miércoles, 13 de noviembre de 2019

464. Persianas: "Cápsulas de un tiempo detenido"



"CÁPSULAS DE UN TIEMPO DETENIDO"
Por Pilar Blanco Díaz
Texto de presentación de Persianas en la Librería 80 Mundos
 (Alicante, 7 de noviembre de 2019)

Profesor, articulista del Diari de Tarragona, sostenedor de un blog literario Cesó todo y dejeme, prologuista, reseñista y escritor de vuelo amplio, Fernando Parra, catalán de raíces andaluzas, se estrena con esta obra en la novela, género que considera su preferido y en el que dice encontrarse más cómodo. Según confiesa, la escritura para él no es un oficio o una afición “el jobi” por el que la gente pregunta, sino una forma de entender el mundo. Tanto es así que la segunda novela, El antropoide, ya está lista para su publicación por la Editorial Candaya en otoño de 2020, y la tercera progresa adecuadamente. Pero no debemos extrañarnos: si los seres vivos respiran y los escritores escriben, es lógico que Fernando, que es escritor probablemente desde antes de adquirir consciencia de ello, lo haga con tanta sinceridad y honestidad, desde la médula. ¿Qué si no?
[…]                                                                                                               
En mi opinión, Persianas podría haberse llamado “cápsulas de un tiempo detenido” (frase que aparece en el cap. 2), pues si de algo habla aquí Fernando es de tiempo, de instantes, de la memoria que congela el pasado y lo aproxima. Aunque, como dice la poeta Julia Uceda, "recordar no es siempre regresar a lo que ha sido". La literatura es el conjuro con que la realidad, incluso nuestra vida, se convierten en ficción. Y la persona en personaje. Y los finales en felices o dramáticos a conveniencia de la trama. Quizás ese sea otro aliciente para convertirse en escritor.
Porque "somos épica y fugacidad, polvo que arrastra el vendaval de la historia" en palabras de Walter Benjamin, surge la literatura como antídoto contra el veneno del olvido, para asentar aquello que se aleja, para hacerlo inmortal. Sin ella, los años de oprobio serían también años de ceguera.
El mundo que conocemos está construido sobre ruinas y cadáveres, cantos triunfales y gritos de dolor. En él hay una historia externa y otra furtiva, una gloriosa y otra mínima cuyos protagonistas no saben que lo son, pues viven sofocados por el gris de sus vidas grises. Por eso es tan necesaria la Literatura, no solo para ensalzar fazañas, sino para encarnar los sueños modestos, el clamor colectivo, los raptos del espíritu, la memoria humillada, el afán de seguir adelante abrazados a la esperanza.                                                                                                                             
En estos sueños modestos, en estas vidas pequeñas se ha volcado Fernando en su primera novela, así que pongámonos a la faena y a ver cómo salimos de este tuerto.
¿Silbamos a ver si alguien viene a ayudarnos?

Primer silbido: el título.

“Las persianas se parecen siempre a sus dueños”, dice el comienzo de la novela. Con semejante afirmación la atención del lector queda atrapada desde el principio. Ante nuestros ojos lectores, instalados en la atalaya que es la ventana de Rodrigo, se desplegará un paisaje de barrio con casas de pisos llenas de ventanas, y como la acción no transcurre en Escandinavia, ventanas llenas de persianas que guardan, tras sus lamas, lo que imaginamos de la vida de los otros, metáfora de la propia escritura.
 Porque «persianas» remite a algo cotidiano y aparentemente anodino, pero también implica lo que protege la intimidad de la observación ajena. Sin mirada no hay escritor, luego es importante que la persianas encubran pero al mismo tiempo desvelen. (Tendréis que leeros el libro para comprenderlo del todo).                                                    
Las persianas, además, son un artilugio que se estira y se enrolla como lo hace un relato, como se devana un ovillo, que eso es narrar: hilar, tejer.
Persianas, finalmente, me hacen pensar en persa y persa en Sherezade y los mil y un relatos que le salvan la vida. La fantasía surge al final del hilo como al final del cuento nace su verdad. Fijaos si da de sí el título.

Segundo silbido: la infancia.
¿Qué pueden tener en común unas persianas, un niño de nueve o diez años, un barrio obrero de Tarragona, un tablero de la oca, los atentados de ETA, el póster galáctico, un extraño vagabundo, los tebeos, un pueblo de Jaén, Barrio Sésamo, una niña rubia, un fantasma y el vino de El Bierzo, entre otros muchos? ¿Cómo un mundo tan pequeño puede reunir dentro de sus lindes lo real y lo imaginario, la rutina con el relámpago de lo inesperado, el pasado con el futuro? Pues bien, el nexo copulativo que consigue que elementos tan dispares confluyan en un mismo espacio-tiempo es la infancia.                                                                                  
Dice el poeta Rilke que la verdadera patria del hombre es la infancia. Podemos estar o no de acuerdo con considerar que tras los muchos exilios de la vida se regresa a ese origen inviolable, el que nunca traiciona, base del dolor futuro o la futura alegría. Pero lo que sí es cierto es que infancia y memoria constituyen un semillero para cualquier escritor. Para consagrarlas o desmontarlas, que ahí cada uno puede y debe obrar con libertad.
Escribir es magia y es asombro. Cuando la narración toma las riendas, salen en riguroso desorden recuerdos de la imaginación e invenciones de la biografía, aspiraciones nunca alcanzadas y miradas dispuestas no a re-crear los hechos, sino a crearlos directamente.
Y eso es lo que tenemos hoy ante nosotros, una primera novela sustentada en lo autobiográfico y en la necesidad de interpretar el pasado y a sus héroes anónimos mediante una ficción mitificadora que le dé sentido al presente: el “os cuento para contarme” que Fernando Parra resuelve con talento al permitir ma non troppo que su personalidad se imprima en el aprendizaje de vida del desorientado Rodrigo.
A este propósito creo que vienen bien las palabras de Josep Maria Esquirol: la memoria no es memoria del tiempo pasado, sino ampliación y enriquecimiento del presente, ese presente al que llegan como los restos flotantes de un naufragio ecos de un malestar que hace al protagonista sentirse incómodo en su propia piel, en cualquier lugar donde sea visto diferente, “charnego”en Cataluña, “catalanito” en el pueblo de sus padres; incómodo también en una edad y en unos sueños enredados en la niebla o en las exudaciones de la fábrica, tanto da.
Este malestar aflorará finalmente en un sentimiento de infancia traicionada:
En aquella plaza había un niño que había descubierto la promiscuidad inherente a la nada. Su corazón no pertenecía a nadie. Un niño de los ochenta que tarareaba las letras de Renato Carosone y que se sabía las canciones de Cecilia, y de Palito Ortega y de Serrat; un niño mediterráneo a quien ponía triste el mar; un niño que se sabía niño pero a quien le habían explicado los secretos de la tinta invisible y el mal que se oculta tras una pastilla de jabón; el catalán de Andalucía y el andaluz de Cataluña y ni una cosa ni la otra. Solo el barrio, su familia y don Ramón.
Pongamos, de la mano de Fernando, a un niño ante el mundo. Juntemos lo rutinario con lo inventado, lo doméstico con la aventura, lo real con un caleidoscopio de interpretaciones, todo lo que se necesita para circular por una realidad que en nada se parece a como nos la endulzan cuando somos pequeños.
Todo niño (y bastantes adolescentes) es un artefacto explosivo de difícil control. Puede que nunca estalle, pero el riesgo siempre está ahí, y uno que colecciona cromos, ve la tele y lee     
libros crea además un universo propio hecho de retales frankesteinianos, que el autor ha representado hábilmente con la inserción de numerosas cartas dirigidas por el protagonista, a los personajes que poblaban la infancia de los niños de su generación: tiernos como Chanquete, E.T. o Scooby Doo; heroicos con su lado canalla como M.A o el lagarto bueno de V, de entendederas ágiles para resolver enigmas como Jessica Fletcher o McGyver, humanos, animales, alienígenas, dibujados, de celuloide, de trapo….
Su inocencia se transparenta en esos reproches, peticiones de ayuda, consejos o simples desahogos que suponemos sin respuesta.  Pero también sorprende la urgencia por saber, por actuar, pues su cabeza, con todas sus cavilaciones y temores, nunca se está quieta. El entorno confortable ha empezado a tambalearse -se vislumbran a lo lejos los inevitables terremotos y erupciones volcánicas de la adolescencia- y ante ellos cualquier apoyo es bien recibido. Pues si la sociedad se conmociona ¿cómo no van a hacerlo los insignificantes protagonistas de la intrahistoria, que constituyen un fondo social inseparable de la peripecia personal de la novela?: "Tras ellas hay personas igual que estas persianas. Gentes de vidas grises y anodinas, que se dejan levantar cada mañana por la polea de los días sin saber demasiado bien quién tira de la cinta ni por qué".     
Así las cosas, coloquemos, como decía, a ese niño en una época histórica y en un lugar, varios meses de 1987 en el barrio de Bonavista de Tarragona, “la periferia de la periferia”, habitado mayoritariamente por familias procedentes de Andalucía, Extremadura y Castilla que: soportábamos la contaminación y los olores nauseabundos. "El azul de nuestro cielo enfermo adoptaba los tintes purulentos de los gases amarillos. A veces, una fuga accidental de etileno explotaba con estrépito tal que la onda expansiva quebraba los cristales o bofaba las persianas de las cocheras".
A la manera de un personaje de Mark Twain, Laforet o Marsé, Rodrigo, cuya memoria (y la de Fernando agazapado detrás de la persiana) está formada por lecturas, música, series de televisión, actores y personajes de la programación infantil, pero también por las calles y plazas del barrio, el descampado, la escuela, la mercería de Antonio,  el quiosco de los cromos, el pueblo de sus padres… deambula por ellos a través de la reconstrucción de un tiempo que ya fue y dejó profundas huellas en el adulto actual y en su relato, constatadas en expresiones como: cuando tuve la edad suficiente; como acabó con mi infancia feliz, amplificadas ahora que escudriña el hombre y no vio el niño, etc.                                                                                                               
Una primera novela es muchas veces una salida airosa para un recuerdo que supura, el de un niño huérfano, vendido por su madre, rarito (Tom Sawyer; Lázaro de Tormes, Harry Potter), el de una muchacha desarraigada (Andrea en Nada, de Carmen Laforet); el de quien, por la razón que sea, pierde pie, paisajes, infancia. Escribir se convierte entonces en el bote salvavidas que rescata -porque anticipa la madurez- pero también que condena a habitar la realidad más ramplona, porque cierra definitivamente la infancia:
"Hacerse mayor es reescribir el libro que los adultos dejan en tu mesita de noche, glosar sus páginas al margen, con la ironía pintada en la cara y el remordimiento del sacrílego que ha alcanzado la sabiduría; dotar a las viejas palabras de tus padres de su verdadero sentido oculto. (…) y así es como el pozo del descampado que succionaba a los niños para llevarlos al infierno era tan solo una vulgar alcantarilla sin tapa (…); que todo esto era, al fin, la vida: una sucesión de renuncias a lo maravilloso y un paulatino descreimiento de todo: de los Reyes Magos, del Ratoncito Pérez, del cagatió, de la vida eterna, de la inmortalidad de tus padres".
Desde el los sueños juveniles se corrompen en boca de los adultos de un Juan Marsé muy presente en este libro, al anticipo del capítulo nueve:
"…ajeno a todas cuantas tristezas hubiera conocido nunca y que habría de acompañarme ya para siempre marcando con su hierro candente los surcos por donde han muerto todos los niños que fui".
Y que rematará en el capítulo 24: "creo que fue mi infancia la que se hizo al fin pedazos, ahora ya sí, para siempre".
El tono es sentencioso, la conclusión amarga, el estilete crítico asoma de vez en cuando, pero en la disección de los ojos adultos. El niño bastante tiene con torear sus propias incertidumbres.
No hay demasiada condescendencia en el autorretrato que el narrador hace del niño que fue, dibujado con el pincel del humor de quien sabe reírse de sí mismo, el torpe, el inadaptado, el medroso, el enamoradizo, el graponer. Y el inseguro, porque quien es demasiado consciente de los huracanes y bandazos de la existencia tiene esa fragilidad que termina pareciéndose a la fortaleza: "Los hijos de los charnegos, en cambio, éramos solo un injerto extraño, una especie híbrida, únicamente segura de su savia cierta pero ni olivo ni avellano, charnegos por herencia y catalanes solo por casualidad. Catalanes incompletos que hablaban castellano, lo que para algunos resultaba un estigma insuperable, como si existiera una única manera de ser y sentirse catalán, el catalán canónico de un oficialismo marginador que todavía no había puesto completamente sus cartas bocarriba. El charnego levantaba así Cataluña con su trabajo sin saber que algún día habría de ser excluido de un proyecto de convivencia que consideraba común".,

 Tercer silbido: la memoria.
El niño creció. Y su mundo se convirtió en distancia, la que permite poner las cosas en su sitio, la memoria en la pluma. Con esa distancia y solo entonces empieza la fábula, que incluye todos los ingredientes necesarios para engatusar al lector. A partir de una geografía cotidiana y segura: vidas pequeñas e insignificantes en microcosmos que son mundos, se esbozan el misterio y la aventura, connaturales a la necesidad infantil de trascender lo familiar y gris tiñéndolo con los colores que, por ejemplo, el cine brinda: igual que hacían los mafiosos de las películas; igual que en las películas de miedo; quizás por eso le parezca todo esto una película…
Así, ya en el capítulo cuatro se entreabre la cripta del misterio con el suceso de Camilo, al que se suma la figura admirada pero pronto sospechosa de don Ramón; o de Severiano Cano, el gitano, los acontecimientos reales de los atentados de ETA en la Petroquímica de Tarragona y en Hipercor, la extraña huella en el plano, el tambor de la persiana…
Pero también da sus primeros zarpazos el amor, desarrollado, como los demás temas, desde un punto de vista épico muy literario: los mensajes voladores escritos con zumo de limón, el anhelo caballeresco de protección de la amada, el mercadeo con los afectos, la traición y el desengaño.
Hasta la muerte planea por la novela como por la vida, de manera lejana a través del atentado de ETA, de manera más próxima a costa de Camilo.
No podemos dejar a un lado el componente de denuncia que la novela tiene, y que sin ser el tema central sí la atraviesa de parte a parte, sobre todo en lo que se refiere tanto al engaño y decepción de personas admiradas o queridas como al afán de insistir en las diferencias en lugar de en lo que nos une; y al nacionalismo de cualquier sesgo que se basa en la superioridad de unos sobre otros por su lugar de origen, su lengua, su piel o su nivel económico y que fomenta la desigualdad, como leemos en la casi letanía:
"Y, sin embargo, hay más miedo y más perturbados en el mundo de ahí fuera que en los manicomios encantados.
Miedo a los hombres que dicen liberar pueblos subyugando con el terror a otros pueblos.
Miedo a la tiranía del dinero, que envilece a los hombres y enfanga sus ideales.
Miedo al amor, que turba las mentes, las obsesiona y las pierde.
Miedo, cada noche, a que se mueran tus padres.
Miedo a las Aurèlias, que cifran la virtud de un hombre en el idioma que habla, en el pedigrí de su sangre y en el tonto amor a un trapo que llaman bandera.
Miedo a los muros y a las fronteras.
Miedo a los suicidas que abdican del mundo.
Miedo al miedo y a la hipocondría de vivir".
          
  Decía Valente que “solo se llega a ser escritor cuando se mantiene una relación carnal con las palabras”, y esta es otra característica que constituye la espina dorsal de la prosa de Fernando, en la que vemos rasgos descriptivos de Azorín o Miró morosamente repujados, una complacencia verbal casi barroca, ironía cervantina y regodeo en las palabras y las metáforas, paladeadas, masticadas, sinuosas como serpientes cuyo ondular le va dando forma al relato, que arrastra literatura a manos llenas.
He aludido con anterioridad al humor, pero es un humor muy entretejido también con el lenguaje, como puede apreciarse en construcciones como: encuentro interventanal, genocida dental, ropa de abrigo para el clima celestial, epilepsia mandibular, almúedanos de barriada llamando desde minaretes de geranios, hordas guripas o el onomatopéyico y casi irreproducible un burro rebuzna
su asma en los establos; en otro sitio una gallina cococomenta con las cococomadres algún cococotilleo de la granja; un pavo real amanece sus ojos de fátima sobre el cielo de su manto de plumas…
El niño que fue ya había puesto la primera piedra del adulto que rememorará aquellos días, y su mundo referencial no se circunscribe tan solo al físico o al emocional. Está hecho de una epidermis literaria que salta en cualquier párrafo más o menos embozado como forajido del Oeste. Veamos algunos ejemplos: Como decía Pedro Salinas, “destinos de trueno y rayo”; maestro de componer virgos (musicales), con su aroma celestinesco; como en el romance; como   la tregua de una batalla homérica; como un Cid a lomos de su Babieca; sacada de algún cuento de los Hermanos Grimm; esto la niña dixo e tornós para su casa…
El lenguaje se convierte entonces en un juguete, arcilla que moldear, masa que se lleva a boca y se comparte con el lector como quien comparte un secreto valioso o lo inicia en un rito esotérico que marcará su vida futura. Nadie que lo haya leído o haya asistido a una clase de Fernando se extrañará. Es escribir con el mismo aire que se respira.

El tiempo se me acaba. Es hora de ir bajando la persiana de esta presentación y salir a las calles de la novela para tomar un aperitivo con Fernando y Rodrigo y dejar que se expliquen. Que nos aclaren su maña artístico-manual con resultado de bodrio, o su debilidad del “llorando al mar soñé”. Para que oigamos al charnego, al catalanito, al alicantino por amor.
Porque las persianas se parecen siempre a sus dueños. Y los libros también.


                                  

lunes, 11 de noviembre de 2019

463. Marsé ya los había calado



Juan Marsé es uno de los veinte intelectuales que se han adherido al manifiesto contra el Poc Honorable President Quim Torra impulsado por la plataforma Recortes Cero. Junto a él, otros nombres de reconocido prestigio, como los de Luis Goytisolo, Javier Marías, Javier Cercas, Juan José Millás o Rosa Montero, dan lustre y enjundia a un texto que rechaza el sesgo autoritario y antidemocrático de quien alienta la violencia y el pensamiento único en Cataluña. La adhesión de Marsé es especialmente significativa. Todavía recuerdo con tristeza cómo sus libros aparecieron un día en algunas bibliotecas catalanas señalados por algún cobarde anónimo con el baldón de «botifler» escrito entre sus páginas, igual que hacían los esbirros de las juventudes hitlerianas en las persianas de los comercios y en las fachadas de las casas de los judíos. El señalamiento alevoso siempre ha sido cosa de los niñatos fascistas. Pero detrás de esos niñatos, manipulables e ignorantes, siempre hay un instigador de despacho y corbata que les hace creer que su causa es noble e histórica, mientras él vive de la sopa boba.
Ahora, esos niñatos estudian en la universidad cuya matrícula les ha pagado papá y, como queriendo emular la épica de las revueltas universitarias de antaño, hacen su huelguita de niños consentidos y creen que están escribiendo la Historia. En Últimas tardes con Teresa, Juan Marsé retrataba la hipocresía de la joven burguesía catalana que jugaba a la revolución social, acomplejada tal vez por la incomodidad que en sus conciencias ejercía su condición de clase alta heredada, en una época, las de los últimos años de los 60, en que se estilaba, como una moda para estar en la onda, rebelarse contra el orden elitista de las jerarquías estamentales y enarbolar la bandera de la lucha por la igualdad. Era muy fácil, eso sí, jugar a ser subversivos desde los palacetes de Sant Gervasi a cuyo amparo siempre se podía regresar cuando venían mal dadas. Y así, al final de la jornada de idealismos de juguete, los charnegos seguían estando donde debían estar y los niños pijos dormían entre sábanas de holanda con sus caras beatificadas por el deber moral cumplido.
Marsé ya había calado hace más de 50 años, aunque en otro contexto, a los mismos que hoy se manifiestan en las puertas de las universidades e impiden a los que no piensan como ellos su derecho a las aulas. Ya no son aquellos jóvenes, igual de hipócritas, que retrató Marsé. Ahora el ideal no es la lucha de clases, sino la arcadia del independentismo, la gloria de la nación frente a la otra nación, opresora y fascista, la misma nación opresora y fascista que acaba de exhumar al dictador o la misma que les permite a ellos manifestarse. ¿Qué sabrán estos revolucionarios protegidos por sus mamis sobre naciones opresoras, más allá de la que ellos mismos desean construirse? ¿Qué sabrán de idealismos estos flojos de piel fina que reclaman exámenes a la carta e indultos académicos? Siempre en las huelgas, quienes las secundaban, sabían que en su sacrificio había una renuncia, en el sueldo, en el despido, en la comodidad de sus vidas, porque colocaban sus principios por encima de sus privaciones. Ahora estos rebeldes de camping-playa lo quieren todo, faltar a clase y no perder el derecho a examen, y en sus sentadas exhiben en sus carteles la lista de peticiones solidarias para la causa: cargadores portátiles para el iphone, almax para las malas digestiones, comidas adaptadas para las alergias alimentarias. Pobrecitos, qué duras las revoluciones. Y si apedreo al policía, siempre podrá venir mamá a consolarme y a gritar a los cuatro vientos que su hijito inocente, el que tiraba los cócteles molotov ha sido víctima de la represión policial. Luego, en casa, la mamá le colocará con cariño, unos apósitos mentolados en la frente y le acariciará el pelo. El nene dormirá hasta el día siguiente. Le espera otra jornada con su cita con la Historia.

lunes, 4 de noviembre de 2019

462. Solo Literatura, por favor



Ha sido conocerse el nombre del último Premio Nacional de Narrativa para que a muchos que ni siquiera han leído un solo libro de Cristina Morales les haya faltado tiempo para poner el grito en el cielo. Uno de los más vehementes en su rechazo a la decisión del jurado ha sido Albert Rivera, quien en un tuit escribía: «Espero que prenda fuego al cheque de 20.000 euros del pueblo español al que odia». El presidente de Ciudadanos se refería con su invectiva a las declaraciones de la escritora granadina en las que afirmaba que «es una alegría que haya fuego [en Barcelona] en vez de cafeterías abiertas» denunciado su hartazgo por la gentrificación y turistificación que sufre la ciudad condal, donde ella vive. Sin entrar a valorar los arrebatos de ese sucedáneo anti-sistema que es muchas veces Cristina Morales, entre las consideraciones que se arguyen respecto al galardón no hay ni una sola que se base en criterios estrictamente literarios. Bueno, alguna hay, claro, pero ensombrecida por la polémica de marras. O lo que es lo mismo: en un premio literario se habla de todo menos de lo que realmente le atañe a un premio literario, o sea, de literatura.
Ese vicio de mezclar churras con merinas en el campo de las letras tiene ya un recorrido dilatado en el anecdotario literario patrio. En el año 2009, la delegada de Participación Ciudadana del Ayuntamiento de Sevilla, Josefa Medrano (IU) prohibía un acto de homenaje a Agustín de Foxá en el 50 aniversario de su muerte. Primaba en ese veto el pasado falangista del escritor, no su valor literario, adscrito las más de las veces a una estética posmodernista y atenta también al magisterio de Lorca o Neruda.
La instrumentalización de la figura de Rodrigo Díaz de Vivar por parte del régimen franquista para la exaltación de los valores nacionales cayó como una losa durante nuestra posterior democracia sobre el prestigio artístico de nuestro primer monumento literario, el Cantar de Mio Cid, más aún cuando el adalid de su recuperación fuera don Ramón Menéndez Pidal a quien muchos continúan, desde el desconocimiento más absoluto de su biografía, vinculando a la ideología del franquismo.
Hace unas semanas leía en El Periódico una feroz columna del escritor Kiko Amat contra Camilo José Cela a colación de la triste polémica que enfrentó en la década de los 80 al autor gallego con un entonces joven Antonio Muñoz Molina. La diatriba de Amat contra Cela adolece de varias fallas. La primera es la arbitrariedad de rescatar ahora aquella acre controversia que se remonta a más de tres decenios, con Cela ya muerto hace 17 años. ¿A cuento de qué? Y admirador fervoroso como soy de Antonio Muñoz Molina, claro que no puede más que dolerme el comportamiento de Cela con el escritor jienense, pero eso no va a nublarme tanto el entendimiento como para no considerar al autor de La colmena como uno de nuestros más insignes narradores. Que Kiko Amat se dedique a la escritura y, sin embargo, se preste a ese amarillismo extraliterario todavía convierte su dicterio en más deleznable. O quizás no tenía tema para su columna de esa semana lo que, siendo escritor, debería preocuparle un poco.
Rosa Regás declaró no hace poco en el diario Información de Alicante que «yo no existo en Cataluña porque escribo en castellano». He aquí otro factor que nada tiene que ver con la literatura. De Pérez-Reverte, quizás porque él también se lo ha trabajado a conciencia (en literatura, sobre todo, hay que ser visible mediante el ardid que sea) todo el mundo habla de sus tuits y poco de sus libros. Por no hablar de la instrumentalización política ejercida sobre Miguel Hernández o Lorca. De este último dice el maestro Prieto de Paula en su última antología sobre el autor granadino que la fama de Lorca «ha desbordado no solo las fronteras geográficas, lingüísticas y culturales, sino, sobre todo, su propia condición de poeta».
¿Para qué seguir con la lista? El día que decidamos dejarnos de debates espurios y hablemos solo de literatura, los envites serán de palabras forjadas en el ardor intelectual y no en la fragua de las cosas que no importan. De las cosas que nunca importaron.

domingo, 13 de octubre de 2019

461. Los 'hunos' y los 'hotros' y la casa sin barrer




Qué cansancio de país esta España nuestra en la que todos los santos días andamos a la greña por todo. Cuánto ruido y cuánta crispación interesada y cuántos ofendidos y cuántos ofensores y qué hartazgo de exaltados y qué asco de urdidores malintencionados y qué náusea de incendiarios profesionales. Y qué ganas de meterse uno en un iglú en mitad del Ártico y mandarlos a todos a paseo.
 Alejandro Amenábar ya debía de saber lo que se le venía encima cuando decidió rodar su última película, y eso que, como ha dicho Pérez-Reverte, Mientras dure la guerra tiene la virtud de la ecuanimidad que algunos degradarán a la tan traída y llevada equidistancia para menoscabar su trabajo. Y así es como Amenábar acabará ofendiendo a los ‘hunos’ y a los ‘hotros’ por usar la famosa dicotomía unamuniana. Los ‘hunos’ lo acusarán de maniqueo, los ‘hotros’ de tibio y así ya tenemos a Amenábar en el paredón, listo para ser fusilado por tirios y troyanos. Porque en este país no cabe la visión comedida, aquí eres rojo o azul y no hay medias tintas. Y así nos va. A nadie se le escapa la adscripción ideológica de Amenábar; por eso es aún más meritorio su comedimiento a la hora de plasmar aquellos primeros días de la guerra cainita que tiene muchos más matices y complejidades que las simplificaciones a las que se la ha venido sometiendo. ¿Acaso alguien no se cree que a Amenábar le habría gustado cargar más las tintas contra su adversario ideológico natural? Pero Amenábar es un intelectual y al intelectual se le presupone la sujeción de la brida emocional en pro de la lucidez y de la honestidad. De eso sabe algo Manuel Chaves Nogales. La figura de Unamuno, excepcionalmente interpretada por Karra Elejalde, se erige en la cinta como la más clara alegoría de las contradicciones que todo conflicto bélico e identitario ejerce sobre quienes lo sufren. Que un intelectual de su categoría transitase en la ambigüedad ideológica, dando bandazos inciertos a un lado y al otro, solo confirma lo que la duda significa para el hombre de estudio: inteligencia y no arrebato. La película ensaya sobre la figura de Unamuno el gran cisma de nuestro patriotismo reciente. En ese sentido es memorable la escena donde el gran escritor vasco discute durante horas con Salvador Vila o aquella otra en que los falangistas de nuevo cuño corean el himno monárquico sin conocer muchos de ellos la letra de Pemán, que sustituyen por el tarareo, que no es  más que el balbuceo de una patria impuesta. A las contradicciones de Unamuno quizás le falten algo de profundidad y de análisis. Del mismo modo, determinados histrionismos como el de Millán Astray (genial Eduard Fernández) durante el famoso debate en la Universidad de Salamanca, cuando superado por la inteligencia de Unamuno emite un balbuceo ridículo que luego sustituye con el grito de España, pueden estar bien como metáfora de la falta de argumentos de la fuerza bruta, el “viva la muerte” de Astray, pero quizás habría que huir de esquematizaciones fáciles, si bien podemos disculpar, dado el esfuerzo de contención de su director, la parodia final de Franco posando a caballo.. El dictador, por cierto, aparece muy bien configurado, sobre todo en su vertiente de inteligente estratega militar y gestor del poder (interesantísima la inspiración cidiana para su intervención en el Alcázar de Toledo, renunciando a la conquista inminente de Madrid, conociendo como sabe que alargará la guerra pero que se arrogará la peformance de una épica que le valdrá para consolidarse).
De todos modos, más allá de politiqueos, a mí lo que me gusta es ver a Unamuno haciendo animalitos de papel en el Novelty. En la paz de la tertulia. En el iglú. Mientras, siguen peleando los ‘hunos’ y los ‘hotros’ y así andamos: con la casa sin barrer. 83 años después.

lunes, 7 de octubre de 2019

460. Ofendiditos


 Me entero por un artículo del dramaturgo Alberto Conejero de que la compañía cinematográfica Warner Bros se ha visto obligada a emitir una nota explicativa donde deja claro que una de sus última películas, Joker, no constituye un alegato a favor de la violencia. Y yo me pregunto, ¿de verdad alguien en su sano juicio ha pensado realmente que la productora, el director, los actores y toda la larguísima nómina de profesionales que participaron en la cinta se habían confabulado para dar al mundo un ideario programático y sectario del mal a través del cine? Pues seguramente sí, porque de lo contrario, la ya casi centenaria empresa estadounidense no habría tenido que salir a la palestra para desmarcarse de su supuesta connivencia con el Maligno. Está claro, pues, que alguno de los miles de ofendiditos que fiscalizan nuestra moral y nuestra conciencia, arrogándose sin pudor esa autoridad, ha debido de poner el grito en el cielo porque –oh, anatema– el Joker es un sádico criminal y, lo que es peor, el séptimo arte lo legitima. Sin entrar en la infinita lista de cineastas, literatos, cantantes, pintores o escultores que, por esa regla de tres, tendrían también que pedir disculpas o explicar su intención a estos pieles finas de la moral, lo verdaderamente terrible es la cortedad intelectual de quienes mezclan churras con merinas e introducen de manera sonrojante la ética –su ética– en el campo de la pura ficción, territorio que por su propia naturaleza libérrima debe siempre permanecer ajena a ese tipo de juicios. Tener que explicarle a cualquiera de estos adalides del terrorismo moral la diferencia entre personaje, narrador y autor de una obra literaria, por ejemplo, es lo que da verdadero miedo, más aún que las atrocidades ficticias del Joker. Miedo porque demuestra el retroceso intelectual de quienes así se ponen en evidencia y miedo también por el retroceso en la libertad creativa, censurada precisamente por aquellos que creen estar defendiendo una suerte de progreso moral. Pensar que Dostoyevski es Raskolnikov o que Vladimir Nabokov es el depravado Humbert en lugar de pensar que ambos, desde la ficción, están buceando por las oscuridades del ser humano, es para hacérselo mirar. Como si no hubiera, como dice Conejero, escritores abyectos que han escrito novelas hermosísimas y, al revés, maravillosos seres humanos que han creado obras donde la vileza se enseñorea de cada una de sus páginas. ¿Qué tendrá que ver una cosa con la otra? La libertad de expresión artística, siempre que no esté concebida expresamente para hacer daño a particulares o que limite la libertad de otros (cosa esta última difícil porque uno siempre tiene la libertad de no consumir el arte del que no guste) debiera permanecer soberana por encima de cualquier prejuicio. Que el arte tenga que dar explicaciones, o peor aún, pedir disculpas por cuestiones externas al propio debate artístico demuestra hasta qué punto la injerencia de la dictadura moral ha traspasado todos los límites. El arte solo puede responder ante sí mismo, él es su tribunal y también la Historia, que reubica casi siempre con justicia el destino de una obra de creación. Y si nos ponemos morales, más inmoral me parece el caradura que expone en ARCO un calcetín colgado de una percha que todos los crímenes de Raskolnikov, Humbert y Joker juntos.

lunes, 30 de septiembre de 2019

459. Decir la muerte



El nuevo libro de Eduardo Ruiz Sosa es ese velatorio de madrugada en el que, transcurridas ya muchas horas desde que se está velando al muerto, los deudos escuchan los bisbiseos entelados de los parientes insomnes, y sus palabras hipnóticas reptan por la noche tratando de explicar lo inexplicable, de verbalizar la muerte para hacerla comprensible en el asidero protector de la palabra. La palabra, un amuleto. Y las historias asoman entonces a los labios de los vivos y su letanía dice que la muerte prestidigita las cosas del ausente; y que por eso hay hacerse con el fardo de sus recuerdos, aunque sea una maleta llena de huesos, aunque sea la herencia de una enfermedad en la que alojar al padre muerto, aunque haya que inventar un cadáver para dejar de sufrir su vacío intolerable. En los relatos de Eduardo Ruiz Sosa, escritos bajo el estado de gracia de un lirismo que transita ingrávido pero certero, afloran temas como la desmitificación de la épica de la vejez, el deterioro físico, la necesidad de la muerte digna, la denuncia de la violencia en México, naturalizada hasta trivializar la muerte misma, la desesperación ante la pobreza, las vejaciones y el drama del expatriado (muertes también todas ellas, con cadáver o sin él).
Escrito bajo la conmoción dislocadora de la muerte materna, extraña e inesperada, el autor busca en el sortilegio de la literatura el elixir con que saldar su amor de hijo. El texto final, titulado “Post Scriptum”, que es una coda del extraordinario segundo relato del libro, “La garra de la estatua”, parece consumar un alivio por mor del médium literario. Quizás esa mano que hay que restituir a la estatua de los deseos cumplidos sea el mismo libro que Eduardo Ruiz Sosa ha escrito. Si, parafraseando al poeta Jordi Villaronga, la muerte no es la muerte sino un muerto, este libro es la constatación de esa máxima al bucear en la experiencia de la pérdida desde la perspectiva de los que se han quedado en esta orilla, los vivos que permanecen con su muerto a cuestas y que asisten, ellos también, a la desaparición de la parte de sí mismos que estaba vinculada a los que ya no están. Necrosis del tiempo en la fosa común de las pérdidas que somos.
Además del magnífico tratamiento de los temas que el autor mexicano aborda en su libro, es insoslayable destacar la bellísima naturaleza de su prosa. Dotado de un don natural para la sentencia lírica, hay frases que son verdaderos trallazos en la sensibilidad del lector. Comparte con la poesía todos los requisitos del buen hacer del poeta de altos vuelos: hay musicalidad, hay cadencia, hay ritmo, y hasta la disposición tipográfica de algunos de sus pasajes emparentan con el verso y está inteligentemente distribuida. Lean el libro en voz alta o susurrando (estamos en un velatorio), pero escúchense al leer y comprobarán, si respetan esos emplazamientos espaciales de la prosa, cómo la rareza tipográfica tiene su razón de ser.
Autor de la celebrada Anatomía de la memoria (también publicada en Candaya), Eduardo Ruiz Sosa es, sin duda, una de las voces emergentes más importantes de la nueva literatura mexicana y un escritor llamado a colocar su nombre en los manuales de las letras hispánicas. No hay hipérbole en la afirmación de marras: Cuántos de los tuyos han muerto es de lo mejor que he leído en mucho tiempo. Lo certifica un vivo que lee.

lunes, 16 de septiembre de 2019

458. Las caries de los renglones



Estos últimos días los he pasado corrigiendo pruebas de imprenta a la caza de erratas y gazapos. En la última revisión, antes de dar por definitivo el texto de la novela, asistí con auténtico terror al hallazgo nada menos que de ¡73 errores! El dato no me habría asustado tanto si no fuera porque era la tercera o cuarta vez que revisaba el libro y porque no solo lo había examinado yo, sino varias personas más. ¿Cómo era posible que tal número de erratas hubiera escapado a la atenta y meticulosa vigilancia de tantos ojos y en tantas ocasiones? La conclusión probable es que es imposible acabar con ellas. Yo creo que se reproducen espontáneamente cuando nadie las ve. Derrotado, doy por sentado que alguna aparecerá indefectiblemente el día de la publicación de la novela y que su hallazgo, ya irremediable, me punzará como un dolor de muelas. No en vano, Pablo Neruda llamaba a las erratas las “caries de los renglones”.
Me tranquiliza algo comprobar que no me hallo solo ante la pandemia. Pérez-Reverte confesó que en El tango de la Guardia Vieja, ambientada en 1928, había hecho leer a su personaje una novela de Somerset (El filo de la navaja) publicada en 1944. En las siguientes ediciones se corrigió el anacronismo cambiando el libro del escritor británico por otro suyo, El velo pintado. Pablo Neruda, en sus memorias Para nacer he nacido, cuenta que Manuel Altolaguirre “procreaba erratas y erratones” y destaca la de aquel poema de un poeta cubano que había escrito en un verso: “Yo siento un fuego atroz que me devora”. El impresor malagueño, sin embargo, había colocado su erratón: “Yo siento un fuego atrás que me devora”. Altolaguirre y el poeta cubano tomaron una lancha y sepultaron los ejemplares en la bahía de La Habana. Luego Alberti, no sé si en su afán de exagerar el anecdotario de su generación, dijo que el tal poeta cubano era homosexual. El mismo Neruda se lamentaba de que en su Crepusculario apareciera en sucesivas ediciones el verso “besos, leche y pan”, cuando él había escrito “besos, lecho y pan”, y cuando leía las traducciones de su libro al inglés y leía aquel “milk” irreverente le costaba algunas lágrimas. Luego el poeta chileno debió de resignarse al fatum de la errata porque en su Tentativa del hombre infinito las dejó deliberadamente como fuente espontánea que ayudaba a su creación. En Arroz y tartana, su autor Blasco Ibáñez descubrió que su personaje, doña Manuela, se había levantado “con el coño fruncido”, en lugar de con el ceño. En la primera edición de  Mr. Witt en el cantón, de Ramón J. Sender, se había añadido una “h” a “God save the Queen” –Dios salve a la Reina– de modo que apareció “God shave the Queen”, es decir, “Dios afeite a la Reina”. Baroja contaba que en la enciclopedia de Espasa su novela La feria de los discretos, siempre aparecía como La feria de los desiertos; a Dumas le titularon su libro La dama de los camellos. A alguno, como Jaime Capmany, director del periódico Arriba, la errata casi le cuesta un disgusto: uno de sus redactores debía escribir que “el Caudillo era el Jefe indiscutido e indiscutible del Movimiento” pero se publicó “…Jefe indiscutido e indiscutible del Inconveniente”. Franco aceptó la errata pero instó a Capmany a tener más cuidado por si el “inconveniente” acababa siendo él mismo.
Se dice que la más antigua fe de erratas está en un libro de Juvenal impreso en Valencia en 1478 y que ocupa dos páginas. Yo, por si acaso, voy a ir terminando ya no vaya a ser que aún haya ocasión de que se me escope escote escupa escape alguna.

lunes, 9 de septiembre de 2019

457. Veneitxa está en Tarragona



La noticia de la cesión del archivo y biblioteca personales del escritor Rafael Azuar (1921-2002) al fondo bibliográfico del IAC Juan Gil-Albert de Alicante por voluntad de sus seis hijos ha vuelto a colocar el nombre del excelente autor ilicitano en la palestra literaria y, de rebote, nos sirve a nosotros también para vincular su figura con nuestra provincia, pues algunos de los avatares biográficos y literarios de Azuar lo emparentan, como veremos, con tierras tarraconenses.
A Rafael Azuar se le conoce, sobre todo, por tres obras: Modorra, ganadora del prestigioso Premio Café Gijón en 1967 y merecedora de las alabanzas de Josep Pla, entre otros; Teresa Ferrer (1954), cofinalista con Ignacio Aldecoa del premio que otorgaba el popular sello editorial La Novela del Sábado; y Los zarzales, galardonada con un tercer premio por la revista Ateneo de Madrid. De esta última novela cuenta José Ferrándiz Lozano, director cultural del IAC Juan Gil-Albert, que Azuar mandó el libro al Premio Planeta en 1958, y comoquiera que el escritor se enteró por la prensa que había quedado entre los finalistas, sintió la necesidad de comunicarle al editor José Manuel Lara que parte de la obra había sido distinguida en el premio de marras. La confesión solo sirvió para que Planeta retirara la obra seleccionada pero también para demostrar la honestidad intelectual de Azuar. En la solapilla bio-bibliográfica que la valenciana editorial Aitana incluyó en la posterior publicación de Los zarzales un año despues, se mantiene, sin embargo, su condición de finalista del Planeta, “obteniendo la calificación máxima de estilo”, uno de los criterios que debía de usar el jurado del cotizado galardón cuando el Premio Planeta era un premio literario.
Dos de las obras mencionadas, Teresa Ferrer y Los zarzales surgieron de la estancia de Azuar en La Vilella Alta, el municipio de la comarca del Priorat donde el escritor ejerció como maestro. A La Vilella Alta, Azuar la llama en sus novelas con el nombre de Veneitxa, y algunos de los detalles descriptivos permiten identificar el entorno geográfico de los espacios de la narración. Por ejemplo, y por nombrar solo uno de esos indicios, en Teresa Ferrer, Teresa y su amante se ven a escondidas entre las ruinas de una vieja licorería, probablemente la extinta fábrica de aguardiente, las llamadas “ollas”  que desde finales del siglo XVIII habían ido instalándose en diferentes municipios del Priorat. Los pormenores orográficos y florales de la zona contribuyen también a identificar Veneitxa como La Vilella Alta, por no hablar de cuando se nombra explícitamente la capital de Tarragona en algunos de los desplazamientos de los personajes. En ambos libros hay una profundidad psicológica de altos vuelos y a mí me ha llamado especialmente la atención la construcción casi alegórica de los personajes masculinos, como si fueran meros símbolos primitivos de una virilidad exacerbada y enigmática, a la manera lorquiana.
La relación de Azuar con Tarragona no termina, sin embargo, ahí. Su libro Poemas (1950), anterior a su oficio de novelista, se editó en la ciudad imperial con el mítico sello tarraconense Torres i Virgili, fundado por Josep Pau Virgili Sanromà, más conocido como “el iaio Virgili”, que ostenta su estatua sedente de eterno observador en su banco de piedra de la Rambla de Tarragona.
Ya nadie escribe como Rafael Azuar. Su preciosismo formal y su lirismo quintaesenciado, especialmente en sus descripciones rurales, engalanan los ojos del lector que, lacerado por el prosaísmo y la fealdad circundantes, agradece ingresar en ese extrañamiento del lenguaje artístico que debiera ser siempre el único idioma de la literatura

lunes, 5 de agosto de 2019

456. 'Un vaso de agua'



Ando enamorado de la poesía de Lola Mascarell. Afirmar eso es tanto como decir que anda uno enamorado de la vida. Pero no es cierto. Yo no ando enamorado de la vida, salvo cuando leo a Lola Mascarell. Así que la poesía de la poeta valenciana es para mí una suerte de tregua con el mundo, una especie de reconciliación con la existencia y, en último término, una purga de sus miserias –las reales y, sobre todo, las que nosotros mismos inventamos para lastrarla– que permite mostrarnos el universo en su prístina esencialidad, despojado de todo accidente accesorio, puro y sustancialmente nuestro si logramos tamizarlo en el cedazo de la mera sencillez, que es su verdadero tesoro, el más difícil, no obstante, de apreciar porque es el más evidente. Ahí la mirada reveladora de la poeta para hacernos caer en la cuenta de que la verdad de las cosas se halla a un palmo de nuestras limitadas narices de hombres ocupados.
Un vaso de agua (Pre-Textos) es una apología de la sencillez en su sentido más luminoso. El poema “Sencillez” ocupa el número 22 de los 44 poemas que integran el libro, justo significándose en el centro del poemario: “quiero escribir agua / borboteando en el cazo, / boniatos en el horno / o lámpara de luz en la mesilla […]. Escribir por ejemplo / que el día se termina, / y que no pasa nada”. Es la vida que fluye lejos de lo estentóreo, pequeños cosmos de vida silente en plenitud que otras veces es descrita mediante la observación extática de la naturaleza invisible. Hay en esa contemplación una inercia natural a confundirse jubilosamente con el todo: en el poema “Abrazo”, Mascarell nos invita a alejarnos “del límite impalpable / que separa las cosas, de ese surco / que dibuja ante ti / su contorno y su nombre” y nos conmina a ser nosotros “corteza también y también centro”. Otras veces esa fusión se produce por mor de la propia naturaleza, como en el poema “Unión” o más explícitamente en “Disolución” donde la lluvia une al “todo con lo uno y con lo mismo, / y me voy deshaciendo”. Otros poemas matizan esa profundidad trascendente, rebajándola a una bellísima y deliciosa desidia, a una gloriosa pereza de dejarse llevar por la inercia de los días hasta conseguir la ataraxia de la inacción, que es otra forma de disolución: una jornada en la playa, una mañana de domingo, dejarse fagocitar por la luz de agosto o ceder a la muelle aventura de la cotidianidad, sin hacerse preguntas: “¿por qué nos obstinamos en contar / el caudal de las horas? / Nada sabe la gota en la ventana / de cuántas ni de cómo / habrá de ser su frágil duración. / Sólo brilla un momento en su ignorancia”.
Pero la poeta no puede soslayar la punzada metafísica. El paso del tiempo, que es en muchos poemas un dejarse mecer por las horas, ofrece también su inevitable desazón: una quema de rastrojos, una casa abandonada que otrora albergara una vida, el instante de una fotografía en la que el clic ya nos hace difuntos, los objetos que nos sobreviven y quedan mientras nosotros pasamos, son algunas de las imágenes donde los poemas vierten su preocupación existencial. Especialmente dolorosa es la constatación de que el mundo y su milagro seguirán indiferentes a nuestra muerte; así el poema “Sol en la cama”: “que no puedo dejar de imaginarme / ese día futuro en que la luz / no encuentre esta pared / esta colcha, este armario, estos zapatos / y avance por el suelo / aterido de plantas y maleza / y llegue hasta este punto / donde ahora estoy yo / igual que lo hace ahora: indiferente”. El ansia de trascendencia frustrada se representa en una especie de nostalgia por un arcano, un origen que nos construye, simbolizado en la montaña como alegoría. La redención se halla entonces en la infancia y en la eternidad del amor.
Ando enamorado de los versos delicados y quebradizos, a veces desamparados, de Lola Mascarell. Y es alivio para la sed del alma, la ablución de este vaso de agua.

lunes, 29 de julio de 2019

455. Insértenme un 5G



Escucho en la radio con inquietud posapocalíptica que la nueva tecnología 5G se va a erigir como el «internet de las cosas», es decir, que los objetos electrónicos podrán «hablar» entre sí al conectarse a internet. Sin entrar en cuestiones técnicas, no me digan que eso de que los procesos robotizados mantengan conversaciones propias de manera autónoma no les causa, al menos, un escalofrío made in Isaac Asimov. El otro día leí en un periódico que se había producido un accidente de tráfico en Las Vegas donde un coche autónomo había atropellado a un robot que estaba perdido en la carretera. La empresa propietaria del robot ha denunciado a la empresa de coches por homicidio imprudente, que digo yo que será por «roboticidio». Lo de «imprudente» ya no lo sé, porque ignoro si la conciencia de la prudencia o de la alevosía están ya injertadas en el ghost in the shell de las máquinas.
A todo esto, ¿dónde están los humanos? Porque aquí las máquinas hablan entre sí y hasta tienen accidentes de tráfico. Nosotros todavía nos matamos con el coche pero lo que es hablar…Los más añosos recuerdan cómo en las antiguos compartimentos de los trenes, los viajeros entablaban largas conversaciones con desconocidos que amenizaban los largos trayectos ferroviarios. Hoy los vagones de tren son una siniestra ringlera de zombis conectados a sus teléfonos móviles. Los muertos vivientes se ven en todas partes: en las salas de espera del médico, bajo las marquesinas de las paradas de autobuses, en los aeropuertos, caminando cabizbajos por la calle, cazando bichos virtuales, en los conciertos, en una reunión de amigos en una cafetería… La palabra ha sido desterrada por el rey tirano del lenguaje binario computacional. Los unos y los ceros son una perfecta metáfora de nuestra sumisión a la tecnología: el uno, la soledad; y el cero, la anulación de lo que somos.
Las viejas consejas de las abuelas junto al crepitar del fuego, los romances, las reuniones familiares en torno a la radio, el ágora de los oradores en las plazas públicas, la tertulia literaria, la conversación cómplice hasta la madrugada, todos los contextos donde la palabra oral ofrecía su ensalmo están en peligro de extinción, sustituidos por la alienación del hombre asido al morral de su móvil. Y claro, cuando no hay más remedio que hablar, porque nuestra vida cotidiana todavía exige que hagamos el esfuerzo de articular palabras, la cosa se reduce, cada vez más, al mero unga bunga. Véanse, si no, los últimos resultados PISA sobre la comprensión y la expresión oral. Nuestros jóvenes ya solo saben decir «en plan» cada tres palabras que pronuncian, y los supuestos profesionales de la comunicación, salvo felices excepciones, cometen errores de bulto o empobrecen el idioma o, directamente, como nuestros políticos, lo humillan más abajo de aquel nivel ínfimo del que hablara el Marqués de Santillana en su famoso Proemio.
Así las cosas, estoy pensando seriamente en abandonar mi condición humana y convertirme yo también en un robot, de esos que hablan entre sí y tienes accidentes de tráfico, y fundar junto a ellos una Arcadia de androides donde la palabra hablada sea bandera, donde poder conversar con alguien no sea un privilegio. Es eso o insertarnos todos, no sé si en el cerebro o en el corazón,  uno de esos chips prodigiosos que llaman 5G que permiten a un robot hacer –triste paradoja–, lo que nuestro hombre digital ha perdido por el camino de un mal entendido progreso.