lunes, 18 de enero de 2010

28. Tranvía a la Malvarrosa

Vuelven los tranvías. Desde que en 1994 Valencia lo recuperase para sus calles, han sido numerosas las ciudades españolas que se han añadido a la restauración del mítico transporte. ¿Qué tendrá el tranvía, que imprime una misteriosa sugestión, entre decadente y elegante, a los cascos urbanos por donde su armatoste metálico, rudo pero venerable, se abre paso para herir las calzadas con su progreso pesado, penoso y, sin embargo, firme y decidido? Existen ciudades que no podríamos imaginarlas sin su presencia. Lisboa, por ejemplo, no sería la misma sin el sonido de su viejo tranvía, tan quejumbroso como la melodía de un fado. El tranvía evoca señores con sombrero de copa y bastón, y coches con carrocerías de líneas antiguas, como los de los gánsters de las películas; los hay famosos como el que atropelló mortalmente en Barcelona a un despistado Gaudí, abstraído, dicen, en los planos de la Sagrada Familia mientras caminaba. En literatura, el tranvía más famoso es el que condujo Manuel Vicent hacia la playa valenciana de la Malvarrosa.

Tranvía a la Malvarrosa está ambientada en los años 50 y narra el paso de la adolescencia al mundo adulto de Manuel, un joven de Vilavella (Castellón) y trasunto del propio autor, que se marcha a Valencia a estudiar Derecho. A lo largo de la novela, Manuel Vicent aborda diferentes temas muy de época. Uno de los más prolíficos es el de los tabúes sexuales. El protagonista se debate entre la pureza y la lujuria, personificada la una en Marisa, la misteriosa chica de cara angelical que veranea en Vilavella y a quien compara con la actriz italiana Inés Orsini; y la otra en la voluptuosa Gracia Imperio, la famosa y trágicamente malograda vedette madrileña, paradigma del erotismo de aquella década. Las coercitivas visitas a los prostíbulos para desvirgarse, promovidas por Vicentico Bola, como si de un obligado ritual viril de bautismo sexual se tratase, chocan con la íntima censura de la religión en el alma del protagonista, contradicciones que vertebran toda la novela. Dichos tabúes adquieren matices humorísticos en algún momento como aquel donde una masturbación de Manuel hizo que coincidieran en un mismo éxtasis mis propios gemidos y los alaridos del locutor ¡¡Gol de Gaínza!! ¡¡En el último minuto del partido, gol de Gaínza!! ¡¡El Valencia Club de Fútbol eliminado!! La pasión que sentía por el equipo del Valencia aquellos años de la adolescencia era muy intensa y a partir de aquel partido de copa la derrota de mi equipo iría unida a mi pecado.

Otro tema de la novela es el de la llamada España profunda, marbete aplicado aquí a sucesos truculentos o bárbaras costumbres patrias. Así, durante las fiestas de agosto de Vilavella, tras haberse corrido un toro, a unos pasos [del dosel de San Roque, patrón del pueblo] colgaba el toro desollado y su sangre aún goteaba en la acera en medio de un gran corro de devotos que velaban al santo; dijérase que el toro allí colgado era el animal expiatorio ofrecido a algún dios terrible. También se aprecia el tema de la España profunda en la descripción de los famosos crímenes que se sucedieron durante aquella década, a veces con un exceso de crudeza y morbo, como el de la cabeza sin cuerpo que apareció en un cine de Valencia. Pero el más llamativo de todos, no sólo por la forma de su ejecución sino por el estilo literario en que Manuel Vicent nos lo acerca, es el del violador Semo:

El Semo le puso la zarpa en el cuello y aún gruñó su vulgar deseo con cierta timidez, pero Amelita se revolvió bruscamente y la lucha continuó sobre la hierba con una extensión de margaritas. Los dorados insectos celebraban mínimas cópulas de amor muy puro en los árboles. La luz de la tarde iluminaba la lucha de los cuerpos envueltos en voces de auxilio y blasfemias. La doncella logró zafarse: salió corriendo con la cara húmeda de lágrimas y saliva, pero el hombre primitivo la siguió hasta el campo de berenjenas o patatas y en la persecución ambos atravesaron un huerto lleno de mandarinas y cuando el asesino y la víctima chocaron los dos iban cubiertos de pétalos de azahar como novios de una violentísima boda que se produjo al instante [...] [E]lla dejó de gritar al tercer golpe y su silencio fue sustituido por el sonido de los pájaros que se estaban refugiando para dormir en un limonero. El Semo arrojó el cuerpo de Amelita a la acequia en medio de la dulzura de la tarde y el cadáver comenzó a navegar agua abajo como una Ofelia valenciana coronada por una nube de mosquitos, pero antes el violador había tratado de cubrirlo de flores y una de ellas era la herida moral, las más roja que se veía flotando.
El contraste entre el lirismo de determinados pasajes de esta descripción y la terrible violación no deja indiferente al lector.
La superstición es otro tema recurrente, como cuando Manuel es perseguido por un escayolista místico poseído de fanatismo religioso o como aquel otro pasaje donde una prostituta cree que Manuel es su novio resucitado.
Pero la novela es, ante todo, un retrato vivísimo de la ciudad de Valencia, lleno de prolijos itinerarios que se aderezan con escenas de gran pintoresquismo. Contribuyen a ello también la alusión continua a canciones de la época, sobre todo boleros, que son como la banda sonora del libro, así como la inclusión de determinados acontecimientos políticos como la visita de Franco a la ciudad del Turia, no exentos de crítica mordaz: ese día todas las pastelerías estaban llenas de imágenes del Caudillo hechas con mazapanes y confitados [...] [y] había tantos pasteles en las pastelerías como demócratas en la cárcel [...] Algunos marines guardaban cola frente al carrito de un viejo que vendía cucuruchos de cacahuetes. El viejo cobraba una peseta a los indígenas y un duro a los americanos; demostraba tener con los cacahuetes un sentido más patriótico que el que Franco había tenido con las bases

¿Y el tranvía que da título al libro? Manuel ha creído ver en el tranvía que va a la playa de la Malvarrosa la figura de aquella Marisa que despertó en él la pureza del amor. A partir de esa visión cogerá el tranvía siempre que pueda para obrar el milagro de coincidir con ella. Pero esa es una empresa ya vana. La juventud idealizadora ha terminado y Marisa es sólo el recordatorio de la pérdida de la inocencia y del inicio de una nueva vida. Por eso, tras uno de esos viajes a la Malvarrosa, Manuel se enamorará de Juliette.

El final del libro con Manuel y Juliette, una Marisa que se llama Juliette, dice el protagonista, haciendo el amor sobre folletos de Falange en la casa abandonada de Blasco Ibáñez, cierra el relato con una sensación aliviadora de libertad, todavía embrionaria. Y el tranvía volverá a Valencia desde la Malvarrosa. La dirección del tranvía ha cambiado ya.
[En la fotografía, un tranvía que pasa por la Plaza la Reina, de Valencia. Extraida del precioso blog de Julio Cob: Valencia en blanco y negro ]

6 comentarios:

Capitán dijo...

Otra crítica literaria que se lee del tirón, y que se relee con calma, quizá como la vuelta del tranvía.

Un salud

Antonio del Camino dijo...

Sin duda, una novela grata de leer. Su crítica, además, bien argumentada y amena, invita a ello a quienes aún no la conozcan o a quienes quieran "refrescarla".

Un abrazo.

Tisbe dijo...

Bonita reseña. Me ha gustado mucho la introducción que haces y la comparación de los sonidos del tranvía con la melodía de los fados. Por otra parte, la descripción de la violación es espeluznante. Me apunto esta novela en mi lista de próximas lecturas.
Un beso muy grande.

Esmeralda Martí dijo...

Impecable reseña de la novela. Buen trabajo: introducción muy personal (ahh, la figura entrañable de los tranvías); recorrido temático resaltado en negrita... Parece muy interesante. Volveré a visitarte. Saludos

Javier Angosto dijo...

Magnífica reseña, Píramo. A mí también me ha gustado, como a Tisbe, tu asociación de los tranvías con los fados.

Píramo dijo...

Gracias, Capitán. La vuelta del tranvía siempre es melancólica pero, como bien dices, madura el espíritu.

Gracias, Antonio. La amenidad está más en la novela que en mi crítica. Pero gracias.

Tisbe. Tú eres mi fado cuando no estás.

Esmeralda, observo que destacas de mi reseña la sistematización de las ideas, con la negrita como marcador. Espero que no haya resultado excesivamente escolar. Y sí, ¿quién se resiste a la melancolía del tranvía de antaño? No estos nuevos, tan modernos... Sé bienvenida

Javier. La que es magnífica es tu fidelidad a este sitio, ya tan tuyo como de Píramo y Tisbe. Gracias.