La
recuperación editorial de Noche
entreabierta, de Manuel Valero, a cargo de la editorial Averso no solo
supone la restauración de un importante hito en la producción literaria de
nuestro poeta alicantino y, por extensión, en el panorama poético español, sino
que su oportunidad lo convierte ahora, también, en un libro necesario.
Efectivamente, Noche entreabierta,
publicado en 2015 por Ediciones La Manzana Poética tras recibir el Premio de
Poesía Joven del mismo nombre, se coció en un caldo de cultivo propicio para el
verso combativo, arengador, descorazonado y sufriente. Estaba reciente la
eclosión del Movimiento del 15-M y de las plazas rebosantes de indignación
ciudadana que, hoy, después de quince años, y a la vista de las penosas
circunstancias políticas y sociales que nos asolan, rememoramos con la
nostalgia de quienes creyeron, tal vez ingenuamente, que un nuevo horizonte era
posible. Este libro de Valero parece haber renacido en aquella misma coyuntura
rediviva, pero sus poemas, siendo los mismos, son ahora más hirientes porque al
ardor de su mensaje parece faltarle el fuelle de aquella generación en estado
de efervescencia, hoy cansada, anestesiada, sodomizada. Moribunda. Noche entreabierta es la solitaria
cruzada del poeta que escribe en una estancia vacía el dolor de los otros. El
poeta que pasea por la ciudad desierta y nocturna de camino al hogar donde
esperan las facturas y el pasillo oscuro. El poeta que recorre, tanteando las
paredes, ese mismo pasillo oscuro, símbolo recurrente en el poemario, para
lavarse la cara frente al espejo, en donde se reconoce en su propia derrota,
mientras el lenitivo del amor duerme, desnudo, en el dormitorio. El hombre
tiranizado por la vida burocrática, tan alejada de la literatura, que timbra el
cansancio de vivir. El hombre que se unce al yugo de un nuevo día –desterrado
de la noche y del amor– y que en las ruinas del beso, acaso el único bálsamo,
evoca la vida de aquellos a quienes acucia la miseria cuando las matemáticas
arrojan su algoritmo de corrupción política y precariedad laboral. El hombre
que contempla con desazón la mendicidad de algunos de sus conciudadanos
(«conocen la ciudad que tú conoces») y que se llaman Manuel, Antonio o Carlos,
María, Celeste o Adela, pero que entre sus cartones se llaman, en realidad,
«historia, explotación y muerte / plusvalía, democracia y hombre»).
Hay
en el libro un tono arengador en la evocación del «tú» al que se interpela, ya
sea para mover su conciencia individualista, con sus pequeños e insignificantes
problemas cotidianos, hacia esa otra historia «de explotación y muerte / de
llanto hambre y desventura»; o para lanzar su soflama a las clases
desfavorecidas, hijas «de un amanecer
postrado». En cualquier caso, hay una clara vocación de mensaje colectivista
que, a veces, como en el poema «Tratado de amistad» usa la otredad como reverso
del espejo. En la coda última el poeta se pregunta si en este final de partida,
es él quien está jugando o si solamente es, él mismo, las cartas que otro maneja,
tahúr de la indecencia.
Los
versos de Valero, impetuosos, torrenciales a veces, con sus anáforas incisivas,
su tono imprecatorio y su compromiso ético, zarandean las conciencias dormidas.
Imposible no acordarse del Poeta en Nueva
York de Lorca, sobre todo en su acerada tesis anticapitalista con la que
claramente emparenta, pero también en la contorsión de la imagen, que si no
llega al surrealismo lorquiano, sí atesora una mirada alucinada, la única
posible ante la sinrazón y la injusticia.

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