Aunque
más conocido como poeta, labor que le ha granjeado diversos reconocimientos,
entre ellos el Premio Andalucía de la Crítica, Diego Vaya ya había explorado, con
anterioridad al libro que hoy nos ocupa, el territorio de la narrativa breve
merced a varios trabajos relacionados con el género cuentístico y con la novela
corta. Pero es ahora cuando el escritor sevillano ha decidido lanzarse al
cultivo de la novela canónica, y no
ha podido hacerlo con mejor pie, pues Al
final de las voces (Fundación José Manuel Lara) ha sido distinguida con el
Premio de Novela Felipe Trigo. El libro, que podría adscribirse con justeza al
campo del thriller literario, presenta
una estructura polifónica en la que los tres personajes principales van alternándose
en diferentes planos temporales para ir reconstruyendo el motivo central del
argumento, esto es, la muerte en extrañas circunstancias de Lorenzo y de su
mujer. Los diferentes momentos históricos que jalonan la narración permiten
sugerir, a modo de precisas estampas impresionistas, el ambiente de cada
periodo. Así, al acompañar a Lorenzo desde la Guerra Civil hasta 1972, podemos
rastrear con pocos pero efectivos elementos, las vicisitudes de cada época: el
desconcierto inicial de la contienda fratricida; el enrolamiento casi causal en
un bando o en otro, dependiendo de donde le cogiera a uno la conflagración; la
mezquindad de las delaciones auspiciadas por viejas rencillas personales; el
oportunismo de quienes quieren medrar a río revuelto; la crueldad
indiscriminada fruto de la deshumanización provocada por la guerra; el concurso
de los divisionistas españoles en la batalla de Leningrado al servicio de los
nazis, a donde Lorenzo se verá abocado como contrapartida para salvar a su
hermano rojo; la terrible posguerra y los abusos de poder; las consecuencias
del Concilio Vaticano II en el trabajo de los curas obreros; hasta llegar a los
agitados años 70 y las revueltas universitarias contra el régimen. Por su
parte, la segunda protagonista, Claudia, sujeta temporalmente a 1972, es
sobrina de Lorenzo y estudiante de periodismo, y se embarca en una
investigación que trata de aclarar la muerte de su tío, caso al que la policía
ha dado carpetazo aduciendo el asesinato por celos y el posterior suicidio, pero
que en la mente de la avezada estudiante no acaba de encajar. Finalmente, un
anónimo detective privado, de importancia capital en la novela, investiga la
posterior desaparición de Claudia, relacionada, al parecer, con sus peligrosas
pesquisas acerca de la ya comentada muerte de su tío, indagaciones que debieron
de incomodar a su supuesto secuestrador. Otros personajes, con su función
testimonial, completan el cuadro de esta novela coral. De capítulos cortos pero
contundentes, la novela va acrecentando paulatinamente su interés conforme las
piezas del puzle se van ensamblando con la paciente labor del suspense bien
medido hasta el sorprendente final. La acción, de trazas cinematográficas,
avanza con agilidad y el estilo, más allá de algunos bellos hallazgos líricos,
no deja entrever, como suele ocurrir con los poetas que cultivan novelas, el
prurito del verso, antes bien, la prosa de Diego Vaya se desliza con una
premeditada contención, que favorece la crudeza de algunas escenas. El libro,
además, defiende una clara tesis en su propuesta: cómo el rencor, el odio y el
ansia de venganza pueden legitimar y sostener toda una vida, incluso cuando la
víctima de esa inquina es inocente. Por otro lado, Al final de las voces es una áspera y descarnada aserción de los
estragos psicológicos y existenciales que causan todas las guerras.

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