hernández halla en la resurrección literaria de Rosi, la víctima del relato, un contrapunto a esas reservas morales, y de algún modo le redime y le justifica. De todos modos, nada puede reprochársele en ese particular al autor. Porque cuando Miguel Ángel Hernández exhuma el dolor de los demás, cuando revive el miedo de tantas personas aterradas por aquel suceso, está también tratando de curar el suyo. Porque el dolor de los demás, es muchas veces, el dolor propio.