viernes, 16 de junio de 2017

365. 'Tú me mueves'



El último poemario del turolense Agustín Pérez Leal, ganó el pasado año el Premio Antonio Oliver Belmás, que otorga el Ayuntamiento de Cartagena y acaba de ser galardonado con el Premio de la Crítica Valenciana ex aequo con Antonio Cabrera. Muchas veces el compañero de premio redunda aún más en el mérito de su correligionario.
Tú me mueves (Pre-Textos), constituye una celebración de la vida desde una concepción esencialista del mundo. Quizás por ello, la presencia de los cuatro elementos de la Naturaleza esté tan presente durante todo el libro, a la manera en que los presocráticos formularon aquel arjé o principio del universo. Así, la apología del sol, su luz majestuosa y trascendente, demiurgo nutricio de todas las cosas, detenida en la sagrada unción del aceite o en el incendio de amor de los girasoles. O el amanecer donde el mundo resucita como si lo hiciera por vez primera y en ese instante auroral de las primeras horas, detenido en una suerte de eternidad, se cifrara el arcano de todo, aunque el poeta no sepa decirlo. Pero también el agua, ritualizada en aquella sinagoga de Úbeda o mezclada con el sol en una lumbre con la que el poeta quisiera confundirse. Y la piedra, casi objeto votivo que puede servir de pedestal al amor. Y, claro, el aire, que acuna (sostiene) al poeta. Y, sin embargo, pese al sol, la verdad dolorosa del mirar y del saber. El poemario avanza entonces declinando su luz, hacia la tarde serena de “Placidez” y luego hacia la noche, trasunto de la muerte que nos gobierna “con la exacta sentencia / de una cruz de ceniza / sobre el cuerpo dormido” en “Nocturno”. Paralelamente a ese declive de la luz, la tierra se vuelve la ceniza que somos, y los poemas se tornan otoñales e invernales. Y, no obstante, el apego a la vida, permite resistir a la strelitzia en su obcecación ante el frío, y la hoja del álamo seco tiembla y lucha contra el viento; el poeta sigue teniendo la “sed de ser” y así se lo exige a su cuerpo: “límite de mi encuentro con el mundo / mi amigo, guárdame; / piedra que desecharon, /dintel, dovela, clave, guárdame”, aunque el cuerpo no sea ya más que ese roble por cuyas oquedades suena el viento, “aire azul de madera”, pero sonido, al fin y al cabo o la vieja enredadera que muere en la porfía de su ascenso, pero ascenso, a la postre. El elixir contra la muerte reside entonces en los instantes y su contemplación: el amanecer, el no- lugar del abrazo, el plano de lo que no somos en una cantata de Bach, el haiku de “Tanka”. Y, en último término, la búsqueda de la verdad en la “altura de lo hondo”, el “sin ti, tu certeza”, que cierra el libro culminando la oscuridad nihilista a que se iba abocando paulatinamente el libro y que, sin embargo, otorga circularidad a la obra, pues esa oscuridad del despojamiento que es el “no-yo”, es luz de autoconocimiento y de verdad.
El otro gran tema de libro es el amor. En todos estos poemas, hermosísimos, se aprecia una radical humildad ante el sujeto amoroso, la renuncia a sí mismo, la lealtad incondicional, la devoción casi religiosa y la vulnerabilidad de un alma entregada.

El lector que se acerque a Tú me mueves acabará con los ojos deslumbrados por una plenitud cenital, casi guilleniana, aunque sin concesiones al optimismo. Vivir es eso: sentirse en el mundo, “recién regado” y, a la vez, sentirnos “casa de nadie al fin, / casa de nada”.

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