domingo, 5 de enero de 2014

234. Leer mucho, leer bien



Con la venida del nuevo año llega también la hora de los balances del año anterior. En el ámbito literario se confeccionan esas listas absolutamente arbitrarias donde se recogen los mejores y los peores libros, se clasifican según el número de ventas, se destaca aquel escritor revelación o la consagración de aquel otro y mil menudencias más que nutren el capricho estadístico. Pero este año he descubierto otro balance que se ha puesto de moda. Se da, sobre todo, en las redes sociales y consiste en hacer acopio del número de libros leídos por cada lector durante el año. Algunos no sólo se limitan a dar buena cuenta de la cantidad exacta de sus lecturas, sino que, además, ofrecen los títulos numerados por orden cronológico e, incluso, desglosados por meses. Les acompañan, además, otros datos como el número de páginas de cada libro y la suma total de páginas consumidas. Y todos compiten a ver quién ha leído más libros o quién acumula más páginas totales. Confieso que me siento gozoso ante esta efervescencia lectora que así genera esta sana competencia. Mejor eso que porfiar por ver quién bebe más litronas. Pero me parece que las lecturas de cada cual, más allá del interés que pueda resultar de compartir títulos y experiencias concretas, así mercantilizadas, a peso, resultan una exhibición impúdica que desvirtúa la relación privada del lector y su libro. A nadie le importa qué hemos leído si no es para ofrecer una buena reseña, una recomendación o el deseo de contar la vivencia que el libro nos ha reportado. Los libros no son meras listas, ni trofeos de caza colgados de una pared, ni coloridas colecciones de entomólogo pinchadas con un alfiler en el corcho de nuestra estantería para vistoso deleite de las visitas.

Confieso también que me siento algo acomplejado. Yo, que me considero un buen lector, regular y asiduo a mi cita diaria con los libros, no alcanzo ni por asomo la ingente cantidad de lecturas de mis correligionarios; por ejemplo, los 134 libros anuales que cita uno de ellos. Una media de más de 11 libros al mes. Admiro tal prodigio de dedicación pero, sin pararme a evaluar la calidad de sus lecturas ni las obligaciones cotidianas de cada cual, ni la cantidad de tiempo libre que como tregua aquellas le regalen, debo recordar (sólo por si acaso) que el libro exige paladeo, como el buen vino. Un libro de poemas de apenas cien páginas puede durarme mucho más que un libro de trescientas, porque la poesía no se lee como se lee un periódico. Uno se detiene en el verso, se suspende en él, lo degusta, calibra en su mente esa imagen genial, lo relee varias veces, cada vez con una sugestión nueva o un matiz que se escapaba y que ahora lo completa. Con menor demora se lee una novela pero también ésta participa del mismo criterio de delectación. Las lecturas apresuradas, “en diagonal”, como dicen algunos, nunca pueden dejar poso alguno en nuestro espíritu. Si somos lo que leemos, si algunos cosemos nuestra identidad a base de hilvanar puntadas de libros sobre nuestra conciencia, si el libro es un compañero confidente con el que susurramos secretos sin prisa, entonces consideremos la paciencia, consideremos la dulce lentitud, aunque nuestra vida finita nos punce el alma al recordarnos todo lo que no leeremos nunca. Que cada libro, si es merecedor de ello, cale, igual que cala el abrazo largo que reconforta, igual que cala el beso en donde uno se olvida del mundo y hasta de sí mismo. Leamos mucho, sí, pero leamos bien. Feliz y literario 2014.

4 comentarios:

J. Williams dijo...

Leo mucho y mal, porque es por trabajo y no escojo las novelas (y libros de texto, y panfletos de autoayuda) pero me consuelo con que de todo aprendo algo, aunque sea aprender lo que hace una novela tediosa.

Tisbe dijo...

Opino como tú. Los libros hay que saborearlos y leerlos con calma. Alardear del número de volúmenes que hemos leído es algo absurdo y denota cierto narcisismo lector.

Tomàs Camacho dijo...

En la lectura importa mucho el cómo y el para qué. Siempre que puedo comento que la relación con un libro tiene que ser una diálogo que nos permita crecer, pero no solo eso, claro. ¡Feliz 2014!

Píramo dijo...

J.Williams, ciertamente hay trabajos que tiranizan. No hay nada peor que leer por obligación laboral, como les ocurre, por ejemplo, a los críticos literarios por encargo que, además, deben hablar bien del libro porque así se lo exige un embarazoso compromiso. O el caso de los que se dedican a valorar manuscritos, que tienen que lidiar con auténticas bazofias.

Tisbe, me gusta el marbete que has utilizado de "narcisismo lector". Fenómeno bien acuñado.

Tomàs, opino que los buenos libros son aquellos que te convierten en alguien diferente después de leerlos, aunque sólo sea una pizca diferente.