lunes, 7 de junio de 2021

533. El recuerdo que seremos

 


Leí en su día El olvido que seremos, de Héctor Abad Faciolince y, saturado como estaba entonces de literatura memorialística, evocaciones nostálgicas y homenajes familiares, no supe entrar bien en la novela. Reconocí, eso sí, una prosa muy limpia, cuyo mero fluir constituía por sí solo un amable placer.

La reciente adaptación cinematográfica a cargo de Fernando Trueba ha operado en el vago recuerdo de mi lectura como una alquitara donde se han destilado con enorme acierto selectivo y exquisito mimo los pasajes más hermosos del libro. Nada le falta y nada le sobra al metraje respecto de la novela –de donde se concluye la inteligente mirada de David Trueba, a la sazón guionista de la cinta– y el enfoque de la película rescata con admirable precisión emocional la esencia de su adlátere literario.

De este modo, asistimos con verdadero deleite a los grandes temas de la novela. La admiración exacerbada del niño Héctor hacia su padre, correspondida con un amor más allá de todo límite por parte de éste, se trasluce perfectamente en la mirada de Nicolás Reyes, el actor que encarna al escritor durante su infancia. Las alegres escenas familiares evocan el enorme papel aglutinador del padre, en torno a cuya figura planetaria y su influjo gravitacional puede entenderse la felicidad que rezuma toda la casa. Efectivamente, Héctor Abad padre consigue crear esa armonía a base de una transigencia de tal generosidad que resulta imposible traicionarla con el abuso, la indisciplina o el menosprecio. Todo orbita alrededor de su bondad inquebrantable, a la que la familia quiere corresponder, en un afán de no defraudar. Incluso cuando el cabeza de familia debe reprender severamente algún comportamiento (como la pedrada de su hijo al cristal de una familia judía), lo hace con una pedagogía firme pero constructiva que no se basa en el castigo. Esa actitud ilustrada, fruto de la moderación y del conocimiento, alcanza divertidas y significativas cimas en las escenas donde Héctor Abad padre debe contrarrestar las supercherías religiosas de la educación que reciben sus hijos por parte de la monja que los tutela en casa y con la que solo transige por mero respeto a las creencias de su esposa, cuya parentela está vinculada a figuras importantes de la jerarquía eclesiástica. De esa actitud dieciochesca nace también su compromiso con la ciencia como garante del progreso de Colombia respecto a las vacunas y la salubridad del agua. Y es, otra vez, la independencia que da el pensamiento propio, lo que convertirá a Héctor Abad padre en la diana de conservadores y progresistas, los unos por poner en jaque el poder establecido a través de sus diatribas, los otros por no tomar el camino radical de la violencia reivindicativa, interpretada como tibieza y hasta connivencia con los poderes fácticos. La tiranía del estás conmigo o estás contra mí, sin escala de grises, que penaliza la equidistancia y el juicio independiente. En todos esos pormenores del carácter de Héctor Abad Gómez, Javier Cámara está perfecto.

El uso alterno del color para la época feliz y el blanco y negro para el tiempo de la desgracia resulta un acierto que trastoca las atribuciones tradicionales de estas técnicas cromáticas vinculadas normalmente a criterios cronológicos, aquí vueltos del revés. Estas sutilezas técnicas intentan caminar del lado de la contención emocional para no caer en el sensacionalismo, aunque, como ocurre en el libro, la coda final en la que los hijos se van enterando del asesinato del padre me parece prescindible justamente por recrearse en el dolor. Bastaba el crimen y la elección del blanco y negro.

La obra hace buena la controvertida máxima de que bondad y cultura suelen ir de la mano. Y que la Literatura, cuando es buena y auténtica, contradice el título de la novela de Abad Faciolince, y puede regalarnos aquella segunda vida manriqueña del recuerdo. Como no todos podemos ser prohombres de la Historia ni tener hijos que perpetúen nuestra memoria con las palabras, conviene al menos saber qué tipo de recuerdo queremos legar a las dos, a lo sumo tres, generaciones que nos sobrevivan antes de ser olvido definitivo en la tierra. Trabajemos para que el recuerdo que seamos se parezca, aunque efímero, al de las personas buenas como Héctor Abad Gómez.

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