lunes, 30 de julio de 2018

413. Mary



Una de las artimañas más inaceptables del nuevo feminismo (mucho más regresivo de lo que la mayoría de sus defensores cree) es la burda manipulación de la realidad y su hipocresía. Lo vimos hace poco, cuando en el programa de Susanna Griso, Espejo público, se grabó un reportaje donde se pretendía probar el comportamiento soez de determinados hombres que piropeaban groseramente a la periodista Claudia García. Luego se supo que los piropeadores eran falsos y que el reportaje estaba amañado. En otro programa matutino, no recuerdo ahora el nombre ni el canal, varias mujeres votaban por los futbolistas más macizos del Mundial, justo después de reprobar a los hombres determinadas conductas machistas. ¿Se imaginan que, pongamos por caso, en El Chiringuito de Jugones –otro infame producto televisivo–, los contertulios se pusieran a valorar a las tenistas más atractivas que han pasado este año por la ATP? El canal Cuatro mantiene su encarnizada cruzada por la dignificación de la mujer mientras en horario de notable audiencia mantiene el programa Mujeres y hombres y viceversa, donde la cosificación de la mujer y la degradación intelectual de sus participantes femeninas resulta sonrojante. Como mínimo, esa misma cualidad la comparten con los hombres de ese mismo programa, así que aún tendremos que celebrar la tan ponderada paridad.
En la literatura, el último intento de falsear los hechos lo ha llevado a cabo la directora saudí Haifaa al-Mansour, cuya encomiable labor cinematográfica en defensa de los derechos de las mujeres árabes no la legitima para deformar de manera capciosa la biografía de la escritora Mary Shelley, la protagonista de su última película. La cinta pretende presentar a la autora de Frankenstein como la mujer que tuvo que lidiar con la sociedad patriarcal de la Inglaterra del siglo XIX para poder reivindicar la autoría de su obra que –y aquí reside la falacia– había escrito sin el concurso de su marido Percy Shelley. Quizás Al-Mansour se tomó demasiado en serio aquella afirmación de Mary cuando en sus memorias había escrito que “no debo a mi esposo la sugerencia de una sola idea, ni siquiera de un sentimiento”. Además del famoso prefacio, hoy sabemos, por ejemplo, que el capítulo X de Frankenstein incorpora metáforas acuñadas por Percy para su poema “Mont Blanc”, fruto de su visita al glaciar Montanvert, que conoció junto a Mary. Pero es que, además, Percy fue determinante en la corrección de los numerosos errores de estilo y ortografía de su mujer, en la inclusión de interpolaciones y hasta en el desenlace de la novela.
Para que yo admire a Mary Shelley, no me hace falta que me mientan. Basta tan solo con que haya escrito Frankenstein, con o sin la ayuda de su marido, en una época donde el papel de la mujer parecía testimonial. Que se lo digan, si no, a la propia madre de Mary, la escritora Mary Wollstonecraft, pionera del feminismo y autora de la célebre Vindicación de los derechos de la mujer (¡1792!), que tuvo el rechazo hasta de las propias feministas, por ver en la emancipación y liberación sexual de la mujer que aquélla defendía un riesgo demasiado alto para el decoro y el orden social. Para que yo admire a Mary Shelley, digo, me basta su batalla épica contra las calamidades de su vida, restañadas siempre con la fe en el amor. La podemita Irene Montero, la defensora de las portavozas, llegó a decir que “el amor romántico es opresor, patriarcal y tóxico”. Mary Shelley consiguió rescatar de la pira funeraria donde incineraron a su marido, el corazón de Percy, que conservó luego entre las páginas de uno de sus tomos de poesía, y se hizo enterrar con él y el único hijo que la sobrevivió. Y, sin embargo, Mary podría avergonzar con su lección de feminismo a todas las irenesmonteros. Porque el feminismo es otra cosa. Feminismo es escribir Frankenstein en el siglo XIX.

lunes, 23 de julio de 2018

412. El banco de los enamorados



Resulta enojoso toparse en un mismo párrafo con los nombres de Quim Torra y de Antonio Machado juntos. La distancia sideral que separa a ambos en la calidad humana, y no digamos ya en el plano intelectual, convierte al renglón que los comparte poco menos que en una afrenta ominosa para el poeta sevillano, aunque él, paradigma de la tolerancia y filántropo universal, no le daría importancia alguna. Pero la caprichosa tiranía de la actualidad ha querido colocar ambos nombres en la misma página, empeñado como estaba el Poc Honorable en que el presidente Sánchez le mostrara el jardín de la Moncloa donde se citaban, clandestinamente, don Antonio y doña Guiomar. Hubiéramos deseado asistir al mismo interés de Torra por Machado cuando sus acólitos radicales quisieron retirarle una calle en Sabadell pero entonces, el presidente de menos de la mitad de los catalanes no dijo esta boca es mía.
Efectivamente, Pilar de Valderrama –la Guiomar de los poemas de Machado–, y el poeta, que ya se conocían de un encuentro en Segovia, donde ejercía la docencia el sevillano, y a donde Pilar había viajado para recobrarse de una infidelidad de su marido (con suicidio de la querida incluido), comenzaron a verse durante el verano de hace 80 años en los jardines de la Moncloa, cuando la actual residencia oficial del presidente del Gobierno era sólo un palacete del siglo XVIII catalogado como bien de interés arquitectónico, propiedad del Ministerio de Instrucción Pública. Machado llamó a aquel jardín en sus cartas y poemas a Guiomar como “El Jardín de la Fuente” y al banco donde ambos se sentaban como “El Banco de los Enamorados”. Comoquiera que el jardín estaba sólo a un quilómetro y medio de la casa de Pilar, la pareja decidió citarse en el Café Franco-Español, sito en el barrio obrero de Cuatro Caminos, al que Machado se refería como “nuestro rincón”. La obsesión de Machado por Pilar de Valderrama llega a ser, para el lector que se acerque a su correspondencia, sonrojante. A veces, Machado se llegaba furtivamente a las inmediaciones del chalé de ella para verla aparecer por los ventanales. Los apelativos cariñosos, de lo más cursi (lo que demuestra que hablaba el hombre desbordado y no el poeta), y su entrega incondicional, parecen contrastar con la aparente frialdad de Pilar, siempre atenta a la salvaguarda de su castidad (algunos pasajes de las cartas de Machado han sido decoloradas por ella cuando veía en éstas alguna exaltación amatoria que comprometiera su virtud)  y en la que se intuye cierta ambición personal relacionada con el patronazgo que el poeta pudiera llevar a cabo de las obras de aquella, aunque no queremos ser mal pensados. De ideas conservadoras, Pilar de Valderrama no vio con buenos ojos el advenimiento de la República, y Machado, republicano convencido, debe hablarle con cautela cuando las conversaciones derivan hacia temas políticos. Su relación duró 8 años, el tiempo que tardó en llegar la guerra. La familia de Valderrama se refugió en la Portugal de Salazar, y del final de Machado no hace falta dar cuenta. Probablemente, Pilar fue el gran amor en la vida del poeta cuando éste ya no creía que reverdeciera la pasión en su corazón.
Ahora, en el Banco de los Enamorados ya no se sientan Guiomar y Antonio, sino Sánchez y Torra. Y estos, como otrora los amantes, también se profesan palabras de amor. Pedro y Quim. Pedro le acaricia el lacito amarillo y le dice cariñosamente “ay, mi terco tontín”; y Quim le recuerda a Sánchez que Estremera era el apellido de la amiga de Guiomar, la cómplice que ayudaba a que las cartas inflamadas de amor de Antonio llegaran hasta sus manos, y no una cárcel de Madrid. Y así, entre estas confidencias susurradas, cae el crepúsculo en el Jardín de la Fuente y Quim deja caer su cabeza sobre el hombro de Pedro en el Banco de los Enamorados.

lunes, 16 de julio de 2018

411. Literatura infeliz



Si hay algo en lo que el ser humano se reconoce radicalmente es en la infelicidad. Pulimos el espejo donde nos miramos, lo abrillantamos, lo decoramos con un bonito marco pero, indefectiblemente, el azogue de la vida acaba convirtiéndolo en una superficie purulenta que se superpone a nuestro rostro como un sarampión. Y es así, de esa guisa ante el espejo, como mejor nos reconocemos; es así, en las cicatrices del tiempo, donde aceptamos nuestra verdad más esencial, las más dolorosa y, a la vez, la más hermosa. Afirma el profesor Eric G. Wilson en su libro Contra la felicidad. En defensa de la melancolía, publicado por Taurus hace ya una década, que “fue el cavernícola melancólico y retraído que se quedaba atrás y meditaba, mientras sus felices y musculosos compañeros cazaban la cena, quien hizo avanzar la cultura”. Y es que lo mejor de la cultura no se entendería sin la melancolía, sin el destino aciago, sin la tristeza, sin la infelicidad. La experiencia de la propia melancolía es precisamente la que activa la conciencia del propio yo, su territorio incómodo pero auténtico y profundo, su esencialidad, lejos de las consignas de la sociedad materialista que nos quiere a todos felices mediante los mismos mecanismos de alienación, como cortados todos por el mismo patrón de un hedonismo salvaje que no se refuta: autómatas de la felicidad, zombis de la dicha. Quien no haya probado la hiel de la melancolía, jamás sabrá quién es de verdad: un ignorante aborregado que nunca buceará por las bellísimas simas de su humanidad. La felicidad sin cortapisas y la estupidez o la ignorancia son conceptos que pueden estar más cerca de lo que uno cree. Por eso, la mayor parte de las grandes obras de la literatura universal son infelices. Porque el genio que las creó, activó el resorte de su padecimiento, porque excavó el filón de su tristeza y halló el mineral precioso de su vocación trascendente. No abunda la literatura feliz porque la felicidad no genera creatividad, no activa ningún conflicto. Si se es feliz, no se cuenta. Se es y ya está. ¿Qué interés reporta? El inicio de Ana Karenina es significativo al respecto: “Todas las familias dichosas se parecen, pero las infelices lo son cada una a su manera”. Casi todas las obras de Shakesperare, el más grande artífice de las pasiones humanas, son infelices. Don Quijote no tiene nada de cómico; Madame Bovary, Ana Karenina y Ana Ozores no fueron epicúreas del amor; al Paraíso de Dante le precedió su Infierno. ¿Y qué decir de la poesía lírica? Sólo esa suerte de celebración guilleniana del mundo, común a muchos poetas, parece optimista, pero hasta en ella hay una ambigua comunión con el cosmos donde el alma anhela diluirse y desaparecer. En la desgracia las palabras parecen sublimarse ataviadas en su luto, se desangran heroicamente en su trance luctuoso, como un ejército de letras derrotado regresando de la contienda de la vida en cuyos harapos ajados hubiera más grandeza que en las galas de las grandes fiestas. Palabras que desafían la comodidad de la semántica porque han vuelto del averno del sufrimiento empapadas de las vísceras de sus nuevos significados; palabras como negras erinias de una tragedia griega, procesionando el dolor, transportándolo en andas hasta el altar de la literatura; palabras inmolándose a su holocausto en la pira sacrificial de los libros mientras los lectores, feligresía en catarsis, entona en el bisbiseo de la lectura la universal letanía del sufrimiento. Tan terrible. Tan hermosa.

lunes, 9 de julio de 2018

410. Casi cuarenta



Tengo 39 años y 11 meses. Casi 40. Como el título de la última película de David Trueba, con sus personajes desnortados, resignados a que eso de la vida iba en serio – como rezaba el famoso y manido verso de Gil de Biedma–, a que los sueños de juventud, esperanzas y proyectos, queden varados entre los escollos de los años estériles e irrecuperables. Y a estas alturas de mi vida, pienso si no estoy llegando ya demasiado tarde a esto de la escritura. Si no es todo un capricho infantil mantenido en el barbecho de las ilusiones durante mucho tiempo, si no es un juego de la edad tardía, como tituló Luis Landero su primera novela –publicada, por cierto, cuando el autor extremeño rondaba los 41 años–, si no padezco una suerte de síndrome de Peter Pan literario que aún me hace creer en una carrera novelística, en las veleidades del reconocimiento, en la tonta vanidad de verse uno en letra de molde, en los anaqueles de una librería, en las recomendaciones críticas de los periódicos, en una entrevista con Óscar López en Página 2, en la Feria del Libro de Madrid. Cuántas bobadas. Me alivia un tanto saber que mi admirado Landero publicó por primera vez a los 41. O que Raymond Chandler hizo lo propio con su primera novela, El sueño eterno, a los 51. Hay más casos. Defoe debutó a los 59 años con su Robinson Crusoe; Giusepe Tomasi di Lampedusa se estrenó a los 58 con El gatopardo; Alberto Méndez nos cautivó con su primera novela, Los girasoles ciegos, a los 65; Stieg Larsson comenzó a escribir a los 47; Saramago, fracasó con su primera novela, escrita a los 25 y tuvo que esperar a cumplir la cincuentena para establecerse definitivamente como escritor. A Saramago seguramente le encajaría bien aquella sentencia de Margarita Yourcenar –esta sí, precocísima escritora–, que llegó a decir que hay novelas que no debieran escribirse hasta pasados los 40. Bukowski, Sebald, Camilieri, Perrault, Wallace Stevens, el Marqués de Sade, Álvaro Mutis, William Golding también fueron escritores tardíos. Pero, llegados a este punto, ¿es legítimo ese marbete de “escritores tardíos”? El sabio refranero español dice que nunca es tarde si la dicha es buena, y todos esos escritores “tardíos” han supuesto una dicha para sus lectores. Un escritor o es bueno o no lo es, pero ¿qué sentido tiene recalcar que es “tardío”?  ¿Cuándo es tarde para la literatura?
Entonces, ¿de dónde me viene a mí esta sensación, un tanto humillante, de estar empecinado, a mi edad, con las canas ya aflorando en la sienes y en la barba, y las arrugas pertrechando su barricada contra mi recién extinta juventud, de dónde viene, digo, esa sensación de estar empecinado en un antojo, en una extravagancia, en una pataleta de niño consentido, mamá-quiero-ser-escritor? Quizás provenga de otra certeza: de no saber uno por qué se dedica a escribir. Escribir aunque su ejercicio no constituya el sustento económico de una vida. Escribir como una compulsión, como una necesidad, a veces como un sufrimiento que uno se inflinge sin saber por qué. A ver quién entiende eso. Y como los 40 es la edad de la madurez, uno se pregunta a sí mismo con sonrojo por la  pueril contumacia de sus afanes literarios. Pero es que hago balance de mis 39 años y 11 meses y no encuentro nada que sepa hacer mejor. No sé si bien o mal, probablemente mal. Pero nada que sepa hacer mejor. Ya ven en qué han parado mis 39 años y 11 meses. Mis casi 40.

martes, 3 de julio de 2018

409. Custodios literarios



Es el año 19.a.C. En su lecho de muerte, Virgilio encarga a sus allegados quemar la obra de su vida. No cree que haya alcanzado con ella la gloria a la que aspiraba y, quizás, teme haber puesto al servicio de la propaganda política de Augusto los casi diez mil hexámetros de la composición. Virgilio cree que la literatura no debiera humillarse ante ese servilismo. El emperador y sus amistades no consienten en su último deseo. En las aulas, millones de alumnos en todo el mundo traducen la Eneida en sus ejercicios de latín.
Año 1060. El visir Al Mu’Allim pasea por el barrio mozárabe de Sevilla y anota mentalmente la cancioncilla que entona la vendedora de especias. Servirá de base para su moaxaja. Casi un milenio después, en 1948, Samuel Miklos Stern traduce las moaxajas y desgaja de ellas los versos finales que se hallan en mozárabe. Stern ha descubierto las jarchas que se ocultan en ellos. La vendedora de especias canta de nuevo desde los vórtices del tiempo.
Mayo de 1207. En un monasterio cualquiera, el amanuense Pedro rasga la madrugada con el sonido de su cálamo sobre el pergamino. Cuando las sombras cimbreantes de las velas se proyectan sobre los caracteres, diríase que es el perfil del Cid quien cabalga los versos. El juglar que cantara su epopeya ya es voz de tinta para la eternidad.
En 1543 aún está caliente el cadáver de Juan Boscán. Su viuda, Ana Girón de Rebolledo, se encamina hacia la imprenta de Carles Amorós, en Barcelona. Aprieta contra su pecho los legajos donde se hallan los poemas de su marido, junto con los de su amigo Garcilaso de la Vega, que Boscán había dejado preparados ante de morir. Y en esta perseverancia de doña Ana, nada pueden las piedras de Le Muy.
El 22 de diciembre de 1870, se produce un eclipse total de sol. En el número 23 de la calle de Claudio Coello, en Madrid, muere Gustavo Adolfo Bécquer. No había alcanzado los 35 años. En su agonía, ha pedido a su amigo Augusto Ferrán que publique su obra: “Tengo el presentimiento de que muerto seré más y mejor conocido que vivo”. Los detalles de esa publicación se acordaron en el estudio del pintor Casado del Alisal. El eclipse de sol se volvió rayo de luna.
En 1900 se casan Menéndez Pidal y María Goyri. Su viaje de novios les lleva a realizar una ruta por los pueblos cidianos, recogiendo versiones de romances históricos de tradición oral hasta entonces desconocidos. En el Burgo de Osma, resucitó el príncipe don Juan.
En el verano de 1924, ya en su lecho de muerte, Franz Kafka corrige de su puño y letra cuatro relatos que deseaba dar a la imprenta. Con esa fortaleza en su agonía, ¿cómo se iba a tomar en serio su amigo y editor Max Brod, la idea de Kafka de destruir toda su obra? Sólo su compañera, Dora Diamant, respetó su última voluntad, aunque sólo en parte: guardó en secreto la mayoría de sus últimos textos hasta que la Gestapo los confiscó en 1933. La búsqueda de estos papeles aún continúa. En 1925, Margarita Nelken, de forma anónima, publica en la Revista de Occidente, la primera traducción de La metamorfosis al español. Nelken y Brod tuvieron que exiliarse para huir de la Guerra Civil y de la Segunda Guerra Mundial, respectivamente. Pero clavaron su pica en la patria de la literatura para siempre.
Custodios todos ellos del tesoro incalculable del que se sintieron responsables. Héroes sin cuyo concurso providencial la literatura sería otra. De nada serviría, sin embargo, su trabajo, sin los otros custodios. Los que perpetúan la vida de la literatura cada vez que abren un libro. Custodios también nosotros, los lectores, verdaderos depositarios del grial de sus palabras.