lunes, 25 de marzo de 2024

643. Mármol que fulge en los versos

 


En las inmediaciones del término municipal de Baena (Córdoba), se halla el impresionante yacimiento arqueológico de Torreparedones. A la magnética sugestión que inevitablemente suscitan sus vestigios tartésicos, íberos y romanos, el poeta José Antonio Santano ha unido el eslabón identitario que lo vincula desde los vórtices del tiempo a su propia patria chica. El resultado es esta Sepulta plenitud (Olé Libros), un canto emocionado a la antigua colonia romana de Ituci y una elegía a su pretérita grandeza ya ajada por el poder aniquilador del tiempo. Poesía contemplativa y caminera, con ecos mironianos y azorinianos en algunas estampas («Ayer la tarde estuvo coronada / de un aire dolorido y de barbecho / que subía conmigo hasta la cumbre»), el poeta se siente depositario de la memoria de su pueblo: «en su silencio / soy el himno de su gloria que no calla». A veces, se nos antoja que la propia voz poética emerge del silencio de las tumbas y mausoleos integrada en los ecos de los muertos, como ventrílocuo de los siglos o espectro redivivo en el testimonio físico de la sibila de los versos. Una conexión casi cósmica con los ancestros en la que el tiempo se pliega a la sincronía para ser, con ellos, «todos los nombres en uno». En su peregrinaje por las ruinas, el poeta está acompañado, como si de otro guía virgiliano se tratase, de Lucio Cornelio Marcus, a quien a veces se le interpela remedando el estilo clásico de las invocaciones homéricas y ante el que Santano se lamenta de «este tiempo sin poesía». El tono elegíaco del poemario se acentúa con el uso de la isotopía religiosa: por los versos desfilan términos como el barro, el aceite, los cálices, el vino, el agua o las vírgenes. Pero junto a la abstracción conceptual de la memoria, al poeta le interesa también el fresco de la vida que sucede, la vida pequeña y, por ello mismo, genuina y auténtica, aunque sea ésta detenida en la piedra: las ofrendas de exvotos en la cella sagrada; las doncellas procesionarias de Caelestis; los preciosos versos dedicados a los alfareros; la historia de Silveria, la esclava africana que se abrió las venas; la casa del panadero; la vida cotidiana representada en ese sestercio que andaría de mano en mano en la tremolina de un mercado… «Todo está escrito en las entrañas de Ituci», en las epigrafías que nos hablan desde su callada paciencia pétrea. La última parte de libro, la única que contiene poemas con título, es un recorrido de traza museística por diferentes restos romanos sobre los que se imprime la mirada poética de Santano para trascender su mera condición objetiva y convertirlos en materia simbólica relacionada, sobre todo, aunque implícitamente, con el tópico de la vanitas.

Con la habitual solemnidad del poeta baenense, los poemas de Sepulta plenitud se desbordan en la torrencialidad de unos versos que rebosan acumulación, no el sentido gratuito del amontonamiento per se, sino desde la estudiada medida del crecendo poético, tan a propósito para el tono sacro-elegíaco antes mencionado. En esa intensificación cobran especial protagonismo las alusiones a la Naturaleza, que se imbrican entre las ruinas de Ituci en un contraste entre vida y muerte, entre presente y pasado, que a veces acaban uniéndose. Así, en la noche tempestuosa que se cierne sobre el yacimiento, los truenos parecen la lengua materna de los muertos.

Sepulta plenitud engrosa con broche de oro la prolífica producción de José Antonio Santano y se convierte en otra epigrafía más con la que grabar el orgulloso amor por su tierra. Versos para la plenitud, nunca sepulta.

lunes, 18 de marzo de 2024

642. Viajes literarios: Pratdip

 


Conviene llegar a Pratdip en un día gris y ventoso. El ulular del viento entre los callejones medievales alentará en la imaginación la presencia agazapada y amenazadora del dip, el animal fantástico que se ha quedado a vivir en el topónimo y en el escudo del pueblo, como si estos perros vampiros reclamasen el señorío de la villa, y sus habitantes, temerosos de su ira, hubieran aceptado un vasallaje secular. Y quizás el visitante se tope realmente con alguno de ellos, dispuestos como están por el ayuntamiento en once zonas del tortuoso callejero para regocijo de los amantes de las yincanas. Nada más llegar, se recorta en lo alto el castillo en ruinas y nos da la bienvenida, como otro Can Cerbero, la escultura vanguardista del montrogense Santi Fuchs. La empleada de la oficina de turismo nos facilita, con eficacia burocrática, los lugares de interés del municipio. Pero la expresión de su rostro cambia cuando le confesamos que nos ha llevado hasta el pueblo la lectura de Les històries naturals, de Joan Perucho. Entonces su entusiasmo de lugareña orgullosa escala por sus palabras de regocijo y hasta se aventura a localizar la casa que debió de inspirar al escritor barcelonés el palacio de la baronesa de Urpí, la aristócrata que reclamará los servicios del naturalista Antoni de Montpalau para liberar al pueblo del vampiro que asola la vida de sus habitantes. Anoto en mi memoria la emoción de la empleada al conocer que los dos forasteros que arriban allende el Ebro han leído en catalán la novela, y lo poco que cuesta ser uno más cuando se estrechan los lazos de la cultura y la comprensión y admiración del otro.

El callejeo sin itinerario concreto es la mejor fórmula en Pratdip. Sin esperarlo, hallaremos sugestivos vestigios de su pasado, como las arcadas de Cal Sisa y las torres de defensa –restos de la antigua muralla medieval–, la iglesia de la Natividad o los antiguos lavaderos. Hay que subir, claro, al castillo, donde Joan Perucho imaginó la tumba de Onofre de Dip, el atribulado vampiro condenado a cobrarse la sangre de sus víctimas para poder sobrevivir. Perucho, que ambienta su novela en plena guerra carlista, parte de hechos reales para su posterior fabulación. Onofre de Dip adquiere todas las características del vampiro atesorada por el imaginario colectivo pero, está basado en los perros vampiros de Pratdip que, exagerados por la leyenda, aluden a las jaurías de lobos que acababan con los rebaños alimentándose de la sangre nutricia de las reses con un dentellada en el cuello. La enfermedad del propio general carlista Ramón Cabrera fue real, pero Perucho la atribuye al mordisco de Onofre. Montpalau liberará a Pratdip del vampiro y el pueblo celebrará la gesta con una romería al santuario de Santa Marina, donde el visitante podrá reparar la sed de la caminata con el agua salutífera de los famosos caños de su fuente.

Les històries naturals no empiezan ni acaban en Pratdip, aunque sea el pueblo del Baix Camp el que catalice la narración. En el viaje de Montpalau hasta Pratdip destacan las descripciones impresionistas de la topografía tarraconense como la propia Tarragona, L’Arboç, Arnes, Falset, Reus u Horta de Sant Joan, entre otras. La aparición de personajes históricos es también muy evocadora y para el filólogo que esto escribe fue muy emocionante toparse con Milà i Fontanals. La novela es, además, un precioso tributo a la lengua catalana, de la que Perucho sabe extraer sus mil y un matices y un acervo léxico que sorprende incluso a los que estamos familiarizados con el idioma.

La novela de Perucho alcanzó en su día gran éxito, especialmente en los años 80, entre el lector adolescente. No había instituto que no prescribiera su lectura. Hoy me cuentan los profesores de Lengua Catalana que sería imposible su inclusión en los planes de estudio porque el alumnado ya no es capaz de entender una palabra de la novela. Las leyes educativas. Esas sí que son un sangría y no las de Onofre de Dip.

lunes, 4 de marzo de 2024

641. ¿Qué haces ahí, García Mateos?

 


Ramón García Mateos ha obtenido el Premio Internacional de Poesía António Salvado Cidade de Castelo Branco por su última obra, Retratos y figuraciones. El libro, en edición bilingüe en portugués y español, y publicado por la editorial Labirinto, es uno de los poemarios más hermosos que he leído en los últimos tiempos. Ya la solapilla biográfica de la cubierta es toda una declaración de intenciones. García Mateos, a cuya dilatada trayectoria la jalonan numerosos títulos y premios, queda reducido en la solapilla a su mera condición de profesor: «Ramón García Mateos (Salamanca, 1960). Catedrático de Lengua y Literatura Españolas». Y a mí se me antoja que esa humilde solapilla, donde Ramón renuncia a describir la relación de sus méritos literarios, es el primer poema del libro. Porque en Retratos y figuraciones quienes importan de verdad son los poetas allí homenajeados, un precioso muestrario de los nombres más queridos por el autor salmantino, a cuya advocación se acoge con un amor conmovedor y un sentimiento sincero de deuda en cada verso.

La mayor parte de los autores que conforman esa nómina casi elegíaca tiene en común su dramática experiencia vital. Por las páginas del libro desfilan condenados a muerte como Villon; perseguidos como Juan de Yepes; encarcelados como Quevedo; desterrados y exiliados como Pedro Garfias o Vallejo; suicidas como Antero de Quental o Rigaut; derrotados y atribulados como Unamuno; desengañados como José Agustín Goytisolo; asesinados o deudos de asesinados como Roque Dalton o el «Piojo» Salinas; nostálgicos de Florencia, como Aldana… Todos estos retratos recrean una estampa del escritor tributado en algún momento especialmente significativo o doloroso de su existencia. Otras piezas, en cambio, son meros poemas celebratorios entelados de nostalgia: el poema con ecos manriqueños a Violeta Parra; Estellés y Ovidi Montllor en Alcoy; los dos versos de Ferlosio sin necesidad de glosa; Josep Igual entre volutas de tabaco; y, por supuesto, los poemas a los amigos, como el dedicado a Juan López-Carrillo, divertido e hiperbólico, perfecto trasunto del propio autor catalán; o el maravilloso poema tripartito a Antonio Carvajal, donde García Mateos juega con los títulos de los libros del poeta granadino y con el apellido materno de éste. Una preciosidad.

En otras piezas se imbrican literatura y vida como en el homenaje a Ángel Guinda («Escribir como se vive») o como aquella otra que penetra en el estudio de Maruja Mallo para que los versos de Miguel Hernández estallen como rayos que no cesan; intertextualidad que se repite en el poema lorquiano a Belmonte o en algún poema autorreferencial. Lo popular (piedra angular en la poética de García Mateos) se manifiesta en el uso del metro de algunos poemas pero también en el poema dedicado a Blas de Otero, en la mención a Labordeta o en los versos dedicados a los payadores. No faltan tampoco las alusiones a las injusticias sociales, algún verso acerado de ironía epigramática y una enorme generosidad para con los desahuciados.

El libro, que es, en definitiva, un apasionado reconocimiento a los maestros del poeta, como nos recuerda el último poema, no podía soslayar, claro, la inmensa figura de Ramón Oteo, destinatario de una de las composiciones más emocionantes del poemario.

Mención aparte merece la versión portuguesa a cargo de la traductora Leocádia Regalo, donde los versos de Ramón, tan cargados en realidad de saudade, encajan natural y primorosamente.

Con su acostumbrado estilo inmersivo, rebosante de intensidad, de bien entendida solemnidad desgarrada, de esa que te coge de la camisa y te zarandea, evocador, nostálgico, vehemente, auténtico, secular, doloroso, fraterno y esperanzado, García Mateos debe saber que, él también, y pese a la solapilla, es retrato y figuración de quienes aspiramos a parecernos, aunque sea remotamente, a su ejemplo.