lunes, 11 de septiembre de 2023

620. La joven alumna de Minerva

 

María Goyri ante varios espejos. Fotografía de 1914. @Fundación Ramón Menéndez Pidal

Desde siempre he sentido un afecto muy especial por María Goyri. Pero reconozco avergonzado que esa simpatía respondía, sobre todo, a su relación conyugal con mi admirado Ramón Menéndez Pidal. Una esposa que acompaña a su marido durante su luna de miel a recorrer los caminos del Cid y a recoger los viejos romances que sobrevivían en Castilla tiene mucho de mujer ideal para mí. A mi hipotética hija iba a llamarla Jimena solamente porque así se llamaba la hija del matrimonio. Pero desde que vamos eliminando ya el prejuicio patriarcal y María Teresa León es María Teresa León y no “la mujer de Alberti”, María Goyri (que era, por cierto, pariente lejana de aquella), puede ser con propiedad, simplemente María (Goyri).

Y más aún cuando buceamos por su vida y hallamos en su biografía hitos admirables, como el de ser, si no la primera mujer licenciada, sí la primera que cursó presencialmente sus estudios universitarios. Al principio lo hizo sin matrícula, acompañando a su íntima amiga Carmen Gallardo, cuyo padre, Mariano Gallardo, cansado de los obstáculos que la Universidad de Madrid aducía para impedir la matrícula de su hija, decidió él mismo acudir a las clases con ella como oyente. Pero a la muerte de Mariano Gallardo, Carmen perdió su salvoconducto y María Goyri quedó sola y tuvo que luchar denodadamente para ser admitida, pues se requería un informe positivo del Claustro, autorizando la presencia de la joven previa consulta al Ministerio de Instrucción Pública. Finalmente, un Claustro dividido autorizó la matrícula con la condición de que la alumna debía esperar al catedrático en el decanato de la facultad e ir acompañada de este hasta el aula, donde ocuparía la primera fila. Al finalizar la clase, se repetía el protocolo a la inversa. La idea era evitar que María estuviera sola en los pasillos con la idea de no alterar a sus compañeros varones que, por cierto, siempre tuvieron con ella un trato respetuosísimo y exquisito.

El corpus del Romancero que hoy disfrutamos hubiera sido imposible sin el concurso de María Goyri. Durante el viaje de novios, detenidos en Osma para contemplar un eclipse solar, a María se le ocurrió recitar el romance de la Boda estorbada a una lavandera con quien conversaba la pareja. La lavandera dijo conocer el romance y se lanzó a cantar otros entre los cuales Pidal reconoció una versión del romance del Príncipe don Juan, que demostraba que el Romancero seguía vivo entre las gentes de Castilla tras varios siglos. Empezaba así el trabajo recopilatorio de toda una vida. Las imprescindibles fichas que guarda el archivo de la casa de Pidal en el Olivar de Chamartín son cosa de María.

María Goyri fue, además, una de las pioneras del feminismo en España. Afectada por las críticas que había recibido Concepción Arenal tras su ponencia “Educación de la mujer”, María escribió una réplica valiente que obtuvo el cariñoso abrazo de Emilia Pardo Bazán, quien desde entonces apodó a María como la “la joven alumna de Minerva”.

Además del Romancero, María sintió pasión por la personalidad de Lope de Vega, de la que se encargó en varios trabajos. También llevó a cabo una edición crítica (inconclusa) de El conde Lucanor, amén de otros trabajos sobre literatura y pedagogía.

Enrique Súñer, presidente de la Comisión de Cultura y Enseñanza del Gobierno de Burgos, dirigió esta acusación al Servicio de Información Militar, en relación a María Goyri: “Menéndez Pidal, señora de: Persona de gran talento, de gran cultura, de una energía extraordinaria, que ha pervertido a su marido y a sus hijos. Muy persuasiva y de las personas más peligrosas de España. Es sin duda una de las raíces más robustas de la revolución”. Sirva este dislate para engrandecer aún más su figura.

El lector interesado podrá hallar una bonita semblanza de María en el trabajo de Jesús Antonio Cid, editado por la Fundación Ramón Menéndez Pidal, que puede ser una buena manera de celebrar el 150 aniversario de su nacimiento y de descubrir aún más su personalidad. El imbécil de Enrique Súñer no, pero la avala Minerva.

No hay comentarios: