lunes, 9 de julio de 2018

410. Casi cuarenta



Tengo 39 años y 11 meses. Casi 40. Como el título de la última película de David Trueba, con sus personajes desnortados, resignados a que eso de la vida iba en serio – como rezaba el famoso y manido verso de Gil de Biedma–, a que los sueños de juventud, esperanzas y proyectos, queden varados entre los escollos de los años estériles e irrecuperables. Y a estas alturas de mi vida, pienso si no estoy llegando ya demasiado tarde a esto de la escritura. Si no es todo un capricho infantil mantenido en el barbecho de las ilusiones durante mucho tiempo, si no es un juego de la edad tardía, como tituló Luis Landero su primera novela –publicada, por cierto, cuando el autor extremeño rondaba los 41 años–, si no padezco una suerte de síndrome de Peter Pan literario que aún me hace creer en una carrera novelística, en las veleidades del reconocimiento, en la tonta vanidad de verse uno en letra de molde, en los anaqueles de una librería, en las recomendaciones críticas de los periódicos, en una entrevista con Óscar López en Página 2, en la Feria del Libro de Madrid. Cuántas bobadas. Me alivia un tanto saber que mi admirado Landero publicó por primera vez a los 41. O que Raymond Chandler hizo lo propio con su primera novela, El sueño eterno, a los 51. Hay más casos. Defoe debutó a los 59 años con su Robinson Crusoe; Giusepe Tomasi di Lampedusa se estrenó a los 58 con El gatopardo; Alberto Méndez nos cautivó con su primera novela, Los girasoles ciegos, a los 65; Stieg Larsson comenzó a escribir a los 47; Saramago, fracasó con su primera novela, escrita a los 25 y tuvo que esperar a cumplir la cincuentena para establecerse definitivamente como escritor. A Saramago seguramente le encajaría bien aquella sentencia de Margarita Yourcenar –esta sí, precocísima escritora–, que llegó a decir que hay novelas que no debieran escribirse hasta pasados los 40. Bukowski, Sebald, Camilieri, Perrault, Wallace Stevens, el Marqués de Sade, Álvaro Mutis, William Golding también fueron escritores tardíos. Pero, llegados a este punto, ¿es legítimo ese marbete de “escritores tardíos”? El sabio refranero español dice que nunca es tarde si la dicha es buena, y todos esos escritores “tardíos” han supuesto una dicha para sus lectores. Un escritor o es bueno o no lo es, pero ¿qué sentido tiene recalcar que es “tardío”?  ¿Cuándo es tarde para la literatura?
Entonces, ¿de dónde me viene a mí esta sensación, un tanto humillante, de estar empecinado, a mi edad, con las canas ya aflorando en la sienes y en la barba, y las arrugas pertrechando su barricada contra mi recién extinta juventud, de dónde viene, digo, esa sensación de estar empecinado en un antojo, en una extravagancia, en una pataleta de niño consentido, mamá-quiero-ser-escritor? Quizás provenga de otra certeza: de no saber uno por qué se dedica a escribir. Escribir aunque su ejercicio no constituya el sustento económico de una vida. Escribir como una compulsión, como una necesidad, a veces como un sufrimiento que uno se inflinge sin saber por qué. A ver quién entiende eso. Y como los 40 es la edad de la madurez, uno se pregunta a sí mismo con sonrojo por la  pueril contumacia de sus afanes literarios. Pero es que hago balance de mis 39 años y 11 meses y no encuentro nada que sepa hacer mejor. No sé si bien o mal, probablemente mal. Pero nada que sepa hacer mejor. Ya ven en qué han parado mis 39 años y 11 meses. Mis casi 40.

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