viernes, 5 de mayo de 2017

360. 'Incendios'



En un momento donde la banalización de las palabras nos ha llevado a leer en las contraportadas de los libros, adjetivos como “imprescindible” u “obra maestra” aplicados a cualquier novelucha del tres al cuarto, es hora de devolverles a esos atributos su verdadera naturaleza semántica. Vayan a ver Incendios y sabrán de verdad lo que es imprescindible y lo que es una obra maestra para sonrojo de esas fraudulentas contraportadas.
Incendios es una de esas obras que deben pasar a los anales del teatro contemporáneo porque compendia a la perfección todo lo que se le pide a un montaje teatral: texto, técnica, ética, estética, tradición, modernidad, catarsis. Mouawad narra la historia de Nawal, una mujer sumergida en un mutismo impenetrable que, tras morir, deja a sus dos hijos sendos sobres testamentarios donde se les conmina a buscar a su padre, al que creían muerto, y a un hermano cuya existencia ignoraban. Al acatar la voluntad de su madre, Jeanne y Simon se enfrentarán en su viaje al horror de la guerra y a la terrible verdad sobre sus propios orígenes.
La obra entronca con el fatum de la tragedia griega llevando los designios del destino y las casualidades a su grado máximo de patetismo, desgarro y crueldad. El desarrollo de la acción, paralelo a la investigación de los hijos, se produce mediante frecuentes flasbacks bien dosificados que, a veces, se solapan con el presente integrándose en él de manera muy natural, algo que ocurre también con el tratamiento de los espacios. Ese hilo argumental confiere a la obra un marcado carácter narrativo, casi novelesco, no demasiado habitual en el endogámico discurso teatral, que jalonado por el simbolismo lírico de las escenas y el sufrimiento interior de los personajes, convierten a la obra en un producto total. Aunque el contexto histórico de la obra remite a la guerra civil libanesa, ésta se reduce a meras vaguedades que trascienden el carácter local del conflicto para universalizar el sinsentido y la barbarie de cualquier guerra. Es importante, por su simbolismo, la escena en la que Jeanne, profesora de matemáticas, explica a sus alumnos la teoría de los grafos, según la cual, los diferentes vértices de un polígono dado no pueden comunicarse todos entre sí. Jeanne tiene que llegar al corazón de su polígono que le permitirá descubrir la verdad sobre su origen pero la teoría de los grafos es también el trasunto del mundo occidental, aislado en su vértice de indiferencia, ante los problemas de Oriente Próximo. Es también fundamental el relieve que se da a la cultura y a la alfabetización como únicas armas ante el silencio del horror. Mouawad se postula, además, en su obra, en el más contundente extremo del amor como redención, casi imposible de aceptar por el espectador, debido a su bellísima pero inasumible radicalidad.

Los actores (con una Nuria Espert algo dosificada en el tiempo de sus intervenciones en una función de tres horas; el eficaz contrapunto del albacea, interpretado por Ramón Barea; y los guiños de dicción de Laia Marull representando a la Nawal joven, que trata de remedar a Nuria Espert en su papel de Nawal mayor –quizás un homenaje de la joven actriz); los silencios, el tempo narrativo, el juego de luces, la sencilla, delicada y, a veces, cruda escenografía, la mano maestra de Mario Gas, todo contribuye a engrandecer el trabajo de Mouawad que, esta vez sí, con todas las de la ley y sin enredadores de palabras de por medio, es una obra imprescindible. Una obra maestra.

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