domingo, 2 de diciembre de 2012

184. ¿A qué huelen los libros?




No; no se trata de hacer aquí un remedo bibliofílico de aquel popular anuncio de compresas. La única compresa que va a necesitar el lector es la que deberá aplicarse sobre la cabeza con algún cataplasma sacado del laboratorio de Fierabrás, para paliar la cefalalgia que a buen seguro le producirá lo que a continuación voy a contarles. Como la pregunta “¿a qué huelen las nubes?” ya fue resuelta por quién sabe qué misteriosos recovecos del instinto menstrual en el anuncio de marras, ahora a unos científicos eslovenos y británicos les ha dado envidia y han conseguido identificar hasta 15 moléculas volátiles responsables del olor de los libros, lo cual tiene menos mérito que averiguar el olor de las nubes en plena visita del nuncio pero que supone una nueva contribución a la ciencia odorífica y hasta complementa a la anterior, pues de todos es conocida la relación entre los libros y las nubes. Pues bien, según la revista Analytical Chemistry, donde se publica este estudio, el papel de los libros, particularmente el de los libros viejos, está compuesto, entre otros elementos, por la lignina, el polímero orgánico más abundante en el mundo vegetal y pariente de la vainilla, de ahí su olor dulzón. La oxidación de la lignina es la que hace amarillear las páginas de los libros, algo que ya casi no ocurre con los libros nuevos porque éstos están fabricados con papel libre de ácidos, casi sin lignina. Ahora viene el dolor de cabeza. La lignina está altamente polimerizada y está formada por monómeros de fenilpropanoides, parecidas al fenilpropano, pero (¡ojo!) no iguales (matiz altamente interesante), concretamente alcoholes fenilpropílicos, como el cumarílico, el coniferílico y el sinapílico.
No, no, no y cien veces no. Todo esto podrá resultar muy útil para la ciencia; de hecho, los procesos diagnósticos de degradación (la degradómica) a través del olor, pueden ofrecer datos sobre el nivel de deterioro de los libros y ponerle freno a tiempo. Muy útil para la ciencia, digo, pero maldita la falta que nos hacía a los amantes de los libros el dichoso descubrimiento. Esto es como cuando nos dicen que el inconmensurable amor que sentimos por nuestra pareja se reduce a unas reacciones químicas producidas por nuestro organismo y que los escasos accesos de felicidad de nuestras vidas son, en realidad, un subidón de unas cosas llamadas endorfinas. Pues me rebelo y me rebelo. Y desde estas páginas del periódico (ay, el olor de los periódicos…) llamo a la insumisión a todos los enfermos de luna, a todos los estornudadores de lignina en viejas bibliotecas, a todos los que duermen con un libro abierto en el regazo, a todos los que se hallaron en las páginas de un libro. A todos, ejército parapetado tras la indestructible adarga de los libros, blandiendo vuestros marcapáginas de cartón, yo os convoco y os arengo para que contestemos a los eslovenos del chemistrynoséqué y les digamos con grito unánime, como lección bien aprendida, que los libros huelen al trigo castellano de Antonio Machado; que huelen a la higuera de Miguel Hernández, al salitre del mar de Alberti, al incienso de las ciudades levíticas de Gabriel Miró, a la ambrosía de los dioses homéricos, al tabaco y al vino de Gil de Biedma, al azahar de los naranjos de Blasco Ibáñez, a los harapos del exilio de tantos, a hojarasca de los pueblos perdidos de Julio Llamazares, al perfume embriagador y subyugantemente femenino de Ana Ozores o de Emma Bovary. Que los libros huelen, sobre todo, a nuestros dedos, a las lágrimas que reblandecieron el papel. Y que quizás también, algún libro que me prestaste, huela a ti, amor mío, y al volver la página, tal vez levante polímeros de tu piel y, en tu ausencia, seas, de repente, epifanía de aroma dulce para mi añoranza. 

18 comentarios:

Núria de Santiago dijo...

Precioso, Fernando.

Érie Bernal dijo...

Qué ganas los científicos de desmontar los misterios de la vida. El olor de los libros se acompaña de anhelo, pasión, felicidad, experiencia, amor, nostalgia... podría seguir pero creo que ya sabes hacia donde voy. A mí me gusta oler los libros a ver dónde me transporta... Incluso he desechado alguna compra por un olor poco atrayente.
Por cierto... ¿a qué huelen los libros electrónicos? Creo que también existe un experimento para incorporar cierto olor en ellos para que sean aceptados por aquellos que nos resistimos a dejar el papel. Y por cierto... ¿ya le regalaste a Tisbe el perfume que huele a libros, Paper Passion? Curiosa entrada!!

Él dijo...

Es cierto encontrar una explicación a algo no te hace entenderlo, es como describir un color: le puedes dar frecuencia, pero si no lo experimentas, no sabes lo que es.
Otro problema sería el del todo y las partes: el olor de los libros no es sólo que olor desprenden los libros.
Por eso, debo adoptar una posición intermedia: ni se puede frenar a la ciencia a que intente explicar lo inexplicable, ni debemos dejar a esta decir que es lo que hacemos.

Antonio Tello dijo...

¿A qué huelen las nubes? Una pregunta que seguramente hubiese hecho un maestro zen a un discípulo al modo de aquella ¿cuál es el sonido de una mano que aplaude sola?, habría que hacérselas a estos tipos que se ocupan de destruir los misterios poéticos que espiritualizan nuestras vidas. No hace mucho también salió uno de estos "científicos" revelando la razón por la que las hojas se oxidan en otoño.
Enhorabuena por la nota.

María del Pilar Moreno dijo...

Algunos (los buenos) huelen a gloria y otros...

Laura Guerrero dijo...

¡Me encanta!

Mari Carmen Pidal dijo...

¡¡Me ha gustado MUCHO!!

Javier Angosto dijo...

Me ha gustado mucho tu artículo de esta semana. Especialmente la parte final: qué atinadas esas asociaciones que estableces.

M. Victoria Bertrán dijo...

Hola, Fernando,

Te leo siempre, pero ¡hoy no me puedo resistir a felicitarte por el artículo! Me encanta.

Píramo dijo...

Gracias, Núria.

Érie, es el dichoso sentido pragmático de nuestro mundo. Respecto al perfume, era, parece, un bulo. De aquello también hice algun artículo, no recuerdo el título. De todos modos, a Tisbe, como a mí, como a ti, no nos hacen falta perfumes artificiales. Nuestra pituitaria va más allá.

Él, obviamente el artículo no es un ataque contra la ciencia. Es sólo una forma de ser y estar en el mundo. Y una vez más, es un homenaje a la literatura. El descubrimiento científico al que aludo (que, además, es de hace 3 años) es sólo un pretexto para mostrar mi amor a todo aquello que en los libros va más allá de unos polímeros...

Gracias, Antonio. Supongo que los científicos no tienen culpa de hacer su trabajo. Pero sí, desazona mezclar las cosas del espíritu con las de la fría ciencia.

María, pues como se suele decir, "aquí paz y después gloria"

Laura, muchas gracias. Celebro que te haya gustado.

Mari Carmen, eres un sol. Gracias por ese "MUCHO" tan cariñoso y mayusculoso.

Javier, muchas gracias. Las asociaciones podrían haber sido infinitas. Fueron las que se me ocurrieron en ese momento. Pero hay tantas...

M. Victòria, muchas gracias. Siempre son reconfortantes palabras como las tuyas. Son un acicate para continuar escribiendo. Te agradezco profundamente tu generosidad. Un abrazo.

Mari Carmen Pidal dijo...

De nada, pero es que el final me ha emocionado...

Tisbe dijo...

Tu artículo me ha encantado y emocionado muchísimo. ¡Eres un sol! Yo me apunto a ese ejército que dices y lucho por ti contra polímeros y molinos de viento si hace falta. Te quiero.

Píramo dijo...

Tisbe, si mi artículo te ha emocionado, tus palabras a mí también. No hace falta que te diga que tú me inspiras todo. Que tú me inspiras siempre. Te quiero. Y aunque eso se dice al oído, qué hermoso es también decírtelo aquí, rodeados de libros y palabras, en nuestro blog, tan especial, tan nuestro. Rompiendo distancias a través de la grieta de esta pared cada vez más agrietada para que Píramo y Tisbe puedan verse ya para siempre.

Maribel Moreno dijo...

Pareja, ahora nos hemos emocionado todos los que hacemos de mirones. Seguid asi! Precioso, Fernando.

Mila Estirado dijo...

Fernando, ¡qué gran artículo!, ¡bellísimo!

Marta Ibáñez dijo...

Los libros huelen a sus dueños y los lugares a donde los acompañaron, cada vez que huelo mis libros me llevan a todos los lugares donde estuvimos juntos.... Y totalmente de acuerdo, los buenos huelen a gloria, de haber llegado al final y tener la necesidad de tomarlos después de un tiempo y volver a leerlos....

Píramo dijo...

Maribel, con "voyeures" con tu sensibilidad literaria, nos declaramos exhibicionistas desde ahora mismo. Gracias por tus cariñosas palabras.

Mila, muchas gracias. Celebro que lo hayas disfrutado leyéndolo tanto como yo escibiéndolo.

Marta, tu reflexión demuestra que literatura y vida no se pueden desgajar. Gracias.

Ángeles López dijo...

¡Qué bonito, Fernando! A mí también me ha emocionado