lunes, 20 de abril de 2020

482. El dolor sin brida



Hay libros que solo pueden escribirse desde un rapto de la conciencia. Una suerte de arrobamiento que suspende el accidente prescindible que somos para hacernos bucear por las esencialidades que más radicalmente nos constituyen. Así me imagino yo a Alejandro Morellón mientras escribía su Caballo sea la noche (editorial Candaya): inmerso en el trance febril de una novela cuya creación acabaría por convertirse en una experiencia agotadora, casi física, cuando las palabras supuraban en el papel su pus de ignominia.
Al principio me pareció estar leyendo una novela de José Donoso, su prosa alucinada, derramada a borbotones hirvientes y delirantes; luego, para tonta vanidad del crítico vaticinador, hallo aquel sintagma revelador que me lo confirma, aquel «obsceno pájaro de la noche» que me remite a la obra del escritor chileno. ¿Un guiño premeditado que reconoce su deuda literaria? No en vano, el libro de Donoso no deja de ser, él también, una demolición del yo. El título procede de una cita de Henry James escrita a sus hijos: «[La vida] florece y fructifica a partir de las más sombrías profundidades de la penuria esencial en la que hunden las raíces del sujeto […], una selva indómita en la que aúlla el lobo y parlotea el obsceno pájaro de la noche». Esta cita podría resumir perfectamente el libro de Morellón.
La novela narra, mediante el recurso del monólogo interior de dos de sus personajes, la ruina vital de una familia de la que ya solo sobreviven Rosa y su hijo Alan. La reconstrucción de la trama que les ha llevado a esa situación va abriendo claroscuros por los que el lector atisba, aterrado, la ominosa verdad. La novela reclama el envés de nuestras identidades (de enorme simbolismo es la fotografía que la familia se hace de espaldas) y explora cómo ese reverso puede ser tan auténtico como el anverso que mostramos al mundo. Morellón nos hace entender cómo la naturaleza proscrita del yo se justifica solamente por la construcción social de la culpa que, es a veces, incompatible con la verdad que nos participa muy adentro, lo que desemboca en el nihilismo identitario: «soy un ser arbitrario y sin concreción, una latencia indefinida […] un ente sin identidad, vulnerable y desfragmentado…», (magnífico el desarrollo de esta idea en las páginas 50 y 51). En este sentido, cobra capital importancia el lenguaje, que se convierte en una ontología contradictoria: por un lado, dotar de palabras a la abyección otorga carta de naturaleza a la culpa (las palabras son también una construcción social); por otro, encarnar el dolor en las palabras permite generar asideros y contornos allí donde solo hay vacío y abismo. Al final las palabras escritas en una carta serán promesa de redención. Siempre las palabras, a pesar de todo. La novela se estructura a través de los monólogos de Alan y su madre. Cuando es el turno de Rosa, la prosa, sin dejar el tormento, se remansa algo. Su contrapunto no es solo estilístico, también temático: las fotografías del álbum nos hablan de un tiempo antiguo de felicidad, inocencia, infancia y ángeles. La ausencia de puntos ortográficos contribuye al ritmo estudiadamente caótico del flujo de la conciencia, aunque a veces la gramática es lo suficientemente lógica como para encontrar algo forzado el asíndeton. En cualquier caso, el dolor no tiene ortografía. Como no tiene brida el dolor de ese caballo blanco «atravesado por la caída de los relámpagos como por la mirada de un dios infatuado»

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