Entramos en la vinoteca
Damaxen, de Pamplona, buscando el vino «Rayo de sol», de las bodegas Camilo
Castilla, situadas en la cercana Corella. Nos mueve, ante todo, probar el vino
que sirven en el guateque prenupcial de Luciano y Rosita, personajes de la
novela Plaza del Castillo, de Rafael García Serrano, publicada en 1951 aunque
ambientada en julio de 1936, durante los días previos al estallido d la guerra.
En el fragmento de marras se citan otras exquisiteces de la zona: «Había pastas
de Maxi, merengue de Pomares, coronillas de Salcedo, chorizo de Casia, bollos y
borrachos del Suizo: una antología suculenta, salada y dulce, con la garantía
de las mejores firmas pamplonesas y generosamente rubricada por el vino de la
tierra: el Rayo de Sol, de Corella, un tinto sublime de Artajona, un clarete
ribero que sabía a gloria y un moscatel azucarado y espeso que adunaba legiones
de moscas». Al entrar en la tienda, su regente, Michael Expósito, se halla en
acalorada conversación con un cliente. Hablan de pelota vasca. Al parecer,
Expósito es antiguo pelotari (se jacta de haber sido de los de mano) y se
lamenta de que el deporte patrio ya no es lo que era, lleno de poses y falto de
autenticidad. Su desencanto es el nuestro cuando buscamos en Pamplona todas las
referencias locales de la novela de García Serrano y comprobamos que aquella
Pamplona ya no existe. De las cafés que se mencionan en el libro, solo subsiste
el Iruña, famoso por ser asiduo refugio alcohólico de Ernest Hemingway; una
estatua del escritor estadounidense esculpida por José Javier Doncel en el
interior del café recuerda su paso por la ciudad. También se mantiene en pie,
aunque remozado, el hotel La Perla, en cuya habitación 217 se alojó el autor de
Fiesta (The sun also rise), novela ambientada durante las Fiestas
de San Fermín y de la que ya proliferan ediciones conmemorativas coincidiendo
con su centenario. Casi todo lo demás ha desaparecido. Por eso, Plaza del
Castillo es una joya documental que ofrece un fresco vivísimo y
costumbrista de la Pamplona del 36: las calles, los negocios, los pormenores de
las fiestas, el ambiente político… García Serrano escribe de forma apasionada
sobre su ciudad, respetando una cartografía sentimental de gran precisión. Ese
es, seguramente, el mayor mérito de una novela que, sin embargo, luego se
pierde en las intrigas pamplonesas del golpe de Estado, alentadas por el ardor
ideológico del escritor falangista y de menos interés literario.
Sí permanecen, en cambio, todos lo sugestivos
vestigios de la leyenda de Roldán en Roncesvalles. En el llamado Silo de
Carlomagno, donde la tradición ubica los enterramientos de los soldados muertos
durante la batalla, un equipo de arqueólogos exhuma los restos de cientos de
cadáveres. Las excavaciones en el osario todavía se hallan en los estratos más
modernos, lejos de los del año 778. Es difícil creer que, al llegar a ese
nivel, puedan hallarse los huesos de Roldán, pero su hallazgo resulta tan
fascinante como el monumento al héroe francés que logramos hallar entre la
niebla de Roncesvalles. Cosas más extrañas se han visto, o si no, recuérdese
que el único Cantar de Roncesvalles conservado en lengua castellana, lo descubrió
Menéndez Pidal escrito sobre un pergamino que había sido utilizado como
cartapacio.
Más fácil es recorrer los espacios literarios de la Trilogía
del Baztán en Elizondo, donde ya se encuentran guías especializados en la
novela de Dolores Redondo. O el recuerdo de san Virila, el monje del monasterio
de Leyre que, extasiado por el canto de un ruiseñor, se quedó dormido durante
300 años. Hoy existe la fuente al lado de la cual el monje descubrió la
eternidad que se encierra en un efímero lapso de belleza.
En Damaxen, Michael nos dice que no dispone del vino
de Corella que buscamos. De esa bodega –añade– solo venden su vino de consagrar.
Así que, ite missa est.
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