domingo, 10 de mayo de 2026

728. El odio como sostén

 


Aunque más conocido como poeta, labor que le ha granjeado diversos reconocimientos, entre ellos el Premio Andalucía de la Crítica, Diego Vaya ya había explorado, con anterioridad al libro que hoy nos ocupa, el territorio de la narrativa breve merced a varios trabajos relacionados con el género cuentístico y con la novela corta. Pero es ahora cuando el escritor sevillano ha decidido lanzarse al cultivo de la novela canónica, y no ha podido hacerlo con mejor pie, pues Al final de las voces (Fundación José Manuel Lara) ha sido distinguida con el Premio de Novela Felipe Trigo. El libro, que podría adscribirse con justeza al campo del thriller literario, presenta una estructura polifónica en la que los tres personajes principales van alternándose en diferentes planos temporales para ir reconstruyendo el motivo central del argumento, esto es, la muerte en extrañas circunstancias de Lorenzo y de su mujer. Los diferentes momentos históricos que jalonan la narración permiten sugerir, a modo de precisas estampas impresionistas, el ambiente de cada periodo. Así, al acompañar a Lorenzo desde la Guerra Civil hasta 1972, podemos rastrear con pocos pero efectivos elementos, las vicisitudes de cada época: el desconcierto inicial de la contienda fratricida; el enrolamiento casi causal en un bando o en otro, dependiendo de donde le cogiera a uno la conflagración; la mezquindad de las delaciones auspiciadas por viejas rencillas personales; el oportunismo de quienes quieren medrar a río revuelto; la crueldad indiscriminada fruto de la deshumanización provocada por la guerra; el concurso de los divisionistas españoles en la batalla de Leningrado al servicio de los nazis, a donde Lorenzo se verá abocado como contrapartida para salvar a su hermano rojo; la terrible posguerra y los abusos de poder; las consecuencias del Concilio Vaticano II en el trabajo de los curas obreros; hasta llegar a los agitados años 70 y las revueltas universitarias contra el régimen. Por su parte, la segunda protagonista, Claudia, sujeta temporalmente a 1972, es sobrina de Lorenzo y estudiante de periodismo, y se embarca en una investigación que trata de aclarar la muerte de su tío, caso al que la policía ha dado carpetazo aduciendo el asesinato por celos y el posterior suicidio, pero que en la mente de la avezada estudiante no acaba de encajar. Finalmente, un anónimo detective privado, de importancia capital en la novela, investiga la posterior desaparición de Claudia, relacionada, al parecer, con sus peligrosas pesquisas acerca de la ya comentada muerte de su tío, indagaciones que debieron de incomodar a su supuesto secuestrador. Otros personajes, con su función testimonial, completan el cuadro de esta novela coral. De capítulos cortos pero contundentes, la novela va acrecentando paulatinamente su interés conforme las piezas del puzle se van ensamblando con la paciente labor del suspense bien medido hasta el sorprendente final. La acción, de trazas cinematográficas, avanza con agilidad y el estilo, más allá de algunos bellos hallazgos líricos, no deja entrever, como suele ocurrir con los poetas que cultivan novelas, el prurito del verso, antes bien, la prosa de Diego Vaya se desliza con una premeditada contención, que favorece la crudeza de algunas escenas. El libro, además, defiende una clara tesis en su propuesta: cómo el rencor, el odio y el ansia de venganza pueden legitimar y sostener toda una vida, incluso cuando la víctima de esa inquina es inocente. Por otro lado, Al final de las voces es una áspera y descarnada aserción de los estragos psicológicos y existenciales que causan todas las guerras.

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