domingo, 20 de mayo de 2012

156. ʻEl árbol de la cienciaʼ, hoy.

Los estudiantes que este año se presenten a la Selectividad catalana deberán haber preparado durante el curso la lectura de El árbol de la ciencia, de Pío Baroja.
Los criterios utilizados por el comité de sabios correspondiente a la hora de decidir las lecturas prescriptivas del Bachillerato, siempre han constituido para mí un enigma de difícil interpretación. Pero como hace ya tiempo que dejé de creer en la asepsia de la Administración, imagino que habrá de por medio alguna motivación de esas que en la vacua palabrería pedagógica (o peor aún, psicopedagógica) llamarían “transversal”. O tal vez sea una cuestión de efemérides.

Veneno abúlico
Sea como fuere, siempre que se acuda a un clásico como Pío Baroja, no podrá parecerme mal. Pero la revisión de la novela del escritor vasco puesta ante los ojos de unos estudiantes de 17 años y a la luz de nuestra dramática situación social, nos obliga, al menos como profesores, a plantearnos la conveniencia de inyectar sobre el alumno el veneno abúlico noventayochista. Que nadie malinterprete mis palabras. No estoy proponiendo cribar nuestra historia literaria en función de aquellas obras que hacen felices a los alumnos, como defenderían esos imbéciles circenses del “greenpeace educativo”. De entre las más gratas lecturas que he hecho en mi vida están las de los autores de la Generación del 98 y decir lo contrario es anatema. A esa pléyade extraordinaria de escritores insuperables hay que conocerla y admirarla. Pero ni Andrés Hurtado en el Árbol de la ciencia ni, por ejemplo, Antonio Azorín en La voluntad (título, por otro lado, tan significativo), me parecen personajes ejemplares en el actual contexto de crisis económica y social. El análisis de su profunda vida interior despierta nuestra solidaridad y empatía; entendemos sus frustraciones, comprendemos su condición de víctimas de un país inmovilista que los fagocita en el abismo de la inacción. Andrés Hurtado encuentra su estado ideal de existencia en la ataraxia, una suerte de serenidad artificial que le aleja de todo y de todos y que no es más que una aceptación camuflada de su astenia, de su abulia, de su apatía, de su falta de iniciativa para cambiar la realidad. Y, como no podría ser de otra manera, acaba fracasando. No necesitamos estos modelos.

El 15-M
La mejor versión del Movimiento 15-M (no, por tanto, la de los vagos perrifláuticos colocados de marihuana, ni la de los vándalos, ni la de los ignorantes que enarbolan emblemas que ni ellos mismos entienden) tiene mucho del regeneracionismo que defendía el 98, con la ventaja de que la preocupación por la mejora del país ya no se reduce a un grupo de intelectuales sino a muchas de las capas de nuestra sociedad. Iturrioz, el tío de Andrés Hurtado, en un momento de sus apasionantes diálogos filosóficos, defiende que la Naturaleza “no se contenta sólo con dividir a los hombres en felices y desdichados, en ricos y pobres, sino que da al rico el espíritu de la riqueza, y al pobre el espíritu de la miseria”. Y, tras el desastre de Cuba, Andrés se sorprende de que la gente siga yendo indiferente a los toros y al teatro. Hoy las personas no asumen ya, por defecto, su condición de víctimas determinadas de antemano, y hay un interés por la gestión de nuestros gobernantes. La Generación del 98 con toda su extraordinaria calidad literaria pecó siempre de quejarse de todo en el marco de un pesimismo demoledor. Pero nunca tuvo un programa real, como sí lo tuvieron, por ejemplo, los ilustrados del siglo XVIII (aunque creo que literariamente no tienen comparación). El profesor que explica a Baroja y a Schopenhauer y observa la mirada perdida de sus alumnos en quién sabe qué rincón de su pensamiento, necesita dar una esperanza a estas generaciones, que son las que tienen que sacarnos del atolladero. Y descanse en paz, Andrés Hurtado.

6 comentarios:

Laura Guerrero dijo...

Gracias por este artículo, Fernando, pensé que era la única que se desalentaba leyendo a Baroja.
Creo que si lo leyésemos en un momento donde la sociedad estuviera mejor y tuviéramos alguna esperanza respecto a nuestro futuro, ya que hoy en día sólo consiguen abatirlo, podríamos ver con otros ojos la segura maravilla de este autor noventayochista. Pero como bien has dicho, no podemos hacer otra cosa que encontrar paralelismos entre nuestra realidad y la de Andrés Hurtado, y aunque no me he acabado el libro, seguro que no me gustaría tener el mismo final, que ya intuyo, que el pobre protagonista de "El árbol de la ciencia".

Javier Angosto dijo...

En relación con "El árbol de la ciencia", hablas de "La voluntad" de Azorín, obra hermana de ésta así como de "Camino de perfección". Pues bien, en "La voluntad" hay un capítulo que deberían leer muchos de los jóvenes que se matriculan en bachillerato casi por inercia y desdeñan la FP. Azorín compara a la juventud de Yecla con la del cercano Pinoso. En Yecla, por sistema, los jóvenes quieren ser universitarios; lo que ha provocado que el cultivo de la tierra quede en manos de los más ineptos, de aquellos a los que se les atragantan los libros. En cambio, en Pinoso los jóvenes no han tenido ningún reparo a la hora de trabajar en el campo y les va mejor en la vida porque "la juventud de Yecla, educada con miras hacia las profesiones administrativas, palidece sobre los cógidos y se encuentra perpleja para la libre lucha por la vida". Y lo mismo ocurre con Francia e Inglaterra. Francia -escribe Azorín- educa a sus jóvenes "para el examen"; Inglaterra, "para la vida". Y eso es así porque Francia "es política, oficinesca"; Inglaterra, en cambio, "es práctica, realista".

Estanislao Trives dijo...

Queridos Píramo y Tisbe, aquí un cura barbado - que no barbero - os deja su opinión:

Hace poco releí "El árbol de la ciencia" junto con "Abel Sánchez" de nuestro 98, con "Fiesta al noroeste" y otras obras de literatura universal, para un trabajo de literatura comparada sobre el cainismo.
Estas obras proponen ese estado de abulia, de ataraxia - a mi juicio imposible de alcanzar en cualquier vida que se llame humana - porque aquello que vivimos nunca nos deja indiferentes, ni podemos sustraernos a nuestra subjetividad para vivir la vida. Creo que el gran valor de estas obras es la de ser, de alguna manera, una "antitragedia" en la que la abulia, el inmovilismo y la ataraxia alejan de la felicidad, de la plenitud, y no hay lugar para la catarsis, o mejor, para la redención para quienes aceptan su vida como una limitación permanente, y no son capaces de descubrir las posibilidades que encierra.

Son obras que siempre me han producido un gran impacto, y aunque no tengan valor como modelos conductuales para los jóvenes de hoy, si sirven como antimodelos que nos marcan el rumbo hacia dónde se dirige la historia si dejamos que la indiferencia conduzca nuestras vidas, o dejamos que nuestra voluntad - aquello que queremos, al fin y al cabo - se adormezca. A mi al menos, después de leer esta magnífica literatura

Sobre la tragedia, y la catástrofe, me parece interesante la aportación de Tolkien - vaya, un británico práctico y realista-, que acuñó el término de eucatástrofe, y aunque él lo refirió a los cuentos de hadas, es aplicable a otras formas literarias, y tiene también mucho que aportar a la situación actual de la historia.

Bueno, para que veáis que sí os sigo. Espero que nos volvamos a ver pronto. Besos.

Tisbe dijo...

Recuerdo que cuando leímos esta obra en COU nuestro profesor nos dijo que no era apta para personas con tendencias fáciles a la depresión, pues Andrés Hurtado no es precisamente el mejor modelo del optimismo. Ahora bien, esto no significa que no haya que valorar la grandeza de esta novela ni que los alumnos tengan que verse reflejados en ella. Comparto la teoría de Estanis sobre el "antimodelo" , quizás sea bueno hacerles ver lo que no hay que hacer, como ese estado de abulia no conduce a nada.

Alicia Pérez Gil dijo...

Yo leí esto allá por segundo de BUP y me enteré de bien poco. Quizá debieron endilgárnoslo en COU. Hay lecturas que merecen mentes un poco más amuebladas -más y mejor- que las adolescentes. Al menos más y mejor amuebladas de lo que lo estaba la mía entonces.

Años después retomé a Unamuno y lo pasé muy bien. A lo mejor ahora me meto con Don Pío.

Píramo dijo...

Laura, pese a todo, intenta valorar la obra como un artefacto literario. Y, como bien dice Estanislao, puede servir de modelo para evitar precisamente la suerte que corre el personaje. Gracias por tu comentario.

Javier, ¿perdonarás mi herejía de dejar en mal lugar a Azorín? Aunque intuyo que ya sabes que no es una crítica a su obra sino al modelo de personaje en los tiempos que corren. No recordaba la reflexión de Azorín respecto a las profesiones no universitarias. Desde luego es un razonamiento a seguir. Se ha prestigiado demasiado a la universidad y así nos va. Un país no sale adelante sólo con filósofos.

Estanis, muchas gracias por tu comentario, tan bien fundado. Tu reflexión se acomoda al artículo y lo complementa. Es como mirar al trasluz los negativos de una fotografía.

Tisbe, siempre hay que hacer un ejercicio de alejamiento respecto a la novela para evitar depresiones. Aunque con ésta es inevitable sentir algo de desaliento.

Alicia, la literatura clásica es siempre una opción. Uno vuelve a casa cuando lee a los clásicos.